Spaw's por siempre♥


    ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

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    Cherey Valentina
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    Re: ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Cherey Valentina el Jue Mar 21, 2013 12:03 pm

    ¡Sigueeee paolaaaa sigue! Mueve esos dedos.
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    Paola casandra
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    ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Paola casandra el Vie Mar 22, 2013 11:11 pm

    Capitulo 7

    —Esto me recuerda las noches que pasábamos en casa —declaró Lucero mientras tomaba otro bocado de marisco.
    Manuel se paró con el tenedor en el aire, resignado a oír algo más de su inhabitual comportamiento. Pero ella no continuó, como si intuyera lo incómodo que le hacía sentir.
    — ¿Y qué solíamos hacer? —se esforzó por parecer despreocupadamente interesado.
    —Solíamos sentarnos en la terraza con las piernas cruzadas mientras cenábamos lo que yo había preparado. Después, yo apoyaba la cabeza en tu regazo y tú me acariciabas los cabellos mientras oíamos el mar y mirábamos las estrellas.
    La voz de Lucero se convirtió en un susurro.
    —Y entonces entrábamos en casa y hacíamos el amor.
    El tono soñador de su voz afectó a Manuel. Se puso duro ante las imágenes que ella dibujaba en su mente. De repente le resultó muy fácil imaginársela tumbada ante él, piel contra piel, agarrándose a él mientras ambos alcanzaban la cima.
    Una parte de él quería acabar con todo aquello. Quería llevársela a la cama, practicar sexo con ella hasta que olvidaran sus nombres. Su cuerpo lo deseaba con ansia, pero su mente lo tildaba de imbécil.
    Lo quisiera o no, entre ellos había química. Quizás había perdido el sentido común en sus brazos. Quizás le había hecho promesas al calor de la excitación.
    Necesitaba su colaboración. Necesitaba que el negocio saliera bien. Había demasiados inversores implicados y el dinero ya había cambiado de manos. Se acercaba la fecha límite para la construcción y lo último que deseaba era que ella empezara a hacer ruido.
    Lucero lo miraba con atención. De modo que él hizo lo mismo y la examinó detenidamente, quedando hechizado por sus ojos negros, atraído por los delicados rasgos de su rostro. Se moría por deslizar los dedos desde esos pómulos hasta los suaves labios.
    ¿Así se había sentido al conocerla? La lógica le decía que sí. ¿Cómo podría su reacción ser diferente a la de la primera vez?
    — ¿Por qué me miras así? —preguntó ella.
    —Quizás porque te encuentro hermosa.
    —Pensaba que no era tu tipo.
    —Lo que dije fue que no eras mi tipo habitual.
    —No —Lucero hizo una mueca—. Tus palabras exactas fueron: «No eres mi tipo».
    —No me importa lo que dije —gruñó él—. Lo que quise decir era que no eres la clase de mujer con la que salgo habitualmente.
    — ¿Quieres decir con la que te acuestas habitualmente? —se burló ella—. Porque eso fue lo que hicimos, ¿sabes? Un montón de veces. De hecho, a no ser que seas el mejor actor del mundo y finjas no sólo la erección sino también el orgasmo, yo diría que, o bien mientes sobre que no soy tu tipo, o no eres demasiado crítico con respecto a las mujeres con las que te acuestas. Una mujer puede fingir atracción sexual —continuó ella—. Pero, ¿los hombres? No es fácil fingir atracción hacia una mujer si el pene no colabora.
    —Cielo santo —murmuró él—. Creo que ya hemos dejado bastante claro que me siento sexualmente atraído hacia ti. Sea lo que sea que pensara en el pasado sobre mis preferencias en cuanto a mujeres, es evidente que no se te aplica a ti.
    — ¿De modo que estás dispuesto a admitir que te acostaste conmigo y que el bebé es tuyo?
    —Sí —masculló él—. Estoy dispuesto a admitir la posibilidad, pero no soy tan estúpido como para creérmelo hasta que recupere la memoria, o tenga las pruebas de ADN.
    —Me basta con que admitas la posibilidad —ella hizo un mohín.
    — ¿Siempre eras tan… encantadora conmigo cuando estábamos juntos?
    — ¿Qué has querido decir con eso? —ella enarcó una ceja.
    —Sólo que me suelen gustar las mujeres un poco más…
    — ¿Estúpidas? —lo provocó—. ¿Débiles? ¿Sosas? ¿Sumisas? —continuó ella—. O quizás sencillamente prefieres las que se limitan a asentir y a decir «sí, señor», a cada uno de tus caprichos.
    Lucero dejó el tenedor a un lado y levantó la mirada hacia él. Los ojos estaban anegados en lágrimas y a Manuel se le formó un nudo en la garganta. No había pretendido disgustarla de nuevo.
    — ¿Tienes la menor idea de lo difícil que es esto para mí? —preguntó ella con voz tensa—. ¿Tienes la menor idea de lo que me cuesta verte de nuevo y no poder tocarte, abrazarte o besarte? Vine para enfrentarme a un hombre que me había traicionado de la peor de las maneras. Quería terminar contigo para siempre. Pero entonces vas y me cuentas esa historia de la pérdida de memoria y, ¿qué se supone que debo hacer? Ahora debo tener en cuenta la posibilidad de que no me hayas mentido, pero estoy muerta de miedo por si me equivoco al creerte. Otra vez.
    Él la miró petrificado y con una incómoda sensación en el pecho.
    —No puedo marcharme sin más después de haberte acusado precisamente de hacerme eso. Y una parte de mí se pregunta, ¿y si está diciendo la verdad? ¿Y si mañana recupera la memoria y recuerda que te ama? ¿Y si no ha sido más que un horrible malentendido y podemos regresar a nuestra vida en la isla?
    Empujó el plato a un lado e hizo un evidente esfuerzo por controlarse.
    —Pero, ¿y si yo tengo razón? —susurró—. ¿Y si al quedarme estoy haciendo aún más el ridículo que cuando me creí todas tus mentiras? Tengo que pensar en el bebé.
    Antes de reflexionar sobre lo que debería decir o hacer, Manuel alargó una mano hacia ella. Le resultaba imposible no tocarla, no ofrecerle consuelo.
    La tomó en sus brazos y se reclinó en el sofá. Durante unos instantes ella se mostró tensa y callada. Aspiró el aroma de sus cabellos y sintió una punzada de desilusión al no despertarle ningún recuerdo. ¿No se suponía que el olfato era el catalizador más poderoso?
    Lucero se relajó poco a poco, apoyando una mano contra el pecho de Manuel y la mejilla contra su hombro.
    Él inclinó la cabeza y se detuvo un instante antes de acariciarle los cabellos con los labios. Le pareció un gesto de lo más natural, a pesar de que la ternura no fuera una de sus señas de identidad. Sin embargo, la necesidad de mostrarle su lado más tierno se convirtió en un dolor físico.
    —Lo siento —murmuró. No deseaba verla herida. Manuel se quedó sentado con la cabeza de Lucero apoyada en su hombro, rodeándola con un brazo y con la otra mano hundida en los sedosos rizos. Contempló la rizada melena extendida sobre su pecho y sintió la barriga contra el costado.
    ¿De verdad era suyo? Y, de serlo, ¿por qué no estaba huyendo en dirección contraria?
    No es que fuera alérgico al compromiso. Bueno, a lo mejor un poco, pero no había sufrido ningún trauma en el pasado que le hubiera vuelto suspicaz. Y tampoco era ningún mentecato temeroso de que una mujer le hiciera sufrir.
    Nunca se había comprometido con nadie porque… No estaba muy seguro de por qué. Los hombres solían carecer del control en sus relaciones. Ya no podían tomar decisiones sólo para ellos, y él estaba acostumbrado a tomar decisiones sin consultar con nadie.
    No era el propietario de su empresa por casualidad, ni tampoco era casualidad que se hubiera asociado con sus tres amigos. El trabajo le llevaba mucho tiempo, un tiempo del que no dispondría si tuviera que preocuparse por regresar a casa cada noche.
    Le gustaba marcharse de viaje en cualquier momento. Le gustaban las reuniones de negocios. Y aunque no tuviera mucho tiempo libre, le gustaba divertirse. Solía quedar con Daniel, Gustavo y Alexandro al menos una vez al año para jugar al golf, y a menudo se iban de copas y otras actividades sólo disponibles para hombres sin pareja.
    En resumidas cuentas, no había conocido a la mujer que le hiciera desear renunciar a todo aquello. Y desde luego no se imaginaba a sí mismo conociéndola y renunciando a su vida en cuatro semanas. Sería una decisión tomada a lo largo de los años.
    Pero por otro lado…
    Algo se movió en su interior al contemplar a la mujer que descansaba confiada contra él. Sintió un nuevo deseo, un deseo que normalmente le aterraría, que debería aterrarle.
    Sintió el deseo de recordar todas aquellas cosas que ella le había descrito porque, de repente, le resultaban muy atractivas.

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    Mensaje  Paola casandra el Vie Mar 22, 2013 11:13 pm

    Capitulo 8

    — ¡Manuel, Manuel! ¡Despierta! ¡Corre!
    — ¿Qué sucede? —Manuel se despertó sobresaltado—. ¿Es el bebé? ¿Te duele algo?
    Ella frunció el ceño antes de sacudir la cabeza y sonreír como si estuviera enajenada.
    —Entonces, ¿por qué demonios gritas? —Él se frotó los ojos y consultó la hora—. ¡Por el amor de Dios, es muy temprano!
    — ¡Está nevando!
    Ella le agarró la mano y tiró de él. Las sábanas se deslizaron de su cuerpo y ambos se quedaron paralizados. Y entonces recordó que dormía desnudo y, peor aún, que su pene estaba haciendo acto de presencia de una manera muy poco sutil.
    —Lo siento —se excusó Lucero—. Bajaré yo sola.
    —Espera un momento —Manuel saltó de la cama con la sábana enrollada alrededor de la cintura—. ¿Nunca habías visto nevar?
    Ella sacudió la cabeza.
    — ¿Hablas en serio?
    —Vivo en una isla frente a la costa de Texas —Lucero asintió—. No vemos mucha nieve allí.
    —Pero no es la primera vez que viajas. ¿Nunca habías estado en un lugar en el que nevara?
    —No salgo mucho de la isla —ella se encogió de hombros.
    Lucero echó una mirada cargada de ansiedad hacia la ventana, como si temiera que la nieve fuera a desaparecer de un momento a otro.
    —Dame cinco minutos —Manuel suspiró—. Me visto y te acompaño.
    Supuso que, dado que era la primera experiencia de Lucero con la nieve, seguramente no llevaría ropa adecuada y tomó una bufanda y un gorro.
    Se vistió y cuando salió del dormitorio se encontró a Lucero pegada a la ventana del salón.
    —Toma —gruñó él—. Si vas a salir ahí fuera, necesitarás abrigarte.
    Ella se volvió y miró fijamente la bufanda y el gorro que le ofrecía. Alargó una mano, pero él le colocó la bufanda alrededor del cuello y tiró de ella.
    —Seguramente ni siquiera sabes atártela —murmuró. Tras colocarle la bufanda, le puso el gorro y dio un paso atrás. Estaba… monísima.
    —Tu nieve espera.
    Lucero salió al pequeño patio interior del edificio, sorprendida de que no hubiera nadie más. En cuanto uno de los copos aterrizó sobre su nariz, volvió el rostro hacia el cielo y comenzó a reír con las manos extendidas y girando en círculos.
    Tras formar una bola de nieve se volvió hacia Manuel con una traviesa sonrisa en el rostro.
    —Ni se te… —él la miró desconfiado.
    Pero antes de poder terminar la frase, la bola de nieve se estrelló contra su cara.
    La miró furioso, pero ella se limitó a reír mientras formaba una segunda bola.
    — ¡Ni hablar! —rugió Manuel.
    Lucero se incorporó dispuesto a un segundo lanzamiento, pero una bola de nieve la golpeó el rostro y se deslizó por su nuca provocándole un escalofrío.
    —Ya veo que no has podido resistirte —ella le dedicó una sonrisa burlona.
    — ¿Resistirme a qué?
    —A jugar. ¿Quién puede resistirse a la nieve?
    —No estaba jugando —gruñó él—. Me estaba vengando. Y ahora, vámonos. Ya has visto la nieve. Deberíamos regresar. Aquí hace frío.
    — ¡No me digas! Está nevando —contestó ella—. Se supone que debe hacer frío.
    Ignorando el gesto de exasperación de Manuel, le lanzó otra bola. Él la esquivó y le dedicó una mirada que hizo que ella buscara refugio, no sin antes recibir una bola justo entre los ojos.
    —Para ser alguien que no juega en la nieve, lanzas muy bien las bolas —murmuró.
    Cuando él se agachó para recoger más nieve, ella se aprovechó y le golpeó en el trasero.
    —Espero que seas consciente de que esto es la guerra —declaró Manuel.
    —Claro, claro —ella puso los ojos en blanco—. Ya conseguí que abandonaras esa actitud prepotente una vez, y volveré a hacerlo.
    Manuel se aproximó a Lucero con expresión decidida.
    —Oh, oh —murmuró ella mientras reculaba.
    No había mucho sitio para huir en el pequeño patio interior, a no ser que intentara entrar de nuevo en el edificio, y decidió enfrentarse a él.
    A toda prisa empezó a lanzarle puñados de nieve que él esquivaba entre juramentos antes de lanzar un suspiro de resignación y hacer lo mismo con ella.
    —¡Me rindo! —aulló Lucero al fin, alzando las manos.
    —¿Y por qué será que no te creo? —preguntó él mientras la miraba con desconfianza.
    —Tú ganas —ella le dedicó su sonrisa más inocente y alzó las manos—. Me estoy congelando.
    Manuel dejó caer la bola de nieve que tenía preparada y se acercó a Lucero, agarrándola por los hombros. La miró de arriba abajo.
    Suspiró ante lo injusto de la situación. El amor de su vida la miraba como a una extraña.
    —Deberíamos entrar —Manuel frunció el ceño—. ¿No has traído nada de ropa para el frío?
    Ella sacudió la cabeza con gesto pesaroso.
    —Entonces habrá que ir de compras.
    —No hará falta —de nuevo sacudió la cabeza—. Pronto regresaremos a la isla Moon y allí aún hace bastante buen tiempo.
    —Y entre tanto te congelarás. Al menos necesitarás un abrigo. ¿Tienes alguna preferencia? ¿Piel? ¿Cuero?
    —Sólo un abrigo. Nada exótico.
    —Yo me ocuparé.
    —Haz lo que quieras —ella se encogió de hombros.
    —Cuando el portero me dijo que estabas aquí fuera jugando con la nieve, le pregunté si el verdadero Manuel había sido abducido por unos alienígenas.
    Lucero y Manuel se dieron la vuelta y vieron a Gustavo apoyado contra una farola.
    —Muy gracioso —murmuró Manuel—. ¿Qué haces aquí? —tomó a Lucero de la mano.
    —Sólo quería ver cómo estabais —Gustavo arqueó una ceja—. He oído que ayer hubo jaleo.
    Lucero hizo una mueca y se llevó la mano libre al moretón que ya había olvidado.
    —Como puedes ver, está bien —declaró Manuel—. Y ahora, si nos disculpas, nos vamos arriba.
    —En realidad he venido a verte a ti —Gustavo sonrió—. Ella me parece muy capaz de cuidarse.
    Lucero carraspeó. Gustavo no estaba preocupado por ella sino porque Manuel quedara atrapado en sus garras.
    —Me subo arriba, así os dejo charlar tranquilamente.
    Tras saludar con la mano a Gustavo, Lucero corrió hacia el ascensor.
    — ¿De qué va todo esto? —Manuel se volvió hacia su amigo con el ceño fruncido.
    —Sólo quería ver cómo estabas —Gustavo se encogió de hombros—. Estos dos últimos días te han pasado muchas cosas y quería saber si empezabas a recordar algo.
    —Vamos dentro —Manuel hizo una mueca de desagrado—, aquí hace frío.
    Los dos amigos entraron en la cafetería del vestíbulo principal.
    —Todo va bien. No quiero que te preocupes, ni que empieces a conspirar para protegerme.
    — ¿Aunque opine que tu idea de volar a esa isla es una estupidez? —Gustavo suspiró.
    —Sobre todo por eso.
    — ¿De verdad crees que es buena idea marcharte con esa mujer que afirma estar embarazada de ti? A mí me parece que lo más sensato sería llamar a tu abogado, solicitar una prueba de paternidad y mantenerte al margen hasta tener los resultados.
    —Creo que ya le he hecho bastante daño —Manuel sacudió la cabeza—. ¿Cómo voy a reparar un error si mi abogado la agobia mientras esperamos saber si voy a ser padre?
    —A mí me parece que ya has decidido que dice la verdad —Gustavo soltó un suspiro.
    —No sé cuál es la verdad. Mi cabeza me dice que no puede ser cierto. Que la idea de enamorarme locamente de ella en unas semanas es absurda.
    — ¿Pero…?
    —Pero mi corazón aúlla que hay algo entre nosotros. Cuando estoy cerca de ella, cuando la toco… me convierto en otra persona. Percibo la convicción en su voz cuando me cuenta cómo hacíamos el amor junto al mar, y la creo. Quiero creerla.
    —De modo que la crees —Gustavo soltó un silbido.
    —Mi mente dice que es una mentirosa —Manuel contuvo la respiración.
    — ¿Pero tu corazón?
    Manuel suspiró porque sabía adónde quería llegar su amigo. Él siempre se guiaba por el corazón, aunque la lógica le aconsejara lo contrario. Y jamás se había equivocado.
    —Mi corazón me dice que no miente.

