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    Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

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    lauriita29
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    Mensajes : 45
    Fecha de inscripción : 29/04/2012

    Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  lauriita29 el Jue Mayo 17, 2012 9:42 pm

    Bueno chicas, como ya les había dicho, yo continuaré con la web. Pero como ya había dicho carmen, esta web esta SÚPER SÚPER HOT!!! Wink jajajajaja bueno la subiré para las chicas que la quieran leer! Ahhhh se me olvidaba... Se que para una estará muy traumante y para otras no... jeje entonces las que se les haga muy fuerte pues simplemente ya no lean! Y las otras continuaran!! Y si de aplano a TODAS les parece ya saben, entonces ya no continuo... Va? Smile Una cosita mas, continuo con el CAP #3 como Carmen la comenzó...


    Última edición por lauriita29 el Jue Jun 28, 2012 4:32 pm, editado 8 veces

    lauriita29
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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  lauriita29 el Jue Mayo 17, 2012 9:43 pm

    Capitulo  3 

    Lucero miró el reloj de la cómoda. Faltaban quince minutos para que llegaran Pablo y Manuel. Dejó caer la falda en el suelo del armario y sacó un pantalón corto con gesto de desafío. Había llegado a casa con tiempo de sobra para ducharse y depilarse las piernas y ahora debatía consigo misma sobre lo que se iba a poner. Como si importara algo.

    Su prometido y el mejor amigo de éste, un hombre al que no le gustaba nada, iban a ir a cenar comida tailandesa a su casa. Después de un año viviendo allí, una de las cosas que todavía le encantaban de Nueva York, era la variedad de comida fabulosa que había por todas partes.

    Miró la ropa del armario. No iba a salir y no tenía que impresionar a nadie. Eligió una camiseta desgastada, pero no tardó en descartarla. No, a Pablo le gustaba vestirse aunque no fueran a salir. Y la educación sureña de ella le impedía recibir a alguien en casa vestida con eso.
    Se rió de sí misma. Y no, tampoco podía vestir de blanco antes de Semana Santa ni después del Día del Trabajo. Aunque ahora viviera en el Upper West Side de Manhattan, seguía siendo Lucero Hogaza de Savannah, Georgia. Era curioso que hubiera tenido que ir a Nueva York para descubrir quién era. Sonrió. A su madre seguramente la sorprendería saber que la rebelde de los Hogaza respetaba así las normas del blanco.
    Optó por un top de espalda desnuda y atado al cuello. Informal pero sexy. Y lo más importante... fresco, algo a tener en cuenta con el calor que hacía fuera. Terminó de vestirse y cerró la puerta del armario con la ropa descartada tirada en el suelo. Se recogió el pelo en alto y lo sujetó con un pasador gigante. A pesar del aire acondicionado, el calor parecía colarse en la casa.

    Se puso perfume detrás de las orejas y, en un impulso, también entre los pechos. Si no le gustaba a Manuel, al menos quería que le gustara su olor.

    Acompañió a voz en grito una canción de Roberta Flack que sonaba en la radio y tiró del pantalón corto hacia abajo. Esa mañana no había salido a correr y lo notaba en el modo en que le apretaban los pantalones. Algunas mujeres se veían bendecidas con cuerpos esbeltos y delgados que parecían de sílfide, pero ella no pertenecía a ese grupo. Había aprendido hacía tiempo que comer la mitad de lo que había en su plato y hacer ejercicio todos los días era el único modo de conservarse. Las mujeres bajitas y con curvas podían caer fácilmente en la gordura.

    Cometió el error de mirarse el trasero en el espejo mientras cantaba. ¡Agh! Pablo tenía razón. La última vez que se habían acostado le había dicho que su trasero se había hecho más grande. No era lo que ella quería oír, pero suponía que la verdad a veces podía doler.
    Había pensado seriamente en hacerse una liposucción en el trasero, ¿pero y si esas células de grasa se trasladaban a sus muslos o a otros destinos igualmente odiosos? No se atrevía a correr ese riesgo.

    Un aullido en la otra habitación apartó su atención de su trasero. Fue a la cocina y sirvió comida de gato en el bol vacío situado al lado del frigorífico.

    -Ajá. Estás engordando tanto como yo -se echó a reír y levantó un momento a Peaches en el aire-. Pero te comprendo. Yo también tengo hambre.

