Spaw's por siempre♥


    Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

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    Paola casandra
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Dom Abr 14, 2013 4:03 pm

    Capitulo 14

    Hacía ya cinco semanas que había llegado a Londres; cinco semanas desde que trabajaba en The Whiteboard, cinco semanas viviendo con Manu; cinco semanas increíbles. Al principio, había creído que se le pasaría, que ella y Manuel sólo serían amigos. Nada más lejos de la realidad.

    Durante esas cinco semanas, habían compartido muchas cosas. Cada noche, después de cenar, se quedaban hablando, recordando sus aventuras de cuando eran pequeños, o contándose cosas que ninguno de los dos había contado nunca antes a nadie. Luego, cada mañana, iban a trabajar juntos, y a la hora de salir, si Manuel tenía que quedarse hasta más tarde, la llamaba para que se fuera con Jack o con otro de sus compañeros. Nunca dejaba que se marchase sola. Los fines de semana eran aún «peor». Manuel la había llevado al teatro, a cenar con sus amigos, al cine. Le abría las puertas de los taxis, le decía lo guapa que estaba y, de vez en cuando, le daba la mano o le acariciaba la mejilla. Pero nada más. Si seguía así, Lucero iba a volverse completamente loca.

    Trabajar en el mismo sitio y compartir piso ya era de por sí difícil de sobrellevar, pero si a eso le sumaba lo encantador que estaba cuando salían por ahí juntos, la cosa rozaba ya la tortura.

    Lucero recordaba como especialmente «dolorosa» la noche del pasado sábado, cuando Manuel la sorprendió con dos entradas para la ópera. La Royal Opera House estaba muy cerca de su piso, y era un edificio precioso que justo acababan de restaurar. Conseguir entradas para cualquiera de los espectáculos que allí se ofrecían no sólo era muy difícil, sino también carísimo. Cuando le preguntó cómo las había obtenido, Manu se limitó a responder que eso no era asunto suyo y que lo único que ella tenía que hacer era disfrutar del concierto. Lucero no se acordaba de cómo se había vestido ella esa noche, pero nunca olvidaría lo atractivo que estaba él, con su traje oscuro y sus gafas. Manuel era miope y siempre llevaba lentillas, pero esa noche estaba demasiado cansado como para ponérselas, por lo que optó por llevar las gafas; la alternativa habría sido no ver nada. Durante el concierto, él le susurraba al oído sus comentarios. De todos es sabido lo educados que son los ingleses, y hasta qué extremos son capaces de llegar para no molestar a los demás, pero saber eso no evitaba que a Lucero se le pusiera la piel de gallina cada vez que él se le acercaba.

    Lo peor de todo fue cuando, al finalizar la ópera, fueron a tomar una copa con sus amigos. Jack, Amanda, su hermana Rachel, Nicholas y Mónica estaban en un local a unas cuantas manzanas, y de camino hacia allí, Manu la rodeó con el brazo; según él, para evitar que se cayera con los tacones que llevaba, pero Lucero no acabó de tragarse esa excusa. Casi cada día llevaba zapatos de tacón, y él no se preocupaba tanto. Tan pronto como cruzaron la puerta del local, Manuel la soltó, respiró hondo (cosa que hacía cada vez más a menudo) y fue a charlar con Jack. Lucero se acercó a Amanda para hacer lo mismo, pero Nicholas la interceptó, se sentó a su lado y, con sus bromas y piropos, logró que se sonrojara. Era incorregible; incluso la convenció para que bailara con él un par de canciones. Lástima que al final de la segunda Manuel decidió que había llegado el momento de regresar a casa y, sin ningún tacto, tiró de ella hacia la salida.

    Todas las noches, antes de dormirse, Lucero intentaba pasar revista al día para ver si lograba averiguar lo que de verdad pretendía Manuel: había veces en que llegaba a la conclusión de que él sólo quería que fueran amigos, ¿por qué si no le habría estado hablando de la guapa periodista que había conocido unos meses atrás en París? Pero había otras noches en las que estaba convencida de que él también quería algo más, ¿a qué venían si no esas caricias y esas miradas? ¿O ese instinto de protección que al parecer tenía hacia ella?

    — ¿Te apetece ir a cenar hoy con mis amigos? —preguntó Manuel, sacándola así de su ensimismamiento.

    Era viernes y seguro que los amigos de Manu habían reservado en algún sitio genial.

    —Claro. —«A lo mejor esta noche lograré saber qué sientes por mí», pensó Lucero—. Si a ti te apetece, por mí ningún problema.

    —Perfecto —respondió Manuel, y se sacó el móvil del bolsillo para llamar a Jack y confirmarle su asistencia. Era curioso, sus amigos ya daban por sentado que él y Lucero iban juntos a todos lados.

    La cena era en un restaurante de Covent Garden, muy cerca de su casa; un sitio precioso, de esos donde los camareros van todos vestidos de negro. Esa noche, Jack y los demás parecían empeñados en vaciar la bodega del restaurante, y en que Lucero les contara los trapos sucios de la infancia de Manuel.

    —Vamos, Lucero, cuéntanos algo muy vergonzoso —suplicó Nicholas por enésima vez mientras volvía a llenarle la copa.

    —Lu—la interrumpió Manuel—, antes de hacerlo piensa en todas las cosas que yo sé de ti y que empezaré a contar. Sí, creo que comenzaré por aquel fin de año en que...

    Lucero le tapó la boca con las manos. El vino se le estaba subiendo a la cabeza.

    —No te atreverás.

    Manu se calló de golpe al notar las manos de Lucero sobre sus labios. Ver cómo ella le sonreía era más de lo que podía aguantar; abrió un poco la boca, y cuando su lengua rozó los dedos de su carcelera, Lu lo soltó de inmediato. A él también le estaba afectando la bebida, porque de haber tenido sus facultades intactas, nunca le habría lamido los dedos.
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Dom Abr 14, 2013 4:04 pm

    Capitulo 15

    —Está bien, no lo contaré. Pero a cambio de mi silencio, debes prometerme que no te dejarás convencer por estos canallas y que no te creerás nada de lo que te expliquen. —Guiñó un ojo a sus amigos y, afortunadamente, la conversación se dirigió hacia otros temas.

    —Bueno, Lucero, ya que no vas a contarnos ningún trapo sucio de Manu, ¿por qué no nos explicas algo más sobre ti? —Propuso Nicholas mirándola a los ojos—. Aún no me creo eso de que no tienes novio. ¿Es que todos los hombres de Barcelona están ciegos?

    Lucero se sonrojó, bebió un poquito más de vino y respondió:

    —No son sólo los de Barcelona. Tampoco puede decirse que aquí hagan cola ante mi puerta.

    —Eso es porque no miras en la dirección adecuada —replicó Nicholas al instante.

    —Ya, seguro que eso se lo dices a todas —dijo ella sonriéndole.

    —¡Pues claro! —soltó Nicholas, riéndose de sí mismo.

    —Todos deberíamos seguir tu ejemplo, Nicholas —intervino Jack cuando también dejó de reírse—. Menos en aquel caso en que tuve que pedirle a aquella mujer policía que no te arrestara.

    — ¿Qué? ¿Casi lo arrestan? —Lucero miró entusiasmada a Jack—. Cuéntamelo.

    —Eres un traidor —farfulló Nicholas, pero sin enfadarse, pues seguía sonriendo—. Te advierto que si esa boca empieza a largar, yo les contaré a todos lo de la sueca.

    Jack meditó durante medio segundo y luego, con una sonrisa de oreja a oreja, dijo:

    —De acuerdo, cuéntaselo. Ya sabes que no soy vergonzoso.

    —Sabía que podía contar contigo, Jack. Vamos, empieza a hablar y no te olvides ningún detalle. —Lucero volvió a servirse vino, e hizo lo mismo con la copa deManuel.

    —Mierda. —Nicholas cogió la servilleta para cubrirse la cara y no ver ni oír cómo todos sus amigos se reían de él.

    Así pasaron un par de horas más, riendo y bebiendo, hasta que Nicholas, viendo que el restaurante estaba ya vacío, les advirtió.

    —Chicos, esta gente tiene que cerrar.

    —Sí, ya es muy tarde. Lucero deberíamos irnos. Debes de estar cansada y a mí me iría bien dormir. Mañana tengo que revisar unos documentos... No todos podemos disfrutar de un sábado sin trabajo.

    —Manu, eres un pesado —lo interrumpió Jack—, pero sigo queriéndote. Largaos, nos vemos el lunes en el trabajo. Lucero, como siempre, ha sido un placer.

    —Eh, no te olvides de darme dos besos —gritó Nicholas acercándose a ella—. Me encanta esa costumbre española, creo que voy a apropiarme de ella.

    Lucero le dio un beso en cada mejilla y empezó a ponerse el abrigo.

    A las despedidas de Jack y Nicholas siguieron las de los demás. Todos fueron muy cariñosos e intentaron sobornarla de varias maneras para que antes de irse desvelara algún chisme sobre Manuel. Ella se despidió con una sonrisa y les prometió que en la próxima cena les contaría algo realmente «inspirador».

    «Por fin solos», pensó Manuel. La cena había sido muy agradable. Desde el primer día, Lu había conectado muy bien con todos sus amigos, y ellos parecían adorarla. Especialmente Nicholas, que esa noche la había estado mirando con mucho interés, tanto que había llegado a ponerlo nervioso. No era que a él le importara, pero ¿era necesario que cada dos palabras la piropeara y que no parase de darle palmaditas en la mano? ¿Y a qué había venido eso de los dos besos? Al día siguiente mismo hablaría con Lucero para advertirle que Nicholas, aunque era uno de sus mejores amigos, no era de fiar.

    Iban caminando en silencio, hasta que ella interrumpió sus pensamientos.

    —Manu, ¿te preocupa algo? Estás muy callado.

    —No, no estoy preocupado. ¿Tú estás contenta? —Tras un silencio añadió—: Lo pareces.

    Lucero sonrió, no paraba de hacerlo.

