Spaw's por siempre♥


    UN BESO INOLVIDABLE- adaptada

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    alelucerina
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    UN BESO INOLVIDABLE- adaptada

    Mensaje  alelucerina el Dom Ago 11, 2013 7:52 pm

    Argumento:

    Lucero estaba decidida a sacar definitivamente de su mente el recuerdo de Manuel. Habían pasado ya nueve años desde que aquel atractivo amigo de su hermano le había robado el corazón con un beso.
    Pero ya había llegado el momento de poner fin a aquella locura, de dejar de comparar a cada hombre que conocía con Manuel. Había llegado la hora de dejar que algún hombre la amara.
    Justo entonces apareció inesperadamente Manuel, anunciando que había puesto fin a su matrimonio y convirtiéndose en una tentación irresistible para Lucero.

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    capitulo 1

    Mensaje  alelucerina el Lun Ago 12, 2013 12:52 am

    Capítulo 1
    Lucero observó el malhumorado rostro de la joven que estaba sentada frente a ella y sacudió la cabeza con tristeza. ¿Qué se le podía decir a una chica que se sentía como un fenómeno extraño por el mero hecho de tener diecisiete años y ser todavía virgen?
    -Chantal, cariño -le dijo con toda la paciencia que fue capaz de reunir a las cinco menos cinco de un viernes por la tarde-. No es ningún crimen no ser sexualmente activa a tu edad. De hecho, teniendo en cuenta los riesgos que se corren en esta época, diría que es bastante sensato. ¿No puedes esperar por lo menos hasta que termines de estudiar? Te faltan menos de doce meses para gra¬duarte.

    Lo cual era parte del problema, sospechó Lucero. El curso siguiente sería uno de los más agitados de su vida; cuando terminaban los exámenes y llegaba el verano, muchos estudiantes se entregaban a todo tipo de diver¬siones y no era nada raro que en las fiestas de fin de curso entraran en escena el alcohol y las drogas. Muchas chicas perdían la virginidad entonces, pero normalmente no era algo premeditado. La decisión de Chnatal de acos¬tarse con su novio era algo más complicado.

    -Mira, sé que probablemente creas que estás loca¬mente enamorada de ese chico -continuó Lucero-. Pero a tu edad no es normal que el amor dure durante mucho tiempo. Al año que viene, o al siguiente quizá, es probable que estés saliendo con otro chico y después con otro. Si te acuestas con todos...

    -Yo no estoy enamorada de Mauricio -negó Chnatal con expresión desafiante-. Sólo quiero saber lo que se siente, eso es todo. Le está dando demasiada importancia a algo que todo el mundo hace.
    -¡No todo el mundo lo hace! -repuso Lucero sintiendo que el rubor le teñía las mejillas y esperando que Chnatal lo interpretara como un síntoma de indignación.
    -Para usted es muy fácil decirlo. Estoy segura de que ya sabe cómo es. Seguro que ha tenido millones de novios.

    Lucero sentía su rostro arder.
    -Mira, jovencita, quiero que te des cuenta de una cosa: mis novios son asunto mío. De lo que estamos hablando aquí es de tu vida sexual, no de la mía. Además, sucede que yo tengo veinticuatro años, no diecisiete, y cuando tenía tu edad, también era virgen.

    «Y continúas siéndolo», le señaló una indiscreta voce¬cilla interior.
    -Como consejera escolar -la sermoneó-, lo que te aconsejo es que por lo menos esperes a tener una relación más estable antes de dar ese paso. Hacer el amor no debería ser un experimento, sobre todo la primera vez. Debe de ser una experiencia muy especial entre dos per¬sonas que realmente se importan, algo que más adelante merezca la pena recordar y de lo que nadie deba arre-pentirse -a medida que iba hablando, se iba dando cuen¬ta de que no estaba consiguiendo que Chantal la com¬prendiera.

    -Mariana me dijo que me comprenderías -se quejó la joven sin mirarla siquiera a los ojos-. Me dijo que me ayudarías igual que la habías ayudado a ella.
    -El caso de Mariana era completamente diferente -musitó Lucero, sintiendo que aquella vez había fraca¬sado. En privado podía permitirse el lujo de ser una romántica idealista, pero en su trabajo tenía la obligación de ser una persona con los pies en la tierra.