    El sonido del telefonillo resonó en todo el apartamento y a Lucero se le aceleró el corazón. Manuel y Pablo. La idea de encontrarse frente a frente con el primero la había atormentado toda la tarde. No lo había visto desde que él empezara a invadir sus sueños de un modo satisfactorio pero inquietante.
    Tragó saliva y bajó la radio de camino a la puerta. Se asomó por la mirilla y el corazón le dio un vuelco al ver la cara de Manuel. 

    Etta James cantaba con voz ronca en la radio sobre el amor que llegaba por fin a matar su soledad, cosa que no hizo nada por apagar el nerviosismo de Lu.

    Se riñó a sí misma. Que hiciera el amor con Manuel en sueños no implicaba, ni mucho menos, que él fuera su gran amor.
    Enderezó los hombros, sonrió y abrió la puerta.

    -Hola, Manuel.
    -Hola, Lucero.
    -¿Dónde está Pablo? -preguntó ella.
    -Tenía una sesión y hemos acordado que nos veríamos aquí -explicó él, sin el menor asomo de sonrisa en la profundidad de sus ojos oscuros.
    Lucero se hizo a un lado.
    -Entra.

    Su pelo oscuro, cortado muy corto y peinado hacia atrás, daba un aire delgado y ascético a su rostro. Lucero sintió su calor corporal cuando entró en la estancia con la bolsa de la cámara al hombro. Aquello era mucho peor de lo que había anticipado, mucho más potente que ningún sueño. Su aroma sutil y limpio la envolvía. En sus sueños, el aroma de él no la excitaba tanto como en ese momento. Contuvo el aliento y buscó un tono de voz ligero.

    -¿Qué tal la sesión de fotos?
    -Bien. Ha sido rápida. Ya he fotografiado a Chloe más veces -dijo él.

    El nombre evocaba la imagen de una modelo alta, delgada y hermosa. Lu la odió en el acto sin sentir ningún remordimiento. Era el precio que tenían que pagar las mujeres hermosas que no poseían un trasero del tamaño de un principado.

    Unas semanas atrás, después de formalizar el compromiso, Manuel había fotografiado a Lucero a petición de Pablo. Éste entendía de arte, pero no era artista. Manuel, en cambio, era un genio con la cámara. Ella no era modelo profesional y Manuel había necesitado un día entero de trabajo con ella, pero sus fotos habían sido fantásticas. Se había visto a sí misma de un modo distinto. Había visto fuerza, pero también una vulnerabilidad sensual.
    Manuel se había mostrado paciente y casi encantador, como si cuando se ponía detrás de la cámara se olvidara de sí mismo, o quizá como si para entonces cuando era él mismo.
    Durante la sesión, Lucero había llegado a creer que al fin se lo había ganado. Había sido un día Mágico. Pero después de eso, él se había retraído más que nunca con ella. Por suerte, sus caminos no habían vuelto a cruzarse.
    Excepto de noche. En la cama. En sus sueños. La noche siguiente a la sesión de fotos, ella había tenido su primer sueño erótico con él. Y desde entonces se habían repetido todas las noches. Y ahora el objeto de su lujuria estaba en su casa, después de haber pasado el día fotografiando a una modelo escuálida. Lu reprimió un comentario mordiente.

    -Todavía no te he dicho que las fotos que me hiciste son magníficas. Eres un genio - Lucero cerró la puerta.
    -Tú eres muy fotogénica, tienes una sonrisa fabulosa y una estructura ósea fantástica -repuso él.
    -Gracias -comentó ella-. Deja ahí el equipo -señaló un punto entre la puerta y el aparador antiguo-. ¿Quieres beber algo mientras esperamos a Pablo? ¿Vino tinto?
    Manuel dejó su cámara y el equipo con mucho cuidado en el suelo y la miró por encima del hombro.
    -Estupendo.
    Lucero pensó que tenía que dejar de admirar el modo en que la camiseta de él le ceñía los hombros y el modo en que los vaqueros le apretaban el trasero.
    Él se incorporó y la miró con aire interrogante.
    -¿Necesitas ayuda?
    La joven carraspeó.
    -No. Ya voy -señaló el sofá con un movimiento de muñeca-. Ponte cómodo, enseguida vuelvo.

