Spaw's por siempre♥


    Nadie Como Tu! (ADAPTADA)♥

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    Cass Saavedra
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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:25 am

    Hola.. me Recuerdan? disculpen que no haya subido mas capitulos, perdi mi  cuenta aqui y ya no pude acceder... pero ya estoy de regreso.
    en la semana subire los capitulos que faltan de "Nadie Como Tu! (ADAPTADA)" :3
    Volvere ha subir aqui todos los cap.

    Que dicen?

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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:28 am

    Sinopsis:


    Lucero, una joven diseñadora gráfica que vive en Barcelona, se ve forzada a redirigir su carrera profesional a causa de un accidente.
    Aconsejada y apoyada por su familia, Lucero se traslada a Londres. Su hermano Antonio ha intercedido para que Manuel, su mejor amigo de la infancia
    y amor platónico de Lucero, le consiga un trabajo en la revista de diseño en la que él trabaja.
    En un primer momento, Manuel acoge a Lucero en su casa, pero la irrefrenable pasión que surge entre ellos les coloca en una situación difícil.
    Tras una noche en la que no son capaces de contenerse, Lucero decide abandonar el piso de Manuel, puesto que él no es capaz de comportarse de manera natural ni de ofrecerle nada más allá.
    La abuela de Manuel y un amigo de su padre serán claves para que Lucero comprenda la actitud de éste hacia el amor y las mujeres.
    Poco a poco Manuel logra dejar de lado sus reticencias y comienza con Lucero una relación que parece sacada de un cuento de hadas,
    hasta que una serie de malentendidos trunca la felicidad de ambos: Manuel cree que Lucero está implicada en un serio problema de filtraciones
    de información en la revista en la que ambos trabajan.
    Dolida e indignada Lucero volverá a España. Una vez que ella ya se ha ido Manuel descubre que sus suposiciones eran falsas,
    por lo que no le queda más remedio que luchar para recuperar a la mujer de su vida.

    Cass Saavedra
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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:30 am

    Prologo

    Lucero, no podía dejar de llorar. No era un llanto exagerado ni desgarrador, simplemente no podía dejar de llorar. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas en silencio y ella iba secándoselas de vez en cuando con el pañuelo de papel que tan amablemente le había dado la azafata.
    En el último año de su vida se había subido a dos aviones; el primero, casi seis meses atrás, la llevó a Londres, donde perdió su corazón y recuperó su carrera profesional; el segundo la devolvía ahora a Barcelona, con un pedazo menos de alma, el corazón hecho añicos y enfadada como nunca antes lo había estado.

    Bueno, ella ya era mayorcita, y sabía a lo que se arriesgaba enamorándose de un hombre tan complicado como Manuel.

    —Tome otro pañuelo —le ofreció la azafata con una sonrisa—. Dentro de media hora llegaremos a Barcelona.

    La azafata se fue y Lucero, tras secarse las lágrimas, intentó serenarse. Al menos no tenía a nadie sentado a su lado y podía regodearse en lo estúpida que había sido e intentar encontrar el modo de salir adelante. De eso sí estaba segura, en los últimos seis meses, a pesar del daño que le hubiera hecho Manuel, había visto que su carrera valía la pena y que era buena en su trabajo, e iba a luchar por establecerse en Barcelona. Antes de irse a Londres, había entrado en una dinámica absurda de trabajos sin sentido y casi se había rendido. Pero ahora ya no, ahora sabía que era una buena profesional y no iba a permitir que ningún mequetrefe, con apellido ilustre o sin él, le dijera lo contrario.

    Hubo un momento en el aeropuerto, antes de embarcar, en que creyó ver a Manuel corriendo por uno de los pasillos. Permaneció sentada para ser de las últimas en embarcar, con la esperanza de que, como en las series de la tele, él apareciera y le dijera que la quería y que no cogiera aquel avión. Pero no. No apareció, y Lucero pudo partir sin ningún tipo de problema. Una vez sentada, no podía dejar de recordar la última «conversación» que habían tenido. La tenía grabada en su mente. Y tampoco podía quitarse de la cabeza que ella le había confesado sus sentimientos, mientras que, si era sincera, tenía que reconocer que él nunca había dicho nada. Se había convencido de que Manuel se lo decía con sus ojos, con sus caricias, pero en realidad nunca había dicho que sintiera nada por ella, y ahora eso resultaba más que evidente.

    Los altavoces del avión anunciaron que iban a aterrizar y Lucero incorporó el respaldo del asiento. Con la mano escayolada le costaba un poco moverse, pero estaba tan cansada y tan enfadada que apenas se acordaba del yeso que cubría su muñeca izquierda. A esas alturas, que una moto la hubiese atropellado unos días atrás parecía una tontería. No había llamado a nadie, no sabía qué decirles, así que cuando saliera del avión y recogiera su maleta, tendría que tomar un taxi. Tal vez lo mejor sería llamar a Antonio; si su hermano mayor estaba en la ciudad, seguro que iría a buscarla y le daría ánimos. El problema era que a Antonio no podría ocultarle la verdad, nunca había podido esconderle nada, y seguro que en cuanto la viera se daría cuenta de que algo muy grave le había pasado. Bueno, con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar, tampoco hacía falta ser Sherlock Holmes para verlo. Se peinó un poco con la mano que no tenía escayolada y decidió que sí, que llamaría a Antonio, se instalaría en su piso de Barcelona, buscaría un trabajo que le gustara y se olvidaría de Manuel Mijares.

    Los tres primeros objetivos eran fáciles, el cuarto tal vez le costara un poco más, pero estaba segura de que lo lograría.

    El avión aterrizó y Lucero bajó de él mucho más serena que al entrar. Esas casi dos horas, y los kilómetros que separaban Londres de Barcelona, le habían servido para asimilar lo que había pasado, y para darse cuenta de lo que quería a partir de entonces. Su maleta fue de las primeras en salir, y Lucero la cogió pensando que era una señal del destino, de que su vida empezaba a mejorar. A continuación, llamó a su hermano. Antonio, tras un pequeño interrogatorio, le dijo que tardaría unos veinte minutos en llegar al aeropuerto.

    Arrastró la maleta hasta una cafetería situada justo al lado de la puerta de «Llegadas» y se sentó. Cuando se acercó el camarero, le pidió un té y le resbaló otra lágrima. Si cada vez que hacía algo que le recordaba a Joseph empezaba a llorar, iba a tener un problema. Enfadada, se secó esa lágrima y le dijo al camarero que anulara el té y le trajera una agua con gas. Con él nunca había bebido agua con gas.

    Se quedó observando a la gente que llegaba y cómo eran recibidos por quienes los esperaban. Había unos cuantos hombres y mujeres de negocios cuya única bienvenida eran unos fríos carteles con sus nombres; un par de chicos que seguro que iban a Barcelona a estudiar y de los que al parecer se habían olvidado; una señora mayor a la que recibió su nieta con un fuerte abrazo; y sus preferidos, un hombre al que recibió su mujer, o eso creyó Lucero, con un beso de película. A ella nunca le había pasado eso. Ese día había llegado sola y llorando, una imagen nada alentadora, y seis meses atrás, cuando aterrizó en Londres, Manuel...

    — Lucero, peque. —La voz de Antonio la sacó de su ensimismamiento—. ¿Qué te ha pasado? —le preguntó su hermano mirando la escayola. Luego se centró en los ojos enrojecidos de Lucero y se detuvo en los puntos que aún llevaba en la ceja.

    —Nada —contestó ella, y con la mano buena se frotó la cara.

    Antonio se sentó a su lado, la abrazó y ella lloró durante unos minutos. Después se apartó y lo miró a los ojos.

    —Gracias por venir.

    —De nada. —Él parecía muy preocupado—. ¿Vas a contarme lo que te ha pasado? ¿Por qué llevas esta escayola y esos puntos en la ceja?

    —Luego. Ahora sólo quiero llegar a casa y ducharme. —Después de todo lo que había pasado, Lucero sólo deseaba meterse debajo del agua para ver si así desaparecía el dolor—. ¿Te importa que hablemos más tarde?

    —No, no me importa. Sólo dime una cosa. —Él le cogió la maleta y empezó a caminar hacia la salida—. ¿Te lo ha hecho Manuel?

    —El yeso y los puntos, no... —Se le entrecortó la voz—. Lo demás...

    —Entiendo —dijo Antonio, pero en realidad pensó que, tan pronto como le viera, iba a matar a ese infeliz—. No te preocupes. Cuando te sientas mejor ya me lo contarás.

    Lucero supo entonces que iba a sentirse mejor, que iba a recuperarse del accidente, que iba a encontrar un trabajo estupendo y que iba a olvidar a Manuel. Y si cuando él descubriera la verdad iba a buscarla, se encontraría con una Lucero muy distinta de la que había echado de su vida sin pestañear.

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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:31 am

    Capítulo 1

    Barcelona, aeropuerto de El Prat.
    Unos seis meses antes
    Lucero estaba muy nerviosa. Aún no sabía cómo se había dejado convencer; apenas hacía una semana que le habían quitado la escayola de la pierna, tenía el inglés muy olvidado, y eso de instalarse en casa de Manuel era una locura. ¡Hacía años que no lo veía! Era el mejor amigo de su hermano mayor y, por desgracia, el primer chico del que ella se había enamorado. Bueno, eso quizá era exagerar un poco. Cuando Lucero era pequeña y Manuel era el complicado amigo de Antonio, se había quedado atontada con él. Sí, ésa era la palabra, atontada. Por suerte él nunca se dio cuenta, así que ahora podía ahorrarse la vergüenza.

    —Nena, ¿estás segura de que lo llevas todo? —preguntó su madre por enésima vez.

    —Sí, estoy segura. Y si me olvido algo ya me lo mandarás, Londres está aquí al lado —respondió ella sin saber muy bien qué era lo que le estaba preguntando.

    —Estoy seguro de que esta experiencia te irá bien —comentó su padre mientras cargaba las maletas en la cinta para facturarlas—. Ya era hora de que dieras un cambio a tu vida.

    —Ya —replicó Lucero ausente.

    Unos meses atrás, pocos días después de Reyes, Lucero se cayó por la escalera y se rompió la pierna por varios sitios. La historia no tenía demasiado glamur; estaba sola en su piso de Barcelona, un piso pequeño por el que pagaba un alquiler altísimo, cuando decidió ir a por las cajas de la mudanza que aún tenía por desembalar. Hacía casi un año que vivía allí y todavía no estaba del todo instalada. Las cajas que le faltaban por ordenar estaban en un trastero, en el desván; un trastero que el portero del edificio le había cedido, muy amablemente, por un tiempo limitado. Bajaba cargada con las mantas y los abrigos y, como era habitual en alguien tan torpe como ella, tropezó por la escalera. Cuando se vio allí, en el suelo, con las mantas a su alrededor y sin su teléfono móvil encima, se echó a llorar. No sólo porque la pierna le dolía mucho, muchísimo, sino porque estaba sola, cansada y hacía tiempo que nada le salía bien.
    Por suerte, antes de que perdiera por completo los nervios, pareció su vecina, la señora Stevens, con “Pato”, su perro. Le dijo que, al oír todo ese ruido, había decidido salir al pasillo para ver qué pasaba y claro, no iba a dejar a Pato solo dentro de su piso, porque cuando se quedaba solo se estresaba y luego no había modo de que dejara de ladrar durante horas. La señora Stevens era la típica vecina cotilla con incontinencia verbal, pero cuando vio los ojos de Lucero llenos de lágrimas, se calló y se puso manos a la obra; en pocos minutos llegó una ambulancia.

    En el hospital la historia empeoró. Le hicieron un montón de radiografías, y un médico de urgencias, no demasiado amable y nada parecido a George Clooney, le comunicó que se había roto dos dedos de un pie y un tobillo. No es que fuera muy grave, y como le habían dado suficientes analgésicos como para atontar a un caballo, a Lucero no le interesó en absoluto esa lección de medicina. Lo único que quería saber era en qué se traducía todo eso y la respuesta no le gustó: tenían que enyesarla desde la punta del pie hasta la rodilla y, como mínimo, iba a tardar unos dos meses en recuperarse del todo. Fantástico, seguro que a su jefe le iba a encantar.

    Cuando ya estuvo enyesada, la instalaron en una camilla en la sala de urgencias, en uno de esos cubículos que están rodeados de cortinas por todos lados, y le preguntaron si quería llamar a alguien. Tuvo que hacer cinco intentos antes de que uno de sus hermanos contestara. Tener familia numerosa para eso. Seguro que todos, incluidos sus padres, estaban en las rebajas. En fin, apoyó la cabeza en la almohada y se resignó a esperar a que Antonio, el afortunado que había contestado a su llamada, fuera a buscarla. Tal vez pudiese dormir un rato, pero ni siquiera en eso tuvo suerte. A los pocos minutos, entró una enfermera. Si al médico no podía confundírsele con George Clonney, esa enfermera, en cambio, sí que parecía sacada de Alguien voló sobre el nido del cuco.

    —Abra la boca..., señorita....Hogaza. —Fueron las primeras palabras que le dijo mientras miraba su nombre en la carpeta y le entregaba un vaso minúsculo con una pastilla intragable dentro y una botella de agua.

    —Lu, haz lo que te dice la enfermera.

    — ¡Toño!

    La sargento de hierro aprovechó ese descuido, le lanzó la pastilla dentro de la garganta y le dio la botella de agua.

    —Beba despacio. Muy bien, señorita Hogaza. —La enfermera salió del box de urgencias y la dejó a solas con su hermano. A ver si por fin lograba escapar de allí.

    — ¡Eres un traidor! Llevo más de dos meses sin ver a mi hermano mayor y, si no fuera por la pierna, ahora mismo me levantaría de esta camilla y te haría tragar la muleta. ¡No te rías! Aún no te he perdonado que no vinieras a casa en Navidad. ¡Incluso las familias que no se soportan se ven en esas fechas! ¡Te he dicho que no te rías!

    —Lo siento, peque, pero si pudieras verte creo que también tú te reirías. ¿Necesitas algo más, aparte de huir de aquí?

    Antonio se agachó, le dio un beso en la frente y se dirigió a administración para llevar a cabo los trámites de su liberación.

    Tras salir del hospital, Antonio la llevó a casa de sus padres, en Arenys, un pueblo cercano a Barcelona con unas preciosas vistas al mar y las mejores cerezas del país, o eso decía siempre su padre. Durante el trayecto, Lucero lloró y se durmió, pero antes, Antonio tuvo que confesarle lo que había hecho durante esos dos meses en que no se habían visto, y justificar por enésima vez no haber ido de sus padres en Navidad. Antonio trabajaba en una multinacional y, aunque él se negara a reconocerlo, era un adicto al trabajo y a los aviones. Cuando llegaron a la casa, toda su familia estaba allí  
     bounce  .

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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:33 am

    Capitulo 2

    La familia Hogaza era difícil de definir; si no se formaba parte de ella, no se lograba entenderla, y si sí, tampoco. Eran agotadores; siempre se peleaban y se abrazaban y se telefoneaban por cualquier tontería. Los padres, Elizabeth y Esteban, las dos “Es”, como los llamaban sus incorregibles hijos, llevaban juntos toda la vida, y aún parecían ser novios. Esteban Hogaza estaba totalmente convencido de que podía controlar el destino y que, por lo tanto, a sus hijos nunca les ocurriría nada malo; y que, además, y ésa era la parte más complicada, ellos siempre harían lo que él quisiera. Elizabeth, la matriarca, una mezcla curiosa entre una mamá italiana y una intelectual francesa, había educado a seis fieras, siete si contaba a su marido, con la más estricta suavidad. Era dulce e implacable, e imposible de engañar; todos lo habían intentado sin éxito.

    Sus seis hijos también eran únicos, en más de un sentido. Antonio era el primogénito, tenía 28 años y era duro, serio y estricto, el mayor a todos los efectos. Álex y Marcos eran mellizos, lo que implicaba que nadie sabía nombrarlos por separado. A sus 26 años aún discutían sobre quién era el segundo y quién era el tercero en la cadena de mando. Lucero, tenía 24 años y, hasta el momento, una vida un poco desastrosa. Helena y Valentina eran «las niñas», y con sus respectivos 22 y 20 años, tenían una vida social muy ocupada.

    La mañana siguiente a «la catástrofe», que era como Lucero llamaba a su caída por la escalera, todas sus pesadillas se hicieron realidad: perdió su empleo, pues su jefe no podía permitirse tener de baja a una diseñadora gráfica que ni siquiera estaba oficialmente contratada; Mariana , su mejor amiga, había ligado por enésima vez, mientras que a ella sólo la llamaba su vecina; y su hermano mayor, Antonio, se había pasado al bando enemigo, o lo que es lo mismo, se había aliado con sus padres para convencerla de que tenía que reorientar su vida.

    Los primeros días, Lu se negó a escucharlos, pero luego vio que tenían algo de razón; una chica de 24 años, una edad fantástica, tenía que saber cuál era su objetivo en la vida, o al menos tener una vaga idea. No bastaba con que hubiera alquilado un piso en el Eixample y que tuviera un trabajo más o menos estable (más menos que más). Tenía que tener un plan, una meta. Tal vez estuvieran en lo cierto, tal vez había llegado el momento de dar un volantazo a su vida.

    Así que, tres meses después de «la catástrofe», ahí estaba; aún un poco coja, pero a punto de subirse a un avión hacia Londres.

    —Lu, ¿se puede saber en qué piensas? —Preguntó Antonio chasqueando los dedos delante de sus narices—. ¿Quieres tomarte un café o prefieres pasar ya el control?

    —Perdona —respondió aturdida—. ¿Tengo tiempo de tomar un café? —Miró el reloj.

    —Sí, si nos damos prisa —apuntó su madre, que ya caminaba hacia la cafetería.

    Su padre la rodeó con el brazo:

    —Ya verás cómo este trabajo en Inglaterra te irá muy bien, y Manuel cuidará de ti. Aún me acuerdo de cuando solía venir por casa todos los veranos. ¿Y tú?

    —No, no mucho. —Lucero no creyó necesario informar a su padre, que era incapaz de guardar un secreto, de que de pequeña había estado pendiente de todos sus movimientos.

    —Pues yo sí me acuerdo. —Su madre se añadió a la conversación mientras pedían al camarero que les trajera unos cafés—. Me dio mucha pena que se fuera a vivir a Inglaterra con su padre y su abuela. Antonio, ¿qué le dijiste a Manuel cuando lo llamaste?

    Lucero miró a su hermano, muy interesada por escuchar la respuesta a esa pregunta.

    —La verdad; que Lu se había roto una pierna y que cuando se recuperara quería dar una nueva orientación a su carrera profesional. Dado que él es el editor jefe de la revista en la que trabaja, pensé que podría ayudarla. Y así ha sido, ¿no?

    Pagaron la cuenta y Lucero, con lágrimas en los ojos, se despidió de ellos. Si en ese instante se le hubiera ocurrido una excusa para poder quedarse, habría recurrido a ella sin dudarlo, pero todo su cerebro estaba centrado en lo que la esperaba al llegar a Heathrow: un nuevo empleo, una nueva oportunidad, una nueva ciudad, y volver a ver a Manuel.

