Spaw's por siempre♥


    Nadie Como Tu! (ADAPTADA)♥

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    Cass Saavedra
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    Mensajes : 37
    Fecha de inscripción : 22/05/2014

    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)♥

    Mensaje  Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 1:01 am

    Capitulo 23

    —Si Manuel y tú no os estuvierais empezando a enamorar el uno del otro —contestó él sin inmutarse—. No intentes negarlo. Todo el mundo cree que nunca me entero de nada porque siempre estoy bromeando, pero la verdad es que siempre he sido el primero en saber cuándo uno de mis amigos está pasando por un mal trago o si, como en este caso, está enamorado. A Manu se le nota a la legua.

    —Pues lo notarás tú, porque yo...

    —Lucero, tendrías que ver la cara que pone cada vez que te digo un piropo. En ocasiones he llegado a temer por mi integridad física. Y cuando te doy dos besos, su expresión es realmente cómica.

    Lucero no sabía qué decir, pero como era obvio que no podía mentirle a Nicholas, optó por ser sincera. Ella no tenía a nadie con quien hablar sobre esas cosas allí en Londres y con Nick siempre había notado que había una química especial, como la que tenía con sus hermanos.

    —¿De verdad?

    —De verdad. —Nick siguió cogiéndole la mano—. Mira, me gusta mucho estar contigo, creo que lo pasamos muy bien juntos, ¿tú no?

    —Sí, yo también lo paso muy bien contigo.

    —Gracias. Para mí es toda una novedad quedar con una chica sólo para charlar y reírme un rato, así que quiero que sepas que me encantaría que nos siguiéramos viendo.

    —A mí también. Además, así puedo hablar con alguien sobre Manuel. —Ahora que Lucero no tenía que disimular, estaba aún más contenta.

    —Claro, será un placer torturar un poco al bueno de Manu. —Nicholas sonrió—. Siempre he pensado que debería aprender a relajarse, y me encanta verlo sufrir por una chica. Aunque espero que ese sufrimiento no sea en vano, Manuel se merece ser feliz.

    —Ya lo sé. —Lucero dio un último sorbo a su bebida—. Bueno, ahora que ya conoces mi más oscuro secreto, ¿por qué no me cuentas algo sobre tu última conquista? Tal vez podríamos intercambiar consejos; tú me enseñas a volver loco a Manuel y yo te desvelo los misterios de la mente femenina.

    Nicholas se rió y, tras pagar la cuenta, acompañó a Lucero a su casa. De camino, ella le contó que tenía intención de buscar un piso, y él se ofreció a ayudarla; le dijo que le parecía muy buena idea y que tal vez así Manuel reaccionaría. Cuando llegaron al portal, se despidieron con un abrazo, y Nick, como de costumbre, le dio su par de besos. Lucero sonrió y entró. Estaba contenta. Después de casi dos semanas pésimas, ese día todo había empezado a cambiar; tenía un amigo con quien poder reír y hablar sobre Manu, y buscar piso ya no le parecía tan horrible. Al día siguiente mismo empezaría a hojear los anuncios de los periódicos.

    Manuel salió de la revista a las ocho, unas tres horas después de que Lucero se hubiese ido. Esperaba que le hubiera gustado película. Y una mie&$a; si era sincero esperaba que la película hubiese sido horrible, que Nicholas la hubiera dejado tirada y que... Nada, lo que de verdad quería era haber sido él quien fuera al cine con ella. Con ese pensamiento, dobló la esquina que había justo antes de llegar a su casa y se quedó helado. Delante del portal estaban Lucero y Nicholas abrazados. Manu cerró los ojos y se dio media vuelta: si se daban un beso no quería verlo, no se veía capaz de soportarlo.

    Sin pensar lo que hacía, empezó a andar en sentido contrario. Caminó sin rumbo durante más de una hora y, por más que lo intentaba, no podía quitarse de la mente la imagen de Lucero y Nick abrazándose. ¿La habría besado? Él lo habría hecho, pero si Nicholas se había atrevido a tocarle un solo pelo de la cabeza, iba a tener problemas.

    Cass Saavedra
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)♥

    Mensaje  Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 1:02 am

    capitulo 24

    Pero  ¿qué estaba diciendo?  Él no tenía ningún derecho a pensar esas cosas, al fin y al cabo eso era exactamente lo que pretendía, ¿o no? Sí, sí lo era. Él no quería tener una relación con Lucero, sólo quería que fueran amigos. Claro que una parte muy egoísta de él deseaba que ella no saliera con nadie durante los meses que le quedaban en Londres.  Manuel se dio cuenta entonces de que la echaba de menos, echaba de menos las charlas, los paseos. En las últimas casi dos semanas, él la había estado evitando y, al hacerlo, había eliminado la mejor parte del día. Desde aquella noche, él y  Lucero apenas se habían visto; él se había concentrado en su trabajo y ella había empezado a salir a solas con sus amigos. Manuel sabía que a menudo quedaba con Amanda y con otras compañeras del trabajo, y eso nunca le había preocupado, pero quedar con Nick ya era otra cosa. No es que estuviera celoso, para nada. Pero él conocía muy bien a su amigo, sabía que era un seductor y no quería que le hiciera daño a Lucero. Eso era lo único que le preocupaba.

    Manuel se detuvo en seco en medio de la calle como si hubiera descubierto algo importante. Ya estaba. Por fin sabía lo que tenía que hacer; tenía que recuperar su amistad con Lucero, quería que volviera a sonreírle y quería volver a charlar con ella hasta las tantas. Aprovecharía una de esas charlas para advertirle sobre Nicholas, y seguro que entonces todo volvería a la normalidad. Lo único que tenía que hacer era asegurarse de no tocarla de nuevo. Ya sabía lo que pasaría si lo hacía, y no quería arriesgarse a eso. Era valiente, pero no tanto; y con este último pensamiento, tomó el camino de regreso a su piso.

    Lucero se puso el pijama y decidió que leería un rato. No tenía sueño y a lo mejor así podía esperar a que Manu llegara y empezar a poner en práctica los consejos que Nick le había dado. Según él, Manu  se pasaba la mano por el pelo siempre que ella se mordía el labio, y eso era señal de que se ponía muy nervioso. Lucero se estaba preparando un té cuando sonó el teléfono. No tuvo tiempo de dejar la tetera encima de la mesa antes de que el contestador ya respondiera a la llamada.

    —Manu, «cari», ¿estás ahí? —Era Monique.  Lucero se quedó helada. Según Manuel, hacía más de tres meses que no la veía—. Supongo que no. —Soltó una risa tonta—. Te llamaba para decirte que he encontrado esa bufanda tuya que tanto te gusta detrás de mi sofá. —Hizo una pausa dramática y continuó—. Si quieres recuperarla, ya sabes dónde estoy. Chao.