    Salió de la estancia rezando en silencio para que Pablo llegara pronto. Aquellos sueños empezaban a alterarla mucho.
    Se apoyó en la encimera y respiró hondo varias veces. Sacó una botella de vino del botellero de encima del frigorífico, una botella de Cabernet. Peaches, que pasaba la mayor parte de su tiempo encima del frigorífico, le lanzó una mirada atravesada.
    Lu descorchó la botella.

    -Mira, los gatos normales se acurrucan en la cama o en el sofá o se colocan encima del respaldo de los sillones. ¿Por qué te gusta a ti tanto el frigorífico?
    Por supuesto, el gato no se dignó contestar. Lucero sacó tres vasos de vino del armario.
    -No te molestes por mí -dijo-.Ya me marcho.
    Volvió a la sala.
    Manuel estaba sentado en el sofá color púrpura y miraba a su alrededor. Lucero se sintió cohibida al pensar que estaba viendo su espacio personal con ojos de artista. Su gusto era variopinto. Le gustaban las reproducciones artísticas, alguna antigüedad que otra y muebles más cómodos que elegantes.
    Dejó el vino y los vasos en el arca de bambú que hacía también las veces de mesita de café. Manuel la miró a ella y la habitación pareció desaparecer hasta que sólo quedó la distancia corta que los separaba. Si ése hubiera sido uno de sus sueños, se habría reunido con él en el sofá, donde los dos se habrían desnudado y...

    -¿Necesitas ayuda? -preguntó él.
    -Gracias, no -repuso ella-. Marchando un vaso de vino.
    Consiguió servir los dos vasos. Le tendió uno, procurando no tocarlo.
    -¿Hablabas con alguien en la cocina? -preguntó Manuel.
    Ella se sentó en un sillón enfrente de él.
    -Con mi gato.
    -¿Y te contesta?
    -No. Es el típico macho, oye lo que quiere. Sólo habla si tiene la tripa vacía o quiere el mando de la tele.
    -Un gato de mi estilo -sonrió Manuel. Levantó su vaso en un brindis silencioso y tomó un sorbo de vino.
    Sus dedos, largos y finos, le recordaron a Lu el sueño que tuviera en la siesta.
    Tomó un sorbo de vino a su vez.
    -Está muy bueno -dijo Manuel.
    -Gracias -Lucero tomó otro sorbo y se atragantó. Tosió. Y volvió a toser. No conseguía respirar bien.

    Manuel saltó el arcón y le quitó el vaso de vino de la mano. Se arrodilló y, Lucero, condicionada sin duda por su sueño, abrió automáticamente las piernas para hacerle un hueco. Él la agarró por los hombros.
    -¿Puedes respirar? Di que sí con la cabeza.
    La joven asintió. Pero él no apartó las manos de los hombros desnudos. Al fin ella dejó de toser y él seguía arrodillado entre sus muslos, con los dedos en sus hombros.
    -Estoy... bien -consiguió decir ella con voz temblorosa por la proximidad de él. 

    La realidad de su contacto era mil veces más potente que un simple sueño. ¿Temblaba la mano de él en su hombro o era un reflejo de su propia reacción?
    Manuel la soltó y se levantó con brusquedad.
    La miró desde arriba, todavía entre sus piernas.
    -Deberías beber con más cuidado -dijo.

    Lu lo odió en ese momento. ¿Cómo podía mostrarse tan preocupado y considerado un momento y tan desagradable al momento siguiente? Ignoró su comentario y pensó en Pablo. Miró su reloj. Eran casi las nueve y cuarto.

    -Espero que Pablo llegue pronto -dijo-. Estoy muerta de hambre.
    Enseguida se arrepintió de sus palabras. Manuel acababa de pasar la tarde fotografiando a una modelo escuálida y ella, que tenía un trasero descomunal, sólo podía hablar de comida.
    -Bueno, muerta de hambre no, pero sí algo hambrienta -intentó enmendar.
    No conseguía decir ni hacer nada bien con él delante.
    Y de pronto eso ya no importó, porque ya no estaba delante de Manuel, sino rodeada de oscuridad.
    -¿Qué narices...? -preguntó él. Lucero pensaba lo mismo.
     -¿Manuel? -preguntó ella con pánico en la voz.
    -Estoy aquí -se levantó, ciego en la oscuridad, y se golpeó las espinillas con el arcón. Dejó el vaso de vino allí con mucho cuidado.
    Y menos mal que lo hizo, pues Lucero se agarró a su brazo con dedos temblorosos.

