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    LA NOVIA EMBARAZADA-- ADAPTADA---

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    alelucerina
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    LA NOVIA EMBARAZADA-- ADAPTADA---

    Mensaje  alelucerina el Miér Jul 10, 2013 10:31 pm

    SINOPSIS
    Autora: Lynne Graham

    Lucero trabaja durante el día en una librería cuyo propietario es un hombre mayor que quiere retirarse. Ella desearía comprar la tienda y para eso, por las noches trabaja como señora de la limpieza en una gran empresa: Mijares. Allí hay un empleado que la acosa y por eso le pide el cambio de planta a una compañera. Así se encuentra una noche, sin autorización, limpiando el despacho del jefe: Manuel Mijares. Manuel está convencido de que ella es una espía y como está a punto de hacer una gran operación, sencillamente la secuestra durante unos días para que ella no pueda decir nada de lo que ha escuchado. La lleva nada menos que a una isla griega donde pasan un apasionado fin de semana.


    SI LES GUSTA COMENTEN SINO TBN jaja

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    capitulo 1

    Mensaje  alelucerina el Miér Jul 10, 2013 11:40 pm

    CAPITULO 1
    -¿Qué diablos llevas en la cabeza? -preguntó Gabriela tras apretar el botón para llamar al ascensor de servicio.
    -Es para que no me caiga polvo en el pelo -contestó Lucero llevándose una mano al pañuelo de flores.
    -¿Y desde cuándo eres tan puntillosa?
    Lu suspiró y decidió ser sincera con la buena mujer:
    -Hay un tipo que suele quedarse a trabajar hasta tarde en mi planta y... bueno... es...
    -¿Se hace notar demasiado? -volvió a preguntar Gabi sin sorprenderse, con un gesto de desaprobación. Lucero podía atraer la atención de los hombres en cualquier circunstancia. Era menudita y esbelta, joven, con un cabello de un rubio natural que brillaba como la plata y ojos verdes enmarcados por inesperadas cejas y pestañas negras-. Apuesto a que está convencido de que con una humilde mujer del servicio de limpieza como tú es cosa hecha. ¿Es joven o viejo?
    -Joven-contestó Lu dejando que Gabi pasara delante en el ascensor-. Y te aseguro que está acabando con mi paciencia. He estado pensando en contárselo al supervisor.
    -No, hagas lo que hagas no lo hagas oficial, Lucero - se apresuró a recomendar Gabriela con una mueca -. Si ese cerdo trabaja hasta tarde es que es una persona importante. Y seamos sinceros, Lucero: de ti pueden prescindir mucho más que de cualquier ejecutivo.
    -¿Acaso crees que no lo sé? Seguimos viviendo en un mundo de hombres.
    -Pues ese tipo debe de ser bastante insistente cuando está acabando con tu paciencia... Escucha, haz tú mi planta esta noche y yo haré la tuya. Así por lo menos te tomas un respiro. Quizá más adelante alguien quiera cambiar definitivamente de planta contigo.
    -Pero no tengo permiso para subir a limpiar la última planta -le recordó Lucero.
    -¡Va, no te apures por eso! -exclamó Gabi sin darle importancia-. ¿Para qué va a necesitar nadie un permiso especial para abrillantar un suelo y vaciar una papelera? Ahora, eso sí, si el agente de seguridad se da una vuelta justo cuando estás tú apártate de su vista. Si puedes, claro. Algunos de esos sujetos serían capaces de incluirnos en su informe. Y no te atrevas a traspasar la puerta doble que hay de frente. Es la oficina del señor Mijares, y está prohibido entrar allí, ¿de acuerdo?
    Lucero sonrió agradecida mientras Gabriela empujaba el carrito con los utensilios de limpieza para salir a la planta que normalmente limpiaba ella.
    -Aprecio mucho tu gesto, Gabi.

    Lucero nunca había estado en la planta superior del edificio Mijares Intemational. Al salir del ascensor de servicio se dio cuenta de que era distinta de las plantas inferiores. Nada más dar la vuelta a la esquina vio, a su derecha, una lujosa y enorme área de recepción. Más allá de ella todas las luces estaban apagadas, pero a pesar de todo pudo ver una impresionante pareja de puertas en la penumbra.
    Sin embargo, al mirar a la izquierda, al fondo del corredor había otra pareja de puertas idénticas. Lucero hizo una mueca y supuso que la parte en penumbra, más cercana a recepción, albergaba la oficina prohibida. Decidió comenzar a trabajar por el fondo para ir acercándose al ascensor y se relajó. Estaba encantada con la idea de que Pedro Fernadez no fuera a interrumpirla aquella noche con sus monsergas.
    Llevaba unas zapatillas de lona que no hacían ruido. Abrió la puerta doble y cruzó toda la habitación para vaciar la papelera. Entonces se dio cuenta de que la oficina contigua estaba ocupada. La puerta estaba entornada, y de ella salían inequívocas voces masculinas.
    Por lo general en un caso como aquél Lucero hubiera anunciado su presencia, pero tras la advertencia de Gabriela decidió que era más inteligente retirarse en silencio. Lo último que deseaba era causarle problemas a su compañera. Justo cuando estaba a punto de salir escuchó pisadas que se acercaban por el corredor desde la zona de recepción. Aquello le produjo casi un ataque al corazón.
    Sin pensar siquiera en lo que hacía se escondió detrás de una de las dos puertas. El corazón le latía acelerado. Las pisadas fueron acercándose, y de pronto se detuvieron justo al lado de la otra puerta. Lu contuvo la respiración. En aquel silencio pudo escuchar palabra por palabra la conversación que aquellas dos voces masculinas mantenían en la oficina contigua:
    - ... así que mientras yo siga fingiendo que me interesa comprar Danson Components la Palco Technic se mantendrá igual -murmuraba una voz satisfecha-, pero en cuanto se abra la bolsa el miércoles por la mañana moveré pieza.
    Lucero escuchó cómo el intruso, cuyas pisadas había oído, contenía el aliento. Era una estúpida. ¿En qué diablos había estado pensando? El carrito con los utensilios de limpieza estaba fuera, delante de la puerta, como prueba evidente de su presencia.
    Sin embargo el intruso ni avanzó ni entró en la habitación. Para sorpresa y alivio de Lu volvió sobre sus pasos por el corredor con mucha más cautela de la que había entrado. Lucero volvió a respirar de nuevo. Estaba saliendo de su escondrijo, de puntillas, cuando la puerta de la oficina contigua se abrió apareciendo un hombre tremendamente alto de aspecto alarmante. Lucero se quedó helada, se ruborizó y abrió inmensamente los ojos verdes. Unos ojos más negros que el ébano la miraron desafiantes y agresivos.
    -¿Qué diablos estás haciendo tú aquí? - gritó incrédulo e irritado el hombre de ojos negros.
    -Ya me marchaba...
    -¡Estabas detrás de la puerta, escuchando! -arremetió de nuevo lleno de ira.
    -No, no estaba escuchando -contestó Lu atónita ante tanta agresividad.
    De pronto lo reconoció y se puso completamente tensa. Nunca lo había visto antes, pero había un enorme e indecente retrato de aquel tipo en el vestíbulo de la planta baja. Aquella foto era el blanco de numerosas bromas y comentarios femeninos. ¿Por qué? Porque Manuel Mijares era terriblemente atractivo. Manuel Mijares, conocido popularmente como Manuel, era el millonario griego, despiadado y falto de escrúpulos, que dirigía la Mijares lnternational. De pronto Lucero comprendió que se había confundido de puertas y se sintió enferma. Su empleo y el de Gabi estaban en la cuerda floja. Tras Manuel Mijares apareció un hombre mayor de pelo cano. Al verla frunció el ceño y sacó un teléfono móvil.
    -No es la mujer que limpia siempre esta planta, Manuel. Voy a llamar a seguridad de inmediato.
    -No hace falta -protestó Lucero muerta de miedo-, yo sólo he venido a sustituir a Gabriela esta noche, eso es todo. Lo siento, no pretendía interrumpir... ya me iba...
    -Pero tú no tienes por qué subir aquí -dijo el hombre mayor.
    Manuel Mijares la escrutaba con mirada intensa, con ojos negros tan brillantes que la ponían nerviosa.
    -Estaba escondida detrás de la puerta, Millar.
    -Un momento, puede que pareciera que estaba escondida detrás de la puerta, pero ¿para qué iba a hacer eso? -argumentó Lucero, desesperada-. No tiene sentido, yo sólo soy del servicio de limpieza. Comprendo que he cometido un error al venir aquí, y lo siento de veras, pero... me iré ahora mismo.
    Una mano morena la agarró entonces, sin previo avisó, de la muñeca, obligándola a quedarse.