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    Mensaje  Paola casandra el Vie Mar 22, 2013 11:15 pm

    Capitulo 9

    — ¿Te encuentras lo bastante bien para viajar? —preguntó Manuel durante la cena.
    —Manuel, estoy bien —Lucero levantó la vista del delicioso filete que estaba devorando.
    —Quizás deberías ir a ver a un obstetra antes de marcharnos.
    —Si te hace sentir mejor, iré a ver a mi médico en cuanto regresemos a la isla, pero desde luego puedo viajar. Aunque si tienes algún asunto que tratar aquí, puedo adelantarme yo.
    —Iremos juntos —Manuel frunció el ceño—. Es importante que regresemos sobre nuestros pasos y repitamos lo que hicimos en mi anterior visita a la isla. Quizás la familiaridad consiga que recupere la memoria.
    — ¿Qué te ha dicho el médico?
    Manuel se mostró visiblemente incómodo. A pesar de compartir una mesa aislada del resto de los comensales, miró a su alrededor, temeroso de que alguien pudiera oírles.
    —Cree que hay una razón psicológica detrás de todo —frunció los labios—. Si tan feliz era y tan enamorado estaba, ¿por qué desear olvidarlo? No tiene sentido.
    Ella fue incapaz de reprimir un respingo.
    —No pretendía herirte —se apresuró a aclarar él—. Es que hay demasiadas cosas que no comprendo. Quiero regresar porque quiero encontrar a la persona que perdí allí. El hombre al que dices amar, y que te amaba, es un completo extraño para mí.
    —Al parecer, ambos lo somos —susurró ella—. Quizás no exista. Quizás lo imaginé.
    —Pero lo que no hemos imaginado es a ese bebé —Manuel bajó al vista a la barriga, oculta tras la mesa—. Él o ella es real, lo único real de toda esta situación.
    —El bebé no es lo único real. Mi amor por ti era real. Niegas poder ser esa persona. Y se supone que, si de repente recuperas la memoria y tu amor por mí, debo olvidar sin más todo este rechazo.
    Lucero bajó la vista y entrelazó las manos antes de inclinarse hacia delante.
    —Dime, Manuel, ¿a qué hombre debo creer? ¿Al hombre que me dice que no soy su tipo y que no podría haberme amado, o al amante que pasó cada noche en mis brazos mientras estuvimos en la isla? No importa lo que recuerdes mañana, o al día siguiente, siempre sabré que una parte de ti se rebela ante la mera posibilidad de estar conmigo.
    —Lucero, yo… —extendió las manos en un gesto desesperado.
    —No lo hagas, Manuel —ella sacudió la cabeza—. No lo empeores pretendiendo que no quisiste decirlo. Al menos en eso has sido sincero. Pero no olvides que no eres la única víctima en todo este asunto.
    —Lo siento de veras —contestó él con evidente sinceridad—. Me estoy portando como un bastardo egoísta. Sé lo que estás sufriendo y que nada de esto es fácil para ti. Perdóname.
    Manuel le tomó la mano.
    Manuel sintió una opresión en el pecho y tuvo que contenerse para no arrojarse en sus brazos. Deseaba susurrarle su amor al oído. Deseaba suplicarle que no la abandonara jamás. Pero lo único que podía hacer era mirarlo con desesperada frustración.
    — ¿Y qué pasa si no recuperas la memoria jamás?
    —No lo sé —contestó Manuel.
    Lucero se reclinó en la silla y soltó la mano.
    — ¿Qué has metido en la maleta? —preguntó forzando una sonrisa.
    —Aún no la he hecho —él pareció confuso ante el cambio de conversación.
    —Nos marchamos mañana por la mañana y no sabes cuánto tiempo estarás ausente. ¿Vas a dejarlo todo hasta última hora?
    —No sabía qué llevar —él hizo una mueca—. Dijiste algo sobre chanclas y trajes de baño.
    —Bueno, ahora hace demasiado frío para bañarse. Hace buen tiempo, pero el agua está fría.
    Manuel se volvió hacia la orquesta que tocaba y luego la miró a ella.
    —Cuéntame, Lucero, ¿alguna vez bailamos?
    Sorprendida, ella sólo pudo sacudir la cabeza.
    —Entonces te propongo que bailes conmigo ahora —se puso en pie y le ofreció una mano.
    Hechizada por su tono de voz, le tomó la mano y dejó que la condujera a la pista de baile.
    Lucero cerró los ojos y suspiró mientras se pegaba a él. El calor de su cuerpo la abrazaba y su aroma le acariciaba la nariz. Respirando profundamente, se guardó la esencia en lo más profundo de su ser.
    ¡Cómo le había echado de menos! Incluso en los momentos en que lo había odiado, en que se había puesto en lo peor, había permanecido despierta en la cama recordando las noches en que habían hecho el amor arrullados por la música de las olas del mar.
    Durante unos instantes, Lucero se abandonó a su ensoñación.
    Levantó la vista hacia él mientras Manuel interponía su mano entre sus cuerpos y le acariciaba la muñeca.
    —Eres un interesante dilema, Lucero.
    —¿Dilema? —ella enarcó las cejas.
    Lucero ladeó la cabeza inquisitivamente.
    —Te juro que no te recuerdo. Te miro y me quedo en blanco. Pero cuando te tengo cerca, cuando te toco… —su voz se convirtió en apenas un susurro—. Me siento como si…
    —¿Como si qué? —ella sintió un escalofrío en la columna.
    Manuel parecía perplejo, como si buscara las palabras adecuadas. Pero al final suspiró y le acarició todo el cuerpo con la mirada.
    —Encajáramos —se limitó a contestar.
    Ella sintió que el pulso se le aceleraba y la esperanza inundaba sus venas. No sabía si abrazarlo o besarlo, de modo que se limitó a sonreír con tal pasión que las mejillas le dolían.
    —Es increíble que algo tan sencillo pueda hacerte tan feliz —murmuró él.
    —Es que encajamos —asintió Lucero mientras le tomaba el rostro entre las manos ahuecadas.
    Manuel le sujetó la nuca con una mano, le abrazó por la cintura con el brazo libre y la izó hasta que sus labios estuvieron a la misma altura.
    Era como si nunca se hubiera separado. La besó como había hecho en tantas ocasiones, sólo que… había algo diferente que ella no lograba descifrar. Algo más profundo, más emotivo.
    Lucero suspiró contra sus labios con una mezcla de tristeza y felicidad. Cuando al fin Manuel se apartó, la miró con ojos oscuros mientras su cuerpo se estremecía contra ella y deslizaba una mano hasta su mejilla para acariciarla.
    —Una parte de mí te recuerda, Lucero. Una parte de mí se siente como si hubiera regresado a casa cada vez que te beso. Eso tiene que significar algo.
    —Encontraremos el camino de regreso, Manu. No te dejaré marchar así como así. No te dejaré marchar sin luchar. Conseguiré que recuerdes. No sólo por tu felicidad, sino por la mía también.
    —Me fascinas, Lucero. Y empiezo a comprender que cayera rendido ante ti desde el principio.
    —Vamos a conseguirlo —contestó ella con convicción—. Juntos haremos que regrese.
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    Re: ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Danny Centeno el Sáb Mar 23, 2013 3:20 am

    que cosa mas hermosaaaaaaa :3 me muero de tenuraaaaa!!!!
    gracias por los caps Paoooo!! siguela prontoo!
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    Re: ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Cherey Valentina el Sáb Mar 23, 2013 9:28 am

    Csm me mieeee de la risa cuando dijo lo del pene jajajajajajajajajajaja pinche Lucero como la adoro :')
    manu es tan kjdksjasaljdalñskajdk ♥
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    Mensaje  Paola casandra el Sáb Mar 23, 2013 6:44 pm

    Capitulo 10

    El vuelo de regreso a Houston le resultó a Lucero mucho mejor que el de ida a Nueva York.
    —Tengo el coche aparcado aquí —insistió Lucero al llegar a Houston—. ¿Por qué no podemos usarlo?
    —Iríamos más cómodos si me dejaras organizar el traslado —contestó él.
    — ¿Y qué voy a hacer sin mi coche? Nos hará falta en la isla.
    —De acuerdo —suspiró Manuel mientras recogían el equipaje—. Iremos en tu coche, pero no vas a conducir. Ya llevas todo el día de viaje.
    — ¿Dónde está el maldito aparcamiento? —Exclamó él tras un buen rato empujando el carrito con las maletas—. ¿En Galveston?
    —Hay que andar un poco —admitió ella—. Una vez allí, tomaremos el ascensor al último piso.
    — ¿Por qué has aparcado en el tejado?
    —Empecé a dar vueltas —ella se encogió de hombros—, y de repente estaba en el tejado.
    Al fin llegaron al ascensor y poco después estaban junto al coche.
    — ¡Qué demonios…!
    Ella lo miró perpleja.
    — ¿Eso es tu coche? —preguntó él.
    — ¿Le pasa algo malo? —ella contempló su Mini Cooper y asintió.
    — ¿Esperas que quepamos el equipaje y yo, en esa lata?
    —Deja de protestar —lo reprendió ella con dulzura—. El coche tiene baca y estoy segura de que llevo unos pulpos por alguna parte.
    Tras llenar el maletero, apilaron el resto del equipaje en la parte trasera del coche.
    —Ya está —exclamó Lucero triunfalmente—. Y ni siquiera nos han hecho falta los pulpos.
    Lucero hizo una mueca al verlo encajar las piernas en el reducido espacio. Las rodillas quedaron aprisionadas contra el salpicadero y Manuel parecía de todo menos cómodo.
    —Lo siento —murmuró ella mientras se acomodaba en el asiento del conductor—. No lo había pensado. Nunca se había subido a mi coche alguien con las piernas tan largas.
    — ¿Y cómo tenías pensado transportar al bebé después de que nazca?
    —En una sillita para coche, por supuesto —contestó ella mientras salían del aparcamiento.
    — ¿Y tú crees que la sillita entrará en este coche? Y aunque consiguieras meterla, si sufres un accidente, es poco probable que sobreviváis alguno de los dos.
    —Es lo que tengo, Manuel. No puedo hacer gran cosa. Y ahora, cambiemos de tema.
    — ¿Cuánto durará el trayecto?
    —Una hora hasta Galveston —ella suspiró—. Después nos quedará media hora en ferri hasta la isla Moon. De modo que en dos horas, si no hay problemas de tráfico, llegaremos.
    Media hora más tarde estaban completamente atascados en la autovía. Lucero soltó un juramento y Manuel se movió inquieto en el asiento.
    —Ya sé lo que vas a decir —se apresuró ella cuando Joseph se volvió a mirarla—. Deberíamos haber dejado mi coche en el aeropuerto. Los atascos son una triste realidad en Houston.
    —En realidad iba a decir que, afortunadamente, había ido al baño antes de abandonar el aeropuerto —él sonrió.
    —Pues da gracias por no estar embarazado —Lucero suspiró.
    — ¿Quieres que conduzca yo? Manuel arqueó una ceja.
    —No podrías conducir con las rodillas aplastadas contra la barbilla —ella sacudió la cabeza.
    —Cuéntame qué haces en tu vida —quiso saber él—. Me refiero a si trabajas. Dijiste que te habías hecho cargo de tu abuela, pero no tengo claro si te ocupa todo el tiempo.
    —No —Lucero sonrió—. Mama aún se vale por sí misma. En realidad nos cuidamos mutuamente. En cuanto a mí, hago de todo un poco. Soy la chica para todo de la isla.
    Él la miró con curiosidad.
    —Si necesitas ponerle título a mi trabajo, básicamente soy una consultora.
    —Ahora has conseguido despertar mi curiosidad. ¿Exactamente qué haces?
    —Un día a la semana me ocupo de la correspondencia del alcalde. Es un hombre mayor y no se le dan bien los ordenadores ni internet.
    — ¿Y ese tipo ha conseguido que le voten?
    —Nuestra isla es bastante tolerante con las viejas costumbres —Lucero rio—. A pesar de disponer de todas las comodidades modernas, como internet, televisión por cable y demás, un elevado porcentaje de la población es muy feliz sin tecnología.
    —Me entran escalofríos sólo de oírte —Manuel sacudió la cabeza—. ¿Cómo puede alguien ser feliz viviendo en la Edad Media?
    — ¡Por favor! En cuanto conseguí alejarte de la BlackBerry y del portátil, te divertiste de lo lindo. Pasaste una semana entera sin usarlos. ¡Una semana!
    —Sin duda todo un récord —murmuró él.
    — ¡Mira! Los coches se mueven.
    Lucero arrancó, deseaba desesperadamente revivir las semanas compartidas con Manuel en la isla, recorrer con él todos los pasos que habían dado anteriormente.
    Deseaba que recordara porque, si no lo hacía, nada volvería a ser igual entre ellos. Manuel se resistía a la idea de haber estado con ella y su única esperanza era que recordara y…
    Y entonces, tal y como le había dicho la noche anterior, tendría que vivir el resto de su vida sabiendo que una parte de él rechazaba la idea de que hubieran sido amantes.
    — ¿En qué piensas?
    —En nada especial —mintió ella.
    —Entonces no merece la pena pensar.
    —Estoy nerviosa, Manuel —admitió al fin.
    Se mordió el labio preguntándose si no debería cerrar la boca. Siempre era sincera y jamás reculaba ante la verdad, por incómoda que resultara. Estaba convencida de que si la gente hablara más de sus problemas, no habría tantos problemas.
    A Manuel, el antiguo Manuel, no le había molestado que dijera lo que pensaba y habían disfrutado de largas conversaciones en las que le había confesado sus pensamientos.
    Pero en esos momentos sentía reservas ante tanta sinceridad. Y odiaba esa sensación de inseguridad.
    —¿Por qué estás nerviosa? —preguntó él con delicadeza.
    —Por ti. Por mí. Por nosotros. ¿Y si no funciona? Tengo la sensación de que es mi única oportunidad y que si no recuperas la memoria, te habré perdido.
    —Independientemente de si recupero la memoria o no, está el bebé. No voy a desaparecer sólo porque no recuerde los detalles de su concepción.
    —Hablas como si ya hubieses aceptado que sea tuyo.
    —Reconozco la posibilidad de que sea así —él se encogió de hombros—. Y, hasta que alguien me demuestre lo contrario, he decidido pensar en él como en mi hijo.
    —Gracias —Lucero sintió una opresión en el pecho—. De momento me basta. Hasta que aclaremos lo demás, me basta con que aceptes a nuestro bebé.
    —Y a ti.
    Ella lo miró un instante antes de devolver su atención a la carretera.
    —Desde luego, hay algo entre nosotros —Manuel apartó la mano de la nuca de Lucero —. Si acepto que podríamos haber engendrado un hijo, tendré que aceptar que fuimos amantes.
    —Eso espero —contestó ella.
    —Dime una cosa, Lucero, ¿aún me amas?
    —Eso no es justo —susurró ella—. No puedes esperar que me sincere ante ti cuando existe la posibilidad de que jamás recuperemos lo que tuvimos. No puedes esperar que admita amar a un hombre que me considera una completa extraña.
    —Extraña no —le corrigió él—. He reconocido que es evidente que hubo algo entre nosotros.
    —Algo, pero no todo —la voz de ella reflejaba dolor—. No me lo preguntes, Manuel, no hasta que no me recuerdes. Y entonces, pregúntamelo.
    —De acuerdo —él le acarició la mejilla—. Cuando llegue el momento, te lo preguntaré.