    -Perdona. La oscuridad y yo no nos llevamos bien.
    Manuel avanzó despacio, tocando los muebles, hasta que llegó a su lado. Nunca había conocido una oscuridad tan absoluta. No la veía, pero sentía el calor de su cuerpo, olía su perfume y sentía su energía en la mano que le agarraba el brazo.
    -¿Alguna mala experiencia? -le preguntó.
    La joven soltó una risita temblona.
    -Cuando tenía cuatro años me quedé encerrada dos horas en un armario por curiosa. Me sentí aterrorizada. Desde entonces me da pánico la oscuridad.
    Volvió a reírse, como si quisiera enmascarar el nerviosismo que resultaba patente en su voz. Manuel le tomó la mano.

    -No pasa nada, yo estoy aquí. ¿En este edificio se va la luz a menudo?
    -Ha pasado dos veces antes, pero era de día - la voz de ella sonaba más segura, menos asustada, y su mano era más firme. Intentó apartarla-.Ya estoy bien.
    Su respiración jadeante la traicionaba. 

    No estaba bien, pero hacía lo imposible por dar esa impresión. Manuel resistió el impulso de estrecharla en sus brazos y prometerle que todo iba bien. En lugar de eso, se contentó con apretarle la mano con más fuerza.

    -Pues yo no -respondió-. Veo menos que un murciélago. ¿Dónde está tu linterna?
    Ella se volvió hacia él y le rozó el hombro con la mejilla, gesto que aceleró el corazón de Manuel. Era una agonía estar tan cerca, tocarla y olerla.

    -No tengo. Se rompió en la mudanza y he olvidado comprar otra -su aliento rozaba el cuello de él y su cabello le acariciaba la mandíbula.
    -Está bien. No hay linterna. Cambiemos de planes. ¿Dónde hay una ventana?
    Los dedos de ella se entrelazaron con los de él.
    -En mi dormitorio. Hay una en el cuarto de baño, pero es pequeña.
    -De acuerdo. Llévame a tu dormitorio -a pesar de la oscuridad, cerró los ojos al decir eso. En otras circunstancias...
    -Por aquí -ella tiró de su mano y él chocó casi enseguida con algo duro.
    -¡Ay! -era la pared.
    -Perdona -se disculpó ella.
    -Supongo que tú no has chocado contra la pared.
    -No. Estoy en el umbral de la puerta.
    -Andar a tu lado no funciona -declaró él-. Ahora iré detrás -le puso las manos en los hombros desnudos. En la oscuridad no le costaba nada imaginar que estaba completamente desnuda. Sus hombros eran suaves, su piel cálida y elástica. Su aroma lo envolvía, lo seducía. Ansiaba estrecharla contra sí, bajar la cabeza y besar la piel delicada de su garganta y seguir luego por el hombro. Quería absorber su calor, su sabor... a ella.
    El anhelo invadía su alma. Tenerla en sus brazos pero todavía fuera de su alcance era una crueldad. Él quería saborearla... se inclinó hacia delante y ella se movió levemente y se acercó más a él. Mechones de su pelo le rozaban la cara. ¿Qué narices hacía? Echó la cabeza hacia atrás.

    -¿Manuel? -preguntó ella con voz ronca.
    -Dame un segundo para situarme -ropa, necesitaba tocar ropa-. ¿Mejor así? -sujetó las caderas de ella justo debajo de la curva de la cintura como habría hecho si estuvieran bailando la conga... o haciendo el amor desde atrás.
    -Así está bien -la voz de ella sonaba tensa. O quizá era su imaginación, ya que aquella proximidad lo tenía atontado.
    -De acuerdo. Tú guías -sabía que hablaba con brusquedad, pero prefería que lo considerara grosero a salido.