    —Sí, lo estoy. Estoy contenta, feliz. Hace dos meses, estaba hecha un lío, no tenía trabajo, mi mejor amiga estaba más preocupada por su último ligue que por mí, y tenía miedo de qué pasaría al venir a Londres. Temía verte de nuevo y no saber hacer mi trabajo, y volver a enamorarme de... —Al darse cuenta de lo relajada que se sentía por culpa del vino, cerró la boca de golpe.

    —¿A enamorarte de quién? —Manu le cogió la mano que ella no había parado de mover mientras hablaba sin control. Estaban delante del portal, y Lucero lo miraba perpleja. Notaba cómo el corazón le retumbaba en los oídos y cómo se le erizaban los pelos de la nuca.
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Dom Abr 14, 2013 4:10 pm

    Capitulo 16

    —De nadie. Tonterías, ya sabes. Hemos bebido demasiado —susurró ella, pero Manuel seguía mirándola fijamente. Le había soltado la mano, pero ahora todo su cuerpo la tenía atrapada contra el portal. No la tocaba, sus manos estaban apoyadas en la pared a ambos lados de la cabeza de Lu.

    —No hemos bebido tanto, lo sabes perfectamente. —Soltó el aliento—. Mira, esto ya está durando demasiado. Si seguimos así, tarde o temprano voy a volverme loco, de modo que deberíamos hacer algo al respecto.

    Los ojos de Manu estaban fijos en ella, eran más oscuros, más intensos que nunca. Lucero pensó que iba a besarla, quería que la besara, pero él permanecía quieto, a sólo unos milímetros de ella, sin hacer nada, mirándola como nunca nadie la había mirado; entonces se atrevió a preguntar:

    —No sé a qué te refieres —mintió ella—. ¿De qué estás hablando?

    —De esto.

    En ese momento, Manu bajó la cabeza. Sus labios rozaron los de ella y, antes de besarla, dijo:

    —Necesito tocarte. —Le rozó el pelo con las manos—. Te necesito.

    Empezó de un modo tierno, lento, como una caricia, y Lucero notó cómo se le derretían las rodillas. Era tan dulce. Manu le besó los párpados, las mejillas, e inició un camino de besos por sus pómulos, su mandíbula, hasta la comisura de sus labios.

    —Me encanta tu olor. Me vuelve loco, hueles a... no sé, pero me dan ganas de besarte todo el cuerpo. —Entonces posó la boca justo detrás de su oreja y, lentamente, se dirigió hacia sus labios. Lucero no sabía qué hacer, evidentemente la habían besado antes, pero no así; aquello era un ataque a todos sus sentidos. Tenía los ojos cerrados, esperando sentir sus labios de nuevo, cuando Joe susurró.

    —Abre la boca, Lu, separa los labios y bésame.

    Ella obedeció, y en ese momento supo que estaba perdida y absolutamente loca por aquel hombre. Cuando sus lenguas se tocaron, los dos perdieron el control. Manuel apartó las manos de la pared y las colocó encima de sus hombros, sólo unos segundos; a continuación empezaron a deslizarse y recorrerle el cuerpo, hasta pararse en sus caderas. El único propósito de Manu era sentirla, tenía que estar más cerca de ella; le separó las piernas para así poder colocarse en medio. Lucero tampoco permanecía quieta. Empezó a acariciarle la nuca, el pecho, necesitaba tocarlo, lamerlo, o si no explotaría. Pero cuando empezaron a jadear, Manu se paró. ¿Qué estaba haciendo? ¡A su edad, en medio de la calle y con Lucero! Seguro que se estaba volviendo loco.

    —Lo siento, no sé qué me ha pasado. —Fue lo primero que dijo, a la vez que sacaba las llaves para abrir la puerta.

    — ¿Que lo sientes? ¿Estás loco? ¿Por qué lo sientes? Yo no.

    Manuel , que subía los peldaños de dos en dos, llegó a la puerta de su apartamento en un tiempo récord. Lucero intentaba seguirle.

    —¡Malditos tacones! ¡Manuel, para un segundo!

    Nada, seguía haciéndose el sordo. Abrió la puerta, lanzó las llaves encima de la mesita que había junto a la entrada y, cuando iba a entrar en su cuarto, Lucero logró interceptarlo.

    —Aparta y déjame entrar en mi habitación —refunfuñó Manuel pasándose nerviosamente las manos por el pelo y sin mirarla a la cara.

    — ¿Se puede saber qué te pasa? Nos hemos besado y... yo... bueno, a mí... me ha gustado. Mucho. —Ella intentó acariciarle la mejilla, pero él se apartó como si le hubiera quemado.

    —Lucero, apártate, me quiero acostar. Estoy cansado, y lo que ha pasado abajo es sólo una muestra más que evidente de lo mucho que necesito dormir, así que apártate y vete a la cama. Mañana será otro día y los dos nos habremos olvidado de esta tontería. —Levantó la ceja y, con una mano, intentó que se hiciera a un lado.

    —No. No pienso moverme hasta que me contestes una pregunta. —A Lucero empezaba a temblarle la voz. Quizá todo lo que había sentido mientras se besaban estaba sólo en su imaginación. Pero no, ella había notado cómo a Manu le latía el corazón, cómo se le aceleraba el pulso, así que tenía que saberlo—. ¿Por qué sientes haberme besado?

    Entonces él la miró, se mesó el cabello por enésima vez, respiró profundamente y contestó:

    —Lo siento porque ha sido un error, una tontería. El cansancio, la cena, el vino, esa camisa roja. Un error. Yo no puedo hacer esto. No contigo.

    —No ha sido ningún error. —Y diciéndolo, le rodeó el cuello con los brazos y volvió a besarlo. Él se resistió unos segundos, pero en seguida respondió al beso con todas sus fuerzas.

    —Lucero, para. Si no paras tú, yo ya no podré hacerlo.

    Manu dijo esas palabras mientras, con una mano, le desabrochaba los botones de la camisa, y con la otra abría la puerta de su habitación.

    — ¿Y quién te ha pedido que lo hagas?

    Ella le lamió el cuello y empezó a besarlo hasta llegar a levantarle la camiseta y tocar su remarcado abdomen. Una erección se formó entre los pantalones de Manuel. Él la cogió de la cintura. La acarició. Abrazándose de ella y cargándola ligeramente. Sentía una ligera calentura que se paseaba por su cuerpo al sentir las manos de sobre su pie de Lucero, acariciándola, la besó de nuevo. Y cargándola llegó hasta el filo de la cama. Una pequeña parte de su cerebro le dijo que al día siguiente se arrepentiría, pero con los labios de él recorriéndole la clavícula, descartó esos pensamientos por completo.

    Manuel sabía que aquello no estaba bien, que Lucero se merecía mucho más de lo que él estaba dispuesto a darle en esos momentos, pero Dios, había intentado ser noble y ella se lo había puesto muy difícil. Debería apartarla, encerrarse en su habitación y no salir de allí hasta que supiera si estaba dispuesto a arriesgar su corazón por Lucero. Sin embargo, ahora, lo único en lo que podía pensar era en que su cuerpo la necesitaba; necesitaba sentir que ella le deseaba, sentir cómo sus manos le recorrían el cuerpo, cómo ella le entregaba un poco de su alma. Dios, qué egoísta era. Tenía que apartarla sin perder un instante, mientras aún tuviera fuerzas.

    —Lu, princesa. —Le cogió las manos y las apartó de su abdomen, pero ella se soltó y las colocó encima de su entrepierna—. No puedo.

    — ¿No puedes qué? —Le besó la mandíbula.

    —Esto... —Manu la miró a los ojos, y al ver el calor que brillaba en ellos, se rindió—. Bésame.

    Y ella lo hizo.

    Los dos se buscaron frenéticamente, con sus labios, sus manos, su piel. Era como si no pudieran respirar el uno sin el otro. Se desnudaron en segundos, sin delicadeza, con prisa, sin importarles nada más a ninguno de los dos.

    Cuando estuvieron desnudos, Manuel se detuvo un segundo para observarla.

    —Eres preciosa. Ven aquí. —Cogió una caja de preservativos sin abrir—. ¿Estás segura? —preguntó una última vez antes de tumbarse a su lado.

    —Cierra la boca —fue la única respuesta que obtuvo antes de que Lucero se sentara encima de él y lo besara.

    Manuel no pudo aguantar más; llevaba cinco semanas en un estado de permanente excitación y al sentir su piel desnuda junto a la de él, su cuerpo tomó el control, Manuel le apretó las caderas con las manos. Las bajó llegando a los muslos de sus piernas, las cogió y las abrió ligeramente. La observó. Diosa. Preciosa y de él… de pronto, su grandísimo pene se hundió entre su feminidad haciéndola gemir repentinamente.

    Lucero contrajo las caderas. Cerró los ojos con fuerza. Y aunque todo parecía normal… algo no andaba bien.. Lucero le abrazó la espalda con sus manos, presionándolo, haciendo que sus senos se apretaran sobre su torso…Manuel gimió involuntariamente. – Lucero se mordió los labios al verlo así. Era perfecto. Y anhelaba muchísimo que metiera esa larguísima longitud en ella de una vez. Pero algo la sorprendió dentro de ella. – déjame hacer mi trabajo también.

    Un dedo fue a parar dentro de ella. Metiéndose con delicadeza en ella. Jugueteando con su sexo.

    —Danger (como lo llamaban de pequeño) —gimió Lucero, sorprendida, Estaba dispuesta a decirle un par de cosas más, pero él había introducido otro dedo más en ella. y con una mano buscó la de él.
    —Me gusta que me llames así. Sólo tú me llamas así. —Manuel entrelazó sus dedos con los de ella y le acercó los nudillos a los labios. -Pero eso no ha sido todo. – le advirtió Introduciéndose fuertemente de nuevo en ella mientras la observaba gemir fuertemente. Hasta ese momento ya no importaba nada. Solo ellos dos. – de nadie más… - aceleró el movimiento de sus caderas. Saciándola con todo el placer que su cuerpo podía proporcionarle. Había perdido la cabeza. Siempre perdía la noción cuando se trataba de ella. – solo tú puedes tocarme de esa forma, nena. Nadie más.
    Quería decir algo más, pero no sabía qué. Sabía que lo que estaba sintiendo no era sólo placer, aunque fuera el mayor que había experimentado nunca; sabía que era algo más, pero no lograba identificarlo, de modo que optó por no decir nada.