    Lucero estaba tan furiosa que temió romper el asa de la taza que aún sujetaba entre los dedos. Intentó serenarse. Si analizaba con calma el mensaje de Monique, podía darse cuenta de que nada implicaba que Manuel hubiera estado con ella. Esa bufanda, si en realidad existía, podía haber estado allí desde mucho antes de que ella llegara a Londres. Pero Lucero estaba tan enfadada que no era capaz de pensar. Dejó la taza y se sentó en una de las sillas que había en la cocina. Ahora lo veía todo claro: Manu no quería tener nada con ella. A él sólo le interesaban las mujeres como Monique, mujeres que utilizaban una excusa tan cutre como una bufanda perdida para llamar su atención. Y pensar que había echado de menos sus conversaciones... Era obvio que para él eso no significaba nada. El muy cretino le había mentido. Dios, y ella que se había creído todo ese rollo sobre lo de encontrar a alguien especial. Lucero se dio cuenta de que ya no podía seguir en ese piso; una cosa era que él no quisiera ser su pareja y otra muy distinta, y mucho más dolorosa, era que él le hubiese mentido, que se hubiera burlado de ella. Por extraño que pareciera, Lucero no derramó ni una sola lágrima, y sin pensar en lo tarde que era, descolgó el teléfono y llamó a Nicholas .

    Cass Saavedra
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)♥

    Mensaje  Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 1:03 am

    Capitulo 25



    — ¿Sí? —respondió éste con voz soñolienta.

    — ¿Decías en serio lo de ayudarme a buscar piso? —preguntó ella sin disculparse siquiera.

    —¿Lucero? —Nick se despertó de golpe y encendió la luz de su habitación para asegurarse de que no estaba soñando—. ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?

    —Claro que estoy bien. —Respiró hondo—. Y no, no ha pasado nada.

    —Ya. —Nick era perfectamente capaz de distinguir el dolor que se escondía en las palabras de Lucero —. Vamos, cuéntamelo.

    —Ha llamado Monique.

    — ¿Monique? —Eso era mucho peor de lo que imaginaba—. ¿Y qué quería? Hace mucho que no se ven.

    —Seguro. —Lucero estaba convencida de que Nicholas intentaba encubrir a su amigo para cumplir con la solidaridad masculina y todas esas chorradas.

    —Te lo juro. —Movió la almohada para estar más cómodo—. Y bien, ¿qué quería?

    —Devolverle una bufanda.

    —Lu, piénsalo bien, casi estamos en junio. Nadie lleva bufanda en esta época; ni siquiera el estirado de Manu.


    Lucero tuvo que reconocer que en eso tenía razón.

    —Da igual. Esa llamada ha sido sólo un aviso —replicó Lucero enigmática.

    — ¿Un aviso de qué? —Nunca lograría entender a las mujeres.

    —De que si me quedo aquí acabaré pasándolo muy mal. —Respiró hondo de nuevo—. ¿Vas a ayudarme?

    —Claro que sí. Te ayudaré, y no sólo con lo del piso. —Nicholas siempre había pensado que Manuel era un hombre muy inteligente, pero empezaba a tener serias dudas al respecto.

    —Gracias. — Lucero comenzó a recuperar la calma, pero al ver la hora que era se sobresaltó—. Dios mío, Nick, es tardísimo.

    —Ya lo sé. —Bostezó—. Deberías acostarte.

    —Siento haberte despertado —se disculpó Lucero.

    —No pasa nada. Para eso están los amigos. Buenas noches. —Nicholas colgó antes de que ella pudiera desearle lo mismo.

    Lucero se quedó en la cocina unos minutos más. Lavó la tetera y la taza que había ensuciado para nada y, cuando estaba a punto de apagar la luz, oyó cómo se abría la puerta del piso.

    — ¿Lucero? —Manuel entró en la cocina—. ¿Aún estás despierta?

    —Sí —respondió ella escueta—. Me he preparado un té, pero me temo que no puedo ofrecerte. Acabo de tirarlo todo.

    —No te preocupes. — ¿Eran imaginaciones suyas o Lucero estaba más seria que de costumbre?—. Lo único que tengo ganas de hacer es acostarme.

    Lucero estuvo tentada de preguntarle si solo o con Monique, pero se mordió la lengua.

    —Me voy a mi cuarto —dijo ella antes de darle la espalda y echar a andar—. Buenas noches.

    Manuel le colocó una mano en el hombro y la detuvo.

    —No creo que puedas dormir si acabas de beberte una taza de té —comentó con una tímida sonrisa en los labios—. ¿Por qué no te quedas aquí conmigo a charlar un rato? Me gustaría hablar contigo sobre Nick.

    —El té lo he tirado —respondió ella apartando la mano de él—, así que no creo que tenga problemas para dormir. Y sobre Nicholas no tienes nada que decir. No es asunto tuyo. —Lo miró a los ojos e, imitando su sonrisa, añadió—: Y si quieres «charlar» con alguien llama a Monique. Ella estará encantada de hablar contigo. —Al ver que Manuel la miraba atónito, continuó—: Ha llamado hace un rato, «cari».



    Cuando Manu reaccionó, Lucero ya se había encerrado en su habitación. Fue hacia el contestador y escuchó el mensaje de Monique. El calificativo que utilizó sonaba fatal. Arreglar eso iba a ser más difícil de lo que creía.

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    Mensaje  Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 1:05 am

    Capitulo 26


    Al día siguiente, fiel a su promesa, Nick la acompañó a visitar un par de pisos. Él era arquitecto, así que, además de darle ánimos, también le dio buenos consejos sobre los defectos y virtudes de cada apartamento que visitaron. Lucero no le había dicho a Manuel  que estaba buscando otro lugar donde vivir. No creía que le importara, pero además, no quería pelearse con él, y estaba segura de que cuando se lo contara se pelearían. No porque él quisiera que ella siguiera en su casa, sino porque Manuel  le había prometido a Antonio que cuidaría de ella y, por muchos defectos que Manuel tuviera, era incapaz de romper una promesa hecha a su mejor amigo.

    Había sido un día de lo más raro. No podía decirse que Manu y ella hubieran hecho las paces, nada más lejos de la realidad, pero él había empezado a comportarse de un modo extraño. Como, por ejemplo, mandándole e-mails en el trabajo para decirle cualquier tontería. Después de la extraña conversación que la noche anterior habían tenido delante de la puerta de la cocina, a eso de las once de la mañana Lucero recibió un e-mail que decía:

    ¿Te gustó la película? Si es buena, ¿te molestaría mucho acompañarme esta noche al cine?

    Por cierto, hace meses que no llevo bufanda. Creo que no volveré a usar jamás.

    Manuel
    Lucero tuvo que leerlo un par de veces para asegurarse de que no veía visiones. No contestó hasta las tres de la tarde.