    El empleo le venía genial, siempre había deseado trabajar en una revista y seguro que podría aprender mucho. La oportunidad; haría todo lo que estuviera en sus manos, y más aún, para no desaprovecharla. La ciudad; Londres siempre le había encantado y estaba ansiosa por vivir allí durante seis meses, en principio, lo que iba a durar su contrato en la capital británica. Manuel... bueno..., seguro que después de once años, una ya ha superado la tontería del primer chico que le gusta, ¿no? Tan malo no podía ser. Al cabo de unas tres horas se dio cuenta de que era aún peor.

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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:34 am

    Capitulo 3

    A Manuel no le extrañó que Antonio lo llamara un jueves a la una de la madrugada. Ellos dos solían hablar mucho y, como Antonio viajaba tanto, a menudo lo hacían a horas raras. Lo que sí le extrañó fue el motivo de su llamada: Lucero.

    Hacía once años que no la veía. Era la hermana preferida de Antonio y siempre que Manuel estaba con ella se sentía incómodo, era como si pudiera leerle el pensamiento.

    Al principio de vivir en Inglaterra, incluso había llegado a echarla de menos. Vaya tontería. La recordaba pequeña, delgada, con los ojos más grandes y más oscuros que había visto nunca, y muy tremenda. Era un caos, se caía continuamente, se olvidaba de las cosas y tenía una conversación imposible de seguir, al menos cuando estaba con él.

    Siempre se acordaría del día en que él cumplió diecisiete años. Sus padres se estaban peleando, como de costumbre, y optó por ir a casa de Antonio. Ya no se le pasaba por la cabeza llamar antes, sabía que allí siempre era bien recibido, así que cogió sus cosas y se fue para allá. Era verano, y cuando llegó a la casa sólo encontró a Lucero. Estaba en el jardín, leyendo un libro, como siempre; levantó la vista y lo miró a los ojos. Él nunca supo que fue lo que ella vio en ellos, pero su cara cambió de golpe y se puso de pie.

    —Manuel, ¿estás bien? —preguntó levantando una ceja por encima de las gafas. Por aquel entonces llevaba todavía las gafas.

    —Sí, claro —carraspeó él—. ¿Dónde está Toño? — ¿Cómo podía ser que una niña de trece años pudiese ponerlo tan nervioso?

    —En la playa —contestó ella acercándosele—. Todos están allí.

    — ¿Y tú qué haces aquí? —Él se apartó y se sentó en el escalón que separaba la casa del jardín.

    —Yo, bueno. —Lucero se sonrojó—. Estaba leyendo y... no me gusta leer en la playa; el viento, la arena, el sol. —Parecía como si se estuviera justificando—. Además, la playa no se moverá, mañana seguirá allí mismo, y yo necesitaba saber cómo acababa el libro.

    — ¿Qué libro es? —preguntó él.

    —Charlie y la fábrica de chocolate. ¿Lo has leído?

    —No, creo que no. ¿Es el de los niños que ganan el sorteo de las chocolatinas?

    —Sí.

    —Pues no, no lo he leído.

    Ella volvía a estar a su lado, y lo miraba de una manera extraña.

    —¿Qué?

    —Acabo de acordarme de una cosa —dijo Lucero sin apartarse.

    Él la miró extrañado.

    —Hoy es tu cumpleaños.

    — ¿Y?

    —Nada. Felicidades.

    Lucero se acercó a él para darle un beso en la mejilla, pero Manuel giró la cabeza para que sus labios encontraran los de ella. Siendo sincero consigo mismo, todavía no tenía ni idea de por qué lo había hecho; tal vez una parte de él quería sentir que alguien lo quería, que para alguien, él era especial. Fue una tontería, pero aún se acordaba del vuelco que le dio el corazón al sentir los inexpertos labios de ella bajo los suyos. Fue una leve caricia y Lucero en seguida se apartó. Manuel se sonrojó de la cabeza a los pies.

    Él sabía que en aquella familia se besaban a la más mínima y nunca había entendido el porqué. La verdad era que al principio esa costumbre lo incomodaba un poco; en su casa nunca se besaban, ni siquiera se abrazaban. Mientras que los Hogaza eran muy cariñosos. Con los años, ya se había acostumbrado; ya no le sorprendía ver a Elizabeth y a Esteban dándose un beso, ni que Álex y Antonio se abrazaran después de insultarse, pero aun así nunca lograría acostumbrarse a ser él el que recibiera esas muestras de cariño. Cada vez que la madre de Toño le abrazaba, no sabía dónde poner las manos y cuando se apartaba tenía miedo de que todos notaran que él no sabía hacerlo, que no sabía ser cariñoso. Pero el beso de Lucero lo sacudió, tuvo ganas de llorar y aún entonces, once años después, se acordaba de lo dulce que había sido ese momento.

    —Gracias —consiguió responder él—. Eres la primera persona que me felicita.

    —Me alegro —dijo ella—. ¿Vas a ir a la playa o prefieres esperar aquí? —Lucero volvió a coger el libro y siguió leyendo.

    —Esperaré aquí. ¿Te molesto? —preguntó él tumbándose en la hamaca que había en el jardín.

    —No —contestó ella sin levantar la vista.

    Él se quedó mirándola. Era curioso, había salido de su casa con ganas de matar a alguien y, tras hablar con ella unos minutos, ya se había olvidado de sus padres, de sus gritos, de su tristeza.

    —Ya está —exclamó Lucero sacándolo de su ensimismamiento. No sabía si habían pasado diez minutos o dos horas.

    — ¿El qué?

    —El libro. Lo he terminado. —Se levantó y se acercó a la hamaca en la que él estaba tumbado—. Toma, te lo regalo. —Ella le dio el libro y al ver que él la miraba sorprendido, añadió—: ¿Es tu cumpleaños, no? —Lo besó en la mejilla y se fue.

    Con el recuerdo de ese beso tan inocente, se durmió y no se despertó hasta que el bruto de Antonio lo duchó por completo con el agua helada de la manguera para felicitarlo.

    A partir de ese verano las cosas cambiaron mucho. Sus padres iniciaron ya los trámites definitivos del divorcio, y la vida de Manuel se convirtió en un infierno hasta que por fin se fue a vivir a Inglaterra, con su abuela. Toda la familia Hogaza se despidió de él, lo abrazaron y le dijeron que siempre sería bien recibido. Nunca volvió a esa casa, ni tampoco a ese pueblo, pero él y Antonio habían seguido siendo amigos; de hecho, Antonio era su mejor amigo. Y Charlie y la fábrica de chocolate estaba guardado en el primer cajón del escritorio de su despacho.

    Hacía años que no se acordaba de ese beso ni de ese verano, ¿por qué diablos lo había hecho ahora?

    Bueno, tampoco tenía demasiada importancia, Lucero no llegaría hasta dentro de unas semanas y seguro que ella ni lo recordaba. La trataría como si fuera su hermana, lástima que no tuviese ninguna; la ayudaría en el trabajo y se esforzaría para que se sintiese a gusto durante los meses que pasara en Londres. Después de lo bien que esa familia se había portado con él, era lo mínimo que podía hacer.

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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:36 am

    Capitulo 4

    Londres, tres semanas más tarde

    Manuel se pasó toda la mañana revisando los últimos detalles de la edición de esa semana. The Whiteboard, la revista en la que trabajaba, empezaba a funcionar.

    Había nacido como una pequeña publicación semanal independiente que contenía tanto artículos políticos como de economía o sociedad. Pertenecía a un grupo editorial especializado en periódicos y con The Whiteboard querían abrir una nueva línea de negocio. En un principio, no habían escatimado recursos, pero si no tenían beneficios pronto, tampoco dudarían en cerrarla. El director era Santiago Abbot, uno de los mejores periodistas y editores del Reino Unido. Manuel llevaba años «soportándolo»; de hecho, se habían hecho amigos años atrás, cuando Santiago lo rescató y le ofreció trabajo en el periódico que entonces dirigía. Cuando tomó las riendas de la revista, no dudó en confiarle a Manuel el cargo de editor jefe. Al principio, a Manuel le había entusiasmado la idea. Ahora seguía entusiasmándole, pero a menudo tenía la sensación de que toda su existencia se centraba en esa revista, y si algo le había enseñado su abuela era que la vida era mucho más que trabajo.

    Tenía la sensación de que se le olvidaba algo, pero no lograba averiguar qué era; ¿llamar a su abuela? No, había hablado con ella el día anterior, y quedaron en llamarse el sábado. ¿Encontrarse con Jack en el gimnasio? Tampoco. Abrió la agenda del ordenador. ¡¡Mierda!! A las seis de la tarde, la hermana de Antonio llegaba al aeropuerto. ¿Qué hora era? Las cinco y media. Se levantó de un salto, cogió el abrigo y echó a correr. ¡Vaya desastre! Era imposible que llegara a tiempo, el primer día y ya iba a quedar mal con Lucero. ¡Típico de él! Rezó para que el avión llegara con retraso, pero con la suerte que tenía últimamente, seguro que incluso se adelantaría.

    Lucero se despidió de sus padres y de su hermano mayor —por enésima vez— delante del control de pasaportes. Por suerte, sus otros hermanos no habían podido ir al aeropuerto, porque si llegan a estar todos allí, tal vez no habría subido al avión. Cuando por fin se sentó en su asiento, 22B, pasillo, sacó la libreta y un bolígrafo de su bolso. Siempre viajaba con una de esas libretas negras. Bueno, la verdad era que siempre llevaba una en el bolso. A pesar de haber estudiado diseño gráfico y de ser una enamorada de las nuevas tecnologías, creía que anotar sus pensamientos, o lo que era lo mismo, sus neuras, en una libreta era mucho más romántico.

    En ese momento podría llenar todas las páginas con las preguntas y los miedos que la inundaban. Una parte de ella sabía que aceptar ese trabajo en Londres, aunque fuera sólo por seis meses, era lo mejor que podía hacer; en Barcelona no tenía nada, y era una oportunidad única de mejorar su currículum. Pero había otra parte de ella que tenía miedo de los cambios; tenía miedo de no hacer bien ese trabajo, tenía miedo de haberse equivocado y, sobre todo, tenía miedo de reencontrarse con Manuel. ¿Y si era aún más encantador que de adolescente y ella perdía la cabeza por él de nuevo? Empezó a escribir todo eso, y cuando la voz del piloto anunció que en diez minutos iban a aterrizar, se dio cuenta de que la cosa no era tan grave; no iba a pasar nada.

    Seguro que aprendería mucho en el trabajo, haría nuevos amigos y conocería a fondo una ciudad que siempre le había encantado. Si las cosas no iban bien, siempre podía regresar. Total, Londres y Barcelona estaban a dos horas de avión, y había un montón de vuelos cada día. Esos seis meses no tenían por qué cambiar su vida en absoluto.

    Lucero descendió del avión sin prisa, nunca había logrado entender a esa gente que baja corriendo, aun a sabiendas de que todos van a tener que detenerse en el control de pasaportes. Llegó a la cinta y vio que su maleta todavía no estaba entre las afortunadas, pero por suerte no tardó demasiado en aparecer y a eso de las seis y media ya estaba plantada, esperando en mitad del aeropuerto. Su hermano le había dicho que Manuel iría a buscarla. Ella le dijo que no era necesario, que era perfectamente capaz de coger un taxi o un autobús y llegar sola al piso de él, pero Antonio le había recordado que Manuel era su mejor amigo, y que de ningún modo iba a permitir que su hermana tuviera que hacer todo ese periplo sola. Así que Lucero empezó a observar a todos los hombres de unos 28 años que veía por allí. No, o manuel había cambiado mucho desde las Navidades o aún no había llegado. Ella hacía once años que no le veía, pero su hermano había estado con él en Roma unos días antes de las fiestas navideñas. Sólo de pensar en esa fotografía de los dos juntos, Lucero se sonrojó. Debería estar prohibido que el primer chico que te gusta y te ignora se convierta en uno de los hombres más atractivos que conoces. Pero en fin, seguro que sólo era fotogénico.

    Manuel llegó a Heathrow exactamente a las siete. Una hora tarde. No sólo había encontrado tráfico, sino que además había tenido que pelearse por una plaza de aparcamiento. Se había puesto tan nervioso, que hasta había empezado a sudar, cosa que en Londres, en esa época del año, era casi imposible. Para ver si lograba calmarse un poco, se quitó la corbata, que sólo llevaba los días que tenía reunión, se desabrochó dos botones de la camisa y corrió hacia la terminal.

    Lucero llevaba media hora allí de pie, sin rastro de Manuel, y al final decidió sentarse; le dolía un poco la espalda de arrastrar la maleta. Además, así podría buscar el móvil para llamarlo y decirle que ya había llegado. Tal vez estuviera esperándola en otra terminal. Pero al llegar al banco que había junto a una de las puertas automáticas se quedó paralizada. ¿Aquel chico que se pasaba las manos por el pelo e intentaba recuperar la respiración era Manuel? Imposible. Su teoría de la fotogenia se desmoronó por completo y Lucero tuvo que hacer un esfuerzo por recordarse que tenía 24 años, no trece.

    —¿Manuel?

    Él se dio la vuelta y a Lucero se le cortó la respiración.

    —¿Lucero? ¿Eres tú?

    Ella tardó unos segundos en contestar. Su mente no paraba de repetirle: tranquila, imagina que estás hablando con Antonio. Pero le fue imposible. Lucero siempre había pensado que, si volvía a verlo, sentiría como un revoloteo de mariposas en el estómago, pero en eso también se había equivocado. ¿Mariposas? Era como tener una estampida de búfalos en su interior. Se acordaba de que Manuel tenía los ojos claros, pero se había olvidado de lo impactantes que eran. Era un poco más alto que ella, seguro que llegaba a más del metro setenta, como Antonio, y tenía los hombros más anchos que había visto nunca, al menos tan de cerca. Se acordó de que su hermano le había dicho que Manuel practicaba remo y en ese instante dio gracias al inventor de ese extraño deporte; Manuel tenía los brazos y la espalda más sexys del mundo. Lucero decidió que lo mejor sería apartar la mirada de aquellos pectorales, pero eso tampoco ayudó mucho, pues el estómago y las piernas eran igual de impresionantes. Hizo un esfuerzo por controlar la estampida que corría desbocada por su interior y levantó la vista. Manuel seguía pasándose la mano por el pelo y le consoló ver que éste continuaba igual; cuando, al llevarlo demasiado largo, un mechón rebelde le caía sobre los ojos. Ahora lo llevaba corto, pero ese mechón seguía incordiándole. Sonrió, y cuando él le devolvió la sonrisa se acordó de que tenía que contestarle:

    —Sí, soy yo. —Vio que él la miraba de un modo extraño—. ¿Estás bien? Pareces acalorado.

    —Sí, claro. —Manuel tomó aliento—. Estoy bien, es sólo que he venido corriendo —respondió, aunque en realidad quería decir «Acabo de descubrir que la hermana de mi mejor amigo es la mujer más sexy que he visto en años»—. Siento haber llegado tarde.

    —No te preocupes. — Lucero se encogió de hombros—. Supongo que aquí el tráfico es igual de horrible que en Barcelona.

    —Peor. —Manuel sonrió, y se tranquilizó al ver que ella no estaba enfadada—. ¿Esta maleta es todo tu equipaje? —le preguntó señalando su maleta azul.

    —Sí. —Al ver que él no decía nada más, ella añadió—: Pesa mucho, pero es muy fácil de arrastrar, ¿ves? —Dio un empujoncito a la maleta. Si no mantenía la mente ocupada, no lograría calmar a los búfalos.

    —No te preocupes. Yo la llevo. —Manuel cogió el asa—. Pero antes que nada, bienvenida a la capital del imperio británico. —Y agachándose, le dio un beso en cada mejilla.

    Lucero se quedó inmóvil. Aquellos dos besos fueron una tontería, los típicos besos con los que se saluda a alguien en las bodas, o cuando hace tiempo que no se ve a un amigo, o cuando felicitas a una amiga por su cumpleaños. Una tontería. Pero los búfalos volvieron a descarriarse. Olía muy bien.

    —Gracias —respondió ella fingiendo no haberse inmutado—. Y gracias por venir a buscarme. No hacía falta que te molestaras.

    —Claro que hacía falta. ¿Acaso quieres que Antonio me mate la próxima vez que nos veamos? —Añadió él con una sonrisa—. Además, no es ninguna molestia. Vamos, seguro que estás cansada.

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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:37 am

    Capitulo 5

    Salieron de la terminal y se dirigieron hacia el coche de Manuel. Como en todos los aeropuertos de las grandes ciudades, había muchísima gente, muchos coches y mucho tráfico. Tardaron más de media hora en salir de aquel caos y en todo ese rato Manuel le estuvo preguntando cómo había ido el vuelo y si ya se había recuperado del todo del accidente.

    —La verdad es que sí —contestó Lucero —. Fue una tontería, pero con dos dedos rotos y el tobillo dislocado tuve que hacer mucho reposo, y eso casi me vuelve loca.

    — ¿Ya no lees? —preguntó él.

    — ¿Perdona?

    —Te he preguntado si ya no lees. Me acuerdo que de pequeña siempre llevabas un libro entre las manos.

    Lucero se quedó perpleja y tardó unos segundos en contestar.

    —Sí, aún leo. Mucho. —Se sonrojó. ¿Cómo podía ser que se acordara de eso?—. Demasiado, según mi madre.

    — ¿Demasiado? —Manuel levantó una ceja sin apartar la vista del tráfico.

    —Sí, bueno, ya sabes. —Levantó las manos como para justificarse—. Mi madre cree que debería salir más. ¿Falta mucho? —preguntó de repente, no porque tuviera prisa por llegar, sino porque quería cambiar de tema. No iba a contarle que uno de los motivos por los que leía tanto era porque tenía casi todas las noches libres.

    —No demasiado. Mi apartamento está muy cerca de Covent Garden. Por desgracia, ahora es una zona muy turística, y muy cara, pero a mi abuela y a mí nos gustó mucho y decidí alquilarlo.

    — ¿Tu abuela sigue viva?

    —Claro que sí. Estoy convencido de que Nana ha hecho un pacto con el diablo y que nos enterrará a todos. —Tomó la siguiente salida y entró en la ciudad—. ¿Conoces a Nana?

    —No, pero me acuerdo de que cuando éramos pequeños solías hablar de ella, y como mis abuelos ya han muerto creí que... ya sabes.

    —Siento lo de tus abuelos. Antonio siempre me ha mantenido al tanto de las cosas que sucedían en vuestra la familia. A él le afectó mucho la muerte de tu abuelo.

    —Sí, tenían una relación muy especial. —lucero fijó la vista en el paisaje. Siempre se emocionaba al hablar de sus abuelos.

    Manuel se dio cuenta y decidió tratar de animarla.

    —Nana vive en Bath. ¿Te gustaría conocerla? —Al ver que ella asentía, añadió—. Si quieres podríamos ir a verla este fin de semana, o el próximo. Seguro que ella estará encantada de conocerte.

    —Por mí estupendo, pero no quiero causarte ninguna molestia. Seguro que tú ya tienes planes para el fin de semana, y yo puedo arreglármelas sola.

    —No digas tonterías. —Manuel pensó en que había quedado con Jack y sus amigos para cenar, pero sabía que a ellos no les importaría que no fuera—. Si mañana no estás cansada, la llamo y vamos. ¿De acuerdo?