    Los dos se movían al unísono, diciéndose con sus cuerpos aquello que llevaban semanas sintiendo, y cuando ninguno de los dos pudo soportarlo más, ambos se abandonaron por completo.

    Cuando dejaron de temblar, Lucero se acurrucó encima de Manu y le besó el hueco del cuello. Manuel no dejaba de acariciarle el pelo mientras intentaba recuperar la respiración.

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    Mensaje  Paola casandra el Dom Abr 14, 2013 4:12 pm

    Capitulo 17

    «Debería soltarla», pensó Manu, pero no podía. Acababa de tener el mayor orgasmo de su vida y aún estaba excitado. Eso no era normal, o al menos no para él. No podía parar, no podía dejar de moverse, quería, necesitaba volver a sentir cómo ella lo envolvía en su calor una vez más. Intentó obligarse a apartarse, pero cuando casi había reunido las fuerzas necesarias para hacerlo, Lucero volvió a mover las caderas, dándole permiso para volver a perder el control. Esta vez intentó ser más delicado, se dijo que la acariciaría, que la besaría... pero se equivocó. En cuanto ella le lamió el lóbulo de lo oreja, todo su cuerpo se prendió fuego, y juntos se precipitaron de nuevo hacia el límite.

    Pasados unos minutos, se dio cuenta de que con dos veces tampoco tenía bastante; tal vez nunca lo tuviera. Lucero se había dormido abrazada a él y, con mucho cuidado, la colocó a su lado y se levantó para ir al baño. Regresó en seguida y se quedó mirándola

    Había sido un error. Los dos llevaban semanas atormentándose con miradas furtivas y caricias inocentes, y esa noche el vino había destruido las pocas defensas que a ambos les quedaban. De todos modos, Manu era lo bastante honesto como para reconocer que había sido la mejor noche de toda su vida. Por mucho que quisiera engañarse y justificar su comportamiento por el nivel de alcohol en su sangre o por el cansancio acumulado, nada podía ocultar lo que había sentido al acostarse con Lu. Él había estado con bastantes mujeres, no podía decirse que fuera un semental ni un mujeriego, pero tampoco había sido un monje, y nunca, nunca, había sentido tanto placer como esa noche con ella. ¿Cómo podía saber si era algo más? ¿Cómo podía saber si valía la pena arriesgarse? ¿Que no acabaría como su padre?

    La respuesta era muy sencilla; no podía saberlo. Y, por el momento, Manuel no estaba dispuesto a arriesgarse. Así que sólo le quedaba una opción: seguir solo. Se abrazó a Lucero. Ella aún estaba dormida, y Manu aprovechó cada instante para acariciar su piel y grabar en su memoria cada detalle, porque cuando se despertara, le diría que esa noche maravillosa había sido sólo una noche de sexo sin compromiso, y que él no sentía nada por ella.

    En resumen, iba a mentirle.

    Cuando Lucero abrió los ojos, se dio cuenta de dos cosas: una, le dolían partes de su cuerpo que no recordaba que tuviese, y dos, el culpable de eso ya no estaba a su lado. Se desperezó un poco y cerró de nuevo los ojos para recordar los besos y las caricias de la noche. Hasta entonces, Lucero creía que esos ataques de pasión sólo ocurrían en las películas y en esas novelas que a ella tanto le gustaba leer, y por primera vez en su vida se alegraba de poder decir que la realidad, en ocasiones, supera a la ficción. Dios, ese hombre debería llevar la señal de «peligro, inflamable» pegada a la frente. Pero a pesar de lo mucho, mucho, que le había gustado lo que habían hecho juntos, Lucero no podía dejar de sentir que faltaba algo; algo que hacía que no hubiera sido perfecto. Había una frase que se le había quedado grabada en la mente: «Yo no puedo hacer esto. No contigo». Le dolía que Manu lo hubiera dicho, y no podía fingir que no sabía lo que quería decir. Él nunca había ocultado que, por el momento, no quería tener ninguna relación estable con nadie, que lo único que quería y podía ofrecer a una mujer era una relación física. Lucero sabía perfectamente lo que él había querido decir con esa maldita frase. Manuel sólo estaba dispuesto a involucrar su cuerpo, y mientras su corazón no siguiera el mismo camino, lo único que podían compartir era sexo; y ella no estaba dispuesta a conformarse con eso.

    Lucero se dio cuenta de que quedarse allí tumbada, intentando imaginar lo que iba a suceder, no llevaba a ninguna parte, así que se desperezó por última vez y fue a ducharse. No sabía cómo iba a encontrar a Manuel después de lo de la noche pasada, pero sí sabía que necesitaba tener la cabeza despejada antes de hablar con él.

    Manu oyó el agua de la ducha y repasó todo lo que tenía intención de decirle a Lucero. Asumiría toda la responsabilidad de lo sucedido y le recordaría que ella era la hermana de su mejor amigo y, como tal, no podían tener una aventura. Sí, una aventura era todo lo que estaba dispuesto a ofrecerle. Él sabía que era insultante, y de hecho contaba con que ella se sintiera tan ofendida que nunca más quisiera saber nada de él. Eso era mucho mejor que correr el riesgo de tener una relación normal y acabar enamorándose o, lo que era aún peor, acabar como su padre. En cualquier caso, tampoco quería llegar a ese punto, lo que pretendía era convencer a Lucero de que lo de la noche anterior había sido una locura, que no volvería a repetirse, y que lo mejor que podían hacer era olvidarlo. Ellos tenían que trabajar y vivir juntos. Por muy peligroso que pareciera, Manuel no estaba dispuesto a permitir que ella se fuera de su apartamento. Se decía a sí mismo que era porque se lo debía a toda su familia, pero una pequeña parte de él sabía que eso era sólo una excusa. Conveniente, sí, pero una excusa al fin y al cabo.

    —Manuel, ¿piensas contestar?

    — ¿Qué? —Preguntó él, que ni siquiera se había dado cuenta de que Lucero había entrado en la cocina—. ¿Qué pasa?

    —El teléfono, ¿piensas contestar?

    —Claro. —Se dio la vuelta y abrió su móvil—.Mijares. —Siempre contestaba así cuando lo llamaban del trabajo—. De acuerdo. Voy para allá.

    Tras esta escueta conversación, se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta.

    —Manu, ¿quién era? ¿Pasa algo? ¿Por qué te llaman de la revista un sábado por la mañana? —preguntó Lucero preocupada
    Entonces, Manu pareció acordarse de que ella estaba de pie a su lado y se volvió para mirarla.

    —Era Santi, el director de la revista —respondió él poniéndose la chaqueta—. Al parecer, en la edición de esta semana de la revista The Scope aparecen dos de los artículos que nosotros teníamos preparados para nuestro número.

    Lucero no entendía nada, y eso debió de reflejarse en su rostro, porque Manuel añadió:

    —El mismo artículo exactamente. No el mismo tema, ni el mismo enfoque. El mismo artículo. Nos lo han robado.

    — ¿Robado? —Levantó las manos asombrada—. ¿Por qué?

    —No lo sé. Supongo que en The Scope no deben de estar muy contentos con la competencia. No sé, pero tengo que ir a la revista para hablar con Sam y decidir qué hacemos al respecto.

    Al ver que él no la invitaba a acompañarlo y que ya tenía un pie fuera del apartamento, Lucero se lo preguntó directamente:

    —¿Quieres que te acompañe?

    —¿Para qué?

    Esa respuesta, acompañada de la frialdad que empañaba su mirada, le dejó claro que lo de la noche no había cambiado su relación.

    —Para nada —respondió, intentando disimular su decepción—. Llamaré a alguien para salir a dar una vuelta.

    —Como quieras. Hablamos luego, ¿te parece? —Y cerró la puerta sin esperar a que ella respondiera.

    ¿Hablar?

    De acuerdo, hablarían, pero después de las inexistentes muestras de afecto de esa mañana, Lucero sabía que era una conversación que no iba a gustarle demasiado. Era evidente que el día no iba a ser para nada como ella se lo había imaginado antes de ducharse.

    Manuel salió del piso a toda prisa. No sólo porque quisiera llegar pronto a la revista para hablar con Santi, sino también porque necesitaba huir de Lucero. Sólo la había visto durante unos segundos y todo su estudiado discurso había desaparecido de su mente. Tenía que alejarse de ella, tal vez así se tranquilizaría y se olvidaría de lo bien que se había sentido en sus brazos. Si de algo estaba seguro era de que él no quería tener ninguna relación con nadie; era demasiado complicado, demasiado arriesgado. Su trabajo lo llenaba por completo y, en cuanto al sexo, no era demasiado difícil conseguirlo cuando le apetecía.
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Dom Abr 14, 2013 4:15 pm


    Capitulo 18

    «¿Y el amor?», le susurró una voz rebelde dentro de su cabeza. El amor había acabado con su padre, y le había demostrado a él que para lo único que sirve es para hacer desgraciado a quien lo siente y a todos los que lo rodean. No, Manu no quería saber nada del amor. Por eso, lo mejor para todos era cortar de raíz lo que había entre él y Lucero. Si ella fuera una de esas mujeres a las que les bastaba con la relación física y un par de cenas al mes, tal vez podrían seguir así durante los casi cinco meses más que ella iba a estar en Londres, pero él sabía que Lucero no era de ésas. El día en que se enamorase lo haría por completo, y a ese hombre le entregaría su cuerpo, su vida y su corazón; pero Manu no estaba preparado para hacer lo mismo. Sin embargo, al imaginarse a Lucero con otro hombre, un impulso asesino lo invadió de golpe. Por suerte, en ese momento llegó a la puerta de entrada de la revista y no tuvo tiempo de analizarlo.

    Entró en la sala de reuniones y vio que Santi estaba leyendo The Scope.

