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    LA MUJER DE NADIE--- ADAPTADA

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    alelucerina
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    LA MUJER DE NADIE--- ADAPTADA

    Mensaje  alelucerina el Lun Ago 19, 2013 10:28 pm

    LA MUJER DE NADIE

    Lucero accedió a pasar las vacaciones con su amiga Chantal en Grecia. A su llegada resultó evidente que Manuel, el arrogante hermano mayor de su joven amiga, esperaba una mujer de mediana edad y no una mujer vivaz y atractiva chica como acompañante de su hermana. Como Lucero iba decidida a desbaratar los planes que el tenía para el futuro de Chantal, pronto empezarían los problemas. Sin embargo, pese a todas las dificultades, los extraños sentimientos que el griego provocaba en Lucero, estuvieron a punto de hacerla perder la cabeza


    CHICAS AHI LES DEJO ESTA WN NUEVA AVR SI LES GUSTA
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    Re: LA MUJER DE NADIE--- ADAPTADA

    Mensaje  Hicat el Lun Ago 19, 2013 11:18 pm

    Subi capitulo.

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    capitulo 1

    Mensaje  alelucerina el Mar Ago 20, 2013 3:21 pm

    Capítulo 1
    ¿Necesita usted ayuda? ¿Va a venir alguien a recogerla, o piensa coger un taxi? Lucero se sobresaltó al escuchar aquella voz masculina a sus espaldas. Aun antes de volverse supo que quien hablaba era griego por su forma de pronunciar las vocales.
    — Busco un taxi.
    Lucero sintió gran alivio al entregarle su maleta al hombre, pero al volverse hacia su salvador con una sonrisa en los labios, ésta se le congeló, al darse cuenta de que no era un botones como ella había supuesto, sino un hombre elegante, más alto que Lucero, y de impecable vestimenta informal: pantalones de algodón azul claro y camisa blanca, de manga corta y cuello abierto, cuya tela parecía formar una segunda piel sobre un torso atlético.
    Su rostro no mostraba indicio acerca de su profesión, aunque en realidad no existía ningún motivo para que un botones o un chofer de taxi no tuviese aquella amplia frente, la recta y arrogante nariz, la sensual y turgente boca o la desafiante barbilla. A Lucero le parecía una estatua esculpida por Praxiteles... pero, después de todo, ¡se encontraba en Creta! Tampoco la cabeza de espeso cabello negro daba ninguna pista sobre su oficio.
    No, decidió Lucero, después de evaluar los datos visuales. Era sólo su forma de actuar. Eso y la expresión de su semblante afirmaban rotundamente que, en el aeropuerto, ¡no era botones ni taxista!
    Al tratar de recobrarse, Lucero se dio cuenta de que el corazón le latía con inusitada rapidez bajo el jersey. Consciente de que la presencia de ese hombre la perturbara y no le permitía pensar con claridad, desvió la mirada y asumió una fría compostura.
    — Si los ojos no me engañan, creo que no hay ninguno —comentó refiriéndose a la falta de un taxi.
    — En sus ojos no hay nada malo.
    Pudo tratarse de una respuesta cortéz, pero el tono en que pronunció esas palabras y la sonrisa que curvó su boca con apreciativo placer, no le dejaron a Lucero ninguna duda respecto a la intención del cumplido.
    Sin ser nada aconsejable, levantó la vista para encontrarse con la mirada de él, pues tenía el decidido propósito de desalentar, por medio de una mirada de gélida indiferencia, cualquier otro intento de flirteo; pero la burlona expresión de aquellos ojos de sorprendente color azul claro que la miraban a través de una espesa cortina de oscuras pestañas, la sorprendió tanto que hasta la hizo parpadear.
    Turbada, Lucero se dio cuenta de que se ruborizaba hasta la raíz del cabello, y, con desesperación, miró a su alrededor en busca de Chantal.
    — ¿Hacia dónde se dirige? —preguntó con voz profunda de forma retórica, pues ya se había inclinado para examinar la etiqueta de la maleta. Lucero le observaba sin poder hacer nada, consciente de la manera en que el ligero algodón de sus pantalones se adhería los musculosos muslos.