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    capitulo 2

    Mensaje  alelucerina el Jue Jul 11, 2013 4:39 pm

    CAPITULO 2
    -Tú no vas a ninguna parte. ¿Cómo te llamas?
    -Lucero... es decir, Lucero Hogaza... ¿qué estás haciendo? -gimoteó.
    Pero era demasiado tarde. Manuel Mijares le había quitado el pañuelo de la cabeza. Todo aquel cabello rubio platino cayó revuelto por los hombros. Él le bloqueaba el camino. Lu, sintiéndose amenazada por aquella muralla humana, miró para arriba. Sus ojos verdes se toparon con otros negros e insondables. Lucero sintió que el corazón le daba un vuelco. Sentía una extraña sensación de mareo, la cabeza le daba vueltas. El irritado escrutinio de él se había convertido en una mirada provocativa y sexy.
    -No pareces una mujer de la limpieza, yo nunca he visto ninguna igual -dijo él al fin en un tono de voz duro y profundo.
    -¿Y has visto muchas? -inquirió Lucero sin comprender hasta más tarde lo impertinente de su pregunta.
    Lo cierto era que ella no había sido la primera en atacar. Los ojos de él expresaban sin ningún género de dudas aquella actitud masculina arrogante y sexualmente excitada que Lu tanto detestaba.
    -Lucero... hay una Lucero Hogaza en el servicio de mantenimiento - intervino el hombre mayor al que el otro había llamado Millar -. Pero se supone que trabaja en la octava planta, y el servicio de seguridad no le ha concedido ningún permiso para subir aquí. Voy a ordenar al supervisor que venga inmediatamente a identificarla.
    -No, deja ese teléfono. Cuanta menos gente se entere del incidente, mejor. Toma asiento, Lucero -añadió Manuel soltándole la muñeca y acercándole una silla.
    -Pero es que yo...
    -¡Siéntate! -gritó él como si estuviera tratando con un animal doméstico al que tuviera que adiestrar.
    Lucero, atónita ante aquella forma de dirigirse a ella, se dejó caer sobre la silla con la espalda rígida y el corazón acelerado. Había entrado donde no debía, pero se había disculpado. Lo había hecho todo excepto arrastrarse por el suelo, reflexionó resentida. ¿Por qué tanto jaleo?
    -Quizá quieras explicarme qué estás haciendo en esta planta, por qué has entrado en este despacho en particular y por qué te has escondido a escuchar detrás de la puerta -dijo Manuel Mijares con dureza y precisión.
    Hubo un silencio. Lucero se preguntó si serviría de algo echarse a llorar, pero aquellos ojos negros paralizaron su corazón. Aquel hombre la trataba como si hubiera cometido un asesinato, así que lo más inteligente era ser sincera.
    -He estado teniendo problemas con un ejecutivo que trabaja siempre hasta tarde en la octava planta -admitió Lu inquieta.
    -¿Qué clase de problemas? -preguntó Millar.
    Manuel Mijares dejó que su intensa y negra mirada vagara provocativa por la diminuta y tensa figura de Lucero, deteniéndose sobre los pechos moldeados por el delantal, y las largas y perfectas piernas. Luego sonrió y torció la boca mientras un mortificante rubor subía a las mejillas de ella y coloreaba su blanca piel.
    -Mírala, Millar, y luego dime si todavía necesitas que te explique de qué tipo de problema se trata -intervino Manuel.
    -Le mencioné mi problema a la mujer que limpia esta planta -continuó Lucero con respiración entrecortada-, y le pedí que me cambiara por una noche. Después de mucho insistir accedió, y me advirtió que no atravesara las puertas dobles pero... por desgracia hay dos pares de puertas dobles en esta planta.
    -Eso es cierto -concedió Manuel Mijares.
    -Me equivoqué de puertas, y estaba a punto de salir cuando escuché pasos y comprendí que venía alguien. Tuve miedo de que fuera un guardia de seguridad, porque eso le hubiera podido causar problemas a Gabriela, por eso me escondí detrás de la puerta. Fue una estupidez...
    -Por aquí no ha venido nadie de seguridad desde las seis -intervino el hombre mayor-. Y cuando llegaste tú, Manuel, hace unos diez minutos, la planta estaba vacía.
    -Bueno, no sé quién era el que subió. Estuvo parado delante de la puerta unos veinte segundos, y luego se marchó... -añadió Lucero mientras su voz se iba desvaneciendo, sin comprender por qué aquellos hombres ponían en entredicho su explicación.
    Manuel Mijares dejó escapar el aire contenido con un silbido, Manuel dio un paso atrás y se apoyó sobre el borde de una mesa mirando al otro hombre con ansiedad.
    -Vete a casa, Millar, yo me ocuparé de esto.
    -Mi deber es quedarme y solucionar este problema...
    - Tienes una cita para cenar -le recordó Manuel seco-. Y llegas tarde.
    Millar lo miró a punto de protestar pero después, al ver la expresión expectante de su jefe, asintió. Antes de marcharse hizo una pausa y dijo:
    -Pensaré en ti mañana, Manuel.
    -Gracias -contestó Manuel Mijares poniéndose tenso, con los ojos nublados.
    Después Manuel cerró la puerta tras su empleado y se volvió hacia Lucero.
    -Me temo que en este asunto no puedo confiar en tu palabra, Lucero. Has oído una conversación confidencial -dijo en un tono seguro y definitivo.
    -Pero si no estaba escuchando... ¡ni siquiera me interesaba! -contestó Lucero asustada.
    -Tengo dos preguntas que hacerte -añadió con más suavidad-. ¿Quieres conservar tu empleo?
    Lucero se enervó. Era despreciable que aquel hombre la intimidara utilizando esas tácticas.
    -Por supuesto que quiero...
    -¿Y quieres que esa otra mujer que te ha cambiado la planta conserve también su empleo?
    -Por favor, no involucres a Gabi en esto -se apresuró a contestar Lucero pálida -. He sido yo quien ha cometido un error, no ella.
    -No, ella decidió saltarse las reglas -la contradijo Manuel Mijares con frialdad-. Está tan involucrada como tú. Si al final resulta que eres una espía pagada por alguno de mis competidores habrás tenido que darle algo por lo que le merezca la pena arriesgar su puesto de trabajo, ¿no crees?
    -¿Una espía? ¿Pero qué diablos...? -susurró Lucero sin dejar de mirar aquel rostro moreno e irritado, concentrando sobre él toda su atención.
    -Eso que me has contado de una tercera persona a la que ni viste ni puedes identificar... resulta muy conveniente para ti -añadió Manuel directo-. Así, si hay una filtración, tú tienes cubiertas las espaldas.
    -¡No sé de qué estás hablando! -gritó Lucero tan nerviosa que ni siquiera podía pensar.
    -Espero que no, por tu propio bien -concedió Manuel Mijares con una expresión de seria sinceridad -. Pero debes comprender que si te dejo marchar ahora me estoy arriesgando mucho. Si le cuentas lo que has oído a quien no debes me causarás graves trastornos.
    -¡Pero si ni siquiera podría repetir lo que he oído!
    -De modo que sí recuerdas algo. ¡Y hace sólo un segundo asegurabas que no te interesaba en absoluto!
    Un leve desmayo atravesó los ojos de Lucero, que se quedó mirándolo con el corazón en un puño. Recordaba perfectamente lo que había oído, pero había pensado hacer oídos sordos. Sin embargo aquel hombre la tenía atada de pies y manos. Tenía una mente retorcida, fría y dispuesta para la trampa. Era desconfiado, rápido, exacto y letal en sus juicios. Manuel Mijares miró el reloj de pulsera y luego a ella.
    -Déjame que te explique cómo está la situación, Lucero. Tú y la estúpida de tu amiga podéis quedaros a trabajar en este edificio hasta el miércoles, mientras las cosas sigan en marcha, siempre y cuando tú no te apartes de mi vista.
    -¿Cómo dices?
    -Naturalmente te pagaré por todos los inconvenientes que...
    -¿Inconvenientes? -lo interrumpió Lucero con voz débil pero esperanzada.
    -Supongo que tienes pasaporte, ¿no?
    -¿Pasaporte? ¿Y qué tiene eso que ver?
    -Tengo que volar a Grecia esta noche, y si tengo que vigilarte para asegurarme que no utilizas el teléfono necesitaré que vengas conmigo -explicó él con impaciencia.
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    Re: LA NOVIA EMBARAZADA-- ADAPTADA---

    Mensaje  diana lucerina el Jue Jul 11, 2013 11:30 pm

    siguela me encanta! Very Happy

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    CAPITULO 3

    Mensaje  alelucerina el Jue Jul 11, 2013 11:46 pm

    CAPITULO 3
    -¿Pero te has vuelto loco? -musitó Lucero temblorosa.
    -¿Vives sola o con tu familia?
    -Sola, pero...
    -Sorprendente. ¿Dónde guardas el pasaporte? -continuó preguntando Lucero sin dejar de mirar aquel bello rostro.
    -En la mesilla, pero ¿por qué...?
    Manuel Mijares marcó un número de teléfono en el móvil.
    -No veo ninguna otra alternativa. Podría encerrarte en algún lugar, pero me temo que eso te gustaría aún menos. Y no puedo pedirle a mis empleados que te vigilen mientras me voy de viaje. Tienes que acompañarme, y de buen grado.
    ¿De buen grado? ¿Por su propia voluntad? Lucero finalmente se quedó boquiabierta al comprender que estaba hablando en serio. Lucero comenzó a hablar por teléfono en griego en tono brusco y dominante. Escuchó que mencionaba su nombre y se intranquilizó aún más.
    -Pero... yo... ¡te juro que no le diré a nadie lo que he oído! -protestó enfebrecida mientras él colgaba el teléfono.
    -No me basta. ¡Ah! y, otra cosa más: le he ordenado a uno de mis empleados que abra tu taquilla y saque las llaves de tu casa.
    -¿Que has hecho qué? -preguntó Lucero irritándose.
    -Tu dirección está en los archivos de personal. Demitrios recogerá tu pasaporte y lo llevará al aeropuerto.
    -Pero... ¡me voy a casa ahora mismo! -exclamó Lucero con los ojos muy abiertos, llena de incredulidad.
    -¿En serio? Ha llegado el momento de la verdad, Lucero -advirtió Manuel Mijares con mirada desafiante-. Puedes salir por esa puerta, no voy a impedírtelo. Pero puedo echaros a las dos, a ti y a tu amiga. ¡Y créeme, si sales por esa puerta lo haré! - Lu se detuvo a medio camino, helada-. Creo que sería mucho más sensato por tu parte aceptar lo inevitable y venir sin rechistar. Es decir, si es cierto que eres inocente, como dices -añadió en voz baja, escrutándola con ojos negros brillantes e inquisitivos.
    -¡Esto es una locura! ¿Para qué iba yo a querer poner en peligro mi puesto de trabajo contándole a nadie lo que he oído?
    -Esa información vale un montón de dinero, creo que es un buen motivo -contestó Manuel Mijares caminando a pasos agigantados hacia la oficina de la que había salido-. ¿Vienes?
    -¿A dónde? -musitó Lucero.
    -Tengo un helicóptero esperando en la azotea, nos llevará al aeropuerto.
    -¡Ah...! ¿Un helicóptero? -repitió Lucero con voz débil e incrédula.
    Manuel Mijares pareció comprender al fin que Lucero estaba paralizada e incrédula ante sus exigencias. Cruzó la habitación, puso un brazo alrededor de sus hombros y la guió en la dirección en la que quería que lo acompañara. Después hizo una pausa para recoger un grueso abrigo oscuro colgado del respaldo de un sillón y se apresuró a cruzar con ella la principesca oficina hasta una puerta en el extremo opuesto.
    -Esto no puede estar ocurriéndome a mí -susurraba Lucero medio mareada mientras tropezaba con los escalones que salían a la azotea.
    -Yo opino exactamente lo mismo -contestó él escueto, subiendo detrás de ella-. Precisamente en este viaje no tenía ningunas ganas de tener compañía.
    Lucero alargó una mano para abrir la puerta metálica al final de las escaleras. Una ola de aire frío voló el cabello y la ropa de Lucero marcándole la esbelta figura. Ella se echó a temblar. Manuel Mijares, que ya se había abrochado el abrigo, salió a la azotea pasando por delante y dirigiéndose hacia el helicóptero.
    - ¡Date prisa! - gritó volviendo la cabeza por encima del hombro.
    -¡Pero si ni siquiera llevo abrigo! -contestó ella perdiendo la paciencia.
    Manuel se paró en seco y dio la vuelta con aire de severa impaciencia y luego comenzó a desabrocharse el abrigo.
    -¡No malgastes tu tiempo! -soltó Lu malhumorada ante aquel despliegue de galantería tardío-. ¡No me pondría tu estúpido abrigo ni aunque pillara una neumonía!
    -¡Pues hiélate en silencio! -respondió Manuel con un brillo en la mirada.
    Lucero se encogió de hombros. Sólo la curiosidad del piloto la hizo callar. Insensible a una respuesta como aquélla, que hubiera atemorizado al noventa por ciento de la gente, Lucero pasó por delante de Manuel y se subió al helicóptero tan tranquila.
    -Compraremos ropa en el aeropuerto -comentó él de mal humor sentándose junto al piloto y volviendo hacia ella su perfil griego clásico y duro-. Tendremos tiempo de sobra mientras esperamos a que llegue tu pasaporte. ¡Probablemente incluso perdamos el turno para despegar!
    -¡Qué gracia! -exclamó Lucero en un tono inconfundiblemente sarcástico, provocando en él el desconcierto.