    Santi Abbot era un hombre de unos sesenta años, excéntrico, brillante y quizá lo más parecido que tenía Manuel a un ángel de la guarda. Se habían conocido cuando éste trabajaba como becario en un periódico local y Santi fue allí para estrangular al que se había atrevido a escribir un artículo satírico comparando el parlamento británico con la caza del zorro. Pero cuando Sam conoció a su víctima, decidió que era mejor utilizar a «aquel muchacho descarado» para otros fines, y le ofreció un trabajo como periodista en uno de los periódicos de mayor tirada de Londres. Desde entonces, cada vez que Manu se metía en un lío por no saber cerrar el pico o por no entender el sentido del humor británico, Santi lo ayudaba, y cada vez que Santi quería obtener la mejor noticia, el mejor enfoque o disfrutar de una partida de snooker, llamaba a Manu.

    —¿Piensas entrar o vas a quedarte ahí pasmado? —preguntó Santi frunciendo el cejo.

    —Lo siento. — Manuel tuvo que hacer un esfuerzo para no sonrojarse. Tenía que hablar con Lucero esa misma noche—. ¿Es ésa la revista?

    —La misma. —Santi se frotó la cara con las manos—. Están los dos artículos que íbamos a publicar esta semana. Míralo tú mismo. —Le ofreció la revista.

    Manuel le echó un vistazo y, pasados unos minutos, la tiró encima de la mesa.

    —Tienes razón. ¿Qué vamos a hacer?

    —Varias cosas. Primero, vamos a averiguar quién demonios nos ha robado esos textos, y segundo, tenemos que encontrar el modo de publicar el ejemplar de esta semana sin ellos. ¿Tienes alguna idea?

    —Sobre quién ha robado los artículos, no, pero creo que sé cómo podemos publicar el ejemplar del miércoles sin problema. Hay un par de piezas que descarté en números anteriores y que podríamos utilizar en éste.

    —Perfecto.

    — ¿Y sobre el robo? —Manuel aún no se podía creer qué alguien les hubiera robado los artículos.

    —Tenemos que pensar algo. Tenemos que averiguar qué ha pasado antes de que se repita. Tengo la sensación de que esto no va a ser un caso aislado.

    — ¿Por qué lo dices?

    —Porque me duele la pierna.

    Manu lo miró estupefacto.

    —No me mires así. Desde que me rompí la pierna, cada vez que tengo un mal presentimiento me duele. Y nunca falla.

    Manuel sonrió aliviado. Tal vez la pierna de Santi fallara esa vez.

    Santi y Manuel se pasaron casi todo el día repasando los nuevos artículos y decidieron que, de momento, ellos dos serían los únicos que tendrían copias de los archivos.

    —Deberíamos irnos —dijo Santi mirando el reloj—. Silvia y las niñas querían ir a cenar a un restaurante y mañana tenemos un compromiso fuera de la ciudad, así que...

    —Tranquilo. Yo también debería irme ya. —Manuel se quitó las gafas y se dispuso a apagar el ordenador.

    — ¿Cómo van las cosas con esa chica, con la hermana de Antonio?

    —Lucero.

    — ¿Quién?

    —Lucero. La hermana de Kevin se llama Lucero.

    —Ah. Bueno, pues, ¿cómo van las cosas con Lucero? —Santi empezaba a sonreír de un modo extraño. Nunca había visto a Manuel ponerse tan nervioso por una simple pregunta.

    —Bien. —Cogió la chaqueta, e iba a despedirse cuando Santi insistió.

    —¿Sólo bien?

    —Sí, bien. Normal.

    Santi conocía demasiado bien a Joseph como para saber que no le estaba diciendo la verdad y que, además, no tenía intención de hacerlo. Así que optó por no insistir; ya encontraría el momento adecuado para volver a intentarlo.

    —Me alegro. —Apagó la luz de la sala y los dos se encaminaron hacia el ascensor.

    Bajaron en silencio, pensativos.

    —Nos vemos el lunes. —Santi se despidió con una sonrisa.

    Algo preocupaba a Manuel, y estaba dispuesto a apostarse su mejor taco de billar a que era esa chica con la que tenía una relación «normal».

    Manu decidió regresar a su apartamento caminando. Así tenía más tiempo para pensar en lo que iba a decirle a Lucero cuando la viera. No debería haberse acostado con ella. Él siempre había tenido claro que no quería tener una relación con nadie, que con su trabajo y sus amigos ya tenía más que suficiente. Y acostarse con Lucero había sido un error, un error. Ella era dulce, lista, divertida... perfecta. Pero no para él. Sí, tenían que olvidar lo que había pasado y ser sólo amigos. Ojalá ella pensara lo mismo.

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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Dom Abr 14, 2013 4:16 pm

    Capitulo 19

    Lucero vio la cara de Manu al entrar en el apartamento y supo que algo iba mal.

    —Hola. ¿Habéis averiguado algo sobre el robo?

    —No, nada. —Colgó la chaqueta y se sentó en el sofá como si no pudiera dar ni un paso más. Se lo veía muy cansado—.Lucero, tenemos que hablar.

    —Esa frase nunca me ha gustado.

    — ¿Cuál?

    —«Tenemos que hablar.» Cuando la dicen mis padres significa que he hecho algo muy malo, cuando la dice Antonio, que me he metido en un lío, y cuando la dice una de las niñas, mis hermanas, que quieren pedirme dinero o ropa prestada. Y si lo dicen los gemelos, significa que ellos se han metido en un lío y quieren que yo los ayude a salir de él.

    —Bueno, yo no quiero que me prestes dinero ni ninguna de tus faldas.

    —Ya, pero seguro que estoy metida en un lío.

    Ambos sonrieron, pero a Manuel la sonrisa no le llegó a los ojos.

    — ¿Qué pasa? —preguntó Lucero.

    —Tenemos que hablar de lo de anoche.

    —Esto va de mal en peor —murmuró ella sin que él la oyese.

    — ¿Por qué no te sientas? —Manuel dio unas palmadas en el sofá y, cuando ella se sentó, continuó—: Lo de anoche no debería haber sucedido nunca.

    — ¿Ah, no? —Lucero no podía creer lo que estaba oyendo, pero justo cuando iba a contestarle, vio que él se disponía a continuar y optó por dejarlo acabar antes de decir nada.

    —Lo de anoche, aunque fue fantástico, no debería haber sucedido nunca. Los dos habíamos bebido demasiado y perdimos la cabeza. Pero tú estás en mi casa, y yo debería haber sido capaz de controlar mis impulsos y no abusar así de tu confianza.

    Lucero tuvo que morderse la lengua para no interrumpirlo; ya volvía a sonar como un personaje de una novela de Jane Austen. Para ella, la noche había sido fantástica, y la única queja que tenía era que él lo lamentara.

    —De hecho, intenté detenerme, pero bueno, tú... Bueno, ahora eso ya no tiene importancia. Tú eres la hermana de mi mejor amigo y yo no quiero perder su amistad, ni la tuya, por nada del mundo. Creo que lo mejor que podríamos hacer es olvidarlo y pasar página, ¿no crees?

    Cómo Lucero no contestó, Manuel continuó:

    —Yo valoro mucho nuestra amistad —repitió.

    —Y yo. —Lucero decidió interrumpirlo. Si de la boca de Manuel salía la palabra «amigos» una vez más, iba a matarlo—. No te preocupes, ya está olvidado.

    — ¿En serio? —Manu parecía tan aliviado que a ella le entraron ganas de abofetearlo—. Me quitas un gran peso de encima, creí que te enfadarías.

    — ¿Enfadarme? ¿Por qué? —Levantó las cejas para dar más credibilidad a su actuación—. ¿Por no declararme tu amor eterno tras una noche juntos? Una noche de la que apenas recuerdo nada, por cierto.

    Ante ese cínico comentario, Manu retrocedió un poco. Una cosa era que ella estuviera de acuerdo con él en lo de ser sólo amigos, y otra muy distinta que no fuera capaz de acordarse de lo fantástico que había sido todo entre ellos. Porque lo había sido, ¿no?

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    sube mas capitulos!!!

    Mensaje  alelucerina el Vie Mayo 24, 2013 12:11 am

    POR FA SUBE MAS CAPITULOS Q LA WN ESTA BUENISIMA NO NOS DEJES ASIII Sad
    SUBELOS YAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA affraid affraid affraid affraid

    alelucerina
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    capituloooo

    Mensaje  alelucerina el Vie Mayo 24, 2013 3:14 pm

    SUBE MAS CAPITULOS!!!!!!
    YAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
    AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
    AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
    affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce
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    Mensaje  Paola casandra el Miér Mayo 29, 2013 12:29 am

    Capitulo 20

    —Ya, bueno. Me alegro de que hayamos aclarado las cosas. —Manuel tenía miedo de mirarla a los ojos, pero sabía que tenía que hacerlo. Sólo así lograría asegurarse de que ella no estaba fingiendo esa indiferencia—. Lucero.

    — ¿Sí?

    —Creo que lo que pasó anoche fue porque en estas últimas semanas hemos pasado demasiado tiempo juntos. Ya sabes, aquí, en el trabajo, los fines de semana. Los dos bebimos demasiado y bueno, tú estabas aquí, y yo...

    Lucero estaba tan estupefacta que no podía pronunciar ni una sola palabra. Esa mañana no esperaba que él le propusiera matrimonio, ni que le declarara su amor incondicional, pero tampoco contaba con que dijera que todo había sido un error y que lo mejor era olvidarlo. Según él, sólo se habían acostado porque estaban medio borrachos y porque en los últimos días se habían visto demasiado. ¡Menuda estupidez!

    Cuando Manu dijo «tenemos que hablar», Lu ya supuso que le soltaría el rollo «seamos sólo amigos», y acertó. Pero utilizar el alcohol y la proximidad física para justificar haberse acostado con ella era el colmo.