    La película es malísima.

    Yo no descartaría volver a usar bufanda.

    Lu.
    La risotada de Manu al leer la respuesta de Lucero hizo que Santi, que estaba en otro despacho, fuese corriendo para ver qué pasaba.

    Esa noche, Lucero llegó tarde a casa. Después de visitar pisos con Nick y descartarlos porque eran demasiado caros y demasiado viejos, estaba tan cansada que ni siquiera cenó. Manu aún no había llegado; tal vez al final hubiera decidido ir al cine solo, o con Monique. Sólo de pensarlo se le ponían los pelos de punta. Pero justo en ese instante se abrió la puerta y llegó él.

    —Hola —dijo mirándola de arriba abajo—. ¿Hace mucho que has llegado?

    —No, ¿por qué?

    —Por nada. Pareces cansada.

    —Lo estoy. —Después de los e-mails de esa mañana,  Lucero no sabía qué decir—. Voy a acostarme.

    — ¿No vas a preguntarme si he ido al cine?

    —No. —Aunque le costara horrores no pensaba preguntárselo.

    —Pues no he ido. —Ella se dio la vuelta y Manu continuó—: Sin ti no habría tenido gracia. Me he quedado trabajando hasta ahora. —Al ver que ella no iba a decir nada, se rindió—. Buenas noches, Lucero.

    —Buenas noches.

    El miércoles, antes de las diez de la mañana, Lucero recibió otro e-mail:

    Según mi horóscopo, hoy es un día excelente para entrar en contacto con la naturaleza. ¿Quieres ir a Hyde Park?

    Manuel.
    Lucero le respondió a las doce:

    No deberías creer en esas cosas. Nunca aciertan.

    Lu.

    Manu sonrió.

    Esa tarde, Lu  fue a visitar un par de pisos más y, cuando le contó a Nick lo de los e-mails, casi le dio un ataque de risa. Cuando consiguió calmarse, lo único que dijo fue:

    — ¿Lo ves, Lucero? Yo tenía razón.

    — ¿Sobre qué?

    —Sobre lo de Manuel. Sabía que estaba loco por ti.

    Ella decidió ignorar ese comentario, pero tenía que reconocer que cada vez tenía menos ganas de encontrar el piso perfecto.

    El jueves, a eso de las tres, Lucero aún no había recibido ningún e-mail y supuso que Manu ya se había cansado, pero a las tres y media vio que se había equivocado:

    Oh, bella doncella, estoy preso en una celda con el malvado tirano Santi y la bruja Amanda. ¿Seríais tan gentil de venir a rescatarme? Os prometo que luego os llevaré a la mejor posada del feudo.

    Sir Manuel (caballero de la Mesa Redonda)

    Lucero  tuvo que morderse los labios para no reír. Se había olvidado de que Manuel  y Santi  tenían una reunión muy importante, y seguro que no había tenido ni un momento libre. Contestó en menos de dos minutos:

    Oh, sir  Manuel, me temo que deberéis liberaros solo. Me atrevería a sugerir que utilicéis vuestra espada, pero una doncella como yo no sabe de esas cosas.

    Lady  Lu.

    Manuel se sonrojó al leerlo, y cuando Santi  le preguntó qué pasaba, lo único que se le ocurrió decir fue que tenía calor. Y vaya si lo tenía. Lucero  seguía sin querer hacer nada con él, pero al menos esa vez había tardado menos de dos horas en contestar, lo cual ya era una victoria. Esa noche, él volvió a llegar tarde y, muy a su pesar, vio que Lu ya se había acostado. Al día siguiente volvería a intentarlo.

    El viernes a las nueve de la mañana Lu  abrió ansiosa su correo electrónico y vio que aún no había recibido ningún e-mail de Manuel. Tal vez se lo enviaría más tarde. A las once seguía sin haber recibido nada. Ni a las once y media. Se juró a sí misma que no volvería a consultar el correo hasta las doce y media y se obligó a esperar hasta entonces. A esa hora sí había un e-mail de Manuel:

    Echo de menos hablar contigo.

    Manuel.
    Lucero casi se cayó de la silla. Los otros mensajes habían sido simpáticos, medio en broma. Aquello no se lo esperaba. Antes de que pudiera pensarlo mejor, contestó:

    Yo también.
    Lu.

    Manu  abrió el mensaje de Lucero  y respiró aliviado. Se había pasado toda la noche pensando qué escribir. Nada le parecía lo suficientemente ingenioso, así que al final optó por decirle sinceramente lo que pensaba. Por suerte, Lucero  había sido igual de sincera y por fin había bajado un poco la guardia. Como no quería que ella tuviera tiempo para cambiar de opinión, le mandó en seguida otro e-mail.

    Llegaré tarde a casa.

    ¿Te importaría esperarme despierta?

    Danger.

    Cuando Lucero vio que él le había mandado otro e-mail en apenas cinco minutos de diferencia, le dio un vuelco el corazón. Sonrió no sólo por lo que le decía, sino también porque había firmado «Danger». Ella sólo lo había llamado así la noche que se acostaron. No estaba segura de qué pretendía Manuel con ese cambio de actitud, pero decidió arriesgarse.

    Te esperaré.

    Lu.

    Cass Saavedra
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)♥

    Mensaje  Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 1:06 am

    Capitulo 27
    Lucero pensó que si tenía que esperarlo, bien podía hacerlo con estilo, y decidió cocinar algo. A ella siempre le había gustado cocinar, la relajaba; muchas de las mejores decisiones que había tomado en su vida, las había tomado delante de un horno o unos fogones. Por su parte, Manu se pasó toda la reunión mirando el reloj. Cuando por fin terminó, se despidió de todos los directivos sin perder un minuto y salió a toda prisa del edificio. Estaba impaciente por llegar a casa y hablar con Lucero. Lo tenía todo pensado; primero se disculparía otra vez por lo de esa noche, luego se disculparía por su comportamiento de las últimas dos semanas, y más tarde le advertiría sobre Nicholas. Seguro que, después, todo volvería a la normalidad: ellos dos serían amigos de nuevo y, dentro de más o menos cuatro meses, ella regresaría a Barcelona y él seguiría allí, con su corazón intacto y su vida tal como a él le gustaba.

    — ¿Hola? —saludó Manu al abrir la puerta.

    —Hola, ¿qué haces ahí quieto en la entrada? ¿Te pasa algo? —Lucero había salido de la cocina. Llevaba un pantalón de algodón gris con una sudadera rosa que le dejaba un hombro al descubierto, y blandía una cuchara en la mano.

    —No. No me pasa nada. ¿Ese olor viene de mi cocina?

    —Sí. Hacía tiempo que me apetecía comer lubina al horno y hoy me he decidido a prepararla. Espero que te guste.