    Irritada por su comportamiento irracional, Lucero suspiró de desesperación. Supuso que estaba más nerviosa de lo que quería admitir, por la perspectiva de conocer al hermano de Chantal. Varias cosas se había combinado para alterarla, además del futuro enfrentamiento con el hermano de su amiga; la emoción del vuelo, el entusiasmo de Chantal por haber vuelto a su patria, el desacostumbrado calor... ¡pero eso no sería suficiente para incapacitarla en situaciones tan sencillas como la de encontrar un taxi y la de tratar con perturbadores miembros del sexo opuesto!
    —Ya veo que se dirige hacia Heraclion —el indeseable acompañante ya se había incorporado y la contemplaba con indolente impertinencia, sin escapársele detalle, desde el hecho de que no llevaba anillos en los dedos de las manos, hasta las gotas de sudor que perlaba su frente y la hacían sentirse tan incómoda—. Quizá volvamos a vernos pronto —manifestó, al tiempo que aferraba el asa de su maleta—. ¿Tiene ya reserva en algún hotel?
    — No, por favor, yo... —Lucero le cogió del brazo, pero retiró la mano rápidamente al sentir el calor de los músculos.
    — ¿No? —Las oscuras cejas se levantaron en burlona sorpresa—. Iba a llevarle el equipaje hasta donde pueda coger un taxi; de ninguna manera pensaba robárselo.
    Su aire de herida inocencia tenía la clara intención de hacerla sentirse culpable. En ningún momento había sospechado que pudiese ser un ladrón ni la clase de pillo que roba las maletas a los turistas. Pero había otro tipo de bandidos... apuestos jóvenes que se acercan a las extranjeras para enamorarlas y despojarlas del dinero.
    Lucero sonrió con malicia; segura de haber identificado a ese individuo como un playboy profesional, decidió divertirse un poco a sus expensas. Le dejaría que le llevara las maletas hasta el taxi y que oyera la dirección cuando se la diera al chofer. Si se presentaba a buscarla al apartamento de los Constanidou, tendría que enfrentarse a la furia del tremendo Manuel Mijares por haber abordado a la acompañante de su hermana.
    — Por supuesto que no he pensado eso —manifestó en fingida disculpa—. Puedo darme cuenta de ella con facilidad —examinó con exagerada admiración las amplias espaldas y después permitió que su mirada se deslizase, imperturbable, hacia la estrechas caderas, y las largas y musculosas piernas. Cuando volvió a mirarle a lo ojos, tragó saliva, al darse cuenta de que se enfrentaba a una personalidad más poderosa de lo que había imaginado—. En realidad, le agradecería mucho que me consiguiera un taxi... —se echó a un lado un mechón de cabello y, con movimiento deliberados, se pasó la mano con lentitud por el pecho, como para alisar inexistentes arrugas de la ropa, aunque casi sin poder disimular su diversión al ver la mirada de él.
    De pronto, el hombre, en lugar de coger la maleta, como se suponía que haría, levantó el brazo. Invadida por un razonable pánico ante la posibilidad de que le tocara, Lucero dio un paso atrás, volvió la mirada hacia la terminal aérea y exhaló un suspiro de alivio al ver que Chantal, con una maleta en cada mano, se acercaba hacia ellas.
    Iba a ayudar a su amiga, pero se detuvo al ver que Chantal dejaba las maletas en el suelo y corría hacia ellos con una sonrisa en los labios.
    —No he podido encontrar un taxi... —empezó a decir Lucero, pero la explicación murió en sus labios cuando, de manera inexplicable, Chantal la ignoró y se acercó con los brazos abiertos hacia el griego.
    Las fuertes manos del hombre cogieron las de Chantal y después estrecharon a la emocionada chica, ante el desconcierto de Lucero, quien vio al tipo darle a Chantal un cariñoso beso en la mejilla.

    — ¡Manuel! ¡Oh,Manuel, mou ¡A final has podido venir a esperarnos! —exclamó Chantal.

    ¡Cielos! ¡Tenía que haber un error!, pensó Lucero sacudiendo la cabeza incrédula. ¡No podía ser cierto! ¿Cómo era posible que ese supremo ejemplar masculino fuera el pomposo y dominante hermano de Chantal?