    Después de lo de la noche anterior, Lu creía que su relación iría hacia adelante, que los dos seguirían hablando cada noche hasta las tantas, que seguirían compartiendo cenas, cines, paseos... pero que ahora todo eso iría acompañado de besos, caricias y sentimientos. Se había imaginado que, durante el tiempo que estuviera trabajando en Londres, se enamorarían y que luego ya encontrarían la manera de continuar con su relación. Si pasados esos meses su relación se rompía, o si ambos decidían no seguir con ella, lo superaría. Le dolería, pero lo superaría. Sin embargo, ver que él ni siquiera estaba dispuesto a intentarlo, que prefería pasar página y no arriesgarse, le dolía mucho más de lo que había imaginado. Tenía ganas de gritarle, de insultarlo, de decirle que era un cobarde. Pero no hizo nada. Si él no estaba dispuesto a darle una oportunidad, su relación estaba condenada desde el principio, y ella no sabía cómo decirle que se equivocaba.

    — ¿Estás de acuerdo? —preguntó Manuel al finalizar su discurso.

    —Sí. —Lu apenas lo había escuchado.

    — ¿Sí?

    —Claro. Seguro que tienes razón. Al fin y al cabo, así nos ahorramos problemas. Quién sabe, a lo mejor terminarías enamorándote de mí, y eso sería catastrófico.

    Manuel levantó las cejas e iba a decir algo, pero Lucero lo interrumpió:

    —Tranquilo, estaba siendo sarcástica. Ya sé que eso es imposible. Tan imposible como que yo me enamore de ti. Vaya tontería. Mira, no te preocupes, ya está olvidado. A partir de ahora, haremos tal como tú has dicho; tú seguirás con tu vida y yo con la mía. Es eso lo que quieres, ¿no?

    —Sí —respondió Manu muy inseguro.

    —De acuerdo. —Lucero se frotó los ojos. No estaba dispuesta a derramar ni una sola lágrima delante de él—. Me voy a dormir. Buenas noches.

    —Buenas noches.

    Lucero cerró el libro que estaba leyendo antes de que él llegara y se dirigió hacia su habitación. Estaba ya a punto de entrar cuando oyó que Manu la llamaba.

    —¿Lucero?

    —¿Sí?

    —Mañana estaré fuera todo el día, he quedado con Santi

    Eso era mentira. Santi tenía un compromiso con su familia, y Manuel más bien se pasaría todo el día en el gimnasio, o en casa de Jack. Vio la cara de Lucero y apretó los puños con fuerza para controlar las ganas que tenía de levantarse, correr hacia ella y abrazarla. Había conseguido decir todo lo que quería, y seguía creyendo que era lo mejor, pero al verla, lo único que deseaba hacer era besarla hasta que los dos perdieran el sentido. Así que decidió que debía distanciarse un poco, a ver si así conseguía recuperar su autocontrol.

    —No hay problema. Yo también tengo planes.

    — ¿Qué planes? —no pudo evitar preguntar Manu.

    —Nada en especial. He quedado con Nicholas para ir a pasear por Hyde Park y luego iremos a almorzar —respondió Lucero mientras rezaba para que Nicholas estuviera libre y pudiera convertir esa mentira en verdad.

    —Ah, bueno. —Manu tuvo que hacer un esfuerzo para no gritarle y decirle que no quería que fuera a pasear a Hyde Park con Nicholas, que ese paseo le pertenecía a él y que ella no tenía derecho a sustituir el recuerdo de ese día que ellos dos habían compartido en ese parque por uno nuevo con otro hombre. Pero no dijo nada de eso—. Espero que lo paséis bien. Dile a Nick que lo veré el miércoles.

    —Claro. —Lu lo miró a los ojos una vez más y luego se volvió hacia la puerta de su habitación—. Buenas noches.

    Y cerró sin esperar a que él respondiera.

    Por suerte, gracias a Jack y a sus otros compañeros, a Lucero las horas en el trabajo se le pasaban muy rápido, y apenas veía a Manu. Por otra parte, cuando lo veía, él estaba tan distante y arisco que incluso era preferible no verlo. Lo echaba mucho de menos; echaba de menos sus conversaciones, sus sonrisas...

    Ya hacía algo más de una semana de la noche fatídica, del «error», y Lucero llegó a la conclusión de que no podían seguir así. Era absurdo. Parecían dos novios de instituto. Era una situación ridícula y muy incómoda.

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    Mensaje  Paola casandra el Miér Mayo 29, 2013 12:33 am

    Capitulo 21

    Incluso sus amigos se habían dado cuenta, y a ella empezaban a agotársele las excusas para justificar que ella y Manuel ya no salieran tanto juntos. Después de varias noches sin dormir y de un montón de llamadas a su madre, decidió que lo mejor sería que se buscase un piso donde pasar el tiempo que le quedaba en Londres. Al menos así podría estar tranquila y, si tenía suerte, tal vez lograra olvidarse de Manuel.

    Con esa idea en mente, empezó una nueva semana. El lunes, justo antes de que dieran las cinco, Jack apareció por encima de su cubículo.

    —Ya es hora de salir. Vamos, apaga el ordenador. No te olvides de que soy tu jefe y tienes que hacerme caso —añadió sonriendo—. ¿Esperas a que venga Manu o quieres que te acompañe yo?

    —La verdad es que he quedado con Nick.

    — ¿Ah, sí?

    —Sí, me ha llamado antes para invitarme al cine y hemos quedado allí dentro de media hora. —Mientras hablaba con él, Lu apagó su ordenador y recogió el bolso del suelo.

    — ¿Qué película vais a ver?

    —No sé, ya sabes cómo es Nicholas. No ha querido decírmelo porque es una sorpresa. En fin, mañana te cuento. Gracias por ofrecerte a acompañarme, Jack, pero como ves, no hace falta.

    —De nada. ¿Sabe Manuel que vas a llegar tarde a casa? —le preguntó Jack levantando una ceja.

    —No, no lo sabe. Pero no te preocupes, no creo que le importe.

    Jack y Lucero estaban de pie ante el ascensor cuando las puertas se abrieron, y dentro vieron a Manuel. Llevaba las gafas, señal de que estaba muy cansado, e iba cargado de papeles.

    —Jack, suerte que te encuentro. ¿Podrías decirme por qué las fotografías del reportaje de China no son las que tú y yo decidimos y por qué la portada de este mes es tan horrible? Creía que todo había quedado claro.

    —Manu, estaré encantado de hablar contigo. La verdad es que llevo todo el día persiguiéndote para hacerlo. ¿Te acuerdas de que esta mañana habíamos quedado?

    —Ah, lo siento, he tenido un día horrible. ¿Podemos hablar ahora?

    —Por supuesto, tú eres el jefe —respondió Jack mirando a Lucero, que aún esperaba para entrar en el ascensor.

    —¡Lucero! —exclamó Manuel sonrojado—. No te había visto.

    —Tranquilo, no pasa nada. ¿Ves como tenía razón? —Añadió ella mirando a Jack—. En fin, me voy. Hasta mañana.

    Entró en el ascensor y pulsó el botón para que las puertas se cerrasen. No tenía ganas de estar junto a aquel frío energúmeno ni un minuto más del necesario.

    —Jack, ¿sobre qué tenía razón Lucero?
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    Mensaje  Paola casandra el Miér Mayo 29, 2013 12:47 am

    Capitulo 22

    —Sobre ti. Dice que últimamente no te importa demasiado nada de lo que hace. Pasa, sentémonos y a ver si de una vez nos aclaramos con lo de este reportaje.

    —No sé, a lo mejor podríamos dejarlo para mañana, así me voy a casa con Lucero.

    —Ah... Lucero no va hacia tu casa, ha quedado con Nicholas para ir al cine. —En ese mismo instante, Jack vio cómo la cara de Manuel pasaba de la sorpresa al enfado en un tiempo récord.

    — ¿Al cine? ¿Con Nicholas? ¿Solos? —Al ver que Jack no contestaba, añadió fingiendo indiferencia—: Bueno, pues espero que les guste la película. ¿Miramos las fotografías de China de una vez o esperamos a que ellas solas decidan cuáles van en el reportaje? —Manu empezó a mover las carpetas y a refunfuñar.

    —Yo ya estoy listo. Pásame las carpetas antes de que las rompas. —Jack intentó no reírse, y empezó a escoger las fotografías.

    Cuando Lucero llegó al cine, Nick la estaba esperando en la puerta con las entradas en la mano. Como ya era habitual en él, la saludó con dos besos y entraron corriendo a la sala, pues la sesión estaba a punto de empezar. Unas dos horas más tarde, cuando las luces se encendieron, Lucero estaba mucho más contenta y relajada, aunque la película había sido horrible. Nicholas había escogido una comedia malísima, pero él no había parado de hacer comentarios en voz baja para que ella se riera. Pocos minutos después de aparecer los primeros créditos en la pantalla, Nick se había sacado del bolsillo de la chaqueta una bolsa llena de regaliz, el favorito de Lucero. Salieron del cine aún riéndose y él la invitó a comer una pizza en un pequeño restaurante que había cerca, uno de esos sitios donde las venden en porciones.

    —No puedo creer que me hayas invitado a ver esa película tan mala. ¿Se puede saber en qué estabas pensando al comprar las entradas? —le preguntó Lucero sonriendo.

    —Está bien, voy a confesarte la verdad. —Se limpió las manos con la servilleta—. Cuando has aceptado salir conmigo me he quedado tan sorprendido, que he tenido que improvisar. —Al ver que ella se sonrojaba añadió—: Vamos, no disimules. ¿Manu y tú os habéis peleado?

    — ¿Por qué lo preguntas? —Lucero no quería que ninguno de sus amigos supiera lo que había pasado entre ellos. Acabara como acabara su relación con Manuel, ellos eran amigos de él desde hacía muchos años, y ella no quería dañar esa amistad.

    —Vamos, desde que llegaste te habré pedido unas cien veces que salieras conmigo, y hasta hoy nunca habías aceptado.

    —Eso no es verdad —replicó ella—. Nos vemos casi cada fin de semana.

    —Ya, pero con los demás. —Al ver que ella iba a interrumpirlo de nuevo, levantó la mano para detenerla—. La única vez que hemos quedado solos, aparte de hoy, fue ese domingo por la mañana que me llamaste para pasear por Hyde Park, y creo que en todas las horas que estuvimos allí dijiste tres palabras. Las conté, fueron «hola», «Nick» y «adiós».