    Como consejera de Chantal, tenía la responsabilidad de cuidar de su salud física y mental y ambas cosas iban íntimamente unidas. Con tristeza, abrió el último cajón de su escritorio y sacó un par de preservativos; siempre tenía alguno para poder ayudar de alguna manera a las jóvenes que llegaban con una actitud similar a la de Chantal.
    -Te los doy sin ninguna gana, y sólo porque te veo completamente decidida a hacerlo. No puedo hacer nada para prohibírtelo o hacerte cambiar de idea, pero quiero que al menos utilices alguna forma de protección. Nor¬malmente, los chicos no ponen excesivos cuidados cuan¬do una chica se acuesta con ellos sin que medie el amor en esa relación-terminó disgustada.
    Chantal se sonrojó.
    -No me había dado cuenta de que era usted una per¬sona tan anticuada -murmuró-- Manriana me dijo que era una persona moderna, que se le podía contar cual¬quier cosa.
    -¿Y te parece moderno ser promiscuo?
    -No, pero creo que es *beep* no saber nada de sexo.
    Lucero se tensó.
    Chantal se levantó y se dirigió hacia la puerta, pero antes de marcharse, miró a Lucero por encima del hom¬bro.
    -Usted... no se lo dirá a mis padres, ¿verdad?
    -No, ya tienes edad legal para hacer lo que quieras.
    La joven estudiante le sonrió.
    -Gracias. Le prometo pensar en todo lo que me ha dicho. Nos veremos el lunes que viene -y desapareció por la puerta.
    Lucero permaneció sentada en su escritorio durante algunos minutos, mordisqueándose el labio y preguntán¬dose si Chantal tendría razón. Quizá fuera una anticuada, una romántica incurable con excesivos recelos.
    ¿Sería una estupidez por su parte estar esperando a que llegara el hombre ideal para hacer el amor? Quizá fuera una ingenuidad desear ver las estrellas y escuchar música de violines cuando un hombre la besara antes de dar cualquier otro paso. Quizá fuera absurdo creer que, llegado el momento de acostarse con alguien, ni siquiera tendría que tomar la decisión de hacerlo, pues estaría tan ciegamente enamorada, que todo sucedería de la forma más natural.
    -Si, sí y sí -le contestó su compañera de piso a las tres preguntas mientras se dirigían a su casa aquella tarde.
    Pero Lucero no estaba tan convencida. Angélica tenía ya treinta años y sus teorías sobre los hombres y el amor eran terriblemente cínicas. Angélica era profesora de matemáticas y ciencias en el mismo colegio en el que Lucero trabajaba como consejera escolar; era una mujer notablemente atractiva, pero su inteligencia e ingenio asustaban a la mayor parte de los hombres.
    Llevaban trabajando juntas cerca de un año, pero el piso lo compartían solamente desde hacía un par de meses y aquella era la primera vez que Lucero le planteaba a Angélica algún asunto relacionado con su vida personal; ésta aceptó la noticia sobre su falta de experiencia sin mostrar ningún tipo de sorpresa, pero el consejo que le dio fue inconfundiblemente mordaz.
    -Por el amor de Dios, lo que tienes que hacer es salir a la calle y acostarte con alguien antes de que sea demasiado tarde. ¿Cómo les vas a aconsejar a todas esas adolescentes que están en plena ebullición amorosa si tú no tienes ninguna experiencia sobre el tema? Como sigas esperando al hombre ideal, corres el riesgo de morir¬ siendo virgen. Francamente, no puedo comprender que una chica con tu aspecto no haya tenido que quitarse a los hombres de encima durante la adolescencia.
    -No he dicho que ninguno lo haya intentado...
    -¿Y no hubo ninguno que te gustara? -preguntó Angélica con escepticismo.
    A Lucero la asaltó inmediatamente el recuerdo de un joven de ojos azules, dientes blancos, pelo alborotado y piel bronceada.
    -Sí, hubo uno -admitió.
    -¿Sólo uno?
    -Créeme, después de Manuel, no he conocido a ningún hombre que estuviera a su altura -contestó Lucero, son¬riendo con pesar.
    Y ese había sido su problema, pensó con un suspiro. Cuando se había probado la ambrosia, nadie se confor¬maba con un simple pedazo de pan. Lucero siempre se había dicho a sí misma que su rechazo al sexo se debía a una conferencia que había escuchado, estando en la universidad, de un enfermo de SIDA. Pero tenía que admitir que eso no era cierto. Lo que le había ocurrido era que, inconscientemente, comparaba a todos los hom¬bres que conocía con Manuel Mijares.
    -Debía de ser un tipo fascinante -comentó Angélica.
    -Fascinante -repitió Lucero pensativa-. Sí, podría decirse que lo era, entre otras muchas cosas.
    -Háblame de él. Me estoy muriendo de curiosidad.
    Lucero frunció el ceño al darse cuenta de que los pen¬samientos sobre Manuel habían estado ocupando su mente durante las últimas semanas. Principalmente porque aquella noche su hermano celebraba una fiesta con motivo de su cumpleaños y estaba obligada a asistir. Y todo lo relacionado con Antonio le recordaba siempre a Manuel.
    En realidad, su hermano ya no tenía ningún contacto con él. Su estrecha amistad había dejado de ser lo mismo desde que Mnauel se había casado cuatro años atrás y se había ido a vivir a Melbourne. Su contacto se había reducido al intercambio de una postal por Navidad.
    Nunca habían tenido demasiadas cosas en común, sal¬vo que estudiaban la misma carrera y en la misma uni¬versidad. De hecho Lucero nunca había comprendido qué había visto Manuel en Antonio, y viceversa. Cada uno procedía de un mundo completamente diferente y tenían una per¬sonalidad que no se parecía en nada a la del otro.
    Quizá hubiera sido el típico caso de atracción de los contrarios. O quizá Manuel encontrara divertido tener como amigo a un joven sencillo al que poder impresionar con su sofisticación y su riqueza. De la misma forma que debía haberle parecido divertido impresionar a la hermana de su amigo durante un fatídico verano nueve años atrás...

