Spaw's por siempre♥


    capitulo 40

    Comparte

    alelucerina
    Team2
    Team2

    Mensajes : 149
    Fecha de inscripción : 19/05/2013

    capitulo 40

    Mensaje  alelucerina el Mar Ago 13, 2013 10:01 pm

    CAPITULO 40
    Manuel se quedó observándola durante diez segundos con enormes ojos negros llenos de incredulidad.
    -Si tienes que mentir al menos trata de inventarte algo más verosímil y menos melodramático. Helena nunca caería tan bajo.
    Manuel se quedó mirándolo en amargo silencio, atónita ante la seguridad que él mostraba.
    -Realmente te la mereces -dijo en un duro tono-. Y si es tan especial, ¿por qué has estado conmigo?
    Manuel se quedó helado.
    -No voy a discutir sobre Helena contigo, Lucero.
    -¡Es una lástima que a mí no me tengas el mismo respeto que a ella! -soltó Lucero tan ciega por la ira que apenas era capaz de pronunciar palabra.
    Un ligero rubor subió a las mejillas de Manuel, tensas.
    -Lo mínimo que le debía a Helena era una explicación sincera.
    -¡Pero a mí ni siquiera pudiste mencionarme su existencia! ¡Deberías de haberte dado cuenta de que el día del funeral de tu padre yo ni siquiera tenía idea de quién era! -lo condenó Lucero apasionadamente -. Creí sencillamente que era una pariente...
    -Es pariente lejana -concedió Manuel.
    -¡Qué bien! ¡No es de extrañar que no me la presentaras! ¡Qué relación tan enrevesada la vuestra! ¡Si ella hubiera sido una persona más amable hasta podría haberme compadecido de ella por estar tan desesperada por cazarte!
    Manuel posó una mirada dorada y brillante sobre Lucero, una mirada que parecía echar fuego.
    -No voy a seguir escuchando cómo la injurias. No sabes de qué estás hablando.
    -Y si fuera por ti nunca lo sabría, ¿no es eso? -rió Lucero desgarradamente-. Pero ahora ya no importa. Confié en ti. Pensé que eras un hombre libre. Nunca me hubiera relacionado contigo de haber sabido que ella existía.
    -Helena y yo no somos amantes -declaró Manuel serio-. En realidad nunca había hablado de matrimonio con ella hasta anoche. No obstante nuestras familias siempre pensaron que nos casaríamos.
    -¿Y por qué diablos no te casaste con ella cuando te lo dijo tu padre?
    -Me irritaba la presión que él ejercía sobre mí, pero debo señalar que Helena nunca trató de presionarme.
    -Y aquella noche que pasamos juntos... ¿sabías ya entonces que cumplirías ese deseo familiar y te casarías con ella?
    -En el fondo siempre pensé que me casaría con Helena. Por mucho que te duela es una realidad, es cierto y no puedo cambiarlo -aseguró Manuel con énfasis.
    -Pero no fuiste sincero conmigo. No me lo dijiste ni me diste la oportunidad de elegir, y eso no puedo perdonártelo. Además, ahora que lo sé, encuentro irritante que me pidieras que fuera tu amante cuando ni siquiera estabas casado con ella -explicó Lucero con un gesto de repulsión-. ¿Qué sentido tiene casarse con alguien a quien no se es fiel?
    Manuel enlazó ambas manos en un repentino y violento gesto de frustración.
    -Las últimas veinticuatro horas han sido un verdadero infierno para mí, no estoy de humor para soportar mucho más. Te guste o no aquí la víctima es Helena. La he herido en su orgullo y la he fallado, pero de sus labios no ha salido una sola palabra de reproche.
    -Sí, es una mujer muy inteligente, mucho más que yo.
    -Cristo... ¿Cómo puedes ser tan rencorosa? ¡Es contigo con quien me voy a casar!
    Lucero se inclinó para recoger su bolso con manos temblorosas y luego se enderezó y lo miró con ojos vacíos de toda emoción.
    -No me casaría contigo ni en bandeja, Manuel.
    -¡Juro que te estrangularé antes de llevarte al altar! -replicó Manuel mirándola de reojo con una expresión negra.
    -Hablo en serio -contestó Lucero tranquila, atisbando un primer brillo de perplejidad en los ojos de Manuel, que comenzaba a asimilar la información -. Ayer tenía pánico y fui lo suficientemente estúpida como para aceptar tu oferta de matrimonio. Pero tu lealtad está con Helena, no donde debería de estar, y no pienso formar parte de ningún sucio triángulo...
    -¡No seas irracional! -la condenó Manuel.
    -No, soy muy sensata.
    -Pero estás embarazada de mí...
    -Y ésa es la única razón por la que me pediste que me casara contigo... No es suficiente -añadió Lucero pasando por delante de él y caminando hacia el hall.
    -Hay algo más entre tú y yo -gritó Manuel.
    -Puedo arreglármelas sin el sexo -contestó Lucero.
    -¡Vuelve aquí! ¡Esto es ridículo!
    Lu se volvió para mirarlo con el rostro pálido como el mármol.
    -No... lo que es ridículo es que hayamos estado juntos.
    -Lu...
    -Por favor, dame tiempo -insistió ella-. No me llames por teléfono, no te acerques a mí. Quizá, cuando todo esto haya pasado, podamos hablar sobre el niño... ahora mismo no.