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    Re: ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Cherey Valentina el Dom Mar 24, 2013 9:39 am

    Shocked ahoraaaaaa ¿queeeee? ¿por qué la de allí? ¿XQ? ¿XQ? ¿XQ?
    ¿XQ?
    ¿XQ? ¿XQ? ¿XQ? ¿XQ? ¿XQ? ¿XQ? ¿XQ?
    ¿XQ? ¿XQ? ¿XQ? ¿XQ? ¿XQ? ¿XQ? ¿XQ? ¿XQ? ¿XQ? ¿XQ? ¿XQ? ¿XQ?
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    Re: ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Danny Centeno el Dom Mar 24, 2013 11:49 am

    Shocked Paola porque la dejas ahí?
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    Re: ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Cherey Valentina el Dom Mar 24, 2013 3:17 pm

    Danny Centeno escribió: Shocked Paola porque la dejas ahí?
    SEGUILA SEGUILA SEGUILAAA... bounce
    Toche Daniela, no ve que si comenta yo creo que Pao subio cap.
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    Re: ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Danny Centeno el Dom Mar 24, 2013 3:21 pm

    Cherey Valentina escribió:
    Danny Centeno escribió: Shocked Paola porque la dejas ahí?
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    Toche Daniela, no ve que si comenta yo creo que Pao subio cap.
    Jajajajaja Lo siento así me Pasa a mi puej!!!
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    Re: ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Cherey Valentina el Dom Mar 24, 2013 3:24 pm

    Danny Centeno escribió:
    Cherey Valentina escribió:
    Danny Centeno escribió: Shocked Paola porque la dejas ahí?
    SEGUILA SEGUILA SEGUILAAA... bounce
    Toche Daniela, no ve que si comenta yo creo que Pao subio cap.
    Jajajajaja Lo siento así me Pasa a mi puej!!!
    Casi me desmayo Sad(((((
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    Re: ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Danny Centeno el Dom Mar 24, 2013 4:40 pm

    Cherey Valentina escribió:
    Danny Centeno escribió:
    Cherey Valentina escribió:
    Danny Centeno escribió: Shocked Paola porque la dejas ahí?
    SEGUILA SEGUILA SEGUILAAA... bounce
    Toche Daniela, no ve que si comenta yo creo que Pao subio cap.
    Jajajajaja Lo siento así me Pasa a mi puej!!!
    Casi me desmayo Sad(((((
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    Re: ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Cherey Valentina el Dom Mar 24, 2013 4:53 pm

    Danny Centeno escribió:
    Cherey Valentina escribió:
    Danny Centeno escribió:
    Cherey Valentina escribió:
    Danny Centeno escribió: Shocked Paola porque la dejas ahí?
    SEGUILA SEGUILA SEGUILAAA... bounce
    Toche Daniela, no ve que si comenta yo creo que Pao subio cap.
    Jajajajaja Lo siento así me Pasa a mi puej!!!
    Casi me desmayo Sad(((((
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    Pao si lees esto, please sube cap Sad o si no... Danny y yo nos desmayamos.
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    Me incluyo en el desmayo, tambien quiero cap si? :'(

    Mensaje  AnyeMl el Dom Mar 24, 2013 6:16 pm

    Cherey Valentina escribió:
    Danny Centeno escribió:
    Cherey Valentina escribió:
    Danny Centeno escribió:
    Cherey Valentina escribió:
    Danny Centeno escribió: Shocked Paola porque la dejas ahí?
    SEGUILA SEGUILA SEGUILAAA... bounce
    Toche Daniela, no ve que si comenta yo creo que Pao subio cap.
    Jajajajaja Lo siento así me Pasa a mi puej!!!
    Casi me desmayo Sad(((((
    Quiero cap Sad
    Pao si lees esto, please sube cap Sad o si no... Danny y yo nos desmayamos.
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    ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Paola casandra el Dom Mar 24, 2013 8:54 pm

    Wink ES UN CAPITULO MUY LARGO DISCULPEN SI SE ME PASARON ALGUNOS NOMBRES ESPERO LO DISFRUTEN! Smile

    Capitulo 11


    Después de lo que pareció una eternidad, Lucero subió el coche al ferri. Para sorpresa de Manuel, ella abrió la puerta y se bajó del coche.
    — ¿Adónde vas?
    —Venga, Manu —Lucero se asomó al interior del coche—. Hay una puesta de sol preciosa.
    Salió del coche y estiró las doloridas piernas. Respiró profundamente y disfrutó del aire salado. La brisa le revolvió los cabellos, pero la sintió cálida a pesar del frescor de la noche.
    En su impaciencia, Lucero le agarró de la mano y tiró de él hacia la cubierta, donde otras personas se habían congregado. Algunos habían optado por permanecer en los coches, pero otros, como Lucero, se asomaban por la barandilla para contemplar el estallido dorado en el horizonte. Rosas, morados y azules se mezclaban con el oro y se extendían por el cielo que parecía respirar fuego.
    — ¿No te parece hermoso?
    —Desde luego —Manuel miró a Lucero y asintió.
    —Tú no ves muchas puestas de sol.
    — ¿Y qué se supone que significa eso?
    —Una vez dijiste que estabas demasiado ocupado para verlas —ella se encogió de hombros—. Normalmente trabajabas hasta tarde y siempre con prisas. De modo que me empeñé en enseñarte tantas como pude. Y voy a tener que hacerlo otra vez. ¡Mira! ¡Delfines!
    Manuel miró hacia donde ella señalaba y vio varios ejemplares arquearse y desaparecer bajo el agua.
    —Suelen acompañar al ferri —le explicó ella.
    — ¡Míralos otra vez! —Manuel se vio atrapado por la emoción del momento.
    Lucero sonrió y le agarró del brazo con ternura. Parecía un gesto de lo más natural y, muy pegaditos el uno al otro, contemplaron los delfines.
    Manuel sacudió la cabeza ante la absurdez de la situación. Estaba en un ferri, sin teléfono ni conexión a internet. Se había dejado la BlackBerry en el coche y, sobre todo, estaba viendo jugar a unos delfines, agarrado a la madre de su hijo.
    Había oído hablar de las experiencias cercanas a la muerte y de cómo podían transformar a una persona, pero al parecer su transformación había comenzado antes del accidente.
    Acarició el brazo de Lucero con el dorso de la mano antes de besarla suavemente en la coronilla. Después suspiró. Tenía que admitir que le gustaba la perspectiva de pasar unos días con ella en la isla. Y no era solamente por su deseo de recuperar la memoria.
    Ella lo abrazó con fuerza por la cintura. Fue un abrazo cálido, nada sexual. Reconfortante. Por extraño que pareciera, se sentía cómodo a su lado. Una completa extraña. Alguien a quien no recordaba haber visto en su vida.
    La abrazó con fuerza y hundió el rostro entre los fragantes rizos rubios. Y entonces deslizó una mano hasta la redondeada barriga.
    Ella se puso rígida durante unos instantes y volvió lentamente el rostro hacia él.
    Manuel siguió explorando la barriga. Algo que sólo pudo definir como mágico inundó su corazón, provocándole una opresión en el pecho.
    Era su hijo.
    De alguna manera, lo supo.
    Iba a ser padre.
    La consciencia lo aturdió y, al mismo tiempo, lo maravilló. No había planeado ser padre, al contrario, era sumamente cuidadoso en sus relaciones sexuales, casi neurótico ante la posibilidad de un embarazo no deseado.
    ¿Se había descuidado a propósito con Lucero? ¿Había considerado la posibilidad de engendrar un hijo con ella? ¿Había considerado ella esa posibilidad?
    Frunció el ceño al recordar el estallido de ira de la joven al afirmar que no le había bastado con engañarla y abandonarla, sino que también había tenido que dejarla embarazada. No parecía la reacción típica de una mujer que deseara tener un hijo.
    Era evidente que ninguno de los dos lo había planeado, pero también lo era que no se habían esforzado mucho por evitarlo.
    La besó en los labios y ella sonrió, acurrucándose contra él. Después suspiró y se apartó.
    —Casi hemos llegado. Deberíamos regresar al coche.
    Lucero encendió las luces del coche e inició el trayecto hacia su casa. Al ver varios coches aparcados en la carretera cercana a su calle, frunció el ceño.
    El corazón le empezó a latir con fuerza. ¿Le habría pasado algo a Mama?
    Uno de los coches era el del alcalde. ¿Qué hacía allí?
    Aparcó frente a la puerta y apagó el motor. Su abuela salió al porche seguida del alcalde Daniels, que fruncía el ceño, y el sheriff Taylor, que no parecía mucho más contento.
    —Mama, ¿va todo bien? —Lucero salió del coche—. ¿Estás bien?
    —Cariño, estoy bien, siento haberte asustado. El alcalde y el sheriff querían hacerme algunas preguntas —la mujer miró a Manuel—. Todos queremos hacerlas.
    — ¿Y no podía esperar? —Lucero frunció el ceño mientras miraba al alcalde—. Hemos viajado durante todo el día y estuvimos atascados en la interestatal.
    El alcalde empezó a agitar un dedo, como hacía siempre que se ponía nervioso y el sheriff apoyó una mano en su hombro.
    —Tranquilo, Rupert, dale la oportunidad de explicarse.
    —¿Explicar el qué? —exigió saber Lucero.
    —Explicar por qué llegó ayer a la isla un ferri cargado de material de construcción, y por qué están preparados para empezar a construir un complejo hotelero en las tierras que vendiste a Tricorp Invesment —contestó el alcalde, agitando el dedo hacia Lucero.
    —Debe ser un error, alcalde —ella sacudió la cabeza obstinadamente—. He estado toda la semana en Nueva York para aclarar este lío. De haber estado programada la construcción, Manuel me lo habría dicho. Además, yo no vendí a Tricorp, vendí a Manuel.
    —No ha habido ningún error, Bry —el sheriff hizo un gesto de disgusto—. Yo mismo hablé con los hombres. Les pedí los permisos. Todo es legal, incluso me enseñaron los planos. Toda esa franja de playa va a convertirse en un complejo vacacional con su helipuerto.
    Lucero se volvió boquiabierta a Manuel.
    —¿Manuel? —preguntó angustiada, sin apenas poder respirar.
    ---------
    Manuel soltó un juramento mientras se enfrentaba a cuatro miradas acusadoras, aunque la de Lucero era más bien confusa, en su rostro se reflejaba dolor y estupor.
    —Escúcheme bien —empezó el alcalde dando un paso al frente.
    Manuel miró con dureza al hombre, que reculó.
    —Éste es un asunto entre Lucero y yo —proclamó—. Y tal y como ha dicho, estamos cansados del largo viaje. Ella está embarazada y agotada. No pienso quedarme aquí de pie en la calle a discutir con ustedes.
    —Pero… —el alcalde se volvió hacia el sheriff—. ¿Silas? ¿Vas a permitir que se libre de esto?
    —No está haciendo nada ilegal, Rupert —el sheriff suspiró y se ajustó el sombrero—. Puede que no sea ético, pero no es ilegal. Es el dueño de la tierra. Puede hacer lo que quiera.
    —¿Manuel? ¿Has aprobado tú esto? ¿Es verdad que van a iniciar la construcción? —preguntó Lucero con un hilillo de voz.
    —Lo hablaremos en privado —contestó él con voz tensa.
    — ¿Quieres que se quede, Bry? —preguntó el sheriff.
    Lucero se frotó la frente con una mano, como si no supiera qué contestar. Su mirada reflejaba dolor y un profundo cansancio, como si hubiera perdido toda la energía.
    Manuel se acercó a ella y la abrazó por la cintura.
    —Hablaremos dentro —insistió.
    —Se quedará aquí —tras mirarlo inquisitivamente, Lucero se dirigió a los otros dos hombres.
    — ¿Y qué pasa con la construcción? —preguntó Rupert muy agitado—. ¿Qué se supone que voy a decirle a todo el mundo? No fui yo quien le vendió esa tierra a un extraño, pero sucedió conmigo al frente. Jamás seré reelegido si se sabe que la isla se fue al garete durante mi mandato.
    —Rupert, cállate —intervino la abuela de Lucero—. Mi nieta ya está lo bastante alterada como para que des la lata con tu carrera política.
    —Venga, Rupert. No sirve de nada quedarnos aquí en la calle. Ya tendremos tiempo de aclararlo mañana —asintió Silas mientras empujaba al otro hombre hacia su coche.
    Las dos mujeres se abrazaron.
    —Me alegro de que hayas vuelto. Me preocupo mucho cuando viajas, sobre todo a Nueva York.
    Mama abrazó a Manuel y le dio una palmada en la mejilla.
    —Bienvenido, jovencito. Me alegra que encontraras el camino de regreso.
    Y con eso se dirigió por un camino de piedra hacia el patio adyacente.
    — ¿Estará bien? —Preguntó Manuel—. ¿No deberíamos acompañarla a su casa?
    —Vive aquí al lado —Lucero suspiró—. A unos pasos de mi puerta.
    —Entiendo. Lo siento.
    —Sí, ya sé que no lo recuerdas.
    Sin embargo, el tono de voz carecía de la paciencia y comprensión que había demostrado hasta ese momento.
    Demonios. Tiempo atrás habría asegurado que, tratándose de negocios, no tenía conciencia. El negocio era el negocio. Nada personal. Pero de repente… era muy personal.
    —Vamos —dijo ella—. Tenemos que llevar el equipaje dentro.
    —Entra tú —Manuel apoyó una mano en su brazo—. Yo traeré las maletas.
    Lucero se encogió de hombros y entró en su casa, dejando a Manuel en la calle.
    De modo que era allí donde había pasado tantos días con sus noches. Allí donde su vida, supuestamente, había sufrido un drástico cambio. Sin embargo, no sintió nada especial.
    Tuvo que hacer dos viajes para llevar todo el equipaje. Al entrar, miró a su alrededor, intentando percibir alguna sensación de ese lugar al que Lucero llamaba hogar. Reflejaba completamente su personalidad: soleado, alegre y un poco abarrotado.
    Ella miraba por la ventana, dándole la espalda con los brazos cruzados.
    — ¿Sabías lo de la construcción? ¿Diste la orden para que comenzara? —preguntó.
    — ¿Quieres que te mienta, Lucero? —él suspiró—. Pues no lo haré. Sí, ordené que comenzara la construcción. Y habría empezado mucho antes de no ser por mi accidente. Mis inversores están impacientes y quieren ver algún progreso a cambio de su dinero.
    —Me lo prometiste —exclamó ella.
    Manuel se mesó los cabellos deseando poder cambiarlo todo.
    —Sabes que no lo recuerdo —contestó—. Por lo que yo sé, compré la tierra, cerré el trato y adquirí el derecho a hacer lo que quisiera con la propiedad. En el contrato no figura nada que me indique qué uso debo darle. Jamás habría firmado algo así.
    ¿Por qué no conseguía recordar? Estaba seguro de no haberle hecho ninguna promesa. Iba contra toda lógica. ¿Cómo iba a comprar una tierra y prometer no construir en ella?
    Se acercó a Lucero y apoyó una mano en su hombro. Ella dio un respingo y levantó el hombro para apartarse, pero él no se lo permitió.
    —Lucero, te repito una vez más que no pretendo hacerte daño. No recuerdo nada. Dices que te hice una promesa, pero no tengo ninguna prueba de ello. La única prueba de que dispongo es el contrato de venta con tu firma al pie de los documentos.
    Ella lo miró con los ojos anegados en lágrimas.
    —Desde el principio te dejé claro que no te vendería la propiedad a no ser que me prometieras que no construirías en ella a gran escala. Me miraste a los ojos y me prometiste que no entraba dentro de tus planes. Y me mentiste, Manuel. Ya tenías a los inversores, los planos y una agenda planificada. Acabas de decir que tu accidente retrasó el comienzo de la construcción.
    Manuel sabía que uno de los dos mentía, y no quería ser él. Pero tampoco que fuera ella.
    —Maldita sea, Lucero, me niego a sentirme culpable por algo que no recuerdo.
    —Deberíamos dormir un poco —contestó ella—. No sirve de mucho discutir cuando los dos estamos tan cansados, y yo tan alterada. Te mostraré el cuarto de invitados.
    Manuel respiró hondo, sintiéndose como un idiota por lo que estaba a punto de decir.
    —Paralizaré temporalmente las obras hasta que aclaremos las cosas entre nosotros y yo recupere la memoria.
    Lucero parpadeó perpleja. Aparentemente, era lo último que esperaba oír de él.
    — ¿En serio?
    —Lo haría esta misma noche, pero no habrá nadie allí —asintió él—. Mañana me presentaré y me aseguraré de que no se haga nada hasta que yo dé la orden.
    Lucero se lanzó en sus brazos y lo abrazó con tanta fuerza que le costaba respirar.
    —Cada vez que creo que me has traicionado, haces algo para que cambie de idea —susurró—. Cada vez que pienso que he perdido al Manuel del que me enamoré, haces algo para que sepa que sigue ahí.
    Manuel no estaba seguro de gustarle oír eso. Hacía que pareciera una especie de doctor Jekyll y míster Hyde. Demonios, quizás se había vuelto loco.
    Daniel, Gustavo y Alexandro lo iban a matar.
    -------
    — ¿Qué dices que has hecho?
    Manuel alejó el teléfono de la oreja y dio un respingo ante la retahíla de improperios.
    —Salgo para la isla. Vamos todos —exclamó Gustavo—. Esto es justo lo que yo temía que ocurriera. Las obras deben comenzar de inmediato.
    Manuel paseaba junto al pequeño risco sobre el mar mientras Lucero esperaba en el coche. Los obreros no se habían mostrado muy contentos al saber que las obras se paralizarían, hasta que Manuel les prometió pagarles el salario completo durante la espera.
    —No mováis el culo de Nueva York —contestó a su amigo—. No necesito tres niñeras. He hecho lo correcto, Gustavo. Hasta saber qué demonios prometí o dejé de prometer, o lo que sucedió la primera vez que vine aquí, lo correcto es esperar.
    — ¿Y desde cuándo te preocupas por lo correcto? —Preguntó Gustavo—. Estamos hablando de negocios. Cueste lo que cueste, hay que seguir adelante.
    — ¿Y qué sabes tú de este trato, Devon? ¿Qué es lo que no me estás contando?
    —Escucha —contestó su amigo tras un prolongado silencio—, no sé lo que sucedió allí. Lo que sé es que antes de que te marcharas de Nueva York dijiste que volverías con un contrato de venta y que te importaba un bledo cómo conseguirlo.
    Manuel se dirigió de regreso al coche y vio a Lucero apoyada contra la puerta.
    —Pues de momento no voy a cambiar de opinión —continuó tranquilamente la conversación—. Asumo toda la responsabilidad.
    —Por supuesto que la asumes —exclamó Gustavo irritado—. Todos hemos hecho sacrificios, Manuel. Con este complejo de vacaciones y la fusión con hoteles Copeland, estamos a punto de ser muy ricos. Seremos la mayor empresa vacacional de lujo del mundo.
    Manuel suspiró. Era consciente de los sacrificios hechos por todos. Gustavo incluso iba a casarse con la hija de Copeland para consolidar el trato. Estaban a punto de conseguir todo aquello que habían deseado.
    —Confía en mí, Gus. Dame un poco de tiempo. Lo solucionaré, siempre lo hago.
    —Una semana, Manu —contestó su amigo tras emitir un prolongado suspiro—. Si dentro de una semana no han empezado las obras, iré allí con Dani y Alex.
    Manuel colgó el teléfono y lo guardó en el bolsillo. Suspiró y se acercó al coche de Lucero. Debía estar cansada, al igual que él, apenas había dormido.
    Debía concentrarse en recuperar la memoria y aclarar su relación con Lucero Hogaza.
    — ¿Va todo bien? —preguntó ella mirándolo de reojo.
    —Sí —Manuel arrancó el coche.
    — ¿Te apetece desayunar?
    Él emitió una especie de gruñido. No pareció un «no», de modo que lo tomó por un «sí».
    —Te prepararé tu desayuno favorito.
    — ¿Mi favorito? —él la miró de reojo.
    —Huevos Benedictina.
    —Eso es —murmuró Manuel—. Supongo que ya te lo había dicho.
    —Sí.
    Por el gesto hosco, era más que evidente que a Manuel no le apetecía hablar. A ella le gustaba madrugar, pero a su abuela no tanto y siempre la acusaba de estar demasiado animada por las mañanas, y más de una vez le había dicho que se callara y la dejara en paz.
    —Gracias.
    Él ladeó la cabeza.
    —Por lo que has hecho. Significa mucho, no sólo para mí, también para la gente de la isla.
    —Debes comprender que se trata sólo de una solución temporal —él parecía incómodo—. No puedo suspenderlo indefinidamente. Hay muchas personas que dependen de mí y que me han confiado su dinero.
    —Pero comprenderás que jamás te habría vendido la tierra si no me hubieras hecho esa promesa —contestó ella—. El resultado sería el mismo.
    —No hablemos más de ello por ahora —Manuel suspiró y le apretó la mano—. No hay una solución sencilla, recupere o no la memoria.
    Por primera vez ella consideró su punto de vista. Si había dicho la verdad, no le debía haber resultado nada fácil anular la operación.
    Por mucho que le hubiera mentido anteriormente, en esos momentos se comportaba honorablemente, y le iba a salir muy caro.
    —Comprendo que no es fácil para ti — Lucero lo besó suavemente en la mejilla—, y aprecio el gesto. He recibido la llamada del sheriff y del alcalde.
    — ¿Están enfadados contigo? —preguntó él.
    —Creen que soy joven e ingenua —ella suspiró—. Están demasiado ocupados lamentándolo por mí por haber sido engañada por un seductor.
    —Es tu tierra —contestó Manuel irritado—. No puedes permitir que otros te obliguen a quedártela sólo porque no quieran ver cambiar sus vidas.
    —Crecí aquí —Lucero se encogió de hombros—. Me consideran un miembro de su familia. Y la familia no se traiciona. Muchos opinan que he hecho exactamente eso, y quizás tengan razón. Sabía que si tú y yo seguíamos juntos, no me quedaría aquí. Sabía que tendría que trasladarme a la ciudad por tus negocios. Y en aquellos momentos no me importó.
    Manuel aparcó el coche en el camino de entrada de la casa y apagó el motor.
    —O sea que estabas dispuesta a abandonarlo todo por estar conmigo.
    —Sí —contestó ella—. Es la verdad. Y no lo digo para hacerte sentir culpable.
    —No sé qué decir.
    —No digamos nada —Lucero sonrió—. Desayunemos. Me muero de hambre. Después iremos a comprarte algunas cosas y quizás luego nos sentemos en la terraza a disfrutar del día.
    De repente, y después de que el día no hubiera arrancado demasiado bien, Manuel se sintió animado ante los planes que tenían por delante.



