Spaw's por siempre♥


    Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

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    Hicat
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Hicat el Vie Jun 21, 2013 4:15 pm

    Subiiiii maaaaaaassss!!!
    Como la dejas así?Sad
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    Paola casandra
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Sáb Jun 22, 2013 3:40 pm


    Capitulo 28
    —Hablas demasiado, Danger.
    Lucero  lo besó como nunca antes había besado a nadie. A él le encantaba cómo lo hacía, cómo su cuerpo se adaptaba al suyo, cómo respondía a sus caricias, pero lo que más le gustaba era el calor que sentía cuando lo llamaba «Danger»; era como saber que todo iba a ir bien. Necesitaba estar con ella, tocarla, saber que ella lo deseaba tanto como él. Dejó de besarla, tenía que recuperar un poco el control o todo acabaría demasiado pronto. Sorprendida, Lucero preguntó:
    —¿Te pasa algo? —Le acariciaba la nuca y le besaba el cuello.
    —No, nada malo. —Él también le besaba el cuello dirigiéndose hacia los pechos.
    — ¿Y bueno? —Lucero  se estremeció al notar cómo le desabrochaba el sujetador.
    — ¿Bueno?
    Manuel no tenía ni idea de lo que le preguntaba; apenas podía recordar su propio nombre.
    —Sí, tonto, ¿te pasa algo bueno? —Lucero  tenía el pulso acelerado y las piernas ya no le respondían.
    —Ah, sí, compruébalo tú misma. —Cogió la mano de Lucero  y la guió hasta su entrepierna—. Tócame.
    —Claro, siempre que tú hagas lo mismo.
    Se atrevió a meter la mano por dentro del pantalón de Manuel.
    —Dios, Lu, para. No, no pares. Vamos a mi habitación. Quiero queseas mía otra vez.
    La cogió en brazos, besándola con toda la pasión que sentía.
    Y entonces sonó el teléfono. Los tres primeros timbrazos no los oyó ninguno de los dos, pero el cuarto logró captar su atención.
    —Manuel, el teléfono. —Lucero  intentaba zafarse del abrazo para que él pudiera contestar.
    —No voy a cogerlo, ahora mismo estoy ocupado. —Siguió besándola en el ombligo.
    —Cógelo, a lo mejor es importante. —Aunque la verdad era que no quería que él dejara lo que estaba haciendo.
    —Esto sí que es importante. —Empezó a bajarle el pantalón—. Ya saltará el contestador automático, reyna.
    Y eso fue exactamente lo que pasó, que saltó el contestador automático y Antonio empezó a hablar por el altavoz. Manuel se quedó paralizado.
    —Hola, Manu, supongo que para variar no estás en casa. He llamado al móvil y tampoco te he localizado, supongo que estarás por ahí, con alguno de tus ligues. —Al oír la palabra «ligues» Lucero  se separó de Manuel como si tuviera una enfermedad contagiosa—. En fin, sólo te llamaba para preguntar cómo estaba Lu, ya sabes que es mi debilidad. No quiero llamarla a ella para no parecer el típico hermano mayor histérico, pero como lo soy, he decidido llamarte a ti. Volveré a intentarlo más tarde. Cuida de mi pequeña. Adiós.
    El pitido del contestador sacó a Lucero del estado de trance en el que había entrado. Manu, por su parte, estaba ya completamente vestido; había recuperado su camiseta y su actitud de témpano de hielo al segundo de oír la voz de Antonio.
    —Lucero, vístete, por favor. —Le acercó el sujetador y la camiseta. Le temblaba un poco el pulso, pero su cara no mostraba ninguna emoción más allá del enfado y la vergüenza.
    — ¿Se puede saber qué te pasa? ¿Por qué pones esa cara? Manuel, respóndeme, por favor. No entiendo nada. Hace un momento, estábamos tan bien, y ahora parece que no puedas soportar estar en la misma habitación que yo. —Notaba cómo la voz empezaba a temblarle de rabia y de algo más complicado que por el momento no quería analizar—. ¿Es por Antonio?
    Manuel levantó la cabeza, que hasta ese momento había tenido entre las manos, y la miró. Durante un segundo fue como si quisiera abrazarla, pero en seguida desvió la mirada hacia el despertador y respondió:
    —No.
    — ¿NO?
    —Está bien, sí, pero sólo en parte. —Se levantó de la silla y empezó a pasear por la habitación—. No sé qué me pasa contigo, pero me está volviendo loco y no me gusta nada. Nada. Cuando eras pequeña ya me pasaba. Siempre estaba preocupado por saber dónde estabas, si te veía sonreír me ponía nervioso, Dios, incluso le hablé de ti a Nana. Cuando había tan mal ambiente en casa, pasar un rato contigo bastaba para que volviera a tener un poco de confianza en el amor. Hubo un momento en que pensé que era tan evidente lo que me pasaba que si la policía lo descubría me arrestarían. —Lucero  estaba paralizada, no se atrevía a interrumpirle—. ¿Sabes que cuando vine a vivir a Inglaterra te echaba de menos? Tú eras una adolescente y yo te echaba de menos; patético.
    —No es patético. A mí también me pasaba todo eso. — Lucero se levantó y empezó a andar hacia él. Decidió ser igual de sincera—. Yo también me estoy volviendo loca, también te echaba de menos y aún me pongo nerviosa si me sonríes. —Se atrevió a poner la mano en su espalda y notó que estaba rígido.
    —No lo entiendes, Lu, yo no quiero sentirme así. He visto lo que hace el amor, he visto cómo aniquila todo lo que toca y no lo quiero en mi vida. Ni ahora ni nunca. No soy capaz. —Sonrió, una sonrisa que a Lucero le rompió el corazón—. Hasta ahora me ha ido bien, siempre he estado con mujeres que sólo querían pasar el rato, divertirse. Contigo no sé si podría controlarlo. Y si saliera mal, no sólo nos haríamos daño, sino que perdería al mejor amigo del mundo, y tu familia nunca podría perdonármelo.
    Se apartó de ella.
    — ¿No has pensado que podría acabar bien? ¿Que podrías ser feliz? —Lucero se notaba los ojos llenos de lágrimas que no tenía ninguna intención de derramar.
    —El riesgo no merece la pena. —Suspiró y cerró los párpados un instante—. Creo que lo mejor será que no volvamos a estar solos. Está visto que eso nos trae problemas. Mira, en estas últimas semanas casi no hemos coincidido, de modo que lo único que tenemos que hacer es seguir así hasta que te vayas. —Al ver que ella no decía nada, preguntó—: ¿En qué piensas?
    —Pienso que eres un cobarde y un exagerado. Podríamos intentarlo. La vida no es un culebrón; si sale mal, mi hermano no vendrá a matarte o a pedir que te cases conmigo. Y si sale bien, ¿quién sabe?, a lo mejor incluso eres feliz. Danger, cariño —añadió—, nunca he sentido por nadie lo que siento por ti. Ni cuando era pequeña ni ahora. —Intentó abrazarlo, pero él volvió a apartarse, y entonces ella comprendió que nada de lo que pudiera decir o hacer lo haría cambiar de opinión.
    —No. Prefiero dejar las cosas como están. Lo mejor es que nos vayamos a dormir. —Se levantó y le abrió la puerta de la habitación—. Esto ha sido un error, sólo tenemos que olvidarlo y actuar como compañeros de piso. Mañana será otro día.
    Viendo que Manuel daba por terminada la conversación, Lucero lo miró una vez más a los ojos, para ver si veía algo que le recordara al hombre que hacía sólo unos minutos la besaba como si la necesitara para sobrevivir. Pero él ya no estaba allí. Entonces decidió decirle lo del piso.
    —Esta semana he visto unos cuantos pisos que podría alquilar.
    Si a Manu le sorprendió la noticia, lo disimuló a la perfección.
    —No es necesario —dijo tras unos segundos.
    —Sí lo es.
    —Puedes quedarte aquí. —Manu se frotó los ojos—. No me importa.
    —A mí sí. —Lucero  se obligó a mantener la mirada fija en sus ojos—. Supongo que la semana que viene ya lo tendré todo listo, entonces me iré. —Él seguía sin inmutarse—. Como mañana es sábado, si quieres me iré a pasar el fin de semana a casa de Nicholas.
    Al oír el nombre de su amigo, a Manuel le tembló un músculo de la mandíbula.
    —Ya te he dicho que no es necesario. —Apretaba el pomo de la puerta con tanta fuerza que empezaba a tener los nudillos blancos—. No creo que a él le guste ser plato de segunda mesa.
    De la rabia que sintió, a  Lucero  se le llenaron los ojos de lágrimas, pero se negó a derramar ninguna delante de Manu e irguió en cambio la espalda para contestarle:
    —Mira, una cosa es que tú seas un cobarde y que sólo te encuentres cómodo acostándote con mujeres por las que no sientes nada. Pero no te atrevas a insinuar que yo hago lo mismo. —Estaba furiosa, y al ver que a él le dolía esa acusación, sintió un poco de alivio.
    —Lo siento, no quería decir eso —se disculpó Manuel a media voz. En el mismo instante en que pronunció las palabras, sabía que se estaba equivocando. Lucero  era incapaz de utilizar a Nick, pero una parte de él había querido hacerle daño, había querido que ella dejara de mirarlo con aquellos ojos llenos de comprensión, porque sabía que, de lo contrario, él no iba a poder alejarse.
    —Yo en cambio sí quería decir lo que he dicho. —Y con esto, salió de la habitación sin mirar atrás.
    Como era de esperar, ninguno de los dos durmió.
     