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    acpitulo 4

    Mensaje  alelucerina el Jue Jul 11, 2013 11:48 pm

    CAPITULO 4
    Las aspas del helicóptero giraron en el tenso silencio. Lu volvió el rostro hacia fuera. Aquello no podía estar ocurriéndole a ella, se decía una y otra vez mientras el helicóptero se elevaba y atravesaba Londres. Se podía decir que Manuel Mijares la había secuestrado. ¿Qué otra alternativa le había dado? Ninguna. No podía arriesgarse a que Gabi perdiera su trabajo, porque la pobre mujer no contaba con el lujo de un segundo salario.
    ¿Pero era ella más independiente?, se preguntó Lucero. En un caso de supervivencia ella hubiera podido pasarse sin su salario como mujer de la limpieza. Después de todo tenía otro empleo de día y una cuenta bancaria con interesantes ahorros. En realidad Lucero vivía como un monje, ahorrando cada peseta, deseosa de hacer cualquier sacrificio con tal de alcanzar su objetivo en la vida.
    Y ese objetivo era comprar la librería en la que trabajaba desde los dieciséis años. Sin embargo, si el incremento regular de ahorros de su cuenta bancaria cesaba justo cuando estaba a punto de hacerse cargo del negocio, el director de la sucursal bancaria se sentiría decepcionado y sus ambiciones de propietaria sufrirían un fatal revés. Aquél era un momento crucial, con su jefe cada día más anciano y ansioso por retirarse.
    Manuel Mijares era un paranoico, un absoluto paranoico, decidió. Ella, ¿una espía? ¿Acaso leía demasiadas novelas? Sólo era una mujer de la limpieza que había entrado accidentalmente en su santuario. Una mujer de la limpieza que no tenía permiso para trabajar en esa planta y menos aún para entrar en esa oficina, le recordó una débil voz en su interior. Una mujer a la que, además, habían pillado saliendo de detrás de la puerta...
    Cierto, concedió Lucero reacia. Podía resultar sospechoso. Pero eso no justificaba el que insistiera en no perderla de vista en treinta y seis horas. El hecho de que se la llevara de viaje demostraba que estaba loco.
    Y además no era ése el único problema. La forma en que Manuel Mijares la miraba la ponía furiosa. En medio de toda aquella neblina de sospechas él se había permitido el lujo de mirarla de arriba abajo, como si fuera una mercancía sexual a la venta. Lu apretó los generosos labios y se puso a rumiar aquello.
    Bastante había tenido con tolerar a Pedro Fernandez, que se negaba a aceptar un no por respuesta y que estaba convencido de que era sólo cuestión de insistir. No era de extrañar que se hubiera incluso mareado. Aquel arrogante griego no había hecho sino aumentar aún más la repulsa que su subordinado había provocado en ella. Sin embargo Manuel Mijares era diferente. Manuel era uno de esos hombres salvajemente masculinos, la clase de tipo que no podía mirar a una mujer sin preguntarse cómo sería en la cama.
    Impermeable a la creciente antipatía de Lucero, que demostraba con un frígido silencio, Manuel la guió por el aeropuerto hasta la zona comercial. Entró directo en una boutique cara y se dirigió hacia los trajes de chaqueta. Arrojó luego en sus brazos uno negro, de la talla más pequeña, y escogió un bolso, un sombrero y un par de guantes negros largos del estante en el que estaban expuestos.
    El resto de las exquisitas prendas del estante parecieron deslucidas. Lucero se ruborizó hasta la punta del cabello. La dependienta los seguía con atenta e irritada mirada por toda la tienda. Finalmente Lu susurró en voz baja y mortificada:
    -¿Qué diablos crees que estás haciendo?
    -Comprar -explicó Mnauel escueto, indiferente a las miradas de los empleados que, bien entrenados, seguían atentos cada uno de sus movimientos.
    Manuelse dirigió decidido hacia otro perchero y tiró de un vestido azul sacándolo de la percha para arrojárselo a Lucero con la misma indiferencia. Luego le siguió un largo abrigo negro y por último, tras una pausa ante un maniquí con unos pantalones cortos rosas, Manu inclinó la cabeza y dijo, dirigiéndose a la vendedora que se acercaba:
    -Esto también nos lo llevamos.
    -Me temo que no está a la venta, caballero.
    -Entonces quítelo del maniquí -ordenó Manuel.
    -¡Pero señor Mijares! - silbó Lucero ruborizada hasta el límite.
    La vendedora, cuya insignia proclamaba su rango de encargada, estuvo a punto de hacer otro movimiento, pero al oír el nombre abrió la boca atónita y miró con más amabilidad al alto y moreno cliente.
    -¿Es usted el se... señor Mijares?
    -Sí, soy el propietario de esta cadena de tiendas -confirmó Manuel con una mirada de desaprobación -. Dime, ¿es habitual que los empleados estén de pie, sin hacer nada, charlando y mirando a los clientes que los necesitan? ¿Y desde cuándo es más importante un maniquí que una venta?
    -Tiene usted mucha razón, señor Mijares. Por favor, permítame que lo atienda.
    -Esta señorita necesita ropa interior. Escoja usted algo -ordenó Manuel dejando que su atención recayera entonces en el estante de los zapatos y arrastrando a Lucero hacia ellos-. ¿Qué número usas?
    -Creo que nunca en la vida me he sentido tan violenta -comentó Lu temblando-. ¿Es así como te comportas en público normalmente?
    -¿Pero qué te pasa? -exigió saber él-. No hay tiempo que perder, escoge unos zapatos.
    La encargada estaba al fondo luchando por quitarle los pantalones cortos al maniquí. De pronto Lucero, con un movimiento repentino, le arrojó la ropa que llevaba en brazos a Manuel.
    -¿Por qué no te vas al mostrador de embarque y me esperas allí?
    -Me quedaré aquí para despachar ciertos asuntos que...
    -¡No vas a quedarte aquí mientras yo elijo prendas de lencería! -exclamó Lu como una olla a presión a punto de estallar, con ojos verdes airados y tan brillantes como una joya-. ¡Además, no necesito tantas cosas!
    -Te pago para que hagas lo que se te dice... -alegó él con ojos negros intensos.
    - ¡Pues si voy a soportarte necesito al menos un poco de espacio!
    La brillante mirada de Manuel resplandeció literalmente hablando. Un rubor oscuro acentuó los esculturales pómulos. Nunca nadie le había hablado en ese tono, y la incredulidad emanaba de él por oleadas.
    -¡Basta, deja ya de ejercer presión en todas partes! -continuó Lucero.
    -Pero...
    -Desde que hemos entrado aquí te has comportado de un modo atroz -lo condenó Lucero sin piedad -. Vete al mostrador de embarque y cállate ya. Y procura no aterrorizar a nadie más.
    Lu le dio a Manuel la espalda, imperturbable ante la ira que él trataba por todos los medios de refrenar, y eligió unas sandalias de tacón alto negras. Se las probó. Le sentaban bien. Se las pasó a Manuel sin mirarlo siquiera y se reunió con la encargada en la zona de lencería, donde eligió un camisón y algunos conjuntos de ropa interior. Discutir en público no servía más que para mortificarla. Accedería a comprar la ropa y luego la dejaría abandonada en cuanto perdiera de vista a aquel horrible hombre. La idea de tener que pasar treinta y seis horas con él la enfurecía. Lucero le devolvió el vestido azul y los zapatos.
    -Póntelo -ordenó con una insolencia estudiada.

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    CAPITULO 5

    Mensaje  alelucerina el Jue Jul 11, 2013 11:49 pm

    CAPITULO 5
    Lucero entró en el probador. Aquel hombre no tenía modales. Debía de encantarle discutir, no tenía pelos en la lengua y además era un desinhibido. Y en cuanto a su forma de reaccionar cuando alguien lo trataba con la misma medicina... ardía en llamas y estallaba como un cohete. Para cuando Lucero salió del probador toda la plantilla de empleados estaba atareada envolviéndoles la mercancía. Lu nunca se había alegrado tanto en su vida de abandonar una tienda.
    -Supongo que ahora querrás entrar en ésa de ahí - comentó Chris con una expresión de condena mal disimulada, haciendo un gesto hacia una perfumería.
    -No, me las arreglaré. Los hombres primitivos se lavaban los dientes con un palito, ya encontraré alguno por ahí.
    Manuel se quedó mirándola atónito. Y después sorprendió terriblemente a Lu. Echó la cabeza atrás y rió con espontaneidad, realmente divertido. Lucero lo miró con el pulso acelerado. Su blanca dentadura contrastaba con la piel aceitunada, y sus ojos negros brillaban. El humor había borrado todo rastro de tensión de su rostro, y Lucero, desorientada, fue capaz por fin de apreciar lo atractivo que era.
    -No me gusta ir de compras -le confió él en secreto, con voz ronca, como si ella aún no se hubiera dado cuenta-. Por lo general otras personas compran por mí.
    Lucero se sintió de pronto incómodamente excitada, de modo que bajó la vista al suelo. Sin embargo en su mente seguía viendo la imagen de aquel devastador rostro oscuro y mediterráneo. Y la conciencia de ello, la mera idea, la inquietó. Manuel Mijares no estaba haciendo el menor esfuerzo por impresionarla, y sin embargo ella era plenamente consciente de su apabullante atractivo y sexualidad masculina. No le gustaba esa sensación, le molestaba sentirse tensa e incómoda en presencia de él.
    Lucero sólo tenía veintiún años, pero ya había decidido que los hombres eran un gasto inútil de tiempo y energías. Y nunca se había arrepentido de haber llegado a esa conclusión. No odiaba al sexo masculino, pero siempre reía con ganas cuando alguien contaba un chiste sobre su inutilidad. Después de todo la experiencia de Lucero en ese campo, desde su infancia, había sido larga y traumática.
    Manuel trató de obligar a Lu a que se apresurara y posó una mano sobre su espalda para que no se parara mientras caminaban por la terminal del aeropuerto. Ella se puso a la defensiva.
    -Disculpa -dijo dando un paso atrás, decidida de pronto a escapar aunque sólo fuera por unos minutos.
    -¿A dónde crees que vas?
    -Al servicio de señoras -contestó ella con énfasis -. ¿Es que pretendes venir conmigo?
    -Te doy dos minutos.
    Lucero dejó caer las bolsas de la boutique a los pies de Manuel, y luego echó a caminar.
    -Lucero... -la llamó él tendiéndole un peine-, quizá debieras de hacer algo con tu pelo mientras estás ahí dentro.
    Lu apretó los dientes. No había tenido tiempo ni de mirarse al espejo. Se resistió a peinarse el cabello con los dedos y continuó caminando hasta desaparecer por la puerta de los servicios. En cuestión de segundos se cepilló el cabello hasta que calló suelto y liso por los hombros. Se miró al espejo y frunció el ceño al notar que tenía las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes. El vestido era sencillo dentro de su elegancia, y eso le gustaba. Pero no era su estilo.
    Apretó los labios sonrosados y generosos y examinó el peine de plata que él le había dado, recordando la facilidad con la que había adivinado su talla. Aquello no hubiera debido de sorprenderla. Manuel Mijares, de unos veintinueve años, era un mujeriego impenitente e irrecuperable. Y era natural que lo fuera, reflexionó Lucero con cinismo. Los hombres con dinero y poder vivían en un mercado lleno de mujeres deseosas de vender. Manuel era un verdadero imán para las mujeres, y él lo sabía. Y era evidente que nunca en la vida había tenido que preocuparse demasiado por endulzar sus modales, que resultaban poco menos que impresentables.
    Sin embargo, a pesar de todo, iba a viajar gratis a Grecia. En un avión privado y con toda clase de lujos. ¿Desventajas? Tener a Manuel Mijares pegado a sus espaldas. Aquélla iba a ser toda una aventura, se dijo Lucero. Mucho más divertido que abrillantar suelos.
    De repente recordó que tenía que llamar al señor Barry. Su otro jefe esperaría que ella abriera la librería a la mañana siguiente, como era habitual. Nunca llegaba hasta mediodía. A pesar de la advertencia de Manuel tenía que llamar al señor Barry, pero no podía contarle la verdad. Tendría que inventarse una excusa para explicarle su ausencia.
    Lucero se escondió detrás de dos mujeres altas que salían del baño y se escabulló hasta los teléfonos públicos a escasos metros. Manuel estaba de pie, en medio de la sala abarrotada, hablando distraído por el móvil.
    Lucero marcó el teléfono de la operadora. Como no tenía dinero tenía que pedir una llamada a cobro revertido. Justo cuando contestó la operadora Manuel volvió la cabeza arrogante hacia ella. Lu colgó de golpe, pero no fue lo suficientemente rápida. Manuel la vio antes de que pudiera alejarse de los teléfonos.
    Lucero se quedó paralizada ante los ojos negros que la miraban fijos como si hubiera cometido un crimen. El rostro de Manuel se fue tensando mientras se acercaba. Y Lucero, que sabía muy bien qué se sentía cuando un miembro del sexo opuesto la aburría o molestaba, descubrió lo que se sentía cuando la atemorizaba...
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    Re: LA NOVIA EMBARAZADA-- ADAPTADA---