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    Re: ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Danny Centeno el Lun Mar 25, 2013 2:11 am

    HERMOOOOOOOOOOOOOOSO CAP! I love you Smile
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    Re: ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Cherey Valentina el Lun Mar 25, 2013 9:52 am

    Shocked sigueeee
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    Paola casandra
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    Re: ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Paola casandra el Mar Mar 26, 2013 11:34 pm

    Capitulo 12

    Lucero arrastró a Manuel de tienda en tienda, obligándole a probarse ropa más informal, como unos vaqueros, que ajustaban a la perfección al redondeado trasero y las musculosas piernas. Y una simple camiseta hacía resaltar los impresionantes músculos de su torso.
    Manuel salió del probador con gesto incómodo. Iba descalzo.
    Lucero se encontró babeando por un hombre descalzo y con vaqueros. Y no era la única.
    — ¡Madre mía! —Exclamó Stella Jones—. Cariño, menudo ejemplar tienes ahí. No me malinterpretes, pero no he visto a nadie rellenar unos vaqueros así.

    Lucero taladró a la vendedora con la mirada, pero tuvo que admitir que tenía razón.
    — ¿Contenta? —preguntó Manuel con amargura mientras alzaba las manos.
    —Desde luego —murmuró Lucero—. Yo y todas las mujeres de esta isla.
    — ¿Incluyo algún otro pantalón como ése? —Stella rio.
    —Y más camisetas. Montones de camisetas. Una blanca, y quizás otra roja.
    —El verde tampoco le iría nada mal con esos ojos y cabellos oscuros —aconsejó la mujer.
    —Mientras vosotras lo decidís, voy a cambiarme —Manuel puso los ojos en blanco.
    — ¡No! —Exclamó Lucero—. Déjatelo puesto. Así estarás más cómodo.
    —Y los demás también —murmuró Stella mientras elegía más ropa.
    — ¿Entonces te gusto vestido con vaqueros? —Manuel sonrió.
    —Creo que la palabra «gustar», no le hace justicia —contestó ella.
    A pesar de que Lucero se había prodigado en gestos cariñosos durante todo el día, Manuel no había hecho lo propio, pero en ese momento la abrazó con ternura.
    —A mí también me gustas con vaqueros —observó él con una sonrisa torcida.
    —Sí, claro, pero los míos son anchos y con cinturilla elástica de premamá.
    —Pues se ajustan perfectamente a tu trasero.
    Y para ilustrar el comentario, deslizó la mano hasta ese punto de su anatomía.
    —La isla entera va a chismorrear —murmuró Lucero.
    —Como si no lo estuvieran haciendo ya —bufó él—. Creo que toda la población está en la calle para vernos, incluso para felicitarme por paralizar las obras. Y creo que es un secreto a voces que el bebé es mío. ¿Sobre qué más podrían chismorrear?
    —Tienes razón.
    — ¿Por qué no regresamos a tu casa y te preparo la comida? —Manuel la besó delicadamente.
    — ¿En qué estás pensando? —ella arqueó las cejas.
    —No lo sé, pero has preparado el desayuno y me has llevado de un sitio a otro toda la mañana. Lo menos que puedo hacer es mimarte un poco. ¿Qué tal los pies?
    —Los pies están bien —ella rio conmovida—, pero no diría que no a un masaje.
    —Creo que podrá arreglarse —Manuel le dedicó una cálida sonrisa.
    —¡Oh, Manuel! —Lucero le rodeó el cuello con los brazos—. Ha sido un día perfecto.
    Manuel la miró con expresión confusa, como si no supiera cómo reaccionar.
    —No sabía que comprar vaqueros te hiciera tan feliz —bromeó.
    —Sólo cuando te veo con ellos puestos.
    —Pues vámonos — Manuel le dio una afectuosa palmada en el trasero—. Tanta compra me ha abierto el apetito.
    Lucero entrelazó su mano con la de él, encantada con la cercanía que se había establecido entre ellos. Con o sin recuerdos, Manuel había cambiado nada más desembarcar en la isla. Se parecía más al hombre relajado y de trato fácil del que se había enamorado.
    De regreso a su casa, lucero le indicó que aparcara el coche frente a la casa de su abuela.
    —Quiero ver si está bien. No suelo dejarla sola tanto tiempo.
    —Por supuesto — Manuel asintió—. ¿Quieres que me vaya a tu casa y prepare la comida?
    —Sólo si es lo que tú quieres. No me importa que me acompañes, a no ser que te sientas incómodo. Sólo hablaré con ella un par de minutos. Para asegurarme de que todo va bien.
    —Entonces te acompañaré —contestó él—. Me gustaría recuperar la relación con ella. Parecéis muy unidas. ¿Pasé mucho tiempo con ella la otra vez?
    —Os llevabais estupendamente —Lucero sonrió—. Solías ir a verla casi todos los días, aunque yo no estuviera. La mimabas con sus flores preferidas y un montón de bollitos.
    —Suena… agradable —contestó él, aunque la mera idea le parecía ridícula.
    —Lo dices como si no fueras una persona… agradable.
    —En más de una ocasión me han aplicado el calificativo de bastardo —él se encogió de hombros—. Sin ir más lejos, esta mañana. Me han llamado de todo: despiadado, prepotente, ambicioso, hijo de perra. Pero, ¿agradable? No.
    —Bueno, pues con mi abuela te portaste de maravilla y yo te amaba por ello —insistió ella—. Y conmigo también eras maravilloso. Quizás no te relacionas con la gente apropiada.
    —Puede que tengas razón —rio él.
    —Deja de preocuparte tanto por lo que eras o no eras —Lucero le apretó el brazo mientras su abuela les hacía un gesto con la mano para que fueran a su casa—. Quizás fuera el momento del cambio. Aquí podías empezar de cero porque nadie te conocía.
    —Pues yo pienso que el secreto está en que eres una mujer especial, Lucero Hogaza.
    Ella volvió a sonreír mientras se bajaba del coche y saludaba a su abuela con la mano.
    —Buenas tardes —Mama sujetó la puerta de mosquitera para que entraran.
    Abrazó a su nieta y a continuación hizo lo propio con Manuel .
    —Vamos, vamos, entrad. Acabo de preparar una jarra de té. Traeré unos vasos. Sentaos en el porche trasero. Hace un día precioso y el mar está espléndido.
    Lucero llevó a Manuel al porche, similar al suyo. La barandilla estaba repleta de tiestos y figuritas decorativas.
    Aunque parecía un poco caótico, reflejaba muy bien la personalidad de su abuela. Mama no era muy aficionada a tirar nada. Con el tiempo sí se desprendía de algunas cosas, pero le gustaba coleccionar objetos que hacían más hogareña su casa.
    —Esto es precioso —admiró Manuel —. Tranquilo y silencioso. No hay muchas extensiones privadas de playa como ésta. Debe ser increíble ser propietario de todo esto.
    —Sí, lo es —Lucero se acomodó en una de las sillas y cerró los ojos con el rostro vuelto hacia el sol—. Toda la isla es así. Por eso somos tan reacios al desarrollo. Pronto la isla será como cualquier otro lugar de vacaciones, con sus camisetas típicas y las tiendas de baratijas.
    —Lo que yo compré no fue más que una gota comparada con la extensión de la isla. Podríais tener lo mejor de ambos mundos. La mayor parte de la isla permanecería intacta, un tranquilo oasis, mientras que una sección diminuta se desarrollaría para que otros pudieran acceder a vuestro paraíso.
    —Lo cierto es que toda esa parte de compartir nuestro paraíso con otros es, precisamente, lo que rechazamos. Hay muchas otras islas a las que pueden ir los turistas. Nosotros sólo pedimos que nos dejen tranquilos. Muchas personas llegaron aquí tras jubilarse, precisamente porque es un lugar tranquilo.
    —Un complejo vacacional no arruinaría la integridad de la isla y daría un impulso a la economía.
    Ella sonrió pacientemente, negándose a enfadarse y arruinar un día perfecto. Además, irritar a Manuel no le haría bien a sus propósitos.
    —No necesitamos una inyección de dinero en nuestra economía —contestó con dulzura.
    —A todo el mundo le viene bien ganar más dinero —él enarcó las cejas incrédulo.
    —No —Lucero sacudió la cabeza—. Muchos de los jubilados que viven aquí eran altos ejecutivos. Algunos incluso eran gerentes de grandes empresas. Tienen más dinero del que podrán gastar en su vida.
    —¿Y los demás? ¿Qué pasa con la gente que ha vivido aquí toda la vida?
    —Son felices —ella se encogió de hombros—. Tenemos pescadores de gambas de tercera y cuarta generación. Tenemos tenderos locales, restauradores… Básicamente se cubren las necesidades de la isla. Vender recuerdos no es una necesidad. Puede que no tengamos mucho, pero salimos adelante y somos felices.
    —Desde luego este lugar es bastante raro —observó él en tono divertido—. Me sorprende que no tengáis conexión a Internet, televisión por cable o antenas de móviles.
    —Nos mantenemos al día —contestó ella—. Pero no estamos especialmente interesados en destacar. Hay algo en nuestro estilo de vida, nuestra gente y nuestra isla que no puede describirse, sólo experimentarse. Como hiciste durante las semanas que estuviste aquí.
    —Y aun así estabas dispuesta a abandonar esta vida. Por mí.
    —Sí —asintió ella tras un largo silencio—. Di por hecho que tendría que hacer algunos cambios. Merecía la pena… tú merecías la pena.
    —Dada tu pasión por esta isla y sus habitantes, me parece increíble que me consideraras merecedor de cualquier sacrificio.
    —Te menosprecias, Manuel. ¿No crees merecértelo? ¿No crees que alguien podría amarte tanto como para abandonar algo importante por estar contigo?
    Manuel fijó su mirada en el mar, como si no tuviera respuesta.
    —A lo mejor es que nunca he conocido a nadie que me tenga en tan alta estima —contestó.
    —De nuevo te relacionas con las personas equivocadas. Y desde luego sales con mujeres que no son las adecuadas.
    La malicia en el tono de voz hizo que él sonriera.
    —¿Por qué tengo la sensación de que intenté alejarme de ti, pero que tú no lo consentiste?
    —De eso nada —ella frunció el ceño—. Parecías… —su expresión se volvió pensativa—. Te mostraste muy abierto a lo que sucedió entre nosotros. Y desde luego fuiste tú quien me persiguió.
    —Empiezo a pensar que tengo un doble que va por ahí suplantándome. Sé que no paro de decirlo, pero ese hombre al que describes es tan distinto a mí que me parece un completo extraño. Si no lo supiera, diría que el accidente fue anterior a mi llegada aquí.
    — ¿Tanto te horroriza?
    —No, yo no he dicho eso —él la miró a los ojos—. No estoy avergonzado ni enfadado. Piensa en cosas que jamás harías. Y ahora imagina que alguien te dice que hiciste todas esas cosas, aunque no las recuerdes. Dirías que se habían vuelto locos ellos, no tú.
    —De acuerdo, lo comprendo. No es que no puedas aceptar a la persona que eras.
    —Es que no le entiendo —musitó Manuel—. Ni entiendo el porqué.
    —A lo mejor al verme decidiste que tenía que ser tuya, aunque te costara la vida.
    —Eso sí lo entiendo —él se acercó a escasos milímetros de su boca—, porque tengo esa sensación cada vez más a menudo.
    Lucero salvó la distancia que los separaba y lo besó con ternura. Él respondió con juguetones y seductores besos en las comisuras de los labios.
    —El té está preparado, pero me parece que no os interesa —rio Mama.
    —Por supuesto que quiero tu té — Manuel se volvió hacia su abuela—. Es el mejor del sur.
    — ¿Y a mí me gusta? —preguntó Manuel con una tímida sonrisa.
    —Ya lo creo, jovencito —Mama le entregó un vaso—. Dijiste que era mejor que todos esos vinos elegantes que bebías en la ciudad.
    —Bueno, pues si lo dije, debe ser verdad — Manuel sonrió mientras tomaba un sorbo.
    —Siéntate, Mama. Hemos venido a verte, no para estar aquí solos.
    —Lucero me contó que habías sufrido un accidente de avión —la anciana se sentó en una silla—. Debió ser muy traumático.
    —No recuerdo gran cosa del accidente — Manuel asintió—, aunque sí tengo algunos recuerdos, sobre todo del alivio que sentí al saberme vivo. Pero el resto está en una nebulosa, incluyendo las semanas anteriores al accidente, como te habrá contado Lucero.
    —Lo siento —Mama asintió—.Lucero estaba muy disgustada. Estaba segura de que la habías engañado, dejándola embarazada.
    —Mama, no… —Lucero sintió cómo el calor ascendía por su nuca.
    —No pasa nada — Manuel se dirigió a Lucero—. Estoy seguro de que ella también estaba enfadada conmigo y no tiene por qué fingir lo contrario.
    —Me gustan los hombres sinceros y directos —ella asintió—. Creo que nos llevaremos bien.
    —Eso espero… —él se interrumpió—. ¿Cómo solía llamarla?
    —Ella es Mama para todos —Lucero rio.
    —Si te resulta más cómodo, puedes llamarme Laura —la mujer le dio una palmada en la pierna—. Casi nadie lo hace, salvo el alcalde, porque considera que un hombre de su posición no debería mostrarse tan familiar.
    —Laura te va bien. Un bonito nombre para una bonita dama.
    Para regocijo de su nieta, la mujer se sonrojó visiblemente.
    — ¿Estás bien, Mama? ¿Necesitas que te traigamos algo? —preguntó Lucero
    —No, hija, estoy bien. Silas vino a verme y le llevó mi lista de la compra a su sobrino, que trabaja ahora como repartidor en la tienda de comestibles.
    — ¿Te tomas el medicamento todos los días?
    —Parece ella la abuela y yo la alocada nieta —Mama puso los ojos en blanco—. Disculpa, pero no fui yo la que se quedó embarazada. Yo sabía tomarme la píldora.
    —¡Mama!
    —Bueno, es verdad —la mujer se encogió de hombros.
    —¡Por Dios! —Gruñó Lucero —. Hoy tienes la escopeta cargada. Debería haberme ido a casa.
    A Manuel le dio un ataque de risa y se le saltaron las lágrimas.
    —Vosotras dos sois divertidísimas.
    —De acuerdo —Lucero se levantó y tiró del brazo de Manuel —. Ya he pasado bastante vergüenza. Está claro que mi abuelita se encuentra en plena forma. Vayámonos a casa, me muero de hambre.
    Manuel soltó otra carcajada y se agachó para besar a Mama en la mejilla.
    —Encantado de volver a conocerte.