    —Sí, claro. Me sorprende que el horno funcione, creo que eres la primera persona que lo utiliza. Huele muy bien.

    —Gracias. La verdad es que me ha costado un poquito encenderlo, pero ahora lo único que me falta es poner la mesa. ¿Quieres cenar conmigo o ya has cenado? —Lucero volvió a la cocina para comprobar que el pescado estuviera en su punto.

    —No. Quiero decir, sí. —Manu titubeaba, no tenía ni idea de cómo reaccionar. El discurso que había preparado se le olvidó por completo y en lo único que era capaz de pensar era en dos cosas: la primera, Lucero iba vestida con una camiseta que daba ganas de empezar a besarle el hombro, el cuello... y la segunda, tenía que cambiar la dirección de su pensamiento o iba a tener problemas. Ellos dos sólo iban a ser amigos.

    —No te entiendo. —«Cosa que ya es habitual», pensó Lucero —. ¿Quieres o no quieres cenar?

    —Sí, quiero cenar. No, no he cenado antes, y si me das cinco minutos, me cambio de ropa y pongo la mesa. ¿Te parece bien?

    —Sí, me parece perfecto, pero que sean dos minutos, el pescado casi está.

    En su habitación, Manuel se cambió de ropa, se puso un pantalón de algodón que utilizaba a veces para ir a correr, y una camiseta, e intentó borrarse de la cabeza la insinuante imagen del hombro de Lu. No pudo. Salió de la habitación y puso la mesa.

    — ¿Puedo hacer algo más? —preguntó luego.

    —No, ya está. Siéntate. Pero luego tú te encargas de recoger los platos y limpias la cocina.

    —Claro, si tú cocinas, yo limpio. Como debe ser, ¿no? —dijo él, y le guiñó un ojo.

    Lucero sirvió la comida y los dos empezaron a cenar. Manuel fue el primero en romper aquel cómodo silencio:

    — ¿Aún sigues enfadada?

    —Nunca he estado enfadada. —Al ver que él levantaba una ceja añadió—: Es sólo que, en estas últimas dos semanas, no hemos coincidido mucho. —Lucero había decidido seguir los consejos de Nicholas y fingir que ella no lo había echado de menos. Según Nick, nada ponía más nervioso a un hombre que sentirse ignorado.

    —Ya. —Como no sabía qué más decir, optó por seguir con el pescado.

    —Esto era lo que querías, ¿no? — Lucero bebió un poco de agua y continuó—: Volver a tener tu espacio, recuperar tu vida. Al menos eso me pareció entender, y creo que tenías toda la razón. —No estaba dispuesta a que él creyera que ella no pensaba lo mismo que él.

    Manuel la miró estupefacto. Se había estado comportando como un idiota; la había estado evitando para nada. Entonces se dio cuenta de que había música, y sonrió.

    — ¿Sinatra?

    —Sí, es ideal para cocinar y para bailar. Tiene un ritmo especial, como si te guiara. No sé.

    —¿Sabes que eres la única persona que conozco que considera la música de ese modo? En fin, creo que sólo hay una manera de comprobar tu teoría de Sinatra y, como no tengo ni idea de cocinar, ¿quieres bailar conmigo?

    Manuel se levantó de su silla y le tendió la mano mientras sonaba Fly me to the moon.

    — ¿Te has vuelto loco? ¿Bailar aquí?

    —Sí, claro. Vamos, no seas cobarde. —La miró a los ojos, desafiándola.

    —Está bien, pero luego no digas que soy yo la que hace cosas raras.

    Se levantó de la silla y aceptó el reto.

    Lu estaba de pie frente a Manu. Él le cogió las manos y las colocó alrededor de su cuello y, con las suyas, le recorrió lentamente la espalda para acabar apoyándose justo en sus caderas.

    —Lu, te he echado de menos. Baila conmigo. Por favor. —Manu sabía que eso le iba a causar problemas, y que era justo lo que no tenía que hacer, pero no pudo evitarlo.

    —Yo también te he echado de menos.

    Empezaron a bailar suavemente. Lu apoyó su mejilla en el pecho de Manu y notó cómo latía su corazón, cómo le temblaba la respiración. Él bajó la cabeza para así poder notar su perfume, el olor de su pelo y, a la vez, besarle el cuello, el hombro que lo había vuelto loco durante la cena, la mejilla. Le acariciaba la espalda, primero por encima de la sudadera, hasta que el tacto del algodón no fue suficiente, y decidió arriesgarse y tocarla de verdad, por debajo, sentir su piel. Al notar la mano de Manuel por debajo de la camiseta, Lucero se apartó sorprendida, pero no tuvo tiempo de decir nada, pues Manu la besó con todas sus fuerzas, como si la vida le fuera en ello.

    Ella le respondió. Le encantaba cómo la besaba, como si la necesitara para respirar. Un beso siguió a otro, Manuel seguía acariciándola y besándola, primero en la boca, luego en el cuello. La canción ya se había acabado, pero a ninguno de los dos parecía importarle. Lucero quería tocarlo a él, así que también se atrevió a meter las manos por debajo de la camiseta. Sonrió al notar cómo Manu se estremecía. Era increíble, tenía un torso único y no tenía bastante con tocarlo, quería verlo, así que se arriesgó y le quitó la camiseta.

    —Lucero, ¿no te han dicho nunca que es de mala educación mirar así a alguien? —bromeó él mientras le besaba los nudillos de la mano y empezaba a recorrerle el brazo con los labios.

    —Ah, sí, no sé. Creo que lo que de verdad sería de mala educación es no mirar. Y, sin duda, no besarte sería aún peor.


    Él apartó la cabeza al oír ese comentario y la atrajo hacia él para besarla como hacía horas que deseaba hacer. Seguro que luego se arrepentiría, pero por el momento, estaba en el cielo. Manuel se apartó entonces un poco, lo suficiente para poder quitarle a ella la camiseta, y entonces fue él quien se quedó sorprendido. La noche en que se acostaron, la habitación estaba muy oscura y apenas había podido apreciarla. Lucero, incómoda, se sonrojó e intentó recuperar su camiseta.


    —No, por favor. Deja que te mire. Eres perfecta. —La recorrió lentamente con la mirada y con las manos, acariciando cada centímetro, como si quisiera aprenderse sus formas de memoria—. Princesa, no tienes ni idea de todo lo que tengo ganas de hacerte. Primero voy a tocarte, a acariciarte, después voy a besarte. Por todo el cuerpo. Y luego, cuando ya no podamos aguantarlo más, haremos el amor. Hasta el amanecer.