     
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    Paola casandra
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Sáb Jun 22, 2013 3:42 pm


    Capitulo 29
    Manuel pasó toda la noche recordando cómo las discusiones de sus padres le había arruinado la infancia, pero si era sincero, eso no había sido lo peor. Lo peor había sido ver cómo su padre, aún completamente enamorado de su mujer, se había ido consumiendo hasta morir. No le había importado nada, ni su propia madre, que lo apoyaba, ni su hijo. Se había dedicado a beber hasta perder el sentido y, cuando lo consiguió, decidió que ese estado etílico se iba a convertir en su estado habitual. Incluso ahora, Manuel tenía que esforzarse por recordar a su padre sobrio. Por suerte, Nana siempre había estado a su lado, y lo ayudó a no odiarlo. Con Lucero entre sus brazos, sentía como hacía años que no sentía. No sólo porque lo excitaba más allá de la razón, sino porque con ella tenía ganas de temblar, de emocionarse, de arriesgarse a bajar la guardia; pero si valoraba todas las consecuencias, bueno, era mejor así. Sí, sin duda no arriesgarse era la mejor decisión. No entendía por qué el corazón le daba un vuelco al pensarlo, y por qué su entrepierna se negaba a aceptarlo. En fin, ya lo lograría de alguna manera.
    Lucero se pasó todo el fin de semana con Nicholas, pero no se quedó a dormir en su casa porque, a pesar de que él se lo había ofrecido, no quería que cuando ella se fuera Manuel y él dejaran de ser amigos. Nick la consoló lo mejor que pudo, y le dijo que estaba seguro de que Manuel también lo estaba pasando muy mal, si no, no le habría hecho ese comentario tan desagradable sobre ellos dos. Ella no estaba tan segura.
     
    Lucero no tenía ni idea de lo que Manu había hecho durante el fin de semana. Lo único que sabía era que había dormido en el piso, porque tanto el sábado como el domingo por la mañana vio que se había duchado. De no haber sido por ese detalle, habría creído que no estaba. Aunque apenas había dormido en los últimos dos días, el lunes por la mañana se levantó, se vistió y se fue a trabajar como siempre.  Lucero no iba a permitir que su historia con Manuel le estropeara también eso. Trabajar en la revista le gustaba realmente; sus compañeros eran fantásticos y estaba aprendiendo mucho. No quería que nadie se diera cuenta de que tenía el corazón hecho añicos. No porque se avergonzara, sino porque no quería que Manu se enterara. Si él era capaz de ignorar lo que había entre ellos dos sin parpadear, ella no iba a ser menos. Así que, cada noche, se repetía a sí misma que estaba a punto de lograrlo, que al día siguiente ya no tendría tantas ganas de abrazarlo, y que cuando lo viera ya no se le aceleraría el corazón.
     
    Por su parte, Manuel estaba agotado. Se había pasado prácticamente todo el fin de semana escondido en el gimnasio. No pensar en  Lu lo estaba consumiendo y ya se le estaban acabando las ideas. Se levantaba antes que ella, pero el cuarto de baño estaba repleto de sus trastos, y cada día tenía que controlarse para no oler su champú o su colonia. Nunca lo lograba. Los olía. En la revista, estaba un poco mejor, pero cuando alguien le comentaba lo bien que Lu hacía su trabajo o lo dulce que era, volvía a empeorar. Por suerte, ella parecía ser capaz de ignorarlo, y casi no le dirigía la palabra, porque cuando lo hacía, Manu tenía que concentrarse en no mirarle los labios y pensar en lo bien que sabían. Para evitar encontrarse con  Lucero en el piso, de noche iba al gimnasio un par de horas a ver si así se cansaba y podía dormir, pero ni así lo lograba. Lo único positivo de todo aquello era que, a ese ritmo, recuperaría los abdominales de cuando tenía veinte años. Al salir del gimnasio se compraba algo de comer e intentaba prepararse para el peor momento del día: entrar en casa. Cada noche se decía a sí mismo que estaba a punto de lograrlo, que al día siguiente ya no sentiría esas ganas de besarla, y que cuando la viera ya no se le aceleraría el corazón.
     
    El miércoles,  Lucero estaba almorzando con Jack y Amanda en una cafetería al lado del trabajo y Jack le cogió la mano, la miró a los ojos con cara de preocupación y le preguntó:
     
    —Lu, ¿qué pasa con Manu?
     
    Haciendo uso de sus recientemente adquiridas dotes dramáticas, respondió:
     
    —Nada, ¿por qué lo preguntas?
     
    — ¿Nada? —Jack le soltó la mano enfadado—. ¿Cómo que nada? ¿Acaso no lo ves? ¡Está agotado, más delgado y con un humor de perros!
     
    —Lu, Jack tienen razón, algo le pasa —añadió Amanda—. Estamos preocupados por él. Es nuestro amigo, y no tenemos ni idea de lo que lo tiene tan agobiado. Además, con los problemas que tenemos ahora en la revista necesitamos que esté al cien por cien.
     
    Lucero necesitó unos segundos para procesar toda la información. Ella sabía que era imposible que ellos supieran nada de su relación —Manuel nunca se lo habría contado, y Nicholas había jurado guardar el secreto—, así que no tenía ni idea de qué estaban hablando.
     
    — ¿Qué tipo de problemas? —A  Lucero ya le estaban sudando las palmas de las manos.
     
    —Bueno, no sé si debería contártelo, es una especie de secreto, pero ya que eres tan amiga de Manu, supongo que puedo confiar en ti —dijo Amanda—. ¿Conoces la revista The Scope?
     
    —Sí, bueno, la he visto en los quioscos y Manu tiene algunas en el piso. — Lucero estaba perpleja—. ¿Por qué?
     
    —Últimamente, algunos reportajes que teníamos previsto publicar aparecen «milagrosamente» en esa revista una semana antes que en la nuestra —añadió Jack también susurrando.
     
    Lucero, que ya estaba al tanto de lo del robo de los artículos, decidió disimular y fingir que no sabía nada. Por el modo en que Jack y Amanda hablaban de ello, llegó a la conclusión de que Manuel no les había contado que ella lo sabía y, como no quería tener otro conflicto con él, optó por no decir nada y hacerse la inocente.
     
    —Bueno, somos una revista de información de actualidad, es lógico que los reportajes se parezcan. No es que haya muchos temas para tratar, ¿no?
     
    —No, Lu, no es que se parezcan, es que son los mismos reportajes, las mismas fotografías, el mismo ángulo de opinión, las mismas entrevistas. Los mismos. Nos los roban. ¿Lo entiendes ahora? —Jack y Amanda estaban tensos. Lucero no podía quitarse de la cabeza que toda la escena le recordaba a Matrix. Allí estaba ella, atónita, sentada delante de Jack y Amanda como Neo ante Morfeo y Trinity cuando éstos le revelan la verdad.
     
    —¿Lo entiendes ahora? —repitió Amanda.
     
    —Sí, claro.
     
    —Como ves, Manu tiene muchas preocupaciones. Para todos nosotros, la revista es importante, pero para él es su vida —dijo Jack—. Ya que tú vives con él, ¿podrías averiguar qué le pasa?
     
    Lucero notó cómo se sonrojaba de la cabeza a los pies.
     
    —¿Yo? —carraspeó ella—. Sí, bueno, podría intentarlo. Pero no creo que sirva de mucho. Tal vez deberías hablar con Monique. —Lucero  no pudo resistir la tentación de hacer ese comentario.
     
    —¿Monique? —preguntó Jack perplejo—. No digas chorradas.
     
    —Si tú no eres capaz de convencerlo de que cambie de actitud, nadie podrá hacerlo —añadió Amanda sonriendo.
     
    — ¿Por qué dices eso?
     
    —Vamos, Lu, todos sabemos que haría cualquier cosa por ti. —Jack le golpeó cariñosamente el hombro—. No te hagas la tonta. Por cierto —miró el reloj—, deberíamos regresar al trabajo.
     
    —Sí, claro, seguro que Santi ya ha vuelto. —Amanda se levantó y salió apresurada, dejando a Lucero sola con Jack.
     
    —¿De verdad estás preocupado por Manuel? —se atrevió entonces a preguntarle.
     
    —Sí. Estos días se lo ve muy cansado y menos concentrado. No sé qué le pasa; no creas que no se lo he preguntado, pero su respuesta estándar es «Nada. Todo va bien, como siempre». En fin, espero que tú tengas más suerte y que averigües algo. Vamos, tenemos que regresar.
     
    Lucero volvió al trabajo, pero pasó la tarde pensando en cómo podía ayudar a Manuel. Una cosa era que él no la quisiera, ni como amiga ni como nada, pero otra que, con su intento de evitarla a todas horas, acabara agotado y pusiera en peligro su trabajo. Tenía que hablar con él.
     
     
    Manu tuvo, otra vez, un día horrible. Había empezado muy pronto, y nada más llegar a la revista, Santi lo llamó a su despacho.
     
    — ¿Puedo hablar contigo?
     
    —Sí, claro.
     
    —Siéntate. ¿Has visto el número de esta semana de The Scope? —A la vez que se lo preguntaba, le acercaba un ejemplar.
     
    —¿Qué es esta vez? —Manuel se puso las gafas y empezó a hojear la revista.
     
    —Esta vez son de nuevo dos artículos. El de la entrevista con el primer ministro y el de los bodegueros británicos. Manu, tenemos que parar esta mie&$a. Nos hundirán, no podemos seguir rellenando nuestra revista con artículos rancios, tenemos que averiguar quién nos roba, cómo lo hace y por qué. Esto no puede seguir así. —Santi se reclinó en su asiento, mala señal; se aflojó la corbata, pésima señal; y sentenció—: Nos dan seis meses más, si no, cerrarán The Whiteboard.
     
    Manuel notó en ese momento cómo se le helaba la sangre y la espalda le quedaba empapada de sudor; contradictorio pero propio de él.
     
    —No nos cerrarán. Averiguaré quién lo hace, y por los artículos de relleno no te preocupes, tengo un par de buenos reportajes «escondidos». Ahora te los traigo para que puedas leerlos, a ver qué te parecen.
     
    — ¿Escondidos? ¿De dónde han salido?
     
    —Los he escrito yo, ya sabes, para eso me contrataste.
     
    — ¿Tú?
     
    —Sí, yo, últimamente no duermo mucho, y escribir me relaja. No te rías. ¿Se puede saber de qué te ríes? ¡Estamos en medio de una crisis!
     
    —De ti, Manu, me río de ti. Tus problemas de insomnio no tendrán nada que ver con esa chica que tiene cara de duende, ¿no? Lucero, eso es, me encanta el nombre. Creo que deberías presentármela. De hecho, creo que los dos deberíais venir a cenar a casa un día de éstos. Silvia y las niñas estarán encantadas de conocer a la mujer que ha logrado quitarte el sueño. —Santi seguía riéndose.
     