    Mensaje  diana lucerina el Vie Jul 12, 2013 10:07 am

    siguela! Very Happy

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    capitulo 7

    Mensaje  alelucerina el Vie Jul 12, 2013 9:26 pm

    CAPITULO 6
    Unos peligrosos ojos negros escrutaron el pálido rostro de Lucero.
    -¡Te pierdo de vista un instante y te pones a llamar por teléfono! ¡Estabas filtrando la información! ¡As traicionado mi confianza! -la condenó Manuel Mijares sin disimular su ira.
    A pesar de estar temblando y de tener el estómago agarrotado Lu no pudo dejar de sentirse fascinada ante aquel temperamento mediterráneo explosivo, volátil y lleno de dramatismo. Le resultaba completamente extraño.
    -Señor Mijares... -comenzó a decir tratando por todos los medios de hacerle comprender que no debía de suponer siempre lo peor.
    -Has hecho tu elección, así sea. ¡Voy a destruirte por esto! -añadió Manuel letal.
    -Lo has malinterpretado -protestó ella febril-. ¡Sólo he podido llamar a la operadora!
    Manuel la miró despreciativo y se alejó a grandes pasos. La ira se expresaba en cada movimiento de su cuerpo.
    Por un instante Lu se quedó paralizada, desconcertada. Manuel la había arrastrado hasta el aeropuerto, la había maltratado y de pronto la dejaba ahí, tirada y sin dinero. Sólo el miedo a lo que pudiera sucederle a Gabi la hizo correr tras él.
    -¡Apártate de mi camino! -gritó él al verla.
    -¡No es lo que tú crees! -explicó Lucero acalorada. Manuel continuó andando sin hacerle caso-. ¡Eres un cabezota! ¡Lo único que estaba haciendo era una llamada a cobro revertido a mi jefe de la librería, ¿vale?
    -¿De qué librería estás hablando? -preguntó Manuel de mal humor, volviéndose hacia ella de mala gana.
    Lucero se quedó mirándolo con el ceño fruncido, notando de repente que faltaba algo.
    -¿Qué diablos has hecho con las bolsas? ¡Por el amor de Dios, has salido corriendo y te las has dejado tiradas ahí en medio, ¿a que sí?
    Lucero se dirigió Manuel la vuelta y volvió sobre sus pasos. Vio las bolsas en el suelo y se apresuró a recogerlas para volver junto a él.
    -¿Qué librería? -repitió Mnauel sin inmutarse al verla llegar cargada.
    -Trabajo en una librería durante el día. Y además vivo justo encima... - Lucero hizo una pausa para recuperar el aliento-. Tengo que hablar con el señor Barry para avisarle que mañana no iré, si desaparezco de repente llamará a la policía...
    -¡Tonterías! Pensará que te has escapado con tu novio. Los empleados de tu edad son de poco fiar -aseguró Manuel sin dejarse impresionar.
    Ofendida ante aquella respuesta, Lu respiró hondo y trató de mantener la calma, pero no funcionó.
    -¿Sabes? ¡Estoy hasta aquí de ti! -exclamó llevándose la mano a lo alto de la cabeza-. Yo no tengo ningún novio, y además soy una empleada de fiar. No me subestimes ni me hables en ese tono, yo nunca falto a mi trabajo. Llevo cinco años en el mismo empleo, y durante los dos últimos se puede decir que casi he llevado sola el negocio...
    -¿Y entonces qué estás haciendo fregando suelos por la noche? -preguntó él incisivo.
    -Necesito el dinero, ¿vale? ¿Es que es asunto tuyo?
    -Tu insolencia me pone de mal humor.
    -Tú a mí tampoco me gustas... ¿qué esperabas? No he hecho nada malo, sólo he cometido un error, y me estás tratando como si fuera un criminal. Me haces chantaje para que haga cosas que no quiero y... además... no me gusta esa idea de que como soy pobre no debo de ser muy honesta.
    -¿Has terminado ya? -Lucero se puso colorada y apretó los labios-. No estoy de humor para soportar estas tonterías, hoy menos que nunca. Vamos, ya hemos perdido suficiente tiempo.
    -Entonces... ¿me crees? -preguntó Lu unos segundos más tarde mientras trataba de caminar a su paso.
    -Lo único que creo es que te he pillado antes de que pudieras desobedecer mi orden de no acercarte a un teléfono -dijo Manuel-. Eres pequeña y escurridiza. ¿Por qué no me sorprende?
    -¡Yo no soy escurridiza!
    -Podías haberme dicho que tenías otro empleo, no soy una persona tan poco razonable -añadió Manuel -. Pero has preferido hacerlo a escondidas.
    Si volvía a pronunciar la palabra «escurridiza» lo abofetearía, se dijo Lucero con el rostro encendido. Se sentía incapaz de disculparse, pero más aún de pedirle permiso para hacer cualquier cosa. Y aquella llamada era necesaria. Por desgracia iba a tener que contarle al señor Barry una mentirijilla delante de él. Lucero no tenía por costumbre mentir. Por el contrario, era incluso demasiado directa y sincera. Conocía bien sus defectos, pero algunos de ellos eran su mejor defensa. Era una persona terriblemente independiente, no le gustaba trabajar en equipo y le encantaba disponer de libertad para decidir por sí misma. Por eso aquellos dos empleos encajaban bien con su personalidad.
    Casi una hora más tarde, cuando el tenso silencio de Manuel estaba a punto de acabar con los nervios de Lu, un hombre mayor apareció con las llaves de su casa y el pasaporte. Los dos hombres se pusieron a hablar en griego ignorándola por completo.
    -Espero que hayas dejado mi casa en orden -recalcó entonces Lucero en voz alta-. Y que la hayas dejado bien cerrada -añadió sin poder evitar que un gemido saliera de su boca-. ¡Por el amor de Dios! ¿Cómo diablos has entrado con la alarma conectada? ¿Has vuelto a conectarla...?
    -Mis empleados de seguridad no son estúpidos -alegó Manuel ofendido-. Lo han dejado todo en orden.
    -Debe de ser reconfortante saber que cuentas con empleados tan eficientes como ladrones -comentó Lu. Manuel le lanzó una mirada tormentosa-. Es de mala educación ignorar a las personas - añadió ella dándose la vuelta.
    Lo cierto era que no era más que una mujer de la limpieza, se dijo Lucero exasperada. El escalafón más bajo de todo el personal. Y estaba tratando con un hombre acostumbrado a ser servido a todas horas. El hecho de que se comportara desde ese momento como si fuera invisible no abrumó a Manuel, que evidentemente esperaba que se mantuviera en un respetuoso silencio y que no hablara a menos que le preguntaran. Sin embargo Lucero nunca había sido una persona callada.
    De pronto sintió frío, así que sacó el abrigo de la bolsa, le quitó la etiqueta y se lo puso. Le llegaba hasta el suelo. Si se subía el cuello parecería un fantasma.
    -Toma -dijo Manuel tendiéndole su móvil. Lu parpadeó confusa-. Tu historia encaja. Demitrios, el que ha ido a tu casa a por el pasaporte, lo confirma. Puedes llamar al propietario de la librería.

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    cap g

    Mensaje  alelucerina el Vie Jul 12, 2013 9:27 pm

    CAPITULO 7
    Lucero marcó el teléfono. En cuanto escuchó la voz del señor Barry le explicó que faltaría al trabajo un par de días y se disculpó por no haber avisado con más tiempo. Puso de excusa la enfermedad de un amigo. Luego colgó el teléfono. Manuel la miró de reojo.
    -Eres una buena mentirosa, resultas muy convincente.
    Unas cuantas horas más tarde Lucero había cambiado de estado de ánimo. Miraba a su alrededor con curiosidad. En el interior del jet los asientos eran de piel de color crema y la decoración elegante. El espacio destinado a los pasajeros parecía más un salón de lujo que un avión. ¿Acaso Manuel Mijares se daba cuenta de la suerte que tenía? ¡En absoluto! Lucero observó a su anfitrión. Habían estado esperando a que el aeropuerto les concediera permiso para despegar, y mientras tanto él había recorrido la habitación de un lado a otro rebosante de frustración e impaciencia. Por fin habían despegado, pero él seguía exactamente igual.
    Lucero estuvo contemplándolo. Tenía el cabello negro azulado, perfectamente peinado, con un estilo que encajaba con la forma de su cabeza. Los ojos, espectaculares, estaban enmarcados por largas pestañas negras. Las pupilas eran del color de la noche, capaces de brillar como las estrellas. Y los fuertes pómulos le añadían carácter. La nariz, arrogante, parecía advertir de ello. ¿Y aquella boca, generosa y perfecta? Inspiraba pasión y sensualidad. Lucero no pudo dejar de preguntarse cómo tal conjunto de rasgos podían dar lugar a un rostro tan devastador. Para cuando llegó a ese punto de la reflexión se dio cuenta de que estaba excitada, y tuvo que admitir algo que hubiera estado perfectamente dispuesta a negar. ¿A quién había querido engañar al decir que Manuel Mijares le producía repulsión? Aquella revelación dejó atónita a Lucero, que hacía años que no se sentía atraída por ningún hombre. Pero tenía que tratarse simplemente de unas pocas hormonas que, mediante trampas, pretendían recordarle que podía ser tan estúpida como cualquier otra mujer.
    Manuel Mijares resultaba increíblemente sexy aún de mal humor, y si era ella quien se había dado cuenta entonces es que era verdaderamente sexy. Poseía esa extraña fluidez en los movimientos que tenían los hombres con perfecta conciencia de su propio cuerpo, se movía como un enorme gato sobre patas almohadilladas. Y su cuerpo era perfecto. Hombros anchos, estómago plano y tenso, caderas estrechas, muslos largos y poderosos... Lu iba tomando buena nota de todos los detalles. Un hombre de ensueño... hasta que abría la boca. O mientras no la dejara cargar con las bolsas o la mirara con aquel infinito desdén sin ocurrírsele preguntar siquiera si tenía hambre o sed. Manuel no era un hombre de sentimientos. Era duro, egoísta, de mente cuadrada y por completo centrado en sus propios deseos...
    De pronto Manuel la pilló mirándolo y frunció el ceño. Lu se encogió asustada. Los ojos de él iban del dorado intenso al topacio, observó Lucero sintiendo de pronto que le faltaba el aliento. Sin embargo aquella era una sensación nueva para ella, como si estuviera al borde de la más pura excitación, incapaz de apartar los ojos de él. Era una excitación enfebrecida. El corazón le latía acelerado en los oídos mientras la boca se le quedaba de pronto seca. Una llama ardiente se retorció en su interior dándole color a su semblante.
    -Son las tres de la madrugada en Grecia, deberías tratar de dormir -murmuró Manuel con voz espesa.