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    capitulo 2

    Mensaje  alelucerina el Lun Ago 12, 2013 12:53 am

    Capítulo 2
    Lucero esperaba con impaciencia la llegada de su hermano con aquel amigo que prometía ser tan excitante sentada en el último escalón del porche. Antonio le había dicho en su última carta que saldrían de Sidney justo después del desayuno, pero aun así, tenía por lo menos cinco horas y media de viaje. Todavía eran las doce menos diez, de modo que probablemente no llegarían hasta dentro de una hora.
    Pero Lucero se sentía incapaz de hacer cualquier otra cosa, así que se quedó donde estaba, observando nerviosa la carretera del valle.
    Por millonésima vez durante la mañana, se preguntó qué aspecto tendría Manuel. Según Antonio, tenía un aspecto inmejorable, pero los gustos de Lucero diferían tanto de los de su hermano como su propia apariencia.
    Antonio habla heredado los rasgos de su madre, una mujer pequeña de pelo oscuro y ojos marrones y una clara ten¬dencia a engordar. Lucero, sin embargo, era la versión femenina de su padre, un hombre alto, de tipo atlético con el pelo castaño y unos enormes ojos verdes.
    Sus personalidades también eran muy distintas. Mien¬tras que Antonio se aburría con facilidad y necesitaba acti¬vidades excitantes y estar acompañado la mayor parte del tiempo, Lucero era una persona mucho más tranquila, que guardaba celosamente su intimidad. Disfrutaba estando sola, yendo a montar a caballo o acurrucándose en la cama para escribir poesías o leer algún libro. Pre-fería pensar a hablar, y su hermano, sin embargo y al igual que su madre, era capaz de hablar hasta debajo del agua.
    Una nube de polvo en la distancia hizo que Lucero se levantara de un salto y se llevara la mano a los ojos para mirar la carretera. Pronto, descubrió que se estaba acercando un coche a la misma velocidad que empezaba a latir su corazón.
    Eran Antonio y su amigo. Estaba segura.
    En algún rincón de su mente, Lucero era consciente de que estaba comportándose de una forma muy poco habitual en ella. Jamás se había puesto tan nerviosa por ningún hombre, y mucho menos por uno al que ni siquie¬ra conocía.
    Nunca habla sido una de esas jovencitas que se volvían locas por los hombres. Sus compañeras de clase pensaban que era por timidez y ella había dejado que lo creyeran.
    Lucero sabía que no era una persona tímida; era, sim¬plemente, reservada. Le gustaba conservar un espacio personal y odiaba sentirse agobiada o acosada. Las exce¬sivas atenciones de algunos hombres a veces la inco¬modaban y enfadaban. Encontraba a la mayor parte de sus compañeros de estudios excesivamente infantiles, rui¬dosos e irritantes. La verdad era que el hecho de que su padre le hubiera prohibido tener novio hasta que no cumpliera dieciséis años, para ella había supuesto un ali¬vio. Era la excusa perfecta para rechazar las invitaciones que recibía de sus admiradores.
    Y había tenido muchos, pues siempre había sido una chica muy atractiva, a pesar de que no hacía nada para realzar su aspecto o aparentar más edad, como habitua¬ban a hacer sus compañeras. Jamás se maquillaba, llevaba el pelo recogido en una sencilla cola de caballo y era la mujer más feliz del mundo con unos vaqueros o unos pantalones cortos y cualquiera de las camisas de su padre.
    Aquel día no era diferente. Tenía demasiado sentido común para intentar gustar o seducir a alguien como el amigo que Antonio llevaba desde Sydney. Al parecer, tenía veintidós años, sólo uno más que Antonio y seguramente no se le ocurriría prestar atención a una quinceañera. Además, por lo que le había contado su hermano, era un chico muy rico, el hijo único de una de las familias más adineradas de Sydney.
    Quizá fuera el último factor el que lo convertía en alguien tan fascinante a los ojos de Lucero. Ella nunca había conocido a nadie verdaderamente rico, y las cosas que su hermano le habla contado sobre la casa de Manuel y su estilo de vida le parecían increíbles, no tenían nada que ver con la vida que llevaban ellos en el campo.
    A Lucero le había impresionado especialmente ente¬rarse de que antes de empezar la universidad, Manuel había tenido que hacer un viaje alrededor del mundo.
    Antonio y él no se habían hecho amigos hasta el último año de carrera, y la joven estaba segura de que en cuanto terminaran los estudios sus vidas tomarían rumbos muy diferentes. Al año siguiente, Antonio tendría que asumir ya su vida como adulto y conseguir un trabajo, mientras que Manuel se convertiría inmediatamente en un impor¬tante ejecutivo de cualquiera de las empresas de su fami¬lia.
    Mijares Industries era una compañía que trabajaba en multitud de ramas, desde la alimentación hasta el mobiliario, pasando por los plásticos y las minas.
    Al parecer, Manuel se había ofrecido a buscarle a Antonio un trabajo, pero éste lo había rechazado. Lucero se había sentido orgullosa de su hermano al enterarse, además, estaba convencida de que Antonio tenía inteligencia y energía suficiente para triunfar en cualquier cosa que se pro¬pusiera.
    Oyó la puerta de la casa y se volvió. Era su madre que se salía secándoselas manos en el delantal que llevaba atado a su ancha cintura. Aunque todavía no había cum¬plido cuarenta años, el amor por la comida había con¬seguido dar a Luz Hogaza el aspecto de una verdadera matrona.
    Pero a Luz no le preocupaban los problemas de peso. En realidad, había muy pocas cosas que le preocuparan, era una persona muy tolerante a la que resultaba muy sencillo agradar y a la que era imposible no querer. El único defecto que tenía era que en algunas ocasiones era un poco brusca con los demás. No era una mujer ruda, pero el tacto tampoco era su fuerte. Aun así, todo el mundo la adoraba, especialmente su marido.
    Antonio Hogaza era un hombre muy atractivo que podría haberse casado con cualquier mujer que hubiera escogido. Y al final lo había hecho con Luz, una mujer bajita, rellenita y con aspecto vulgar.
    En realidad a Luz jamás la había sorprendido. Había aceptado el amor de Antonio como algo merecido y lo había querido a él con toda su alma. Veintidós años des¬pués, todavía se adoraban.
    -¿Has oído un coche? -le preguntó Luz esperan¬zada.
    -Sí, parece que viene volando -contestó Lucero.
    Su madre se adelantó un poco y sonrió.
    -Estoy segura de que es mi Toño el que viene con¬duciendo. Cuando se pone al volante de un coche, es como un niño travieso. Espero que su padre esté todavía en el río y no lo vea.
    En ese momento, vieron aparecer el coche, un depor¬tivo rojo y reluciente. Al oír el motor, los perros, de una curiosa mezcla de razas y colores, salieron disparados de su caseta y se pusieron a ladrar con fuerza.
    -¡Betsie, Fang, Max! -los llamó Luz-. ¡Dejad de alborotar y meteos en la caseta antes de que os atropellen!
    En el momento en el que el Mercedes rojo frenaba con un fuerte chirrido de frenos delante de las escaleras del porche, los tres ya habían desaparecido.
    Lucero advirtió inmediatamente que, aunque el coche no era suyo, era su hermano el que iba detrás del volante. Antonio sacudió sonriente la cabeza y miró el reloj.
    -¡Hemos llegado antes del mediodía, todavía faltan treinta segundos! -exclamó excitado, y se volvió hacia su compañero con una presuntuosa sonrisa-. Me debes veinte dólares.
    El sonido de una risa hizo que Lucero desviara la mira¬da hacia el amigo de su hermano, y en cuanto lo vio, sintió que dejaba de latirle el corazón. Mientras lo obser¬vaba, Manuel volvió lentamente la cabeza y se pasó la mano por el pelo; a continuación, alzó su rostro perfecto y posó sobre ella sus maravillosos ojos azules. Estaba sonriendo y, al hacerlo, mostraba una línea de dientes increíblemente blancos y un gracioso hoyuelo en la meji¬lla.
    -Hola -dijo-, soy Manuel.
    -Hola, mamá -saludó Antonio-. Espero que no haya¬mos asustado demasiado a los perros.
    -Si, yo también siento todo este alboroto, señora Hogaza -se disculpó el amigo de Antonio, manteniendo toda¬vía su abrumadora sonrisa-. Su hijo es capaz de cometer cualquier locura con tal de ganar una apuesta.
    -En eso tienes toda la razón, jovencito -le contestó Luz-. Conozco las debilidades de Antonio tan bien como sus virtudes. Y al parecer una de las últimas es la de saber escoger a sus amigos.
    -Por el amor de Dios, mamá -gruñó Antonio-, no lo halagues. Ya es demasiado engreído.
    -En mi casa tengo derecho a alabar a quien me ape¬tezca, mocoso descarado -respondió Luz, fingiéndose enfadada-. Ahora, sal de ese lujoso coche, ven aquí y dale un abrazo a tu madre. Y tú también, jovencito. Me encanta que me abracen.
    -Eso está hecho -rió Manuel, y con un movimiento sorprendentemente atlético, salió del descapotable sin abrir la puerta.
    Desde su asiento, Lucero tenía una vista excelente de aquel cuerpo enfundado en unos vaqueros estrechos y una camiseta que se ajustaba a sus músculos corno una segunda piel. Y cuando Manuel subió los tres escalones del porche, pudo contemplarlo mucho mejor.