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    — ¿Estás cómoda? —preguntó Manuel mientras le ahuecaba la almohada de la espalda.
    Ella se reclinó sobre la tumbona del patio, sonrió a Manuel y suspiró. El día era espléndido, como sólo podía ser un día de otoño en la isla. Bastante cálido, aunque sin el opresivo calor y la humedad del verano. El cielo brillaba azul y sin una sola nube, y el aire, cargado de salitre, le hacía cosquillas en la nariz mientras el sonido del mar la arrullaba.
    —Me mimas demasiado —fingió protestar—. Pero, por favor, sigue. No pienso oponerme.
    Manuel se sentó en el otro extremo de la tumbona y apoyó los pies de Lucero sobre su regazo. Jugueteó con la pulsera tobillera y deslizó un dedo sobre el arco del pie.
    —Tienes unos pies preciosos.
    — ¿Piensas que mis pies son bonitos? —ella lo miró con desconfianza.
    —Pues sí. Me gustan. Además tienes unas piernas estupendas. Un lote muy completo.
    Manuel presionó el arco del pie con el pulgar arrancándole un gemido.
    —Aún sigo amándote, Manuel.
    Las palabras se escaparon de sus labios. Necesitaba liberar ese dolor de su corazón y, aunque se había jurado que no se mostraría vulnerable antes de haber resuelto el problema de la amnesia y el tema de su relación, necesitaba expresarle sus sentimientos.
    Los ojos de Manuel se volvieron más oscuros y la mano abandonó toda ternura para atraerla hacia él, sentándola sobre su regazo y tomándole el rostro entre las manos. Durante largo rato, le acarició la mejilla mirándola a los ojos.
    Después apoyó la frente contra la de ella en un gesto sorprendentemente tierno mientras sujetaba su mano entre los torsos de ambos.
    —Tenía que decírtelo —susurró ella—. He sido sincera. No quiero ocultarte nada. Has venido. Estás haciendo un esfuerzo. Lo menos que puedo hacer es unirme a ti. Si me contenía era por orgullo. No quería humillarme ni mostrarme nuevamente vulnerable ante ti.
    Manuel la besó con labios ardientes y exigentes.
    Saboreó la limonada que había servido con la comida. Ácida y dulce. Lamió las comisuras de los labios antes de hundirse dentro de su boca como si quisiera saborear su interior.
    Siempre que habían hecho el amor había sido un acto deliberado, tierno y seductor. Pero en esos momentos, cada caricia y cada beso estaban cargados de desesperación, como si se muriera de ganas por tocarla o poseerla. Y ella se entregó a ese nuevo hombre.
    —Quiero hacerte el amor, Lucero. Quiero que sepas que te deseo. Ahora mismo no podría importarme menos el pasado o lo que recuerde o deje de recordar. Lo único que sé es que aquí y ahora quiero tocarte y besarte.
    Lucero se puso en pie con toda la elegancia que le permitían sus temblorosas piernas. Después le tomó la mano y entrelazó sus dedos con los de él.
    —Yo también te deseo —anunció—. Cuánto te he echado de menos, Manu.
    Manuel se puso en pie. Le faltaba su habitual compostura y su mirada vibraba de deseo.
    —Lucero, puedes estar segura de que pase lo que pase hoy, e independientemente de lo que haya pasado antes, lo que recuerde y lo que no, nada de eso importará si te entregas a mí de nuevo. Ahora. Si lo hacemos ahora, será como empezar de nuevo. Pasar página.
    —Eso me gustaría —ella frotó su mejilla contra la mano de Manuel y cerró los ojos—. Sin pasado. Sólo el presente. Tú y yo.
    Manuel la rodeó con un brazo y la empujó hacia el interior de la casa. Ella lo condujo hasta el dormitorio, al lugar donde en el pasado habían hecho el amor durante horas.
    Manuel cerró la puerta y Lucero quedó ante él, repentinamente tímida e insegura. Parecía la primera vez. Él parecía diferente. Quizás incluso ella había cambiado.
    De repente le entró un ataque de risa.
    — ¿De qué te ríes? —él la miró sobresaltado.
    —Estaba pensando que me sentía como si fuera la primera vez y que estoy muy nerviosa, pero entonces he pensado que es ridículo puesto que estoy embarazada de tu hijo, el vivo ejemplo de que no es la primera vez.
    —En muchos aspectos sí es la primera vez — Manuel la abrazó—. Y creo que deberíamos considerarlo como tal. Tengo la intención de familiarizarme de nuevo con tu cuerpo. Quiero ver y tocar cada milímetro de ti. Sin prisas. Quiero saborear cada momento, llevándolo hasta el límite de la locura.
    Lucero se balanceó hacía él, como si hubiese bebido. Manuel la atrajo hacia sí y, con suma delicadeza, la empujó hacia atrás hasta topar con el borde de la cama.
    Sin decir palabra, empezó a desabrocharle la blusa, tomándose su tiempo, tras lo cual deslizó la prenda por los hombros de Lucero hasta hacerla caer al suelo.
    —Bonito y delicado —murmuró mientras deslizaba un dedo por el sujetador—. Igual que tú. Me gustas vestida de rosa.
    — ¿No preferirías una sirena vestida de rojo o de negro?
    —En absoluto. Me gusta la dulzura del rosa y lo femenino que resulta en ti. Muy de niña.
    Agachó la cabeza para besar la piel que sobresalía del sujetador y deslizó la boca hacia abajo, hasta quedar a escasos milímetros del pezón.
    —Me gustan aniñadas.
    —Eres un bromista —contestó ella con voz ahogada.
    Manuel se agachó y procedió a desabrocharle los pantalones, deslizándolos hacia abajo hasta dejar expuesta la barriga.
    Para sorpresa de Lucero, se arrodilló y acarició la barriga con ambas manos antes de depositar sobre ella un delicado beso.
    Fue un instante de exquisita ternura, y una imagen que no olvidaría jamás. Ese hombre, arrogante y orgulloso, estaba de rodillas prodigándose en atenciones hacia ella y su bebé.
    Bajó la vista y hundió las manos en los oscuros cabellos de Manuel, quien levantó la cabeza hacia ella. La mirada que le dedicó hizo que se le parara el corazón.
    Segundos después, continuó deslizando los vaqueros por las femeninas caderas y piernas, levantándole cada pie con sensuales caricias hasta quitarle la prenda por completo.
    —A juego con el encaje rosa —murmuró mientras depositaba un beso sobre las braguitas—. Me gusta. Me gusta mucho.
    Lucero sentía que le temblaban las piernas y que miles de mariposas revoloteaban en sus venas, alrededor del pecho y en la garganta.
    No estaba obsesionada con su cuerpo, como les sucedía a muchas mujeres embarazadas. En realidad le gustaban las nuevas curvas. En muchos aspectos, estaba mejor. Su piel resplandecía, los pechos habían crecido y le fascinaba la forma de su abultada barriga.
    —Eres preciosa —dijo él con voz ronca, como si le hubiera leído el pensamiento.
    Lentamente se puso en pie, hundió las manos en sus cabellos y la besó.
    Algo había cambiado entre ellos. Siempre habían hecho el amor de manera despreocupada, divertida y relajada. Pero el Manuel que tenía ante ella era… distinto. La miraba como si estuviera a punto de devorarla. Como si la deseara más de lo que hubiera deseado jamás a ninguna otra mujer.
    En esos momentos no había nada despreocupado en la manera en que la tocaba y a Lucero le gustó el nuevo Manuel. Autoritario, y aun así, dulce y tierno. Reverente.
    Le sujetó posesivamente la nuca con la mano ahuecada y la atrajo hacia sí para besarla de nuevo. Después deslizó los labios hasta la oreja y lamió un lóbulo, provocándole oleadas de deseo que descendían hacia la pelvis. Los músculos de Lucero se tensaron y suspiró.
    Sin que sus labios abandonaran el cuello de Lucero, Manuel la levantó en vilo, tumbándola sobre la cama y deslizando una pierna entre los femeninos muslos.
    Tras besarla nuevamente, le retiró los cabellos de la frente en un gesto enternecedor.
    Como si no soportara la idea de dejar de hacerlo, la besó otra vez antes de apartarse y, con manos temblorosas, proceder a desnudarse.
    Arrojó a un lado la camiseta y empezó a bajarse la cremallera de los vaqueros y ella casi gimió cuando se deshizo de los pantalones y los calzoncillos con un impaciente tirón.
    Era un hombre muy sexy. Con un cuerpo esculpido como si fuera una gema. Músculos tonificados, delgado, aunque no en exceso.
    La mirada de Lucero se deslizó hasta la entrepierna y no pudo evitar suspirar de admiración ante la inhiesta erección. Impaciente, se apoyó sobre los codos.
    Manuel se colocó a horcajadas sobre ella y la empujó delicadamente contra el colchón antes de deslizar los tirantes del sujetador por sus hombros hasta que los pechos quedaron libres. Antes de deslizar una mano bajo su cuerpo para desabrochar el cierre y arrojar la prenda al suelo.
    Durante largo rato no hizo más que contemplar su cuerpo.
    —Estoy grabando a fuego tu imagen en mi mente —explicó con voz ronca—. No quiero volver a olvidarla jamás. No me explico cómo puede hacerlo. ¿Qué hombre podría olvidar semejante belleza?
    Lucero volvía a sentir mariposas en el corazón y le costaba respirar. Cuando Manuel no le generaba escalofríos de placer con sus caricias, lo hacía con sus palabras.
    —Bésame —le suplicó ella.
    —En cuanto te haya quitado toda la lencería rosa —contestó él con una sonrisa.
    Los dedos se deslizaron hasta las caderas y engancharon la prenda, tirando de ella.
    Después se tumbó a su lado y la atrajo hacia sí, provocándole un delicioso sobresalto. La dureza encajaba perfectamente en la «V», entre las piernas de Lucero, cuyos pechos se oprimían contra el áspero vello de su torso.
    Y entonces la besó mientras le acariciaba la espalda posesivamente hasta descansar la mano sobre el trasero y continuar hacia la barriga y luego dirigirse hacia la húmeda y sensible zona entre las piernas.
    Ella gimió y arqueó la espalda mientras él le acariciaba su punto más sensible con la ardiente y rígida erección.
    Lucero lo deseaba en su interior, que formara parte de ella después de haber pasado tanto tiempo sin él. Y se movió inquieta, aferrándose a él, separando más las piernas.
    —No seas impaciente — Manuel sonrió—. Aún no he terminado, cariño. Quiero que te vuelvas loca de placer antes de hacerte mía otra vez. Tan loca que grites mi nombre cuando me deslice en tu interior.
    —Te deseo —susurró ella—. Te deseo tanto, Manu. Te he echado de menos. He echado de menos tocarte y que me toques.
    Manuel se apartó y la miró con una expresión muy seria.
    —De algún modo yo también tengo la sensación de haberte echado de menos, Lucero. No sería tan repentinamente feliz contigo si no nos hubiésemos conocido antes, si no hubiésemos sido… íntimos. Amantes. Siento como si hubiese abierto la puerta de la vida de otra persona, porque sigue sin parecerme que sea yo, pero, aun así, lo deseo tanto que lo saboreo, lo siento.
    Ella lo atrajo hacia sí con un beso, tan conmovida por sus palabras que sentía el corazón a punto de estallar.
    —No quiero esperar más. Te necesito ahora, Manu. Por favor. Entra dentro de mí. Quiero sentirte.
    Manuel se inclinó sobre ella, permitiéndole deleitarse en la sensación de ser aplastada bajo su calor, aspirando el masculino aroma, casi saboreándolo.
    — ¿Seguro que estás preparada, Lu?
    Pero incluso mientras le hacía la pregunta, deslizó un dedo en su interior y le acarició el clítoris con el pulgar.
    — ¡Por favor! —ella cerró los ojos y se agarró a él. Manuel se colocó e hundió ligeramente la punta en su interior.
    —Abre los ojos. Mírame, Lu. Déjame verte.
    Ella abrió los ojos y encontró su mirada, oscura y sensual.
    Manuel se introdujo un poco más en su interior, acariciándole con fuego. Parecía decidido a hacer que durara eternamente.
    Lucero le acarició el cuerpo, animándolo a completar el acto.
    Y él se inclinó sobre ella hasta que sus narices se rozaron y la besó en el preciso instante en que se hundía en su interior.
    No había palabras para describir la sensación que le producía estar de nuevo con el hombre al que amaba.
    Manuel se retiró ligeramente antes de volver a embestir. Respiró el aliento de Lucero, y ella el suyo, mientras sus lenguas se entrelazaban.
    Él se tumbó sobre ella, pero se apoyó en los brazos para que no tuviera que soportar todo su peso mientras las caderas basculaban contra ella.
    Era como las olas del mar, delicadas, pero de intensidad creciente. Y él se mostraba paciente, más de lo que había sido en su vida.
    —Si te hago daño dímelo —susurró contra su boca—. O si peso demasiado para ti.
    A modo de respuesta, ella lo abrazó con fuerza y deslizó una mano hasta los glúteos.
    —Dime qué quieres que haga. Dime cómo darte placer, Lu.
    —Lo estás haciendo muy bien —contestó ella con voz soñadora—. Me siento flotar.
    Manuel hundió la cabeza en su delicado cuello y le pellizcó con los labios hasta estar seguro de dejar marca.
    Ella no había experimentado nada parecido desde la adolescencia, pero le gustó quedarse con un recuerdo de su posesión.
    —Lo siento, Lu—gruñó él—. No puedo… maldita sea —unos cuantos juramentos más precedieron al aumento del ritmo.
    En cuanto la intensidad cambió, el orgasmo que se había estado formando perezosamente, escaló hasta alcanzar la proporción de un incendio en el abdomen de Lucero.
    Sin saber cómo controlar la creciente tensión, hundió los dedos en la espalda de Manuel y arqueó el cuerpo hasta levantar el trasero del colchón haciendo así que él se hundiera más en su interior. Él se puso ¿rígido y se estremeció contra ella, alcanzando la cima mientras ella aún buscaba la suya a ciegas.
    Manuel se tumbó a un lado y deslizó una mano entre las piernas de Lucero para acariciarle el inflamado botón. Después agachó la cabeza y lamió un pezón, acariciándolo con la lengua mientras hundía otro dedo más dentro de ella.
    El pulgar describía círculos sobre el clítoris y los dientes daban pequeños tirones al pezón. A su alrededor, todo se volvía borroso mientras la creciente tensión saltaba por los aires.
    — ¡Manuel!
    La liberación fue brusca. Dulce. Intensa. Una de las experiencias más impresionantes de su vida. Agarrada a él repitió su nombre una y otra vez mientras descendía de la cima.
    Manuel siguió acariciándola, aunque con más delicadeza que antes mientras ella se acurrucaba, temblando, contra él.
    Aún no era capaz de analizar lo sucedido. Entre ellos jamás había sido así. Estaba… desgarrada, no había otra manera de describirlo. Completamente vulnerable ante él.
    Manuel la atrajo hacia sí mientras los dos buscaban recuperar el aliento. Sus manos parecían estar por todas partes. Acariciaban, tocaban, consolaban. Le besó los cabellos, la frente, la mejilla, e incluso los párpados.
    Lo abrazó con todas sus fuerzas, hundió el rostro en su cuello y se quedó dormida, tan saciada que no podría haberse movido aunque lo hubiera intentado.
    Lucero despertó al sentir unos cálidos besos en el hombro y unas posesivas manos que le acariciaban todo el cuerpo.
    —Umm —murmuró estirándose perezosamente.
    —Menos mal que te has despertado. Odio aprovecharme de una mujer dormida.
    —Seguro que sí —ella rio.
    —Tengo mucho por lo que compensarte — Manuel deslizó los labios hasta un pecho.
    — ¿En serio?
    Tras dibujar el contorno del pezón con la lengua, lo chupó delicadamente. Después levantó la vista y la miró con un gesto de arrepentimiento.
    —Es evidente que, tratándose de ti, no tengo ningún control. Quería que fuera bueno. Quería que durara. No cuidé de ti. Supongo que se debe a mis modales de bastardo.
    —De haber quedado más satisfecha —ella puso los ojos en blanco y le acarició la mejilla—, me habría muerto. Pero me gustó desquiciarte un poco.
    — ¿Un poco? —Él arqueó una ceja—. No se acerca ni de lejos a lo que sentí. No recuerdo haber perdido así la cabeza con ninguna otra mujer. ¿Siempre fue así entre nosotros?
    —No —susurró ella—. Así no.
    — ¿Mejor?
    —Decididamente mejor.
    —Ah, bueno. Empezaba a sentirme amenazado por un yo mismo al que no recuerdo.
    Ambos estallaron en carcajadas. Era bueno poder bromear sobre un suceso que había alterado el curso de sus vidas.
    —Tengo hambre.
    —Yo también — Manuel volvió a deslizar los labios hasta el pecho de Lucero.
    —¡Hambre de comida! —ella rio y le dio una palmada en el hombro—. ¿Qué hora es?
    —Temprano —él se encogió de hombros—. Hemos dormido mucho. Me dejaste agotado.
    —Pues comamos en la cama y luego…
    —¿Y luego qué? — Manuel arqueó una ceja y la miró perezosamente.
    —Después tomaré postre —ella sonrió traviesa.
    —En ese caso —él saltó de la cama apresuradamente—, quédate aquí. Volveré enseguida.
    Lucero se tapó con la manta y se acurrucó sobre la almohada, sonriendo mientras lo veía salir desnudo del dormitorio sin sentir el menor azoramiento. Que un hombre sintiera tal confianza resultaba muy sexy. Suspiró y sonrió adormilada.
    Manuel regresó quince minutos después con dos platos con sándwiches de queso a la plancha y dos vasos de la limonada
    Ella se sentó en la cama salivando ante el aroma del pan tostado y el queso fundido.
    —Esto es perfecto.
    —Me alegra que te guste. No se me ocurrió otra cosa que fuera más rápida de preparar — Manuel se sentó en la cama con las piernas cruzadas delante de ella.
    Comieron en silencio mientras se miraban fugazmente, desviando la mirada en cuanto sus ojos se encontraban. Ella estaba encandilada con ese aspecto desinhibido de Manuel y, suponiendo que fuera posible, se sentía aún más enamorada de él.
    Dejó medio sándwich intacto para beberse la limonada y luego esperó pacientemente a que él terminara de comer.
    En lugar de permitirle retirar la bandeja, Lucero lo agarró de las muñecas antes de darle un empujón a la bandeja, que aterrizó con gran estruendo en el suelo.
    Después lo besó. Pero no fue un beso dulce y femenino, sino una versión traviesa que le enviaba el mensaje de que iba a divertirse con él.
    — ¡Madre mía! —gruñó él.
    —Desde luego —ella lo empujó haciéndole caer de espaldas sobre el colchón.
    Los ojos de Manuel brillaban de excitación mientras ella se sentaba a horcajadas sobre él.
    —Creo que ha llegado la hora del postre —sonrió Lucero mientras envolvía la potente erección con una mano.
    —Madre mía…
    Ella se agachó y deslizó la lengua por el pene.
    —Lucero—susurró Manuel arqueando la espalda y hundiendo los dedos en los rubios rizos.
    Ella le hizo sufrir, amando y lamiendo cada centímetro. Quería darle tanto placer como él le había dado a ella. Quería mostrarle su amor, su corazón.
    Acomodada entre sus muslos y con los cabellos esparcidos sobre sus caderas continuó haciéndole el amor.
    Manuel emitía pequeños sonidos de apreciación y placer antes de empezar a bascular las caderas hacia arriba, buscando su boca. Al fin fue demasiado para poderlo soportar.
    Le agarró los hombros y la obligó a erguirse.
    Lucero se deslizó hacia arriba hasta que la erección se apoyó contra su barriga y, delicadamente, tomó el miembro en una mano. Instintivamente, buscó su mirada. Manuel tenía las manos extendidas hacia ella y cuando las aceptó, tiró de ella hacia arriba.
    —Tómame —susurró—. Ayer te hice mía de nuevo. Ahora hazme tuyo.
    La voz ronca y profunda resultaba de lo más seductora y ella sintió el cosquilleo de las llamas por toda su piel. Apoyándose en las manos de Manuel, se irguió y al mismo tiempo que sus dedos se entrelazaban, símbolo de su unión, una de las manos se deslizó hacia abajo para colocarlo ante la puerta de entrada.
    En cuanto empezó a hundirse, él volvió a entrelazar los dedos con los suyos empezando el delicado baile de la mujer que reclama a su hombre.
    Era la primera vez que se atrevía a tomar la iniciativa en la relación. Siempre había sido Manuel quien ostentaba el control y quien anteponía el placer de Lucero al suyo propio. Aun así, prefería a ese hombre que la deseaba tan desesperadamente que se había vaciado antes que ella, que se había perdido en la pasión hasta no poder controlar su respuesta.
    Manuel le soltó las manos y le acarició las caderas antes cubrir los pechos con las manos ahuecadas, torturándola mientras ella se balanceaba sobre él.
    Con los ojos brillantes y los labios firmemente apretados, volvió a deslizar la mano hacia abajo y hundió el pulgar entre ambos cuerpos para frotarle suavemente el clítoris.
    Lucero se retorció en espasmos mientras él aumentaba la intensidad de sus caricias y con la otra mano le pellizcaba los pezones hasta volverla loca.
    Las tornas habían cambiado y, aunque era ella la que estaba encima y lo tomaba a su placer, las manos de Manuel hacían magia localizando todos los puntos sensibles.
    —Llega para mí, Lu—le suplicó—. Quiero sentir tu corazón mientras llegas.
    Lucero echó la cabeza atrás y se estremeció. Hundió las temblorosas rodillas en el colchón mientras la tensión se aglutinaba en su estómago y se extendía a los lugares que con tanta pericia le estaba acariciando. Y entonces estalló.
    La fuerza del orgasmo fue desgarradora y le hizo caer hacia delante, donde él la aguardaba. Apoyó las manos contra el masculino torso, no queriendo parar hasta que él también se hubiera liberado.
    Manuel la sujetaba, acariciándole las manos mientras susurraba su nombre una y otra vez.
    Lucero oyó un gemido seguido de una exclamación de placer y supo que había sido ella, aunque sonaba tan distante que le parecía imposible ser la fuente de ese sonido.
    Cuando ya se le acababan las fuerzas, él empezó a bascular las caderas hacia arriba, introduciéndose cada vez más en el tembloroso cuerpo.
    Después la rodeó con sus brazos y tiró de ella hacia abajo hasta que no quedó ningún espacio entre ambos cuerpos. Y con una última embestida, se desmoronaron.
    Lucero era consciente de estar indecorosamente tumbada sobre el cuerpo de Manuel, pero no tenía suficiente fuerza para preocuparse por ello.
    — ¿A que ha sido increíble? — Manuel le acarició la espalda y le besó la frente.
    —Sí —asintió ella.
    — ¿Qué acaba de pasar, Lu? Estoy seguro de que no ha sido sólo sexo. Ya he tenido sólo sexo anteriormente y esto ha sido distinto.
    —No —susurró ella—. No ha sido sólo sexo.
    —Entonces, ¿qué ha sido?
    —Ha sido amor, Manuel —ella lo miró a los ojos—. Te amo. Me amas. Me gustaría pensar que, aunque la mente no lo acepte, el corazón lo sabe.
    —Lo que me aterra es que haya podido olvidar algo así. Nunca había amado a nadie.
    — ¿Nunca?
    —De pequeño, amaba a mis padres —él sacudió la cabeza—. Y actualmente no los odio. Simplemente no pienso en ellos, del mismo modo que ellos no piensan en mí.
    Yo fui un estorbo para ellos y ellos no fueron más que las personas que me donaron su ADN. Sé que suena horrible, pero así fue. Hasta ahora, no había amado profundamente a nadie y cuando por fin lo hago, ¿qué sucede? ¡Que lo olvido!
    —Quizás el hecho de enamorarte te resultó tan traumático que lo bloqueaste —bromeó ella.
    —No puedo creer que bromees con estas cosas — Manuel frunció el ceño.
    —Bueno, o me río o lloro. Y llorar me da dolor de cabeza. Además, estoy convencida de que acabarás por recuperar la memoria. Creo que ya has empezado.
    No me tratas como a una extraña cuando debería serlo para ti. Si de verdad me consideraras una extraña, ¿estarías tumbado en mi cama compartiendo conmigo tus más íntimos secretos?
    —Seguramente no —admitió él.
    —Iremos paso a paso, Manu —Lucero lo besó antes de descansar la cabeza sobre su hombro—. Esperemos que cada día nos acerque más al momento en que recuperarás la memoria.
    —No creo merecer tu dulzura ni tu paciencia, pero estoy malditamente agradecido por ambas — Manuel la abrazó con fuerza y la besó en la frente.