    Manuel le tocó el brazo con la mano para que ella se volviese hacia él.

    —De acuerdo —respondió Lucero.

    —Además, también hay un montón de gente impaciente por conocerte. Todos mis amigos sienten curiosidad por ver a la «hermanita» de Antonio.

    — ¿Ah, sí?

    —Sí, digamos que tu hermano ha causado sensación en cada una de sus visitas. Pero me temo que no puedo contártelo. Ya sabes, no quiero perder ningún brazo. —Le guiñó un ojo.

    Lucero se rió y Manuel se alegró de que ya no estuviera tan pensativa.

    —Sí, tienes razón. Antonio es un poco... quisquilloso con sus cosas.

    —¿Quisquilloso? Yo lo definiría de otro modo, pero como es tu hermano...

    —¿Y tú?

    —¿Yo qué? —Manuel entró en la calle donde estaba el garaje en el que tenía alquilada plaza para el coche.

    — ¿Eres tan reservado como Antonio?

    —Peor —respondió sin pensar.

    —¿Peor? —Lucero se quedó perpleja—. Me acuerdo que de pequeño eras incapaz de guardar un secreto y que nunca te importaba hablar de tus ligues. —Por mucho que eso le doliera a ella.

    —Ya, bueno. Ha pasado mucho tiempo y... —Se quedó en silencio un momento—. He cambiado. El Manuel que tú recuerdas ya no existe.

    ¿A qué venía esa frase?, pensó lucero.

    —¿No existe?

    —No.

    Manuel aparcó el coche y paró el motor. Lucero puso una mano encima de la de él, que aún mantenía sobre el cambio de marchas. Fue como si esa caricia le recordara que no estaba solo. Sacudió la cabeza y, cuando la miró, toda su seriedad había desaparecido.

    —No me hagas caso. Estoy cansado. —Abrió la puerta—. ¿Vamos? Mi casa está a dos minutos de aquí. Si te apetece, de camino podemos comprar algo para cenar. Me temo que no he tenido tiempo de llenar la nevera antes de tu llegada.

    Lucero salió también del coche y cogió el bolso que había dejado en la parte de atrás. Él ya había sacado la maleta y se disponía a arrastrarla.

    —No pasa nada. Si quieres, el lunes yo puedo ir a hacer la compra. Como no me vas a dejar pagar ningún alquiler, así podría compensarte.

    —No hace falta.

    Iban caminando por una calle adoquinada, acompañados por el ruido de las ruedas de la maleta.

    —Ya sé que no hace falta. Pero me encanta cocinar, y me sentiré mucho mejor si puedo ayudar en algo.

    —De acuerdo. Pero que conste que no hace falta. —Manuel se detuvo delante de una puerta de color naranja y empezó a buscar la llave por todos sus bolsillos—. ¿En serio te gusta cocinar?

    Lucero estaba embobada mirando aquella fachada tan colorida y aquella puerta tan chillona.

    —Sí. ¿Ésta es tu casa? —Señaló con el dedo—. ¿Naranja? – mi color favorito- Pensó lucero -

    —A mí no me mires. Ya estaba así cuando la alquilé. Cuando te acostumbras no está tan mal. Los repartidores la encuentran con facilidad. —Ladeó un poco el labio superior para sonreír.

    —No, si me gusta, me gusta mucho. Es sólo que me extraña que a ti te guste. Pareces tan serio; de pequeño creo recordar que eras «naranja», pero ahora definitivamente no, aunque no sé qué color eres... verde quizá. Siempre me ha gustado relacionar a las personas con colores. —Lucero empezó a sonrojarse al acabar la frase.

    — ¿Verde? ¿Se puede saber por qué ya no soy naranja? —Manuel encontró la llave y satisfecho con ese pequeño triunfo, la sacó del bolsillo y abrió la puerta—. Dejo la maleta y mientras tú te instalas iré a comprar unos bocadillos aquí al lado. ¿Te parece bien?

    —Perfecto. —Lucero lo miró a los ojos y sintió un gran alivio al no tener que contestar a su pregunta sobre los colores—. ¿Seguro que no tienes ningún plan para esta noche? Yo puedo quedarme aquí sola. La verdad es que estoy tan cansada que me dormiré en seguida.

    —Seguro. Vamos, no te preocupes. —Casi sin ser consciente de lo que hacía le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja—. Además, quiero que me cuentes toda esa teoría tuya de los colores.

    El alivio había durado muy poco.

    Manuel le enseñó la habitación que iba a ocupar durante los seis meses. Era una habitación pequeña que seguro que él había estado utilizando como trastero, pero la cama era preciosa, y las sábanas combinaban con las cortinas que cubrían una ventana que daba a un pequeño jardín interior.

    Lucero lo miró sorprendida.

    —Lo escogió Silvia —dijo Manuel contestando a la muda pregunta que ella le había formulado con los ojos—. La mujer de Santiago, el director de la revista.

    —Dale las gracias de mi parte y dile que tiene muy buen gusto. —Lucero se sentó en la cama. Era muy cómoda.

    —Se lo podrás decir tú misma. Ellos también están impacientes por conocerte. —Manuel se pasó las manos por el pelo—. Voy a salir a comprar, ¿te apetece algo en particular?

    —Lo mismo que tú estará bien. —Lucero hizo el gesto de coger su bolso pero la mano de Manuel se cerró encima de la de ella.

    —Espero que fueras a coger el móvil, porque si ibas a darme dinero tendré que adoptar medidas drásticas.

    Volvió a guiñarle el ojo mientras con el pulgar le acariciaba el interior de la muñeca.

    — ¿Cómo de drásticas? —No podía creer que acabara de decir eso. ¿Cuándo había aprendido a flirtear?

    Manuel la soltó y se apartó de ella.

    —No lo sé, pero seguro que se me ocurriría algo

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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:39 am

    Capitulo 6

    Lucero se despertó desorientada. ¿Dónde estaba? Se levantó para ir al baño y, cuando se tropezó con su maleta, se acordó.

    Londres. Manuel.

    Bueno, tenía que ducharse, cepillarse los dientes e intentar disimular las ojeras que seguro tenía. Sus dos hermanas, Valentina y Helena, se despertaban siempre frescas como una rosa, herencia de su abuela materna. Pero lo único que Lucero había heredado de su abuela era su afición al chocolate. La genética tiene un extraño sentido del humor. Abrió la maleta y rebuscó entre su ropa hasta encontrar el neceser; cogió lo que necesitaba y se dirigió al baño. Cuando abrió la puerta, se despertó de golpe.

    —Buenos días. ¿Has dormido bien?

    Manuel estaba de pie delante del espejo, afeitándose, recién duchado. Llevaba únicamente una toalla atada a la cintura. Por la mente de Lucero empezaron a desfilar imágenes de anuncios de colonias, de 9 semanas y media y de Dirty Dancing. Tenía que contestar algo, pero con aquellas gotas de agua que resbalaban por la espalda de Manuel reclamando su atención no tenía ni idea de lo que él le había preguntado. Ante la duda, optó por lo seguro, no contestar nada.

    —Buenos días. Iba a ducharme. Volveré más tarde —dijo ella dándose ya media vuelta.

    —No te preocupes, yo ya me iba. Pasa. Entra y dúchate tranquila mientras yo preparo el desayuno. ¿De acuerdo?

    Manuel se echó agua en la cara, cerró el grifo y salió sin esperar a que Lucero le contestara.

    «Lucero, tienes que serenarte —pensó ella para sí misma—. Valentina y Helena tienen razón, hace demasiado tiempo que no sales con chicos; basta con que veas a uno medio desnudo para que no sepas ni caminar. Claro está que el espécimen que tienes delante es extraordinario. Menuda espalda, eso debería estar prohibido. En fin, lo mejor que puedes hacer es ducharte.»

    Mientras seguía aleccionándose a media voz, se fue desnudando, y sólo calló para abrir el agua. Tenía que hacer un esfuerzo y tratar a Manuel como si fuera su hermano. Lo conocía desde pequeña y ahora ya no era una adolescente; era perfectamente capaz de controlar la atracción que sentía por él. Tampoco había para tanto, seguro que durante aquellos meses conocería a alguien y ella y Manuel sólo serían amigos.

    Manuel se vistió, ¿estaba hablando sola? Sonrió. Según Antonio, Lucero solía hacerlo a menudo. Aún se acordaba de un día de verano en que la oyó sermonearse durante horas por haber comido demasiado helado. Ante el recuerdo, sus labios esbozaron una sonrisa, y se dirigió hacia la cocina. Buscó la tetera, dos tazas y preparó unas tostadas; debería tener naranjas, pero estaba convencido de que en algún lugar había zumo, así que empezó a abrir los armarios de la cocina. Como era sábado y no tenían que trabajar, Manuel pensó que podrían aprovechar el día para que Lucero conociera un poco la zona o, si ella lo prefería, podían ir a Bath, a visitar a su abuela, y quedarse allí hasta el domingo. Sí, ése era un buen plan, llamaría a Nana en seguida. Se dio la vuelta tan rápido que chocó de frente con su invitada.

    —Lo siento, no te había visto.

    —No pasa nada. —Aún un poco nerviosa, se puso las manos en los bolsillos—. ¿Has preparado el desayuno?

    Ahora que se había vestido, ya se veía capacitada para hablar con él. Se había duchado en un tiempo récord, y se había puesto sus vaqueros favoritos y un jersey ajustado negro, de lana muy fina. Siempre que llevaba ese jersey se sentía muy atractiva, era ceñido donde tenía que serlo y, citando a Marcos, su terrible hermano: «Es una de esas prendas que hacen que un hombre se pregunte qué hay debajo». Se había secado el pelo y pintado un poco; si tenía que ir a la guerra, tenía que equiparse, ¿no? Lo único que desestimó antes de salir de la habitación fueron las botas, no quería parecer demasiado arreglada, así que optó por dejarse puestas las zapatillas.

    —Manuel, ¿quieres que te ayude? —Vio que él se movía por la cocina como si buscara algo.

    —Lo siento, estoy buscando mi teléfono móvil, ¿dónde lo habré dejado? —contestó él levantando los cojines del sofá, desplazando así la búsqueda hacia la sala de estar.

    —Está aquí, junto a la tostadora. —Lucero lo cogió y se lo entregó ante el asombro de su dueño.

    —Gracias, he debido de dejarlo ahí cuando preparaba el desayuno. —Manuel no estaba acostumbrado a olvidar dónde dejaba las cosas, siempre sabía dónde estaba todo y nunca era desordenado.

    Pero esa mañana no era él mismo; no había logrado recuperarse de la visita de Lucero al cuarto de baño. No sabía si ella se había dado cuenta, pero ver cómo sus ojos le recorrían la espalda le había provocado una reacción más que evidente y, al contar sólo con la protección de una toalla, había decidido salir de allí corriendo.

    Lucero tenía los ojos Claros… Hermosos. Manuel no conocía a nadie más con ese color de ojos. Eran impresionantes, y cada vez que él se topaba con esa mirada, su infrautilizado corazón daba un vuelco; tenía la sensación de que ella podía ver todos sus secretos. Pero si el único problema fueran sus ojos, quizá podría evitar reaccionar ante su presencia. Por desgracia, esa sonrisa tan pícara y esa melena rebelde que se empeñaba en taparle la cara, también le resultaban muy difíciles de resistir. Lucero no se parecía en nada a las mujeres que a él solían gustarle. Más bien era todo lo contrario; alta, delgada y con las piernas más increíbles que había visto jamás. Llevaba el pelo a la altura de los hombros y su color, un rubio, no era del de las rubias con las que él acostumbraba a salir. Manuel no lograba identificar qué era lo que tanto lo atraía de ella, pero sabía que no iba a hacer nada al respecto. Llamaría a Michael, saldrían y así Lucero podría conocer a más gente y ya no dependería tanto de él. Con lo simpática que era, seguro que pronto tendría muchos más amigos que él.

    —¿Has dormido bien? —le preguntó Manuel en un intento de recuperar cierta normalidad—. Eres la primera persona que duerme en esa cama —añadió, antes de dar un mordisco a su tostada.

    —Bien, muy bien, la verdad es que estaba muy cansada. Gracias. ¿Y tú?

    —Muy bien, gracias. —Bebió un poco de té—. ¿Qué te apetece hacer hoy? —Al ver que ella levantaba las cejas le planteó las dos posibilidades—. ¿Prefieres quedarte aquí o te apetece ir a Bath a conocer a Nana?

    Lucero se limpió los labios con la servilleta y contestó:

    —Me gustaría conocer a Nana, pero si tú ya tienes planes...

    —No digas tonterías —la interrumpió Manuel —. La verdad es que había pensado que podríamos ir a Bath y pasar allí el fin de semana. Al fin y al cabo, en los próximos seis meses tienes tiempo de sobra para conocer todos los rincones de la ciudad... y a mí me apetece visitar a mi abuela. Así pues, ¿qué te parece?

    —Me parece una gran idea, pero ¿seguro que a tu abuela no le molestará?

    —Seguro. Cuando conozcas a Nana te darás cuenta de que le encanta tener gente en su casa. Coge tu pijama y el cepillo de dientes mientras yo la llamo para avisarla. —Dicho esto, se levantó y cogió el teléfono.

    Lucero se fue a la habitación a preparar una pequeña bolsa para el fin de semana. Por suerte, había traído una mochila. Una vez la hubo localizado la abrió y guardó en su interior un pijama, un neceser con las cosas básicas, una muda para el domingo y una camisa más atrevida por si esa noche iban a cenar a algún sitio. Cuando salió, Manuel la estaba esperando sentado en el sofá.

    —He hablado con Nana y está impaciente por conocerte. ¿Estás lista? —preguntó, señalando la mochila.

    —Sí. ¿Tú no coges nada?

    —No hace falta. Nana aún conserva mi habitación y yo siempre tengo allí unas cuantas cosas. Me gusta quedarme a dormir en su casa y pasar tiempo con ella —añadió, encogiéndose de hombros.

    —Claro.

    Llevaban ya casi una hora de viaje cuando sonó el teléfono; Manuel respondió con el manos libres del coche.

    — ¿Sí?

    Desde los altavoces, se oyó la voz de Antonio.

    — ¿Manuel? Soy Toño, ¿me oyes?

    —Sí, claro que te oigo, estás gritando.

    —¡¡Hola, Toño!!

    — ¿Lu? ¿Qué haces en el teléfono de Manuel?

    —Es un manos libres, Antonio. Tú deberías saberlo —respondió Manuel, serio ante el tono amenazante de su «mejor» amigo.

    —Claro. ¿Y adonde llevas a mi hermana preferida?

    —A conocer a Nana. ¿Te parece bien?

    —¡¡Eh!! Pareja de matones, ¿os importaría no hablar de mí como si yo no estuviera presente?

    —Lo siento, Lu—respondieron los dos «neandertales» al unísono, y Manuel se sonrojó a la vez que Toño carraspeaba.

    —Así que llevas a Lucero a Bath. ¿Vais a pasar allí todo el fin de semana? ¿Has vuelto a ver a Monique, eh, campeón?

    —Antonio, ¿te recuerdo lo que significa «manos libres»? —Manuel empezaba a ponerse nervioso y Lucero miraba el paisaje con el ceño fruncido, sin decir ni una palabra—. En respuesta a tus preguntas, «señor cotilla», hace meses que no veo a Monique —añadió, más para que lo oyera su indignada copiloto que Antonio.

    Al otro lado de la línea, y del mar, Toño respondió enigmático:

    —Me alegro. Bueno, os dejo. Procura que Lucero no se meta en líos, ¿de acuerdo?

    —De acuerdo

    —Lu, llámame. Ya sabes que me preocupas.

    Entonces Lucero, con los ojos llenos de lágrimas que no quería derramar, respondió:

    —Ya, bueno, no te preocupes. Te llamaré, lo prometo. Y tú cuídate, ¿vale?

    —Vale. Adiós. Dale recuerdos a Nana de mi parte.

    Entonces colgó, y a Lucero empezaron a resbalarle las lágrimas que había contenido. «Con un poco de suerte, Manuel no se dará cuenta», pensó, pero todavía no había acabado ese pensamiento cuando notó cómo los dedos de Manuel recogían esas lágrimas traidoras.

    —No llores.

    Lucero dejó de mirar el paisaje y se volvió. La mano de Manuel se deslizó entonces desde su mejilla hasta su cuello, bajó por su brazo, le cogió la mano, se la acercó a los labios y le besó suavemente todos los nudillos. Cuando acabó, devolvió la mano a su estupefacta dueña, y añadió.

    — ¿Mejor?

    Lucero carraspeó, se volvió otra vez hacia el paisaje y, cuando encontró su voz, respondió:

    —Sí. Mejor.

    Y se hizo el silencio.

    Manuel conducía con la mirada fija en la carretera, totalmente concentrado en la conducción, pues eso era lo único que se le ocurría para controlar las ganas de parar el coche y abrazar a Lucero. No podía ver llorar a nadie, pero si encima era alguien con los ojos y la mirada de un ángel, le resultaba realmente insoportable. Además, si era sincero consigo mismo, abrazarla no era lo único que quería hacer. Tenía que distraerse con lo que fuera, porque conducir empezaba a dejar de tener efecto, así que optó por hablar:

    — ¿Has estado alguna vez en Bath? —No era una pregunta muy original, pero era la primera que se le había ocurrido

    — ¿Eh? No, nunca. Cuando estuve en Londres estudiando, quise ir, pero ya sabes, el tiempo pasa tan rápido —respondió Lucero sin dejar de mirar el paisaje—. ¿Vas a menudo a ver a tu abuela?

    —No, la verdad es que no; intento ir siempre que puedo, pero... supongo que no es muy a menudo. Siempre pienso que tendré tiempo más adelante, y eso, por desgracia, casi nunca es así. —Manuel se quedó pensativo, como si tuviera miedo de acabar la frase.

    — ¿Lo dices por tu padre? Antonio me contó lo de su muerte. Lo siento. —Lucero volvió la cabeza para intentar ver la reacción de Manuel.

    —Gracias. Hace ya mucho tiempo, no merece la pena que te preocupes por eso. —Manuel soltó el aliento—. No, no lo decía por mi padre o, bueno, quizá sí. —Carraspeó incómodo—. Bien, ya estamos llegando. Si miras a tu izquierda, creo que podrás ver la abadía, al lado están las termas romanas. Si Nana nos deja, tal vez podríamos ir a visitarlas por la tarde.

    Con esta información turística dio por concluida la conversación, pero durante un segundo, Lucero notó que a Manuel le dolía hablar sobre su padre... y también se dio cuenta de que quería consolarlo, abrazarlo, hacerlo sonreír. Pero lo peor de todo fue que sintió que el corazón le daba un vuelco y que los búfalos de su estómago volvían a descontrolarse.

    —Vale. Me gustaría ir, si no es problema.

    Lucero decidió que si él estaba más cómodo dando por concluido el tema de su padre, ella no iba a forzarlo. Si algo recordaba del Manuel de antes era lo cabezón que podía ser.

    —Ningún problema, sólo tenemos que convencer a Nana de que nos deje en libertad. Ya estamos, ésta es su casa.

    Manuel aparcó, paró el motor y bajó a abrir la puerta de su acompañante.