    El mero sonido de aquella voz profunda y masculina fue como miel para los oídos de Lucero, la hizo estremecerse. Parpadeó y se puso en pie.
    -¿Dormir?
    Manuel alargó una mano y pulsó un botón. Sus alucinantes ojos estaban semiocultos por las espesas pestañas. Lucero se sintió intensamente violenta. Mientras se ponía en pie, mirando a todas partes menos a él, apareció una azafata que la guió hasta un compartimento con una cama. Lucero se dejó caer al borde de ella, desconcertada ante la poderosa reacción de sus pechos y de sus pezones, completamente tensos. Nunca en la vida la había mirado ningún hombre haciéndola sentir una excitación y una urgencia tan fuertes y poderosas. Pero Manuel Mijaress lo había conseguido.
    Lucero estaba perpleja ante aquel descubrimiento, y tan avergonzada de su reacción física que había sido incapaz de controlarse. ¿Acaso se había dado cuenta él de lo sucedido? Cerró los ojos con fuerza. Estaba asustada ante la sospecha de que Manuel no sólo lo había notado, sino que además había querido perderla de vista precisamente por eso.



    Un par de horas más tarde una voz insistente y suave despertó a Lu de un sueño poco reparador.
    -¿Señorita Hogaza...?
    Lucero se incorporó y se apoyó lentamente sobre los codos. La azafata asomaba la cabeza por la puerta con expresión insegura y una bandeja en las manos. Lu se incorporó otro poco más y sonrió aceptando el ofrecimiento.
    -Gracias... ¿sí?
    -Nosotros... bueno, el personal de vuelo y yo nos preguntábamos si querría usted quizá despertar al señor Mijares -señaló la azafata-. Aterrizaremos dentro de quince minutos, y naturalmente ninguno de nosotros quiere molestarlo...
    -¿Molestarlo? -inquirió Lucero preguntándose por qué le hacía aquel extraño ruego.
    -Alguien tiene que despertar al señor Mijares para que se vista para el funeral.
    -¿El funeral? -repitió Lucero.
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    Re: LA NOVIA EMBARAZADA-- ADAPTADA---

    Mensaje  diana lucerina el Sáb Jul 13, 2013 3:13 pm

    :OOOOOOO!! siguela me encanta :O
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    Re: LA NOVIA EMBARAZADA-- ADAPTADA---

    Mensaje  Hicat el Sáb Jul 13, 2013 5:51 pm

    Continuala.lol!  ESTA MUY BUENA, Y ME GUSTA.

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    cap 7

    Mensaje  alelucerina el Sáb Jul 13, 2013 10:51 pm

    -Me temo que este vuelo va muy retrasado, señorita Hogaza. Entre el retraso sufrido en Londres y el de aquí, a la hora de aterrizar, no queda tiempo. El señor Mijares tendrá que asistir al funeral directamente desde el aeropuerto. Espero que no lo considere una intromisión, pero quería decirle que todos nos alegramos mucho de que el señor Mijares tenga a alguien en quien apoyarse en estos momentos -añadió volviendo a salir.
    Lucero se quedó mirando al vacío, completamente despierta. De modo que Manuel Mijares viajaba a Grecia para asistir a un funeral. Y ésa era la razón por la que le había comprado tanta ropa negra. El personal de vuelo debía de haber llegado a la conclusión de que ella era una persona importante para Manuel simplemente por el hecho de que lo acompañaba. Y recordaba haberle oído decir que, precisamente en ese viaje, no deseaba tener compañía. Lu no podía dejar de preguntarse de quién sería el funeral.
    Tras dejar la bandeja del desayuno a un lado Lucero se levantó y se apresuró a entrar en el baño. Le hubiera encantado tomar una ducha, pero no había tiempo. Sacó el traje sastre negro y se lo puso. El aspecto que adquirió con él la dejó atónita. La chaqueta se le ajustaba como un guante, marcándole la cintura, destacándole los pechos. Y la estrecha falda se le pegaba a cada curva. Estaba fantástica. Lucero se ruborizó mientras se miraba al espejo. Aquello era vanidad y superficialidad.
    Volvió a la zona de pasajeros y vio a Manuel dormido en una posición imposible en el sillón. Apenas cabía con aquellas largas piernas. Su corazón se enterneció. Él se había quitado la corbata y la chaqueta, y llevaba la camisa de seda abierta. El escote moreno y el mentón, con la sombra de una barba naciente, le hacían parecer más joven, más accesible. Y además parecía exhausto. Le hubiera ido bien la cama de no haber estado ella. Lu se puso tensa. Todo el personal de vuelo temía molestarlo e inmiscuirse en su dolor, y ella no había hecho otra cosa desde el momento de conocerlo. Se sentía culpable. Era natural que no hubiera estado de humor. Puso una mano sobre su hombro y lo sacudió. Sus largas pestañas se levantaron lentamente. Manuel suspiró y miró el reloj. Se puso en pie y se dirigió al compartimento en el que estaba la cama.
    -¿Señor Mijares? -lo llamó Lu. Manuel se quedó quieto, pero no contestó-. No sabía que ibas a un funeral.
    -¿Es que no lees los periódicos? -preguntó él dándose la vuelta con el ceño fruncido.
    -No, no tengo tiempo.
    -Es el funeral de mi padre.

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    Mensaje  alelucerina el Sáb Jul 13, 2013 10:53 pm

    ese es el capitulo 8 se me olvido poner el capitulo perdon jajaja
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    Re: LA NOVIA EMBARAZADA-- ADAPTADA---

    Mensaje  diana lucerina el Dom Jul 14, 2013 1:00 am

    hay noo! pobre lu! y pobre manuel!

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    cap9

    Mensaje  alelucerina el Dom Jul 14, 2013 1:38 am

    CAPITULO 9
    Lucero respiró hondo, pero eso no la hizo sentirse mejor. La circunstancia no podía ser peor. Era natural que hubiera deseado estar solo, pero entonces, ¿por qué había insistido en que lo acompañara? Hubiera deseado comprender por qué aquella información que había oído era tan importante. Manuel había estado trabajando hasta la noche antes del funeral de su padre. ¿Acaso su muerte había sido repentina? ¿No hubiera debido de estar antes con él?
    Eran más de las siete de la mañana cuando Manuel y Lucero aterrizaron en el aeropuerto de Atenas. El sol lucía brillante. Los guardias los saludaron con gesto grave al pasar la aduana, y pronto una ola de periodistas con cámaras, gritando, se acercó a ellos. Sólo unos cuantos guardias los contenían.
    Lucero se quedó helada al sentir los flashes de las cámaras. Manuel puso un brazo alrededor de sus hombros y la guió por el aeropuerto imperturbable, sin contestar a una sola de las preguntas que le dirigían en todos los idiomas.
    -¿Quién es la mujer que lo acompaña? -oyó Lucero que preguntaba un hombre en inglés.
    Dulce estaba escandalizada ante el comportamiento de los paparazzi. ¿Qué había sido de la intimidad? Manuel se dirigía al funeral de su padre, ¿acaso lo seguían fuera a donde fuera?
    Con frecuencia en el trabajo, durante los descansos, Lucero había oído hablar a sus compañeras sobre la vida privada de Manuel. Era la comidilla interminable de los titulares y de la prensa amarilla. Había tenido aventuras con las mujeres más atractivas, y se le consideraba todo un Dios del sexo. Pero Manuel siempre se había considerado por encima de todo eso. No le inspiraba el menor interés un hombre al que ni conocía ni podía conocer, así que no había prestado atención. Manuel y Lucero cambiaron de terminal y entraron en una pequeña sala de espera.
    -¿Es siempre así con los periodistas? -preguntó ella.
    -Sí, bueno, me temo que hoy tu presencia ha causado más excitación de lo habitual -contestó Manuel encogiéndose de hombros.
    -Pues espero que nadie me reconozca. ¿A qué estamos esperando?
    -A un avión que nos llevará a la isla en la que se celebra el funeral.
    Otro vuelo, pensó Lu reprimiendo un suspiro. El viaje parecía interminable.
    -¿Otra isla?
    -Chindos. ¿Pero será posible que no sepas nada de mí? ¡Es que no sabes nada! -comentó Manuel sorprendido-. No estoy acostumbrado.
    -Pero apuesto a que es bueno para ti... es la prueba de que no eres el centro del universo - musitó Lu haciendo una mueca-. Lo siento, lo siento, sólo estaba pensando en voz alta.
    -Tienes una desastrosa falta de tacto que debe de causarte graves problemas -comentó Manuel escrutándola con una sonrisa.
    -La gente ya me conoce -contestó Lu tragando saliva, agradecida que él no hubiera explotado.
    -¿Y por qué siempre buscas pelea? Pareces tan delicada y femenina... -continuó Manuel sin dejar de observarla.
    -¡No, por favor, delicada no...!
    -¿Bonita?
    -¡Eso es peor! -lo censuró ella-. Los hombres se niegan a tomarme en serio, es el problema de ser rubia y bajita...
    -Pero si tú no eres rubia, tienes un pelo muy llamativo -comentó Manuel con desdén-. Si de verdad no quieres provocar esa actitud en los hombres no te tiñas de ese color.
    -Es mi pelo, es natural. Mi abuela era holandesa, y muy rubia -explicó Lucero acostumbrada a las sospechas.
    -¿Natural? No te creo. Quítate el sombrero.
    Tras unos segundos de vacilación Lu lo hizo. El color de su pelo brillaba contrastando con el negro del abrigo.
    -¿Lo ves? Es natural.
    Manuel miró fijamente aquel cabello. El silencio era tan espeso que podía cortarse. Lucero lo observó con los ojos entrecerrados. Manuel era alto y reservado, y tan moreno que resultaba exótico. Y el elegante traje le sentaba de un modo impresionante. Pero no podía seguir así.
    Lucero se echó a temblar, se daba cuenta que era incapaz de mantener el control. Cada vez que miraba Manuel Mijares sentía una desesperada e inmensa excitación sexual. No podía soportar que le ocurriera eso con ningún hombre. Era una debilidad, algo irracional, humillante...
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    Re: LA NOVIA EMBARAZADA-- ADAPTADA---

    Mensaje  diana lucerina el Dom Jul 14, 2013 10:20 am

    :O siguela!