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    Mensaje  Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 1:29 am

    Capitulo 28
    —Hablas demasiado, Danger.
    Lucero lo besó como nunca antes había besado a nadie. A él le encantaba cómo lo hacía, cómo su cuerpo se adaptaba al suyo, cómo respondía a sus caricias, pero lo que más le gustaba era el calor que sentía cuando lo llamaba «Danger»; era como saber que todo iba a ir bien. Necesitaba estar con ella, tocarla, saber que ella lo deseaba tanto como él. Dejó de besarla, tenía que recuperar un poco el control o todo acabaría demasiado pronto. Sorprendida, Lucero preguntó:
    —¿Te pasa algo? —Le acariciaba la nuca y le besaba el cuello.
    —No, nada malo. —Él también le besaba el cuello dirigiéndose hacia los pechos.
    — ¿Y bueno? —Lucero se estremeció al notar cómo le desabrochaba el sujetador.
    — ¿Bueno?
    Manuel no tenía ni idea de lo que le preguntaba; apenas podía recordar su propio nombre.
    —Sí, tonto, ¿te pasa algo bueno? —Lucero tenía el pulso acelerado y las piernas ya no le respondían.
    —Ah, sí, compruébalo tú misma. —Cogió la mano de Lucero y la guió hasta su entrepierna—. Tócame.
    —Claro, siempre que tú hagas lo mismo.
    Se atrevió a meter la mano por dentro del pantalón de Manuel.
    —Dios, Lu, para. No, no pares. Vamos a mi habitación. Quiero queseas mía otra vez.
    La cogió en brazos, besándola con toda la pasión que sentía.
    Y entonces sonó el teléfono. Los tres primeros timbrazos no los oyó ninguno de los dos, pero el cuarto logró captar su atención.
    —Manuel, el teléfono. —Lucero intentaba zafarse del abrazo para que él pudiera contestar.
    —No voy a cogerlo, ahora mismo estoy ocupado. —Siguió besándola en el ombligo.
    —Cógelo, a lo mejor es importante. —Aunque la verdad era que no quería que él dejara lo que estaba haciendo.
    —Esto sí que es importante. —Empezó a bajarle el pantalón—. Ya saltará el contestador automático, reyna.
    Y eso fue exactamente lo que pasó, que saltó el contestador automático y Antonio empezó a hablar por el altavoz. Manuel se quedó paralizado.
    —Hola, Manu, supongo que para variar no estás en casa. He llamado al móvil y tampoco te he localizado, supongo que estarás por ahí, con alguno de tus ligues. —Al oír la palabra «ligues» Lucero se separó de Manuel como si tuviera una enfermedad contagiosa—. En fin, sólo te llamaba para preguntar cómo estaba Lu, ya sabes que es mi debilidad. No quiero llamarla a ella para no parecer el típico hermano mayor histérico, pero como lo soy, he decidido llamarte a ti. Volveré a intentarlo más tarde. Cuida de mi pequeña. Adiós.
    El pitido del contestador sacó a Lucero del estado de trance en el que había entrado. Manu, por su parte, estaba ya completamente vestido; había recuperado su camiseta y su actitud de témpano de hielo al segundo de oír la voz de Antonio.
    —Lucero, vístete, por favor. —Le acercó el sujetador y la camiseta. Le temblaba un poco el pulso, pero su cara no mostraba ninguna emoción más allá del enfado y la vergüenza.
    — ¿Se puede saber qué te pasa? ¿Por qué pones esa cara? Manuel, respóndeme, por favor. No entiendo nada. Hace un momento, estábamos tan bien, y ahora parece que no puedas soportar estar en la misma habitación que yo. —Notaba cómo la voz empezaba a temblarle de rabia y de algo más complicado que por el momento no quería analizar—. ¿Es por Antonio?
    Manuel levantó la cabeza, que hasta ese momento había tenido entre las manos, y la miró. Durante un segundo fue como si quisiera abrazarla, pero en seguida desvió la mirada hacia el despertador y respondió:
    —No.
    — ¿NO?
    —Está bien, sí, pero sólo en parte. —Se levantó de la silla y empezó a pasear por la habitación—. No sé qué me pasa contigo, pero me está volviendo loco y no me gusta nada. Nada. Cuando eras pequeña ya me pasaba. Siempre estaba preocupado por saber dónde estabas, si te veía sonreír me ponía nervioso, Dios, incluso le hablé de ti a Nana. Cuando había tan mal ambiente en casa, pasar un rato contigo bastaba para que volviera a tener un poco de confianza en el amor. Hubo un momento en que pensé que era tan evidente lo que me pasaba que si la policía lo descubría me arrestarían. —Lucero estaba paralizada, no se atrevía a interrumpirle—. ¿Sabes que cuando vine a vivir a Inglaterra te echaba de menos? Tú eras una adolescente y yo te echaba de menos; patético.
    —No es patético. A mí también me pasaba todo eso. — Lucero se levantó y empezó a andar hacia él. Decidió ser igual de sincera—. Yo también me estoy volviendo loca, también te echaba de menos y aún me pongo nerviosa si me sonríes. —Se atrevió a poner la mano en su espalda y notó que estaba rígido.
    —No lo entiendes, Lu, yo no quiero sentirme así. He visto lo que hace el amor, he visto cómo aniquila todo lo que toca y no lo quiero en mi vida. Ni ahora ni nunca. No soy capaz. —Sonrió, una sonrisa que a Lucero le rompió el corazón—. Hasta ahora me ha ido bien, siempre he estado con mujeres que sólo querían pasar el rato, divertirse. Contigo no sé si podría controlarlo. Y si saliera mal, no sólo nos haríamos daño, sino que perdería al mejor amigo del mundo, y tu familia nunca podría perdonármelo.
    Se apartó de ella.
    — ¿No has pensado que podría acabar bien? ¿Que podrías ser feliz? —Lucero se notaba los ojos llenos de lágrimas que no tenía ninguna intención de derramar.
    —El riesgo no merece la pena. —Suspiró y cerró los párpados un instante—. Creo que lo mejor será que no volvamos a estar solos. Está visto que eso nos trae problemas. Mira, en estas últimas semanas casi no hemos coincidido, de modo que lo único que tenemos que hacer es seguir así hasta que te vayas. —Al ver que ella no decía nada, preguntó—: ¿En qué piensas?
    —Pienso que eres un cobarde y un exagerado. Podríamos intentarlo. La vida no es un culebrón; si sale mal, mi hermano no vendrá a matarte o a pedir que te cases conmigo. Y si sale bien, ¿quién sabe?, a lo mejor incluso eres feliz. Danger, cariño —añadió—, nunca he sentido por nadie lo que siento por ti. Ni cuando era pequeña ni ahora. —Intentó abrazarlo, pero él volvió a apartarse, y entonces ella comprendió que nada de lo que pudiera decir o hacer lo haría cambiar de opinión.
    —No. Prefiero dejar las cosas como están. Lo mejor es que nos vayamos a dormir. —Se levantó y le abrió la puerta de la habitación—. Esto ha sido un error, sólo tenemos que olvidarlo y actuar como compañeros de piso. Mañana será otro día.
    Viendo que Manuel daba por terminada la conversación, Lucero lo miró una vez más a los ojos, para ver si veía algo que le recordara al hombre que hacía sólo unos minutos la besaba como si la necesitara para sobrevivir. Pero él ya no estaba allí. Entonces decidió decirle lo del piso.
    —Esta semana he visto unos cuantos pisos que podría alquilar.
    Si a Manu le sorprendió la noticia, lo disimuló a la perfección.
    —No es necesario —dijo tras unos segundos.
    —Sí lo es.
    —Puedes quedarte aquí. —Manu se frotó los ojos—. No me importa.
    —A mí sí. —Lucero se obligó a mantener la mirada fija en sus ojos—. Supongo que la semana que viene ya lo tendré todo listo, entonces me iré. —Él seguía sin inmutarse—. Como mañana es sábado, si quieres me iré a pasar el fin de semana a casa de Nicholas.
    Al oír el nombre de su amigo, a Manuel le tembló un músculo de la mandíbula.
    —Ya te he dicho que no es necesario. —Apretaba el pomo de la puerta con tanta fuerza que empezaba a tener los nudillos blancos—. No creo que a él le guste ser plato de segunda mesa.
    De la rabia que sintió, a Lucero se le llenaron los ojos de lágrimas, pero se negó a derramar ninguna delante de Manu e irguió en cambio la espalda para contestarle:
    —Mira, una cosa es que tú seas un cobarde y que sólo te encuentres cómodo acostándote con mujeres por las que no sientes nada. Pero no te atrevas a insinuar que yo hago lo mismo. —Estaba furiosa, y al ver que a él le dolía esa acusación, sintió un poco de alivio.
    —Lo siento, no quería decir eso —se disculpó Manuel a media voz. En el mismo instante en que pronunció las palabras, sabía que se estaba equivocando. Lucero era incapaz de utilizar a Nick, pero una parte de él había querido hacerle daño, había querido que ella dejara de mirarlo con aquellos ojos llenos de comprensión, porque sabía que, de lo contrario, él no iba a poder alejarse.
    —Yo en cambio sí quería decir lo que he dicho. —Y con esto, salió de la habitación sin mirar atrás.
    Como era de esperar, ninguno de los dos durmió.