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    CAPITULO 2

    Mensaje  alelucerina el Mar Ago 20, 2013 3:23 pm

    CAPPITULO 2
    Desde que se había enterado de la existencia de Manuel Mijares, hacía meses, tenía una imagen fija en la cabeza. Una versión más adulta de Javier, el regordete primo de Chantal que en ocasiones iba a buscarla a la salida de sus clases. A los treinta y dos años, con toda seguridad las ideas de Manuel no eran menos conservadoras que las de Javier, quien estaba convencido de la total superioridad del hombre sobre la mujer. ¿No lo había demostrado con la tajante orden de que volviera Chantal a Creta, así como con la conspiración que había urdido en su ausencia?

    Respecto a ella misma había decidido Lucero, él la trataría con una mezcla de frialdad y respeto, apropiada para el caso de una desconocida extranjera que se introducía en su casa, para prestar un servicio, tras una desgracia familiar.

    Un hormigueo nervioso la recorrió de manera alarmante. Aquel era el Manuel que ella esperaba, no ese atractivo extraño cuyo estilo para abordar a una mujer sola llevaba a malas interpretaciones.

    — Pospuse mi cita, Chantal —también él habló en inglés, mientras con los ojos entrecerrados, escudriñaba a la multitud que salía del aeropuerto—. Tu amiga me consideraría un mal anfitrión, si permitiese que dos mujeres solas se enfrentaran a este bullicio.

    —Y te lo agradecemos las dos —Chantal sonrió—. Pero no tienes que buscar a Lucero muy lejos... ¡pues ya la has conocido! —consciente del silencio y de la falta de los acostumbrados murmullos de asentimiento Lucero dio un paso para separarse de su hermano. Sin darse cuenta de la tensión existente, hizo que su amiga se acercara—. Lucero —declaró con toda formalidad, destruyendo con sus palabras cualquier reto de esperanza que la chica pudiese haber albergado—, éste es Manuel... mi hermano.
    Con un terrible esfuerzo, Lucero logró imprimirle a su rostro una expresión de cortés interés mientras escuchaba a Chantal.

    — Manuel, te presento a Lucero, ¡mi mejor amiga!

    Una mano la cogió por la barbilla y, cuando Manuel la contempló con sus penetrantes y fríos ojos azules, la sonrisa de Lucero quedó congelada.

    — ¿Usted es Lucero Hogaza? —Demandó con desdén Manuel—. ¿Usted?

