Spaw's por siempre♥


    Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

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    alelucerina
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    omg

    Mensaje  alelucerina el Sáb Jul 13, 2013 10:58 pm

    me mueroooooo esta muy buenaaaaaaaaa
    sube mas nos debes recompensarrrr x el tiempo q no subirassss
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    Paola casandra
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Dom Jul 28, 2013 3:06 pm

    Capitulo 42


    Manuel soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo en los pulmones, y la besó.
    Lucero estaba apoyada contra la pared, Manu la tenía atrapada, había colocado cada una de sus manos al lado de su cabeza, y con el vientre y las piernas la mantenía totalmente prisionera. Tampoco era que Lucero quisiera ir a ninguna otra parte; por nada del mundo.
    Los besos habían comenzado dulces, despacio, pero ahora eran cada vez más hambrientos.
    Los dos hacían esfuerzos por respirar, una actividad demasiado sobrevalorada.
    Manuel se apretó aún más contra ella, como si quisiera fundirse con su cuerpo, y abandonó su boca para centrar su atención en su cuello.
    Le lamió el interior de la muñeca y Lucero gimió. Notar los labios de Manuel contra su piel era algo que pensaba que no volvería a suceder.

    —Manu. —A ella le costaba respirar—. Me tiemblan las rodillas.

    —Eso es bueno.

    Él seguía besándole el cuello. Con una mano empezó a quitarle la camiseta a la vez que metía una rodilla entre sus piernas. Apretó su erección contra su cuerpo y volvió a besarla. La boca de Lucero lo volvía loco, su forma, su textura, cómo temblaba cuando él estaba cerca, cómo se movía al ritmo de la de él. Nunca se había fijado en esos detalles, pero con ella todos parecían importantes. Sus suspiros, sus temblores. Todo.

    —Tu olor. Casi me vuelvo loco estas semanas, oliéndote. ¿Sabes que antes de meterme en la ducha huelo tu perfume? —Estaba tan excitado que no se daba cuenta de lo que decía, sólo era consciente de que necesitaba tocarla, besarla, estar dentro de ella. Tenía que recuperar el control o todo acabaría demasiado pronto, y si de algo estaba seguro era de que Lucero merecía más que un revolcón rápido en el suelo. Así que dejó de besarla y volvió a centrar su atención en su cuello. Era preciosa, tenía una piel suave y respondía a sus caricias con una naturalidad que lo volvía loco. ¿Cómo había podido pasar tanto tiempo viviendo con ella sin tocarla todos los días? Los dos habían perdido un tiempo precioso. Lu colocó una de sus manos en su erección, lo acarició y, cuando notó que él se apretaba aún más contra su mano, lo acarició con más fuerza. Apartó la mano un segundo con la intención de repetir la caricia, esta vez sin la barrera del pantalón. Aunque éste no era un gran impedimento: el algodón del pantalón de Manuel era delgado, el de unos pantalones que se han lavado mucho, pero él no se veía capaz de aguantar las caricias de Lu directamente sobre su piel. Quería, necesitaba que ella estuviera tan al límite como él antes de hacer el amor. No se planteó el porqué, siempre había sido un amante generoso y siempre se había preocupado de sus parejas, pero Lu era... No sabía qué era, sólo sabía que todo aquello era nuevo para él, y que quería que fuera especial. Tanto en la cama como fuera de ella. Quería que Lu se quedara, que fuera suya. La mordió suavemente. Primero sólo iba a besarla otra vez en el cuello, pero al sentir cómo temblaba, le vino a la cabeza la película que acababan de ver. Era una idea infantil, pero en ese momento pensó que quizá Lucero  y él sí tenían un futuro junto, y que quizá estaban destinados a estar el uno con el otro. La mordió un poco más fuerte, sin hacerle daño; nunca le haría daño. Sólo quería sentirla suya, y cuando la notó temblar y apretarse aún más contra su vientre, vio que a ella también le gustaba.

    —Creo que empiezo a entender a Drácula, tu sabor es mejor que el olor, más intenso.

    Y antes de que ella pudiera contestar, la besó. Un beso húmedo, profundo, que ninguno de los dos podría olvidar nunca. Sus lenguas se acariciaron, ella le mordió el labio inferior y él tomó posesión de su boca. Se saborearon. Para Lu, el sabor de Manuel  era un sueño hecho realidad, le encantaba cómo su lengua la acariciaba; como si fuera una fruta exótica, como si quisiera impregnarse de ella. Lucero se notaba el pulso acelerado, tenía que tocar a Manu, sentir su piel contra la de él, comprobar que su corazón latía tan rápido como el de ella, cómo temblaba si lo tocaba, cómo sudaba al tenerla cerca, de modo que le quitó la camiseta y le acarició la espalda. Cuando sintió que él temblaba tanto como ella, la recorrió un escalofrío. Los labios de Manuel volvieron al cuello de Lu. Miró la marca que sus dientes le habían dejado y se la besó. Lucero se movía contra su erección, le acariciaba la espalda y le lamió el sudor del cuello. Él centró ahora su atención en los pechos, primero le recorrió el cuello con la lengua hasta encontrar la tira del sujetador, que resiguió hasta llegar a su objetivo. No la desnudó, sino que besó el encaje rosa, se lo acarició.

    —Me gusta tu ropa interior. Es femenina y delicada. Como tú —dijo todo esto sin separarse ni dos milímetros de ella. Lu notaba cómo su respiración le acariciaba la piel. No recordaba haber estado tan excitada en su vida. Manuel  estaba concentrado besándola, y al rozar sus pechos, se excitó aún más al ver cómo se erguían sus pezones contra el algodón del sujetador.

    —Danger. —Él le besaba el pecho como si tuviera todo el tiempo del mundo. Con la lengua dibujó su forma, con los labios los resiguió—. Danger. — Lu le apretaba los hombros, y le notaba la espalda húmeda de sudor—. Danger, vamos a la cama.

    —No. —En esos momentos estaba muy ocupado besando su estómago. Había dejado los pechos en un intento de recuperar un poco de control, pero las pecas que Lu tenía en la espalda lo estaban desconcentrando.

    —¿¿NO?? —No podía ser que otra vez se apartara de ella. Lu ya notaba las lágrimas en sus ojos cuando Joseph añadió:

    —No, antes tengo que hacer una cosa.

    Él seguía besándole todas y cada una de las pecas que encontraba, pero ahora una de sus manos estaba en la cintura de su pantalón de algodón gris.

    —¿Qué es lo que tienes que hacer? —Lucero no entendía nada, pero le bastaba con que él no dejara de besarla.

    —Tengo que olerte toda, comerte. Además —resiguió con la lengua la forma de sus costillas—, así tú estarás tan excitada como yo.

    Él se había agachado y le besaba la parte del ombligo. La mano que había apoyado en su cadera le acariciaba otra vez la espalda y, cuando encontró el cierre del sujetador, lo desabrochó. Entonces Manuel se incorporó, volvió a colocarse a su altura y la besó. Lu temblaba. Le devolvió el beso con fuerza, ella también estaba al límite. Él le quitó el sujetador y lo tiró al suelo. Se besaban, y ahora que estaban piel contra piel, los pulsos de ambos se aceleraron, el sudor de los dos, las lenguas de los dos, el corazón de los dos parecían tener el mismo objetivo; entrar en el otro. Lucero fue la primera en separarse. Tenía que serenarse, nunca había sentido nada parecido y estaba un poco asustada. Era la primera vez que hacían el amor. La noche en que se acostaron había sido increíble, pero no había sido hacer el amor. Esa noche había habido pasión, fuego, pero ahora, además, había sentimientos. Ahora Manuel  le estaba entregando mucho más que su cuerpo y Lucero estaba tan excitada que era como si su propia piel le quemara, como si el corazón le explotara. La respiración se le había descontrolado, y ya no sentía nada que no fueran los labios, las manos de Mauel sobre ella.

    —No tienes que preocuparte por eso. Estoy a punto de...

    Él le desató también el cordón de los pantalones con una mano y cayeron al suelo. Bajó la cabeza y le miró los pechos, sin el sujetador eran aún más bonitos, perfectos. Se los besó, esta vez desnudos. Le mordió suavemente cada uno de ellos y luego besó las pequeñas marcas de sus dientes.

    —Danger...

    Lucero ya había perdido totalmente el control, temblaba, y sólo quería que él la tocara, que le hiciera el amor. Manuel bajó aún más y volvió a besarle el ombligo y cada una de las pecas que encontró a su paso hasta llegar a la ropa interior. Entonces lamió la piel que quedaba justo sobre la cinturilla, y con una mano empezó a desnudarla.

    —Danger. No hagas eso. —Lu tenía la cabeza apoyada en la pared, los ojos cerrados y los dedos entre el pelo de él, que ahora estaba totalmente de rodillas frente a ella.

    —No puedo evitarlo. —Le besó el vientre y lenta, muy lentamente, la desnudó—. No puedo dormir pensando en esto. O lo hago o me vuelvo loco. —Le puso las manos en las nalgas y la empujó suavemente contra su boca.

    —Danger...

    Ella temblaba por completo, las piernas se le derretían, el sudor le resbalaba por el cuello, tenía el pulso descontrolado, y entonces sintió cómo él también se estremecía, cómo la besaba, cómo la acariciaba y cómo aquello le afectaba.

    —Danger. —Estaba tan excitada que ni siquiera podía pensar—. Danger, llévame a la cama. —Se mordía el labio inferior—. Por favor...

    Él seguía besándola, devorándola, era sexy, dulce, quería absorber su olor, su sabor, su pasión. Lu apretó los dedos que tenía entre el pelo de Danger y sintió cómo se le doblaban las rodillas. Él la cogió en brazos, se levantó y echó a andar. Ella lo besó en el cuello. Le encantaba cómo olía. Lu flotaba, soñaba, seguía besándolo. Entraron en su habitación y la tumbó en la cama.

    —Lindis —Depositó unos besos en sus mejillas—. ¿Estás bien? —Se había tumbado a su lado, con la cabeza apoyada en una mano y con la otra acariciándole un brazo.