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    capitulo 3

    Mensaje  alelucerina el Lun Ago 12, 2013 12:55 am

    CAPITULO 3
    Para cuando Antonio salió del coche, Manuel ya había sido suficientemente abrazado por Luz y se había vuelto hacia Lucero.
    -No me digas que tú eres la hermana pequeña de Antonio -comentó arrastrando las palabras y mirándola de una forma que estaba haciendo peligrar el joven corazón de Lucero. Si minutos antes se le había parado, en ese momento se puso a latir a una velocidad inaudita.
    -¿Puedo abrazarte también a ti? - preguntó suave¬mente, y sin esperar a que le diera permiso, la rodeó con los brazos y la estrechó contra él.
    Cuando superó la primera impresión, Lucero cerró los ojos, disfrutando al sentir la firmeza de aquel abrazo en cada poro de su piel. Era una experiencia que no se parecía a nada de lo que hasta entonces había vivido. Sentía arder su rostro y las piernas parecían tener dificultades para sostenerla.
    Temiendo desmayarse entre sus brazos, intentó apar¬tarse, pero entonces, Manuel la estrechó más decididamen¬te contra él, haciéndola violentamente consciente de las diferencias entre un hombre y una mujer. Sus senos se aplastaban contra su pecho ancho y duro y sentía una vaga presión debajo del abdomen.
    -Ahora déjala que se vaya -dijo Antonio, palmeándole a Manuel en el hombro-. Y espero que no se te ocurra ninguna idea extraña en la que incluyas a mi hermana. Sólo tiene quince años.
    Manuel se separó ligeramente de ella, apoyó las manos en sus caderas y la observó con atención.
    -Parece mayor -dijo con una voz grave que hizo estremecerse a Lucero.
    -¿Quién, Lucero? -preguntó Antonio con escepticismo.
    -Mide casi uno setenta -dijo su madre con orgullo-. Ha salido a su padre. Sin embargo Toñito -añadió albo¬rotando cariñosamente el pelo a su hijo-, ha salido a mí.
    -Mamá, ya basta -protestó Antonio-. Y deja de llamar¬me Toñito. Sabes que lo odio.
    -Antes de que cumplieras dieciocho años, te encan¬taba, muchacho. No dejes que la vida de la ciudad te haga darte demasiada importancia, Antonio, siempre has sido un chico sencillo. ¿No tendrás algo que ver tú con esos aires de grandeza, ¿eh Manuel?
    Por fin, Manuel apartó las manos de las caderas de Lucero. Esta hizo todo lo que pudo por recuperar la com¬postura, pero era consciente de que estaba completamen¬te roja.
    -No, señora Hogaza -contestó Manuel, desviando la mirada del rostro de Lucero.
    -Sí, no creo que tengas nada que ver. Pareces un chico estupendo, a pesar de que procedas de una familia podrida de dinero.
    -¡Mamá!-gimió Antonio.
    -Bueno, todo el mundo sabe que la gente de dinero mima demasiado a sus hijos. Así que el hecho de que Manuel sea tan buen muchacho habla muy bien acerca de sus padres. ¿A dónde se habian ido, Manuel?
    -Creo que a Europa, señora Hogaza.
    -¿No lo sabes? -preguntó Luz, totalmente descon¬certada.
    -No les gusta sentirse atados a un calendario -res¬pondió Manuel, encogiéndose de hombros-. Prefieren dejarse llevar por el curso de los acontecimientos.
    -No me parece la mejor época para marcharse, justo antes de Navidad -susurró Luz con el ceño fruncido.
    Lucero estaba totalmente de acuerdo con ella. La Navi¬dad había que pasarla en familia.
    -Pero no te preocupes -continuó Luz, agarrando a Manuel del brazo y dirigiéndole una enorme sonrisa-. Nosotros te cuidaremos, ¿verdad, Lucero?
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    Re: UN BESO INOLVIDABLE- adaptada