    —Lo siento —dijo Lucero avergonzada—. Esa mañana no me encontraba muy bien.

    —Tranquila. Me gustó pasear contigo.

    Lu levantó una ceja, incrédula.

    —De acuerdo, no me gustó —reconoció Nicholas sonriendo—, pero me alegra ver que hoy ha sido distinto. Lo he pasado muy bien. —Le cogió la mano que tenía apoyada encima de la mesa—Lu, no es ningún secreto que creo que eres muy atractiva, ni que en otras circunstancias me gustaría que fuéramos algo más que amigos.

    — ¿Qué circunstancias? —preguntó ella.


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    Mensaje  Paola casandra el Miér Mayo 29, 2013 12:49 am

    Capitulo 23

    —Si Manuel y tú no os estuvierais empezando a enamorar el uno del otro —contestó él sin inmutarse—. No intentes negarlo. Todo el mundo cree que nunca me entero de nada porque siempre estoy bromeando, pero la verdad es que siempre he sido el primero en saber cuándo uno de mis amigos está pasando por un mal trago o si, como en este caso, está enamorado. A Manu se le nota a la legua.

    —Pues lo notarás tú, porque yo...

    —Lucero, tendrías que ver la cara que pone cada vez que te digo un piropo. En ocasiones he llegado a temer por mi integridad física. Y cuando te doy dos besos, su expresión es realmente cómica.

    Lucero no sabía qué decir, pero como era obvio que no podía mentirle a Nicholas, optó por ser sincera. Ella no tenía a nadie con quien hablar sobre esas cosas allí en Londres y con Nick siempre había notado que había una química especial, como la que tenía con sus hermanos.

    —¿De verdad?

    —De verdad. —Nick siguió cogiéndole la mano—. Mira, me gusta mucho estar contigo, creo que lo pasamos muy bien juntos, ¿tú no?

    —Sí, yo también lo paso muy bien contigo.

    —Gracias. Para mí es toda una novedad quedar con una chica sólo para charlar y reírme un rato, así que quiero que sepas que me encantaría que nos siguiéramos viendo.

    —A mí también. Además, así puedo hablar con alguien sobre Manuel. —Ahora que Lucero no tenía que disimular, estaba aún más contenta.

    —Claro, será un placer torturar un poco al bueno de Manu. —Nicholas sonrió—. Siempre he pensado que debería aprender a relajarse, y me encanta verlo sufrir por una chica. Aunque espero que ese sufrimiento no sea en vano, Manuel se merece ser feliz.

    —Ya lo sé. —Lucero dio un último sorbo a su bebida—. Bueno, ahora que ya conoces mi más oscuro secreto, ¿por qué no me cuentas algo sobre tu última conquista? Tal vez podríamos intercambiar consejos; tú me enseñas a volver loco a Manuel y yo te desvelo los misterios de la mente femenina.

    Nicholas se rió y, tras pagar la cuenta, acompañó a Lucero a su casa. De camino, ella le contó que tenía intención de buscar un piso, y él se ofreció a ayudarla; le dijo que le parecía muy buena idea y que tal vez así Manuel reaccionaría. Cuando llegaron al portal, se despidieron con un abrazo, y Nick, como de costumbre, le dio su par de besos. Lucero sonrió y entró. Estaba contenta. Después de casi dos semanas pésimas, ese día todo había empezado a cambiar; tenía un amigo con quien poder reír y hablar sobre Manu, y buscar piso ya no le parecía tan horrible. Al día siguiente mismo empezaría a hojear los anuncios de los periódicos.

    Manuel salió de la revista a las ocho, unas tres horas después de que Lucero se hubiese ido. Esperaba que le hubiera gustado película. Y una mie&$a; si era sincero esperaba que la película hubiese sido horrible, que Nicholas la hubiera dejado tirada y que... Nada, lo que de verdad quería era haber sido él quien fuera al cine con ella. Con ese pensamiento, dobló la esquina que había justo antes de llegar a su casa y se quedó helado. Delante del portal estaban Lucero y Nicholas abrazados. Manu cerró los ojos y se dio media vuelta: si se daban un beso no quería verlo, no se veía capaz de soportarlo.

    Sin pensar lo que hacía, empezó a andar en sentido contrario. Caminó sin rumbo durante más de una hora y, por más que lo intentaba, no podía quitarse de la mente la imagen de Lucero y Nick abrazándose. ¿La habría besado? Él lo habría hecho, pero si Nicholas se había atrevido a tocarle un solo pelo de la cabeza, iba a tener problemas.

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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  diana lucerina el Miér Mayo 29, 2013 8:22 am

    siguela!!!!!!
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  ultra lucerina el Miér Mayo 29, 2013 3:16 pm

    Siguelaaa Porfaaaaavorrr esta buenissimaaaa!!!! Very Happy
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Danny Centeno el Miér Mayo 29, 2013 5:25 pm

    Dios!!! como la dejas ahi paola? siguelaaaaa!! Shocked bounce bounce bounce

    alelucerina
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    subeee

    Mensaje  alelucerina el Vie Jun 07, 2013 11:03 pm

    te lo suplico!!!!!
    sube mas capitulosss o vas a cargar mi muerte en tu conciencia!!! pale pale pale pale pale pale pale pale
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    Mensaje  Paola casandra el Sáb Jun 15, 2013 10:31 pm


    capitulo 24

    Pero  ¿qué estaba diciendo?  Él no tenía ningún derecho a pensar esas cosas, al fin y al cabo eso era exactamente lo que pretendía, ¿o no? Sí, sí lo era. Él no quería tener una relación con Lucero, sólo quería que fueran amigos. Claro que una parte muy egoísta de él deseaba que ella no saliera con nadie durante los meses que le quedaban en Londres.  Manuel se dio cuenta entonces de que la echaba de menos, echaba de menos las charlas, los paseos. En las últimas casi dos semanas, él la había estado evitando y, al hacerlo, había eliminado la mejor parte del día. Desde aquella noche, él y  Lucero apenas se habían visto; él se había concentrado en su trabajo y ella había empezado a salir a solas con sus amigos. Manuel sabía que a menudo quedaba con Amanda y con otras compañeras del trabajo, y eso nunca le había preocupado, pero quedar con Nick ya era otra cosa. No es que estuviera celoso, para nada. Pero él conocía muy bien a su amigo, sabía que era un seductor y no quería que le hiciera daño a Lucero. Eso era lo único que le preocupaba.

     
    Manuel se detuvo en seco en medio de la calle como si hubiera descubierto algo importante. Ya estaba. Por fin sabía lo que tenía que hacer; tenía que recuperar su amistad con Lucero, quería que volviera a sonreírle y quería volver a charlar con ella hasta las tantas. Aprovecharía una de esas charlas para advertirle sobre Nicholas, y seguro que entonces todo volvería a la normalidad. Lo único que tenía que hacer era asegurarse de no tocarla de nuevo. Ya sabía lo que pasaría si lo hacía, y no quería arriesgarse a eso. Era valiente, pero no tanto; y con este último pensamiento, tomó el camino de regreso a su piso.
     
    Lucero se puso el pijama y decidió que leería un rato. No tenía sueño y a lo mejor así podía esperar a que Manu llegara y empezar a poner en práctica los consejos que Nick le había dado. Según él, Manu  se pasaba la mano por el pelo siempre que ella se mordía el labio, y eso era señal de que se ponía muy nervioso. Lucero se estaba preparando un té cuando sonó el teléfono. No tuvo tiempo de dejar la tetera encima de la mesa antes de que el contestador ya respondiera a la llamada.
     
    —Manu, «cari», ¿estás ahí? —Era Monique.  Lucero se quedó helada. Según Manuel, hacía más de tres meses que no la veía—. Supongo que no. —Soltó una risa tonta—. Te llamaba para decirte que he encontrado esa bufanda tuya que tanto te gusta detrás de mi sofá. —Hizo una pausa dramática y continuó—. Si quieres recuperarla, ya sabes dónde estoy. Chao.
     
    Lucero estaba tan furiosa que temió romper el asa de la taza que aún sujetaba entre los dedos. Intentó serenarse. Si analizaba con calma el mensaje de Monique, podía darse cuenta de que nada implicaba que Manuel hubiera estado con ella. Esa bufanda, si en realidad existía, podía haber estado allí desde mucho antes de que ella llegara a Londres. Pero Lucero estaba tan enfadada que no era capaz de pensar. Dejó la taza y se sentó en una de las sillas que había en la cocina. Ahora lo veía todo claro: Manu no quería tener nada con ella. A él sólo le interesaban las mujeres como Monique, mujeres que utilizaban una excusa tan cutre como una bufanda perdida para llamar su atención. Y pensar que había echado de menos sus conversaciones... Era obvio que para él eso no significaba nada. El muy cretino le había mentido. Dios, y ella que se había creído todo ese rollo sobre lo de encontrar a alguien especial. Lucero se dio cuenta de que ya no podía seguir en ese piso; una cosa era que él no quisiera ser su pareja y otra muy distinta, y mucho más dolorosa, era que él le hubiese mentido, que se hubiera burlado de ella. Por extraño que pareciera, Lucero no derramó ni una sola lágrima, y sin pensar en lo tarde que era, descolgó el teléfono y llamó a Nicholas .
     

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    Paola casandra
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    Mensaje  Paola casandra el Sáb Jun 15, 2013 10:34 pm


    Capitulo 25



    — ¿Sí? —respondió éste con voz soñolienta.
     
    — ¿Decías en serio lo de ayudarme a buscar piso? —preguntó ella sin disculparse siquiera.
     
    —¿Lucero? —Nick se despertó de golpe y encendió la luz de su habitación para asegurarse de que no estaba soñando—. ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?
     
    —Claro que estoy bien. —Respiró hondo—. Y no, no ha pasado nada.
     
    —Ya. —Nick era perfectamente capaz de distinguir el dolor que se escondía en las palabras de Lucero —. Vamos, cuéntamelo.
     