    —No, Lucero no tiene nada que ver en esto. No sé por qué lo dices. En fin, será otra muestra de tu edad senil. Voy a buscar los artículos antes de que digas más tonterías. —Y salió apresurado del despacho de Santi.
     
    —¡Manu! ¡Piensa en lo de la cena! —Pero ya le hablaba a su espalda.
     
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    Paola casandra
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Sáb Jun 22, 2013 3:43 pm


    Capitulo 30
    Por suerte, a Santi le encantaron los artículos, pero viendo el humor de Manuel, no se atrevió a volver a mencionar lo de la cena. Ya encontraría el momento. Santi era así, nunca se olvidaba de nada, sencillamente, esperaba el momento oportuno para volver a la carga. Superado este primer y gran incidente, la jornada de Joe fue a peor. Tenían que trabajar a contrarreloj para modificar la revista y sacar una edición sin los artículos robados. Cuando encontrara al espía, le diría un par de cosas. Para variar, comió solo. Había pensado hacerlo con Jack, pero cuando vio que éste salía con Lucero y Amanda, cambió de idea. No se veía capaz de tener a Lucero sentada delante de él. Era cierto que él quería que se distanciaran, pero ver cómo ella lo ignoraba adrede delante de sus narices era más de lo que ese día se veía capaz de soportar. La tarde no mejoró en absoluto. Tuvo que quedarse bastante rato respondiendo e-mails, y el colofón final fue cuando, al salir del gimnasio, lo pilló la lluvia. Calado hasta los huesos, lo único que quería era llegar a casa, tomarse dos aspirinas y darse una ducha para ver si lograba entrar en calor. Abrió la puerta, e iba a entrar en el baño cuando la voz de  Lucero lo detuvo.
     
    —¿Qué te ha pasado?
     
    —La lluvia. ¿Qué haces despierta?
     
    —Te esperaba. Pero antes de nada, quítate esa ropa empapada y dúchate con agua caliente. Mientras te prepararé un té.
     
    Lucero le estaba hablando desde la cocina y Manuel seguía de pie, chorreando, estupefacto y sin moverse.
     
    — ¿Aún estás ahí? Dúchate o te resfriarás.
     
    Entonces Manu reaccionó y se dirigió al baño.  Lucerotenía razón, tenía que quitarse la ropa mojada, ya empezaba a notar los huesos helados y un dolor de cabeza que iba in crescendo a una velocidad vertiginosa.
     
    Mientras, Lucero, en la cocina, le preparó el té y un sándwich. Jack y Amanda tenían razón, se lo veía cansado y tenía mal aspecto. Esa tontería no podía seguir. Ella ya había encontrado piso, así que lo mejor que podía hacer era decírselo y empezar el traslado ese mismo sábado.
     
    Tal vez así pudiesen recuperar algo de su amistad.
     
    —Ya estoy aquí. — Manuel se sentó en el sofá. Tenía ojeras y parecía agotado. Apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.
     
    —Toma, bébete esto caliente. —Lucero le dejó la bandeja con la improvisada cena delante, y añadió—: Voy a buscarte un par de aspirinas.
     
    —Gracias, no hacía falta que preparases nada. —Manuel estaba incómodo, le dolía mucho la cabeza y no tenía ni idea de lo que estaba pasando.
     
    —Vamos, tómate las aspirinas y come. —Dejó que comiera un rato en silencio y luego continuó—: Manu, te estaba esperando porque quería hablar contigo de algo importante.
     
    — ¿De qué? —preguntó él antes de acercarse el sándwich para darle otro mordisco.
     
    —Ya he encontrado piso. Sólo tengo que firmar el contrato y podría mudarme el fin de semana.
     
    Manuel casi se ahoga con el trozo de sándwich que tenía en la boca y, después de un pequeño ataque de tos y dos sorbos de té, preguntó estupefacto:
     
    — ¿Mudarte?
     
    —Sí, esta situación no puede seguir. Incluso en el trabajo están preocupados por tu salud.
     
    —Vayamos por partes. —Manuel no entendía nada—. ¿Qué situación?
     
    —Tú y yo. Parecemos dos adolescentes. —Lucero  se sonrojó al admitir su parte de culpa en la debacle—. Los dos somos lo bastante inteligentes como para darnos cuenta de que esto es insostenible. Lo mejor para ambos es que yo me vaya a vivir a otro sitio.
     
    —No estoy de acuerdo, pero antes de discutir este asunto de la mudanza más a fondo, ¿qué es eso de que en el trabajo están preocupados por mí? ¿Por qué?
     
    —Es evidente, ¿no? ¿Cuántas horas has dormido desde el pasado viernes? ¿Y cuánto hace que no comes una comida decente? ¿Te has visto? Estás más delgado, tienes ojeras, pareces agotado, y eso no es bueno para nadie.
     
    —Estoy bien —balbuceó Manuel, y con esa única frase, Lucero perdió los estribos.
     
    —¿Bien? ¿Cómo vas a estar bien? Lo que estás haciendo es ridículo y totalmente innecesario. —No paraba de mover las manos. Intentar hacer entrar en razón a un hombre es realmente difícil.
     
    —¿Qué estoy haciendo?
     
    —Estás evitándome. ¿Crees que no me he dado cuenta? Yo estoy haciendo lo mismo y es igual de ridículo. —Entonces se sentó delante de él y lo miró directamente a los ojos. Manu fue a abrir la boca, pero Lucero lo interrumpió—. Mañana mismo firmaré el contrato del piso y el fin de semana me mudaré. No tiene sentido que sigamos así. Lo que pasó entre tú y yo ya está olvidado. —Ni ella misma se creía esa mentira, así que, para disimular, siguió hablando—: Mírate. En tu afán por no toparte conmigo te acuestas demasiado tarde, te levantas antes que yo, no comes con tus amigos, no cenas en tu casa. Un poco excesivo, ¿no crees?
     
    —Creía que era una buena idea. —Levantó los hombros—. No quería que estuvieras incómoda.
     
    —Ya, bueno, y si hace falta te matas en el intento, ¿no? Todos están preocupados por ti. ¿No crees que por cuatro días podríamos compartir piso e intentar hacer vida normal? Pero si lo prefieres, puedo preguntarle al de la inmobiliaria si puedo instalarme mañana. Me siento fatal por echarte de tu propia casa.
     
    —Tú no me estás echando, y te repito que no es necesario que te vayas de aquí. —Estornudó un par de veces—. Siento que todos se hayan preocupado por mí, y creo que tienes razón, lo mejor que podemos hacer es intentar hacer vida normal. —Era un pésimo mentiroso—. Pero si de verdad quieres mudarte, yo mismo te ayudaré a hacer el traslado, aunque ahora quiero irme a dormir. Me duele mucho la cabeza y me parece que me he resfriado. Mañana quiero que me cuentes todo sobre ese piso, pero sigo creyendo que no tienes que irte. —Antes de que ella pudiera rechistar, se levantó del sofá y añadió—: Gracias por el té y, en fin, por todo.
     
    Se tambaleó un poco, pero recuperó el equilibrio en seguida y se dirigió a su habitación.
     
    —¿Manuel? —Lucero tenía la sensación de que él se encontraba peor de lo que decía.
     
    —¿Sí?
     
    —¿Estás bien?
     
    —Sí, claro, sólo necesito dormir. Buenas noches.
     

    —Buenas noches.

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    o¿no

    Mensaje  alelucerina el Sáb Jun 22, 2013 4:27 pm

    noooooooooooo que no se mudeeee o bueno si xq asi la extrañara y... awww son tan lindos los amooooo
    pero ya continuala siiiiii porfavor no la dejes asiiiiii te lo suplicoo
    sube prontooo
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Hicat el Sáb Jun 22, 2013 11:42 pm

    Lo iban a hacer, estabán apunto. Y esta vez sin nada de alcohol encima.
    Otros capítulos masssss. Por favor
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Lun Jul 08, 2013 10:10 pm

    Capítulo 31

    Por la mañana,  Lucero  se despertó más descansada; esa noche había dormido bien. Era bueno saber que entre ella y Manuel las cosas iban a dejar de ser tan surrealistas. Cuando fue a la cocina a prepararse el desayuno vio que él aún no se había levantado, señal de que pensaba cumplir su palabra e iba a dejar de evitarla. Cuando llegó la hora de irse a trabajar, Manu seguía sin aparecer, y eso no era normal. Él era el espíritu de la puntualidad, así que Lucero pensó que algo iba mal.

    Se acercó a su habitación y pegó la oreja a la puerta. Nada.

    —¿Manuel?

    Nada.

    —¿Manuel, estás ahí? —Seguía sin oír nada. Tal vez se había ido. Pero no, no, sus gafas, su ordenador, sus llaves, todo seguía encima de la mesa—. Manuel, voy a entrar. —Abrió la puerta.

    La habitación estaba a oscuras y podía oír la respiración entrecortada de Manuel, que aún estaba dormido. Se acercó y encendió la lámpara que había al lado de la cama, lo que provocó las quejas del durmiente.

    —¡La luz! —Él levantó el brazo para taparse los ojos.

    —Manu, ¿te encuentras bien? —Le puso la mano en la frente—. ¡Estás ardiendo! —Le tocó también las mejillas y las tenía igual de calientes—. Voy a buscarte una aspirina. —Iba a levantarse, cuando Manuel  le cogió la mano.

    —Lucero , ¿qué haces aquí? Me gustan tanto tus ojos, parecen los de un duende.

    —Sí, ya. Estás enfermo y no sabes lo que dices. Voy a buscarte las medicinas, ahora vuelvo.

    Cuando Lucero volvió con la aspirina y un vaso de zumo, el enfermo seguía igual.

    —Vamos, Manu, tómate esto. ¿Te ayudo a incorporarte?

    —No, ya puedo solo. Dame la aspirina, tengo que ducharme, la revista. —No pudo continuar, lo interrumpió un ataque de tos.