    La casa de Nana era uno de esos cottage de postal, estaba rebosante de flores de temporada, tenía dos pisos y una entrada preciosa, con un pequeño jardín lleno de rosales y de trastos de jardinería, y allí, arrodillada entre las plantas, estaba ella. Nana, Jennifer Mijares, era una mujer de unos ochenta años, con una cabellera blanca que se le escapaba del pañuelo más excéntrico que Lucero había visto jamás. Era delgada y bajita, pequeña, pero la primera imagen que acudió a la mente de Lu fue que le recordaba a un dragón.

    —Malditas tijeras, sabía que tenía que comprar otras. Es la última vez que me dejo engañar por el dependiente; será cretino.  

    Estas palabras y otras peores empezaron a salir de la boca de la menuda anciana y así Lucero confirmó su primera impresión; era un dragón.

    — ¡Nana! Recuerda que me prometiste dejar de decir tacos. —La regañó Manuel a la vez que la abrazaba cariñosamente y la levantaba de entre los rosales.

    — ¡Manuel! No seas bruto, devuélveme al suelo. Así, mucho mejor. Ahora dame un beso.

    (hay.. qué bonito trata Nana a Manu :3   )

    — ¿Se puede saber qué hacías ahí arrodillada? ¿No recuerdas lo que te dijo el médico sobre tu artrosis? —Manuel intentaba intimidar sin éxito a Nana, que se volvió para recoger sus utensilios de jardinería para cortar una rosa—. Y ahora, ¿qué estás haciendo? —Manuel empezaba a impacientarse.

    —Lo que estoy haciendo ahora, señor maleducado, es cortar una rosa para dársela a tu amiga, a quien todavía no has tenido la delicadeza de presentarme.

    Al verse introducida en la conversación Lucero se ruborizó por completo en un tiempo récord y se presentó a sí misma:

    —Lo siento, señora Mijares, soy Lucero Hogaza. Encantada de conocerla, tiene un jardín precioso. —Alargó la mano para saludarla.

    Ante este gesto, Nana sonrió y abrazó sin ningún preámbulo a Lucero. Cuando la soltó, le dio la rosa y la cogió del brazo, encaminándose con ella hacia la casa.

    —No lo sientas, el que debe sentirlo es el bruto de Manuel, que no tiene modales —añadió Nana sonriendo.

    —Nana, estoy aquí detrás, puedo oír perfectamente lo que dices —dijo Manuel mientras cerraba la puerta del jardín y seguía a las dos mujeres.

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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:40 am

    Capitulo 7

    Dentro de la casa el ambiente era aún más acogedor que en el jardín, todo estaba lleno de libros, fotografías y flores. Había libros en español, en inglés, de poesía, de ficción, de arte, y las fotos ocupaban los espacios que quedaban libres. En la pared principal del salón había una preciosa de una mujer tumbada en la hierba, con un niño durmiendo a su lado; Lucero estaba hipnotizada mirándola cuando notó una mano en su espalda.

    —Soy yo. Yo con Nana. —Manuel le habló tan cerca que pudo notar cómo su aliento le rozaba la piel del cuello y empezó a temblar. Se dio media vuelta tan rápido que tropezó con el pecho de él.

    —Perdón —susurró apartándose. Si quería mantener una conversación coherente, tenía que estar lejos de él—. Es preciosa. ¿Quién la hizo?

    Lucero volvió a mirar la foto, era muy bonita; se notaba que la mujer y el niño eran felices y estaban tan relajados que daban ganas de entrar en ella.

    —Manuel, cuéntale a Lucero la historia de la fotografía mientras yo preparo un poco de té.

    Nana cogió las gafas que había olvidado junto al libro que estaba leyendo y se dirigió silbando hacia la cocina.

    —Esta foto la hizo mi padre. Creo que fue el último verano que mis padres pasaron juntos. Fuimos de viaje a Escocia, allí, mi abuelo, el marido de Nana, tenía una casa, y fue fantástico. Recuerdo las excursiones, las ovejas. Cada tarde, Nana me convencía de que yo era uno de los caballeros de la Mesa Redonda y jugábamos a rescatar doncellas. Sólo tenía siete años. Ese día, después de jugar, nos quedamos los dos dormidos sobre la hierba. Ya está, fin de la historia.

    Manuel empezó a ordenar los libros de la mesita del salón como si fuera de vital importancia que todos los lomos estuvieran alineados.

    —Es una fotografía increíble. Tu abuela está preciosa y tú estás tan dulce que te comería a besos. —Al ver la cara de Manuel, Lucero se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta—. Quiero decir, que te comería a besos como a un niño pequeño, no que... bueno, ya me entiendes.

    Estaba tan avergonzada que Manuel sonrió y le respondió:

    —Tranquila, lo entiendo. Ya sé que ahora no me comerías a besos.

    «Aunque yo a ti sí», pensó él.

    — ¡Besos! Chicos, os dejo solos unos minutos y ya estáis hablando de besos.

    Nana entró en el salón cargada con una bandeja en la que había una tetera, tres tazas y un pastel de limón. Lucero la ayudó, y aceptó luego la taza de té que le sirvió la anciana.

    —Gracias, señora Mijares. Tiene usted una casa preciosa.

    —De nada, pero llámame Nana. Cuando oigo señora Mijares, tengo la sensación de que mi suegra va a aparecer en cualquier momento. La vieja bruja... Espero que esté en el cielo, pero a mí me hizo la vida bastante difícil, y me da terror pensar que alguien nos pueda confundir. Así que Nana está bien, ¿de acuerdo?

    —De acuerdo, Nana. Gracias.

    —Bueno, así que has venido a trabajar a Inglaterra. Y ¿dónde vives? ¿Desde cuándo conoces a mi nieto? ¿Cuánto tiempo vas a quedarte?

    — ¡Nana!, no seas cotilla, si no, no vendré más —respondió Manuel antes de que Lucero pudiera abrir la boca.

    —Lo siento, pero no deberías enfadarte, tesoro, sólo lo pregunto porque me interesa. Es la primera vez que me presentas a una chica normal, y la verdad es que estoy muy intrigada.

    Ante la astuta respuesta de Nana, Manuel se sonrojó y empezó a recoger las tazas.

    —¿Has terminado ya con el té, Lu? —Le preguntó a la vez que le cogía la taza y el plato y se levantaba para llevarlo todo a la cocina—. Nana, recojo los trastos y nos vamos. Si quieres acabar con el tercer grado, te quedan cinco minutos. Quiero enseñarle a Lucero las termas y luego, si te portas bien, iremos los tres a cenar —dijo, levantando una ceja hacia su abuela, que parecía imperturbable, y se fue.

    —Bueno, al fin solas. —Nana sonrió y añadió—: Es la primera vez que veo al témpano de hielo de mi nieto sonrojarse. Si eres capaz de lograr eso en menos de un día, estoy impaciente por ver lo que habrás hecho con él dentro de unos meses.

    —Creo que te equivocas, Nana. Si Manuel se sonroja es porque tiene ganas de matarme por haberle fastidiado el fin de semana —respondió Lucero incómoda.

    —Tonterías, nadie puede alterar los planes de mi nieto si él no quiere. Créeme, lo he intentado. Además, eres la primera chica a la que invita a venir a mi casa, y eso será por algo.

    —Bueno, supongo que lo hace por Antonio, mi hermano.

    —Entonces ¡tú eres «Lu », la hermana de Antonio! Ahora lo entiendo todo. —Sonrió y añadió—: Pequeña, espera y verás.

    Con estas enigmáticas palabras y con unos golpecitos en la mano de Lucero, Nana se levantó y gritó para que desde la cocina su nieto pudiera oírla.

    — ¡Podrías haberme dicho que era «ella»!

    Se oyó cómo se rompía una pieza de porcelana.

    —Creo que eso ha sido una de mis tazas. Será mejor que vaya para allá antes de que me quede sin vajilla. Nos vemos luego para cenar. —La besó en la mejilla y se fue riéndose de un chiste que sólo ella parecía conocer.

    Lu seguía sentada cuando apareció Manuel y le dijo:

    —Si quieres ir a visitar las termas, tenemos que irnos ya.

    — ¿Las termas? Ah, sí, los baños. De acuerdo, si a ti te parece bien, podemos ir. Manuel, ¿qué ha querido decir tu abuela con lo de que yo soy «ella»?

    —Nada. No ha querido decir nada, cosas de gente mayor. ¿Quieres ir o no?

    Manuel parecía tenso. Aquel hombre era capaz de hablarle con dulzura un instante y ponerse a dar órdenes al siguiente. «Y luego dirán que las mujeres somos complicadas», pensó ella.

    —Está bien, lo siento, mi general.

    Descolgó su abrigo, se despidió cariñosamente de Nana, que parecía ser la única que entendía por qué su nieto se había puesto de mal humor, y se fue de la casa mirando por última vez la fotografía de Manuel soñando con los caballeros del rey Arturo.

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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:41 am

    Capitulo 8

    En el coche ninguno de los dos habló. Afortunadamente, el trayecto no duró mucho; las termas romanas de Bath estaban sólo a diez minutos y, una vez allí, la logística de buscar aparcamiento, comprar las entradas y recoger la guía los tuvo ocupados. Tras pasar la puerta principal, Lucero se quedó paralizada. Había leído mucho sobre las termas romanas y estaba harta de ver las reposiciones de Yo, Claudio por televisión, pero el impacto de estar delante de aquellas magníficas ruinas fue muy grande. Como no se movía, Manuel le colocó una mano sobre el hombro para empujarla, pero tras lograr que reaccionara, decidió dejar la mano allí. A Lucero no parecía importarle, y a él le gustaba caminar con ella tan pegada a su cuerpo.

    —Es precioso —balbuceó ella mirando el claustro principal, con la piscina llena de agua. Tan pronto como los dedos de Manuel empezaron a acariciar descuidadamente su hombro y, casi sin querer, la parte exterior de su clavícula, sintió cómo se le hacía un nudo en el estómago—. ¿Te das cuenta?, parecen vivas.

    — ¿Vivas? —preguntó Manuel notando cómo una especie de calor le subía por los dedos de la mano hacia el cuello y le anidaba en el pecho. Era como si el muro que había construido en su interior empezara a agrietarse.

    —Sí, vivas, las piedras, las columnas, parecen vivas; como si quisieran contarnos algo. Como si fuera importante que siguieran aquí para hablarnos, para escucharnos, como si, no sé. Como si todo tuviera algún sentido. ¿Lo entiendes?

    —No, Lu, no lo entiendo, pero no importa.

    Manuel no apartó la mano, y caminando uno al lado del otro empezaron la visita. Pasaron por los baños secundarios, por el baño del rey, tiraron monedas en la piscina circular y acabaron la visita en la tienda de souvenirs.

    —¿Sabes que Bath se llamaba Aquae Sulis en la época de los romanos?

    Manuel rompió así el silencio que se había instalado entre ellos desde hacía rato. No lo hizo porque fuera un silencio incómodo, sino todo lo contrario, y como eso lo aterrorizaba, intentó volver a la situación inicial. Empezó a contarle la historia romana de Bath y fue apartando la mano despacio. Lucero lo escuchó con atención, pero no porque le interesara enormemente lo que estaba diciendo, sino porque intentaba entender cómo hacía ese hombre para alterarla de ese modo. Habían pasado dos horas mágicas. Lucero había recorrido casi la mitad de las ruinas con el brazo de él sobre su hombro; y recordaba lo bastante de los hombres como para reconocer cuándo uno se sentía atraído por ella. Y ahora, allí estaba él, contándole la historia de Bath como si fuera un presentador de National Geographic.

    — ¿Qué te ha parecido? ¿Te ha gustado la visita? —preguntó Manuel al final de su clase magistral.

    —Sí, mucho. —Aunque lo que más le había gustado a Lucero había sido que, durante un rato, Manuel había sonreído, recordándole al chico de todos aquellos veranos—. Me gustaría comprarme una postal, ya sabes, no dejo de ser una turista. ¿Te importaría? —Lucero le sonrió.

    —No, sólo que no tenemos mucho tiempo. Compra la que quieras y luego iremos a recoger a Nana para salir a cenar. ¿Te apetece eso o prefieres quedarte en casa?

    —No, no. Lo de la cena suena genial. Así podré sonsacar a tu abuela sobre tus aventuras de adolescente. Seguro que fuiste tan malo como Antonio —dijo ella sonriéndole de nuevo.

    Su sonrisa era fulminante. Cada vez que Manuel la veía, tenía ganas de besarla, y como esa opción estaba descartada, optó por ser seco. Así aprendería a no utilizarla con él.

    —Te espero en el coche —le espetó, y salió del museo dejando a Lucero aún más estupefacta que antes.

    Escogió dos postales, una del baño principal, con las columnas rodeando el agua a la luz del atardecer, y otra que era una reproducción de la antigua ciudad romana en la que en un mosaico se podía leer «Aquae Sulis», y se dirigió hacia el coche, que ya estaba en marcha.

    Llevaban sólo un par de minutos circulando cuando Lucero se durmió. Había sido un día largo, y la noche anterior tampoco había dormido mucho; demasiadas emociones. Al verla dormida, Manuel se relajó; ya no sabía cómo actuar. A lo largo del día había pasado por diferentes fases, seguro que parecía un lunático. Había momentos en que pensaba que podía tratarla como a una hermana, pero cuando su vista se desviaba hacia sus labios, se le aceleraba el pulso y se moría de ganas de hacer algo al respecto. Luego se acordaba de cómo había mirado esa foto de él con Nana, y pensaba que eso era imposible. Una mujer como Lucero se merecía algo mejor. Por no hablar de lo que le haría Antonio si le hacía daño a su hermana. El peor momento del día había sido, sin duda alguna, cuando su abuela le había dicho que ella era «ella». Maldita Nana. Se había olvidado de que su abuela tenía una memoria de elefante, y de que hacía años, en un momento de locura, le había contado la fascinación que sentía por la hermana de su mejor amigo. Sin duda, la CIA podría aprender de las técnicas de interrogatorio de Nana. Por suerte, esa fascinación infantil ya no existía, y Lucero nunca se había dado cuenta de nada. Ahora, lo único que pasaba era que estaba cansado, tenía demasiado trabajo y necesitaba dormir.

    Manuel, Lucero y Nana fueron a cenar a un bullicioso restaurante situado en un edificio antiguo del casco histórico de la ciudad. La cena fue muy agradable, Nana le contó a Lucero un par de travesuras que Manuel había cometido de niño y logró que Manuel se relajara y se sonrojara. A cambio, Lucero le contó las trastadas que él y su hermano mayor habían hecho durante los veranos que pasaron juntos en España. Manuel se sonrojó aún más, pero en un par de ocasiones se rió a carcajadas.

    —Hacía tiempo que no te veía tan contento —señaló Nana.

    —No exageres —respondió él un poco a la defensiva.

    —No exagero. Ya no me acordaba de que cuando sonríes se te marcan hoyuelos. —Su abuela le acarició cariñosa la mejilla.

    —Yo nunca podría olvidarlo. —Al darse cuenta de que lo había dicho en voz alta, Lucero se puso un poco nerviosa.

    — ¿Te ha gustado la visita a las termas? —le preguntó Nana a Lucero guiñándole el ojo y fingiendo no haber oído ese último comentario.

    —Sí, mucho —contestó ella sin mirar a Manuel, que parecía un poco confuso—. Es impresionante que los romanos levantaran todo eso hace tantos siglos. Seguro que las construcciones de hoy en día no aguantarían lo que han resistido esas piedras.

    —Seguro que no —comentó Manuel, que ya se había recuperado.

    —Bueno, niños, deberíamos pedir la cuenta e irnos a casa. Yo ya no tengo edad para estos trotes.

    Manuel hizo un gesto al camarero y, antes de que ninguna de las dos pudiera rechistar, pagó la cuenta. Fueron paseando hasta casa de Nana. La noche era muy cálida para ser sólo principios de primavera, y habían decidido ir a pie hasta el restaurante.

    —Manuel, no sé si te lo había comentado, pero estoy repintando la habitación que da al jardín, así que Lucero y tú tendréis que compartir tu habitación.

    — ¿Qué? —preguntaron al unísono los dos afectados.

    —No te preocupes, tu habitación tiene dos camas, y supongo que no os molestará; al fin y al cabo sois casi hermanos —añadió Nana con picardía. Estaba convencida de que si no le daba un empujoncito, su nieto nunca acabaría de decidirse.

    —No, en absoluto —contestó Lucero sin levantar la vista del suelo—. Pero yo puedo dormir en cualquier lado, incluso en el sofá.

    —No digas tonterías —la riñó Manuel —. Si alguien tiene que dormir en el sofá seré yo. Tú pareces cansada, y necesitas dormir.

    —No voy a permitir que duermas en el sofá. ¡Tú mides casi dos metros, y ese sofá apenas tendrá un metro y medio! Lucero levantó la vista, pero no miró a Manuel.

    —No mido dos metros y si digo que voy a dormir en el sofá, es que voy a dormir en el sofá. —Manuel se detuvo en medio de la calle.

    —Niños, niños. —Nana intentó disimular la sonrisa que dibujaban sus labios—. No discutáis. Los dos podéis dormir en una cama. Lo único que tenéis que compartir es la habitación, nada más. Ni que eso os obligara a contraer matrimonio.

    —Tienes razón, Nana. Discúlpame, Lucero. —Manuel se pasó la mano por el pelo—. Supongo que yo también estoy cansado.

    —No, perdóname tú —dijo Lucero avergonzada—. Supongo que he leído demasiados libros románticos de época —añadió, en un intento de aligerar la situación.

    Nana sonrió e intervino de nuevo:

    —Bueno, como ya está solucionado, no veo ningún inconveniente para que no continuemos. Tengo ganas de acostarme; yo, a mi edad, necesito mis horas de sueño.

    Dicho eso, los tres echaron a andar y, pasados pocos minutos, llegaron a casa. Nana les dio las buenas noches y se fue a su habitación. Lucero y Manuel se quedaron solos, mirándose el uno al otro sin saber qué decir. Al final, fue Manuel quien rompió el silencio:

    —Ponte el pijama y acuéstate, yo aún no tengo sueño. —Pero el bostezo que no pudo controlar lo traicionó—. Me quedaré aquí, leyendo un rato.

    —No seas terco —dijo Lucero —. Me pongo el pijama en el baño y los dos nos acostamos. Vamos, te prometo que tu virtud no corre ningún peligro conmigo.

    Le sonrió y se dirigió a la habitación para coger sus cosas y cambiarse.

    —Pero la tuya sí corre peligro conmigo —susurró Manuel para sí mismo, y no pudo evitar preguntarse qué le estaba pasando. A él no solían gustarle las chicas dulces, con sonrisas que hacen que tiemblen las piernas y ojos Claros capaces de engullirlo a uno. Manuel hizo un esfuerzo por recordar que Lucero era la hermana de su mejor amigo, y que Antonio era cinturón negro de un montón de artes marciales. Con Lucero no se jugaba.