    —Sí, pero te echo de menos. —Se incorporó y lo besó con pasión—. Quiero hacer el amor contigo. —Le tembló un poco la voz, nunca había estado así con nadie. Evidentemente, había estado con hombres antes, chicos que le habían gustado y con los que había disfrutado, pero nunca con nadie que la completara, que la hiciera sentir que todas las películas de amor tenían sentido.

    —Yo también quiero hacer el amor contigo. —Danger pronunció «hacer el amor» como si fuera la primera vez que lo decía, como si le costara creérselo.

    Ella volvió a besarlo. No quería que él se preocupara por nada; le acarició el pecho, deslizó su mano hasta el pantalón.

    Sus labios empezaron entonces un camino descendente; le besó la mandíbula, la nuez, dibujó sus pectorales con su lengua lenta, húmeda. Le encantaban los ruidos que hacía Manuel  y sus esfuerzos para no gritar. Llegó a donde quería; le bajó los pantalones, e iba a besarlo, cuando él se incorporó.

    —No. —Se sonrojó—. Estoy demasiado... ejem... La próxima vez, Lindis. Ahora o entro dentro de ti o pierdo definitivamente el poco control que me queda.

    Manuel la besó con urgencia y se sentó en la cama. Abrió el cajón de la mesilla de noche y Lucero vio con satisfacción que la caja de preservativos estaba tal como la habían dejado la noche que se acostaron juntos. Manuel cogió uno y se lo colocó él mismo. No confiaba en aguantar más si dejaba que lo hiciera ella. Se volvió y ella lo abrazó. Volvieron a besarse; era como si nunca fueran a tener suficiente.  Lu temblaba otra vez, estaba muy excitada y muy nerviosa, Manu lo notó y dulcificó sus besos, sus caricias.

    —Tranquila, yo también estoy nervioso. Pero esto está bien, tiene que estarlo, yo nunca, nunca, había estado así por nadie. —La besó intentando transmitir en su beso lo que no podía decirle con sus palabras—. ¿Me crees? —La miró inseguro.

    —Te creo. —Para evitar llorar delante de él en un momento como ése, lo atrajo hacia su pecho y le susurró al oído—: Hazme el amor, Danger. —Le recorrió la oreja con los labios.

    Él se estremeció.

    —Tus deseos son órdenes, Lindis.

    Entró dentro de ella con cuidado, quería recordar ese momento, quería saborear cómo era hacer el amor con la única mujer capaz de atrapar su corazón. Por otra parte, pensó que así controlaría un poquito más su propio deseo. Se equivocó. Cuando notó cómo Lu  lo envolvía, cómo su cuerpo se fundía con el suyo, perdió el control. Ambos lo perdieron; se movían al mismo ritmo, con el mismo latido, se devoraban, y de golpe todo fue demasiado para los dos; las miradas, los besos, el cielo se derrumbó, el infierno se abrió, todos, todos los tópicos se hicieron realidad, y Lucero  y Joe entendieron que estaban hechos el uno para el otro, aunque quizá ninguno sabía qué hacer al respecto.

    Se quedaron tumbados, abrazados, mirándose el uno al otro asombrados, como si no pudieran creer lo que acababa de pasarles. Él le apartó un mechón de pelo que tenía en la frente, ella lo peinó un poco. Los dos tenían el pulso muy acelerado. Manuel fue el primero en hablar.

    —Lucero... yo. —No continuó, cerró los ojos unos instantes para recuperar el control—. Yo... —No sabía qué decir.

    —Tranquilo. A mí me pasa lo mismo.

    —¿Sí? ¿Qué te pasa? —Le cogió la mano y, cariñosamente, le besó los nudillos.

    —Que no sé cómo explicar lo que hay entre tú y yo. —Lucero se incorporó un poco y le dio un beso muy dulce.

    —¿Y no te da miedo? —preguntó él asombrado de que ella estuviera tan tranquila.

    —Un poco. Pero creo que merece la pena que nos arriesguemos.

    —Espero que tengas razón. —Manuel le pasó la mano por el pelo. Tenía que irse de allí. Necesitaba estar solo para pensar en lo que había pasado—. Tengo que levantarme.

    —Claro. —Lucero se apartó, pero antes de que él se incorporara del todo, lo cogió del brazo—. Manu, lo único que te pido es que lo intentes. ¿De acuerdo?

    —De acuerdo. —Él le dio uno de aquellos besos que la dejaban sin sentido y se fue hacia el baño.

    Lu se durmió en pocos segundos. Nunca había sido tan feliz.


    Bueno chicas al fin paso no se ustedes pero yo quería ahorcar a  Manu jajaja bueno espero les guste el cap espero sus comentarios  las quiero Very Happy
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Danny Centeno el Dom Jul 28, 2013 5:15 pm

    CRISTOOOOOOOOOOO! me estaba muriendo lentamente Paolaaaa!!
    asdasfsdgdfghdfgjkfgf Esos dos estaban fogosos!!!
    y si también quise matar a Manu Wink)))

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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Leysdania el Lun Jul 29, 2013 2:39 am

    fue taaaan lindo jajajaj... y también lo quería matar :-)
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Alo_sibaja el Dom Ago 25, 2013 1:36 pm

    Sube maaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaas : D
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Vie Nov 01, 2013 9:24 pm

    Hola nuevamente..!! les abandone un poco esta WN pero ya estoy de regreso espero les guste este cap!

    Capitulo 43

    Manuel estaba sentado en el suelo del cuarto de baño, con la espalda contra la puerta y la cabeza entre las rodillas. Dios, ¿qué había sido aquello? No sólo acababa de tener el mejor sexo de toda su vida, había habido un momento en que creyó que mataría al que intentara separarlo de ella. No podía dejar de pensar que tenía que serenarse, que tenía que recuperar el control.

    —Seré idiota —se autocensuró Manu —. Estaba convencido de que si nos acostábamos todo se iba a normalizar, que yo volvería a ser yo, y mírame, aquí estoy, hablando solo y congelándome con este suelo tan frío.

    Se levantó, se refrescó por enésima vez la cara y volvió a la habitación dispuesto a quitarle importancia al asunto. Se repetía una y otra vez que no había para tanto, que toda aquella pasión acabaría apagándose un poco, que su corazón recuperaría su velocidad habitual. Se lo repitió unas diez veces mientras se acostaba en la cama y se acercaba al cuerpo dormido de Lucero, y lo repitió una vez más cuando ella se acurrucó e inconscientemente se abrazó a él. Entonces, Manuel  se dio cuenta de que era feliz, y que si la dejaba escapar quizá jamás volvería a sentir todo eso por nadie. Cerró los ojos y dijo en voz baja:

    — ¡Qué demonios!, lo voy a intentar.

    Manuel no durmió en toda la noche. La verdad era que lo aterrorizaba pensar que su perfecto y ordenado mundo iba a cambiar. Se veía capaz de controlar el sexo, pero la pasión y el amor eran otra cosa. Además, la única cosa que había aprendido con el divorcio de sus padres y con la muerte de su padre era que los sentimientos sin medida son destructivos, dañinos, y que él iba a luchar contra todo, incluso contra sí mismo, para no sentirlos. Sabía que no podría sobrevivir a ellos. Su padre lo había intentado y había acabado convirtiéndose en un alcohólico, solitario y muerto.

    Lucero se despertó y estaba sola. «A lo mejor lo he soñado todo», pensó. Pero no, vio que estaba en la cama de Manu y oyó la ducha. Se desperezó, todo era maravilloso. Seguro que debía de tener cara de idiota, no recordaba haberse sentido nunca tan contenta, tan feliz.

    —Buenos días. —Manu la saludó desde la puerta de la habitación. Estaba recién duchado, llevaba sólo una toalla atada a la cintura y a Lu se le hizo la boca agua con sólo mirarlo.

    —Buenos días —le sonrió ella—. ¿Qué hora es? No quiero ir a trabajar. Tendría que haber una ley que prohibiera levantarse después de haber hecho el amor con el hombre más maravilloso y sexy del mundo. ¿No estás de acuerdo? —Lo besó antes de que él pudiera contestar.

    —No sé. —La abrazó y le susurró al oído—. ¿Esa ley incluiría no tener que contarle a tu jefe el motivo de no haber ido a trabajar el día de la reunión con los principales accionistas de la revista? Vamos, no me tientes. —Le dio un beso—. Ve a ducharte antes de que cambie de opinión.

    —Está bien. —Antes de cerrar la puerta del baño, Lucero dijo—: De pequeño también eras un aguafiestas.

    Manuel  rió.

    Fueron juntos a la revista, como venía siendo habitual desde la recuperación de Manu, pero ahora había detalles distintos; se tocaban, se miraban. Estuvieron hablando de tonterías. A Lucero le habría gustado que Manuel le dijera algo como «Anoche fue la mejor noche de mi vida», pero se conformó con los besos que le daba cada vez que se paraban en una esquina.

    —Lu, reina , ¿en qué piensas? Te he preguntado si te parece bien que mañana vayamos a casa de Santi y no me has contestado.

    —Lo siento, la verdad es que no pensaba en nada.

    Estaban parados en un semáforo, pues habían decidido ir a pie, y él bajó la cabeza para darle un beso. Nada complicado, fue sólo un leve contacto, pero la sonrisa que después lucía Manu le llegó al corazón.

    —Algún día este vicio tuyo de soñar despierta me volverá loco. En fin, ¿quieres ir?

    Cruzaron la calle, estaban ya a escasos metros de la entrada.

    —Sí, claro. —Lu  sabía que si él le sonreía de ese modo, ella aceptaría hacer cualquier cosa que le pidiera.

    Entraron, y  Lu  vio a Jack salir del ascensor. Estaba muy serio e iba acompañado de un hombre de unos treinta y cinco años que parecía no caerle demasiado bien. Oyó cómo Manuel murmuraba entre dientes.

    —Mierda.