    Cass Saavedra
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    Mensaje  Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 1:32 am

    Capitulo 29
    Manuel pasó toda la noche recordando cómo las discusiones de sus padres le había arruinado la infancia, pero si era sincero, eso no había sido lo peor. Lo peor había sido ver cómo su padre, aún completamente enamorado de su mujer, se había ido consumiendo hasta morir. No le había importado nada, ni su propia madre, que lo apoyaba, ni su hijo. Se había dedicado a beber hasta perder el sentido y, cuando lo consiguió, decidió que ese estado etílico se iba a convertir en su estado habitual. Incluso ahora, Manuel tenía que esforzarse por recordar a su padre sobrio. Por suerte, Nana siempre había estado a su lado, y lo ayudó a no odiarlo. Con Lucero entre sus brazos, sentía como hacía años que no sentía. No sólo porque lo excitaba más allá de la razón, sino porque con ella tenía ganas de temblar, de emocionarse, de arriesgarse a bajar la guardia; pero si valoraba todas las consecuencias, bueno, era mejor así. Sí, sin duda no arriesgarse era la mejor decisión. No entendía por qué el corazón le daba un vuelco al pensarlo, y por qué su entrepierna se negaba a aceptarlo. En fin, ya lo lograría de alguna manera.
    Lucero se pasó todo el fin de semana con Nicholas, pero no se quedó a dormir en su casa porque, a pesar de que él se lo había ofrecido, no quería que cuando ella se fuera Manuel y él dejaran de ser amigos. Nick la consoló lo mejor que pudo, y le dijo que estaba seguro de que Manuel también lo estaba pasando muy mal, si no, no le habría hecho ese comentario tan desagradable sobre ellos dos. Ella no estaba tan segura.

    Lucero no tenía ni idea de lo que Manu había hecho durante el fin de semana. Lo único que sabía era que había dormido en el piso, porque tanto el sábado como el domingo por la mañana vio que se había duchado. De no haber sido por ese detalle, habría creído que no estaba. Aunque apenas había dormido en los últimos dos días, el lunes por la mañana se levantó, se vistió y se fue a trabajar como siempre. Lucero no iba a permitir que su historia con Manuel le estropeara también eso. Trabajar en la revista le gustaba realmente; sus compañeros eran fantásticos y estaba aprendiendo mucho. No quería que nadie se diera cuenta de que tenía el corazón hecho añicos. No porque se avergonzara, sino porque no quería que Manu se enterara. Si él era capaz de ignorar lo que había entre ellos dos sin parpadear, ella no iba a ser menos. Así que, cada noche, se repetía a sí misma que estaba a punto de lograrlo, que al día siguiente ya no tendría tantas ganas de abrazarlo, y que cuando lo viera ya no se le aceleraría el corazón.

    Por su parte, Manuel estaba agotado. Se había pasado prácticamente todo el fin de semana escondido en el gimnasio. No pensar en Lu lo estaba consumiendo y ya se le estaban acabando las ideas. Se levantaba antes que ella, pero el cuarto de baño estaba repleto de sus trastos, y cada día tenía que controlarse para no oler su champú o su colonia. Nunca lo lograba. Los olía. En la revista, estaba un poco mejor, pero cuando alguien le comentaba lo bien que Lu hacía su trabajo o lo dulce que era, volvía a empeorar. Por suerte, ella parecía ser capaz de ignorarlo, y casi no le dirigía la palabra, porque cuando lo hacía, Manu tenía que concentrarse en no mirarle los labios y pensar en lo bien que sabían. Para evitar encontrarse con Lucero en el piso, de noche iba al gimnasio un par de horas a ver si así se cansaba y podía dormir, pero ni así lo lograba. Lo único positivo de todo aquello era que, a ese ritmo, recuperaría los abdominales de cuando tenía veinte años. Al salir del gimnasio se compraba algo de comer e intentaba prepararse para el peor momento del día: entrar en casa. Cada noche se decía a sí mismo que estaba a punto de lograrlo, que al día siguiente ya no sentiría esas ganas de besarla, y que cuando la viera ya no se le aceleraría el corazón.

    El miércoles, Lucero estaba almorzando con Jack y Amanda en una cafetería al lado del trabajo y Jack le cogió la mano, la miró a los ojos con cara de preocupación y le preguntó:

    —Lu, ¿qué pasa con Manu?

    Haciendo uso de sus recientemente adquiridas dotes dramáticas, respondió:

    —Nada, ¿por qué lo preguntas?