    Lucero continuó con su vida normal durante la semana siguiente de un modo automático. Anhelaba y odiaba a Manuel al mismo tiempo, y se sentía por completo apartada del mundo. Él la llamó a diario, pero Lucero llegó incluso a colgar el teléfono sin ni siquiera responder. No confiaba en sí misma, se sentía vulnerable.
    Saber de la existencia de Helena Teriakos la llenaba de celos, de mortificación y de culpa, pero comprender que Manuel confiaba en ella infinitamente más la destrozaba. ¿Acaso Manuel ignoraba sus propios sentimientos? Había rechazado a Helena en una ocasión. ¿No sería irónico que descubriera cuánto la valoraba justo cuando tenía que renunciar a ella?
    Ella nunca hubiera podido ser para Manuel más que una segunda y pobre alternativa, y sin el embarazo él nunca le hubiera ofrecido nada más que una aventura.
    Aquel fin de semana el sobrino de Horace Barry, Joe Barry, la llamó para contarle que su tío tenía un constipado y no iría a la librería. El domingo Lucero fue a ver a Gabriela para explicarle que no volvería a trabajar al edificio Mijares.
    -Haces bien en no volver, Lucero. Algunas chicas están muertas de envidia.
    -Pues si supieran cómo estoy no lo estarían. Todo ha terminado, Gabi. En realidad nunca comenzó.
    -Pues él está que arde, lo está poniendo todo patas arriba. Los ejecutivos de la última planta dicen que está verdaderamente de mal humor...
    -No quiero oír hablar de él, Gabriela, en serio.
    Al llegar a casa le esperaba una sorpresa. El sobrino de su jefe, un pomposo hombre de unos cincuenta años, estaba sentado en la oficina de la trastienda revisando las cuentas. Y, lo que era aún peor, le confesó que en realidad lo que quería era verla a ella.
    Joe Barry le informó a Lucero de que su tío se había retirado y de que él personalmente se haría cargo del negocio. Era lo último que le faltaba.
    -Pero si usted ya tiene un trabajo... -musitó Lucero.
    -Voy a acogerme al retiro anticipado. Pretendo invertir bastante dinero en remodelar todo esto, así que... siento tener que comunicártelo, pero no voy a seguir necesitando tus servicios.
    -¿Cómo dice? -inquirió Lucero casi en un susurro.
    -Que no necesito a ninguna dependienta a jornada completa.
    -¿Pero sabe usted que su tío acordó venderme el negocio? -preguntó de nuevo ella.
    -Mi abogado me ha asegurado que si no hay testigos ni nada escrito es casi imposible que pruebes que eso es cierto.
    -Pero...
    -Mi tío debería de habértelo dicho hace semanas, no puedes culparme a mí de que a él le diera miedo contarte que había un cambio de planes. Es natural que la familia prefiera que el negocio quede en casa. Por supuesto te pagaremos todo lo que te debemos. Te estoy avisando con un mes de antelación... ¡Ah!, y... también esperamos que dejes la casa de arriba. Nunca hicisteis contrato de alquiler, y yo la necesito para otros fines.
    -Me iré mucho antes -contestó Lucero alzando la cabeza, tensa y temblando.
    Tras aquella conversación Joe Barry se marchó. Eran sólo las seis. Lucero se dejó caer sobre un escalón, al pie de las escaleras. Tras cinco años sin apenas vacaciones y un salario ínfimo ése era el trato que recibía. Había demostrado ser una estúpida concibiendo aquellos sueños. Era el momento de hacer nuevos planes. Comenzó a subir las escaleras y justo entonces llamaron a la puerta. Lucero se volvió y vio Pedro Fernandez por el escaparate. No podía creerlo.