    Lo miró y vio que tenía la vista clavada en ese tipo.

    El hombre era atractivo, rubio, iba muy bien vestido y daba la sensación de tenerlo todo pensado. Cuando vio a Lucero  y a Manuel se dirigió hacia ellos con paso decidido, observándolos.

    —Hombre,  Manu, cuánto tiempo sin verte. —Le tendió la mano a Manuel, quien lo saludó sin ningún entusiasmo—. Veo que ha habido incorporaciones interesantes durante mi ausencia. —Y repasó descaradamente a  Lucero—. ¿No vas a presentarnos?

    Manuel estuvo unos segundos callado, meditando sus alternativas. Finalmente, optó por la vía diplomática.

    —Claro.  Lucero, te presento a Clive Abbot, sobrino de Santi y miembro del consejo directivo de la revista. Clive, ella es Lucero Hogaza, la nueva diseñadora del equipo de Jack. —«Y si te atreves a tocarla o sigues mirándola así, no respondo», pensó Manuel.

    —Es un placer, Clive. — Lu le tendió la mano, y tuvo un escalofrío cuando vio que el hombre se la levantaba y le daba un beso en los nudillos.

    —Créeme, Lucero, el placer es todo mío —respondió guiñándole un ojo—. ¿Desde cuándo trabajas aquí? —No soltaba la mano de Lu.

    —Desde hace unos cuatro meses. —Seguía sin soltarla, y empezaba a ponerla nerviosa.

    —Cuatro meses. —Dirigió su mirada a Manuel—. Nunca habías sido tan lento, Manu. Debes de estar perdiendo estilo. —Levantó burlón el labio superior.

    Antes de que Manuel pudiera contestar o hacer algo peor, a juzgar por su mirada y el puño que mantenía apretado en el costado, Lucero respondió:

    —No creo que Manuel haya perdido ningún estilo. En cualquier caso, perderlo siempre es mejor que no haberlo tenido nunca. —Se desprendió de la mano de Clive—. Me voy, Jack me está esperando. —Se dirigió entonces a Manu —. Si puedes, llámame. Adiós.

    Manuel esperó a que  Lucero entrara en el ascensor para enfrentarse de nuevo a Clive.

    — ¿Qué haces aquí? —Se metió las manos en los bolsillos; tenía que controlarse.

    —Cuido de mis intereses. Como muy bien le has dicho a tu «amiguita», soy miembro del consejo directivo de The Whiteboard. —Iba a seguir, pero Manuel lo interrumpió

    —No hables de Lucero en ese tono o haré lo que llevo años deseando hacer.

    —¿Qué? ¿Pegarme? —La postura chulesca de Clive no podía ser más exagerada.

    —No. Eso lo dejo para tipos como tú. Me refiero a contarle la verdad a tu tío. Nunca entenderé los misterios de la genética; cómo podéis pertenecer a la misma familia alguien tan honrado como Santi y una serpiente tramposa como tú.

    —Vamos, los dos sabemos que no se lo dirás nunca. A lo mejor a mí me echan, pero tú perderías mucho más. Recuerda que tengo ciertas fotos no muy dignas de tu «querido» papá.

    Vio que  Manuel retrocedía como si hubiera recibido un golpe.

    —¿Qué haces aquí? — Manuel repitió su pregunta. Sería mejor centrarse en Clive y dejar a su padre y a Lucero fuera de la conversación.

    —Los negocios que tenía en Nueva York ya han concluido. Además, he oído que os están «robando» artículos. —Chasqueó la lengua—. Manu, como he dicho, estás perdiendo facultades. En la universidad no te despegabas de tus apuntes ni de tus notas por nada del mundo. —Esperó a ver si  Manuel reaccionaba, pero éste se mostraba impasible—. Los números no son muy buenos. Si esto no se soluciona pronto, tal vez tengamos que cerrar. Por eso estoy aquí. Por nada del mundo me perdería ver cómo mi tío se queda sin la niña de sus ojos, y comprobar además cómo no eres más que un perdedor. —Empezó a andar hacia la puerta de salida.

    —¡Clive! —Manuel lo llamó para que se volviera—. Yo que tú me lo tomaría con calma. Hasta la próxima. —Y se marchó a la reunión a la que ya llego diez minutos tarde.

    La reunión fue relativamente bien, la revista empezaba a obtener beneficios, pero lo que había dicho Clive era cierto: si no mejoraban, el cierre era una amenaza real. Tanto Santi como Manuel eran conscientes de que tenían que encontrar al responsable de los robos antes de que fuera demasiado tarde. Era evidente que alguien intentaba hundirlos y tenían que averiguar quién y por qué. No había tiempo que perder.

    —Cuéntamelo. —Santi se quitó las gafas y sonrió. Estaban solos en su despacho y llevaba ya horas deseando interrogar a Manuel.

    —El qué. —Manuel seguía mirando las fotografías de la edición de aquella semana y ni siquiera levantó la cabeza.

    —No disimules. Hace meses que no te veía sonreír, y hoy tienes una cara de felicidad que dan ganas de sacudirte. Vamos, desembucha. —Estiró las piernas.

    Manuel dejó las fotografías. Se había ruborizado de la cabeza a los pies. No tenía escapatoria.

    —Tenías razón. —No pensaba decir nada más.

    —Ya lo sé, siempre la tengo, es uno de los privilegios de ser mayor. Pero dime, ¿en qué tenía razón? —No iba a dejarlo escapar.

    —En lo de Lucero. Es fantástica. —Le sudaba la espalda. Siempre había sido muy reservado en cuanto a sus relaciones, y tampoco quería poner a Lucero en un compromiso delante de Santi.

    —Me alegro. —Se levantó y le colocó la mano en el hombro—. Siempre he pensado que estabas demasiado solo. A pesar de todas tus teorías al respecto, te mereces ser feliz, y creo que esa chica puede convencerte de ello.

    —Gracias. —A Manuel no le ocurrió qué otra cosa decir.

    —¿Vas a venir el sábado a casa?

    —Sí, pero prométeme que controlarás a Silvia y a las niñas. Tú ya me has torturado bastante, no sé si podría sobrevivir a un interrogatorio de tus chicas.

    —Lo intentaré. Vamos, a ver si acabamos de repasar esto. —Santi volvió a sentarse y retomó la lectura del artículo que tenía entre manos.

    —Santi, al llegar me he encontrado con Clive. ¿Le has dicho lo del robo de los artículos?

    —No, no ha hecho falta, ya lo sabía. Supongo que no es necesario que te diga que cree que eres el único responsable. Está convencido de que todo es culpa tuya.

    —Ya me lo imagino, pero lo importante es lo que piensas tú. —Y enarcó una ceja a modo de pregunta.

    —No digas tonterías. Ya sabes que confío en ti. Aunque desde luego estaré más tranquilo cuando hayamos encontrado al ladrón. ¿Has averiguado algo?

    —No, hoy empezaré a repasar los datos que tengo sobre los periodistas más «sospechosos». Odio hacer esto. ¿Y tú, tienes algo?

    —Tampoco. Pero creo que se me ha ocurrido una cosa. Cuando lo tenga más claro te lo contaré. ¿Tienes hambre? ¿Qué te parece si pedimos que nos suban algo de la cafetería?

    —Me parece que es la primera buena idea que has tenido en todo el día, jefe.
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Vie Nov 01, 2013 10:00 pm

    Capitulo 44

    Lucero  tuvo también un día ajetreado. Pasó toda la mañana preparando el nuevo diseño de las páginas de la revista. Jack había pensado que un modo de contrarrestar en cierta medida el robo de los artículos era ofreciendo un diseño más innovador a los lectores, y la idea le había gustado mucho a Santi. Sin embargo, para poder llevarla a cabo, todo el departamento de diseño y maquetación llevaba días trabajando al doscientos por cien.

    —Lucero—la interrumpió Jack—. Yo necesito descansar un poco y voy a salir a comer, ¿me acompañas? —Ella guardó lo que estaba haciendo y cogió su bolso.

    —Sí, claro. La verdad es que tengo hambre. ¿Viene Amanda con nosotros? —preguntó.

    —No. Me ha dicho que Santi y Manuel están repasando unos artículos y prefiere quedarse arriba por si la necesitan. Cariño, no sé qué le has hecho a Manu, pero sea lo que sea, me alegro.

    Habían salido ya de la revista y Jack dudaba entre el hindú de la esquina y la pequeña cafetería italiana que había dos calles más abajo.

    —Yo prefiero comer un panini —decidió Lu.

    Caminaban apresurados. Con todo el trabajo que tenían no podían perder demasiado tiempo comiendo. Una vez llegaron a la cafetería y tuvieron sus panini delante, Lucero se decidió a preguntar:

    —¿Por qué crees que le he hecho algo a Manu?

    —Porque está contento. Creo que hacía años que no lo veía así. —Vio cómo Lucero se sonrojaba—. Además, en mi opinión, hacen una pareja fantástica. Ahora come y no insultes mi inteligencia diciendo que sólo son  amigos.

    Ella se atragantó y tuvo un ataque de tos; cuando se le pasó, se atrevió a mirar a Jack.

    —No sé si somos una pareja fantástica. Para serte sincera, no sé qué somos.

    Jack enarcó las cejas y en un gesto de amistad le tomó la mano.

    —Manu siempre ha sido muy frío, al menos por lo que yo lo conozco. Pero desde que tú llegaste es distinto. Al menos ya no esconde tan bien sus emociones. Parece más humano. —Al ver que ella levantaba una ceja, continuó—. Bueno, tengo que reconocer que durante unos días pensé que iba a matar a alguien. Nunca le había visto tan enfadado ni tan confundido. Pero hoy estaba... no sé, más relajado, más joven, incluso le he oído contar un par de chistes. Eso significa algo, seguro. —Siguió comiendo su panini y bebió un sorbo de café.

    —Ya, bueno, para mí todo esto es nuevo. Estoy tan contenta que no puedo parar de sonreír. —Se acabó su almuerzo—. Jack, ¿puedo preguntarte algo?