    — ¿Nada? —Jack le soltó la mano enfadado—. ¿Cómo que nada? ¿Acaso no lo ves? ¡Está agotado, más delgado y con un humor de perros!

    —Lu, Jack tienen razón, algo le pasa —añadió Amanda—. Estamos preocupados por él. Es nuestro amigo, y no tenemos ni idea de lo que lo tiene tan agobiado. Además, con los problemas que tenemos ahora en la revista necesitamos que esté al cien por cien.

    Lucero necesitó unos segundos para procesar toda la información. Ella sabía que era imposible que ellos supieran nada de su relación —Manuel nunca se lo habría contado, y Nicholas había jurado guardar el secreto—, así que no tenía ni idea de qué estaban hablando.

    — ¿Qué tipo de problemas? —A Lucero ya le estaban sudando las palmas de las manos.

    —Bueno, no sé si debería contártelo, es una especie de secreto, pero ya que eres tan amiga de Manu, supongo que puedo confiar en ti —dijo Amanda—. ¿Conoces la revista The Scope?

    —Sí, bueno, la he visto en los quioscos y Manu tiene algunas en el piso. — Lucero estaba perpleja—. ¿Por qué?

    —Últimamente, algunos reportajes que teníamos previsto publicar aparecen «milagrosamente» en esa revista una semana antes que en la nuestra —añadió Jack también susurrando.

    Lucero, que ya estaba al tanto de lo del robo de los artículos, decidió disimular y fingir que no sabía nada. Por el modo en que Jack y Amanda hablaban de ello, llegó a la conclusión de que Manuel no les había contado que ella lo sabía y, como no quería tener otro conflicto con él, optó por no decir nada y hacerse la inocente.

    —Bueno, somos una revista de información de actualidad, es lógico que los reportajes se parezcan. No es que haya muchos temas para tratar, ¿no?

    —No, Lu, no es que se parezcan, es que son los mismos reportajes, las mismas fotografías, el mismo ángulo de opinión, las mismas entrevistas. Los mismos. Nos los roban. ¿Lo entiendes ahora? —Jack y Amanda estaban tensos. Lucero no podía quitarse de la cabeza que toda la escena le recordaba a Matrix. Allí estaba ella, atónita, sentada delante de Jack y Amanda como Neo ante Morfeo y Trinity cuando éstos le revelan la verdad.

    —¿Lo entiendes ahora? —repitió Amanda.

    —Sí, claro.

    —Como ves, Manu tiene muchas preocupaciones. Para todos nosotros, la revista es importante, pero para él es su vida —dijo Jack—. Ya que tú vives con él, ¿podrías averiguar qué le pasa?

    Lucero notó cómo se sonrojaba de la cabeza a los pies.

    —¿Yo? —carraspeó ella—. Sí, bueno, podría intentarlo. Pero no creo que sirva de mucho. Tal vez deberías hablar con Monique. —Lucero no pudo resistir la tentación de hacer ese comentario.

    —¿Monique? —preguntó Jack perplejo—. No digas chorradas.

    —Si tú no eres capaz de convencerlo de que cambie de actitud, nadie podrá hacerlo —añadió Amanda sonriendo.

    — ¿Por qué dices eso?

    —Vamos, Lu, todos sabemos que haría cualquier cosa por ti. —Jack le golpeó cariñosamente el hombro—. No te hagas la tonta. Por cierto —miró el reloj—, deberíamos regresar al trabajo.

    —Sí, claro, seguro que Santi ya ha vuelto. —Amanda se levantó y salió apresurada, dejando a Lucero sola con Jack.

    —¿De verdad estás preocupado por Manuel? —se atrevió entonces a preguntarle.

    —Sí. Estos días se lo ve muy cansado y menos concentrado. No sé qué le pasa; no creas que no se lo he preguntado, pero su respuesta estándar es «Nada. Todo va bien, como siempre». En fin, espero que tú tengas más suerte y que averigües algo. Vamos, tenemos que regresar.

    Lucero volvió al trabajo, pero pasó la tarde pensando en cómo podía ayudar a Manuel. Una cosa era que él no la quisiera, ni como amiga ni como nada, pero otra que, con su intento de evitarla a todas horas, acabara agotado y pusiera en peligro su trabajo. Tenía que hablar con él.


    Manu tuvo, otra vez, un día horrible. Había empezado muy pronto, y nada más llegar a la revista, Santi lo llamó a su despacho.

    — ¿Puedo hablar contigo?

    —Sí, claro.

    —Siéntate. ¿Has visto el número de esta semana de The Scope? —A la vez que se lo preguntaba, le acercaba un ejemplar.

    —¿Qué es esta vez? —Manuel se puso las gafas y empezó a hojear la revista.

    —Esta vez son de nuevo dos artículos. El de la entrevista con el primer ministro y el de los bodegueros británicos. Manu, tenemos que parar esta mie&$a. Nos hundirán, no podemos seguir rellenando nuestra revista con artículos rancios, tenemos que averiguar quién nos roba, cómo lo hace y por qué. Esto no puede seguir así. —Santi se reclinó en su asiento, mala señal; se aflojó la corbata, pésima señal; y sentenció—: Nos dan seis meses más, si no, cerrarán The Whiteboard.

    Manuel notó en ese momento cómo se le helaba la sangre y la espalda le quedaba empapada de sudor; contradictorio pero propio de él.

    —No nos cerrarán. Averiguaré quién lo hace, y por los artículos de relleno no te preocupes, tengo un par de buenos reportajes «escondidos». Ahora te los traigo para que puedas leerlos, a ver qué te parecen.

    — ¿Escondidos? ¿De dónde han salido?

    —Los he escrito yo, ya sabes, para eso me contrataste.

    — ¿Tú?

    —Sí, yo, últimamente no duermo mucho, y escribir me relaja. No te rías. ¿Se puede saber de qué te ríes? ¡Estamos en medio de una crisis!

    —De ti, Manu, me río de ti. Tus problemas de insomnio no tendrán nada que ver con esa chica que tiene cara de duende, ¿no? Lucero, eso es, me encanta el nombre. Creo que deberías presentármela. De hecho, creo que los dos deberíais venir a cenar a casa un día de éstos. Silvia y las niñas estarán encantadas de conocer a la mujer que ha logrado quitarte el sueño. —Santi seguía riéndose.

    —No, Lucero no tiene nada que ver en esto. No sé por qué lo dices. En fin, será otra muestra de tu edad senil. Voy a buscar los artículos antes de que digas más tonterías. —Y salió apresurado del despacho de Santi.

    —¡Manu! ¡Piensa en lo de la cena! —Pero ya le hablaba a su espalda.