    —Ni hablar, tú hoy te quedas aquí, estás enfermo. Tienes fiebre. Mírate, estás temblando. No me obligues a atarte a la cama. —Ella se sonrojó con las imágenes que esa frase originó en su mente. Suerte que él estaba ya otra vez acostado y no se dio cuenta—. Voy a salir a la farmacia a comprar más medicinas y unos zumos. Tienes que beber mucho líquido. Estás ardiendo.

    Lucero empezaba a estar muy preocupada.

    —¿Lu?

    —¿Qué? —Ella seguía tocándole la frente, y lo miró angustiada.

    —Los artículos, necesito repasar los artículos, la revista, nos roban los reportajes. —Hablaba entrecortado, entre ataque de tos y estornudos, como si le costara incluso respirar.

    —No te preocupes por nada. Dime qué tengo que hacer, pero tú no te muevas de aquí. Dame un minuto, voy a buscar tu portátil.

    Salió de la habitación, pensando que tenía que llamar a Jack y a su madre, ella sabría qué hacer. Cogió el ordenador y volvió a la habitación.

    —Ya estoy aquí. ¿Qué hago?

    —Abre los archivos de Word. Me duele mucho la cabeza. —Él se tapaba los ojos con el antebrazo.

    —Me pide un código secreto. ¿Quieres entrarlo tú?

    —No, el código es 13042012.

    Lu tecleó el código sin pensar, pero cuando acabó, se dio cuenta de que era el día en que ella había llegado a Londres. ¡Manu tenía como código secreto el día en que ella había llegado a Londres! No podía ser, seguro que sólo era una casualidad.

    — ¿Qué estoy buscando?

    —Abre los archivos que se llaman «vacaciones Escocia», allí están grabados los artículos que necesitan para la próxima edición. Cópialos en un pen drive y llévaselo a Santi. —Se tapó más con la manta, temblaba y no paraba de sudar.

    —¿Seguro que puedes quedarte solo? ¿Me llamarás si necesitas algo?

    —Seguro, sólo necesito dormir. Llévaselo, por favor. —Bajó los párpados.

    Lu cerró el portátil, apagó la luz y, antes de salir de la habitación, le apartó los mechones sudados que tenía sobre la frente. Seguía ardiendo y se había quedado completamente dormido.

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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Lun Jul 08, 2013 10:13 pm

    Capitulo 32

    Cuando llegó a la revista, Jack la estaba esperando en la recepción con cara de preocupación.

    — ¿Qué ha pasado?

    —Nada,  Manuel se ha puesto enfermo. Ayer llegó a casa empapado por la lluvia y tiene un resfriado de campeonato. Me ha pedido que le entregue esto a Santi. ¿Se lo puedes llevar tú? Yo aún no lo conozco.

    —Bueno, eso tiene fácil arreglo. Hola, Santi. —Jack saludó a Santi, que acababa de salir en ese preciso instante del ascensor—. ¿Tienes un minuto?

    —Hola, Jack. ¿Sabes algo de Manu? Llevo más de una hora buscándolo.

    —Manu está enfermo.

    —¿Enfermo? Él nunca está enfermo. ¿Qué le ha pasado?

    —Que es un inconsciente. —Lucero hizo el comentario sin darse cuenta de que lo hacía en voz alta, y entonces Santi  la miró directamente.

    —Santi, permíteme que te presente a Lucero Hogaza.  Lucero, te presento al señor Santi Abbot, director de esta casa de locos.

    —Encantada, señor Abbot. Manu me pidió que le diera esto. —Lu le entregó la memoria con los archivos.

    —Es un placer, Lucero, y por favor, llámame Santi. ¿Qué le pasa a Manu, además de ser un inconsciente? —Santi sonreía, le encantaba esa chica. Ahora que la había visto de cerca, entendía que Manu estuviera medio loco últimamente. La chica tenía una chispa en los ojos...

    —Está resfriado, muy resfriado. Pero además está agotado, y es testarudo como una mula.

    —Tienes razón, es un cabezota. Si necesitas algo, llámame, yo voy a revisar esto para la próxima edición. Jack, avísame cuando tengas las fotografías. Lucero, espero volver a verte. —Sonriendo, se despidió de los dos.

    Lucero  estuvo todo el día preocupada por Manuel, seguro que no se había tomado las medicinas. Ella habría querido irse antes, pero sabía que si lo hacía, Manu  se enfadaría. Para él, lo primero era la revista. Así que intentó concentrarse al máximo en su trabajo, tenía que maquetar los nuevos artículos que Jack le había entregado. Los había escrito Manuel  y eran muy buenos. Eran originales, irreverentes, pero serios en la información que aportaban. Lucero pensó en los reportajes robados, ¿quién podría hacer eso y por qué? Ojalá lo encontraran pronto. Mientras, ella haría todo lo posible por ayudar a Manuel y a sus amigos; después de todo, ahora también eran amigos de ella, y no quería que les pasara nada malo. Además, aunque fuera sólo por unos meses, ella también trabajaba allí, y quería que la revista siguiera siendo un éxito.

    Cuando por fin llegó la hora de salir, Lucero apagó su ordenador a toda velocidad y corrió hacia la farmacia. Compró todo lo que creía poder necesitar; aspirinas, vitaminas, spray nasal, pastillas para la tos. Fue un poco exagerada. Luego, de camino al supermercado, llamó a su madre.

    —Hola, mamá.

    —Hola, cariño. —Al oír que tenía la respiración acelerada le preguntó—. ¿Dónde estás?

    —En la calle. Tengo que ir a comprar comida. —Esquivó a un perro que casi la tira—. Manuel  está enfermo.

    —¿Qué le pasa?

    —Creo que está resfriado. Ayer lo pilló la lluvia.

    — ¿Y tú vas a ser su enfermera?

    —¡Mamá! —exclamó Lucero sonrojada. Su madre era incorregible.

    —¿Qué pasa? —preguntó ella, fingiendo no saber por qué su hija se indignaba.

    —He comprado aspirinas. ¿Crees que necesitaré algo más?

    —Bueno, yo le prepararía zumo natural para que tome vitaminas, y un poco de caldo. ¿Te acuerdas de cómo se prepara?

    —Sí, claro. Tienes razón, eso le sentará bien.

    —Yo siempre tengo razón. Es uno de los pocos privilegios que tiene ser madre.

    —Te dejo, estás empezando a decir tonterías. Dales muchos besos a papá y a todos de mi parte.

    —Igualmente. Cuídate.

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    Mensaje  diana lucerina el Lun Jul 08, 2013 10:35 pm

    siguela!! Very Happy me encanta

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    uu

    Mensaje  alelucerina el Lun Jul 08, 2013 11:41 pm

    como es posible que despues de tanto riempo solo escribas 2 capitulos Mad Mad Mad Mad Mad Mad Mad Mad Mad Mad Mad Mad Mad Mad Mad Mad Mad Mad 
    es injusto por favor para la proxima q sea mas rapido y muchos mas y mas largos por favor hazloooo affraid affraid affraid affraid affraid affraid 
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Mar Jul 09, 2013 7:43 pm

    Capitulo 33

    Lucero colgó y compró las naranjas para hacer zumo y las verduras para preparar la sopa.
    Iba cargada como una mula, y tuvo que hacer malabarismos para que no se le cayera todo por la escalera, pero por fin llegó a casa.

    —Hola, ya estoy aquí. —Dejó todas las bolsas en la cocina, se quitó la chaqueta y fue directa a la habitación de Manuel.

    —Manu, ¿hola? —Entró en la habitación, que empezaba a oler ya a enfermo, y se sentó en la cama—.
    ¿cómo estás? —Le puso la mano en la frente y comprobó que la tenía empapada de sudor y ardiendo.

    —Lu, ¿qué haces aquí? Vete, déjame. —Temblaba al hablar y seguía sin abrir los ojos.

    —Vivo aquí, al menos de momento. —En ese instante se acordó de que se había olvidado de ir a firmar el contrato de alquiler—.
    No pienso irme hasta que te cures. Tienes que tomarte esto y beber algo. Vamos, seguro que te pondrás bien.
    —Se levantó de la cama y subió un poco las persianas para que entrara algo de luz del exterior—. Voy a prepararte un caldo. Descansa y luego te lo traigo.

    —Los artículos.

    —Ya están maquetados. La verdad es que son muy buenos; espero que no te moleste que los haya leído.
    —Le secó el sudor de la frente con una toalla—. Todos me han dicho que te mejores, y que no vuelvas al trabajo hasta que estés bien. Así que ya sabes, tienes que cuidarte.
    —Recogió el vaso y salió de la habitación.  Manuel volvía a estar dormido.


    En la cocina,  Lucero preparó el caldo de verduras. Mientras lo hacía, escuchaba a Nina Simone  y pensaba en cómo habían cambiado las cosas. En tan sólo unos meses había encontrado nuevos amigos, un nuevo trabajo y a Manuel. Quizá no había sido tan malo lo de romperse la pierna.

    Preparó una bandeja con un plato de sopa, un poquito de zumo, los antitérmicos y una servilleta, y se lo llevó a Manuel.

    —Hora de cenar. He preparado sopa de verduras. Despierta.
    —Como Manu  ni siquiera se movió, Lu dejó la bandeja y se acercó a él—. ¡Dios mío! Estás ardiendo. MANUEL, por favor, despierta, vamos.

    Estaba muy preocupada, tenía que hacer algo.

    —Lu, mi princesa. —Manu deliraba, sudaba sin parar y tiritaba.

    —MANU, abre los ojos, por favor. —Nada—. MANUEL, tienes que tomarte esta pastilla, tienes que ponerte bien, si no, yo... —Notó cómo se le llenaban los ojos de lágrimas—. Vamos Lucero, no seas histérica —se dijo a sí misma—. Sólo es un resfriado. Lo que tienes que hacer es lograr que se tome la medicación y hacer que le baje la temperatura. Tranquilízate y piensa en lo que haría mamá.

    Entonces se acordó de que su madre trituraba las pastillas y las mezclaba con el zumo, y decidió que no perdía nada por intentarlo.