    —Dispara. —Él también había acabado, y estaba dándole un mordisco a una manzana.

    —¿De qué conoce Clive a Manu? Esta mañana, cuando nos hemos tropezado con él, ha sido como estar en medio de un duelo del Lejano Oeste. Me ha parecido que entre los dos había algo más, aparte de la revista.

    —Clive es un imbécil, pero no te equivoques, no es estúpido. Clive y Manuel se conocieron en la universidad, creo que al principio incluso fueron amigos, buenos amigos. No sé qué pasó entre ellos, pero debió de ser grave. Su amistad se rompió y, si no fuera porque Santi es el tío de Clive, no creo que pudieran estar juntos en la misma habitación sin pelearse. Hace unos años, en una fiesta de Navidad de la revista, oí cómo Clive amenazaba a Manu con no sé qué de su padre. Nunca olvidaré la mirada de Manu, pensé que iba a matarlo. Evidentemente, nuestro Manu no hizo nada, sólo le susurró algo a Clive y éste se marchó de la fiesta y del país. Tardó varios meses en volver a aparecer. Extraño. Le pregunté a Manu qué había pasado y se hizo el loco. —Miró el reloj y se levantó—. Deberíamos volver.

    —Vamos. —Lucero anduvo en silencio, no podía quitarse de la cabeza la historia que Jack le había contado. Bueno, la próxima semana vería a Nana, seguro que ella sabía algo. A Manuel le habían hecho daño, de eso estaba segura, y ella iba a encontrar el modo de compensarlo por ello. O a intentarlo.

    Llegó la hora de salir y Lucero aún no había tenido noticias de Manuel, nada, ni una llamada; seguro que había estado muy liado con la reunión. No sabía qué hacer, ¿lo esperaba? No, mejor no, mejor actuar como si nada. Recogió sus cosas y se fue hacia casa. Estaba cansada, no había dormido mucho y, aunque estaba enamorada del culpable, tenía ganas de tumbarse un rato y descansar. De camino, aprovechó para llamar a sus hermanas, ellas siempre se habían contado todo lo que les pasaba con los chicos, pero lo de ella y Manuel tenía ganas de guardárselo unos días más; quería disfrutarlo y asegurarse de que no se lo había imaginado. Así pues, sólo les explicó que ya no iba a mudarse, y que ese fin de semana lo iban a pasar fuera.

    Manuel no había telefoneado a Lucero en todo el día. Era verdad que había estado muy ocupado, pero no tanto como para no poder hacer una llamada. No se la había quitado en todo el rato de la cabeza, y por eso mismo había decidido que era mejor no hablar con ella. Los hombres siempre han sido animales extraños. Quería pensar, reflexionar sobre cómo actuar a partir de entonces. No había llegado a ninguna conclusión, y lo único que había logrado había sido tener una erección permanente durante todo el día. Sólo con recordar lo de la noche anterior, se le aceleraba el pulso y le sudaba la espalda. Nunca había sentido con tanta intensidad al hacer el amor, quizá exceptuando la primera vez que se acostó con Lucero, e incluso entonces fue distinto. Y nunca jamás había relacionado el sexo con el amor, pero con ella le era imposible no hacerlo. En sus treinta años de vida, se había acostado con bastantes mujeres, no tantas como Antonio, pero tampoco había sido un monje. Nunca había tenido una relación afectiva estable; como máximo, alguna compañera de viaje como Monique, una mujer que sólo se amaba a sí misma y que lo único que quería y ofrecía era buen sexo sin obligaciones. A él eso siempre le había funcionado, era una manera de no tener que hacer frente a sus demonios personales; a su padre, amar a su madre lo había convertido en un alcohólico, en un mal padre y, al final, en un cadáver, mientras que a su madre, la increíble Gloria, nada de aquello le había importado lo más mínimo. El amor no existía, y si existía, nunca acababa bien. No, seguro que enamorarse no podía ser bueno. Pero Lucero se merecía que lo intentara. Se merecía que él arriesgara su corazón tanto como ella. Sí, eso iba a hacer, iba a cuidarla y a quererla, y a esforzarse por que fuera feliz allí con él. Y si algún día quería volver a Barcelona, la apoyaría. Sólo esperaba recuperarse de su partida. Apagó el ordenador y se fue a casa.
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Vie Nov 01, 2013 10:04 pm

    Capitulo 45

    Cuando abrió la puerta del apartamento, lo primero que notó fue que no veía a Lu por ningún lado. Dejó sus cosas y oyó correr el agua. Ah, se estaba duchando. Intentó no pensar en ella mojada, pero fue inútil. Volvió a intentarlo. Espuma. Tenía que hacer algo, de modo que entró en el baño silenciosamente. La mampara de la ducha estaba totalmente empañada, pero dejaba adivinar la figura de Lu; era preciosa. Ella estaba levantándose el pelo, y cuando acabó, enfocó el chorro de agua hacia su nuca; debía de dolerle la espalda. Sin pensarlo, Manuel se desnudó sigilosamente y se metió en la ducha.

    —¿Manuel? ¿Qué haces aquí? —le preguntó Lucero sorprendida mientras con las manos intentaba taparse algo.

    —Lu, ya te he visto desnuda, ¿te acuerdas? —Él sonreía viendo los malabarismos que ella estaba haciendo—. ¿Te duele la espalda?

    La acercó lentamente a él. Ahora los dos estaban empapados. Antes de que pudiera responder, la besó y le abrió la boca con la lengua, lamiendo las gotas de agua que ella tenía en la comisura de los labios. La había echado de menos.

    —Hola —le dijo al separarse de ella un momento para volver a besarla en seguida. La acariciaba, tenía la piel caliente.

    —Hola —respondió ella, mirándolo directamente a los ojos—. ¿Estás bien? —Notaba algo en sus besos, como una necesidad que no lograba entender.

    —Ahora sí. —Le pasó cariñosamente la mano por el pelo—. Date la vuelta.

    Ella levantó la ceja a modo de pregunta.

    —Voy a darte un masaje —respondió él poniéndola de espaldas. Lucero estaba nerviosa, no sabía qué se suponía que debía hacer. Él debió de notarlo—. Relájate. Cierra los ojos. —Empezó a masajearle la nuca, apretando exactamente los puntos que notaba más cargados—. Deja que te mime.

    —Mmmmm...

    —¿Te gusta?

    —Ajá... mucho. —Apoyó las manos y la frente en la pared que tenía delante.

    Manuel se puso un poco de jabón en las manos y pegó su cuerpo al de Lucero. Le mordió los hombros, el recuerdo de su sabor lo había obsesionado durante todo el día. Empezó a acariciarle los pechos; con el agua y el jabón, su piel era aún más suave. Era la primera vez que estaba tan obsesionado con una mujer, quería saberlo todo de ella, conocer todos sus sueños, sus miedos; nunca había sentido esa conexión sexual y emocional con nadie. Seguro que con el tiempo se apagaría. Eso, o los dos acabarían exhaustos de tanto hacer el amor. Notó cómo ella temblaba y cómo intentaba darse la vuelta para poder quedar frente a él.

    —Shh, quieta. Déjame hacer.

    Lu quería volverse, besarlo y ver sus ojos, pero se dio cuenta de que hacer aquello para él era importante. Parecía como si quisiera demostrar algo.

    —De acuerdo —susurró ella.

    Manuel siguió besando, lamiendo, mordiendo su espalda, su nuca, pegado a su cuerpo. Estaba tan excitado que su erección la rozaba. Con los dedos, le dibujó los pechos, se los acarició, se los pellizcó, y luego deslizó sus temblorosas manos hasta el lugar más ardiente de Lu. Jugó con ella, la apretó aún más contra la pared, le besó el cuello, le susurró al oído lo excitado que estaba, y finalmente introdujo los dedos en su interior. Notó cómo sus movimientos seguían el ritmo de la mano de él, cómo su respiración se alteraba aún más. Nunca lo había excitado tanto la respuesta de una mujer. Ella ni siquiera lo había tocado y ya estaba a punto de perder el control. Lucero bajó una de las manos que tenía apoyadas en la pared y la colocó encima de la suya.

    —Manuel, para, quiero hacer el amor. No puedo aguantar más.

    —Pues no lo hagas.

    Él le susurró lo sexy que le parecía, lo mucho que le gustaba acariciarla, sentir su calor por toda la piel. A cada palabra, le besaba la nuca, la oreja, la espalda y movía la mano rítmicamente, con la de ella encima, hasta que Lucero empezó a estremecerse, su espalda se tensó y, finalmente, cayó rendida en sus brazos. Manuel la abrazó y, ahora ya frente a frente, la besó con dulzura.

    — ¿Aún te duele la espalda?

    Lu entreabrió los ojos y con una media sonrisa respondió:

    — ¿Qué espalda?Cuando abrió la puerta del apartamento, lo primero que notó fue que no veía a Lu por ningún lado. Dejó sus cosas y oyó correr el agua. Ah, se estaba duchando. Intentó no pensar en ella mojada, pero fue inútil. Volvió a intentarlo. Espuma. Tenía que hacer algo, de modo que entró en el baño silenciosamente. La mampara de la ducha estaba totalmente empañada, pero dejaba adivinar la figura de Lu; era preciosa. Ella estaba levantándose el pelo, y cuando acabó, enfocó el chorro de agua hacia su nuca; debía de dolerle la espalda. Sin pensarlo, Manuel se desnudó sigilosamente y se metió en la ducha.

    —¿Manuel? ¿Qué haces aquí? —le preguntó Lucero sorprendida mientras con las manos intentaba taparse algo.

    —Lu, ya te he visto desnuda, ¿te acuerdas? —Él sonreía viendo los malabarismos que ella estaba haciendo—. ¿Te duele la espalda?

    La acercó lentamente a él. Ahora los dos estaban empapados. Antes de que pudiera responder, la besó y le abrió la boca con la lengua, lamiendo las gotas de agua que ella tenía en la comisura de los labios. La había echado de menos.