    Mensaje  Bryta el Mar Ago 13, 2013 12:32 am

    Me gusta, muy buena, Seguilaa xDDDD

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    capitulo 4

    Mensaje  alelucerina el Miér Ago 14, 2013 7:32 pm

    CAPITULO 4
    Angélica soltó una risa ahogada.
    -Estoy segura de que tu madre no le habría hecho aquella oferta si hubiera sabido de qué manera quería su invitado que lo cuidara su hija. ¿Y qué sucedió enton¬ces? ¿Cuánto tiempo tardó en insinuársete? ¿Y cómo con¬seguiste resistirte a él? Por lo que has contado, debía de ser un hombre maravilloso.
    Lucero suspiró y disminuyó la velocidad del coche al ver que se acercaban a un semáforo en rojo.
    -No se me insinuó. Ni una sola vez, y eso que estuvo con nosotros durante la mayor parte del verano, justo hasta finales de enero.
    -¡No me lo puedo creer! Era evidente que le gus¬tabas...
    -Sí, yo también lo pensaba. Y yo estaba perdidamente enamorada de él. Lo seguía por todas partes, buscaba cualquier excusa para estar donde quiera que él estuviera.
    -¿Y a tu hermano no le molestaba que su hermana pequeña fuera siempre detrás de él?
    -No, en nuestra familia siempre hemos hecho las cosas juntos. Antonio y mi padre pasaron la mayor parte del verano enseñando a Manuel muchas de las cosas que es necesario aprender en el campo: a montar, a disparar, a trabajar la tierra... Al final de su estancia, Manuel ya era capaz de dar a una lata de cerveza a una buena dis¬tancia. Para mí, era normal ayudarlo. Además, yo era la única persona suficientemente *beep* como para dedicarse a colocar o sostener postes y latas vacías durante horas.
    El semáforo cambió de color y Lucero pisó el ace¬lerador.
    -¿Sabia tu familia que estabas chiflada por él?
    -No creo. Como te he contado antes, yo siempre he sido una persona muy reservada. Estoy segura de que ni mi padre ni Antonio sabían nada. Creo que quizá podría haber sospechado algo mi madre, aunque con su carácter, estoy segura de que me lo habría dicho. Pero es posible que fuera suficientemente inteligente como para darse cuenta de que si hubiera hecho algún comentario, me habría puesto mucho peor.
    -Pero Manuel sí lo sabía, ¿no?
    -Sí, Manuel sí lo sabía.
    -¿Y él qué sentía por ti?
    Lucero se encogió de hombros.
    -¿Quién sabe? Yo pensaba que le importaba. A mí él me encantaba y creo que, como tú has apuntado, él se sentía atraído hacia a mí, pero en un plano totalmente superficial. Al fin y al cabo, yo sólo tenía quince años. Por supuesto, yo todas las noches me dedicaba a fantasear y a decirme que Manuel estaba loco por mí. Rellenaba páginas y páginas de poesías apasionadas y buscaba algún significado oculto en sus gestos cada vez que me prestaba la menor atención. Cada una de sus miradas era una señal inequívoca de su amor, y en todas las conversaciones que compartíamos, creía entrever mensajes secretos.
    Lucero rió suavemente.
    -En mi familia, teníamos la costumbre de reunirnos todas las noches en el porche, a mirar las estrellas y a hablar. En algunas ocasiones, Manuel y yo éramos los últi¬mos en irnos a la cama. No puedes imaginarte lo que era para mí quedarme a solas con él. Es impresionante la cantidad de sueños románticos que puede llegar a tejer una adolescente alrededor de una vana conversación.
    -¿De qué hablabais?
    -De nada importante, de cosas generales. Libros, música, poesía... Al mirar atrás, tengo la sensación de que Manuel se burlaba de mí cuando decía que mis gustos y opiniones le parecían increíblemente adultos y sensatos.
    -Quizá no, Lu -repuso su compañera de piso--. Eres una mujer muy profunda y sensible, posiblemente hasta demasiado. Te imagino perfectamente a los quince años. Debías de ser tan hermosa como intensa. Quizá Manuel no se te insinuó porque lo asustaba la fuerza de tus senti¬mientos.
    -Bueno, no sé si fue esa la razón. La verdad es que ni siquiera tuvo que tomarse la molestia de insinuarme nada porque yo le confesé mis sentimientos.
    -¿De verdad? ¡Dios mío! Cuéntame cómo ocurrió.
    -Fue la noche anterior a que se fuera a Sydney, nos habíamos quedado él y yo solos en el porche.
    -¿Y cómo demonios lo hiciste?

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    capitulo 5

    Mensaje  alelucerina el Miér Ago 14, 2013 7:33 pm

    Capítulo 5
    «MARCHAOS a la cama», deseaba Lucero deses¬peradamente. «Por favor, marchaos ya. Manuel se va mañana, ¿es que no lo entendéis? Necesito quedarme a solas con él».
    Lucero se llevó la impresión de su vida cuando, acabado de formular aquel pensamiento, su madre se levantó y anunció su intención de retirarse. Su padre la siguió casi inmediatamente y, a los cinco minutos, Antonio se había ido también a su habitación.
    Agradeciendo al cielo aquel favor, Lucero se apartó de donde estaba para sentarse en uno de los escalones al lado de Manuel.
    Éste llevaba puestos unos pantalones cortos y una camiseta y Lucero iba vestida de forma similar. Había sido un día muy caluroso y, aunque lentamente, estaba empezando a refrescar. Por supuesto, Lucero no sentía ningún frío: estar sentada al lado de Manuel era la mejor forma de combatirlo.
    Se quedó mirando sus musculosas piernas, morenas tras haber pasado allí el verano. Observó que su propio muslo estaba a sólo unos centímetros del de él. Bastarla que se moviera un poco para que se rozaran, pero sabía que no era capaz de tamaña audacia.
    -En Sydney es imposible disfrutar de una noche como ésta -susurró Manuel, moviéndose de tal manera que sus muslos se rozaron.
    Lucero subió bruscamente las piernas a un escalón más alto y apretó las rodillas con fuerza, para impedir que le temblaran.
    -No... No sé -dijo con voz trémula.
    -Tu madre me ha dicho que cuando termines el cole¬gio vas a ir a Sydney a estudiar.
    -Eso espero. Si de aquí a tres años no tenemos que enfrentarnos a ninguna sequía ni a ninguna inundación, supongo que podré ir.
    Manuel frunció el ceño, como si jamás se le hubiera ocurrido pensar que la economía familiar pudiera depen¬der del tiempo.
    -Si sucediera algo parecido, yo te pagaré los estudios.
    -¡No puedes hacer eso! -exclamó Lucero, a pesar de que su oferta habla conseguido emocionarla-. Los Hogaza siempre se han mantenido a sí mismos. Manuel suspiró.
    -Ya he podido comprobarlo con Antonio. Pero, maldita sea Lucero, tienes que venir a Sydney.
    -¿Sí? -lo miró a los ojos y pensó que se le iba a desbordar el corazón. Manuel sentía lo mismo que ella, se dijo aturdida. Pero no se atrevía a confesarlo porque pensaba que era demasiado pequeña. Aquella era una forma de decirle que la esperaría.
    -Aunque no estoy seguro de que me guste que vayas a la universidad de Sydney -continuó Manuel, pero Lucero ya no oía nada más. Estaba atrapada por los hermosos ojos de Manuel, pensando en lo maravilloso que era y en cuánto deseaba besarlo. De hecho, se decía que podría morirse si Manuel volvía a Sydney sin haberla besado.
    -¿Qué te gustaría estudiar?
    -¿Qué? Ah... Er... bueno... si consigo nota suficiente psicología. Si no, me gustaría hacer trabajo social. Quiero trabajar con la gente, ayudar a resolver los problemas de los demás.
    -Es una aspiración muy alta, pero me parece fan¬tástico que quieras intentarlo. Y dime, ¿cuál crees que es ahora mismo el principal problema que tiene la socie¬dad?
    -Hay demasiados problemas para situar a ninguno de ellos en primer lugar. Mira, probablemente sea dema¬siado simplista, pero creo que si la gente viviera de una forma más sencilla, sería también más feliz. El mundo occidental se está alejando demasiado de los valores fami¬liares. Me gustaría animar a la gente a tomarse más en serio el matrimonio y las obligaciones hacia sus hijos, que se dieran cuenta del tiempo que lleva hacer las cosas bien.
    -¿Y tú quieres casarte y tener tus propios hijos? ¿O prefieres dedicarte a trabajar?
    -No sé por qué no voy a poder hacer ambas cosas. Aunque creo que mi trabajo estaría en un segundo plano. Mi marido y mis hijos siempre serían lo primero para mí.
    -Mmm, voy a tener que vigilarte de cerca cuando vayas a Sydney, o algún canalla va a llevarte al altar antes de que puedas decir esta boca es mía.
    -No... no tienes que preocuparte de que eso ocurra, Manuel. Sólo hay un hombre en mi vida, y sé que jamás habrá otro -después de haberse aventurado hasta ese punto, volvió la cabeza y lo miró a los ojos.
    En los ojos de Manuel, brilló un relámpago de sorpresa, antes de que bajara lentamente la mirada para detenerla en los labios entreabiertos de Lucero y descender después hasta la suave curva de sus senos.
    De pronto, Lucero comprendió lo que era sentirse deseada por un hombre. Su cuerpo respondía, temblaba a pesar del calor que de pronto la inundó.
    -Sólo tienes quince años -dijo Manuel bruscamente, como si estuviera recordándoselo a sí mismo.
    -No voy a tenerlos eternamente -respondió Lucero, casi sin aliento.
    -Es cierto..., pero cuando crezcas, es posible que cam¬bies de idea, que ya no quieras al mismo hombre.
    -No, no cambiaré -contestó ella con firmeza-. Mi madre dice que soy la persona más cabezota que ha cono¬cido jamás. Dentro de tres años sentiré por ti lo mismo que siento ahora.
    Manuel sacudió la cabeza, aturdido y preocupado por aquella situación.
    -Espérame aquí -susurró Lucero, se levantó de un salto, corrió hasta su dormitorio y volvió rápidamente-. Escribí esto la semana que llegaste --le dijo, y le pasó una hoja de papel.
    Manuel leyó el poema en un silencio absoluto. Cuando terminó, lo dejó en el escalón en el que estaban sentados y sacudió de nuevo la cabeza.
    Por un momento, Lucero pensó que acababa de quedar como una completa *beep*, pero entonces, Manuel levantó la mirada y Lucero comprendió que tenía razón: Manuel sentía lo mismo que ella.
    -Lu. Mi tierna Lu -susurró, y le acarició sua¬vemente la cara.
    Lucero sentía sus dedos como si fueran fuego en su rostro, un fuego tan intenso como el que estaba con¬sumiendo el resto de su cuerpo, y entonces dijo sin pensar:
    -Bésame, Manu, bésame...