    —Danger, tienes que beberte esto. —Él seguía sin responder, así que Lu cogió una cucharilla y se la acercó a los labios—. Eso es —dijo al ver que así conseguía que se la tomara—. Espero que cuando te mejores me compenses por este susto. —Manu estaba ahora un poco más tranquilo, y Lucero logró que se bebiera todo el zumo.

    Cuando acabó, le secó otra vez la frente, le arregló las sábanas y, antes de salir de la habitación, le dio un pequeño beso en la nariz. Fue una tontería, pero su madre siempre se lo hacía cuando estaban enfermos, así que seguro que eso también serviría para algo.
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Mar Jul 09, 2013 7:45 pm

    Capitulo 34

    Lucero  puso orden en la cocina y vio un rato la televisión. Estaba muerta de sueño, pero no quería acostarse antes de haberle dado otra vez la medicación a Manuel, de modo que tenía que quedarse despierta hasta las doce. Cuando llegó la hora, volvió a preparar un poco de zumo para poder diluir en él las pastillas.

    —Ya estoy aquí. Veamos cómo está mi enfermo preferido. —Se sentó en la cama y notó cómo se le iba todo el color y se quedaba blanca en cuestión de segundos.  Manuel  estaba aún más caliente que antes. Tanto, que cuando ella le puso la mano en la frente, él se apartó como si no pudiera soportar nada más sobre la piel—. Danger, espero que cuando te recuperes, no te enfades por lo que te voy a hacer.

    Dicho esto, se levantó, apartó las sábanas de la cama y empezó a desabrochar la camisa del pijama de Manu. Éste no paraba de quejarse, pero por suerte para ella, estaba demasiado débil para oponer resistencia. Para calmarse los nervios, Lucero siguió hablando:

    — ¿Sabes una cosa? Nunca imaginé que el día que te quitara la ropa sería así. Y no me digas que ya te he visto desnudo antes. Esa noche que nos acostamos fue todo demasiado rápido. —Suspiró—. Siempre pensé que haríamos el amor en la playa, como en las películas. Vaya tontería, ¿no? —Con cada botón le confesaba algo más—. Otra cosa que me imaginaba era a ti desnudándome; despacio, lentamente, no como el otro día. ¿Recuerdas que te dije que lo había olvidado? Era mentira. Aunque supongo que tú sí lo has olvidado. En fin, es mi destino. Soy pésima enamorándome.

    Ya le había quitado la camisa y el pantalón, sólo le había dejado los bóxers.

    —Gracias a Dios que te dejaste los calzoncillos debajo del pijama, no sé si habría podido hacer esto si hubieras estado totalmente desnudo. Por cierto, estás demasiado delgado, pero eso ya lo arreglaremos, ¿vale? Voy al baño a buscar toallas, no te muevas. No está mal eso de que no me repliques.

    Lucero regresó con un par de toallas totalmente empapadas en agua helada, se sentó y empezó. Al notar el contacto con el agua fría,  Manuel tembló aún con más fuerza.

    —Shh, tranquilo.

    Primero se las pasó por la cara y el cuello, y cuando creyó que ya se había acostumbrado al frío, bajó al pecho.  Manuel volvió a estremecerse.

    —No pasa nada.

    Oír su voz parecía tranquilizarlo, así que continuó hablando.

    —Espero que tengas el detalle de no acordarte de esto, aunque para mí será difícil de olvidar. Creo que vas a formar parte de mis sueños eróticos toda la vida. —Le mojó también los brazos—. Me encanta este vello que tienes en los brazos, es tan sexy. Nunca he entendido por qué hay hombres que se depilan. Bueno, basta de decir tonterías, creo que ya te ha bajado un poco la temperatura. Ahora tienes que tomarte otra vez el antitérmico.


    Dejó las toallas y le volvió a dar la medicación. Por suerte, él se la tomó en seguida, y pareció quedarse tranquilo. Lucero  estaba agotada. Tenía que dormir, pero no se atrevía a dejarlo solo. ¿Qué pasaría si Manuel volvía a ponerse tan mal? ¿Cómo lo oiría? ¿Qué podía hacer? Tenía tres opciones: la primera, dormir en la cama con él. ¡No! La convención de Ginebra prohíbe la tortura. La segunda, irse a su habitación y dejar las puertas abiertas; tampoco, al fin y al cabo les había prometido a Jack y a Amanda que cuidaría de él. Y la tercera, quedarse a dormir en la silla que había en la habitación, aunque al día siguiente le doliera la espalda. «Pero así podré vigilarle», pensó Lucero. De modo que fue a su habitación, se puso el pijama y, en menos de un minuto, regresó al cuarto de Manuel para intentar dormir en aquella incómoda silla.
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Mar Jul 09, 2013 7:50 pm

    Capitulo 35

    Debían de ser las tres o las cuatro de la mañana cuando Lucero se despertó sobresaltada. Manuel se movía nervioso y hablaba en sueños. En realidad no hablaba, pensó Lucero, discutía, gritaba.

    —Papá, te he dicho que no bebas. ¿Hasta cuándo vas a seguir así? —Tenía la respiración entrecortada—. ¡Deja esa botella! Si tengo que pegarte para que lo hagas, lo haré.

    Lucero  se levantó y se acercó a él. La cara de rabia de Manu le destrozó el corazón. ¿De qué estaba hablando? ¿Qué lo atormentaba tanto?

    —Manu, es sólo un sueño.

    Estaba ya a su lado cuando Manuel, completamente dormido, la apartó sin querer y ella se cayó encima de la mesilla que había junto a la cama. El dolor casi la dejó inconsciente durante unos segundos. Seguro que al día siguiente tendría el ojo morado, pero ahora tenía que encontrar la manera de tranquilizarlo a él antes de que se hiciera daño. Así que se levantó y se colocó encima de su estómago.

    —Manuel, estate quieto, es sólo una pesadilla, tranquilo. —Él seguía respirando entrecortadamente, pero el peso de Lucero sobre él le impedía moverse tanto—. Danger, despacio, tranquilo.

    Pero entonces volvió a acelerarse.

    —Papá, ¡es que no lo entiendes! No te quiere, ni a mí tampoco. Nunca nos ha querido.

    Lu notó cómo volvían a tensarse los músculos de él y, para evitar otro ataque, lo besó. No es que fuera muy buena idea, pero fue lo único que se le ocurrió. Primero sólo tenía intención de colocarse encima de él, pero cuando vio la cara de angustia de Manu no pudo evitarlo. Pensó que él no respondería, y así fue durante unos segundos, pero cuando sus labios se entreabrieron, la besó como si ella fuera la única medicina que necesitaba para curarse. Sus manos ardientes por la fiebre la atraparon, le resiguieron toda la espalda hasta meterse por dentro del pantalón del pijama. Y una vez allí, la apretaron fuerte contra su erección. Lucero le devolvió el beso con la misma pasión, pero con más dulzura. Quería tranquilizarlo, que él notara que alguien lo quería, y ella ya estaba harta de negar lo que sentía. Le acarició la nuca, y poco a poco, Manu fue relajando los brazos. Ella continuó besándolo; posó sus labios en sus párpados, que parecían húmedos de lágrimas, en la frente, en la nariz, y Manu fue relajando el ritmo de su respiración. Por fin se tranquilizó. Parecía ya totalmente dormido, de modo que Lucero intentó levantarse para volver a la silla, pero al notar que se movía, los brazos de Manu  volvieron a apresarla, esta vez sin tanta fuerza. La abrazó como si no quisiera que ella se apartara de él.

    Gracias por leer! Very Happy Very Happy 
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  diana lucerina el Mar Jul 09, 2013 10:29 pm

    QUE TIERNOOOOOOOOOOOOS! SIGUELA!
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    Mensaje  Paola casandra el Jue Jul 11, 2013 3:11 am

    Capitulo 36

    —Bueno, supongo que después de esto, puedo perfectamente dormir en tu cama. Aunque dudo que seas consciente de nada. Seguro que ni siquiera sabes que soy yo a quien besabas.

    Le dio un pequeño beso en el hombro y se acurrucó a su lado. Aunque sólo fueran unas horas, tenía que descansar, si no, al día siguiente no daría una en el trabajo. Ya estaba casi dormida cuando Manuel  la abrazó un poco más fuerte y susurró:

    —Lucero.

    Al oírlo, ella se dio cuenta de que ya no había vuelta atrás; estaba enamorándose como nunca había creído posible.

    Manuel fue el primero en despertarse. Le dolía todo el cuerpo como si le hubieran dado una paliza, pero no había sido el dolor de la espalda lo que lo había despertado, sino notar la mano de Lucero en su abdomen y sus labios en el hombro. ¿Habían dormido juntos y no se acordaba? Era imposible. Si uno de sus sueños se hacía realidad, tenía que acordarse. Además, era imposible que él hubiese podido hacer nada. Por mucho que deseara a Lu, y la deseaba mucho, estaba demasiado enfermo como para hacerle el amor. ¿O no? Iba a volverse loco. Tenía que saberlo, y el único modo era preguntárselo al duende que tenía pegado a su costado.

    —Lu, despierta. —Ella se acurrucó aún más. Él estaba encantado, pero entonces notó que ella desplazaba la mano que tenía descansando en su cintura más abajo. Peligro. Si bajaba un centímetro más, notaría lo recuperado que estaba. Le cogió la mano e insistió—. Lu, despierta.

    Lentamente, ella abrió los ojos y se desperezó. Cuando su cerebro conectó todos los cables y se dio cuenta de dónde estaba, se despertó del todo, y se incorporó sobresaltada.

    —¿Cómo te encuentras? ¿Tienes fiebre? —Le tocó la frente, que ahora ya estaba fría—. Voy a buscarte las pastillas. —Iba a levantarse cuando Manuel la detuvo.

    —Estoy bien. —Le cogió la muñeca y, por algún extraño motivo, no quería soltarla—. ¿Qué haces en mi cama? —preguntó él un poco sonrojado.

    Lucero pensó que era fantástico ver que él también podía sentir vergüenza.

    —¿No te acuerdas? —Lu se apartó el cabello de la cara. Siempre se levantaba hecha un desastre, y en ese instante Manuel vio el morado que le estaba apareciendo en la mejilla izquierda.

    — ¿Qué te ha pasado? —Le acarició la cara preocupado—. ¿Cómo te has hecho esto?