    —Hola —le dijo al separarse de ella un momento para volver a besarla en seguida. La acariciaba, tenía la piel caliente.

    —Hola —respondió ella, mirándolo directamente a los ojos—. ¿Estás bien? —Notaba algo en sus besos, como una necesidad que no lograba entender.

    —Ahora sí. —Le pasó cariñosamente la mano por el pelo—. Date la vuelta.

    Ella levantó la ceja a modo de pregunta.

    —Voy a darte un masaje —respondió él poniéndola de espaldas. Lucero estaba nerviosa, no sabía qué se suponía que debía hacer. Él debió de notarlo—. Relájate. Cierra los ojos. —Empezó a masajearle la nuca, apretando exactamente los puntos que notaba más cargados—. Deja que te mime.

    —Mmmmm...

    —¿Te gusta?

    —Ajá... mucho. —Apoyó las manos y la frente en la pared que tenía delante.

    Manuel se puso un poco de jabón en las manos y pegó su cuerpo al de Lucero. Le mordió los hombros, el recuerdo de su sabor lo había obsesionado durante todo el día. Empezó a acariciarle los pechos; con el agua y el jabón, su piel era aún más suave. Era la primera vez que estaba tan obsesionado con una mujer, quería saberlo todo de ella, conocer todos sus sueños, sus miedos; nunca había sentido esa conexión sexual y emocional con nadie. Seguro que con el tiempo se apagaría. Eso, o los dos acabarían exhaustos de tanto hacer el amor. Notó cómo ella temblaba y cómo intentaba darse la vuelta para poder quedar frente a él.

    —Shh, quieta. Déjame hacer.

    Lu quería volverse, besarlo y ver sus ojos, pero se dio cuenta de que hacer aquello para él era importante. Parecía como si quisiera demostrar algo.

    —De acuerdo —susurró ella.

    Manuel siguió besando, lamiendo, mordiendo su espalda, su nuca, pegado a su cuerpo. Estaba tan excitado que su erección la rozaba. Con los dedos, le dibujó los pechos, se los acarició, se los pellizcó, y luego deslizó sus temblorosas manos hasta el lugar más ardiente de Lu. Jugó con ella, la apretó aún más contra la pared, le besó el cuello, le susurró al oído lo excitado que estaba, y finalmente introdujo los dedos en su interior. Notó cómo sus movimientos seguían el ritmo de la mano de él, cómo su respiración se alteraba aún más. Nunca lo había excitado tanto la respuesta de una mujer. Ella ni siquiera lo había tocado y ya estaba a punto de perder el control. Lucero bajó una de las manos que tenía apoyadas en la pared y la colocó encima de la suya.

    —Manuel, para, quiero hacer el amor. No puedo aguantar más.

    —Pues no lo hagas.

    Él le susurró lo sexy que le parecía, lo mucho que le gustaba acariciarla, sentir su calor por toda la piel. A cada palabra, le besaba la nuca, la oreja, la espalda y movía la mano rítmicamente, con la de ella encima, hasta que Lucero empezó a estremecerse, su espalda se tensó y, finalmente, cayó rendida en sus brazos. Manuel la abrazó y, ahora ya frente a frente, la besó con dulzura.

    — ¿Aún te duele la espalda?

    Lu entreabrió los ojos y con una media sonrisa respondió:

    — ¿Qué espalda?
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Vie Nov 01, 2013 10:07 pm

    Capitulo 46

    Manuel salió primero de la ducha y preparó un albornoz para Lucero, que permaneció un par de minutos más bajo el agua antes de salir. Una vez fuera, vio que Manuel le había dejado preparado su pijama para que no tuviera que ir a la habitación a buscarlo. Se vistió y fue a su encuentro.

    —¿Manuel?

    —¿Sí? —Él se había puesto una camiseta blanca y un pantalón de algodón. Aún tenía el pelo mojado—. ¿Estás bien?

    —Sí —respondió ella sonrojándose—. ¿Y tú?... Tú no... Bueno, ya me entiendes.

    Manuel soltó una carcajada.

    —Te entiendo perfectamente, pero no te preocupes. Estoy muy bien.

    — ¿Ah, sí? —Lucero se acercó a él, que estaba sentado en el sofá con el ordenador portátil abierto encima de la mesa.

    —Sí. Me gusta cuidarte. —Le dio un beso—. Me gusta hacerte feliz.

    —Y a mí. —Ella le devolvió el beso y vio que hablaba en serio. A él no le importaba que ella no le hubiera hecho nada en la ducha.

    —¿Tienes hambre? —le preguntó Manuel acariciándole cariñosamente el pelo.

    —Sí. —Su estómago hizo un ruido escandaloso—. Mucha.

    —Yo también —dijo Manuel relajado—. ¿Qué te parece si voy a la esquina a comprar un par de esos sándwiches que tanto te gustan?

    —Genial. ¿De verdad no te importa?

    —Por supuesto que no. —Se levantó del sofá y le dio otro beso—. Espérame aquí. Ahora que te he encontrado no quiero perderte de vista.

    —Aquí estaré. Por nada del mundo me iría a ninguna parte. — Lucero  quería abrazarse a Manuel  y comérselo a besos, pero como su estómago volvió a entrar en acción, supuso que lo mejor sería aceptar su ofrecimiento de comida.

    —En seguida vuelvo.

    Él se fue del piso con una sonrisa en los labios. Entró en la tienda de comestibles favorita de Lucero y, mientras hacía cola para que le atendieran, se acordó de que a Nick también le gustaba mucho la comida de allí. Él nunca había llegado a preguntarle a Lucero qué había pasado entre ellos dos, y, aunque se repetía que no debía importarle, sabía que le importaba. Tenía que preguntárselo. Al menos, así dejaría de torturarse con la incertidumbre.

    Lucero se estaba durmiendo en el sofá. Había sido un día lleno de emociones y aquella ducha la había dejado muy, muy relajada. Se esforzó por mantener los párpados abiertos, pero no lo consiguió.

    —¿Has dormido bien, reina? —le preguntó Manuel cuando ella abrió los ojos.

    —Me he quedado dormida. Lo siento. —Vio que los sándwiches que Manuel había comprado estaban esperándola encima de la mesa—. ¿Cuánto rato he dormido?

    —Una media hora. No te preocupes, he aprovechado para trabajar un poco. —«Y para torturarme con imágenes de ti con Nick», pensó—. ¿Quieres comer? —Se levantó y empezó a preparar los cubiertos.

    —Sí, estoy muerta de hambre.

    Ya estaban acabando de cenar cuando Manuel le preguntó:

    —¿Mañana vamos a casa de Santi, te acuerdas? —Había querido preguntarle otra cosa, pero al final no se había atrevido.

    —Sí, claro. — Lucero no podía dejar de bostezar—. Creo que lo mejor será que me vaya a la cama. ¿Vienes?

    —No puedo, tengo que acabar de repasar unas cosas.

    — ¿Vas a quedarte mucho rato? —Lucero le dio un beso entre palabra y palabra—. No quiero estar en la cama sin ti.

    —Un poco, quiero acabar esto para enseñárselo mañana a Santi. —Ella volvió a besarlo—. No me tientes. Vamos, vete. Te prometo que no tardo nada. Pero antes de que te vayas, me gustaría preguntarte una cosa. —Se le hizo un nudo en la garganta.

    —Lo que quieras —respondió ella al instante, sorprendida por el cambio de actitud.

    —¿Pasó algo entre tú y Nick? —Y apretó los puños a la espera de su respuesta.

    —¿Y si te dijera que sí? —preguntó ella a su vez mirándolo a los ojos.

    —Entonces te pediría que no volviera a suceder, por favor. Quiero darle una oportunidad a lo nuestro.

    —¿No te importaría que me hubiera acostado con él?

    Él tardó unos segundos en contestar.

    —Sé que se supone que debería decir que no —se pasó nervioso las manos por el pelo—, pero mentiría. Me importaría. Mucho. Muchísimo.

    —Pues no pasó nada —explicó ella sincera al ver que él, sin saberlo, le estaba ofreciendo un pedacito de su corazón—. Nada.

    —¿De verdad? —Manuel  empezó a tranquilizarse.

    —De verdad. Yo nunca haría algo así. Y Nick tampoco. Él te quiere mucho, ¿sabes?

    —Ya, bueno. Supongo que sí. —Manuel sonrió—. De lo contrario, seguro que habría intentado acostarse contigo.

    —¿Y tú? —Ya que él había sacado el tema, Lucero decidió preguntarle sobre Monique.

    —¿Yo qué? —Él no entendía la pregunta.

    —Monique. — Lu se limitó a pronunciar ese odioso nombre.

    —¿Monique? —Manuel pareció realmente ofendido—. No creo ni que lograra excitarme.

    Lucero se ruborizó al oír ese comentario tan gráfico y a la vez tan sincero.

    —En cambio, contigo, ése parece ser mi estado permanente. —Manuel se acercó a ella y le dio otro beso—. Vamos, vete ya o no acabaré esto nunca.

    —De acuerdo. —Lucero  se rió y se apartó de él.

    Caminó hacia el pasillo y, por un instante, tuvo una duda, ¿entraba en su habitación o en la de Manuel? Él ya estaba sentado frente al ordenador y  Lu oyó cómo las teclas dejaban de repicar un segundo. Notó los ojos de él clavados en su nuca y, sin dudarlo, abrió la puerta de la habitación de Manuel. Sintió que él sonreía a su espalda.

    —Buena elección, reina —dijo en voz baja. Lu no lo había oído, pero seguro que sabía que eso lo había hecho feliz.