    Finalizado su auto sermón, se frotó la cara con las manos y se dirigió al dormitorio

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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:42 am

    Capitulo 9

    —Manuel, ¿estás despierto? —Lucero ya sabía que sí. Llevaba más de dos horas intentando dormir y estaba convencida de que su compañero de cuarto también sufría de insomnio, pues no paraba de moverse ni de refunfuñar.
    Él tardó unos segundos en responder, como si dudara entre decir la verdad o fingir que no la había oído.
    —Sí, estoy despierto —contestó al fin con un suspiro—. ¿Tú tampoco puedes dormir? —Estiró el brazo para encender una luz, pero Lucero le detuvo.
    —No, no enciendas la lámpara.
    Manuel volvió a meter el brazo bajo las mantas y se apoyó en un costado para mirar a Lucero. Por la ventana de la habitación se colaba la luz de la luna y la de las farolas que había en la calle, así que podía ver la silueta de ella y distinguir el brillo de sus ojos negros.

    —Hacía años que no dormía con alguien —empezó Manuel, pero antes de que pudiera continuar, las risas de Lucero lo detuvieron—. No te rías... ya sabes a qué me refiero.

    —Sí, claro. —Ella hizo un esfuerzo por dejar de reírse—. Tranquilo, no voy a poner en entredicho tu virilidad. Ya me imagino que no tienes problemas en ese sentido.

    Hubo un silencio, y finalmente Manuel añadió:

    —Quizá tenga más de los que te imaginas.

    — ¿A qué te refieres? —preguntó Lucero colocándose también de costado para poder verlo, aunque en la oscuridad él fuera sólo una sombra.

    —No sé, supongo que estoy cansado de que las relaciones que tengo, a pesar de que las mujeres sean distintas, sean todas iguales. No sé, a veces me gustaría saber que hay alguien especial para mí. No es que quiera casarme, ni nada por el estilo..., me gusta mi vida tal como está. —Tomó aire—. Es sólo que me gustaría saber que esa persona existe. Bueno, no me hagas caso. Vamos a dormir.

    Manuel se volvió hacia el otro lado, dándole la espalda.

    —Seguro que existe.

    Lucero pensó que él no la había oído, y cuando iba a intentar dormirse por enésima vez, Manuel habló de nuevo:

    — ¿De verdad lo crees? Recuerdo que de pequeño veía a tus padres besarse y me preguntaba por qué los míos no lo hacían. Luego lo entendí. Los míos no se querían, pero aun así habían tenido un hijo, y se pasaban los días amargándose mutuamente la existencia hasta que se divorciaron. Mi madre, bueno, si es que puedo llamarla así, volvió a casarse en seguida, y se olvidó de mi padre y de mí. Si ni siquiera ella fue capaz de quedarse conmigo y quererme sin condiciones, es difícil de imaginar que pueda encontrar a alguien que lo haga. Así pues, creo que es mejor no buscar a nadie; de este modo me ahorro el mal trago y puedo seguir disfrutando de mi vida tal como está. —Se frotó los ojos—. No sé por qué te cuento estas cosas.

    —Estoy segura de que existe alguien especial para ti, alguien que te querrá pase lo que pase, y que será incapaz de olvidarte. —Para intentar calmar los latidos de su corazón, optó por cambiar de tema—: ¿Te acuerdas de cuando cumpliste diecisiete años?

    —Sí, claro. Me regalaste Charlie y la fábrica de chocolate. Aún lo guardo. ¿Por qué?

    — ¿Sólo te acuerdas de eso?—Lucero dio gracias por la oscuridad que ocultaba el sonrojo que seguro que ahora cubría sus mejillas.

    —No. También me acuerdo de que te besé. —Manuel se volvió de nuevo hacia ella.

    —Fuiste el primer chico que me besó. —Notó cómo él sonreía—. Nunca lo he olvidado, fue muy especial. Tuvo todo lo que se supone que tiene que tener un primer beso. Manuel, estoy convencida de que conocerás a alguien que hará que todos los besos sean perfectos, que logrará que tu vida sea especial... Sólo espero que, cuando lo hagas, te des cuenta y sepas conservarla.

    — ¿Crees que seré tan estúpido como para no saberlo?

    —No sé. A veces uno tiene delante de las narices lo que necesita para ser feliz y no se da cuenta. Fíjate en tus padres; los dos sabían que no estaban bien juntos, y, sin embargo, tardaron años en hacer algo al respecto.

    —Supongo que tienes razón. Espero ser más listo que ellos.

    —Seguro que lo eres. —Aprovechando la valentía que le daba el estar a oscuras, preguntó—: ¿Quién es Monique?

    — ¿Por qué quieres saberlo?

    —No sé, supongo que, ya que somos amigos, podré asesorarte sobre si ella es ese alguien especial o no.

    — ¿Tú y yo somos amigos? —Manuel no sabía qué eran él y Lucero. De pequeño, había sentido un vínculo especial con ella, como si el destino la hubiera enviado allí para él. Al hacerse mayor, descartó todos esos sentimientos y, tras el divorcio y la enfermedad de su padre, había aprendido que esas cosas no existían. Para él, Lucero era ahora la hermana de Antonio. Pero si era sólo eso, ¿por qué tenía ganas de contarle sus pensamientos más íntimos? ¿Por qué quería levantarse y acostarse junto a ella, aunque sólo fuera para abrazarla?

    Afortunadamente, Lucero respondió antes de que su mente pudiera tomar caminos más complicados.

    —Espero que sí.

    Lucero se movió para colocarse bien en la cama, y la mente de Manuel volvió a dirigirse a lugares muy peligrosos.

    —Bueno, dime, ¿quién es Monique?

    —Nadie. —Al oír que ella refunfuñaba, añadió—: Está bien, supongo que sí es alguien, o mejor dicho, era alguien.

    Ella movió una mano para indicarle que continuara.

    —Era una chica con la que pasaba algún fin de semana. Ya sabes.

    —No, no sé —respondió ella, un poco a la defensiva.

    —Salíamos por ahí, y cuando nos apetecía...

    —Os acostabais. — Lucero terminó la frase por él.

    —Vamos, no me digas que tú nunca has tenido una relación así.

    —Pues no, nunca la he tenido. Y espero no tenerla —respondió ofendida—. El sexo así es como hacer gimnasia; sólo sudas y no sientes nada.

    Manuel soltó una carcajada ante el comentario y se sintió muy aliviado interiormente al saber que Lucero no era tan frívola como Monique.

    Pensar algo así lo sorprendió, por lo que optó por no analizarlo y seguir en cambio con la conversación.

    —Tienes razón..., pero a veces con eso es suficiente.

    —Para mí no.

    —Me alegro.

    — ¿Por qué?

    —Porque no me gustaría que te conformaras con tan poco.

    —Ya.

    Manuel bostezó, y Lucero sintió cómo le empezaban a pesar los párpados.

    —Deberíamos intentar dormir.

    —Sí, deberíamos intentarlo, o mañana, cuando mi abuela nos despierte, no serviremos para nada.

    —Buenas noches, Manuel.

    —Buenas noches,Lucero... y gracias por la conversación.

    —De nada —respondió ella ya casi dormida.

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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:44 am

    Capitulo 10

    El domingo amaneció nublado y Nana los despertó a eso de las diez para que pudieran desayunar con ella antes de regresar a Londres. Después de la charla de la noche anterior, entre Manuel y Lucero había algo muy especial; no era sólo «el principio de una gran amistad», que lo era, ni una mera atracción física, que también existía y era muy potente. Era más bien como si ambos se hubieran dado cuenta de que entre ellos había magia; de esa de la que se habla en las películas y en las grandes novelas. Pero como ninguno de los dos sabía muy bien qué hacer con ella, iban con cautela para no estropearla ni echarla a perder. Nana, que desde que había visto a su nieto con Lucero era la mujer más feliz del mundo, decidió darles tiempo y margen de maniobra y se juró que sólo intervendría si Manuel era tan idiota como para dejar escapar a la única chica capaz de hacerlo sonreír.

    A las doce ya habían recogido todas sus cosas, y se despidieron de Nana con besos y abrazos, no sin que ella les hiciera prometer a ambos que regresarían a pasar otro fin de semana con ella el mes siguiente. A Manuel le hizo prometer además que, como siempre, la llamaría una vez a la semana. Hechas todas las promesas pertinentes, Lucero y Manuel se subieron al coche y se dirigieron directos a Londres, donde al día siguiente iba a empezar una nueva etapa de sus vidas.

    — ¿Estás nerviosa por lo de mañana? —preguntó Manuel cuando ya estaban de nuevo en su apartamento.

    —Un poco. —Lucero se mordió el labio inferior—. Mucho.

    —No lo estés —sonrió él—. Ya verás como todo sale bien. La gente de tu sección es fantástica. Jack, el jefe del departamento, es uno de mis mejores amigos. Seguro que te ayudará mucho y que con él aprenderás un montón de cosas.

    —No estoy nerviosa por eso. Seguro que todo el mundo es fantástico.

    —Entonces, ¿de qué tienes miedo? —preguntó Manuel sin entenderla.

    —De hacerlo mal —contestó ella sin mirarlo.

    — ¿De hacerlo mal? Vaya tontería. Pues claro que lo harás mal.

    — ¿¡¡Qué!!?

    —Quiero decir —prosiguió él antes de que Lucero pudiera recuperarse de su asombro— que es normal que hagas mal ciertas cosas cuando empiezas un trabajo nuevo. Pero estoy convencido de que aprenderás rápido, y de que pronto lo tendrás todo bajo control.

    — ¿Lo dices en serio?

    —Claro. Por muy hermana de Antonio que seas, no te habría contratado si no creyera que estás capacitada para el puesto. —Le apretó la mano para transmitirle su confianza.

    —Gracias —dijo Lucero mirándolo a los ojos, y tuvo que hacer un esfuerzo para no echársele encima y abrazarlo allí mismo—. Por todo.

    —No tienes que darme las gracias —contestó Manuel sin apartar la mirada de la suya—. Cuando los conozcas a todos, no estarás tan contenta. —Le guiñó un ojo.

    Lucero sonrió y apartó la mano de debajo de la suya.

    —Debería acostarme. Seguro que me costará dormir y mañana tengo que estar fresca. Buenas noches.

    —Buenas noches, LU.

    Al oír que Manuel utilizaba el diminutivo por el que la llamaba de pequeña, se dio la vuelta.

    —Buenas noches, Manuel.

    Lucero se volvió de nuevo y se dirigió a su habitación, pero antes vio que él se había sonrojado.

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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:45 am

    Capitulo 11

    El despertador sonó a una hora indecente, sobre todo teniendo en cuenta que Lucero no había pegado ojo en toda la noche. Ese día empezaba a trabajar en The Whiteboard y no tenía ni idea de lo que iba a hacer; además, estaba convencida de que ya no sabía nada de inglés, y que lo del diseño gráfico era algo que había aprendido hacía años y de lo que no se acordaba mucho. «Lu, serénate. Tienes 24 años y estás preparada para hacerlo bien. Eso, siempre y cuando no te vuelvas loca: deja ya de hablar sola de una vez.» Finalizado el auto sermón, se desperezó y fue a ducharse.

    Bajo el agua, Lucero invirtió todo su tiempo en resolver una cuestión completamente absurda pero de vital importancia, dado su estado de ánimo: cómo vestirse el primer día de trabajo. ¿Vaqueros estilo estudiante de Bellas Artes? ¿Traje estilo diseñadora italiana? ¿De negro y con un par de collares estilo intelectual barcelonesa? ¿Falda? En fin, la única opción que tenía era llamar a Helena. Ella era genial con lo de las primeras impresiones; siempre sabía qué ponerse. Seguro que era un gen que a ella no le pusieron. Logrado su primer objetivo, ducharse, Lucero se puso el albornoz, se peinó y salió del baño para llamar a su hermana.

    — ¿Helena?

    —¡Lucero! ¿Sabes qué hora es? ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

    —Claro que estoy bien, y para ti son las 7.30. ¿Te pasa algo a ti?

    —No, nada, que es de lo más normal que me llames a estas horas de la mañana al móvil —respondió sarcástica Helena a la vez que bostezaba.

    —Perdona, no me acordaba de lo bien que se vive siendo universitaria.

    —Bueno, en fin, ¿qué quieres? No, no me lo digas, ¡te has acostado con ese bombón!

    —No. Te juro que no me he acostado con nadie. —Lucero se estaba sonrojando con la conversación. Cómo se le había ocurrido llamar a la cabra de su hermana pequeña.

    —Está bien, si no me llamas para contarme eso, ¿qué te pasa?

    — ¿Qué me pongo para ir hoy al trabajo? No, no te rías, ya sabes que eres infinitamente mejor que yo para combinar la ropa. Por favor, ayúdame, es mi primer día.

    —Vamos a ver, tengamos en cuenta todos los factores: es tu primer día, vas a trabajar con fotógrafos y periodistas y, lo más importante, ese tío bueno va a estar contigo... Eh. Ya sé, ponte el pantalón negro de cintura baja con la camisa blanca de hilos plateados, el pañuelo que le robaste a mamá y las botas negras. Así estarás interesante y atractiva, y píntate un poco los ojos. ¿Vale?

    —Vale. Eres la mejor. Muchas gracias, te llamaré cuando vuelva. Besos.

    —De nada, pero a no ser que te acuestes con como se llame, la próxima vez llámame a una hora normal. Me vuelvo a la cama. Adiós y, como dice papá, a por ellos, que son pocos y cobardes. Besos.

    Resuelto el problema de la ropa, Lucero colgó el teléfono y se dispuso a seguir al pie de la letra las instrucciones de Helena. Cuando estuvo vestida, se secó el pelo y se maquilló un poquito los ojos. Al mirarse al espejo, decidió que no estaba nada mal, se veía atractiva y, si sus nervios no la traicionaban, podía incluso causar buena impresión. Ya eran las 7.30. Manuel le había dicho que tenían que salir a las 8.00, así que aún le quedaba un ratito para desayunar algo. Se dirigió a la cocina.

    —Buenos días. —Manuel le sonrió a la vez que le servía una taza de té.

    —Buenos días. Gracias. —Lucero aceptó la taza y se sentó. Estaba nerviosa y no quería echarse el té por encima; eso sí que sería un problema.

    — ¿Estás nerviosa? —Manuel se sentó delante de ella—. No lo estés. Todo irá bien, ya lo verás. —Quería tranquilizarla y le acariciaba los nudillos con el pulgar.

    — ¿Yo? No, bueno, sí, sí estoy nerviosa. No sé qué voy a hacer, seguro que, sea lo que sea, no sabré hacerlo. La pifiaré y tendré que volver a Barcelona, tú te enfadarás y Antonio me matará. Así que sí estoy nerviosa y... ¿se puede saber por qué sonríes?

    —Por nada. Cuando te pones nerviosa, empiezas a hablar sin sentido y me recuerda a cuando eras pequeña.

    — ¡Vaya! Esto sí que es tranquilizador, ahora resulta que parezco una niña pequeña. —Lucero notaba que estaba cada vez más nerviosa y el hecho de que él la mirara con aquellos ojos tan dulces y que le acariciara la mano, no la estaba ayudando en absoluto.

    —Eh, yo no he dicho eso. Vamos, no te preocupes, todo saldrá bien. Tenemos que irnos ya. Por el camino te cuento lo que vas a hacer y ya verás cómo dentro de una semana lo tienes todo controlado. —Manuel se levantó, dejó las tazas en el fregadero y recogió unos papeles que estaban en la mesa del comedor.

    —Lu, ¿vamos? —le preguntó a la vez que abría la puerta de la calle.

    —Sí, sólo espero que no te arrepientas.

    Lucero cogió su bolso y, cuando iba a salir, Manuel le puso ambas manos encima de los hombros y la miró:

    — ¿Sí? —preguntó ella ante su silencio.

    —Nada, sólo quería decirte que estás guapísima.

    Dicho esto, salieron del piso y Manuel cerró la puerta.

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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:46 am

    Capitulo 12

    En la calle se notaba que era lunes y que la gente tenía que ir a trabajar; todo el mundo parecía llegar tarde. Lucero y Manuel se dirigieron al metro. The Whiteboard estaba sólo a dos paradas y, mientras esperaban, Manuel le contó los distintos caminos que podía utilizar para ir al trabajo y las ventajas e inconvenientes de cada alternativa. Cuando salieron del vagón, a Lucero empezaron a temblarle las piernas y se sentó en un banco de la estación.

    —¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal? —le preguntó Manuel preocupado.

    —No, bueno —respondió ella sin mirarlo a la cara—. Estoy nerviosa y, cuando estoy nerviosa, además de hablar sin sentido, me tiemblan las piernas. Es sólo un momento.

    Manuel se sentó a su lado y le puso una mano sobre la rodilla.

    —No te preocupes. —Tras un silencio añadió—: Creo que nunca me había sentado en un banco del metro. ¿Sabes?, Lu, desde que has llegado, y sólo hace tres días, me siento distinto. El problema es que aún no he decidido si me gusta o me molesta.

    Este último comentario consiguió llamar la atención de Lucero, que levantó la cabeza y se encontró mirando directamente a Manuel a los ojos, con lo que él se atrevió a añadir:

    —Aunque hay una cosa que sí tengo clara.

    — ¿Ah, sí?

    —Sí, y es que me da miedo averiguarlo.

    Lucero vio que hablaba en serio. Aquel hombre de casi dos metros, que había cruzado medio mundo persiguiendo noticias, le tenía miedo. Pero en sus ojos había algo más que miedo; había curiosidad. La misma curiosidad que había en los de ella. No era la fascinación infantil que había sentido de pequeña, sino algo más profundo, más real. Manuel desvió la vista hacia sus labios. Seguía sin decir nada y ella tampoco sabía qué responder a su último comentario. Él la miraba concentrado, como si estuviera sopesando qué decir y cómo decírselo. A Lucero se le empezó a acelerar el pulso, y la estampida de búfalos que había sentido cuando lo vio días atrás, volvió a atravesar su estómago. Manuel parecía fascinado y, despacio, levantó la mano y la acercó al rostro de Lucero. En ese instante, el resto del mundo desapareció. La estación de metro, la gente, el ruido, todo. Sólo estaban ellos dos mirándose a los ojos como si fuera la primera vez. Manuel le acarició la mejilla, sus dedos temblaban casi tanto como las piernas de Lucero. Le recorrió la ceja con el dedo índice, resiguió lentamente la nariz y se detuvo encima de sus labios. Una breve pausa y su boca siguió el mismo destino.

    Manuel se apartó como si de repente se hubiera dado cuenta de dónde estaban. Respiró hondo y carraspeó. Cuando volvió a hablar, Lucero no supo si habían pasado dos minutos, dos segundos o dos horas.

    —Deberíamos irnos. —Se levantó y esperó a que ella hiciera lo mismo—. Es por aquí —señaló Manuel . La cogió por el brazo y se detuvo de nuevo delante de ella—. Lucero, lo siento.

    — ¿El qué? —Ella fingió no saber a qué se refería.

    —Eh... —Manuel se sonrojó de nuevo—. Haberte... besado. —Ni él mismo sabía cómo definir lo que acababa de pasar.

    —Ah, eso. —Hizo un esfuerzo por no ruborizarse y aparentar normalidad—. No te preocupes. Ya sabes, los latinos somos muy cariñosos, y al fin y al cabo tú sólo eres medio inglés, ¿no? — Lucero no sabía cómo se le había ocurrido semejante tontería—. Además, seguro que no te has olvidado de que en mi familia todo el día nos estamos besuqueando y abrazando. Aún me acuerdo de lo incómodo que te sentías cuando mi madre te achuchaba.