    Al principio, Lu no sabía de qué hablaba, pero cuando notó la punzada de dolor debajo del ojo se acordó del golpe que se había dado contra la mesilla al caer.

    —No es nada. Voy a la cocina a por tus medicamentos. —Él seguía sin soltarla. Había algo raro en Lucero aquella mañana—. Manu, ahora vuelvo. —Se liberó de la mano que le agarraba la muñeca.

    «Gracias a Dios», suspiró Lucero. Ya no podía más. Si llega a estar dos minutos más sentada en la cama con Manu  mirándola con aquellos ojos y con la camisa del pijama desabrochada, se muere o se lo come a besos. Por desgracia, ninguna de las dos opciones era posible, así que tenía que recomponerse y seguir con su vida. Tardaría unos mil o dos mil años en olvidar a aquel hombre, pero lo lograría. Mientras, lo mejor que podía hacer era disfrutar de su amistad y sacar el máximo provecho de su experiencia británica. Ya lo había decidido, ahora sólo tenía que creérselo y llevarlo a la práctica. Bebió un vaso de agua y preparó otro para su enfermo, cogió las pastillas, compuso su mejor cara de «sólo somos amigos» y regresó a la habitación.

    Cuando entró, vio que Manuel se había abrochado la camisa del pijama y estaba sentado en la cama. Tenía la mirada ausente.

    — ¿Te sientes mal? Tienes que tomarte estas pastillas —dijo ella, acercándole el vaso de agua.

    —Gracias. —Se tomó las pastillas, cerró los ojos, como si intentara pensar, y cuando volvió a abrirlos buscó con la mirada a  Lucero —. ¿Cómo te diste ese golpe en la mejilla?

    —Me caí y me golpeé con la mesita de noche. No es nada —respondió ella sonrojada.

    —Ya. Lu, te lo preguntaré directamente, ¿te lo hice yo? No sé qué me pasa, no puedo acordarme de nada. —Manu estaba nervioso y no dejaba de tocarse el pelo—. Lo último que recuerdo es que te pedí que llevaras los artículos a Santi, ¿lo hiciste? Vaya tontería, seguro que sí. Esto ya me pasó una vez de pequeño, la fiebre se me disparó y... no sé, mi abuela dice que no paré de hablar, pero yo nunca logré acordarme de nada. Lu, por favor, dime si te lo hice yo antes de que me vuelva loco. —La miró directamente, esperando la respuesta.

    —Claro que no, tú eres incapaz de hacerle daño a nadie.

    Estaba tan preocupado que Lu  decidió no contarle nada de sus pesadillas. Ya encontraría la manera de ayudarlo más tarde.

    —Ya sabes que soy torpe; tropecé al salir de la habitación con las luces apagadas. No te preocupes, ahora lo más importante es que te pongas bien. Anoche estabas ardiendo de fiebre, casi me muero del susto, por eso me quedé aquí. — Lu no podía dejar de tocarle la frente, necesitaba saber que ya estaba bien, y a Manu parecía no importarle—. Ahora descansa, yo voy a ducharme para ir a trabajar y, antes de que lo intentes, no, tú no vas a ir a trabajar, te vas a quedar aquí recuperándote, ¿de acuerdo?

    Dicho esto, se levantó y le acarició el pelo por última vez.

    —De acuerdo. —Manuel la miraba hipnotizado. Realmente era preciosa. ¿Cómo había sido capaz de estar tantos días sin apenas verla y sin tocarla? Debía de estar loco. No había escuchado nada de lo que le había dicho, sólo estaba concentrado en que no paraba de acariciarlo, le tocaba la frente, el pelo, como si no pudiera evitarlo. Cuando ella se levantó de la cama, reaccionó y le cogió la mano—. Lu, gracias por cuidarme. —Le besó el interior de la muñeca.

    —De nada. —Y salió ruborizada de la habitación.
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Jue Jul 11, 2013 3:14 am

    Capitulo 37
    A partir de ese momento, la relación entre Lucero y Manuel cambió; dejaron de evitarse y volvieron a pasar más ratos juntos. Lucero había perdido la oportunidad de alquilar el piso, pero ahora que las cosas volvían a estar bien, estaba encantada de que hubiera sido así. Manuel tuvo que quedarse en cama un par de días, pero al empezar la semana siguiente volvió a incorporarse a la revista como si nada hubiera pasado. Seguía muy preocupado por los robos de los artículos, pero ya no utilizaba el trabajo como excusa para llegar tarde a su casa. Le encantaba cenar con Lucero, hablar con ella, contarle cómo le había ido el día y que ella le contara sus aventuras. Le encantaba oírla hablar de la nueva tienda que había descubierto, del último chisme que su hermana Helena le había contado o, sencillamente, mirar la tele con ella. El único problema era que cada día tenía más ganas de tocarla, y debía hacer esfuerzos para recordarse que él no era el hombre que ella necesitaba. Lucero  era dulce, romántica y se merecía un hombre capaz de amarla con locura. Y si algo había aprendido de su padre, era que él nunca iba a amar de ese modo. Con lo que tenía resuelto; Lucero y él sólo serían amigos.


    Unas semanas más tarde, Manuel estaba revisando unos documentos cuando Santi salió de su despacho y lo llamó.

    —¿Puedes venir un momento?

    —Sí, claro. —Se levantó y apagó el ordenador. Últimamente no se fiaba de nadie y, siempre que él no estaba delante, bloqueaba su ordenador.

    —¿Pasa algo? Se te ve preocupado. —Manu se sentó y cogió la pelota antiestrés que Santi tenía encima de su mesa.

    —Sí. ¿Quieres dejar esa pelota? Lo siento, estoy nervioso. —Santi  andaba de un lado a otro—. ¿Has descubierto algo sobre el robo de los artículos?

    —No, aún no. He estado preguntando y nadie parece saber nada. Incluso he hablado con un periodista de la revista The Scope y para él los artículos eran originales. Parece como si no hubieran existido antes de que ellos los publicaran. Todo sigue siendo muy confuso. ¿Por qué lo preguntas? ¿Has averiguado algo?

    —No, bueno, no sé. He estado pensando que la persona que roba los artículos tiene que trabajar aquí. Antes de que te sulfures, escúchame. Tú mismo lo has dicho, es como si los artículos nunca hubieran existido, sólo había tenido acceso a ellos nuestro personal. Los únicos que nunca han sido robados son los que escribes tú, y ni siquiera yo conozco los códigos de tu ordenador. Tiene que ser alguien que trabaje aquí y a quien no le gustamos demasiado.

    —¿Adonde quieres llegar? —Manu estaba cada vez más confuso. A él no le gustaba desconfiar de sus compañeros. Algunos de ellos eran además sus amigos, pero la idea de Santi no era totalmente descabellada.


    —He pensado que podríamos echar un vistazo a los currículos de todos, a ver si encontramos alguna pista. Yo empezaré con el equipo de dirección y los administrativos. Tú empieza con los periodistas, fotógrafos y diseñadores. ¿Te parece bien?

    —No, no me parece bien, pero acepto; quizá pueda sernos útil. Pero con una condición.

    —Tú dirás.

    —Sólo lo haremos tú y yo. No quiero que nadie más se entere, y cualquier cosa que encontremos la hablaremos antes de hacer nada. Y, Santi, cuando digo nadie es nadie, ni siquiera Clive. —Manu le sostuvo la mirada a Santi.

    —Está bien, sólo tú y yo —suspiró—. No puedo entender por qué tú y Clive ya no os lleváis bien. Fuisteis a la universidad juntos, y ya sé que mi sobrino puede ser un poco difícil a veces, pero su trabajo aquí ha sido muy bueno.

    Manu  lo interrumpió,

    —Como tú muy bien has dicho, Clive puede ser difícil. Dejémoslo en que tenemos estilos diferentes. —Manu no tenía intenciones de contarle a Santi que su sobrino era un egoísta que sólo utilizaba a sus amigos, así que decidió cambiar de tema—. ¿Vas a pasar fuera este fin de semana?

    —No, y ahora que lo pienso, a Silvia y a las niñas les encantaría conocer a tu novia. La verdad es que desde que les conté lo de Lucero no hacen más que insistir en que os invite. Vaya, ¡no sabía que fueras capaz de sonrojarte tanto!

    —Yo no me sonrojo, y Lucero no es mi novia. —Manuel  se arrepentía ya de haber preguntado por el fin de semana, y apretaba tanto la pelota antiestrés que temía por la integridad del artefacto.

    —Suelta la pelota, la vas a romper. Ya, bueno, si no es tu novia es que eres idiota. La última vez que conocí a una chica como ésa, me casé con ella y tú sabes que ha sido lo mejor que he hecho en mi vida. En fin, piénsalo, Lucero, tu no-novia, y tú podríais venir a cenar el sábado y, si quieres, os podéis quedar a dormir. A las niñas les encantaría y a mí me gustaría recordarte quién te enseñó a jugar al ajedrez.

    —Está bien, lo pensaré. Pero prepárate para perder miserablemente.

    —¡Ya, sigue soñando! Sal de aquí y vuelve a trabajar.


    Lucero no había visto a Manuel durante todo el día. Era raro. Desde que habían vuelto a hacer las paces, él iba a saludarla en algún momento; seguro que había estado muy ocupado. La verdad era que ella también lo había estado. Además, ese día se sentía muy melancólica; al marcar la fecha en el calendario que tenía encima de su escritorio, se había dado cuenta de que prácticamente sólo le quedaban dos meses para volver a Barcelona. Dos meses. Era muy poco. En ese instante sonó el teléfono.

    —¿Diga?

    —Lu, soy yo. —Era Manu—. ¿Cómo estás?

    —Bien. ¿Y tú? Hoy no te he visto. ¿Pasa algo?

    —No, nada, lo de siempre, trabajo. —«Y que no paro de pensar en ti», se dijo para sus adentros.

    —¿Puedo hacer algo? —preguntó Lucero.

    —No, pero gracias por preguntar. Nos vemos luego en casa. —Manuel se dio cuenta de que le encantaba tener ese tipo de conversación con ella.

    —Sí, claro, hasta luego. —Y colgó el teléfono.