    Por desgracia, Manuel tuvo que quedarse un par de horas más trabajando en el nuevo artículo. La próxima edición estaba a punto de salir y quería tenerlo acabado por si volvían a ser víctimas de un robo. También aprovechó para revisar un par de currículos. Odiaba desconfiar de sus compañeros, pero tenía que reconocer que la teoría de Santi tenía cierta lógica. Por suerte, no encontró nada y decidió irse a dormir.
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Alo_sibaja el Lun Nov 04, 2013 8:36 pm

    Sube maaaaaaaaaaaas:D

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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  alelucerina el Lun Nov 11, 2013 11:56 pm

    oyeee prometiste subir mas seguidosssss xq nos dejas asii debes subir mass sube gogogo
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Hicat el Miér Nov 13, 2013 10:51 pm

    Me encanta, seguila.
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  diana lucerina el Sáb Nov 16, 2013 9:35 pm

    Me encanta! seguilaaaaaaaaaaaaa
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Alo_sibaja el Lun Nov 18, 2013 7:55 pm

    Queremos más capítulos POR FAVOR ♥ツ
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Hicat el Lun Nov 18, 2013 10:12 pm

    Queremos capitulos.
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    Nadie como tu

    Mensaje  Paola casandra el Jue Nov 21, 2013 1:40 pm

    Hola! de nuevo!!! Hoy en la noche publicare capítulos espero les guste, ya  falta poco para terminar esta Wn!

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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Hicat el Jue Nov 21, 2013 4:26 pm

    Paola casandra escribió:Hola! de nuevo!!! Hoy en la noche publicare capítulos espero les guste, ya  falta poco para terminar esta Wn!

    Oh gracias a Dios, adoro esta wn, lastima que ya viene el final, besooos.cheers lol! Razz 
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Alo_sibaja el Vie Nov 29, 2013 2:34 pm

    Sube un capitulo aunque sea pero sube POR EL AMOR A DIOS c:
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Vie Nov 29, 2013 10:14 pm

    Capitulo 47


    Abrió sigilosamente la puerta; Lucero  ya estaba dormida, y él se desnudó y se metió en la cama. No sabía cómo ponerse, era la primera vez que dormía con una mujer sin haber tenido relaciones sexuales antes. Estaba rígido, no sabía qué hacer, pensó que no pegaría ojo en toda la noche, hasta que Lucero se movió y se abrazó a él. Estaba dormidísima, pero se acurrucó a su lado y susurró su nombre. Entonces, Manuel cerró los ojos y se durmió.
    Al sonar el despertador, Lucero fue la primera en despertarse, abrió los ojos y tras comprobar que  Manuel seguía dormido, se levantó y se fue a la ducha. Luego preparó su bolsa para ir a casa de los Abbot. Estaba un poco nerviosa. Aparte de Nana, ellos eran lo más parecido a una familia para Manuel, así que no quería causar mala impresión. Mientras escogía la ropa se le ocurrió que quizá Santi  y su esposa supieran algo sobre la muerte del padre de Danger; tendría que encontrar el modo de hablar con ellos. Ya vestida, preparó el desayuno y fue a comprobar si él se había despertado.

    —Manuel, ¿estás despierto?

    Vio que la cama estaba vacía y oyó correr el agua. Se estaba duchando. Por un instante, estuvo tentada de interrumpir su ducha igual que él había hecho el día anterior, pero descartó la idea. Quería que Manuel confiara en ella, y el sexo, aunque era fantástico, sólo servía para que él ejerciera un control más fuerte sobre sus emociones. Tenía que encontrar el modo de que bajara la guardia y, la próxima vez que hicieran el amor, el señor Mijares no sería capaz de controlar nada. Ya se encargaría ella de eso.

    Manuel apareció en la cocina perfectamente duchado y con una bolsa de viaje en la mano. Vio que  Lucero estaba desayunando tostadas y leyendo un libro. Se la veía feliz, y a él le dio un vuelco el corazón.

    — ¿Qué estás leyendo?

    Lucero acabó de masticar el bocado que aún tenía en la boca.

    —El conde de Montecristo. ¿Lo has leído?

    —No. Pero he visto la película.

    —La película no está mal, pero el libro es genial. Yo lo he leído muchas veces, es uno de mis preferidos. Siempre que viajo, lo llevo conmigo. —Señaló el libro que ahora estaba encima de la mesa—. Me lo regaló mi abuelo.

    Entonces  Manuel se dio cuenta de lo vieja que era la edición y de lo gastado que se veía el libro. Recordó que el abuelo de Antonio y  Lucero era un señor serio y reservado, pero que quería a sus nietos con locura.

    —¿Tu abuelo?

    —Sí. Supongo que heredé de él la pasión por los libros. Murió hace seis años. — Lucero  cambió de tema—. En fin, ¿a qué hora tenemos que irnos?

    —No hay prisa. Hemos de estar allí a la hora de comer. —Se acercó a la mesa y cogió la novela—. ¿Me lo dejarás? —Antes de que ella pudiera contestar, él bajó la cabeza y le dio un beso.

    —Claro —respondió Lucero.

    —¿Sabes una cosa? —Dijo él mientras le colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja—. Aún tengo Charlie y la fábrica de chocolate. Siempre lo he llevado conmigo; en la universidad, en mis trabajos. Ahora está guardado en el primer cajón de mi escritorio.

    Ella se sonrojó al acordarse del día en que le regaló ese libro, y lo miró sorprendida. No esperaba que él lo hubiera guardado todos esos años. No sabía qué decir, así que optó por una salida fácil:

    —Yo ya estoy lista. Cuando quieras podemos irnos.

    Manuel la miró, y vio en ella una determinación que no había visto antes. Algo estaba tramando, pero si  Lucero no se lo contaba, él, de momento, no iba a preguntárselo.

    —Pues vamos.


    En el coche, a él se le veía pensativo; conducía sin decir nada, no podía dejar de dar vueltas a cómo le estaba cambiando la vida.

    —No pienses tanto —dijo Lu sin dejar de mirar el paisaje.

    —No estoy pensando —contestó él enfurruñado.

    —Sí lo haces; puedo oír tus pensamientos desde aquí. —Entonces ella se volvió y lo miró—. Si sigues así, se te arrugará la frente. —Le acarició el entrecejo con suavidad.

    —Está bien —reconoció él—, estaba pensando.

    —¿En qué? —le preguntó ella, dejando de acariciarle.

    —¿En qué?, ¿cómo «en qué»?

    Ella no contestó.

    —Pues en «lo nuestro» —prosiguió él malhumorado.

    —¿Lo nuestro? —Lu sonrió—. ¿Te han dicho alguna vez que te preocupas demasiado?

    —Constantemente.

    —Pues deberías dejar de hacerlo. —Volvió a acariciarlo, esta vez en la nuca.

    —Ya. —Le costaba pensar con ella tocándolo—. Me preocupa que acabe haciéndote daño. No me lo perdonaría.

    —No vas a hacérmelo. —Notó cómo se le tensaban los músculos del cuello—. Tranquilo, ya soy mayorcita y sé dónde me estoy metiendo. —Seguía acariciándole y él fue relajando la respiración.

    —Me alegro de que al menos uno de los dos sepa lo que está haciendo. —Soltó el aliento—. Mira, estamos llegando, es esa casa.

    La vivienda de fin de semana de la familia Abbot era preciosa. Se trataba de una granja antigua que Silvia, la mujer de Santi, había restaurado. Estaba en medio de una enorme pradera verde, y en una esquina se veían unas vacas y unas ovejas acompañadas por dos grandes perros. Aparcaron el coche, y en el mismo instante en que Manuel detuvo el motor, por la puerta salieron corriendo dos niñas de unos siete y nueve años.

    — ¡Manu! —Gritó la más pequeña al mismo tiempo que se le colgaba del cuello—. Hacía mucho que no venías.

    —Tu padre es muy malo y me tiene todo el día trabajando —contestó  Manuel sonriendo y besando a la pequeña en las mejillas.

    —Tú sabes que eso no es verdad —dijo Silvia descolgando a Natalie del cuello de Manuel para poder darle ella también dos besos—. Me alegro de verte. —Le peinó cariñosamente el pelo—. ¿Vas a presentarme a Lucero?

    —Mamá —dijo Alicia, la mayor de las hijas de Santi—, no entiendo lo que decía papá de la cara de idiota de Manu. Yo lo veo igual que siempre.

    Manuel se sonrojó, y para intentar ocultar un poco la vergüenza que sentía, se agachó delante de Alicia.

    —¿No vas a darme un beso? —le preguntó a la causante de que todos lo llamaran «Manu».

    —Claro. —La niña lo besó cariñosamente—. ¿Te vas a quedar a dormir?

    —Si a tu madre le parece bien. —La despeinó un poco.

    —A su madre le parece bien —contestó Silvia.

    —¿Podremos jugar a los piratas? —preguntó Alicia, ansiosa.

    —Por supuesto.

    La niña, satisfecha con la respuesta, cogió a su hermana pequeña del brazo y echó a correr hacia el cobertizo que hacía las veces de barco pirata. Lucero había observado toda la escena fascinada. Le encantaba ver esa faceta dulce y cariñosa de Manuel, le daba esperanzas. Si era capaz de ser tan afable con unas niñas pequeñas, tal vez lograría que confiara en el amor.

    —Lu —Joseph le acarició el brazo—, me gustaría presentarte a Silvia, la mujer más valiente del mundo, la esposa de Santi.

    —Manuel, no digas tonterías —lo riñó cariñosa—. Estoy encantada de conocerte, Lucero.

    —Lo mismo digo. Tienes unas hijas maravillosas.

    —No te dejes engañar, son malísimas —dijo sonriendo—, aunque creo que gran parte de culpa la tiene Manuel. Cuando eran más pequeñas, él solía pasar mucho tiempo aquí. —Silvia se calló y recordó cómo se había quedado Manuel después de la muerte de su padre, y cómo Santi  lo había obligado a vivir con ellos durante un tiempo. Se pasaba los días casi sin hablar, y las noches al lado de la cuna de Alicia, como si viéndola dormir pudiera combatir la pena que lo abrumaba—. En fin, podrás verlo por ti misma esta noche, cuando los piratas nos ataquen. —Ante la mirada perpleja de ambos añadió—. Vamos, voy a enseñarte vuestro cuarto.

    —¿Nuestro cuarto? —preguntó Manuel tropezando con la bolsa que había sacado del maletero. Lucero  no sabía dónde mirar.