    —Ya, claro —farfulló Manuel agradecido por el cambio de enfoque—. No quisiera que te sintieras incómoda conmigo. No debería haberlo hecho.

    —Para ya, pareces sacado de una novela de Jane Austen. No me siento incómoda contigo, y tampoco voy a llamar a mi padre o a mis hermanos para que te obliguen a casarte conmigo.

    —Me alegro.-Manuel empezaba a relajarse de nuevo, pero siendo sincero consigo mismo, tenía que reconocer que le molestaba un poco que ella no estuviera más afectada por su beso—. Deberíamos acelerar el paso o no llegaremos.

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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:47 am

    Capitulo 13

    Caminaron a más velocidad y, tras unos doscientos metros, se detuvieron delante de un edificio negro con cristales tintados y un guardia de seguridad en la puerta. En una de las placas de la pared se leía «The Whiteboard».

    «Bueno, supongo que aquí empieza mi futuro», pensó Lucero.

    —¿Preparada? —preguntó Manuel.

    —Sí. Preparada.

    —Tu departamento está en el primer piso, yo estoy en el segundo, junto con los periodistas, y con Sam, el señor Abbot, el director. Ahora está de viaje, pero cuando vuelva te lo presentaré. ¿De acuerdo?

    —De acuerdo.

    Estaban en el ascensor, por suerte con más gente, oficinistas de otras empresas que ocupaban también el edificio. Se paró en la primera planta y ellos dos salieron.

    —Tu trabajo va ser sencillo al principio. Luego ya se irá complicando. Vamos a buscar a Jack para que te presente al resto del equipo y te cuente los detalles. ¡Jack!

    En ese momento, Jack, que estaba sentado delante de un ordenador, se levantó y se dirigió hacia ellos.

    Debía de tener unos treinta y pocos años y era la viva imagen del típico aventurero. Nada más verlo, Lucero pensó que sería genial para sustituir a Harrison Ford en el papel de Indiana Jones, o como imagen del National Geographic.

    —Jack, te presento a Lucero Hogaza, la nueva diseñadora del departamento. —Al ver que la miraba con curiosidad añadió—: Fui a buscarla al aeropuerto el viernes, ¿recuerdas que te lo comenté?

    —Sí, claro. Es un placer, Lucero . —Le besó la mano—. Y dime, ¿a pesar de que Manuel llegó tarde al aeropuerto has decidido quedarte? —Le soltó afectuosamente la mano—. Te juro que los ingleses auténticos no somos así. Nosotros sí que sabemos cómo tratar a una dama. —Le cogió el abrigo—. ¿Cómo has pasado el fin de semana?

    —Bien, gracias. Y sí, al final me quedo. Tampoco tengo adonde ir.

    —Eso es porque no quieres —respondió Jack flirteando, como era costumbre en él.

    —Déjate de tonterías, Jack, a las diez tengo una reunión y quiero dejar a Lucero instalada en su sitio. —«Además —pensó Manuel—, si vuelves a mirarla de esa manera te saco los ojos de las órbitas.»

    A Lucero, ajena a esos pensamientos, le sorprendió bastante el tono de Manuel, y para quitarle aspereza a sus palabras le dijo:

    —Tranquilo, vete. Seguro que Jack me tratará muy bien. Intentaré no hacerte quedar mal.

    Jack se dio cuenta de que entre aquellos dos pasaba algo, y decidió optar por hacerse el tonto y dejar de flirtear con Lucero antes de que Manuel decidiera arrancarle la cabeza.

    —Nosotros también tenemos mucho trabajo, así que si quieres seguirme te presentaré a los diseñadores, fotógrafos y otros lunáticos del departamento. Manuel, nos vemos luego y te cuento lo del reportaje sobre China. Adiós.

    Dicho esto, Jack y Lucero dejaron solo a Manuel frente al ascensor. Se quedó refunfuñando entre dientes algo así como «¡Que no sé cómo tratar a una dama!». Al final, decidió subir al segundo piso por la escalera, a ver si así se relajaba un poco.

    Jack presentó a Lucero a todo el departamento gráfico, la condujo a un pequeño cubículo al lado del suyo y le explicó qué se esperaba de ella. Su trabajo iba a consistir básicamente en maquetar las páginas. Tenía que revisar los tipos de letra y los espacios, y asegurarse de que las fotografías estuvieran colocadas correctamente antes de enviar la versión definitiva a imprimir. No era muy creativo, pero le permitiría conocer el mundo de la edición y, si era lista, quizá algún día podría dar el salto hacia algo más. Además, en su currículum iba a quedar muy bien el hecho de haber trabajado en una revista inglesa y, cuando volviera a Barcelona, seguro que encontraría la manera de sacarle partido. Eso era lo que Lucero más deseaba, que al volver a su ciudad todo aquello hubiera servido para algo; si no, no sabía qué narices estaba haciendo en Londres, sin su familia, rodeada de gente con un peculiar sentido del humor, y enamorándose de un hombre que por el momento no quería tener ninguna relación y que se reservaba para alguien muy especial a quien ni siquiera conocía aún.

    Por suerte, gracias a Jack y a sus otros compañeros, su primer día de trabajo fue todo un éxito. Lucero se hizo rápidamente con los programas de la revista y en seguida captó en qué consistía su tarea. Las horas pasaron volando, y cuando llegó la hora de salir, Jack apareció por encima de su cubículo.

    —Esto es todo por hoy. Vamos, no nos hagas quedar mal haciendo ya horas extra y vete a casa. ¿Esperas a que venga Manu o te vas sola?
    Lucero no dijo palabra.
    —Bueno, así qué, ¿esperas a Manuel o no? Yo voy saliendo.

    Lucero estaba pensando qué debía hacer cuando se abrió el ascensor y de él salió su objeto de preocupación.

    — ¿Estás lista para irnos?

    —No puedo creer lo que ven mis ojos —intervino Jack burlón—.Manuel yéndose de la revista antes de la una de la madrugada. Imposible. Lucero—prosiguió dirigiéndose a ella—, te has ganado mi admiración para toda la vida.

    —No digas tonterías —respondió ella sonrojada.

    —Eso mismo, no digas tonterías —la secundó Manuel, y cogió el abrigo de Lucero, que estaba colgado en el perchero que había junto al ascensor—. Vamos, antes de ir a casa me gustaría enseñarte un poco el barrio.

    Jack, que no podía dejar de sonreír, observó cómo los dos se iban juntos, e iniciaban así una rutina que se repetiría a lo largo de toda la semana.

    En efecto, a partir de ese día, siempre que le era posible Manuel iba a buscar a Lucero para irse juntos a su casa. Pero la verdad era que tardaban horas en llegar. Al final de la jornada de trabajo, los dos tenían tantas cosas que contarse que solían dar un paseo para poder charlar. Ella acostumbraba a detenerse a comprar lo que iba a cocinar esa noche y, para compensarla, él la llevaba a los rincones más insólitos y bonitos de la ciudad. Con Lucero, Manuel estaba descubriendo un Londres que nunca había visto. Era como si la ciudad se hubiera llenado de olores y colores que antes no estaban allí.

    Una tarde que salieron de la revista un poco antes de lo habitual, Manuel la llevó a pasear a Hyde Park y la convenció para comer algo allí, sentados en un banco. En esa ocasión, le contó que no hablaba con su madre desde hacía diez años, y que lo peor de todo era que ya no la echaba de menos. Lucero no intentó consolarlo ni le dijo ninguna sensiblería, se limitó a comentar que ella se lo perdía; que si su madre no se daba cuenta de lo que estaba echando por la borda, entonces tampoco se merecía que él se sintiera culpable por no hablar con ella. Y tras estas dos frases, que reconfortaron a Manuel más de lo que ella creía, Lucero le explicó un cuento que su abuela solía contarle sobre cómo se formó la constelación de la Osa Menor. En ese mismo instante, Manuel supo que jamás podría volver a visitar Hyde Park sin pensar en Lucero.

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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:48 am

    Capitulo 14

    Hacía ya cinco semanas que había llegado a Londres; cinco semanas desde que trabajaba en The Whiteboard, cinco semanas viviendo con Manu; cinco semanas increíbles. Al principio, había creído que se le pasaría, que ella y Manuel sólo serían amigos. Nada más lejos de la realidad.

    Durante esas cinco semanas, habían compartido muchas cosas. Cada noche, después de cenar, se quedaban hablando, recordando sus aventuras de cuando eran pequeños, o contándose cosas que ninguno de los dos había contado nunca antes a nadie. Luego, cada mañana, iban a trabajar juntos, y a la hora de salir, si Manuel tenía que quedarse hasta más tarde, la llamaba para que se fuera con Jack o con otro de sus compañeros. Nunca dejaba que se marchase sola. Los fines de semana eran aún «peor». Manuel la había llevado al teatro, a cenar con sus amigos, al cine. Le abría las puertas de los taxis, le decía lo guapa que estaba y, de vez en cuando, le daba la mano o le acariciaba la mejilla. Pero nada más. Si seguía así, Lucero iba a volverse completamente loca.

    Trabajar en el mismo sitio y compartir piso ya era de por sí difícil de sobrellevar, pero si a eso le sumaba lo encantador que estaba cuando salían por ahí juntos, la cosa rozaba ya la tortura.

    Lucero recordaba como especialmente «dolorosa» la noche del pasado sábado, cuando Manuel la sorprendió con dos entradas para la ópera. La Royal Opera House estaba muy cerca de su piso, y era un edificio precioso que justo acababan de restaurar. Conseguir entradas para cualquiera de los espectáculos que allí se ofrecían no sólo era muy difícil, sino también carísimo. Cuando le preguntó cómo las había obtenido, Manu se limitó a responder que eso no era asunto suyo y que lo único que ella tenía que hacer era disfrutar del concierto. Lucero no se acordaba de cómo se había vestido ella esa noche, pero nunca olvidaría lo atractivo que estaba él, con su traje oscuro y sus gafas. Manuel era miope y siempre llevaba lentillas, pero esa noche estaba demasiado cansado como para ponérselas, por lo que optó por llevar las gafas; la alternativa habría sido no ver nada. Durante el concierto, él le susurraba al oído sus comentarios. De todos es sabido lo educados que son los ingleses, y hasta qué extremos son capaces de llegar para no molestar a los demás, pero saber eso no evitaba que a Lucero se le pusiera la piel de gallina cada vez que él se le acercaba.

    Lo peor de todo fue cuando, al finalizar la ópera, fueron a tomar una copa con sus amigos. Jack, Amanda, su hermana Rachel, Nicholas y Mónica estaban en un local a unas cuantas manzanas, y de camino hacia allí, Manu la rodeó con el brazo; según él, para evitar que se cayera con los tacones que llevaba, pero Lucero no acabó de tragarse esa excusa. Casi cada día llevaba zapatos de tacón, y él no se preocupaba tanto. Tan pronto como cruzaron la puerta del local, Manuel la soltó, respiró hondo (cosa que hacía cada vez más a menudo) y fue a charlar con Jack. Lucero se acercó a Amanda para hacer lo mismo, pero Nicholas la interceptó, se sentó a su lado y, con sus bromas y piropos, logró que se sonrojara. Era incorregible; incluso la convenció para que bailara con él un par de canciones. Lástima que al final de la segunda Manuel decidió que había llegado el momento de regresar a casa y, sin ningún tacto, tiró de ella hacia la salida.

    Todas las noches, antes de dormirse, Lucero intentaba pasar revista al día para ver si lograba averiguar lo que de verdad pretendía Manuel: había veces en que llegaba a la conclusión de que él sólo quería que fueran amigos, ¿por qué si no le habría estado hablando de la guapa periodista que había conocido unos meses atrás en París? Pero había otras noches en las que estaba convencida de que él también quería algo más, ¿a qué venían si no esas caricias y esas miradas? ¿O ese instinto de protección que al parecer tenía hacia ella?

    — ¿Te apetece ir a cenar hoy con mis amigos? —preguntó Manuel, sacándola así de su ensimismamiento.

    Era viernes y seguro que los amigos de Manu habían reservado en algún sitio genial.

    —Claro. —«A lo mejor esta noche lograré saber qué sientes por mí», pensó Lucero—. Si a ti te apetece, por mí ningún problema.

    —Perfecto —respondió Manuel, y se sacó el móvil del bolsillo para llamar a Jack y confirmarle su asistencia. Era curioso, sus amigos ya daban por sentado que él y Lucero iban juntos a todos lados.

    La cena era en un restaurante de Covent Garden, muy cerca de su casa; un sitio precioso, de esos donde los camareros van todos vestidos de negro. Esa noche, Jack y los demás parecían empeñados en vaciar la bodega del restaurante, y en que Lucero les contara los trapos sucios de la infancia de Manuel.

    —Vamos, Lucero, cuéntanos algo muy vergonzoso —suplicó Nicholas por enésima vez mientras volvía a llenarle la copa.

    —Lu—la interrumpió Manuel—, antes de hacerlo piensa en todas las cosas que yo sé de ti y que empezaré a contar. Sí, creo que comenzaré por aquel fin de año en que...

    Lucero le tapó la boca con las manos. El vino se le estaba subiendo a la cabeza.

    —No te atreverás.

    Manu se calló de golpe al notar las manos de Lucero sobre sus labios. Ver cómo ella le sonreía era más de lo que podía aguantar; abrió un poco la boca, y cuando su lengua rozó los dedos de su carcelera, Lu lo soltó de inmediato. A él también le estaba afectando la bebida, porque de haber tenido sus facultades intactas, nunca le habría lamido los dedos.

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    Mensaje  Cass Saavedra el Jue Mayo 22, 2014 1:48 am

    Capitulo 15

    —Está bien, no lo contaré. Pero a cambio de mi silencio, debes prometerme que no te dejarás convencer por estos canallas y que no te creerás nada de lo que te expliquen. —Guiñó un ojo a sus amigos y, afortunadamente, la conversación se dirigió hacia otros temas.

    —Bueno, Lucero, ya que no vas a contarnos ningún trapo sucio de Manu, ¿por qué no nos explicas algo más sobre ti? —Propuso Nicholas mirándola a los ojos—. Aún no me creo eso de que no tienes novio. ¿Es que todos los hombres de Barcelona están ciegos?

    Lucero se sonrojó, bebió un poquito más de vino y respondió:

    —No son sólo los de Barcelona. Tampoco puede decirse que aquí hagan cola ante mi puerta.

    —Eso es porque no miras en la dirección adecuada —replicó Nicholas al instante.

    —Ya, seguro que eso se lo dices a todas —dijo ella sonriéndole.

    —¡Pues claro! —soltó Nicholas, riéndose de sí mismo.

    —Todos deberíamos seguir tu ejemplo, Nicholas —intervino Jack cuando también dejó de reírse—. Menos en aquel caso en que tuve que pedirle a aquella mujer policía que no te arrestara.

    — ¿Qué? ¿Casi lo arrestan? —Lucero miró entusiasmada a Jack—. Cuéntamelo.

    —Eres un traidor —farfulló Nicholas, pero sin enfadarse, pues seguía sonriendo—. Te advierto que si esa boca empieza a largar, yo les contaré a todos lo de la sueca.

    Jack meditó durante medio segundo y luego, con una sonrisa de oreja a oreja, dijo:

    —De acuerdo, cuéntaselo. Ya sabes que no soy vergonzoso.

    —Sabía que podía contar contigo, Jack. Vamos, empieza a hablar y no te olvides ningún detalle. —Lucero volvió a servirse vino, e hizo lo mismo con la copa deManuel.

    —Mierda. —Nicholas cogió la servilleta para cubrirse la cara y no ver ni oír cómo todos sus amigos se reían de él.

    Así pasaron un par de horas más, riendo y bebiendo, hasta que Nicholas, viendo que el restaurante estaba ya vacío, les advirtió.

    —Chicos, esta gente tiene que cerrar.

    —Sí, ya es muy tarde. Lucero deberíamos irnos. Debes de estar cansada y a mí me iría bien dormir. Mañana tengo que revisar unos documentos... No todos podemos disfrutar de un sábado sin trabajo.

    —Manu, eres un pesado —lo interrumpió Jack—, pero sigo queriéndote. Largaos, nos vemos el lunes en el trabajo. Lucero, como siempre, ha sido un placer.

    —Eh, no te olvides de darme dos besos —gritó Nicholas acercándose a ella—. Me encanta esa costumbre española, creo que voy a apropiarme de ella.

    Lucero le dio un beso en cada mejilla y empezó a ponerse el abrigo.

    A las despedidas de Jack y Nicholas siguieron las de los demás. Todos fueron muy cariñosos e intentaron sobornarla de varias maneras para que antes de irse desvelara algún chisme sobre Manuel. Ella se despidió con una sonrisa y les prometió que en la próxima cena les contaría algo realmente «inspirador».

    «Por fin solos», pensó Manuel. La cena había sido muy agradable. Desde el primer día, Lu había conectado muy bien con todos sus amigos, y ellos parecían adorarla. Especialmente Nicholas, que esa noche la había estado mirando con mucho interés, tanto que había llegado a ponerlo nervioso. No era que a él le importara, pero ¿era necesario que cada dos palabras la piropeara y que no parase de darle palmaditas en la mano? ¿Y a qué había venido eso de los dos besos? Al día siguiente mismo hablaría con Lucero para advertirle que Nicholas, aunque era uno de sus mejores amigos, no era de fiar.

    Iban caminando en silencio, hasta que ella interrumpió sus pensamientos.

    —Manu, ¿te preocupa algo? Estás muy callado.

    —No, no estoy preocupado. ¿Tú estás contenta? —Tras un silencio añadió—: Lo pareces.

    Lucero sonrió, no paraba de hacerlo.

    —Sí, lo estoy. Estoy contenta, feliz. Hace dos meses, estaba hecha un lío, no tenía trabajo, mi mejor amiga estaba más preocupada por su último ligue que por mí, y tenía miedo de qué pasaría al venir a Londres. Temía verte de nuevo y no saber hacer mi trabajo, y volver a enamorarme de... —Al darse cuenta de lo relajada que se sentía por culpa del vino, cerró la boca de golpe.

    —¿A enamorarte de quién? —Manu le cogió la mano que ella no había parado de mover mientras hablaba sin control. Estaban delante del portal, y Lucero lo miraba perpleja. Notaba cómo el corazón le retumbaba en los oídos y cómo se le erizaban los pelos de la nuca.

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    Mensaje  Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 12:35 am

    Capitulo 16

    —De nadie. Tonterías, ya sabes. Hemos bebido demasiado —susurró ella, pero Manuel seguía mirándola fijamente. Le había soltado la mano, pero ahora todo su cuerpo la tenía atrapada contra el portal. No la tocaba, sus manos estaban apoyadas en la pared a ambos lados de la cabeza de Lu.

    —No hemos bebido tanto, lo sabes perfectamente. —Soltó el aliento—. Mira, esto ya está durando demasiado. Si seguimos así, tarde o temprano voy a volverme loco, de modo que deberíamos hacer algo al respecto.

    Los ojos de Manu estaban fijos en ella, eran más oscuros, más intensos que nunca. Lucero pensó que iba a besarla, quería que la besara, pero él permanecía quieto, a sólo unos milímetros de ella, sin hacer nada, mirándola como nunca nadie la había mirado; entonces se atrevió a preguntar:

    —No sé a qué te refieres —mintió ella—. ¿De qué estás hablando?