    No había sido un buen comienzo para su estancia en Creta.
    Lucero dejó la taza vacía en la mesa de centro de la sala de estar del apartamento que Manuel Mijares tenía en Heraclion, y se apoyó contra el lujoso tapiz del respaldo del sillón.
    Aún semanas más tarde, el recuerdo del corto viaje desde el aeropuerto sería una borrosa imagen de calles atestadas de tráfico.
    Chantal, sentada al lado de su hermano en el asiento delantero del Mercedes blanco, charlaba muy animada y lanzaba entusiastas exclamaciones ante los cambios que observaba en la ciudad.
    La chica hacía caso omiso del silencio de Lucero, y lo atribuía al hecho de que su amiga se encontraba en un país extranjero.
    Aparte de acompañar a Chantal, la presencia de Lucero en Creta tenía como principal objetivo luchar por impedir que se llevase a cabo lo que ella consideraba una inhumana manipulación del futuro de su amiga. La lógica le decía que no tenía muchas posibilidades de hacer cambiar de opinión a Manuel, pero tenía que intentarlo.
    — Me siento mucho mejor después de tomar esa taza de té —anunció con una cortés e impersonal sonrisa dirigida hacia su anfitrión, quien asintió con un breve movimiento.
    —Tengo muchos negocios con los ingleses y me he dado cuenta del efecto reconfortante que el té tiene en ellos —Manuel hizo una pequeña pausa antes de ponerse de pie—. Quizá ahora que se siente mejor pueda acompañarme a mi estudio. Creo que debemos discutir un par de cosas.
    —Sí, por supuesto... —empezó a responder Lucero antes de darse cuenta de que se le había dado una orden y de que el hermano de Chantal ni siquiera había esperado a que respondiera.
    Lucero pensó que lo más probable era que se sintiese avergonzado por lo que había sucedido en el aeropuerto y que no quería que su hermana se enterara de que su respetable hermano mayor, después de todo, ¡también era humano!
    Se las arregló para darle a su semblante una apariencia de virginal inocencia y cruzó la habitación tras Manuel hacia la habitación en la cual él ya había entrado.
    Una rápida mirada a su alrededor le sirvió para apreciar las gruesas alfombras que cubrían el suelo de madera, los dos mullidos sillones, el elegante y moderno escritorio y los anaqueles llenos de libros.
    —Supongo que ya se habrá recobrado del viaje —expuso Manuel con tono seco al tomar ella asiento frente a él.
    — Sí, gracias —hizo una pausa antes de añadir—. Tal vez sufrí una ligera deshidratación, pues después de aterrizar me sentí un poco mareada.
    Era lo más próximo a una tregua. Una mera insinuación de que podía estar dispuesta a no recordar su ultrajante comportamiento.
    —Es posible —concedió Manuel alzando las cejas con elocuencia—. Aunque es cierto que a veces volar provoca ese efecto, lo normal es que ocurra sólo en viajes muy largos, a menos que la persona abuse del alcohol.
    En sus palabras no había la menor señal de humor o de remordimiento, por lo que Lucero, anonadada por los cínicos comentarios, se apresuró a defenderse.
    — Entre Chantal y yo nos tomamos media botella de vino blanco a la hora de comer —sus ojos lanzaban verdes destellos—. ¿Cree usted que bebí demasiado?
    —Me parece que la bebida ejerce un resultado muy benéfico en usted —fue la imperturbable respuesta—. ¿Aparenta gracias a ella menos de treinta años y ha recobrado su cabello por ella su color original? ¿O... —se puso de pie con un ágil y gracioso movimiento para acercarse a la sorprendida Lucero—, se debe su rejuvenecimiento a la cirugía facial y a una botella de peróxido?— Lucero tragó saliva. Si hubiera podido encontrar la fortaleza suficiente para levantarse y marcharse fuera de la habitación, ¡lo habría hecho!!No había realizado todo ese viaje para que la insultaran! Pero la esbelta figura del griego se encontraba amenazadora cerca y cualquier movimiento que Lucero hiciera serviría para acrecentar esa proximidad. Además, tenía que pensar en Chantal—. Bien —exigió Manuel de manera implacable—. Le pregunto qué ha pasado con la viuda de edad madura y cabello gris a quien contraté como acompañante de mi hermana.
    — Lo siento, pero no tengo la menor idea de lo que me habla —la indignación la hacía ruborizarse y le aceleraba el ritmo cardíaco—. Tengo veintitrés años, soy soltera y el color de mi cabello es natural.
    — ¡Ya veo! —fue la ácida respuesta, lo cual la enfureció más y la hizo desear borrar la cínica sonrisa de ese hombre por medio de una bofetada. En lugar de ello, exhaló un largo y trémulo suspiro, en un intento de recuperar el control.
    —Creo que usted me debe una explicación —le desafió con frialdad—. Tenía entendido que me esperaba.
    —Al contrario, usted es quien debe dar explicaciones —su mirada le produjo a Lucero un escalofrío—. Cuando le pedí a mi tía una descripción de usted, supuse que ella la conocía. Como es obvio que no era así, concluyo que cuando mi tía habló por teléfono con usted para discutir el asunto, la descripción que le dio de su persona fue con el descarado propósito de causar una buena impresión en mí, y de obtener mi aprobación.