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    Re: UN BESO INOLVIDABLE- adaptada

    Mensaje  Bryta el Miér Ago 14, 2013 9:26 pm

    azaahsdbg y luego?, bessala besala mucho(8)
    seguila wea!

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    capitulo 6

    Mensaje  alelucerina el Vie Ago 16, 2013 5:30 pm

    CAPITULO 6
    -¡No puedes dejarme así! -se lamentó Angélica al ver que su amiga se sumía en un silencio total. Para enton¬ces, ya habían llegado al edificio en el que vivían y, des¬pués de haber dejado el coche en el garaje subterráneo, estaban subiendo a su piso-. ¿Qué sucedió? -insistió.
    Cuando recuperó la compostura, Lucero miró a Angélica y sonrió con ironía. A pesar de la dura imagen que proyectaba, Angélica era una romántica en el fondo.
    -No mucho más. Manuel me besó, pero la verdad es que fue un beso bastante fugaz.
    -No pudo ser tan fugaz si todavía lo recuerdas y si desde entonces no has querido saber nada de ningún otro hombre.
    -Yo no he dicho que no haya querido saber nada de ningún hombre -le explicó Lucero-. Simplemente he estado esperando a que alguno de ellos fuera capaz de hacerme sentir con un beso lo mismo que sentí con Manuel. Pero por ahora con nadie se ha repetido aquella química tan especial.
    -¿Y qué tuvo de especial aquel beso de Manuel?
    -No creo que el beso en sí tuviera nada de especial. Lo que fue especial fue cómo me hizo sentirme.
    -¿Y cómo te sentiste?
    Lucero se detuvo frente a la puerta de su apartamento; el corazón le latía con fuerza al recordarlo. Metió la llave en la cerradura, pero no la giró. La mano pareció para¬lizársele a medida que las palabras iban brotando dolo¬rosamente de lo más profundo de su ser.
    -Fue como si el mundo se hubiera salido repenti¬namente de su eje, como si me hubiera muerto y hubiera llegado al cielo...
    Era una locura, pero después de tantos años, todavía podía sentir sus brazos de acero alrededor de ella, el efec¬to embriagador de sus labios sobre los suyos y el estre¬mecimiento que la había recorrido de pies a cabeza cuan¬do Manuel había introducido la lengua entre sus labios entreabiertos.
    Pero habían sido las palabras que Manuel había dicho a continuación lo que más huella le había dejado.
    -Te escribiré -le había dicho-. Y cuando tengas años suficientes, estaremos juntos. Te lo prometo.
    Y quizá lo pretendía así en ese momento. Después de tantos años, podía concederle al menos el beneficio de la duda. Pero eso no evitaba las consecuencias que había tenido para ella el que hubiera hecho una promesa que, él mismo debería haberlo sospechado, no podría cumplir, condenándola a sufrir una nostalgia insuperable durante años. De alguna manera, aquel beso había arrui¬nado su vida.
    -¡Caramba, Lucero! Estabas completamente enamo¬rada, ¿verdad? ¿Y qué ha sido de él? ¿Dónde está ahora?
    Lucero volvió precipitadamente a la realidad, poster¬gando aquellos dolorosos recuerdos al último rincón de su memoria.
    -Felizmente casado con una mujer rica y hermosa -dijo con aparente calma-. Viven en Melbourne.
    -¿Y qué decía aquel poema? ¿Todavía te acuerdas?
    Por supuesto que lo recordaba; se acordaba de todas y cada una de aquellas humillantes palabras.
    -La verdad es que no. Era una de esas típicas tonterías sentimentales. Lo mejor que se podía hacer con él era olvidarlo.
    -Presumo que no volvió a ponerse en contacto con¬tigo cuando se fue -dijo Angélica secamente-. Ni cartas ni nada.
    Lucero le dirigió a su amiga una mirada cargada de cinismo mientras giraba la llave y empujaba la puerta.
    -Sólo les escribió a mis padres una educada carta dándoles las gracias por haberlo acogido en su casa.
    -El muy canalla. Aunque supongo que era de esperar. Él no pertenecía a tu mundo.
    Cinco minutos más tarde, estaban las dos sentadas a la mesa de la cocina, saboreando sendas tazas de café.
    Lucero permanecía en silencio, pensando preocupada en su conversación con Chantal.
    -¿Lo has vuelto a ver después de aquel verano?
    -Sí, alguna que otra vez.
    -¿Dónde? ¿Cuándo? -la urgió Angélica.
    -La primera vez fue a los pocos meses, en la cere¬monia de graduación de Antonio. Fuimos toda la familia a Sydney para celebrarlo.
    -¿Y?
    -Fue educado conmigo, pero se mantuvo muy dis¬tante. Y, por supuesto, llevaba a una pelirroja muy atrac¬tiva colgada del brazo en todo momento.
    -Supongo que te sentiste fatal.
    -Estaba totalmente destrozada. Hasta aquel momen¬to, intenté disculparlo, diciéndome que había muchas per¬sonas a las que no les resultaba nada fácil escribir cartas. Pensaba que cuando nos viéramos todo volvería a ser maravilloso, que él se daría cuenta de que estaba cre¬ciendo muy rápidamente, para entonces ya había cum¬plido dieciséis años, y que me diría que seguía esperán¬dome -sonrió con pesar-. Tonta de mí. Pero fue Antonio el que puso fin a mis esperanzas al contarme que Manuel había sido elegido Súper estudiante del año en la fiesta que habían celebrado en su facultad el día anterior. Al parecer, había tenido más novias durante aquellos tres años que días hay en un año. La pelirroja era la última, la había conocido en esa misma fiesta, y Antonio ya estaba haciendo cálculos sobre cuánto le duraría.
    -Humm. Quizá tuvieras suerte al escapar sin haberle entregado nada más que un beso. Un hombre así podría haberte destrozado la vida si hubiera querido. Al menos, concédele el mérito de no haberse aprovechado de tus jóvenes hormonas.
    -Sí, pasado un tiempo empecé a pensar en ello. Pen¬saba también que llegaría un momento en el que lo per¬donaría y olvidaría lo pasado... hasta que un día, cuando ya llevaba dos años en la universidad, me encontré con él. Tenía una conferencia a media mañana y el tren había llegado con retraso; me bajé en la estación de Wynard e iba corriendo por la calle a buscar el autobús cuando choqué con un hombre. No puedes imaginarte la sorpresa que me llevé cuando me di cuenta de quién era. Creo que para él también fue toda una sorpresa.