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    cap 10

    Mensaje  alelucerina el Dom Jul 14, 2013 8:04 pm

    CAPITULO 10
    -¿Cómo es ser una mujer de la limpieza? -preguntó Manuel de pronto, medio tartamudeando.
    -Escucha, no hace falta que me des conversación.
    -Ha sido una pregunta sincera.
    -Bueno, bien, pues es... aburrido, repetitivo y además está mal pagado -explicó Lucero con insolencia-. Así que si esperabas otra cosa siento decepcionarte.
    -Y entonces, ¿por qué lo haces?
    -Tengo un buen horario, y además no tengo a ningún jefe pelmazo detrás. No me gusta que me controlen.
    -Ya me he dado cuenta. Deberías de solucionar ese problema y tratar de buscar un empleo mejor. Aunque quizá no tengas ninguna preparación ni experiencia en ninguna otra cosa.
    -Ya tengo planes, gracias. Soy una mujer ambiciosa, dentro de lo que cabe. No estaré abrillantando suelos mucho tiempo -explicó Lu burlona.
    -No es muy buena idea contarme eso precisamente a mí -comentó Manuel escrutándola con duros ojos negros-. Yo nunca bromeo con los negocios, Lucero.
    -Ni yo. Los negocios son lo primero en mi vida. Y lo último. Lo son todo.
    -¿En serio?
    -Sí, y te advierto que ya me debes bastante dinero -informó Lucero amable-. ¿Te has dado cuenta de que espero que me pagues por cada una de las horas que he perdido?
    -Naturalmente.
    -Con horas extra incluidas -especificó Lucero dispuesta a luchar-. Me tomo muy en serio eso de que me hagan pasar hambre, no me den tiempo para descansar y me tengan despierta hasta las tres de la mañana.
    -Eres tu peor enemigo, Lucero -murmuró Manuel con ojos sonrientes-. Te hubiera pagado mil veces más si te hubieras quedado calladita.
    -Bueno, no soy una avara. Y a propósito, cuando dije que no iba a seguir abrillantando suelos durante mucho tiempo no estaba pensando en lo que oí, eso ya lo he olvidado.
    -¿Y cómo has podido olvidarlo? -preguntó él incrédulo.
    -Aunque hubiera comprendido la importancia de ese comentario, cosa que no es así, soy una persona honesta. Nunca hubiera tratado de aprovecharme de esa información.
    -Los peores son los que se pasan la vida diciéndote lo honestos que son.
    -¡Es evidente que creerás lo que se te antoje, así que adelante! -exclamó Lucero ofendida.
    -No puedes culparme por tomar precauciones.
    Aquella confiada afirmación llenó a Lucero de resentimiento. ¿A quién se creía que estaba engañando? Él no había vacilado en utilizar su poder como arma, y el hecho de que ella hubiera tratado de ver el lado positivo de la situación no lo alteraba en nada.
    -No te atrevas a justificarte, llama a las cosas por su nombre -advirtió Lu-. Si tú y yo no fuéramos quienes somos yo no estaría aquí. Y si Gabriela y yo no necesitáramos nuestros empleos te habría mandado a donde te mereces.
    -Me lo imagino -soltó él con voz de seda.
    -Y sabes muy bien que arrastrarme de este modo... bueno, no es precisamente un trato de ensueño, ¿no crees? No quisiera ser irrespetuosa, pero no me gustan los funerales.
    -¡Pues a mi padre le hubieras encantado! -exclamó Manuel con un brillo en los ojos.
    -¿Es que él era de los buenos?
    Manuel volvió a ponerse tenso. Toda la expresión divertida de su rostro desapareció. En silencio, asintió con gesto duro. Luego le dio la espalda a Lucero, que hubiera deseado mantener la boca cerrada. Entonces alguien llamó a la puerta. Era hora de marcharse. Ambos salieron al creciente calor del sol y caminaron hasta embarcar en un pequeño avión. ¿Cómo había podido tener tan poco tacto?
    El avión sobrevoló las aguas del Adriático. Sólo el ruido del motor llenaba el silencio. Lucero sintió que los párpados le pesaban. Se hundió en el asiento y se durmió.

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    cap 11

    Mensaje  alelucerina el Dom Jul 14, 2013 8:05 pm

    CAPITULO 11

    Le costó despertar y tardó en comprender dónde estaba. Abrió los ojos confusa. Estaba tumbada en el enorme asiento trasero de una limusina de lunas tintadas. De pronto, con un ruido metálico y caro, la puerta se abrió. Un joven moreno se quedó mirándola.
    -Así que tú eres la última conquista de Manuel... Tengo que decírselo a mi primo, tiene buen gusto. No es de extrañar que no hayas querido entrar en la iglesia, algunos de los parientes de su madre son de estrechas miras. Me llamo Lukas Varios.
    Lucero se incorporó, tensa ante la mirada de aquel joven, fija en sus piernas. Tiró de la falda y contestó:
    -¡No soy la última conquista de Manuel!
    -Bien, ésa es una buena noticia -sonrió Lukas deslizándose por el asiento y cerrando la puerta-. Entonces, si no eres de Manu, ¿qué estás haciendo aquí, esperándolo a las puertas del cementerio?
    -Trabajo para él, ¿de acuerdo?
    -Por mí de acuerdo... -contestó el joven imperturbable ante la helada mirada de ella, alargando un brazo confiado hasta el cabello rubio platino y murmurando contra su mejilla ruborizada -: Eres verdaderamente una muñeca...
    La puerta del coche volvió a abrirse, pero en esa ocasión era Manuel que, echando un vistazo a la escena, aparentemente íntima, rugió de ira. Alargó un poderoso brazo, agarró al joven del cuello y lo sacó de la limusina para echarle un rapapolvo en griego. Lucero, atónita e inmóvil, miró a Manuel.
    -Ella dijo que no era tu chica... ¿crees que me habría abalanzado sobre ella de no ser así? -gritó Lucas mientras se alejaba echando chispas.
    Manuel entró en el coche con expresión seria y rasgos endurecidos, como de bronce, sin decir palabra. Sus ojos brillaron de ira al exclamar con desprecio:
    -¡No te he traído aquí para que vayas tendiendo trampas a los hombres!

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    cap 12

    Mensaje  alelucerina el Dom Jul 14, 2013 8:08 pm

    CAPITULO 12
    Lucero, que tenía temperamento y que de hecho estaba ya alterada, estalló. Reaccionó instintivamente, levantando una mano y abofeteando el rostro de Manuel con fuerza.
    -¡Ningún hombre habla así de mí! -la mejilla de Manuel quedó marcada. Él la miró con atónitos ojos negros. Ella sabía que había ido muy lejos, pero estaba demasiado enfadada como para reconocerlo-. ¡Y tu vanidoso primo se merece otra! ¿Quién diablos se ha creído que es? ¡Llamarme muñeca y acariciarme el pelo como si yo fuera un juguete! ¿Y cómo te has atrevido tú a comportarte así, haciéndole creer me rebajaría a ser tu chica?
    -¿Rebajarte...? -repitió Manuel nervioso, con ojos brillantes.
    -¡Sí, rebajarme! -confirmó Lucero temblando-. Las mujeres no somos objetos que los hombres puedan poseer...
    -Yo podría persuadirte de que me pertenecieras si quisiera -declaró Manuel medio gritando.
    Lucero respiró hondo al escuchar aquello. Lo escrutó con ojos irritados y contestó:
    -¿Con qué? ¿Con un hacha primitiva? Porque déjame que te diga una cosa: sólo conseguirías que entrara en la cueva familiar noqueándome y arrastrándome de los pelos.
    Manuel la atrajo entonces a sus brazos sin previo aviso, sin aceptar un no por respuesta, y apretó sus labios contra los de ella. El shock paralizó a Lucero, pero otra sorpresa aún más grande la esperaba. Cuando aquella sensual boca la poseyó hambrienta fue como si el mundo se hubiera detenido y ella estuviera volando por el cielo, directa hacia el sol.
    Porque el ardor y el ansia que Manuel hizo surgir en ella hubiera podido hacer arder todo el planeta. La cabeza le daba vueltas, todo razonamiento fue suspendido durante aquel instante de pura sensación. Manuel la estrechó con más fuerza aún, y Lucero sintió que la sangre le hervía por las venas.
    Manuel se apartó de ella con respiración entrecortada y ojos brillantes, con una sonrisa de satisfacción que fue incapaz de ocultar.
    -No necesitaría usar la fuerza contigo, Lucero. Vendrías a la cueva familiar como un corderito -comentó contento, con voz espesa.
    Mientras las brumas de la intoxicación se despejaban Lucero miró aquellos bellos y oscuros rasgos. Manuel se puso tenso, entrecerró los ojos y trató de apartarla de sí. Una ola de rubor invadía a Lucero, que jamás se había sentido más violenta. No podía creer que hubiera sucedido lo que había sucedido. No podía creer que él la hubiera hecho sentirse así. El silencio reinaba tenso, espeso, como una trampa en la que ninguno de los dos quisiera arriesgarse a caer.
    -Yo... yo -comenzó a decir Lucero, tratando de buscar una excusa que pudiera justificarlos a los dos- ... no debería de haberte dado una bofetada, te has puesto furioso y...
    -A los hombres griegos no les gusta que se ponga en entredicho su masculinidad -dijo Manuel dejando que una risa irónica escapara de sus labios -. Pero la verdad es que te he besado porque he querido. Tal y como tú acabas de decir, hay que llamar a las cosas por su nombre.
    Perpleja ante aquella admisión, Lucero se quedó mirándolo para volverse luego hacia la ventana. Manuel confesaba sentir la misma atracción que la estaba volviendo loca a ella.
    -Naturalmente no repetiremos la experiencia - añadió Manuel con sencillez, poniendo punto final a la conversación.
    Lucero, de perfil, se puso tensa. Manuel sólo había afirmado algo evidente, algo que ella misma hubiera podido decir, pero a pesar de todo se sintió mortificada. Aquello era una advertencia, y se sentía humillada. Al fin y al cabo era él quien la había besado, y sin embargo se sentía en la obligación de reprimir cualquier idea estúpida que ella pudiera concebir.
    ¿Quién diablos se había creído que era? ¿El hombre más irresistible del mundo? Sí, pensó. Y toda aquella seguridad en sí mismo no era vanidad. Manuel lo tenía todo. Era atractivo, tenía dinero, poder. ¿Cuántas veces lo había rechazado una mujer? ¿Y cuántas alentado? A pesar de todo tenía que defenderse.
    -He dejado que me besaras porque te has mostrado terriblemente...
    -No quiero seguir discutiendo sobre esto -la interrumpió Manuel-. Hoy no estoy muy centrado, me enfado enseguida.
    Sin embargo Manuel había cambiado las ideas de Lucero acerca de su propia sexualidad. En un santiamén. Ante el deseo de volver a estrecharlo entre sus brazos lo único que podía hacer era resistir. Nunca hubiera soñado que ningún hombre la excitara tanto, la dejara tan hambrienta. Y el hecho de que Manuel Mijares tuviera ese poder sobre ella la tenía perpleja.
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    Re: LA NOVIA EMBARAZADA-- ADAPTADA---

    Mensaje  diana lucerina el Lun Jul 15, 2013 6:30 pm

    siguela!!!! Very Happy
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    Re: LA NOVIA EMBARAZADA-- ADAPTADA---

    Mensaje  Hicat el Miér Jul 17, 2013 7:21 am

    Continuala. Me gusta mucho esta wn.