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    capitulO 3

    Mensaje  alelucerina el Mar Ago 20, 2013 3:24 pm

    CAPITULO 3
    — ¿De verdad? —Su calma se evaporó como un riachuelo bajo el fuerte sol del verano cretense—. Si hubiera sabido de su extraño fetichismo por las viudas ancianas, habría llevado su anuncio a las pensionistas de algún asilo, ¡en lugar de apresurarme a cambiar mis planes para darle gusto a usted! —Le espetó, el brillo de los ojos de Manuel y su forma de morderse un labio, no prometían nada bueno, pero Lucero levantó la desafiante barbilla—. Yo tenía la impresión de que lo que importaba eran las necesidades de Chantal... ¡no las suyas!
    — ¡Y yo soy quien decide cuáles son esas necesidades!
    Lucero se dio cuenta de que sus palabras alimentaban la furia que se agitaba bajo la superficie, al notar su impaciencia.
    —Como sin duda usted sabrá, tengo una pequeña villa costera, en las afueras de Heraclion, y ahí es donde mi hermana desea pasar el verano. De ninguna manera me gustaría que estuviese sola, porque por la zona se acaban de inaugurar un hotel internacional —la contempló con calculada impertinencia—. Por desgracia, y como es común en estos casos, un buen número de mujeres jóvenes... procedentes de países europeos con clima más frío... se han dado cita en ese lugar y se sientan atraídas por el... ardor y la masculinidad de nuestros jóvenes griegos.
    —Eso lo debe saber usted muy bien... —musitó ella con señalada mofa.
    La mirada que él le dirigió la habría fulminado si no hubiera estado preparada.
    —Como un alud —continuó ignorando la interrupción—, se ha presentado un dramático aumento de jóvenes que se dirigen a la costa en busca de diversiones. Además, los turistas varones procedentes de otros países, no siempre se dan cuenta del respeto con que nosotros tratamos a nuestras mujeres. ¿Comprende?
    —Creo que sí —Lucero tomó la determinación de conservar la calma por el bien de Chantal—. Y basándose en nuestro breve encuentro, ha llegado a la conclusión de que yo no soy una compañera adecuada para su hermana.
    — ¡Exacto! —exclamó en tono triunfante—. Basándome en eso y en su deliberado encubrimiento del hecho de que usted es una mujer joven y hermosa. Con franqueza, sus motivos para venir aquí me parecen cuestionables, por decirlo con suavidad.
    — ¡Vaya! —Demasiado encendida, Lucero ni siquiera prestó atención al cumplido que ocultaba la acusación; se puso de pie y dio un puñetazo sobre la mesa—. Pues bien, permítame decirle que no le he ocultado nada a nadie —rugió-.Su tía no me pidió en ningún momento una descripción personal, ni me dijo que usted deseaba una acompañante madura para Chantal. La señora se limitó a confirmar los términos del ofrecimiento.
    De hecho, la pobre mujer estaba tan preocupada porque su esposo acababa de coger la varicela en vísperas de su planeado retorno a Creta, que no había mostrado ningún deseo de hablar.
    — ¿Entonces fue mi tía quien me mintió? —Su voz era gélida y sus cejas se arquearon en un gesto escéptico—. ¿Y con qué propósito supone que lo habrá hecho?
    — ¿Y cómo voy a saberlo? —Exclamó Lucero—. Si mi aspecto es tan importante para usted, ¿por qué no le preguntó a Chantal o a su primo Javier? A él lo he visto varias veces.
    —Porque no pude verle en el momento adecuado, y mi discusión con Chantal ya había terminado.
    —Entonces... —su voz vaciló. La tía Hilda debía haberle pedido a Chantal una semblanza física de Lucero, y la chiquilla, consciente de los prejuicios de su hermano, así como de sus incalificables planes para el futuro y desesperada por volver a su patria, le había dado una descripción que sabía sería aceptable. Era de suponer que había pensado que su autoritario hermano tendría que aceptar un fait accompli...
    No debía hacer evidente la culpabilidad de Chantal, ni siquiera para justificarse a sí misma, ni tampoco deseaba que la furia del «hermano mayor» recadera sobre la vulnerable joven griega.
    — ¿Entonces? —insistió él con calma.
    — Entonces debe tratarse de un mal entendido —completó con voz débil, enojada consigo misma por haber malinterpretado la situación en el aeropuerto, lo que había precipitado esa tormentosa bienvenida. Había planeado asumir una actitud de justificada indignación cuando conociera al hermano de su amiga. Pero se había encontrado en el puesto de la acusada, en lugar del de acusadora, eso la mortificaba. Dado que cualquier intento por interceder en favor de Chantal acarrearía más daño que beneficio, la única acción digna que el quedaba era retirarse. Por lo menos, se consoló, su objetivo principal... acompañar a Chantal en su viaje a casa... lo había cumplido.
    Levantó los hombros en un gesto de impotencia.
    —Bien ya que ha dejado ver con claridad patente que no soy bienvenida, ¿sería tan amable de hacer los arreglos pertinentes para mi regreso? —contempló a su severo interlocutor con orgullo, esperando que los cheques de viaje que había llevado para sus gastos personales fuesen suficientes para cubrir el importe de su pasaje de vuelta.
    Hizo un gran esfuerzo para no demostrar ira en su voz, modulándola con gran cuidado. Esa entrevista era una pesadilla, dolorosa y humillante, y cuanto más pronto escapara de la inmerecida furia de Manuel, mejor para todos.
    — No será necesario —Manuel ignoró su petición—. Tal vez haya alterado su descripción con el propósito de obtener un puesto de confianza, pero no le voy a facilitar que eluda las tareas que ha aceptado —Manuel dejó que sus ojos la recorrieron con abierto interés, deteniéndose con insolencia en los turgentes senos de Lucero antes de pasar hacia su sensual boca, para finalmente encontrarse con la mirada color avellana de la chica—. No dudo que se ha aprovechado del cariño y la de la inocencia de mi hermana, para poder venir aquí a divertirse; pero permítame dejar muy claro esto, Lucero: usted no va a satisfacer sus propios deseos a expensas de mi bolsillo y de la felicidad de mi hermana.