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    capitulo 7

    Mensaje  alelucerina el Vie Ago 16, 2013 5:31 pm

    CAPITULO 7
    -¡Dios mío! -jadeó-. Lucero...
    Lucero intentaba no mirarlo fijamente, pero estaba tan atractivo... iba vestido con unos pantalones negros y una chaqueta color crema. Aunque sólo tenía veintisiete años, había desaparecido de su aspecto cualquier signo que pudiera recordar al estudiante universitario que Lucero había conocido, y se había convertido en un hombre ele¬gante y sofisticado.
    Lucero se odió por no ser capaz de decir nada, se odió por no saber apartar de él sus ojos, y se odió porque su corazón se inundó nada más verlo de añoranza y vanas esperanzas. No había conseguido olvidarse de él.
    Manuel clavó la mirada en aquella jovencita que iba vestida como cualquier estudiante: pantalones vaqueros, una camiseta, zapatillas deportivas y una mochila al hombro.
    -Veo que ya estás en la universidad --comentó-. ¿Has conseguido matricularte en la carrera que querías?
    -Sí -fue todo lo que pudo contestar. Cada vez que se había imaginado un posible encuentro con Manuel, cosa que había ocurrido con frecuencia, se veía a sí misma comportándose con una fría y natural indiferencia. Pero no había rastro de indiferencia ni de frialdad en la manera en la que estaba devorándolo con la mirada, ni en la fuerza con la que le latía el corazón. ¡Dios mío!, se rega-ñaba a sí misma, ¡qué tonta era!
    -Tienes muy buen aspecto, Lucero -le dijo Manuel -. Siento no haber podido ir a la boda de Antonio el mes pasado. Tenía muchísimo trabajo. Y también lamento no poder quedarme a charlar contigo. He quedado con otra per¬sona.
    -Oh, no te preocupes, yo tampoco puedo quedarme. Voy con retraso. Cuídate Manuel. Adiós -y se marchó casi corriendo.
    -¿Dónde estás viviendo? -le gritó Manuel, que salió detrás de ella.
    Manuel se volvió con el corazón en la garganta. Le parecía increíble que fuera a pedirle que saliera algún día con él, pero lo deseaba con todas sus fuerzas.
    -Necesito saber tu dirección para enviarte una invi¬tación -le explicó Manuel.
    -¿Una invitación? -repitió Lucero con un hilo de voz.
    -Para que vengas a mi boda. Me caso en octubre.
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    Re: UN BESO INOLVIDABLE- adaptada

    Mensaje  Hicat el Mar Ago 20, 2013 10:11 am

    Quiero el capitulo 8.