    Tras esa conversación, Manu se quedó pensativo. Era incapaz de recordar lo que había pasado la noche en que se puso enfermo, pero se acordaba perfectamente de que antes de que se fueran a dormir, Lucero le había dicho que iba a alquilar un piso. Supuso que al haber estado cuidándole durante todo el fin de semana no había podido ir a finalizar los trámites, pero le inquietaba saber si continuaba teniendo esa idea en mente. Él no quería que ella se fuera de su casa. No quería perderla antes de que ella regresara a Barcelona. Tenían que aclarar ese tema antes de que fuera demasiado tarde, pero no sabía cómo plantearlo. Cerró los ojos un instante para pensar y de repente tuvo una idea. Ella siempre le cocinaba platos maravillosos, había llegado el momento de que él hiciera lo mismo. Seguro que en Internet encontraría alguna receta que podría serle útil. Buscó por unas cuantas páginas y, cuando dio con lo que necesitaba, apagó el ordenador y ante la mirada atónita de Santi y Amanda, se fue a su casa.


    Última edición por Paola casandra el Vie Jul 12, 2013 3:33 pm, editado 1 vez
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  diana lucerina el Jue Jul 11, 2013 11:14 pm

    sigueeelaaaaa!

    alelucerina
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    omg

    Mensaje  alelucerina el Jue Jul 11, 2013 11:58 pm

    me gustaaaa muchooooooooooooooo no demores en subir mas capitulos xfaaa
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Vie Jul 12, 2013 3:38 pm

    Me alegra que les guste la historia Les agradezco que la lean. no voy a subir mas capítulos hasta el Lunes

    Asi que subire hoy 4 o mas capitulos espero los disfruten.
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Vie Jul 12, 2013 3:40 pm

    Capitulo 38
    Cuando  Lucero salió del trabajo, decidió replantearse su actitud. Era verdad que ya sólo le quedaban dos meses y pico, pero estaba en sus manos hacer que fueran increíbles, tenía que disfrutarlos al máximo. Además, Barcelona y Londres estaban al lado, seguro que seguiría viendo a sus amigos. Lo de Manuel  ya era más complicado. Desde que estuvo enfermo, Lu  había decidido dejar de engañarse: estaba enamorada. Pero no como lo había estado de pequeña, no, nada que ver. Ahora lo conocía, sabía que era un buen amigo, que era un nieto fantástico y que estaba muy herido y confuso. Tal vez pudiese ayudarlo de alguna manera. Tenía algo más de dos meses para averiguar qué había pasado con su padre y con su madre y, quizá, cuando se fuera, él la echaría tanto de menos como ella a él. No había tiempo que perder. De camino al piso, decidió poner en marcha su plan y llamó a Nana. Desde que llegó a Londres, se habían visto en un par más de ocasiones, y Lucero estaba convencida de que era la aliada que necesitaba.

    —¿Diga?

    —¿Nana? Soy Lucero, la amiga de Manuel. —Las risas de Nana la interrumpieron.

    —Lu, ya sé quién eres, no hace falta que me lo recuerdes. ¿Cómo estás? ¿Vais a venir pronto? El pasado fin de semana Manuel no me llamó. ¿Ha pasado algo?

    —Estoy bien. No creo que podamos ir este fin de semana, Manu tiene mucho trabajo, ha estado enfermo, por eso no te llamó, y a mí se me pasó. Lo siento.

    —¿Enfermo? Manu nunca está enfermo. —Nana parecía preocupada.

    —Pues esta vez sí. La verdad es que me dio un susto de muerte. Tuvo tanta fiebre que pensé... En fin, por suerte ya está bien.

    —Lu, ¿de verdad está bien? De pequeño una vez le subió mucho la fiebre, tuvo pesadillas y llegó a delirar. Lo pasó muy mal. Espero que esta vez no haya sido así.

    Lucero  decidió arriesgarse y seguir con su plan.

    —Sí, también fue así. Él no se acuerda y yo no se lo he contado. Nana, he llamado para pedirte un favor. —Esperó la respuesta mientras oía cómo Nana suspiraba:

    —Sabía que no me equivocaba contigo. Dime, ¿qué necesitas?

    —La verdad. Quiero saber qué le pasó al padre de Manu, quiero saber por qué  empezó a beber y por qué no le importó que su hijo lo viera todo. Quiero saber por qué Manu tiene miedo del amor.

    Silencio otra vez.

    —Lu,  era mi hijo, le quería, le querré toda mi vida, aunque no pueda perdonarle. No estoy dispuesta a que Manuel pase otra vez por ese infierno. Así que, dime, ¿por qué quieres saberlo?

    —Porque le quiero y quiero ayudarlo.

    —Ésa es una gran razón, la mejor. —Suspiró—. La próxima semana tengo que ir de visita a Londres, te llamaré. Podemos vernos entonces y te contaré todo lo que sé. —Volvió a suspirar.

    —Gracias, no puedo ni imaginar lo difícil que debió de ser todo para ti.

    —Sí, pero Manu merecía la pena. Es un chico fantástico y creo que tú eres una chica fantástica. Nos vemos en unos días y, Lu, si quieres un consejo...

    —¿Sí?

    —No le cuentes nada aún a Manuel.

    —No iba a hacerlo.

    —Ja, ja, ja... sabía que eras lo que él necesitaba. Besos.

    —Adiós.

    Lucero colgó el teléfono. Ahora sólo tenía que esperar.

    Manuel puso música y empezó a cocinar. Sinatra. Si a Lucero  lo ayudaba a lo mejor a él también le funcionaría. La receta que había encontrado era para preparar fideos tailandeses. Siempre le había gustado la comida oriental, y durante los últimos meses había probado muchos platos nuevos. Por otra parte, en Londres era muy fácil encontrar todo tipo de ingredientes.

    Cuando Lucero entró en el piso, tuvo que parpadear dos veces. No podía creer lo que estaba viendo.

    —Manuel, ¿estás cocinando? —Preguntó mientras se quitaba la americana y la colgaba en la entrada—. Esa fiebre debió de afectarte más de lo que pensaba.

    —Muy graciosa. Sal de aquí —la riñó Manuel, que estaba muy ajetreado entre los fogones.

    —Huele muy bien, ¿qué es? — Lu se apoyó en la puerta para no molestar al chef.

    —Son fideos tailandeses, es una receta que he encontrado por Internet. No te atrevas a reírte y sé amable. —Se enjugó el sudor de la frente y repasó las instrucciones de nuevo—. Es la primera vez que los hago, así que no esperes demasiado.
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Vie Jul 12, 2013 3:44 pm

    Capitulo 39

    —Seguro que te quedarán buenísimos. —El corazón de Lu empezaba a estar descontrolado. Resistirse a  Manuel en estado normal ya era difícil, pero ese Manuel tímido e inseguro era letal para sus sentidos—. Tiene muy buena pinta.

    —Ya, pero hazme un favor, no se lo digas a mi abuela, o si no, cuando vaya a su casa me va a tener esclavizado cocinando para ella.

    Los dos sonrieron, pero  Manu seguía preocupado pensando en que  Lucero decidiera finalmente mudarse.

    —Tranquilo, tu secreto está a salvo conmigo. Soy una tumba. —Volvió a sonreír—. ¿Qué hago? ¿Pongo la mesa?

    — ¿Por qué no vas primero a cambiarte? Pareces cansada y ahora que lo pienso, ¿por qué llegas tan tarde?

    —Porque me he parado a alquilar una película. Como creía que ibas a llegar tarde...

    — ¿Qué película es? —Manuel estaba concentradísimo en su receta.

    —Drácula.

    —¿Drácula? ¿La versión de hace unos años?

    —Sí, ésa. A mis hermanas y a mí nos encanta, y cuando alguna de nosotras está un poco «depre» o tiene mal de amores, la vemos juntas, lloramos, luego nos reímos de nosotras mismas y todo nos parece menos grave.

    —Ya, bueno, creo que no lo entiendo, pero si quieres podemos verla. Aunque no esperes que llore.

    Lucero se rió.

    —No te preocupes. Si además de cocinar lloras al ver Drácula, tendré que casarme contigo. —A Manuel se le cayó la espátula de la mano—. Es broma. Voy a cambiarme.

    —Date prisa, esto casi está. —Manu recuperó la compostura y probó los fideos con la cuchara de madera para ver si necesitaban sal. Al comprobar que sabían bastante bien se sintió muy orgulloso de sí mismo.

    Manuel regresó en menos de cinco minutos, y cuando fue a poner la mesa se llevó otra sorpresa. Manuel había comprado flores. No iba a poder resistirlo.

    — ¿Flores?

    —Sí, las he visto mientras compraba las verduras y he pensado que te gustarían —contestó desde la cocina—. ¿Te gustan?

    —Son preciosas. —Como no sabía qué más decir se concentró en poner la mesa. Lucero dudó que jamás lograra recuperarse de esa cena.

    Manuel apareció con un plato en cada mano.

    —Bueno, a ver qué tal me ha salido esto.

    —Ya te he dicho antes que huele muy bien.

    —Gracias. Ahora a ver qué tal sabe.

    Los dos probaron la comida.

    —Genial. De lo mejor que he comido nunca. Te felicito.

    —No exageres —respondió Manuel un poco incómodo por el piropo. Tras unos segundos, se le dibujó una sonrisa en los labios—. Acabo de darme cuenta de una cosa.

    —¿De qué? —preguntó Lucero llevándose el tenedor a la boca.

    —Si he cocinado yo, a ti te toca limpiar. —Le guiñó un ojo.

    —Ésas son las normas —convino ella también sonriendo.

    —Pues te advierto que he ensuciado mucho.

    —No importa.
    Comieron unos minutos más en silencio hasta que Manu ya no pudo aguantar y le preguntó directamente:
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Vie Jul 12, 2013 3:47 pm

    Capitulo 40


    — ¿Sigues teniendo intención de mudarte a otro piso?

    Lucero se atragantó con la comida.

    —¿Quieres que lo haga?