    —Ha llamado Monique.
     
    — ¿Monique? —Eso era mucho peor de lo que imaginaba—. ¿Y qué quería? Hace mucho que no se ven.
     
    —Seguro. —Lucero  estaba convencida de que Nicholas intentaba encubrir a su amigo para cumplir con la solidaridad masculina y todas esas chorradas.
     
    —Te lo juro. —Movió la almohada para estar más cómodo—. Y bien, ¿qué quería?
     
    —Devolverle una bufanda.
     
    —Lu, piénsalo bien, casi estamos en junio. Nadie lleva bufanda en esta época; ni siquiera el estirado de Manu.
     

    Lucero tuvo que reconocer que en eso tenía razón.

     
    —Da igual. Esa llamada ha sido sólo un aviso —replicó Lucero enigmática.
     
    — ¿Un aviso de qué? —Nunca lograría entender a las mujeres.
     
    —De que si me quedo aquí acabaré pasándolo muy mal. —Respiró hondo de nuevo—. ¿Vas a ayudarme?
     
    —Claro que sí. Te ayudaré, y no sólo con lo del piso. —Nicholas siempre había pensado que Manuel era un hombre muy inteligente, pero empezaba a tener serias dudas al respecto.
     
    —Gracias. — Lucero comenzó a recuperar la calma, pero al ver la hora que era se sobresaltó—. Dios mío, Nick, es tardísimo.
     
    —Ya lo sé. —Bostezó—. Deberías acostarte.
     
    —Siento haberte despertado —se disculpó Lucero.
     
    —No pasa nada. Para eso están los amigos. Buenas noches. —Nicholas colgó antes de que ella pudiera desearle lo mismo.
     
    Lucero se quedó en la cocina unos minutos más. Lavó la tetera y la taza que había ensuciado para nada y, cuando estaba a punto de apagar la luz, oyó cómo se abría la puerta del piso.
     
    — ¿Lucero? —Manuel  entró en la cocina—. ¿Aún estás despierta?
     
    —Sí —respondió ella escueta—. Me he preparado un té, pero me temo que no puedo ofrecerte. Acabo de tirarlo todo.
     
    —No te preocupes. — ¿Eran imaginaciones suyas o Lucero estaba más seria que de costumbre?—. Lo único que tengo ganas de hacer es acostarme.
     
    Lucero  estuvo tentada de preguntarle si solo o con Monique, pero se mordió la lengua.
     
    —Me voy a mi cuarto —dijo ella antes de darle la espalda y echar a andar—. Buenas noches.
     
    Manuel le colocó una mano en el hombro y la detuvo.
     
    —No creo que puedas dormir si acabas de beberte una taza de té —comentó con una tímida sonrisa en los labios—. ¿Por qué no te quedas aquí conmigo a charlar un rato? Me gustaría hablar contigo sobre Nick.
     
    —El té lo he tirado —respondió ella apartando la mano de él—, así que no creo que tenga problemas para dormir. Y sobre Nicholas no tienes nada que decir. No es asunto tuyo. —Lo miró a los ojos e, imitando su sonrisa, añadió—: Y si quieres «charlar» con alguien llama a Monique. Ella estará encantada de hablar contigo. —Al ver que Manuel la miraba atónito, continuó—: Ha llamado hace un rato, «cari».
     


    Cuando Manu reaccionó, Lucero ya se había encerrado en su habitación. Fue hacia el contestador y escuchó el mensaje de Monique. El calificativo que utilizó sonaba fatal. Arreglar eso iba a ser más difícil de lo que creía.
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    Mensaje  diana lucerina el Sáb Jun 15, 2013 11:12 pm

    siguela! Sube mas!bouncebounceaffraidaffraidVery Happy

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    ya

    Mensaje  alelucerina el Sáb Jun 15, 2013 11:48 pm

    Surprised:o:o:o:o:o:o:o
     esta muy muy muy muy buenaaaaa no puedes parar ya sube mas capitulosss mucho mas largos y mas seguido porfaaa affraidaffraidaffraidaffraidaffraidaffraidaffraidaffraidaffraidaffraidaffraidaffraidaffraid
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    Mensaje  Paola casandra el Vie Jun 21, 2013 2:32 am



    Capitulo 26


    Al día siguiente, fiel a su promesa, Nick la acompañó a visitar un par de pisos. Él era arquitecto, así que, además de darle ánimos, también le dio buenos consejos sobre los defectos y virtudes de cada apartamento que visitaron. Lucero no le había dicho a Manuel  que estaba buscando otro lugar donde vivir. No creía que le importara, pero además, no quería pelearse con él, y estaba segura de que cuando se lo contara se pelearían. No porque él quisiera que ella siguiera en su casa, sino porque Manuel  le había prometido a Antonio que cuidaría de ella y, por muchos defectos que Manuel tuviera, era incapaz de romper una promesa hecha a su mejor amigo.
     
    Había sido un día de lo más raro. No podía decirse que Manu y ella hubieran hecho las paces, nada más lejos de la realidad, pero él había empezado a comportarse de un modo extraño. Como, por ejemplo, mandándole e-mails en el trabajo para decirle cualquier tontería. Después de la extraña conversación que la noche anterior habían tenido delante de la puerta de la cocina, a eso de las once de la mañana Lucero recibió un e-mail que decía:
     
    ¿Te gustó la película? Si es buena, ¿te molestaría mucho acompañarme esta noche al cine?
     
    Por cierto, hace meses que no llevo bufanda. Creo que no volveré a usar jamás.
     
    Manuel
    Lucero tuvo que leerlo un par de veces para asegurarse de que no veía visiones. No contestó hasta las tres de la tarde.
     
    La película es malísima.
     
    Yo no descartaría volver a usar bufanda.
     
    Lu.
    La risotada de Manu al leer la respuesta de Lucero hizo que Santi, que estaba en otro despacho, fuese corriendo para ver qué pasaba.
     
    Esa noche, Lucero llegó tarde a casa. Después de visitar pisos con Nick y descartarlos porque eran demasiado caros y demasiado viejos, estaba tan cansada que ni siquiera cenó. Manu aún no había llegado; tal vez al final hubiera decidido ir al cine solo, o con Monique. Sólo de pensarlo se le ponían los pelos de punta. Pero justo en ese instante se abrió la puerta y llegó él.
     
    —Hola —dijo mirándola de arriba abajo—. ¿Hace mucho que has llegado?
     
    —No, ¿por qué?
     
    —Por nada. Pareces cansada.
     
    —Lo estoy. —Después de los e-mails de esa mañana,  Lucero no sabía qué decir—. Voy a acostarme.
     
    — ¿No vas a preguntarme si he ido al cine?
     
    —No. —Aunque le costara horrores no pensaba preguntárselo.
     
    —Pues no he ido. —Ella se dio la vuelta y Manu continuó—: Sin ti no habría tenido gracia. Me he quedado trabajando hasta ahora. —Al ver que ella no iba a decir nada, se rindió—. Buenas noches, Lucero.
     
    —Buenas noches.
     
    El miércoles, antes de las diez de la mañana, Lucero recibió otro e-mail:
     
    Según mi horóscopo, hoy es un día excelente para entrar en contacto con la naturaleza. ¿Quieres ir a Hyde Park?
     
    Manuel.
    Lucero le respondió a las doce:
     
    No deberías creer en esas cosas. Nunca aciertan.
     
    Lu.
     
    Manu sonrió.
     
    Esa tarde, Lu  fue a visitar un par de pisos más y, cuando le contó a Nick lo de los e-mails, casi le dio un ataque de risa. Cuando consiguió calmarse, lo único que dijo fue:
     
    — ¿Lo ves, Lucero? Yo tenía razón.
     
    — ¿Sobre qué?
     
    —Sobre lo de Manuel. Sabía que estaba loco por ti.
     
    Ella decidió ignorar ese comentario, pero tenía que reconocer que cada vez tenía menos ganas de encontrar el piso perfecto.
     
    El jueves, a eso de las tres, Lucero aún no había recibido ningún e-mail y supuso que Manu ya se había cansado, pero a las tres y media vio que se había equivocado:
     
    Oh, bella doncella, estoy preso en una celda con el malvado tirano Santi y la bruja Amanda. ¿Seríais tan gentil de venir a rescatarme? Os prometo que luego os llevaré a la mejor posada del feudo.
     
    Sir Manuel (caballero de la Mesa Redonda)
     
    Lucero  tuvo que morderse los labios para no reír. Se había olvidado de que Manuel  y Santi  tenían una reunión muy importante, y seguro que no había tenido ni un momento libre. Contestó en menos de dos minutos:
     
    Oh, sir  Manuel, me temo que deberéis liberaros solo. Me atrevería a sugerir que utilicéis vuestra espada, pero una doncella como yo no sabe de esas cosas.
     
    Lady  Lu.
     
    Manuel se sonrojó al leerlo, y cuando Santi  le preguntó qué pasaba, lo único que se le ocurrió decir fue que tenía calor. Y vaya si lo tenía. Lucero  seguía sin querer hacer nada con él, pero al menos esa vez había tardado menos de dos horas en contestar, lo cual ya era una victoria. Esa noche, él volvió a llegar tarde y, muy a su pesar, vio que Lu ya se había acostado. Al día siguiente volvería a intentarlo.
     
    El viernes a las nueve de la mañana Lu  abrió ansiosa su correo electrónico y vio que aún no había recibido ningún e-mail de Manuel. Tal vez se lo enviaría más tarde. A las once seguía sin haber recibido nada. Ni a las once y media. Se juró a sí misma que no volvería a consultar el correo hasta las doce y media y se obligó a esperar hasta entonces. A esa hora sí había un e-mail de Manuel:
     
    Echo de menos hablar contigo.
     
    Manuel.
    Lucero casi se cayó de la silla. Los otros mensajes habían sido simpáticos, medio en broma. Aquello no se lo esperaba. Antes de que pudiera pensarlo mejor, contestó:
     
    Yo también.
    Lu.
     