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    Mensaje  Paola casandra el Mar Mar 26, 2013 11:58 pm

    Capitulo 13

    Manuel reconoció el tono de quien le llamaba en la BlackBerry. Gustavo había llamado a Alex y éste lo llamaba a él para gritarle que era un tarado mental que pensaba con los testículos.
    Soltó un juramento e intentó rescatar la BlackBerry del bolsillo del pantalón sin soltar a Lucero, tras lo cual pulsó el botón para rechazar la llamada y apagó el teléfono.
    Su negocio podía funcionar sin él durante unos días. Pagaba muy bien a sus empleados para que pensaran con la cabeza y fueran capaces de encargarse de cualquier situación.
    En el pasado, la mera idea lo habría vuelto loco.
    Pero en esos momentos opinaba que podía permitirse un descanso ocasional.
    Quizás Lucero estuviera en lo cierto y no tuviera que comportarse siempre del mismo modo. Más aún, estaba también en lo cierto en que se sacrificaría por su hijo o hija.
    No quería ser un padre ausente. No quería ser como su propio padre, que opinaba que su única obligación para con la familia era aportar el sustento.
    La paternidad era mucho más. Quería acudir a los partidos. Quería dejar la monedita bajo la almohada cuando se le cayera un diente y fingir que había sido el Ratoncito Pérez.
    Quería ser un buen padre. El mejor posible. Contempló a Lucero, que apoyaba la cabeza sobre su hombro. El sol de la mañana iluminaba su piel dándole un aspecto translúcido y angelical. Parecía estar en paz. Parecía satisfecha. Parecía… amada.
    En su mente resonó un aullido.
    De ninguna manera se estaba enamorando de esa mujer después de unos pocos días.
    ¿De verdad no habían sido más que unos pocos días? ¿No sería más bien la consecuencia de las semanas que habían pasado juntos?
    Quizás ella tuviera razón y de algún modo la recordara como a la mujer elegida.
    Siempre había pensado que enamorarse sería como ser alcanzado por un rayo. Y aquella extraña felicidad no encajaba con esa idea. No podía ser tan… fácil.
    Fácil. Eso era. El amor era complicado, ¿no? Lo estaba confundiendo con el sexo.
    Sin embargo, Lucero había acertado en otra cosa. No era sólo sexo. Considerarlo así sería como rebajarlo de categoría. Una relación de sexo, como las muchas que había disfrutado en el pasado. Un rápido revolcón y despedirse de una mujer para pasar a la siguiente.
    Pero ninguna experiencia pasada se acercaba siquiera a lo que sentía por Lucero.
    La noche anterior había sido como la culminación de algo que hubiera estado esperando desde siempre. Una sensación de regresar a casa que lo había conmovido. Se había sentido ridículamente emotivo y con ganas de hablar, como un idiota, de sus sentimientos.
    Abrirse a Lucero parecía lo más natural del mundo. Ella había sido siempre sincera y él estaba dispuesto a hacer lo mismo aunque supusiera hacer o decir algo que le hiriese.
    Ser tan sincero y abierto con una mujer, o con cualquiera, le provocaba una sensación extraña. Confiaba en Dani, Gus y Alex, pero jamás hablaba de intimidades con ellos.
    Sus pensamientos regresaron a la mujer que tenía en sus brazos. Desde luego, le provocaba reacciones muy extrañas. Le hacía desear hacer cosas raras. Cosas que normalmente habrían provocado su huida.
    Suspiró. Era una mujer que cualquier hombre querría conservar. Quizás se había dado cuenta nada más conocerla meses atrás. Quizás fuera cierto que un hombre sabía al instante que la mujer que acababa de conocer iba a cambiar su vida.