    -¡Vamos, Lucero... ábrete, Sésamo!
    -¿Cómo has sabido dónde vivía? -preguntó ella al abrir.
    -Eché un vistazo a los archivos antes de cambiar de trabajo. Llevo años pensando en llamarte, pero ya sabes cómo son estas cosas...
    -¿Demasiadas mujeres y demasiado poco tiempo?
    -Sí, eso es, bueno, no puedo evitar ser tan famoso. No, seré sincero, la verdad es que he estado saliendo con una chica que...
    -Cuenta, cuenta... ¿qué quería?, ¿otra cita?
    -¿Podría... quieres que pase dentro?, hace frío.
    -No lo creo oportuno, Pedro. Te comportaste como un tonto en la Mijares International. He oído decir que te marchaste en circunstancias no muy claras, ¿es eso verdad?
    -¡Por supuesto que no! -la contradijo él sonriendo satisfecho-. He tenido suerte y he conseguido ascender, eso es todo.
    -¿Y sigues estando en ese nuevo trabajo? -inquirió Lucero sin poder resistirse, preguntándose si Manuel tendría razón.
    -¡Claro que no! ¡Me he marchado de allí también! Era una empresa que no me convenía, ya me entiendes. ¿Quieres que demos una vuelta en mi coche?
    -Estoy embarazada, Pedro.
    -¿Que estás... qué? ¡Dios mío!, ¿qué ha ocurrido?
    -Pues...
    -¡Demonios! ¿Y quién es el padre? ¿Dónde está? -Lucero se encogió de hombros-. Ya comprendo. Bueno, bien... quizá vuelva a llamarte... el año que viene o algo así -musitó Pedro-. O quizá nunca. No estoy para niños en esta época de mi vida.
    -Gracias por tu sinceridad -respondió Lucero impotente y divertida, poniéndose de puntillas y besándolo en la mejilla.
    Pedro rió extrañado, bajó la cabeza y, con las manos sobre los hombros de ella, murmuró algo en su oído. Un segundo más tarde algo lo apartó violentamente de Lucero. Ella levantó la cabeza y llegó justo a tiempo de ver a Manuel insultándolo en griego y arrojándolo contra la pared tras darle un puñetazo.
    -¡Ya basta! -gritó Lucero.
    -¡Apártate de ella! -gritó Manuel acorralándolo -. ¿Me oyes? ¡O te apartas de mi mujer o te las verás conmigo!
    -¡Te estás comportando como un salvaje, Manuel! - gritó Lucero.
    Manuel soltó por fin a Pedro con un gesto de desprecio. Luego observó a Lucero con ojos brillantes y llenos de reproches.
    -Y tú pregúntate a ti misma de quién es la culpa. Te he visto besándolo...
    -En la mejilla -se apresuró a decir Pedro tratando de recuperar el aliento-. ¿Sabes? Podrías tener problemas si te acusara de asalto.
    -Haz lo que te dé la gana -replicó Manuel sin prestarle atención.
    -Y más aún si voy a los periódicos a contar cierta historia -musitó Pedro.
    -Tú lo que le mereces es un buen puñetazo por haberte aprovechado de esa información que oíste en la oficina -intervino Lucero por fin.
    -¿Éste es... Pedro Fernandez? -preguntó Manuel tras una pausa, helado.
    Pedro hizo gala entonces de su instinto de supervivencia y desapareció de improviso en su coche. En un minuto se había ido. Lu se estremeció. No podía dejar de mirar a Manuel. Su pelo negro brillaba a la luz de las farolas.

      Fecha y hora actual: Dom Feb 25, 2018 1:36 am