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    CapiTulo 4

    Mensaje  alelucerina el Mar Ago 20, 2013 3:26 pm

    CAPITULO 4
    Demasiado asombrada para insultarle como se merecía, Lucero tan sólo pudo continuar inarticulados sonidos de furia, lo que provocó que Manuel emitiese una risa breve y explosiva.
    — ¿Le sorprende mi franqueza? Puedo asegurarle que mis treinta y dos años de vida han servido mucho para aprender acerca de mujeres... ¡en especial de las europeas del norte y de sus famosos puntos de vista liberales!
    —Pues en lo que a mí respecta, ¡usted no sabe nada en absoluto! —en un desafío hacia aquella imponente presencia masculina intentó hacerle a un lado para pasar, pero quedó muy sorprendida cuando un par de firmes manos la sujetaron de los hombros obligándola a quedarse quieta.
    —Entonces con gran placer aprovecharé su estancia en mi casa, para aprender.
    — ¿Y cree que me quedaré, después de aguantar su grosería y sus absurdas acusaciones? —Lucero abrió mucho los ojos en sincero asombro. ¡Ese hombre estaba loco!
    —Sí, creo que sí —con rostro severo, se enfrentó al hostil desafío de Lucero con una ilimitada confianza—. Si aprovecha el tiempo y demuestra que su preocupación por el bienestar de Chantal es la única razón de su estancia aquí, al finalizar su trabajo le pagaré una cantidad extra.
    — ¿Cree que puede comprar mi lealtad hacia su hermana? —A Lucero se le arrebolaron las mejillas ante semejante insulto—. ¿Qué es con exactitud lo que espera obtener por su dinero?
    —Su total abstinencia de encuentros eróticos durante su estancia —la respuesta fue inmediata y en voz baja. Sus siguientes palabras eran una orden pronunciada con dureza—. Y eso significa que no reciba a algún hombre en mi villa y que haga caso omiso de los kamaki que recorren la playa.
    — ¡Los kamaki! —distraída de momento. Lucero quiso saber el significado de esa extraña palabra—. ¿Qué es eso? ¿La mafia griega? —tuvo el placer de ver que Manuel apretaba la boca.
    — Los Kamaki son los tridentes largos que los pescadores llevan en sus botes. Aquí, cuando un hombre busca mujeres, decimos que es un kamaki. ¿Entiende?
    —Sí, por supuesto —una lenta sonrisa curvó sus labios. Era una buena descripción de lo que ese griego imposible había tratado de hacer con ella en el aeropuerto.
    Como si le adivinase el pensamiento, él fijo la mirada en los redondos y firmes senos.
    —Tampoco quiero que avergüence a mi hermana o que ofenda a mis vecinos al ir a bañarse en las playas públicas sin la parte superior de su bikini, como lo hacen tantas de sus compatriotas.
    —No puedo creer que me permita usar bikini —Lucero alzó las cejas en un gesto de exagerada sorpresa, sintiéndose satisfecha al ver que Manuel fruncía el ceño ante el sarcasmo de esas palabras. ¡Sin duda era un reaccionario!
    —No afile en mí sus garras, yatáki—la amonestó con gentileza, aunque sin suavizar el gesto—. Yo sé qué le conviene a mi hermana, y por Theo que no a va amargarle las próximas semanas.
    —Claro que no, no estaré aquí.
    —Ah... —una vez más le impidió el paso—, por fin admite que Chantal no le importa en lo absoluto.
    — Oh, ella sí me importa —tuvo que hacer un tremendo esfuerzo para no abofetearle—. Usted es quien no me interesa; usted, con sus arcaicas ideas y su marcada descortesía. Créame que siento gran pesar al tener que dejar sola a Chantal con esta clase de hermano
    — Pues ahórrese sus lamentaciones; volverá a Inglaterra con usted.
    Aquellos ojos tan brillantes como témpanos de hielo bajo el sol del Ártico, disiparon cualquier esperanza de que no hablara en serio.
    Lucero no intentó ocultar el ardiente desdén que hizo que en sus ojos aparecieran chispas verdes. Tal como había imaginado, Manuel Mijares no tenía intenciones de hacerse cargo de una jovencita de diecisiete años.
    — ¿Sería capaz de hacerle eso? ¿De verdad la mandaría otra vez a Inglaterra sabiendo lo mucho que extraña su patria? —el desprecio impregnaba su tono.