    Lucero era la clase de mujer con la que uno se casaba. No la clase de mujer con la que te acostabas para luego abandonarla. Llevaba la palabra «permanente», escrita en la frente.
    Era… suya. No le importaba no recordarla, ya tenía bastantes piezas del puzle para saber que le pertenecía. Tenían muchas cosas que solucionar, pero, ¿qué pareja no las tenía? El embarazo había supuesto un salto adelante, pero no era nada que no pudieran solucionar.
    Cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba que era lo correcto. Lucero. Su bebé. Él. Una familia. Lo tendría todo.
    El complejo vacacional.
    Hizo una mueca. El asunto pendía sobre su cabeza como un oscuro nubarrón. Era lo que se interponía entre ellos dos. Ella aseguraba que le había prometido que jamás construiría, lo cual no tenía sentido. No necesitaba una franja privada de playa para su uso personal.
    Tenía que haber algún modo de convencerla, y al resto de los habitantes de la isla, de que el complejo no alteraría su forma de vivir.
    O lo conseguía o tendría que enfrentarse a sus socios, y a los demás inversores. Perdería muchísimo dinero, pero sobre todo perdería credibilidad, futuros respaldos y su posición.
    Y todo por una promesa que no recordaba haber hecho.
    Lucero se movió en sus brazos y, antes de que abriera los ojos, la besó con ternura.
    —Qué manera más agradable de despertar —ella sonrió.
    —Yo estaba pensando lo mismo —murmuró él.
    —¿Qué hora es?
    —Las siete.
    —Aún queda mucho tiempo —Lucero bostezó y se acurrucó contra él.
    —¿Para qué?
    —Para hacer lo que nos apetezca. O no hacer nada.
    —Me gusta tu actitud —rio él.
    — ¿Tienes alguna idea de lo que te gustaría hacer hoy?
    —Pues sí. Me gustaría que me enseñaras la isla. Muéstrame por qué es tan especial para la gente que vive aquí. No recuerdo la última vez que fui a una playa por placer.
    —Trabajas demasiado —Lucero frunció el ceño—. Tu accidente puede que haya resultado ser una bendición si ha conseguido que bajes el ritmo y te replantees tu vida.
    —No estoy seguro de que estar a punto de morir sea una buena llamada de atención.
    —Pero, si no hubiera sucedido, ¿pensarías ahora como lo estás haciendo? —ella le acarició.
    —No creo — Manuel suspiró—. Quizás seas tú el motivo por el que me replantee mi vida.
    —Entiendo lo que quieres decir. Y me gusta más que pensar que estuviste a punto de morir.
    Lucero sonrió y lo besó.
    —Te diré lo que vamos a hacer. Métete en la ducha mientras yo preparo el desayuno. Después me bañaré y nos marcharemos. Podemos preparar un picnic y comer en la playa.
    —Yo tengo una idea mejor. ¿Qué tal si nos duchamos juntos y después te ayudo a preparar el desayuno? Hago un beicon de muerte.
    Ella soltó una carcajada y Manuel se quedó sin aliento ante el amor que reflejaban sus ojos al mirarlo. Nadie lo había mirado así jamás.
    —Te amo, Manu—la expresión de lucero se volvió seria—. No quiero incomodarte, y no espero nada a cambio, pero no puedo dejar de decírtelo. Te miro y me sale sin más.
    —Me gusta que lo digas — Manuel se llevó la mano de Lucero al pecho—. Lo significa todo.
    Los ojos de Lucero resplandecían. Eran unos ojos muy expresivos y reflejaban a la perfección su estado de ánimo. Bastaba con mirarlos para saber en qué estaba pensando.
    —¿Qué pasa con esa ducha? —preguntó ella tras ponerse en pie.
    Manuel la contempló, empeñado en retener en su memoria el aspecto de esa mujer.
    Lo había encontrado. Era su mujer. Su hijo.
    —¿Tienes idea de lo hermosa que eres?
    —Lo sé —ella se sonrojó, aunque sus ojos se iluminaron, brillantes como el sol.
    —Pues vamos a ducharnos —él sonrió ante la descarada respuesta.
    --------
    —Ha hecho bien, señor Mijares—observó Silas Taylor en el porche de la casa de Laura.
    La abuela de Lucero había invitado a todo el mundo a tomar té, limonada y sus famosas galletas de manteca de cacahuete. Y por todo el mundo, se entendía a cualquiera que pasara frente a su casa.
    Manuel estaba estupefacto. Él estaba acostumbrado a listas de invitados, pero a Laura no parecía importarle. En realidad, cuanta más gente llegaba a su casa, más contenta parecía.
    —Mis inversores no estarían de acuerdo —contestó secamente al sheriff.
    —Ya encontrarán otro lugar en el que invertir su dinero —Silas se encogió de hombros—. Esa gente siempre encuentra a alguien dispuesto a aceptar dinero.
    Manuel estuvo a punto de echarse a reír. Detrás de aquello había meses de análisis financieros, planos, inversores seducidos, planes hechos junto con Dani, Gus y Alex…
    —Puede que sí, pero yo perderé toda mi credibilidad y respeto —contestó al fin—. La próxima vez que busque su respaldo, no estarán tan dispuestos a ofrecérmelo.
    —¿Y qué ganarás? —Silas miró hacia Lucero, que hablaba con un pequeño grupo—. A mí me parece que has ganado más de lo que has perdido. Piénsatelo, chico.
    «Chico». Manuel estuvo a punto de soltar una carcajada. Cierto que el sheriff le sacaba al menos treinta años, pero nadie le había llamado «chico» desde que era pequeño.
    El tiempo se agotaba. La BlackBerry estaba llena de mensajes y llamadas perdidas y su buzón de entrada estaba a punto de estallar. Pronto acabaría la semana y Gustavo aparecería con Daniel y Alex.
    Durante los últimos días, había ignorado todo lo que no fuera estar con Lucero. Habían pasado el día caminando por la playa, cocinando, riendo, hablando de nada y de todo.
    Habían hecho el amor, comido y vuelto a hacer el amor. Sentía una urgencia que no podía explicar, como si tuviera que encajar toda una vida en unos pocos días.
    Tendría que empezar a tomar decisiones. No podía retrasarlo por más tiempo. Aún no tenía ni idea de lo que iba a hacer, pero no podía perder a Lucero por culpa de un hotel. Por culpa del dinero.
    —¿Te apetece tomar algo, Manuel? —preguntó la sonriente abuela de Lucero.
    —No, gracias. Estoy bien. No desatiendas a tus invitados por mí.
    —Estarán bien. Además, tú también eres un invitado. ¿Qué tal tu estancia aquí?
    Manuel buscó a Lucero con la mirada y ésta pareció presentirlo pues levantó la vista hacia él y su rostro se iluminó con una resplandeciente sonrisa.
    —Estoy disfrutando muchísimo. Sólo siento no recordar haber estado aquí antes.
    —Quizás sea mejor que no lo recuerdes…
    Tras la enigmática frase, Laura le dio unas palmadas en el hombro y se marchó.
    Manuel hundió las manos en los bolsillos y se volvió hacia el mar. No era persona de esconderse, pero en esos momentos lo estaba haciendo. Era como vivir en una burbuja. Nada podía afectarle, pero el mundo exterior seguía allí, esperando. Cuanto más pospusiera lo inevitable, más miedo le daría.
    — Manuel, ¿sucede algo?
    La dulce voz de Lucero lo alcanzó a la vez que la suave mano lo agarraba del brazo.
    —No, sólo pensaba —él se soltó para abrazarla por la cintura y atraerla hacia sí.
    — ¿En qué?
    —En lo que debo hacer.
    — ¿Por qué no vamos a dar un paseo? —sugirió ella.
    Incapaz de resistirse, la besó en la frente. Se amoldaba muy bien a su ánimo, del mismo modo que él era capaz de anticipar sus reacciones.
    Así debían ser las parejas tras años de matrimonio, supuso.
    Ella le tomó la mano y tiró de él hacia el camino empedrado que atravesaba el jardín y se dirigía a la playa.
    Se acercaron a la orilla, llena de espuma, y Lucero sonrió encantada mientras daban un salto hacia atrás para evitar que una ola más grande les mojara.
    En pocos minutos, las casas de Laura y Lucero no fueron más que dos puntos lejanos mientras se acercaban a las tierras que Manuel había adquirido.
    —Mi padre solía traerme aquí —le contó ella—. Solía decirme que no había nada como poseer un trozo de cielo. Al venderla, me siento como si le hubiera traicionado.
    Manuel hizo una mueca de disgusto, sintiéndose aún más culpable por su actuación en todo el asunto. Poco importaba que de no haber sido él, otra persona hubiera comprado la tierra. Lucero ya no podía pagar los impuestos y, de no haber surgido ningún comprador, al final se la habrían embargado. En cualquier caso iba a dejar de ser suya.
    «Pero tú tienes el poder de devolvérsela», le dijo una voz en su cerebro.
    Era cierto. Las tierras eran suyas, no de su empresa ni de sus socios. Los inversores habían sido contactados para construir el complejo vacacional.
    —Te amo —ella le apretó la mano.
    Manuel la miró sobresaltado ante el espontáneo gesto de afecto.
    —Parecías necesitarlo —Lucero sonrió.
    —Y lo necesitaba —él la abrazó con fuerza—. No debería sorprenderme que siempre parezcas saber qué decir —respiró hondo—. Yo también te amo, Lu.
    — ¿Has recuperado la memoria? —ella abrió los ojos desmesuradamente.
    —No, pero no importa — Manuel sacudió la cabeza—. Dijiste que yo te amaba. Y sé que ahora te amo. Lo que importa es el presente.
    Ella asintió sin decir palabra.
    —Toda esta historia ya no me parece tan delirante —admitió él—. No podía aceptar el hecho de haberme enamorado de ti en unas cuantas semanas, pero ahora mismo lo estoy después de unos pocos días.
    —¿Estás seguro?
    Manuel sonrió aunque su corazón se encogió ante la expresión de esperanza y temor que asomó a los ojos de Lucero.
    —He sido muy torpe —él le sujetó la barbilla y la besó en los labios—. No tengo experiencia alguna en decirle a una mujer que la amo. Imagino que habrá maneras más románticas de hacerlo, pero no se me ocurría ninguna otra.
    — ¡Oh, Joe! —Los ojos de Lucero brillaban llenos de amor y alegría—. Sentía tanto miedo e inseguridad…
    —Lo siento. No quiero que te preocupes. Te amo.
    —Yo también te amo —ella le rodeó el cuello con los brazos y lo abrazó con fuerza.
    Lentamente, Manuel se soltó y la apartó, mirándola muy serio. Parecía un poco preocupada ante su expresión e intentó suavizarla para que se tranquilizase. Sin embargo, no podía ofrecerle consuelo. Aún no.
    —Mañana tengo que marcharme —anunció con amargura.
    —¿Por… por qué? —Lucero se puso lívida.
    —Tengo que regresar para aclarar las cosas con mis socios y nuestros inversores. He evitado este momento todo lo que he podido, pero ya no puedo posponerlo más. Antes de marcharme, quería que supieras cómo me siento. No quiero que dudes ni por un instante de que esta vez regresaré.
    El rostro de Lucero reflejaba incertidumbre y sus ojos se humedecieron. Se notaba que no se fiaba completamente de él.
    —Podrías venirte conmigo —sugirió. Estaba dispuesto a cualquier cosa para disipar sus temores—. Sólo serán unos días. Sé que no te gusta estar lejos de… aquí.
    —Lo que no me gusta es estar lejos de ti, Manu —ella le agarró del brazo.
    —Entonces ven conmigo. No te mentiré, Lu, no sé si podré solucionarlo. Sólo puedo prometerte que lo intentaré.
    —Confío en ti.
    Él la abrazó con fuerza y enterró el rostro entre sus cabellos. Esa mujer conseguía hacerle desear ser el hombre que ella afirmaba que era.
    —¿Vendrás conmigo?
    —Sí, Manu, iré contigo.
    —Pase lo que pase, Lu, quiero que sepas que te amo y que quiero que lo nuestro funcione. Necesito que confíes en ello.
    —Confío en ti, Manu. Sé que lo harás.
    Él sonrió, parte de la ansiedad se había esfumado. Le había inquietado tener que expresar sus sentimientos, pero, tras hacerlo, se dio cuenta de que le hubiera resultado más difícil no abrirle su corazón.
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    Mensaje  Paola casandra el Miér Mar 27, 2013 12:10 am

    Capitulo 14

    —¿Diga? —el teléfono de Lucero sonó en medio de la noche.
    —Bry, soy Silas. Tienes que venir al hospital. Es tu abuela.
    —¿Mama? —Lucero se sentó en la cama de un salto—. ¿Qué ha pasado?
    —Sufrió una de sus bajadas de azúcar. Me llamó, fui a buscarla y la llevé al hospital.
    —¿Y por qué no vino nadie a avisarme? —preguntó ella.
    —Porque no había necesidad de alarmarte. Yo sigo pensando que no es importante, pero la enfermera insistió en que te llamara para que vinieras a firmar algunos papeles.
    —Por supuesto, iré enseguida.
    —¿Está Laura bien? — Manuel, sentado en la cama, la miró con gesto preocupado.
    —No lo sé —Lucero hizo una mueca—. Es diabética y no siempre se cuida. A veces no se pone la insulina y otras veces no come cuando debería hacerlo.
    —Te acompaño —decidió Manuel saltando de la cama.
    Veinte minutos más tarde entraban en el vestíbulo del pequeño hospital.
    —¿Cómo está? —preguntó angustiada Lucero a Silas.
    —Bueno, ya la conoces. Está como loca por tener que quedarse a pasar la noche. Ni siquiera quería venir al hospital. Le obligué a beber un poco de zumo de naranja y pareció recuperarse, pero pensé que era mejor que le echaran un vistazo. Y ahora no me habla.
    —¿Dónde está? —suspiró su nieta.
    —En observación. No le darán el alta hasta no estar seguros de que habrá alguien para cuidarla durante las próximas veinticuatro horas.
    —Llévanos con ella —insistió Lucero.
    Tal y como les había advertido Silas, Mama estaba de pésimo humor, mientras el médico intentaba hacerle comprender la importancia de no saltarse ninguna comida.
    Al entrar Lucero y Manuel, su mirada se iluminó, pero se oscureció al fijarla en Silas.
    —Mama, qué susto me has dado —Lucero se acercó a la cama y besó a su abuela.
    —Estoy bien —la mujer puso los ojos en blanco—. Cualquier idiota puede verlo. Ahora que estás aquí, me darán el alta. Al parecer opinan que necesitaré una niñera.
    —Me alegra ver que estás bien, Laura — Manuel se acercó y la besó en la mejilla.
    —Gracias, joven —Mama sonrió y le dio una palmada en la mejilla a Manuel —. Siento haberos levantado de la cama a estas horas. Las mujeres embarazadas necesitan descansar, pero al parecer soy la única que se ha dado cuenta.
    —Doctor, ¿está bien para marcharse a casa? —preguntó Lucero al médico.
    —Sabe qué hizo mal —el hombre asintió—. Y dudo que sirva de nada pedirle que no vuelva a hacerlo. Necesitará que le echen un ojo durante las próximas veinticuatro horas y medir el azúcar en sangre cada hora. Que coma bien y se administre la insulina correctamente.
    —No se preocupe —contestó Lucero con firmeza—. ¿Podemos llevárnosla?
    —Podrá marcharse cuando quiera. Tardaremos unos minutos en darle el alta.
    Mama le hizo un gesto al médico para que se apresurase antes de fulminar a Silas con la mirada. El aludido suspiró y salió de la habitación.
    —¿Cuándo vas a dejar de ser tan borde con él? —Lucero sacudió la cabeza exasperada—. Está loco por ti y tú estás igual de loca por él.
    —Cuando deje de tratarme como si no pudiera cuidar de mí misma —gruñó la anciana.
    —Quizás deje de hacerlo cuando demuestres que es así —su nieta alzó las manos al aire.
    —No puedes culpar a un hombre por buscar la seguridad de la mujer amada — Manuel tomó la mano de Mama—. No podemos evitar preocuparnos.
    —Supongo —afirmó ella—. Creía que os marchabais mañana por la mañana.
    — Manuel tendrá que irse sin mí —contestó ella con voz alegre—. Tú eres lo primero. No te dejaré sola después de haberle prometido al médico que te cuidaría.
    —Por supuesto — Manuel apoyó una mano en el hombro de Lucero —. Con suerte, no tendré que quedarme mucho tiempo y podré regresar enseguida con mis dos mujeres preferidas.
    —Qué zalamero —espetó Mama antes de sonreír—. Pero me gusta. Si Silas fuera así, seguramente ya habría aceptado su proposición de matrimonio.
    —¡Mama! —Exclamó Lucero —. Nunca me dijiste se había declarado. ¿Por qué no aceptaste?
    —Porque a mi edad, hija, tengo derecho a ciertos privilegios —la otra mujer sonrió—. Y hacer que mi hombre se consuma a fuego lento es uno de ellos. Un hombre jamás debe dar por sentado que su mujer lo ama. Me aseguraré de que sepa la suerte que tiene.
    —Eres una mujer muy sabia, Laura — Manuel soltó una carcajada—, pero hazme un favor: no tardes en perdonar a Silas. El pobre debe sentirse fatal.
    —Lo haré —contestó la anciana con gesto airado—. A mi edad no puedo esperar mucho.
    —Me quedaré contigo en tu casa —Lucero apretó la mano de su abuela.
    —No quisiera interferir en vuestros planes —la otra mujer parecía preocupada—. Vosotros dos ya tenéis bastantes problemas sin que yo añada uno más.
    —No supones ninguna carga — Manuel se llevó un dedo a los labios para hacerle callar—. Estaré de vuelta antes de que os deis cuenta y entonces podremos planear nuestro futuro.
    El corazón de Lucero latió con más fuerza. Era la primera vez que hablaba de un futuro junto. Le había dicho que la amaba, y ella lo creía, pero no estaba segura de dónde les situaba eso. Aún había muchos obstáculos por superar.
    El hecho de que pareciera dispuesto a comprometerse le hacía sentir un gran alivio.
    La enfermera regresó con los papeles del alta de Mama y le repitió las instrucciones del médico. Media hora después estaban en el coche camino de su casa.
    En cuanto acostó a su abuela, Lucero regresó al salón, donde Manuel aguardaba, y se acurrucó en sus brazos disfrutando del gran abrazo con el que fue obsequiada.
    —Menuda noche de locos —observó Manuel.
    —Sí —ella se separó—. Siento no poder acompañarte. Está bien, pero no quiero dejarla sola.
    —Por supuesto que no —asintió él—. Te llamaré desde Nueva York y te informaré de los progresos. Con suerte, estaré de regreso en unos días. Tengo interés en zanjar este asunto.
    —¿En serio? —ella enarcó una ceja.
    —Sí — Manuel sonrió—, cierta dama embarazada me estará esperando. Yo diría que eso es un incentivo lo bastante importante para agilizarlo todo y meter mi culo en un avión.
    —Sí, pero, Manuel… esta vez no sufras ningún accidente.
    —Qué graciosa —él le pellizcó la nariz—. No tengo ninguna gana de estrellarme otra vez. Con una me basta. Sé la suerte que tengo por estar vivo y pienso seguir así mucho tiempo.
    —Me alegro —ella lo abrazó—. Porque tengo planes para ti y necesitaremos tiempo.
    —¿Y exactamente de cuánto tiempo estamos hablando?
    —Tanto tiempo como seas capaz de aguantarme.
    —Pues entonces hablamos de mucho tiempo.
    —Deberías volver a casa para ducharte y preparar el equipaje —ella lo besó y se apartó a regañadientes—. Debes tomar un ferri. Llegarás a Houston en plena hora punta.
    —¿De verdad no te importa que me lleve tu coche?
    —La pregunta sería más bien si no sufrirá tu orgullo por conducirlo —Lucero rio.
    —Tu coche es perfecto —él sacudió la cabeza.
    —Te echaré de menos, Manu —ella apoyó la frente en su pecho—. La idea de que te vayas me da pánico, porque no dejo de pensar en la última vez que nos despedimos.
    —Volveré, Lu—le aseguró él—. Ni siquiera un accidente de avión y mi amnesia consiguieron separarnos la última vez.
    —Te quiero.
    —Yo también te quiero —, Manuel la besó—. Te llamaré cuando llegue a Nueva York.
    ------------------------