    Cass Saavedra
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    Mensaje  Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 1:46 am

    Capitulo 30
    Por suerte, a Santi le encantaron los artículos, pero viendo el humor de Manuel, no se atrevió a volver a mencionar lo de la cena. Ya encontraría el momento. Santi era así, nunca se olvidaba de nada, sencillamente, esperaba el momento oportuno para volver a la carga. Superado este primer y gran incidente, la jornada de Joe fue a peor. Tenían que trabajar a contrarreloj para modificar la revista y sacar una edición sin los artículos robados. Cuando encontrara al espía, le diría un par de cosas. Para variar, comió solo. Había pensado hacerlo con Jack, pero cuando vio que éste salía con Lucero y Amanda, cambió de idea. No se veía capaz de tener a Lucero sentada delante de él. Era cierto que él quería que se distanciaran, pero ver cómo ella lo ignoraba adrede delante de sus narices era más de lo que ese día se veía capaz de soportar. La tarde no mejoró en absoluto. Tuvo que quedarse bastante rato respondiendo e-mails, y el colofón final fue cuando, al salir del gimnasio, lo pilló la lluvia. Calado hasta los huesos, lo único que quería era llegar a casa, tomarse dos aspirinas y darse una ducha para ver si lograba entrar en calor. Abrió la puerta, e iba a entrar en el baño cuando la voz de Lucero lo detuvo.

    —¿Qué te ha pasado?

    —La lluvia. ¿Qué haces despierta?

    —Te esperaba. Pero antes de nada, quítate esa ropa empapada y dúchate con agua caliente. Mientras te prepararé un té.

    Lucero le estaba hablando desde la cocina y Manuel seguía de pie, chorreando, estupefacto y sin moverse.

    — ¿Aún estás ahí? Dúchate o te resfriarás.

    Entonces Manu reaccionó y se dirigió al baño. Lucerotenía razón, tenía que quitarse la ropa mojada, ya empezaba a notar los huesos helados y un dolor de cabeza que iba in crescendo a una velocidad vertiginosa.

    Mientras, Lucero, en la cocina, le preparó el té y un sándwich. Jack y Amanda tenían razón, se lo veía cansado y tenía mal aspecto. Esa tontería no podía seguir. Ella ya había encontrado piso, así que lo mejor que podía hacer era decírselo y empezar el traslado ese mismo sábado.

    Tal vez así pudiesen recuperar algo de su amistad.

    —Ya estoy aquí. — Manuel se sentó en el sofá. Tenía ojeras y parecía agotado. Apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.

    —Toma, bébete esto caliente. —Lucero le dejó la bandeja con la improvisada cena delante, y añadió—: Voy a buscarte un par de aspirinas.

    —Gracias, no hacía falta que preparases nada. —Manuel estaba incómodo, le dolía mucho la cabeza y no tenía ni idea de lo que estaba pasando.

    —Vamos, tómate las aspirinas y come. —Dejó que comiera un rato en silencio y luego continuó—: Manu, te estaba esperando porque quería hablar contigo de algo importante.

    — ¿De qué? —preguntó él antes de acercarse el sándwich para darle otro mordisco.

    —Ya he encontrado piso. Sólo tengo que firmar el contrato y podría mudarme el fin de semana.

    Manuel casi se ahoga con el trozo de sándwich que tenía en la boca y, después de un pequeño ataque de tos y dos sorbos de té, preguntó estupefacto:

    — ¿Mudarte?

    —Sí, esta situación no puede seguir. Incluso en el trabajo están preocupados por tu salud.

    —Vayamos por partes. —Manuel no entendía nada—. ¿Qué situación?

    —Tú y yo. Parecemos dos adolescentes. —Lucero se sonrojó al admitir su parte de culpa en la debacle—. Los dos somos lo bastante inteligentes como para darnos cuenta de que esto es insostenible. Lo mejor para ambos es que yo me vaya a vivir a otro sitio.

    —No estoy de acuerdo, pero antes de discutir este asunto de la mudanza más a fondo, ¿qué es eso de que en el trabajo están preocupados por mí? ¿Por qué?

    —Es evidente, ¿no? ¿Cuántas horas has dormido desde el pasado viernes? ¿Y cuánto hace que no comes una comida decente? ¿Te has visto? Estás más delgado, tienes ojeras, pareces agotado, y eso no es bueno para nadie.

    —Estoy bien —balbuceó Manuel, y con esa única frase, Lucero perdió los estribos.

    —¿Bien? ¿Cómo vas a estar bien? Lo que estás haciendo es ridículo y totalmente innecesario. —No paraba de mover las manos. Intentar hacer entrar en razón a un hombre es realmente difícil.

    —¿Qué estoy haciendo?

    —Estás evitándome. ¿Crees que no me he dado cuenta? Yo estoy haciendo lo mismo y es igual de ridículo. —Entonces se sentó delante de él y lo miró directamente a los ojos. Manu fue a abrir la boca, pero Lucero lo interrumpió—. Mañana mismo firmaré el contrato del piso y el fin de semana me mudaré. No tiene sentido que sigamos así. Lo que pasó entre tú y yo ya está olvidado. —Ni ella misma se creía esa mentira, así que, para disimular, siguió hablando—: Mírate. En tu afán por no toparte conmigo te acuestas demasiado tarde, te levantas antes que yo, no comes con tus amigos, no cenas en tu casa. Un poco excesivo, ¿no crees?

    —Creía que era una buena idea. —Levantó los hombros—. No quería que estuvieras incómoda.

    —Ya, bueno, y si hace falta te matas en el intento, ¿no? Todos están preocupados por ti. ¿No crees que por cuatro días podríamos compartir piso e intentar hacer vida normal? Pero si lo prefieres, puedo preguntarle al de la inmobiliaria si puedo instalarme mañana. Me siento fatal por echarte de tu propia casa.

    —Tú no me estás echando, y te repito que no es necesario que te vayas de aquí. —Estornudó un par de veces—. Siento que todos se hayan preocupado por mí, y creo que tienes razón, lo mejor que podemos hacer es intentar hacer vida normal. —Era un pésimo mentiroso—. Pero si de verdad quieres mudarte, yo mismo te ayudaré a hacer el traslado, aunque ahora quiero irme a dormir. Me duele mucho la cabeza y me parece que me he resfriado. Mañana quiero que me cuentes todo sobre ese piso, pero sigo creyendo que no tienes que irte. —Antes de que ella pudiera rechistar, se levantó del sofá y añadió—: Gracias por el té y, en fin, por todo.

    Se tambaleó un poco, pero recuperó el equilibrio en seguida y se dirigió a su habitación.

    —¿Manuel? —Lucero tenía la sensación de que él se encontraba peor de lo que decía.

    —¿Sí?

    —¿Estás bien?

    —Sí, claro, sólo necesito dormir. Buenas noches.


    —Buenas noches.

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