    — Manuel Mijares, ¿vas a insultar mi inteligencia diciendo que quieres cuartos separados? —dijo Silvia desafiante.

    Manuel no contestó, pero  Lucero sí lo hizo.

    —No creo que Danger sea capaz de articular una palabra, pero yo sí. Tienes razón, Silvia, una habitación es todo lo que necesitamos. Bueno, no todo, pero basta para empezar.

    — ¿Danger? —repitió Silvia, curiosa—. Me gusta, y también me gustas tú, Lucero . Ya era hora de que Manu recordara que tiene corazón. Es por aquí.

    Manuel continuó mudo, pero cogió la bolsa y siguió a Silvia hacia el interior de la granja.

    —Esta habitación es la que solía ocupar Manuel  cuando pasaba largas temporadas con nosotros. El año pasado decidí redecorarla, espero que estéis cómodos. Podéis utilizar el baño del pasillo.

    —Es perfecta, Silvia, gracias —contestó Lu mirando las vistas desde la ventana—. Me encanta este lugar.

    La mujer sonrió.

    —Os dejo para que os instaléis —dijo. A continuación abrazó a Manuel y le susurró de modo que Lucero no pudiera oírlo—: Cuando recuperes la voz, me gustaría que me contaras cómo has logrado que una chica así se enamorara de ti.

    —No tengo ni idea —respondió él devolviéndole el abrazo.

    —Os espero en la cocina —se despidió Silvia al salir de la habitación—. Supongo que Santi  ya habrá regresado de correr, y que las niñas estarán ansiosas por jugar contigo.

    Lucero y Manuel  se quedaron solos. Ella seguía mirando por la ventana, le fascinaba el paisaje, parecía una escena de Orgullo y Prejuicio.  Manuel abrió la bolsa y empezó a guardar la ropa en los cajones de la cómoda, como si fuese algo que hubiera hecho miles de veces.

    —Es precioso —musitó Lu.

    Manuel seguía ordenando la ropa.

    —¿Estuviste mucho tiempo aquí?

    —Bastante —respondió él escueto sin dejar de hacer lo que hacía.

    —¿Cuándo? —Lucero  insistió sin darse la vuelta, deseando con todas sus fuerzas que Manuel confiara en ella.

    Él dejó de moverse por la habitación, se sentó en la cama y se pasó nervioso las manos por el pelo.

    —Cuando murió mi padre. —Tomó aliento—. Creí que me iba a volver loco. De no haber sido por Santi y Silvia, no sé si Nana hubiera podido consolarme. ¿Sabes qué fue lo peor de todo?

    Lucero se dio la vuelta y se sentó a su lado en la cama.

    —¿Qué? —Ella entrelazó sus dedos con los de él.

    Manuel cerró los ojos y bajó la cabeza.

    —Saber que yo no había sido suficiente.

    Lu no dijo nada y esperó a que él decidiera o no continuar.

    —Cuando mi madre se fue, mi padre empezó a beber. El cáncer fue únicamente el último golpe. Durante años, él se había encargado de acabar por sí solo con su hígado y con parte de sus pulmones. —Respiró hondo—. Nunca logré convencerle de que dejara de beber. —Cerró los ojos—. Igual que nunca logré convencer a mi «queridísima» madre de que aceptara verlo. —Levantó la cabeza—. No sé por qué te estoy contando esto. Al parecer, tengo tendencia a decirte cosas que nunca le he dicho a nadie antes. —Le soltó la mano y se puso de pie.

    —Yo tampoco lo sé, pero me gusta que sea así —replicó Lucero acercándose a él. No tenía intención de permitir que se arrepintiera de haber compartido esos sentimientos con ella, así que le acarició suavemente la mejilla—. ¿Vamos a buscar a Silvia y a las niñas? Estoy impaciente por ver qué es eso de jugar a los piratas.

    Lucero iba a abrir la puerta de la habitación cuando Manuel le puso una mano en el hombro y la obligó a darse media vuelta. Unos escasos centímetros los separaban y él buscó sus labios con suavidad. Fue un beso dulce, lento. Mientras, con las manos le acariciaba la cara, como si quisiera grabarse en el tacto de sus dedos la forma de sus facciones. Manuel no sabía muy bien qué le estaba pasando, pero sí sabía que necesitaba recordar su sabor, recordar que aún era capaz de sentir y, al parecer, sólo Lucero hacía posible ese milagro. Ella le acariciaba la espalda, parecía entender lo que estaba pasando, y con sus labios y su cariño quería que él se sintiera tranquilo, feliz. Los dos se abrazaron con fuerza, sus lenguas no dejaban de acariciarse, sus corazones latían acelerados al unísono;  Manuel deslizó una mano por debajo del jersey de ella para sentir su piel. Entonces, poco a poco, fue bajando la intensidad del beso y, con los ojos aún cerrados, apoyó su frente contra la de Lu. Se apartó unos centímetros de ella y le colocó detrás de la oreja un mechón de pelo.

    —Vamos, te enseñaré a jugar a los piratas.
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  diana lucerina el Miér Dic 04, 2013 9:32 pm

    Aw♥ que ternuritaaaaaaaa
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Lun Dic 23, 2013 1:39 am

    Capitulo 48
    —Santi, si cuentas otra vez lo de esa fiesta, juro que dormirás solo lo que te queda de vida —lo riñó Silvia sonriendo—. No puedo creer que me convencieras de hacer esas locuras.

    —Eh, no todo es culpa mía —respondió él entre carcajadas—. No soy yo el que se apuntó a clases de danza del vientre.

    —No pienso dignificar ese comentario con una respuesta. —Silvia se levantó sonrojada de la silla—.  Lucero, ¿quieres que te enseñe los artículos que Manu  escribió en la universidad, mientras los «chicos» recogen la mesa y friegan los platos?

    —Me encantaría —respondió ella aún riendo—. ¿Ya se han ido a dormir las niñas?

    —Sí, hace un rato. Santi, Manuel, espero tener todos los platos y las copas limpias y enteras en unos veinte minutos. Nosotras os esperamos sentadas delante de la chimenea. —Se dirigió a  Lucero—. ¿Vamos?

    —Sí, claro.

    Se levantó y siguió a Silvia hasta una habitación que hacía las veces de biblioteca y despacho y en la que había una chimenea con el fuego encendido. Silvia se dirigió a un escritorio y de un cajón sacó una carpeta azul, se sentó en un sofá y le indicó a Lu que se sentara a su lado.

    —Siempre he guardado los artículos de Manu.

    —¿Seguro que no quieres que vaya yo a fregar los platos y así Santi y tú estáis un momento tranquilos a solas? —preguntó Lu un poco incómoda por haber dejado a su anfitrión atrapado en la cocina.

    —Vaya tontería. A Santi le encanta fregar platos, y así podrá interrogar a Manu sobre ti. Vamos, siéntate. Aparte de los artículos también tengo algunas fotos que quiero enseñarte.

    Lucero no pudo resistir la tentación y se acomodó al lado de Silvia.

    —¿Desde cuándo conoces a Manu?

    —Desde que murió su padre, hace ya nueve años. Me acuerdo porque Alicia acababa de nacer, y a Manu  le encantaba quedarse en su habitación, mirándola mientras dormía. —Rebuscaba entre los papeles de la carpeta—. Mira, este artículo es el primero que Santi descubrió.

    Lucero empezó a leerlo; era fascinante la fuerza y la rabia que se desprendía de cada línea. Oyó cómo Silvia se levantaba y cogía una fotografía que había encima de una mesita.

    —Esta fotografía es de ese invierno. —Se la acercó a Lu —. Siempre ha sido una de mis favoritas. Santi quería que la incluyera en una de mis exposiciones, pero siempre me he negado. Es demasiado íntima, demasiado mía.

    —Lo entiendo —susurró Lu ensimismada mirando la foto. En ella, Manu estaba sentado en un sofá, con Alicia en los brazos. Los dos estaban dormidos y por la ventana de la habitación entraba una luz mágica que hacía que los dos parecieran igual de inocentes, igual de necesitados de protección.

    —Recuerdo ese día —explicó Silvia—. Yo volvía de fotografiar unos terneros recién nacidos y cuando entré en la habitación y los vi no pude resistir la tentación. Se los veía tan dulces, tan tranquilos. Creo que era la primera vez que Manu dormía en dos semanas.

    Lucero notó cómo los ojos se le llenaban de lágrimas, y para relajar un poco el ambiente decidió cambiar de tema.

    —¿Eres fotógrafa?

    —Sí, bueno, lo intento. —Silvia la cogió de la mano—. No te preocupes por llorar, él no ha sido capaz de hacerlo, así que está bien que alguien que le quiera llore por él.

    —Ya —susurró  Lu  frotándose los ojos con los puños del jersey—. La verdad es que aún no sé qué va a pasar con nosotros.

    —Nadie lo sabe —contestó Silvia—. ¿Quieres que te enseñe las fotografías que tomé de las niñas el año pasado por Halloween? Con una de ellas gané un concurso.

    —Me encantaría —respondió Lu  sonriendo de nuevo—. A ver si así dejo de hacer el ridículo durante un rato.

    Mientras, en la cocina, Santi estaba haciendo lo que Silvia había anunciado; es decir, estaba interrogando a Manuel.

    —Bueno, ¿cómo van las cosas? —Era un primer intento de acercamiento sutil y ambiguo.

    —Bien, como siempre —respondió Manuel  mientras fregaba una de las bandejas.

    —¿Como siempre? —Santi  le guiñó un ojo—. Yo no recuerdo haberte visto nunca sonreír más de dos veces seguidas en la misma noche. Hasta hoy.

    —Ya.

    —¿Cómo que ya? —Santi optó por abandonar la sutileza—. Hace diez años que te conozco, y es la primera vez que te veo feliz. ¿Crees que te voy a dejar escapar sin que me cuentes todos los detalles? Ni loco. Si lo hago, Silvia me mata. Vamos, compadécete de mí y cuéntamelo.