    Todas deberian de continuar sus wn's. Smile

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    cap 13

    Mensaje  alelucerina el Vie Jul 19, 2013 7:21 pm

    CAPITULO 13
    La limusina subió por una calle empinada. Sobre un acantilado de altura espectacular surgió un enorme tejado. La casa parecía más grande cuanto más se acercaban. No era una villa, era todo un palacio.
    -¿Es ésta tu casa? -preguntó Lu. Manuel asintió mientras la limusina paraba delante de la gigantesca edificación -. Si vas a estar con tus amigos y tu familia será mejor que busques una habitación donde encerrarme, no quiero inmiscuirme en tus...
    -Tú te quedas conmigo -la interrumpió él tranquilo.
    -¿Y qué se supone que debo decir cuando la gente me pregunte? ¡Ni siquiera sé cómo se llamaba tu padre! -respondió Lucero sin disimular su incomodidad.
    -Se llamaba Spiros, tenía setenta y un años y yo era su único hijo -informó Manuel con voz espesa-Era una de esas buenas personas que tú has mencionado antes, y su muerte ha sido repentina e inesperada.
    -No tuviste la oportunidad de decirle adiós. Eso es, difícil de asimilar -comentó Lu recordando sus propias penas.
    Manuel la miró de reojo, con desdén.
    -Ahórrate los tópicos, mi padre y yo llevábamos tiempo separados.
    -No era un tópico. ¿De quién era la culpa de que estuvierais... separados? -se atrevió Lucero a preguntar.
    -Mía...
    -Pero tú no podías saber que...
    -¡Eso no es asunto tuyo! -gritó Manuel.
    Ambos salieron del coche. Lucero miró de reojo a Manuel que, tenso, reprimió un suspiro. Estaba decidido a contener sus emociones tal y como, supuestamente, todo hombre debía hacer. Hubiera sido mucho más fácil para una mujer. En aquel momento Manuel Mijares era como un volcán, luchando por tragar toda la lava emergente, a punto de estallar.
    Lucero dejó que la adelantara. Un montón de sirvientes se alineaban esperándolos en el opulento vestíbulo. Manuel dijo unas palabras. Dulce vaciló y miró a su alrededor. De pronto una morena apareció inesperadamente en el dintel de una puerta. Manuel, que no la había visto, miró para atrás con gesto imperioso.
    -¡Lucero! -la llamó impaciente. Ruborizada ante las miradas curiosas, Lucero aceleró el paso. Justo cuando Manuel alargó una mano para tomar prisionera la de ella, la morena se acercó caminando. No debía de tener ni treinta años. Tenía el pelo corto y negro, y los ojos oscuros y exóticos. Y llevaba una ropa y unas joyas impresionantes.
    -Helena... -la llamó Chris apretándole la mano a Dulce.
    Helena plantó un frío beso sobre la mejilla de Manuel y ambos comenzaron a hablar en griego. La morena ignoró a Lucero que, lejos de molestarse, estaba irritada por la cabezonería de Manuel al mantenerla a su lado. Él continuó hablando con la griega, que Lucero supuso sería una pariente cercana, mientras las guiaba a ambas hacia un salón.
    Entonces comenzó a llegar más gente y Helena asumió el papel de anfitriona. Manuel había soltado ligeramente la mano de Lucero, que trataba de escabullirse hacia un rincón. Pero Manuel no solo la retenía, sino que de pronto la hizo adelantarse y comenzó a presentarle a gente. No obstante Lucero no pudo mantener ninguna conversación con nadie. Muchas miradas recaían sobre ella, pero Manuel no dejaba de llevarla de un lado a otro. Intercambiaba unas palabras aquí, una frase allá... estaba tan tenso que era incapaz de dialogar con nadie.
    -¡Cristo, odio esto! -murmuró Manuel entre dientes, de pronto.
    Unos minutos más tarde un hombre mayor lo abrazó forzándolo a soltar a Lucero. Ella dio un paso atrás y después comenzó a caminar hacia el balcón, que parecía recorrer toda la fachada de la casa. Salió y respiró hondo aquel aire cálido. Las vistas sobre el valle eran increíbles. Un interminable cielo azul abovedado cubría las crestas de los pinos sobre los que había flores que salpicaban color. Al fondo, mucho más abajo, majestuosas formaciones rocosas se internaban en el brillante azul turquesa del mar. Era tan hermoso que casi producía dolor.
    Lucero estuvo admirando las vistas durante un rato. Después, consciente de su cansancio, se dio la vuelta y vio a Manuel. Era tan alto que era imposible no verlo. Tenía el ceño fruncido y miraba a su alrededor sin descanso, prestando escasa atención a lo que le decían. De pronto su mirada se posó sobre Lucero, iluminándose como una estrella, y su rostro se relajó.
    Lucero colisionó contra aquellos ojos negros brillantes. Su corazón comenzó a latir y se le secó la boca. Observó a Mauel caminar a grandes pasos hacia ella. Tenía centrada en él toda su atención, y era tan incapaz como él de apartar la mirada. Ambos parecían ciegos a los murmullos y a la especulación que aquella escena estaba suscitando.
    -¿Dónde diablos te habías metido? -preguntó él con la respiración entrecortada, fuera de tono, a dos pasos de ella. Emanaba de él tensión a manos llenas. Escrutó el rostro de Lucero con ojos negros intensos y feroces y preguntó-: ¿Pero por qué quiero estar contigo justo ahora?
    -¿Será que se ha convertido en una mala costumbre eso de vigilarme para que no llame por teléfono? -preguntó Lucero.
    En ese instante Helena Teriakos se acercó a ellos a paso lento. Lucero se ruborizó bajo su atenta mirada, inquisitiva y fría. Se sentía incómoda en presencia de aquella mujer, aunque no sabía por qué.
    -La señorita Hogaza parece exhausta, Manuel. Estoy segura de que apreciaría mucho si pudiera retirarse a descansar.
    -Sí, sí... me gustaría -intervino Lucero. La bella morena sonrió y miró a Lucero con aprobación. Manuel llamó a una criada con un imperioso gesto de los dedos.
    -Te veré más tarde -dijo Manuel volviendo a entrar en el salón.
    ¿Por qué sentía como si lo estuviera abandonando?, se preguntó Lucero inquieta y molesta mientras seguía a la sirvienta. Apenas lo conocía, ¿qué estaba pasando?
    La sirvienta la llevó hasta un ascensor que había en el vestíbulo. Bajaron en él y luego atravesaron un corredor que las llevó directas al jardín. Intrigada, Lucero siguió a la chica por un sendero en pendiente hasta un pequeño edificio justo a la derecha de una franja de arena dorada. Era un lugar de ensueño.
    El interior estaba maravillosamente fresco. Era una especie de casa de invitados, pensó Lucero admirando el espacioso salón. Con grandes ventanas y contraventanas que la protegían del sol, cómodos sofás y suelo de mármol. No había cocina, sólo un frigorífico escondido y bien surtido. Y dos dormitorios con baño tipo suite. Sus paquetes estaban de hecho ya en uno de ellos.
    Lucero aprovechó la oportunidad para tomar una ducha y tratar de olvidarse de todo. Sin embargo Manuel volvía a su mente una y otra vez. Su imagen se mantenía ahí, negándose a desaparecer. De pronto recordó la forma en que se había acercado a pasos agigantados hasta ella y se echó a temblar negándose a analizar su propia respuesta. «¿Por qué quiero estar contigo justo ahora?», había preguntado él incrédulo. ¿Y por qué lo había esperado ella conteniendo el aliento?
    Aquélla no era la forma en que tenía por costumbre comportarse con el sexo opuesto. De hecho Manuel Miajres debería de haberse hundido como una piedra bajo el peso de sus prejuicios. Dulce siempre desconfiaba de los hombres atractivos, y era muy consciente de que los hombres ricos veían a las mujeres como trofeos. Su propio padre había sido uno de ellos.
    Sin embargo de pronto se veía forzada a admitir que ni siquiera sus más fuertes convicciones tenían porqué influir sobre su comportamiento. Manuel irradiaba magnetismo, aunque eso no excusara el hecho de que se hubiera comportado como una colegiala. En la vida real Cenicienta hubiera contemplado a su príncipe de lejos, fuera de su alcance, bailando con una princesa. No, Manuel Mijares no era un ser superior para ella, pero era una persona tan fría, despiadada, dura y con tan alto estatus que resultaba completamente fuera de su alcance. Se sentía atraída hacia él, eso era todo. Lucero se puso el camisón de tirantes y salió fuera. La sirvienta volvió a aparecer con una bandeja. Lucero comió con apetito y luego se acurrucó en el sofá para caer dormida.



    La llegada de otra bandeja de comida fue lo que la despertó. No tenía hambre. El sol comenzaba a ponerse, no podía creer que hubiera estado durmiendo toda la tarde. No iba a poder dormir durante la noche, y era una lástima no haber aprovechado para salir a pasear y ver la playa. Lucero rebuscó por entre los CDs almacenados junto al equipo de música. Sonrió para sí misma y puso uno de flamenco recordando las interminables clases que su madre le había obligado a tomar. Bailar era el mejor modo de exteriorizar las emociones. Dejó que el ritmo invadiera su cuerpo y fluyera por él creando una serie de movimientos experimentales y después relajó los músculos. Entonces, justo con el ritmo más rápido, se dejó llevar por la pasión de la música.
    Su respiración era entrecortada y rápida, tenía los músculos tensos y la piel sudorosa. De pronto, al terminar la música, Lucero se detuvo. Dejó que su cabeza cayera y arqueó la espalda en una curva perfecta.
    -Eso ha sido increíble... -comentó Manuel en un murmullo lleno de énfasis, con voz ronca. Lu giró sobre sus talones mientras su mirada ausente desaparecía para adquirir una expresión de desconcierto. Manuel estaba de pie, entre sombras, cerca de la puerta. Se había quitado la chaqueta y la corbata, pero aún parecía una estatua de bronce-. Ha sido extraordinario, con tanta pasión en cada movimiento... cada gesto cuenta una historia.
    Un ligero rubor subió a las mejillas de Lucero, que se enfadó.
    -Deberías de haberme dicho que estabas aquí... ¡no tenías derecho a observarme en silencio!
    -No quería interrumpirte... -contestó Manuel con un brillo en la mirada, que quedó fija sobre los labios rosas de ella.
    Lucero abrió la boca. Una tensión comenzaba a apoderarse de su cuerpo y del aire.
    -Ésa no es excusa... -protestó ella.