    —No —respondió él sin dudar ni un instante. Desde la noche en que estuvo enfermo, Manuel había empezado a plantearse que tal vez estuviera equivocado. Tal vez enamorarse no fuera tan malo; además, era incapaz de imaginarse sintiendo todo eso por alguien que no fuera Lucero. Aún tenía muchas dudas, pero lo único que tenía claro era que no quería que ella se fuese de su casa.

    —Entonces no lo haré. La verdad es que yo tampoco quiero. —Se limpió los labios y continuó—. Ahora que tú y yo volvemos a ser amigos, no me apetece vivir sola. —Sintió la tentación de confesarle que lo echaría de menos, pero no se atrevió, y en vez de eso dijo—: ¿De verdad no te molesta que me quede?

    —Pues claro que no. Todo lo contrario. —Bebió un poco de vino—. Me alegra ver que volvemos a ser amigos, echaba de menos... —Como no sabía cómo describir lo que había entre ellos, movió las manos—... esto.

    —Yo también. —«Sea lo que sea», pensó Lucero.

    —Recuerdo que me dijiste que estabas a punto de firmar el contrato de alquiler. ¿Llegaste a hacerlo? —Manuel hablaba sin apenas mirarla. Estaba nervioso.

    —No. Estabas tan enfermo que al final no fui —respondió Lu también nerviosa. No quería decirle que estaba tan preocupada por él que se había olvidado completamente del tema.

    —Lo siento.

    —No te preocupes. Le pedí a Nick que llamara a la inmobiliaria para anular la cita. —Nicholas se había portado como un sol. Tan pronto como supo que Manu estaba enfermo, se ocupó de solucionar el tema, y cada día la llamaba para preguntarle cómo iban las cosas. Lucero se alegraba mucho de contar con alguien como él, pero por la cara que puso Manuel, vio que él no pensaba lo mismo. Lucero quería confesarle que sólo eran amigos, pero como Nicholas le había aconsejado que aún no dijera nada, se mordió la lengua. Los consejos de ese adorable canalla solían ser acertados. Lucero optó por cambiar de tema—. ¿Te ha pasado algo interesante hoy?

    —He tenido una reunión con Santi. —Manu  se dio cuenta de que ella no quería hablar de Nick. Bebió un poco de vino y pensó que ya volvería a sacar ese tema más tarde. Por el momento prefería seguir disfrutando de la tregua que se había instalado entre ellos.

    —¿Ah, sí?

    —Sí, y el sábado nos ha invitado a su casa de campo. Su mujer y sus hijas quieren conocerte. ¿Te apetecería ir? Si no, no pasa nada, pero he pensado que podría estar bien. —Mau intentó que su tono de voz no delatara lo importante que era su respuesta para él.

    —Sí, podría estar bien. Si tú quieres ir, vamos —respondió Lucero, aunque no sabía por qué querían conocerla.

    —Entonces iremos. —Manu  acabó de comer—. ¿Has terminado? Pues siéntate en el sofá y prepara la película mientras yo ordeno esto.

    —De eso ni hablar. Hoy me toca a mí recoger. —Se levantó y recogió los platos.

    Manu puso la película en el DVD y se sentó a esperar a Lucero. No le gustaba nada que estuviera recogiendo la cocina sola, pero ella había insistido en que ésas eran las normas.

    — ¿Tienes velas? —preguntó Lucero al salir de la cocina.

    —¿Velas? —se sorprendió Manuel—. ¿Para qué?

    —Una película como ésta no se puede ver con luz normal. —Lu  lo miró como si la respuesta fuera obvia.

    —Ah, claro, perdona. Supongo que en el último cajón del mueble que está al lado de la tele habrá algunas. Aunque no sé si será lo que buscas. Las compré el año pasado, cuando hubo unos cortes de luz. — Manuel se levantó y empezó a rebuscar dentro del cajón—. Aquí están. ¿Éstas te parecen bien? —Le ofreció tres velas.

    Lu las cogió, las colocó encima de la mesilla baja y las encendió. Luego apagó la luz y se sentó en el sofá con las piernas cruzadas, como una india. Le encantaba sentarse así para ver películas.

    —Vamos, Manu, ven aquí. —Dio unos golpecitos al sofá indicando que esperaba que él se sentara a su lado.

    —Ya voy. —Manuel aún estaba de pie, observando el ritual de Lucero. Al ver que ella ya lo daba por finalizado, se acercó al sofá y, para mantener un poco las distancias, puso un cojín entre los dos con la excusa de apoyarse mejor. No quería estropear la noche, y si se sentaba demasiado cerca no se veía capaz de controlar las ganas que tenía de besarla.

    La película empezó. Manuel no la había visto, pero estaba más interesado en mirar a Lu que en otra cosa. Era fascinante ver cómo se sorprendía, se asustaba, y eso que, según ella, ya la había visto un montón de veces. Pero cuando Drácula intenta morder a Keanu Reeves, a quien, en opinión de Lucero y sus hermanas, habría que considerar patrimonio de la humanidad, ella se abrazó a él y Manuse quedó petrificado.
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Vie Jul 12, 2013 3:49 pm

    Capitulo 41

    —¿Qué te pasa?

    —Odio esta escena. Me pone los pelos de punta. —Lu tenía la cabeza pegada a su pecho.

    —Pero si ya la has visto, ya sabes lo que va a pasar. —Manuel estaba perplejo, y empezaba a costarle respirar; por no hablar del problema que empezaba a tener entre las piernas.

    —Ya sé que no tiene lógica, pero no puedo evitarlo. Cuando acabe, me avisas. —Ella seguía sin moverse y su cerebro no paraba de repetirle que le encantaba el olor de Manu.

    —Ya está, ya ha salido de la habitación, ya puedes darte la vuelta.

    Él no hizo ningún esfuerzo para que ella se soltara.

    Lucero se volvió, pero no recuperó su posición inicial, sino que se quedó a su lado, apoyó la cabeza en el pecho de –Manuel y puso la mano encima de su cadera. La excusa de los sustos de la película era perfecta, pero además a él parecía no importarle; incluso se movió para que ella pudiera acercarse más y le rodeó la espalda con un brazo. A medida que la historia de Drácula avanzaba, Lucero y Manuel  estaban cada vez más abrazados, él le acariciaba el brazo cuando ella se asustaba y ella le recorría suavemente con las manos los abdominales o el muslo. Ninguno de los dos decía nada. Cuando llegó la escena final, Lucero empezó a llorar. Fue a enjugarse las lágrimas con la manga de la camiseta, pero notó cómo Manu se incorporaba y le cogía la cara entre las manos. Seguro que se reía de ella. Pero no, sin decir nada, recogió con el pulgar una de sus lágrimas, la miró directamente a los ojos, sonrió y susurró:

    —No llores. Sólo es una película. —Seguía acariciándole las mejillas.

    —Es tan triste. —Lucero continuaba llorando—. Se quieren tanto. Todas las historias de amor que me gustan acaban mal.

    —¿Todas? —Ahora él le acariciaba el pelo, parecía totalmente concentrado en desenredárselo.

    —Todas. —Dejó de llorar y sintió cómo a cada pequeña caricia de Manu, se le aceleraba el pulso Si no la soltaba, iba a tener un problema—. Ya estoy bien.

    —Yo no.

    La miró a los ojos. Le temblaban las manos; bajó suavemente la cabeza y la besó. Eran unos besos suaves, ligeros, como de mariposas. Le besó las mejillas, los párpados, los labios, la nariz.Lucero  estaba perpleja, las veces anteriores en que Manuel la había besado era como si no pudiera evitarlo, pero en esa ocasión era como si quisiera hacerlo, como si ella fuera lo único que le importara. Manuel le cogió las manos y empezó a besarle las puntas de los dedos.

    —Manu, ¿qué haces? —A Lucero  empezaba a costarle respirar.

    —Besarte. Pero no debo de estar haciéndolo muy bien si tienes que preguntármelo. —Él sonrió, pero siguió con el camino de besos que estaba dibujando ya en su muñeca.

    —No, lo haces muy bien. Estoy segura de que te lo habrán dicho muchas veces. Demasiadas. Lo que quiero saber es por qué. —Lucero cerró los ojos, Manuel le estaba besando el cuello y le acariciaba la espalda.

    —Nunca nadie como tú. Lu, ¿me escuchas? Nunca ha habido nadie como tú. Me estás volviendo loco, no puedo concentrarme en el trabajo, ando como trastornado todo el día, pensando en lo que debes de estar haciendo, y por las noches no puedo dormir. Estas últimas semanas me he dado cuenta de una cosa. —Se separó un poquito de ella, aunque sin soltarle las manos, quería seguir tocándola—. No sé cómo decirte adiós.

    A Lucero  le temblaba el labio inferior y volvía a estar al borde de las lágrimas.

    —Pero tampoco sé cómo pedirte que te quedes.

    Entonces la soltó para pasarse las manos por el pelo nerviosamente.

    —¿Quieres que me quede? —Lucero  le acarició la rodilla.

    Manuel se levantó y empezó a pasear por delante del televisor, que ahora tenía la pantalla azul.

    —Sí, creo que sí. Pero me da miedo. No se me da muy bien lo de necesitar a los demás. Nunca me he en... —antes de decir «enamorado», rectificó—, sentido tan bien con nadie, pero no sé si puedo. No sé si tengo determinados sentimientos o, mejor dicho, no sé si quiero tenerlos.

    —Tranquilo. —Lucero se puso también de pie y le acarició la espalda.

    —No quiero hacerte daño. No me lo perdonaría y... —Levantó el labio en una media sonrisa—. Seguramente Antonio  me mataría.


    —No te preocupes, sé cuidarme sola. Los problemas que tengamos, si es que llegamos a tenerlos, los solucionaremos en su momento. Sólo quiero saber una cosa, ¿estás seguro? —Lucero  se paró delante de él, mirándolo directamente a los ojos.

    —Sí —respondió él sin dudar ni un segundo—. ¿Y tú?, ¿quieres quedarte?

    —Sí.
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    Mensaje  Danny Centeno el Vie Jul 12, 2013 10:12 pm

    Uno más por favooooooooooooooooooor! bounce Sad 
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  diana lucerina el Sáb Jul 13, 2013 2:16 pm

    subbbbbbbbe massssssssssssssssss♥

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