    — No sería yo... sino usted —su sonrisa fue de triunfo mientras Lucero, con horror, se daba cuenta cómo la había atrapado. Para ella constituía un misterio el motivo que Manuel pudiese tener para desear que Lucero se quedara después de todo lo que le había dicho—. Usted no es lo que se me quería hacer creer —dijo Manuel con un encogimiento de hombros—, pero los negocios me impiden acompañar a mi hermana durante todo el tiempo, y no me gustaría dejarla sola durante largos períodos. No sé qué le habrá contado sobre los motivos por los que se fue a pasar un año en Inglaterra, pero Chantal estaba a solas con su madre cuando ésta sufrió un síncope fatal. Fue algo inesperado, y el efecto que produjo en Chantal fue traumático —hizo una pausa reflexiva—. Creo que ya se ha recobrado, pero no quiero ponerla en peligro de sufrir una nueva depresión. Necesita la compañía de alguien con quien simpatice y en quien pueda confiar —una sonrisa triste curvó los labios de Manuel—. Parece que aparte de nuestra tía Hilda, usted es la única persona que goza de su confianza. Mi tía me ha asegurado que Chanta la considera como una amiga muy querida —hizo otra pausa mientras contemplaba el pálido rostro de Lucero—. Por el bien de Chantal, me gustaría que las cosas continuaran así —entrecerró los ojos al observar que las facciones de la chica evidenciaban su conflicto mental—. Si usted se va a Inglaterra, no habrá quien la reemplace y la única opción que me quedaría sería enviarla de inmediato al cuidado de Hilda.
    Lucero apretó los dientes con frustración. No podía someter a su amiga a semejante desencanto. Además, según le había confiado Chantal, la brecha de quince años que existía entre ellos provocaba que sus relaciones no fuesen ideales. Lucero tenía la esperanza de que se estableciera entre ellos un nuevo eslabón a lo largo de las siguientes semanas. Quizá así Manuel fuera capaz de avenirse a razones con respecto al futuro de Chantal.


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    capitulo 5

    Mensaje  alelucerina el Mar Ago 20, 2013 3:30 pm

    CAPITULO 5

    —Muy bien —accedió titubeante—. Me quedaré por el bien de Chantal.
    — ¡Excelente! —por primera vez desde que entraran en la habitación, él se relajaba en una sonrisa. Gesto típico de un gladiador triunfante, pensó Lucero con amargura, estremecida por una furia que le era muy difícil ocultar—. ¿De acuerdo con las condiciones?
    Los labios de ella se movieron en una amarga mueca de disgusto.