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    cap 14

    Mensaje  alelucerina el Vie Jul 19, 2013 7:22 pm

    CAPITULO 14
    -Cristo, ¿hay algún hombre que te haya interrumpido y siga vivo? -preguntó Manuel echando atrás la cabeza sin dejar de contemplarla.
    Lucero estaba tan tensa y tan quieta que podía sentir cada uno de los latidos de su corazón. Su mirada colisionó con la de él y sintió que la intoxicaba. Mareada y desorientada, fue incapaz de pronunciar ninguna frase con sentido como respuesta. De hecho le resultaba tan difícil seguir pensando que sencillamente se quedó mirándolo. Pero su cuerpo sí que respondía. Sus pulmones respiraron hondo arriba y abajo, y sus pezones se tensaron prominentes.
    Manuel dejó que sus ojos vagaran hambrientos por aquel bello rostro y después, a paso lento, por la esbelta figura. La tela del camisón colgaba de los tirantes como una segunda piel, trasparentando la lujuriosa figura, moldeando sus pechos y pezones, ajustando las caderas y la línea de sus muslos. La sexualidad de aquella mirada fija cautivó a Lu que, llena de excitación, se sintió incapaz de resistir.
    -Verte bailar ha sido la experiencia más erótica que jamás haya vivido fuera de una alcoba -confesó Manuel-. Nunca he sentido una necesidad como ésta de poseer a ninguna mujer. En este preciso instante estoy disfrutando como un loco adolescente ante la maravilla de sentir algo tan intenso.
    Lucero se echó a temblar, atónita ante lo directo de aquella declaración, incapaz de pensar. ¿Adolescente? ¿Manuel Mijares un adolescente? ¿Qué clase de acercamiento era ése? Lucero miró involuntariamente para abajo y se quedó helada. Apenas llevaba nada, y sin embargo no había sentido ninguna necesidad de taparse nada más verlo.
    De pronto, precipitadamente y con el rostro todo colorado, Lucero tomó lo primero que encontró en el sofá y se envolvió como si fuera una sábana. No era de extrañar que Manuel se acercara a ella a pasos agigantados. Los hombres apenas distinguían o pensaban nada cuando una mujer se vestía para provocar. De hecho Manuel estaba convencida de que la mayor parte de los hombres vivían constantemente al borde de la tentación.
    Manuel dejó escapar una risa suave, irónica. Sus fuertes rasgos ya no mostraban tensión alguna. Observaba a Lu, de pie con aquellos ojos verdes y el rostro ruborizado.
    -Medio niña, medio mujer. ¡Qué combinación más confusa!
    -Deja de hablar así -lo urgió Lucero evitando su mirada-. No sabes lo que dices. Fingiré que no te he oído, sé que no puedes evitar ser como eres, así que no voy a ofenderme...
    -Quizá no sea éste el momento más apropiado para decirte que tú eres la única luz que ha brillado para mí en un día oscuro como éste - respiró Manuel mientras se alejaba de ella.
    -Eso es porque soy una extraña para ti... ¿es que no te das cuenta? -continuó Lucero con voz temblorosa, emocionada a su pesar por la sinceridad del comentario-. No tengo ninguna expectativa sobre ti, no conozco tu vida. No te pido nada, ni hago juicios.
    -Al contrario, no dejas de hacer juicios arbitrarios sobre mí -la contradijo Manuel.
    -Me voy a dar un paseo por la playa -declaró Lucero sintiéndose embargada por la tormenta emocional que comenzaba a desarrollarse en su interior.
    Lu abrió la puerta y salió. La luz de la luna se reflejaba en la superficie del agua susurrante de la playa. Era una noche clara, cálida y sin brisa. Caminó descalza por la arena y trató de luchar contra el tumulto interior que él había desatado. Era plenamente consciente de lo que él sentía y por lo que estaba pasando.
    La forma en que Manuel la miraba era como para quedarse helada, como para asustarse. Pero era también como para quedarse electrificada. La hacía sentirse como borracha incluso cuando no estaba presente. Era como si un loco y fatuo pensamiento se hubiera apoderado de ella hasta robarle el sentido común. En el plazo de veinticuatro horas Manuel había vuelto todo su mundo del revés, había derribado todas sus defensas, había sacado de ella todo un mundo de vulnerable emociones que por lo general guardaba bajo llave en su interior.
    Y, para ser sinceros, Lucero sabía que no podía confiar en sí misma estando junto a él. Deseaba a Manuel Mijares, lo deseaba como jamás había deseado a ningún hombre, y sólo darse cuenta de ello resultaba aterrador. Pero mucho más peligroso era aún pensar que se moría de ganas de hablar con él, de escucharlo, de estar con él...
    Todo en su interior la advertía del peligro. Manuel era incapaz de enfrentarse a sus propios sentimientos en aquel momento, y por eso centraba su atención sobre ella. Ésa era la cruda realidad, la verdad sobre su supuesto deseo hacia ella. Era la técnica masculina habitual para evitar la verdad. Manuel hubiera bailado sobre cristales antes de admitir que deseaba hablar sobre las relaciones que había mantenido con su padre.
    Lucero volvió de pronto sobre sus pasos tomando una decisión. Manuel estaba mirando al mar con las manos en los bolsillos del pantalón.
    -Apuesto a que nunca te ha ocurrido realmente nada malo -respiró Manuel.
    -¿De qué diablos estás hablando? -preguntó Manuel volviéndose.
    -¿Tuviste una infancia feliz?
    -Sí.
    -¿Y tuviste una relación íntima con tu padre antes de alejaros el uno del otro?
    -Por supuesto -confirmó Manuel desalentándola que preguntara más.
    -Entonces, ¿por qué no puedes concentrarte en los buenos momentos que pasaste con él?
    -¿Qué sabes tú de cómo me siento? -preguntó él agresivo.
    -Sé cómo te sientes, pero sencillamente no comprendo cómo no aprecias más la suerte que tuviste al disfrutar de todos aquellos años de felicidad con tu padre -Manuel se volvió, incapaz de pronunciar palabra, con expresión de ira-. Yo... tuve un padre que ni siquiera le dejó a mi madre inscribirme en el registro con su apellido, un padre con el que me crucé en una ocasión por la calle y que fingió no conocerme -confesó Lucero-. Y sin embargo mi madre nunca dejó de venerar la tierra que él pisaba -Manuel la miró frunciendo el ceño, lleno de incredulidad-. Tuve una riña muy fuerte con mi madre el día antes de morir -continuó Lucero estremeciéndose por las lágrimas-. Yo tenía dieciséis años, y la quería tanto que me moría de preocupación por ella. Pretendía sacarla de su estado de depresión, persuadirla de que merecía la pena vivir aunque fuera sin mi padre...
    Manuel se había acercado sin que Lucero lo advirtiera. Cerró los brazos en torno a ella y la estrechó con fuerza. Dulce pensó fugazmente en que nada estaba ocurriendo como había imaginado. La cálida e íntima fragancia de él inundaba sus sentidos al respirar. La tranquilidad, el apoyo que significaba su poderoso cuerpo resultaba embriagador.


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    cap 15

    Mensaje  alelucerina el Vie Jul 19, 2013 7:23 pm

    CAPITULO 15
    Era Manuel quien hacía de pronto las preguntas, y sin vacilar. Y Lucero se lo contó todo. Su madre, Luz Hogaza, era la hija única de un próspero viudo, y nunca había tenido que enfrentarse a la realidad. Vivía idolatrada por su padre. A los veintiún años se enamoró y se comprometió con el padre de Lucero, Tony. Pero poco después su padre sufrió una bancarrota y todo se vino abajo.
    -Tony no quería a mi madre sin su dinero -continuó Lu-. Rompió el compromiso y poco después se casó con la hija rica de un industrial.
    -¿Así que dejó a tu madre cuando estaba embarazada?
    -No, no fue tan sencillo. Unas semanas después de casarse mi padre fue a ver a mi madre y le dijo que había cometido un tremendo error, que aún la amaba. Y ese mismo día me concibieron a mí. Mi madre creyó que él abandonaría a su mujer.
    -Ah... -murmuró Manuel-, pero no era ésa su intención, ¿no?
    -Mi madre apenas tenía experiencia, y seguía loca por él -admitió Lu suspirando-. No quiero seguir hablando de ellos.
    -Tranquila -dijo Manuel con voz ronca, dejando que sus manos se deslizaran por la espalda de ella hasta las curvas de sus caderas, apretándola contra su cuerpo tenso.
    -Ahora te toca a ti - musitó Lucero con naturalidad, temblando y pensando en apartarse de él, decidiendo hacerlo y descubriendo que era incapaz.
    -¿Que me toca a mí? -repitió él con voz espesa.
    -Sí, es tu turno -insistió ella.
    -Mi padre me dijo que ya era hora de que me casara. Yo le dije que no, que aún no estaba preparado... y él me dijo: «pues no quiero volver a verte ni hablar contigo hasta el día en que lo estés» -recitó Manuel de memoria, con énfasis.
    Lucero levantó la cabeza para mirarlo con el ceño fruncido.
    -Ésa es tu forma de decirme que me ocupe de mis propios asuntos, ¿no?
    -No.
    -¿Quieres decir que tu padre esperaba de verdad que te casaras cuando él quería? -repitió sin ocultar su asombro.
    -Mis padres tampoco se conocieron ni se casaron así, sin más, Lucero. Se conocían desde la infancia, crecieron sabiendo lo que se esperaba de ellos y luego, cuando llegó el momento... sus padres se reunieron y fijaron la fecha -terminó Manuel en un tono de voz tenso.
    -¡Por el amor de Dios, eso es de la Edad Media!
    -Para ti quizá, pero mis padres fueron felices - continuó Manuel apartándole el pelo de la frente con dedos tiernos, haciéndola temblar y obligándola a estrecharse contra él-. En Grecia el matrimonio sigue siendo un asunto familiar.
    -No quiero criticar a tu padre pero... -comenzó a decir Lu vacilando, volviendo el rostro de modo que rozara la palma de la mano de él y comenzando a respirar entrecortadamente-, creo que debería de haberse dado cuenta de que los tiempos han cambiado. Tú eres un hombre hecho y derecho, y él te trató como si fueras...
    -Él sabía qué era lo mejor para mí -la interrumpió Manuel con voz de seda-. Puede que yo haya sido educado en un colegio inglés, pero soy griego, Lucero. El matrimonio es un paso decisivo en la vida. Los ingleses confían en el amor y tienen una tasa de divorcios muy alta...
    -Sí, pero...
    -En esta vida es más importante escoger a una compañera con inteligencia -afirmó Manuel levantándola en brazos y posando su sensual boca sobre la de ella con hambre, como si estuviera cansado de hablar sobre ese asunto.
    Lucero sintió que la cabeza le daba vueltas, que el corazón le latía con violencia. Él necesitaba hablar. Aquello no era lo que había planeado. Y desde luego no era lo que se suponía que debía ocurrir entre los dos. En cuestión de segundos se apartaría de él, pararía aquello antes de que fuera irremediable. Sin embargo sus brazos habían rodeado a Manuel por el cuello y sus dedos se enredaban en el sedoso cabello. Una nube de debilidad la envolvió de tal modo que cuando pasaron los treinta segundos que se había prometido de plazo apenas recordaba por qué se lo había impuesto.
    -Esto era inevitable -jadeó Manuel levantándola en brazos para llevarla dentro justo cuando ella comenzaba a tambalearse y sus piernas comenzaban a flojear.
    Lucero tenía la mente en blanco, los ojos cautivos en las pupilas negras de él. Su corazón zozobraba, tenía el pulso acelerado. El mareo y la euforia se apoderaron de ella. Levantó una mano insegura y la posó sobre la mejilla de Chris con un vergonzoso sentido de la posesión por completo nuevo para ella. Sus dedos extendidos celebraron la dura tersura de su piel, sus pupilas dilatadas buscaron cada uno de los detalles de él que podían apreciarse a aquella distancia.
    Las largas y negras pestañas, la expresión dramática de sus cejas, oscuras y bien definidas, la belleza masculina de su cráneo y de su estructura ósea, la perfección, recta y arrogante, de su nariz. Lu acarició el mentón agresivo con una ternura asombrosa, absorbida por entero en la tarea. Nunca nada le había parecido tan natural.
    -Eres realmente guapo -dijo sin poder evitarlo.
    Lucero la puso encima de algo firme y deliciosamente confortable y luego se tumbó sobre ella. Se quedó contemplando su mirada perdida con ojos ardientes y, gimiendo, dijo:
    -Cuando te quité ese pañuelo de la cabeza pensé que eras la cosa más perfecta que jamás hubiera visto en mi vida. Tu pelo, tu piel, tus ojos. Me dejaste completamente fascinado...
    -Pues supongo que tú me estás dejando fascinada a mí ahora- tartamudeó Lucero comprendiendo de pronto que estaba tumbada sobre una cama en una habitación en penumbras y sintiendo un desmayo.
    -Bajo esa superficie dura eres muy dulce... -continuó Manuel inclinando la cabeza orgullosa.

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