    —Pues —Manuel  carraspeó—, no sé. —Se sonrojó—. Primero pensé que sólo me sentía atraído por ella, que la deseaba.

    —Para, para. —Sam levantó la mano con la que enjuagaba los platos—. Piensa que tengo el corazón de un hombre de cincuenta y siete años.

    Manuel  continuó como si no lo hubiera oído.

    —Pero por desgracia es peor.

    —¿Peor? —preguntó Santi sorprendido.

    —Mucho peor. —Manuel  fregaba los platos completamente concentrado—. No dejo de pensar en ella. No puedo dejar de pensar en ella.

    —Eso no es malo. —Santi le puso una mano sobre el hombro—. Se llama amor, y cuando te acostumbras está bastante bien.

    Manuel cerró el grifo y colocó el último plato en el escurridor.

    —Es que me da miedo acostumbrarme.

    —¿Miedo? ¿A qué tienes miedo? —Santi  intuía la respuesta, pero quería oírselo decir a Manuel.

    Este se dirigió a la puerta de la cocina y colgó el delantal.

    —Tengo miedo de convertirme en mi padre —contestó sin atreverse a mirar a Santi a la cara.

    Él le puso la mano en el antebrazo para poder decirle lo que pensaba de semejante estupidez, antes de ir a reunirse con Silvia y con Lucero.

    —Manuel, tú no eres tu padre, nunca lo has sido y nunca lo serás, y Lucero no es tu madre. —Buscó su mirada—. Tú nunca elegirías el camino que tomó Tu padre cuando os abandonó. ¿Lo entiendes?

    —Lo entiendo. ¿Vamos a ver qué están tramando esas dos?

    —Vamos —convino Santi, pero estaba convencido de que  Manuel  no había escuchado ni una palabra de todo lo que le había dicho.

    —En ésta están guapísimas —exclamó Lucero sonriendo.

    —Siempre he dicho que se parecen a mí —contestó Santi desde la puerta.

    —Ya, eso quisieras —lo pinchó Manuel, que entró el último.

    —Santi, Manu, estoy aburriendo a  Lucero con batallitas de las niñas. Cada vez me parezco más a mi madre. —Silvia le acercó otra caja de fotografías—. Si estás harta —dijo dirigiéndose a Lucero—, podemos dejarlo.

    —No, en absoluto. Me encanta ver fotografías. Mi padre también nos hacía muchas cuando éramos pequeños. Bueno, la verdad es que aún lo hace; es un poco pesado, pero vale la pena.

    Lucero  estaba tan enfrascada con las fotos que no se dio cuenta de que Manuel se había sentado a su lado en el sofá hasta que él empezó a hablar.

    —Me acuerdo de un verano en que fuimos a la playa. Yo tendría nueve o diez años. Antonio y yo estuvimos nadando y jugando en el mar durante horas. —Le acarició el pelo—. Tú estabas con una de tus hermanas en la arena, intentando construir un castillo, y vi cómo tu padre se ponía en cuclillas y os sacaba una foto. —Le acarició la mejilla—. Nunca la he visto, pero seguro que estás preciosa.

    A  Lucero le costó encontrar la voz, pero lo logró.

    —Es una de mis fotos preferidas. Cuando cumplí dieciochos años mis hermanos me la regalaron en una tela y la tengo colgada en mi habitación. ¿Cómo te diste cuenta de que mi padre nos hacía esa foto?

    —Porque te estaba mirando —contestó Manuel  sin dudarlo, pero al notar que se sonrojaba, decidió cambiar de tema—. Santi, ¿has leído los artículos que te he traído?

    —No, y no pienso hacerlo. Hoy es sábado —miró el reloj—, y ahora mismo me voy a la cama. Mañana hablamos de ello. —Le tendió la mano a su esposa para ayudarla a levantarse del sofá—. Buenas noches, Lucero.

    —Buenas noches, Santi. Silvia, gracias por todo —respondió ella sabiendo que Silvia entendería a qué se refería.

    —De nada, buenas noches.

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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Lun Dic 23, 2013 1:44 am

    Capitulo 49


    —Tú y yo también deberíamos irnos a dormir —prosiguió Lucero, dirigiéndose ahora a Manuel—. Creo que mañana nos espera la venganza de los piratas. —Se levantó del sofá y se dirigió hacia la puerta—. ¿Vienes?

    Él levantó la vista de las fotografías que aún tenía en el regazo y no dijo nada.

    —¿Vienes? —volvió a preguntarle Lucero.

    —Claro. —Se levantó del sofá y la cogió de la mano.

    Una vez en la habitación, ninguno de los dos sabía muy bien cómo comportarse, y Lucero optó por disimular buscando el pijama y el neceser en la bolsa que aún no había deshecho. Manuel abrió un cajón y cogió el pijama que antes había guardado.

    —Voy al baño —dijo tras carraspear—, ¿o prefieres ir tú primero?

    —No, gracias —contestó Lu—. Ve tú.

    Ella aprovechó que estaba sola para cambiarse y para preparar la cama.

    —Ya tienes vía libre —le comunicó Manuel cuando volvió a la habitación, ya con el pijama puesto.

    —Gracias, sólo tardaré un minuto.

    Él se puso las gafas y cogió un libro. Necesitaba distraerse, tenía que dejar de pensar en las ganas que tenía de hacer el amor con Lucero, ya que de ninguna manera iba a hacerlo con Santi y Silvia durmiendo a escasos metros de ellos. Tenía que relajarse, a ver si así lograba volver a respirar con normalidad y que la sangre le circulara por todo el cuerpo, y no se concentrara sólo bajo su cintura. Se tumbó en la cama e intentó meterse en la lectura. No tenía ni idea de lo que estaba leyendo. Lucero abrió la puerta y caminó en silencio hacia la cama.

    —¿Quieres que deje la luz encendida o tienes suficiente con la de la mesita de noche? —le preguntó a Manuel antes de acostarse.

    —Eh, no gracias. Con la de la mesilla tengo suficiente —contestó él sin apartar la mirada del libro.

    —Buenas noches, pues —dijo ella, disponiéndose a dormir.

    Pero pasados unos segundos se echó a reír.

    —¿De qué te ríes?

    —De nada. —Seguía riéndose a carcajadas.

    —¿De nada? —Manuel sonrió—. Vamos, Lu, cuéntamelo.

    —Bueno, es que —dijo Lucero a la vez que se incorporaba en la cama— toda esta escena me ha recordado a mis padres.

    —¿Escena? —preguntó él enarcando una ceja.

    —Si, ya sabes, tú tan serio, leyendo, y yo preguntándote si necesitas más luz. Una escena muy doméstica. —Lucero sonrió y le pasó la mano por el pelo. Manuel dejó el libro en la mesilla y se quitó las gafas.

    —Yo nunca he visto una escena así —contestó mientras apagaba la luz.

    —Ahora ya sí. Buenas noches —replicó ella, y cerró los ojos. Sabía que Manuel no estaba cómodo con Santi, Silvia y las niñas tan cerca.

    Empezaban a pesarle los párpados cuando sintió cómo él se pegaba a su espalda y la abrazaba, creyendo que ya estaba dormida. Notó su respiración en la nuca y resultó más que evidente lo excitado que estaba. La mano de Manuel se deslizó por su espalda hasta ir a posarse con suavidad encima de su estómago; luego él se movió hasta quedar perfectamente encajado con ella. Lucero iba a darse la vuelta cuando Manuel empezó a besarle suave y cariñosamente la nuca y el cuello. Sólo fueron un par de besos.

    —Lu, mi reina —susurró entre los besos—, tengo miedo. —Suspiró profundamente y le dio un último beso en el cuello.

    Lucero esperó un instante y, al ver que él respiraba cada vez más despacio, se atrevió a mover su mano hasta colocarla encima de la suya, y cerró los ojos.


    Por la mañana, Manuel fue el primero en despertarse, y vio a Lucero aún dormida acurrucada a su lado. Le encantaba verla dormir. Intentó salir de la cama, pero cada vez que se movía, ella se pegaba aún más a él, así que optó por rendirse y quedarse tumbado disfrutando del momento. Poco a poco, Lu se fue despertando.

    —Buenos días —susurró aún medio dormida.

    —Buenos días —contestó Manuel mirándola a los ojos—. ¿Has dormido bien?

    —Sí, ¿y tú?

    —Sí —respondió él mientras le acariciaba la espalda—. Me gusta dormir contigo. —Bajó la cabeza y la besó.

    Estaban abrazados, él le acariciaba la espalda al mismo ritmo que su lengua devoraba su labios; ella subió lentamente una pierna recorriendo la de él, para poder estar más cerca.

    — ¡MANU! —Gritó Alicia entrando de golpe en la habitación y casi provocando un infarto a sus ocupantes—. Natalie y yo hace rato que te esperamos para jugar. ¿Por qué no te has levantado aún?

    —Ya voy —contestó él dando gracias a Dios por haber estado vestido en el momento de la invasión—. Ve con Natalie y yo ahora mismo voy.

    — ¿De verdad? —preguntó Alicia suspicaz—. Estás raro.

    —De verdad. Y no estoy raro. —Le tiró una almohada—. Vamos, vete ya, pirata. En seguida voy.

    Alicia salió riéndose de la habitación y Lucero, que de la vergüenza se había escondido bajo el edredón, por fin pudo respirar tranquila.

    —¿Se ha ido?

    —Sí, creo que es mejor que vaya a ducharme. No se debe hacer esperar a los piratas.
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  diana lucerina el Mar Dic 24, 2013 1:15 pm

    :O jjajaajajajaja pobres! siguela!
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Hicat el Lun Ene 20, 2014 2:18 am

    Esta me en- can- ta, SEGUILA, te estas ganando mi odio. *noten que estoy emocionada por que aprendí a separar en sílabas* jajajaja QUIERO MAS L&M. Sad((((
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Danny Centeno el Mar Ene 21, 2014 11:14 pm

    Quiero capitulo nuevo Sad

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