    Manu  abrió el mensaje de Lucero  y respiró aliviado. Se había pasado toda la noche pensando qué escribir. Nada le parecía lo suficientemente ingenioso, así que al final optó por decirle sinceramente lo que pensaba. Por suerte, Lucero  había sido igual de sincera y por fin había bajado un poco la guardia. Como no quería que ella tuviera tiempo para cambiar de opinión, le mandó en seguida otro e-mail.
     
    Llegaré tarde a casa.
     
    ¿Te importaría esperarme despierta?
     
    Danger.
     
    Cuando Lucero vio que él le había mandado otro e-mail en apenas cinco minutos de diferencia, le dio un vuelco el corazón. Sonrió no sólo por lo que le decía, sino también porque había firmado «Danger». Ella sólo lo había llamado así la noche que se acostaron. No estaba segura de qué pretendía Manuel con ese cambio de actitud, pero decidió arriesgarse.
     
    Te esperaré.
     
    Lu.
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Paola casandra el Vie Jun 21, 2013 2:33 am


    Capitulo 27
    Lucero pensó que si tenía que esperarlo, bien podía hacerlo con estilo, y decidió cocinar algo. A ella siempre le había gustado cocinar, la relajaba; muchas de las mejores decisiones que había tomado en su vida, las había tomado delante de un horno o unos fogones. Por su parte, Manu se pasó toda la reunión mirando el reloj. Cuando por fin terminó, se despidió de todos los directivos sin perder un minuto y salió a toda prisa del edificio. Estaba impaciente por llegar a casa y hablar con Lucero. Lo tenía todo pensado; primero se disculparía otra vez por lo de esa noche, luego se disculparía por su comportamiento de las últimas dos semanas, y más tarde le advertiría sobre Nicholas. Seguro que, después, todo volvería a la normalidad: ellos dos serían amigos de nuevo y, dentro de más o menos cuatro meses, ella regresaría a Barcelona y él seguiría allí, con su corazón intacto y su vida tal como a él le gustaba.
     
    — ¿Hola? —saludó Manu al abrir la puerta.
     
    —Hola, ¿qué haces ahí quieto en la entrada? ¿Te pasa algo? —Lucero había salido de la cocina. Llevaba un pantalón de algodón gris con una sudadera rosa que le dejaba un hombro al descubierto, y blandía una cuchara en la mano.
     
    —No. No me pasa nada. ¿Ese olor viene de mi cocina?
     
    —Sí. Hacía tiempo que me apetecía comer lubina al horno y hoy me he decidido a prepararla. Espero que te guste.
     
    —Sí, claro. Me sorprende que el horno funcione, creo que eres la primera persona que lo utiliza. Huele muy bien.
     
    —Gracias. La verdad es que me ha costado un poquito encenderlo, pero ahora lo único que me falta es poner la mesa. ¿Quieres cenar conmigo o ya has cenado? —Lucero  volvió a la cocina para comprobar que el pescado estuviera en su punto.
     
    —No. Quiero decir, sí. —Manu  titubeaba, no tenía ni idea de cómo reaccionar. El discurso que había preparado se le olvidó por completo y en lo único que era capaz de pensar era en dos cosas: la primera, Lucero iba vestida con una camiseta que daba ganas de empezar a besarle el hombro, el cuello... y la segunda, tenía que cambiar la dirección de su pensamiento o iba a tener problemas. Ellos dos sólo iban a ser amigos.
     
    —No te entiendo. —«Cosa que ya es habitual», pensó Lucero —. ¿Quieres o no quieres cenar?
     
    —Sí, quiero cenar. No, no he cenado antes, y si me das cinco minutos, me cambio de ropa y pongo la mesa. ¿Te parece bien?
     
    —Sí, me parece perfecto, pero que sean dos minutos, el pescado casi está.
     
    En su habitación, Manuel se cambió de ropa, se puso un pantalón de algodón que utilizaba a veces para ir a correr, y una camiseta, e intentó borrarse de la cabeza la insinuante imagen del hombro de Lu. No pudo. Salió de la habitación y puso la mesa.
     
    — ¿Puedo hacer algo más? —preguntó luego.
     
    —No, ya está. Siéntate. Pero luego tú te encargas de recoger los platos y limpias la cocina.
     
    —Claro, si tú cocinas, yo limpio. Como debe ser, ¿no? —dijo él, y le guiñó un ojo.
     
    Lucero sirvió la comida y los dos empezaron a cenar. Manuel  fue el primero en romper aquel cómodo silencio:
     
    — ¿Aún sigues enfadada?
     
    —Nunca he estado enfadada. —Al ver que él levantaba una ceja añadió—: Es sólo que, en estas últimas dos semanas, no hemos coincidido mucho. —Lucero  había decidido seguir los consejos de Nicholas y fingir que ella no lo había echado de menos. Según Nick, nada ponía más nervioso a un hombre que sentirse ignorado.
     
    —Ya. —Como no sabía qué más decir, optó por seguir con el pescado.
     
    —Esto era lo que querías, ¿no? — Lucero bebió un poco de agua y continuó—: Volver a tener tu espacio, recuperar tu vida. Al menos eso me pareció entender, y creo que tenías toda la razón. —No estaba dispuesta a que él creyera que ella no pensaba lo mismo que él.
     
    Manuel la miró estupefacto. Se había estado comportando como un idiota; la había estado evitando para nada. Entonces se dio cuenta de que había música, y sonrió.
     
    — ¿Sinatra?
     
    —Sí, es ideal para cocinar y para bailar. Tiene un ritmo especial, como si te guiara. No sé.
     
    —¿Sabes que eres la única persona que conozco que considera la música de ese modo? En fin, creo que sólo hay una manera de comprobar tu teoría de Sinatra y, como no tengo ni idea de cocinar, ¿quieres bailar conmigo?
     
    Manuel se levantó de su silla y le tendió la mano mientras sonaba Fly me to the moon.
     
    — ¿Te has vuelto loco? ¿Bailar aquí?
     
    —Sí, claro. Vamos, no seas cobarde. —La miró a los ojos, desafiándola.
     
    —Está bien, pero luego no digas que soy yo la que hace cosas raras.
     
    Se levantó de la silla y aceptó el reto.
     
    Lu estaba de pie frente a Manu. Él le cogió las manos y las colocó alrededor de su cuello y, con las suyas, le recorrió lentamente la espalda para acabar apoyándose justo en sus caderas.
     
    —Lu, te he echado de menos. Baila conmigo. Por favor. —Manu sabía que eso le iba a causar problemas, y que era justo lo que no tenía que hacer, pero no pudo evitarlo.
     
    —Yo también te he echado de menos.
     
    Empezaron a bailar suavemente. Lu apoyó su mejilla en el pecho de Manu y notó cómo latía su corazón, cómo le temblaba la respiración. Él bajó la cabeza para así poder notar su perfume, el olor de su pelo y, a la vez, besarle el cuello, el hombro que lo había vuelto loco durante la cena, la mejilla. Le acariciaba la espalda, primero por encima de la sudadera, hasta que el tacto del algodón no fue suficiente, y decidió arriesgarse y tocarla de verdad, por debajo, sentir su piel. Al notar la mano de Manuel por debajo de la camiseta, Lucero se apartó sorprendida, pero no tuvo tiempo de decir nada, pues Manu la besó con todas sus fuerzas, como si la vida le fuera en ello.
     
    Ella le respondió. Le encantaba cómo la besaba, como si la necesitara para respirar. Un beso siguió a otro, Manuel seguía acariciándola y besándola, primero en la boca, luego en el cuello. La canción ya se había acabado, pero a ninguno de los dos parecía importarle. Lucero quería tocarlo a él, así que también se atrevió a meter las manos por debajo de la camiseta. Sonrió al notar cómo Manu  se estremecía. Era increíble, tenía un torso único y no tenía bastante con tocarlo, quería verlo, así que se arriesgó y le quitó la camiseta.
     
    —Lucero, ¿no te han dicho nunca que es de mala educación mirar así a alguien? —bromeó él mientras le besaba los nudillos de la mano y empezaba a recorrerle el brazo con los labios.
     
    —Ah, sí, no sé. Creo que lo que de verdad sería de mala educación es no mirar. Y, sin duda, no besarte sería aún peor.
     
    Él apartó la cabeza al oír ese comentario y la atrajo hacia él para besarla como hacía horas que deseaba hacer. Seguro que luego se arrepentiría, pero por el momento, estaba en el cielo. Manuel se apartó entonces un poco, lo suficiente para poder quitarle a ella la camiseta, y entonces fue él quien se quedó sorprendido. La noche en que se acostaron, la habitación estaba muy oscura y apenas había podido apreciarla. Lucero, incómoda, se sonrojó e intentó recuperar su camiseta.
     

    —No, por favor. Deja que te mire. Eres perfecta. —La recorrió lentamente con la mirada y con las manos, acariciando cada centímetro, como si quisiera aprenderse sus formas de memoria—. Princesa, no tienes ni idea de todo lo que tengo ganas de hacerte. Primero voy a tocarte, a acariciarte, después voy a besarte. Por todo el cuerpo. Y luego, cuando ya no podamos aguantarlo más, haremos el amor. Hasta el amanecer.
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Danny Centeno el Vie Jun 21, 2013 3:57 am

    Paola no tenes perdon de Dioooj!!!! siguelaaaaaaaaa!!
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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

    Mensaje  Hicat el Vie Jun 21, 2013 8:26 am

    No es justo que la dejes así.
    La he leído desde que empezó, me gusta mucho.
    Continuala.

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    :o

    Mensaje  alelucerina el Vie Jun 21, 2013 2:55 pm

    PERO POR EL AMOR DE DIOS!!! EN QUE ESTAS PENSANDOOOO
    COMO LA VAS A DEJAR ASIIIIII JUSTO AHI EN ESA PARTEE affraidaffraidaffraidaffraidaffraidaffraidaffraidaffraidaffraid
    POR LO QUE MAS QUIERAS EN ALA VIDA SUBE MAS CAPITULOS YAAAAAAAA

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    Re: Nadie Como Tu! (ADAPTADA)

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