    —Ya era hora de que viéramos aparecer tu cara por aquí —saludó secamente Alex, que aguardaba a Manuel en el aeropuerto de La Guardia—.Gustavo lleva enfadado desde que te marchaste y la interrupción de las obras no hizo más que empeorarlo todo. Y Copeland le tiene de los nervios con todo ese asunto de casarlo con su hija. Daniel ha estado obsesionado con informes de investigadores privados. Nadie tiene la cabeza en su sitio. Salvo yo. Está claro que en cuanto aparece una mujer sucede un desastre.
    —¿Alex? —preguntó Manu con cautela mientras abría la puerta del acompañante.
    —¿Qué? —Alex lo miró antes de sentarse al volante.
    —Cierra el pico.
    Alex siguió gruñendo sobre amigos de los que no te puedes fiar y de cómo nunca más iba a mezclar negocios y amistad.
    —Bueno, ¿y qué demonios está pasando, Manuel? Gus dice que te has echado atrás.
    —No me he echado atrás —gruñó él—, pero pienso que hay otras maneras de sacar adelante este negocio sin implicar a la propiedad de la isla Moon.
    Alex soltó otro juramento. El tráfico se complicó y, sumido en un profundo silencio, esquivó coches con gran pericia mientras Manuel se sujetaba con todas sus fuerzas.
    —¿Y sigues sin recordar nada? —preguntó Alex tras superar lo peor del atasco.
    —No. Nada.
    —¿Y aun así la crees? ¿Has empezado ya con las pruebas de paternidad?
    —No me importa lo que sucediera antes —contestó Manuel con calma—. La amo ahora.
    —¿Y qué pasa con el complejo vacacional? —preguntó Alex.
    —Tiene que haber alguna solución. Por eso he vuelto. Tenemos que arreglarlo, Alex. Mi futuro depende de ello.
    —Qué amable por preocuparte de tu futuro —murmuró Alex con ironía—. Sin embargo no he oído nada sobre el de los demás.
    —Eso ha sido un golpe bajo, tío —espetó Manuel —. Si no me importarais Daniel, Gus y tú, no estaría aquí. Habría anulado el maldito trato y mandado a los inversores a la porra.
    —Y tú te preguntas por qué huyo de las mujeres.
    —¿Estás pensando en pasarte al otro bando? —bromeó Manuel.
    —Sabes a lo que me refiero —Alex lo fulminó con la mirada—. Las mujeres están bien para el sexo. Cualquier otra cosa sólo sirve para castrarlo a uno.
    —Estoy deseando que llegue el día en que te haré tragar tus palabras — Manuel rio—. Mejor aún, me muero de ganas por conocer a la mujer que va a conseguirlo.
    —Escucha, no entiendo qué ha cambiado. Hace cuatro meses eras el rey del mundo. Conseguiste todo lo que deseabas. Y de repente ya no es lo que deseas.
    —Quizás ha cambiado lo que deseo —habían llegado a su apartamento y Manuel se volvió haciaAlex—. ¿Y cómo demonios sabes que hace cuatro meses conseguí lo que deseaba? No volví a verte hasta que desperté en la cama del hospital tras el accidente de avión.
    —Me llamaste el día antes de regresar —Alex sacudió la cabeza—. No parabas de jactarte de haber cerrado el trato ese día y que al día siguiente subirías a un avión camino de Nueva York. Te pregunté si te habían gustado las vacaciones, dado que habías estado allí cuatro semanas y me contestaste que había merecido el sacrificio que habías tenido que hacer.
    Manuel se quedó lívido y no conseguía que el aire entrara en sus pulmones.
    —¿ Manuel? ¿Estás bien?
    Por su cabeza pasaban las imágenes, como si fueran fotos. Los fragmentos de su memoria perdida salieron disparados. Caóticos. A una velocidad supersónica que lo mareaba.
    —Manu, dime algo —insistió Alex.
    Consiguió bajarse del coche y le hizo un gesto a Alex para que él no se bajara.
    —Estoy bien. Quiero estar solo. Te llamaré.
    Sacó el equipaje del maletero y caminó como un autómata hasta la puerta del edificio. El portero lo saludó con una alegre sonrisa.
    Como un zombi, entró en el ascensor y, torpemente, insertó la tarjeta.
    Recordó la primera vez que había visto a Lucero. Recordó la primera vez que le había hecho el amor. No, el amor no, sino practicado sexo con ella. El día en que Lucero había firmado el contrato de venta a cambio de un cheque. El día en que se despidió de ella.
    Las puertas del ascensor se abrieron y entró en el apartamento. Dejó el equipaje en la entrada y se tambaleó hasta uno de los sofás, tan asqueado, tan destrozado que sólo quería morirse.
    Por Dios bendito, Lucero jamás lo perdonaría por aquello.
    Él jamás se perdonaría.

    ------------
    —Mama, ¿tan terrible sería que construyeran un hotel aquí? —preguntó Lucero sentada junto a su abuela en la terraza.
    —Te estás agobiando —la anciana miró a su nieta—. Tienes que decidir qué es lo mejor para ti. No estás obligada a complacer a toda la isla. Si ese hotel se interpone entre Manuel y tú, tendrás que decidir qué es más importante: hacer felices a tus vecinos o ser feliz tú.
    — ¿Estoy siendo poco razonable al obligarle a cumplir una promesa que me hizo? —Ella frunció el ceño—. En su momento pareció de lo más sencillo, pero tiene socios, que además son sus mejores amigos, y también inversores que cuentan con él. Así se gana la vida. Y yo voy a pedirle que renuncie a todo porque aquí nos da miedo que cambie nuestra vida.
    —Bueno, sólo tú puedes contestar a esa pregunta —Mama asintió—. Hemos tenido mucha suerte durante años. Nadie se fijaba en nosotros y Galveston se lleva todos los turistas. Pero no podemos esperar que dure para siempre. Si Manuel no construye su complejo vacacional, con el tiempo otro lo hará. Seguramente saldremos ganando si lo hace Manuel, pues al menos él nos conoce. Si viniera otro, nosotros no le importaríamos en absoluto.
    —No quiero que me odien —insistió Lucero con pesar.
    —No todo el mundo te odiará —contestó su abuela—. Manuel te ama. Yo te quiero. ¿Quién más quieres que te quiera?
    —¿Sabes qué? —de repente, Lucero se sintió increíblemente estúpida y se dio una palmada en la frente—. Tienes razón, Mama. Esa tierra es mía. O lo era. Sólo yo tengo derecho a decidir a quién venderla y qué se puede hacer con ella. Si los demás no quieren que cambie nada aquí, que se hubieran puesto de acuerdo para comprarla entre todos. Ellos no tenían que pagar los impuestos y no les costaba nada decirme lo que podía o no podía hacer con mis tierras.
    —¡Así me gusta! —su abuela rio—. Enfádate y diles que se vayan a tomar viento fresco.
    —¡Mama!
    —Llevas demasiado tiempo angustiándote, cariño —la mujer rio ante la expresión horrorizada de su nieta—. Primero porque se marchó. Después porque creías que se había marchado para siempre. Luego descubriste que estabas embarazada y volviste a penar por él. Luego regresó y fuiste feliz. No te rindas esta vez. Esta vez puedes hacer algo.
    —Te quiero mucho —Lucero abrazó a su abuela.
    —Yo también te quiero, mi niña.
    —Y no creas que no te voy a decir lo mismo con respecto a Silas y a ti.
    —Yo me encargo de Silas —Laura rio—. Él sabe que, tarde o temprano, cederé y parece contentarse con esperar hasta que decida dejar de hacerle sufrir. Soy vieja. No me prives de esa diversión.
    —No quiero vivir lejos de ti. Quiero que veas nacer a tu bisnieto.
    —Actúas como si no fuéramos a volver a vernos —la anciana suspiró—. Tu Manuel tiene dinero de sobra. Si él no puede permitirse el lujo de enviarte en avión para que vengas a visitarme, entonces, ¿para qué sirve?
    —Tienes razón —Lucero sacudió la cabeza—. Estoy poniendo pegas porque no me gustan los cambios.
    —Los cambios son buenos —Mama le apretó la mano—. Es lo que nos mantiene jóvenes y vibrantes.
    —Supongo que debería llamar a Manuel para decirle que puede seguir adelante con el hotel. Seguro que le liberará de una enorme carga.
    —Mejor todavía, ¿por qué no vas a verle? Algunas cosas es mejor decirlas en persona.
    —No puedo dejarte. Le prometí al doctor…
    —Por el amor de Dios, estaré bien. Llamaré a Silas para que te lleve al aeropuerto. Y, si te hace sentir mejor, haré que Gladys venga a hacerme compañía hasta que regrese Silas.
    —¿Me lo prometes?
    —Te lo prometo —contestó Mama con impaciencia.
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    Re: ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Cherey Valentina el Miér Mar 27, 2013 8:46 am

    JKhaskdasdhjsdlasefc ¡MANU! RECORDOOOO o mai gaaad ¡Y LA DEJAS ALLÍ! Shocked Mueve tus dedos y sube dos mas.
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    ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Paola casandra el Dom Mar 31, 2013 1:52 am

    Capitulo 15

    Lucero se subió al taxi y le dio al conductor la dirección de Manuel. Estaba nerviosa, más de lo que había estado en toda su vida.
    Manuel no había contestado al teléfono ni al móvil, y una horrible sensación de déjà vu empezaba a dominarla, aunque intentó no ceder a la paranoia.
    El taxi paró frente al edificio de Manuel y ella bajó, pagó al conductor y se quedó mirando la entrada. Temblaba.
    Un hombre la rozó al pasar y ella frunció el ceño. Le resultaba familiar. ¿Daniel? Era uno de los amigos de Manuel. Daniel Corona.
    Quizás él le abriría la puerta.
    — ¿Daniel Corona? —llamó, acelerando el paso para alcanzarle antes de que entrara.
    Daniel se volvió con el ceño fruncido. Al verla, su expresión se relajó, pero no sonrió.
    —No sé si te acuerdas de mí —empezó ella.
    —Por supuesto que te recuerdo —contestó él secamente—. ¿Qué haces aquí?
    —He venido para hablar con Manuel. No contesta a mis llamadas. Necesito verlo. Es sobre el hotel.
    Quería decirle que está bien, que ya no me importa. No quiero que todo este asunto les cree problemas a sus amigos o a sus socios.
    — ¿Has venido para decirle todo eso? —Daniel la miró como si se hubiera vuelto loca.
    — ¿Sabes si está en casa? —ella asintió—. ¿Has sabido algo de él? Comprendo que estará muy ocupado, seguramente más que nunca, pero si pudiera verlo un minuto…
    —Ven conmigo —murmuró Daniel —. Te llevaré a su apartamento. Gustavp debería estar allí. No hemos sabido nada de él desde que regresó.
    Lucero lo miró alarmada.
    —No me mires así —la tranquilizó Daniel—.Alex lo dejó en su casa y estaba bien. Seguramente estará ocupado saliendo de este lío en el que se ha metido.
    Y tras agarrar a Lucero del brazo, la condujo al interior del edificio.

    — ¿Qué demonios te ha pasado? —preguntó Gustavo.
    —Sal de mi apartamento — Manuel abrió un ojo y lo entornó.
    —Estás borracho.
    —Por algo he dicho siempre que eras el más avispado de mis socios.
    — ¿Te importaría decirme por qué te has emborrachado cuando deberías estar salvando un negocio que pareces decidido a arruinar?
    —No me importa el hotel. Ni tú. Ni nadie.
    Manuel alargó una mano hacia la botella tirada en el suelo. La maldita cosa estaba vacía.
    Sentía la boca como si hubiera tragado algodón y le dolía endemoniadamente la cabeza.
    De repente fue arrancado del sofá, arrastrado por el salón y arrojado a uno de los sillones.
    Abrió los ojos de nuevo y vio el rostro de Gustavo a escasos centímetros del suyo.
    —Vas a explicarme qué demonios pasa aquí —exigió su amigo—.Alex dijo que todo parecía estar bien cuando fue a recogerte.
    Y de repente, dejas de contestar al teléfono y cuando vengo a ver cómo estás, te encuentro tan borracho que ni siquiera puedes abrir los ojos.
    —Soy un bastardo —contestó él con voz ronca.
    —Sí, eso ya lo sabíamos —Gustavo soltó un bufido—. Nunca te había preocupado ese detalle.
    —Pues quizás ahora sí me preocupa — Manuel consiguió ponerse en pie y se agarró a la camisa de Gustavo —
    Maldita sea, Gustavo, lo recuerdo todo, ¿de acuerdo? Cada detalle, y me pone tan enfermo que ni siquiera puedo pensar en ello.
    — ¿De qué demonios hablas? —Gustavo entornó los ojos—. ¿Tan malo es lo que recuerdas?
    —La utilicé —contestó él con calma—. Fui allí con la única intención de hacer lo que fuera necesario para conseguir esas tierras.
    Y lo hice. Por Dios que lo hice. La seduje. Le dije que la amaba. Le prometí todo lo que ella quería oír. Y así conseguí este trato.
    Pero era todo mentira. Me marché sin ninguna intención de regresar. Ya tenía lo que quería.

    Un sollozo sonó junto a la puerta y Manuel giró bruscamente la cabeza. Al ver a Lucero, blanca como la pared, se puso lívido.
    Daniel la sujetaba para que no cayera al suelo.

    Era una pesadilla. La peor de las pesadillas hecha realidad. ¿Qué estaba haciendo allí?
    —Lucero… —soltó la camisa de Gustavo y se dirigió hacia ella.
    Lucero dio un paso atrás. Estaba tan pálida que parecía a punto de desmayarse.
    —Lu, por favor, escúchame.
    Ella sacudió la cabeza con los hermosos ojos anegados en lágrimas.
    —Por favor, déjame en paz —le suplicó con apenas un hilillo de voz—. No digas nada más. Lo he oído todo.
    Dándose la vuelta, corrió hacia el ascensor.
    —Ve tras ella —le rugió Manuel a Daniel—. Por favor, hazlo por mí. Asegúrate de que está bien. No conoce a nadie aquí.
    No quiero que le pase nada.
    Daniel soltó un juramento y pulsó el botón de llamada del ascensor mientras Gustavo llamaba al portero, dándoles instrucciones de retener a Lucero hasta que llegara Daniel.
    — ¿Y por qué no vas tú mismo? —preguntó tras colgar el teléfono.
    — ¿Y qué voy a decirle? — Manuel se dejó caer en el sillón y escondió el rostro entre las manos—. Le mentí. Jugué con ella.
    La utilicé. Todo lo que ella temía que le hubiera hecho.
    — ¿Y ahora qué? —Gustavo se sentó en el sofá y miró a su amigo.
    —La amo. Y recordar lo que le hice, lo que sentí al hacerlo, me pone enfermo.
    Estoy tan avergonzado de cómo era que ni siquiera puedo pensar en ello sin sentir ganas de vomitar.
    —Pero ya no tienes por qué ser así —contestó Gustavo con calma.
    —Eso es lo que me ha repetido ella hasta la saciedad — Manuel cerró los ojos y sacudió la cabeza—.
    No dejaba de decirme que no tenía por qué seguir siendo la persona que había sido, que las cosas no tienen por qué seguir siendo como siempre han sido.
    —Parece una chica muy lista.
    —Gustavo, ¿cómo pude hacer lo que hice? Es la mujer más hermosa, cariñosa y generosa que he conocido jamás.
    Es todo lo que he deseado siempre. Ella y nuestro hijo. Quiero que seamos una familia. Pero ahora no sé si podrá perdonarme alguna vez.
    ¿Y cómo podré perdonarme yo a mí mismo?
    —No tengo la respuesta —admitió Gustavo—. Pero aquí no la encontrarás. Si la quieres, vas a tener que luchar por ella. Si te rindes, le estarás confirmando que sigues siendo el mismo.
    —No puedo dejarla ir. No sé cómo voy a hacer que lo comprenda, pero no puedo dejarla ir. Hiciera lo que hiciera, por muy bastardo que fuera entonces, ya no soy así. La amo. Quiero otra oportunidad. Si me concediera otra oportunidad, jamás le daría motivos para volver a dudar de mí.
    —Estás convenciendo a la persona equivocada —le indicó su amigo—. Estoy de tu parte, tío, aunque seas el mayor imbécil de todo Norteamérica.
    Y, pase lo que pase con este asunto del complejo vacacional, estaré contigo al cien por cien, ¿de acuerdo? Ya se nos ocurrirá algo. Y ahora ve tras tu chica.

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    Re: ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Paola casandra el Dom Mar 31, 2013 1:55 am

    les ha gustado? disculpen no había podido subir capítulos Smile
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    Re: ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

    Mensaje  Danny Centeno el Dom Mar 31, 2013 2:22 am

    que si me gusta? Shocked
    me encantaaa pero por diosito santooo
    siguelaaaaaa Crying or Very sad

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    Re: ¿Te acuerdas de mí? ADAPTADA

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