    —Lo comprendo, señor Mijares —Lucero pronunció esas palabras con desdén y vio que la sonrisa se esfumaba del rostro de Manuel.
    —Esa era mi intención. También espero que Chantal no sea perturbada por ningún atisbo de animosidad entre nosotros dos —declaró con dureza.

    —Puede darlo por descontado —concedió Lucero al dirigirle una falta sonrisa—. ¡Soy una actriz excelente!
    —Ya me he dado cuenta... Su representación de dignidad ultrajada ha sido muy buena y casi he llegado a creerla.

    —Es un... —perdido por fin el control, Lucero levantó una mano para abofetear a Manuel, pero él la cogió por la muñeca y la atrajo hasta que quedaron tan cerca, que pudo percibir el calor que emanaba aquel cuerpo duro y esbelto.
    —Escúcheme, yakáti mou —su boca estaba tan cerca, que Lucero podía sentir el cálido y dulce aliento contra su mejilla—. Usted puede llamarme por mi nombre... Manuel... pero cuando estemos en presencia de otros me tratará con respeto. Y, si obedece mis reglas, cuando llegue el momento de que se vaya será bien recompensada. ¿Comprendido?

    Le odió tanto en ese momento, que hubiera accedido a cualquier cosa sólo para escapar de su amenazante aura de masculinidad.
    — ¡Comprendido! —siseó entre dientes, mientras se daba masaje en la muñeca.

    ¡Maldito! ¡Sus acciones tenían todo el megalómano esplendor de los antiguos dioses! ¡Y todavía se atrevía a ofrecerle una recompensa!
    —Y usted llámeme Lucero —se apresuró a contestar reacia a su dictatorial actitud—. No me llame yatáki mou... que, además, no sé qué significa.

    — ¿Yatáki? —parecía divertido—. Es un gato pequeño.

    — ¿Un cachorrito? —Preguntó incrédula—. ¿Cuya inocencia y suavidad siempre causan ternura? —inquirió con sorna.
    —Parece que aún no ha visto nuestros gatos griegos. Son ligeros y depredadores, con grandes ojos oblicuos y algo más que astucia felina...yatáki mou.

    Lucero sonrió con dulzura ante esa provocación.
    — Gracias por no añadir que «con grandes orejas y bigotes». ¿Tengo ya su permiso para retirarme?

    Lo dijo con sarcasmo, pero Manuel asintió con un ademán que implicaba que lo correcto era solicitar su ausencia para abandonar la habitación. Al mirar su reloj de pulsera, sufrió un súbito cambio en su actitud.
    —Si no le importa compartir la habitación con Chantal una noche, cenaremos hoy en Heraclion y mañana temprano las llevaré a la villa.
    —Lo que usted diga —efectuó un gracioso encogimiento de hombros, y si él captó el deje del comentario, hizo caso omiso—. Oh... Manuel —Lucero hizo una pausa en el umbral.
    Al alzar una ceja, él la indicó que tenía su atención.
    —Su dominio del inglés es notable —expresó Lucero con tono muy suave—. ¡Muy, muy notable!
    —Gracias.
    ¿Habría imaginado aquel gesto de satisfacción ante el gentil cumplido?
    —Tan sólo una cosa más —al estar en posibilidad de irse en cualquier momento, se atrevió a sonreírle—. No sé en Creta, pero en Inglaterra nosotros no tenemos «encuentros eróticos» sino «amoríos».
    La mirada que le dirigió estaba llena de condescendencia, perfecta para acompañar lo que debía ser la última palabra. Pero Manuel Mijares fue demasiado rápido para ella; con tres grandes pasos llegó a su lado y le rodeó la cintura con uno de sus fuertes brazos, mientras la otra mano aprisionaba su orgullosa y desafiante barbilla.
    —Y yo no sé en Inglaterra —dijo con un suave, pero letal énfasis al mirarla a los iracundos ojos—. Pero aquí en Creta... ¡usted no tendrá ninguno de los dos!

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    Re: LA MUJER DE NADIE--- ADAPTADA

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