    —De esto.

    En ese momento, Manu bajó la cabeza. Sus labios rozaron los de ella y, antes de besarla, dijo:

    —Necesito tocarte. —Le rozó el pelo con las manos—. Te necesito.

    Empezó de un modo tierno, lento, como una caricia, y Lucero notó cómo se le derretían las rodillas. Era tan dulce. Manu le besó los párpados, las mejillas, e inició un camino de besos por sus pómulos, su mandíbula, hasta la comisura de sus labios.

    —Me encanta tu olor. Me vuelve loco, hueles a... no sé, pero me dan ganas de besarte todo el cuerpo. —Entonces posó la boca justo detrás de su oreja y, lentamente, se dirigió hacia sus labios. Lucero no sabía qué hacer, evidentemente la habían besado antes, pero no así; aquello era un ataque a todos sus sentidos. Tenía los ojos cerrados, esperando sentir sus labios de nuevo, cuando Joe susurró.

    —Abre la boca, Lu, separa los labios y bésame.

    Ella obedeció, y en ese momento supo que estaba perdida y absolutamente loca por aquel hombre. Cuando sus lenguas se tocaron, los dos perdieron el control. Manuel apartó las manos de la pared y las colocó encima de sus hombros, sólo unos segundos; a continuación empezaron a deslizarse y recorrerle el cuerpo, hasta pararse en sus caderas. El único propósito de Manu era sentirla, tenía que estar más cerca de ella; le separó las piernas para así poder colocarse en medio. Lucero tampoco permanecía quieta. Empezó a acariciarle la nuca, el pecho, necesitaba tocarlo, lamerlo, o si no explotaría. Pero cuando empezaron a jadear, Manu se paró. ¿Qué estaba haciendo? ¡A su edad, en medio de la calle y con Lucero! Seguro que se estaba volviendo loco.

    —Lo siento, no sé qué me ha pasado. —Fue lo primero que dijo, a la vez que sacaba las llaves para abrir la puerta.

    — ¿Que lo sientes? ¿Estás loco? ¿Por qué lo sientes? Yo no.

    Manuel , que subía los peldaños de dos en dos, llegó a la puerta de su apartamento en un tiempo récord. Lucero intentaba seguirle.

    —¡Malditos tacones! ¡Manuel, para un segundo!

    Nada, seguía haciéndose el sordo. Abrió la puerta, lanzó las llaves encima de la mesita que había junto a la entrada y, cuando iba a entrar en su cuarto, Lucero logró interceptarlo.

    —Aparta y déjame entrar en mi habitación —refunfuñó Manuel pasándose nerviosamente las manos por el pelo y sin mirarla a la cara.

    — ¿Se puede saber qué te pasa? Nos hemos besado y... yo... bueno, a mí... me ha gustado. Mucho. —Ella intentó acariciarle la mejilla, pero él se apartó como si le hubiera quemado.

    —Lucero, apártate, me quiero acostar. Estoy cansado, y lo que ha pasado abajo es sólo una muestra más que evidente de lo mucho que necesito dormir, así que apártate y vete a la cama. Mañana será otro día y los dos nos habremos olvidado de esta tontería. —Levantó la ceja y, con una mano, intentó que se hiciera a un lado.

    —No. No pienso moverme hasta que me contestes una pregunta. —A Lucero empezaba a temblarle la voz. Quizá todo lo que había sentido mientras se besaban estaba sólo en su imaginación. Pero no, ella había notado cómo a Manu le latía el corazón, cómo se le aceleraba el pulso, así que tenía que saberlo—. ¿Por qué sientes haberme besado?

    Entonces él la miró, se mesó el cabello por enésima vez, respiró profundamente y contestó:

    —Lo siento porque ha sido un error, una tontería. El cansancio, la cena, el vino, esa camisa roja. Un error. Yo no puedo hacer esto. No contigo.

    —No ha sido ningún error. —Y diciéndolo, le rodeó el cuello con los brazos y volvió a besarlo. Él se resistió unos segundos, pero en seguida respondió al beso con todas sus fuerzas.

    —Lucero, para. Si no paras tú, yo ya no podré hacerlo.

    Manu dijo esas palabras mientras, con una mano, le desabrochaba los botones de la camisa, y con la otra abría la puerta de su habitación.

    — ¿Y quién te ha pedido que lo hagas?

    Ella le lamió el cuello y empezó a besarlo hasta llegar a levantarle la camiseta y tocar su remarcado abdomen. Una erección se formó entre los pantalones de Manuel. Él la cogió de la cintura. La acarició. Abrazándose de ella y cargándola ligeramente. Sentía una ligera calentura que se paseaba por su cuerpo al sentir las manos de sobre su pie de Lucero, acariciándola, la besó de nuevo. Y cargándola llegó hasta el filo de la cama. Una pequeña parte de su cerebro le dijo que al día siguiente se arrepentiría, pero con los labios de él recorriéndole la clavícula, descartó esos pensamientos por completo.

    Manuel sabía que aquello no estaba bien, que Lucero se merecía mucho más de lo que él estaba dispuesto a darle en esos momentos, pero Dios, había intentado ser noble y ella se lo había puesto muy difícil. Debería apartarla, encerrarse en su habitación y no salir de allí hasta que supiera si estaba dispuesto a arriesgar su corazón por Lucero. Sin embargo, ahora, lo único en lo que podía pensar era en que su cuerpo la necesitaba; necesitaba sentir que ella le deseaba, sentir cómo sus manos le recorrían el cuerpo, cómo ella le entregaba un poco de su alma. Dios, qué egoísta era. Tenía que apartarla sin perder un instante, mientras aún tuviera fuerzas.

    —Lu, princesa. —Le cogió las manos y las apartó de su abdomen, pero ella se soltó y las colocó encima de su entrepierna—. No puedo.

    — ¿No puedes qué? —Le besó la mandíbula.

    —Esto... —Manu la miró a los ojos, y al ver el calor que brillaba en ellos, se rindió—. Bésame.

    Y ella lo hizo.

    Los dos se buscaron frenéticamente, con sus labios, sus manos, su piel. Era como si no pudieran respirar el uno sin el otro. Se desnudaron en segundos, sin delicadeza, con prisa, sin importarles nada más a ninguno de los dos.

    Cuando estuvieron desnudos, Manuel se detuvo un segundo para observarla.

    —Eres preciosa. Ven aquí. —Cogió una caja de preservativos sin abrir—. ¿Estás segura? —preguntó una última vez antes de tumbarse a su lado.

    —Cierra la boca —fue la única respuesta que obtuvo antes de que Lucero se sentara encima de él y lo besara.

    Manuel no pudo aguantar más; llevaba cinco semanas en un estado de permanente excitación y al sentir su piel desnuda junto a la de él, su cuerpo tomó el control, Manuel le apretó las caderas con las manos. Las bajó llegando a los muslos de sus piernas, las cogió y las abrió ligeramente. La observó. Diosa. Preciosa y de él… de pronto, su grandísimo pene se hundió entre su feminidad haciéndola gemir repentinamente.

    Lucero contrajo las caderas. Cerró los ojos con fuerza. Y aunque todo parecía normal… algo no andaba bien.. Lucero le abrazó la espalda con sus manos, presionándolo, haciendo que sus senos se apretaran sobre su torso…Manuel gimió involuntariamente. – Lucero se mordió los labios al verlo así. Era perfecto. Y anhelaba muchísimo que metiera esa larguísima longitud en ella de una vez. Pero algo la sorprendió dentro de ella. – déjame hacer mi trabajo también.

    Un dedo fue a parar dentro de ella. Metiéndose con delicadeza en ella. Jugueteando con su sexo.

    —Danger (como lo llamaban de pequeño) —gimió Lucero, sorprendida, Estaba dispuesta a decirle un par de cosas más, pero él había introducido otro dedo más en ella. y con una mano buscó la de él.
    —Me gusta que me llames así. Sólo tú me llamas así. —Manuel entrelazó sus dedos con los de ella y le acercó los nudillos a los labios. -Pero eso no ha sido todo. – le advirtió Introduciéndose fuertemente de nuevo en ella mientras la observaba gemir fuertemente. Hasta ese momento ya no importaba nada. Solo ellos dos. – de nadie más… - aceleró el movimiento de sus caderas. Saciándola con todo el placer que su cuerpo podía proporcionarle. Había perdido la cabeza. Siempre perdía la noción cuando se trataba de ella. – solo tú puedes tocarme de esa forma, nena. Nadie más.
    Quería decir algo más, pero no sabía qué. Sabía que lo que estaba sintiendo no era sólo placer, aunque fuera el mayor que había experimentado nunca; sabía que era algo más, pero no lograba identificarlo, de modo que optó por no decir nada.

    Los dos se movían al unísono, diciéndose con sus cuerpos aquello que llevaban semanas sintiendo, y cuando ninguno de los dos pudo soportarlo más, ambos se abandonaron por completo.

    Cuando dejaron de temblar, Lucero se acurrucó encima de Manu y le besó el hueco del cuello. Manuel no dejaba de acariciarle el pelo mientras intentaba recuperar la respiración..


    Última edición por Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 12:50 am, editado 1 vez

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    Mensaje  Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 12:36 am

    Capitulo 17

    «Debería soltarla», pensó Manu, pero no podía. Acababa de tener el mayor orgasmo de su vida y aún estaba excitado. Eso no era normal, o al menos no para él. No podía parar, no podía dejar de moverse, quería, necesitaba volver a sentir cómo ella lo envolvía en su calor una vez más. Intentó obligarse a apartarse, pero cuando casi había reunido las fuerzas necesarias para hacerlo, Lucero volvió a mover las caderas, dándole permiso para volver a perder el control. Esta vez intentó ser más delicado, se dijo que la acariciaría, que la besaría... pero se equivocó. En cuanto ella le lamió el lóbulo de lo oreja, todo su cuerpo se prendió fuego, y juntos se precipitaron de nuevo hacia el límite.

    Pasados unos minutos, se dio cuenta de que con dos veces tampoco tenía bastante; tal vez nunca lo tuviera. Lucero se había dormido abrazada a él y, con mucho cuidado, la colocó a su lado y se levantó para ir al baño. Regresó en seguida y se quedó mirándola

    Había sido un error. Los dos llevaban semanas atormentándose con miradas furtivas y caricias inocentes, y esa noche el vino había destruido las pocas defensas que a ambos les quedaban. De todos modos, Manu era lo bastante honesto como para reconocer que había sido la mejor noche de toda su vida. Por mucho que quisiera engañarse y justificar su comportamiento por el nivel de alcohol en su sangre o por el cansancio acumulado, nada podía ocultar lo que había sentido al acostarse con Lu. Él había estado con bastantes mujeres, no podía decirse que fuera un semental ni un mujeriego, pero tampoco había sido un monje, y nunca, nunca, había sentido tanto placer como esa noche con ella. ¿Cómo podía saber si era algo más? ¿Cómo podía saber si valía la pena arriesgarse? ¿Que no acabaría como su padre?

    La respuesta era muy sencilla; no podía saberlo. Y, por el momento, Manuel no estaba dispuesto a arriesgarse. Así que sólo le quedaba una opción: seguir solo. Se abrazó a Lucero. Ella aún estaba dormida, y Manu aprovechó cada instante para acariciar su piel y grabar en su memoria cada detalle, porque cuando se despertara, le diría que esa noche maravillosa había sido sólo una noche de sexo sin compromiso, y que él no sentía nada por ella.

    En resumen, iba a mentirle.

    Cuando Lucero abrió los ojos, se dio cuenta de dos cosas: una, le dolían partes de su cuerpo que no recordaba que tuviese, y dos, el culpable de eso ya no estaba a su lado. Se desperezó un poco y cerró de nuevo los ojos para recordar los besos y las caricias de la noche. Hasta entonces, Lucero creía que esos ataques de pasión sólo ocurrían en las películas y en esas novelas que a ella tanto le gustaba leer, y por primera vez en su vida se alegraba de poder decir que la realidad, en ocasiones, supera a la ficción. Dios, ese hombre debería llevar la señal de «peligro, inflamable» pegada a la frente. Pero a pesar de lo mucho, mucho, que le había gustado lo que habían hecho juntos, Lucero no podía dejar de sentir que faltaba algo; algo que hacía que no hubiera sido perfecto. Había una frase que se le había quedado grabada en la mente: «Yo no puedo hacer esto. No contigo». Le dolía que Manu lo hubiera dicho, y no podía fingir que no sabía lo que quería decir. Él nunca había ocultado que, por el momento, no quería tener ninguna relación estable con nadie, que lo único que quería y podía ofrecer a una mujer era una relación física. Lucero sabía perfectamente lo que él había querido decir con esa maldita frase. Manuel sólo estaba dispuesto a involucrar su cuerpo, y mientras su corazón no siguiera el mismo camino, lo único que podían compartir era sexo; y ella no estaba dispuesta a conformarse con eso.

    Lucero se dio cuenta de que quedarse allí tumbada, intentando imaginar lo que iba a suceder, no llevaba a ninguna parte, así que se desperezó por última vez y fue a ducharse. No sabía cómo iba a encontrar a Manuel después de lo de la noche pasada, pero sí sabía que necesitaba tener la cabeza despejada antes de hablar con él.

    Manu oyó el agua de la ducha y repasó todo lo que tenía intención de decirle a Lucero. Asumiría toda la responsabilidad de lo sucedido y le recordaría que ella era la hermana de su mejor amigo y, como tal, no podían tener una aventura. Sí, una aventura era todo lo que estaba dispuesto a ofrecerle. Él sabía que era insultante, y de hecho contaba con que ella se sintiera tan ofendida que nunca más quisiera saber nada de él. Eso era mucho mejor que correr el riesgo de tener una relación normal y acabar enamorándose o, lo que era aún peor, acabar como su padre. En cualquier caso, tampoco quería llegar a ese punto, lo que pretendía era convencer a Lucero de que lo de la noche anterior había sido una locura, que no volvería a repetirse, y que lo mejor que podían hacer era olvidarlo. Ellos tenían que trabajar y vivir juntos. Por muy peligroso que pareciera, Manuel no estaba dispuesto a permitir que ella se fuera de su apartamento. Se decía a sí mismo que era porque se lo debía a toda su familia, pero una pequeña parte de él sabía que eso era sólo una excusa. Conveniente, sí, pero una excusa al fin y al cabo.

    —Manuel, ¿piensas contestar?

    — ¿Qué? —Preguntó él, que ni siquiera se había dado cuenta de que Lucero había entrado en la cocina—. ¿Qué pasa?

    —El teléfono, ¿piensas contestar?

    —Claro. —Se dio la vuelta y abrió su móvil—.Mijares. —Siempre contestaba así cuando lo llamaban del trabajo—. De acuerdo. Voy para allá.

    Tras esta escueta conversación, se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta.

    —Manu, ¿quién era? ¿Pasa algo? ¿Por qué te llaman de la revista un sábado por la mañana? —preguntó Lucero preocupada
    Entonces, Manu pareció acordarse de que ella estaba de pie a su lado y se volvió para mirarla.

    —Era Santi, el director de la revista —respondió él poniéndose la chaqueta—. Al parecer, en la edición de esta semana de la revista The Scope aparecen dos de los artículos que nosotros teníamos preparados para nuestro número.

    Lucero no entendía nada, y eso debió de reflejarse en su rostro, porque Manuel añadió:

    —El mismo artículo exactamente. No el mismo tema, ni el mismo enfoque. El mismo artículo. Nos lo han robado.

    — ¿Robado? —Levantó las manos asombrada—. ¿Por qué?

    —No lo sé. Supongo que en The Scope no deben de estar muy contentos con la competencia. No sé, pero tengo que ir a la revista para hablar con Sam y decidir qué hacemos al respecto.

    Al ver que él no la invitaba a acompañarlo y que ya tenía un pie fuera del apartamento, Lucero se lo preguntó directamente:

    —¿Quieres que te acompañe?

    —¿Para qué?

    Esa respuesta, acompañada de la frialdad que empañaba su mirada, le dejó claro que lo de la noche no había cambiado su relación.

    —Para nada —respondió, intentando disimular su decepción—. Llamaré a alguien para salir a dar una vuelta.

    —Como quieras. Hablamos luego, ¿te parece? —Y cerró la puerta sin esperar a que ella respondiera.

    ¿Hablar?

    De acuerdo, hablarían, pero después de las inexistentes muestras de afecto de esa mañana, Lucero sabía que era una conversación que no iba a gustarle demasiado. Era evidente que el día no iba a ser para nada como ella se lo había imaginado antes de ducharse.

    Manuel salió del piso a toda prisa. No sólo porque quisiera llegar pronto a la revista para hablar con Santi, sino también porque necesitaba huir de Lucero. Sólo la había visto durante unos segundos y todo su estudiado discurso había desaparecido de su mente. Tenía que alejarse de ella, tal vez así se tranquilizaría y se olvidaría de lo bien que se había sentido en sus brazos. Si de algo estaba seguro era de que él no quería tener ninguna relación con nadie; era demasiado complicado, demasiado arriesgado. Su trabajo lo llenaba por completo y, en cuanto al sexo, no era demasiado difícil conseguirlo cuando le apetecía.


    Última edición por Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 12:50 am, editado 1 vez

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    Mensaje  Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 12:37 am

    Capitulo 18

    «¿Y el amor?», le susurró una voz rebelde dentro de su cabeza. El amor había acabado con su padre, y le había demostrado a él que para lo único que sirve es para hacer desgraciado a quien lo siente y a todos los que lo rodean. No, Manu no quería saber nada del amor. Por eso, lo mejor para todos era cortar de raíz lo que había entre él y Lucero. Si ella fuera una de esas mujeres a las que les bastaba con la relación física y un par de cenas al mes, tal vez podrían seguir así durante los casi cinco meses más que ella iba a estar en Londres, pero él sabía que Lucero no era de ésas. El día en que se enamorase lo haría por completo, y a ese hombre le entregaría su cuerpo, su vida y su corazón; pero Manu no estaba preparado para hacer lo mismo. Sin embargo, al imaginarse a Lucero con otro hombre, un impulso asesino lo invadió de golpe. Por suerte, en ese momento llegó a la puerta de entrada de la revista y no tuvo tiempo de analizarlo.

    Entró en la sala de reuniones y vio que Santi estaba leyendo The Scope.

    Santi Abbot era un hombre de unos sesenta años, excéntrico, brillante y quizá lo más parecido que tenía Manuel a un ángel de la guarda. Se habían conocido cuando éste trabajaba como becario en un periódico local y Santi fue allí para estrangular al que se había atrevido a escribir un artículo satírico comparando el parlamento británico con la caza del zorro. Pero cuando Sam conoció a su víctima, decidió que era mejor utilizar a «aquel muchacho descarado» para otros fines, y le ofreció un trabajo como periodista en uno de los periódicos de mayor tirada de Londres. Desde entonces, cada vez que Manu se metía en un lío por no saber cerrar el pico o por no entender el sentido del humor británico, Santi lo ayudaba, y cada vez que Santi quería obtener la mejor noticia, el mejor enfoque o disfrutar de una partida de snooker, llamaba a Manu.

    —¿Piensas entrar o vas a quedarte ahí pasmado? —preguntó Santi frunciendo el cejo.