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    capitulo 8

    Mensaje  alelucerina el Mar Ago 20, 2013 3:08 pm

    CAPITULO 8
    -Oh... –Lucero no sabía si había parecido tan afectada como realmente se sentía, pero algo se le debió notar, porque Manuel la miró como si quisiera disculparse.
    La compasión que advirtió Lucero en su rostro le sirvió para salvar la situación. De alguna manera, consiguió esbozar una sonrisa para disimular su dolor. No quería que la viera derrumbarse.
    -¡Caramba! ¡Te vas a casar! Bueno, enhorabuena, Manuel. ¿Por qué no me mandas la invitación a casa de Antonio? Ahora tengo que irme. Te veré el día de tu boda.
    -Supongo que no fuiste -exclamó Angélica horro¬rizada.
    Lucero se encogió de hombros, dándole a entender que sí había asistido a la boda.
    -Caramba, chica, ni que eras masoquista.
    -Ahora yo también lo veo así.
    -Entonces, ¿por qué fuiste? Lucero suspiró con cansancio.
    -Supongo que por curiosidad. Quería ver a la mujer que lo había atrapado. Además, había sido invitada toda la familia. No podía dejar de asistir sin verme obligada a contestar a alguna pregunta comprometida.
    -¿Y?
    -La novia era absolutamente perfecta. La odié nada más verla, y odié también a Manuel. Aquel fue el peor día de mi vida.
    -¿Y tu familia no se daba cuenta de nada? ¿No se dieron cuenta de que aquel despiadado donjuán te había roto el corazón?
    -Estoy segura de que mi madre estaba empezando a pensar en ello, y que Antonio se lo había imaginado tiempo atrás. Quizá lo sabía antes de la fiesta de graduación y por eso había querido que me enterara de la fama que tenía Manuel entre el sexo contrario. Incluso el día de la boda me comentó que ganaría una fortuna si hiciera apuestas sobre cuánto iba a durar aquel matrimonio; me dijo que, aunque era un buen tipo, Manuel no estaba hecho para la monogamia y añadió que no siempre era él el culpable, que en la mayor parte de las ocasiones eran las chicas las que sea arrojaban a sus brazos. La última parte me la dijo mirándome con especial intensidad.
    -No me parece una buena excusa. ¿Y hablaste con aquel conquistador el día de la boda?
    -Intenté no hacerlo, pero Manuel parecía estar bus¬cándome deliberadamente. El cielo sabrá por qué. Quizá se sentía culpable. Me dio un beso en la mejilla y me dijo que esperaba que la vida me concediera todas las cosas a las que yo aspiraba, que pensaba que yo era la chica más adorable que había conocido jamás y que le gustaría que el mundo estuviera lleno de gente como los Hogaza.
    -Vaya -Angélica suspiró-, supongo que era la frase que necesitabas para empezar a olvidarte de él.
    Lucero tragó saliva, intentando deshacer el nudo que se le había formado en la garganta.
    -No exactamente -confesó.
    -¿No estarás enamorada de él todavía? -le preguntó Angélica, mirándola con el ceño fruncido.
    -No por supuesto que no -replicó Lucero con impa¬ciencia. Se levantó bruscamente y llevó su taza al fre¬gadero-. Eso sucedió hace miles de años. No seas tonta.
    -Espero que sea verdad lo que estás diciendo -con¬testó Angélica, acercándose a ella-, porque sería una estu¬pidez que todavía estuvieras enamorada de él. Y también me parece una tontería que mantengas a otros hombres a distancia por no ser capaces de hacerte sentir lo mismo que te hizo experimentar un cretino millonario. Baja de las nubes, Lucero. No siempre vas a ser tan joven. Algún día te despertarás y ya no verás en el espejo esa mara¬villosa mezcla entre Elle MacPherson y Sofía Loren, y entonces será demasiado tarde.
    Lucero soltó una carcajada.
    -Esta noche vas a ir a la fiesta de tu hermano, ¿verdad? --continuó diciendo Angélica con un brillo travieso en la mirada.
    -Sí...
    -¿Es una fiesta por todo lo alto o sólo una reunión de amigos?
    -Las fiestas de Antonio siempre son por todo lo alto.
    -¿Y a qué se dedica tu hermano?
    -Bueno, él estudió empresariales, y se especializó en informática y marketing. Pero ha terminado trabajando en el mundo de la publicidad y, por cierto, ha tenido un éxito sorprendente.
    -De modo que su fiesta estará llena de importantes candidatos.
    -¿Candidatos a qué?
    -A ser tu primer amante.

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    capitulo 9

    Mensaje  alelucerina el Mar Ago 20, 2013 3:09 pm

    CAPITULO 9
    Lucero abrió la boca para protestar, pero se detuvo. Quizá tuviera razón. Quizá incluso Chantal hubiera tenido razón aquella tarde. La vida había que vivirla. Perma¬necer en la ignorancia por culpa de un sueño irrealizable era una estupidez.
    -Por lo menos ve con la mente abierta -la urgió Angélica-. Prométeme que si hay algún candidato por el que te sientas atraída, le darás una oportunidad.
    -De acuerdo. Te lo prometo. Y además, voy a pre¬sentarme en esa fiesta con un aspecto inmejorable.
    -¡Arriba ese ánimo, Lucero! ¡Sólo se vive una vez!
    A las diez en punto, Lucero ya estaba arrepintiéndose del problema en el que ella misma se había metido. En casi todas las fiestas a las que asistía, recibía una parte considerable de la atención masculina, y aquella noche, que se había arreglado de una forma especial e iba envuel¬ta en una nube de perfume, los hombres que se acercaban a ella eran precisamente los que más aborrecía: tipos fuer¬tes y orgullosos, convencidos de que se iba a derretir a sus pies. Como se le acercara uno más repitiendo aque¬llo de «tu casa o la mía», iba a empezar a gritar.

    Aunque suponía que ella era la única culpable de lo que estaba ocurriendo. Jamás se había peinado así, rizán¬dose el pelo y dejándolo caer sensualmente por uno de sus hombros. Además, al final Angélica la había conven¬cido para que se pusiera unos pendientes de oro y cristal que le llegaban hasta el cuello, dándole un aspecto incon¬fundiblemente sexy. Y para colmo, no se había puesto sujetador y, bajo la sedosa tela del vestido que había com¬prado para la ocasión, se notaban sus pezones. Debería haberse comprado un vestido negro, se decía nerviosa, pero la dependienta le había dicho que el verde haría juego con sus ojos.

    Apretando con fuerza la copa de vino que llevaba en la mano, cruzó el salón y encontró refugio en la cocina, donde la esposa de Antonio estaba rellenando las bandejas de aperitivos.

    -Hola, Lucero -la saludó Lorena-, vaya, estás espe¬cialmente provocativa esta noche. Antonio me ha comentado que a todos sus compañeros de trabajo se les está cayendo la baba desde que te han visto aparecer, y ahora ya entien¬do por qué. Cuando has llegado, llevabas una chaqueta encima, ¿no? Vaya, han vuelto a llamar. ¿Te importa ir a abrir la puerta?

    -Claro que no -a Lucero no le importaba en absoluto; era mucho mejor que volver a aquella habitación abarro¬tada de gente.

    De modo que, sin soltar la copa de vino, se dirigió hacia la puerta principal, pensando en lo bien que le había ido a su hermano en la vida, tenía un buen trabajo, una esposa maravillosa y un hijo encantador. Y todo lo había conseguido antes de cumplir los treinta años. Era real¬mente admirable.

    Lucero abrió la puerta y se quedó completamente helada.
    El hombre que estaba en el porche, con las manos en los bolsillos del pantalón y una bolsa de viaje a sus pies estaba de espaldas a ella. Pero supo inmediatamente quién era. Lo habría conocido desde cualquier ángulo.
    No podía ser otro que Manuel Mijares.

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    Re: UN BESO INOLVIDABLE- adaptada

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