    —Lo siento. — Manuel tuvo que hacer un esfuerzo para no sonrojarse. Tenía que hablar con Lucero esa misma noche—. ¿Es ésa la revista?

    —La misma. —Santi se frotó la cara con las manos—. Están los dos artículos que íbamos a publicar esta semana. Míralo tú mismo. —Le ofreció la revista.

    Manuel le echó un vistazo y, pasados unos minutos, la tiró encima de la mesa.

    —Tienes razón. ¿Qué vamos a hacer?

    —Varias cosas. Primero, vamos a averiguar quién demonios nos ha robado esos textos, y segundo, tenemos que encontrar el modo de publicar el ejemplar de esta semana sin ellos. ¿Tienes alguna idea?

    —Sobre quién ha robado los artículos, no, pero creo que sé cómo podemos publicar el ejemplar del miércoles sin problema. Hay un par de piezas que descarté en números anteriores y que podríamos utilizar en éste.

    —Perfecto.

    — ¿Y sobre el robo? —Manuel aún no se podía creer qué alguien les hubiera robado los artículos.

    —Tenemos que pensar algo. Tenemos que averiguar qué ha pasado antes de que se repita. Tengo la sensación de que esto no va a ser un caso aislado.

    — ¿Por qué lo dices?

    —Porque me duele la pierna.

    Manu lo miró estupefacto.

    —No me mires así. Desde que me rompí la pierna, cada vez que tengo un mal presentimiento me duele. Y nunca falla.

    Manuel sonrió aliviado. Tal vez la pierna de Santi fallara esa vez.

    Santi y Manuel se pasaron casi todo el día repasando los nuevos artículos y decidieron que, de momento, ellos dos serían los únicos que tendrían copias de los archivos.

    —Deberíamos irnos —dijo Santi mirando el reloj—. Silvia y las niñas querían ir a cenar a un restaurante y mañana tenemos un compromiso fuera de la ciudad, así que...

    —Tranquilo. Yo también debería irme ya. —Manuel se quitó las gafas y se dispuso a apagar el ordenador.

    — ¿Cómo van las cosas con esa chica, con la hermana de Antonio?

    —Lucero.

    — ¿Quién?

    —Lucero. La hermana de Kevin se llama Lucero.

    —Ah. Bueno, pues, ¿cómo van las cosas con Lucero? —Santi empezaba a sonreír de un modo extraño. Nunca había visto a Manuel ponerse tan nervioso por una simple pregunta.

    —Bien. —Cogió la chaqueta, e iba a despedirse cuando Santi insistió.

    —¿Sólo bien?

    —Sí, bien. Normal.

    Santi conocía demasiado bien a Joseph como para saber que no le estaba diciendo la verdad y que, además, no tenía intención de hacerlo. Así que optó por no insistir; ya encontraría el momento adecuado para volver a intentarlo.

    —Me alegro. —Apagó la luz de la sala y los dos se encaminaron hacia el ascensor.

    Bajaron en silencio, pensativos.

    —Nos vemos el lunes. —Santi se despidió con una sonrisa.

    Algo preocupaba a Manuel, y estaba dispuesto a apostarse su mejor taco de billar a que era esa chica con la que tenía una relación «normal».

    Manu decidió regresar a su apartamento caminando. Así tenía más tiempo para pensar en lo que iba a decirle a Lucero cuando la viera. No debería haberse acostado con ella. Él siempre había tenido claro que no quería tener una relación con nadie, que con su trabajo y sus amigos ya tenía más que suficiente. Y acostarse con Lucero había sido un error, un error. Ella era dulce, lista, divertida... perfecta. Pero no para él. Sí, tenían que olvidar lo que había pasado y ser sólo amigos. Ojalá ella pensara lo mismo.


    Última edición por Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 12:52 am, editado 1 vez

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    Mensaje  Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 12:48 am

    Capitulo 19

    Lucero vio la cara de Manu al entrar en el apartamento y supo que algo iba mal.

    —Hola. ¿Habéis averiguado algo sobre el robo?

    —No, nada. —Colgó la chaqueta y se sentó en el sofá como si no pudiera dar ni un paso más. Se lo veía muy cansado—.Lucero, tenemos que hablar.

    —Esa frase nunca me ha gustado.

    — ¿Cuál?

    —«Tenemos que hablar.» Cuando la dicen mis padres significa que he hecho algo muy malo, cuando la dice Antonio, que me he metido en un lío, y cuando la dice una de las niñas, mis hermanas, que quieren pedirme dinero o ropa prestada. Y si lo dicen los gemelos, significa que ellos se han metido en un lío y quieren que yo los ayude a salir de él.

    —Bueno, yo no quiero que me prestes dinero ni ninguna de tus faldas.

    —Ya, pero seguro que estoy metida en un lío.

    Ambos sonrieron, pero a Manuel la sonrisa no le llegó a los ojos.

    — ¿Qué pasa? —preguntó Lucero.

    —Tenemos que hablar de lo de anoche.

    —Esto va de mal en peor —murmuró ella sin que él la oyese.

    — ¿Por qué no te sientas? —Manuel dio unas palmadas en el sofá y, cuando ella se sentó, continuó—: Lo de anoche no debería haber sucedido nunca.

    — ¿Ah, no? —Lucero no podía creer lo que estaba oyendo, pero justo cuando iba a contestarle, vio que él se disponía a continuar y optó por dejarlo acabar antes de decir nada.

    —Lo de anoche, aunque fue fantástico, no debería haber sucedido nunca. Los dos habíamos bebido demasiado y perdimos la cabeza. Pero tú estás en mi casa, y yo debería haber sido capaz de controlar mis impulsos y no abusar así de tu confianza.

    Lucero tuvo que morderse la lengua para no interrumpirlo; ya volvía a sonar como un personaje de una novela de Jane Austen. Para ella, la noche había sido fantástica, y la única queja que tenía era que él lo lamentara.

    —De hecho, intenté detenerme, pero bueno, tú... Bueno, ahora eso ya no tiene importancia. Tú eres la hermana de mi mejor amigo y yo no quiero perder su amistad, ni la tuya, por nada del mundo. Creo que lo mejor que podríamos hacer es olvidarlo y pasar página, ¿no crees?

    Cómo Lucero no contestó, Manuel continuó:

    —Yo valoro mucho nuestra amistad —repitió.

    —Y yo. —Lucero decidió interrumpirlo. Si de la boca de Manuel salía la palabra «amigos» una vez más, iba a matarlo—. No te preocupes, ya está olvidado.

    — ¿En serio? —Manu parecía tan aliviado que a ella le entraron ganas de abofetearlo—. Me quitas un gran peso de encima, creí que te enfadarías.

    — ¿Enfadarme? ¿Por qué? —Levantó las cejas para dar más credibilidad a su actuación—. ¿Por no declararme tu amor eterno tras una noche juntos? Una noche de la que apenas recuerdo nada, por cierto.

    Ante ese cínico comentario, Manu retrocedió un poco. Una cosa era que ella estuviera de acuerdo con él en lo de ser sólo amigos, y otra muy distinta que no fuera capaz de acordarse de lo fantástico que había sido todo entre ellos. Porque lo había sido, ¿no?

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    Mensaje  Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 12:54 am

    Capitulo 20

    —Ya, bueno. Me alegro de que hayamos aclarado las cosas. —Manuel tenía miedo de mirarla a los ojos, pero sabía que tenía que hacerlo. Sólo así lograría asegurarse de que ella no estaba fingiendo esa indiferencia—. Lucero.

    — ¿Sí?

    —Creo que lo que pasó anoche fue porque en estas últimas semanas hemos pasado demasiado tiempo juntos. Ya sabes, aquí, en el trabajo, los fines de semana. Los dos bebimos demasiado y bueno, tú estabas aquí, y yo...

    Lucero estaba tan estupefacta que no podía pronunciar ni una sola palabra. Esa mañana no esperaba que él le propusiera matrimonio, ni que le declarara su amor incondicional, pero tampoco contaba con que dijera que todo había sido un error y que lo mejor era olvidarlo. Según él, sólo se habían acostado porque estaban medio borrachos y porque en los últimos días se habían visto demasiado. ¡Menuda estupidez!

    Cuando Manu dijo «tenemos que hablar», Lu ya supuso que le soltaría el rollo «seamos sólo amigos», y acertó. Pero utilizar el alcohol y la proximidad física para justificar haberse acostado con ella era el colmo.

    Después de lo de la noche anterior, Lu creía que su relación iría hacia adelante, que los dos seguirían hablando cada noche hasta las tantas, que seguirían compartiendo cenas, cines, paseos... pero que ahora todo eso iría acompañado de besos, caricias y sentimientos. Se había imaginado que, durante el tiempo que estuviera trabajando en Londres, se enamorarían y que luego ya encontrarían la manera de continuar con su relación. Si pasados esos meses su relación se rompía, o si ambos decidían no seguir con ella, lo superaría. Le dolería, pero lo superaría. Sin embargo, ver que él ni siquiera estaba dispuesto a intentarlo, que prefería pasar página y no arriesgarse, le dolía mucho más de lo que había imaginado. Tenía ganas de gritarle, de insultarlo, de decirle que era un cobarde. Pero no hizo nada. Si él no estaba dispuesto a darle una oportunidad, su relación estaba condenada desde el principio, y ella no sabía cómo decirle que se equivocaba.

    — ¿Estás de acuerdo? —preguntó Manuel al finalizar su discurso.

    —Sí. —Lu apenas lo había escuchado.

    — ¿Sí?

    —Claro. Seguro que tienes razón. Al fin y al cabo, así nos ahorramos problemas. Quién sabe, a lo mejor terminarías enamorándote de mí, y eso sería catastrófico.

    Manuel levantó las cejas e iba a decir algo, pero Lucero lo interrumpió:

    —Tranquilo, estaba siendo sarcástica. Ya sé que eso es imposible. Tan imposible como que yo me enamore de ti. Vaya tontería. Mira, no te preocupes, ya está olvidado. A partir de ahora, haremos tal como tú has dicho; tú seguirás con tu vida y yo con la mía. Es eso lo que quieres, ¿no?

    —Sí —respondió Manu muy inseguro.

    —De acuerdo. —Lucero se frotó los ojos. No estaba dispuesta a derramar ni una sola lágrima delante de él—. Me voy a dormir. Buenas noches.

    —Buenas noches.

    Lucero cerró el libro que estaba leyendo antes de que él llegara y se dirigió hacia su habitación. Estaba ya a punto de entrar cuando oyó que Manu la llamaba.

    —¿Lucero?

    —¿Sí?

    —Mañana estaré fuera todo el día, he quedado con Santi

    Eso era mentira. Santi tenía un compromiso con su familia, y Manuel más bien se pasaría todo el día en el gimnasio, o en casa de Jack. Vio la cara de Lucero y apretó los puños con fuerza para controlar las ganas que tenía de levantarse, correr hacia ella y abrazarla. Había conseguido decir todo lo que quería, y seguía creyendo que era lo mejor, pero al verla, lo único que deseaba hacer era besarla hasta que los dos perdieran el sentido. Así que decidió que debía distanciarse un poco, a ver si así conseguía recuperar su autocontrol.

    —No hay problema. Yo también tengo planes.

    — ¿Qué planes? —no pudo evitar preguntar Manu.

    —Nada en especial. He quedado con Nicholas para ir a pasear por Hyde Park y luego iremos a almorzar —respondió Lucero mientras rezaba para que Nicholas estuviera libre y pudiera convertir esa mentira en verdad.

    —Ah, bueno. —Manu tuvo que hacer un esfuerzo para no gritarle y decirle que no quería que fuera a pasear a Hyde Park con Nicholas, que ese paseo le pertenecía a él y que ella no tenía derecho a sustituir el recuerdo de ese día que ellos dos habían compartido en ese parque por uno nuevo con otro hombre. Pero no dijo nada de eso—. Espero que lo paséis bien. Dile a Nick que lo veré el miércoles.

    —Claro. —Lu lo miró a los ojos una vez más y luego se volvió hacia la puerta de su habitación—. Buenas noches.

    Y cerró sin esperar a que él respondiera.

    Por suerte, gracias a Jack y a sus otros compañeros, a Lucero las horas en el trabajo se le pasaban muy rápido, y apenas veía a Manu. Por otra parte, cuando lo veía, él estaba tan distante y arisco que incluso era preferible no verlo. Lo echaba mucho de menos; echaba de menos sus conversaciones, sus sonrisas...

    Ya hacía algo más de una semana de la noche fatídica, del «error», y Lucero llegó a la conclusión de que no podían seguir así. Era absurdo. Parecían dos novios de instituto. Era una situación ridícula y muy incómoda.

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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)♥

    Mensaje  Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 12:55 am

    Capitulo  21



    Incluso sus amigos se habían dado cuenta, y a ella empezaban a agotársele las excusas para justificar que ella y Manuel ya no salieran tanto juntos. Después de varias noches sin dormir y de un montón de llamadas a su madre, decidió que lo mejor sería que se buscase un piso donde pasar el tiempo que le quedaba en Londres. Al menos así podría estar tranquila y, si tenía suerte, tal vez lograra olvidarse de Manuel.

    Con esa idea en mente, empezó una nueva semana. El lunes, justo antes de que dieran las cinco, Jack apareció por encima de su cubículo.

    —Ya es hora de salir. Vamos, apaga el ordenador. No te olvides de que soy tu jefe y tienes que hacerme caso —añadió sonriendo—. ¿Esperas a que venga Manu o quieres que te acompañe yo?

    —La verdad es que he quedado con Nick.

    — ¿Ah, sí?

    —Sí, me ha llamado antes para invitarme al cine y hemos quedado allí dentro de media hora. —Mientras hablaba con él, Lu apagó su ordenador y recogió el bolso del suelo.

    — ¿Qué película vais a ver?

    —No sé, ya sabes cómo es Nicholas. No ha querido decírmelo porque es una sorpresa. En fin, mañana te cuento. Gracias por ofrecerte a acompañarme, Jack, pero como ves, no hace falta.

    —De nada. ¿Sabe Manuel que vas a llegar tarde a casa? —le preguntó Jack levantando una ceja.

    —No, no lo sabe. Pero no te preocupes, no creo que le importe.

    Jack y Lucero estaban de pie ante el ascensor cuando las puertas se abrieron, y dentro vieron a Manuel. Llevaba las gafas, señal de que estaba muy cansado, e iba cargado de papeles.

    —Jack, suerte que te encuentro. ¿Podrías decirme por qué las fotografías del reportaje de China no son las que tú y yo decidimos y por qué la portada de este mes es tan horrible? Creía que todo había quedado claro.

    —Manu, estaré encantado de hablar contigo. La verdad es que llevo todo el día persiguiéndote para hacerlo. ¿Te acuerdas de que esta mañana habíamos quedado?

    —Ah, lo siento, he tenido un día horrible. ¿Podemos hablar ahora?

    —Por supuesto, tú eres el jefe —respondió Jack mirando a Lucero, que aún esperaba para entrar en el ascensor.

    —¡Lucero! —exclamó Manuel sonrojado—. No te había visto.

    —Tranquilo, no pasa nada. ¿Ves como tenía razón? —Añadió ella mirando a Jack—. En fin, me voy. Hasta mañana.

    Entró en el ascensor y pulsó el botón para que las puertas se cerrasen. No tenía ganas de estar junto a aquel frío energúmeno ni un minuto más del necesario.

    —Jack, ¿sobre qué tenía razón Lucero?.

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    Mensaje  Cass Saavedra el Vie Mayo 23, 2014 12:57 am

    Capitulo 22

    —Sobre ti. Dice que últimamente no te importa demasiado nada de lo que hace. Pasa, sentémonos y a ver si de una vez nos aclaramos con lo de este reportaje.

    —No sé, a lo mejor podríamos dejarlo para mañana, así me voy a casa con Lucero.

    —Ah... Lucero no va hacia tu casa, ha quedado con Nicholas para ir al cine. —En ese mismo instante, Jack vio cómo la cara de Manuel pasaba de la sorpresa al enfado en un tiempo récord.

    — ¿Al cine? ¿Con Nicholas? ¿Solos? —Al ver que Jack no contestaba, añadió fingiendo indiferencia—: Bueno, pues espero que les guste la película. ¿Miramos las fotografías de China de una vez o esperamos a que ellas solas decidan cuáles van en el reportaje? —Manu empezó a mover las carpetas y a refunfuñar.

    —Yo ya estoy listo. Pásame las carpetas antes de que las rompas. —Jack intentó no reírse, y empezó a escoger las fotografías.

    Cuando Lucero llegó al cine, Nick la estaba esperando en la puerta con las entradas en la mano. Como ya era habitual en él, la saludó con dos besos y entraron corriendo a la sala, pues la sesión estaba a punto de empezar. Unas dos horas más tarde, cuando las luces se encendieron, Lucero estaba mucho más contenta y relajada, aunque la película había sido horrible. Nicholas había escogido una comedia malísima, pero él no había parado de hacer comentarios en voz baja para que ella se riera. Pocos minutos después de aparecer los primeros créditos en la pantalla, Nick se había sacado del bolsillo de la chaqueta una bolsa llena de regaliz, el favorito de Lucero. Salieron del cine aún riéndose y él la invitó a comer una pizza en un pequeño restaurante que había cerca, uno de esos sitios donde las venden en porciones.

    —No puedo creer que me hayas invitado a ver esa película tan mala. ¿Se puede saber en qué estabas pensando al comprar las entradas? —le preguntó Lucero sonriendo.

    —Está bien, voy a confesarte la verdad. —Se limpió las manos con la servilleta—. Cuando has aceptado salir conmigo me he quedado tan sorprendido, que he tenido que improvisar. —Al ver que ella se sonrojaba añadió—: Vamos, no disimules. ¿Manu y tú os habéis peleado?

    — ¿Por qué lo preguntas? —Lucero no quería que ninguno de sus amigos supiera lo que había pasado entre ellos. Acabara como acabara su relación con Manuel, ellos eran amigos de él desde hacía muchos años, y ella no quería dañar esa amistad.

    —Vamos, desde que llegaste te habré pedido unas cien veces que salieras conmigo, y hasta hoy nunca habías aceptado.

    —Eso no es verdad —replicó ella—. Nos vemos casi cada fin de semana.

    —Ya, pero con los demás. —Al ver que ella iba a interrumpirlo de nuevo, levantó la mano para detenerla—. La única vez que hemos quedado solos, aparte de hoy, fue ese domingo por la mañana que me llamaste para pasear por Hyde Park, y creo que en todas las horas que estuvimos allí dijiste tres palabras. Las conté, fueron «hola», «Nick» y «adiós».

    —Lo siento —dijo Lucero avergonzada—. Esa mañana no me encontraba muy bien.

    —Tranquila. Me gustó pasear contigo.

    Lu levantó una ceja, incrédula.

    —De acuerdo, no me gustó —reconoció Nicholas sonriendo—, pero me alegra ver que hoy ha sido distinto. Lo he pasado muy bien. —Le cogió la mano que tenía apoyada encima de la mesa—Lu, no es ningún secreto que creo que eres muy atractiva, ni que en otras circunstancias me gustaría que fuéramos algo más que amigos.

    — ¿Qué circunstancias? —preguntó ella

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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)♥

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