    Caminó detrás de ella, agarrándole con firmeza las caderas, intentando ignorar el modo en que oscilaban bajo sus dedos. ¿Qué pensaría Lucero si sabía que, mientras ella combatía un ataque de pánico, él se excitaba sólo con tocarle la mano e inhalar su aroma cada vez que tomaba aire?
    En la habitación detrás de ellos sonó el móvil de Lu. Ella vaciló y se volvió un poco en dirección al sonido. Manuel se agarró a ella con más fuerza.
    -Sigue andando. Es imposible que llegues a él antes de que salte el contestador. Y seguramente nos daríamos algún golpe por el camino.
    Prosiguieron su recorrido a oscuras. Casi inmediatamente, el móvil de Manuel vibró en su costado.
    -Espera. Me llaman -sacó el móvil y lo abrió con una mano, pero dejó la otra en la cadera de ella-. ¿Sí?
    -¿Estás con Lucero? -preguntó la voz de Pablo.
    -Sí. Está aquí.
    -Acabo de llamarla y no contesta.
    -Su apartamento se ha quedado a oscuras y no ha podido contestar a tiempo. ¿Dónde estás tú?
    -En la galería de arte. Aquí tampoco hay luz.
    -¿Y por qué estás allí? ¿Qué pasa?
    -No creo que nos hayan sitiado, si te refieres a eso. Creo que es un apagón como el que tuvimos hace un par de años. Yo me he retrasado un poco porque tenía que aclarar algunas cosas con Richard y de pronto ha pasado esto.
    Manuel agradeció la oscuridad porque así Lucero no podía ver su expresión. Le importaban un bledo los detalles de Richard y Pablo, pero si éste hubiera llegado con la cena como había prometido, él no estaría ahora sujetando la cadera de Lucero en la oscuridad. A solas con ella. Con muchas tentaciones.

    -Excelente. ¿Cuánto tiempo crees que tardarás en llegar? -preguntó, esforzándose por mantener la voz neutral.
    -Nos hemos quedado encerrados. Al irse la luz se ha bloqueado el sistema de seguridad.
    Aquello iba cada vez mejor.
    -¿Están encerrados en la galería de arte?
    -Sí -Manuel oyó el murmullo de otra voz de hombre al fondo, seguida de la risa de Pablo-. Oye, no hace falta que te quedes con Lucero. Seguro que no le pasará nada.
    Manuel sintió una oleada de furia contra su amigo. ¿No sabía, o no le importaba, que la mujer con la que se había prometido estaba aterrorizada de la oscuridad mientras él coqueteaba con su nuevo amante? ¿Por qué estaba con Richard en lugar de haber ido al apartamento de Lucero como había prometido? ¿Y por qué tenía que usar un tono de propietario para decirle que no hacía falta que se quedara con ella? Y, desde luego, él no le iba a decir nada de todo eso con ella escuchando.

    -Claro que me quedaré con ella hasta que vuelva la luz. No se me ocurriría dejarla sola.
    La joven se acercó más y él le apretó más la cadera sin pensar. Aquello no iba por buen camino. ¿Cuánto tiempo podría estar encerrado en aquel apartamento con aquella mujer que lo volvía loco?
    -No. He dicho que no necesitas quedarte - dijo Pablo con brusquedad.
    Pero Manuel no quería que Lucero supiera que su prometido era tan poco considerado que prefería que Manuel la dejara sola en un apagón. Era mejor para ella que el egoísta de su amigo pareciera un novio considerado.

    -No lo pienses más. No me iré hasta que vuelva la electricidad.
    -Como quieras. Si te apetece hacer de caballero andante... -comentó Pablo.
    Manuel colgó el teléfono y lo devolvió al bolsillo.
    -Era Pablo. Está bien. Cree que esto es un apagón. Está atrapado en la galería con el pintor de acrílicos. Al parecer, el sistema de seguridad los ha dejado encerrados.
    -Sé que te ha pedido que te quedes, pero no hace falta que hagas de canguro. No me pasará nada.
    Aquello era toda una ironía. Manuel nunca había deseado tanto salir de un sitio, pero sabía que a ella no le gustaría quedarse sola y que él no iba a dejarla.
    -Ya sé que no tengo que quedarme por obligación, pero prefiero no tener que ir a mi casa si no funciona el metro. ¿Te importa que me quede hasta que vuelva la luz?
    -En absoluto. Si tú quieres quedarte, a mí me gustaría que lo hicieras.
    -Entonces está decidido. No te librarás de mí hasta entonces.
    La risa de ella sonó más relajada y Manuel supo que había hecho lo correcto.
    -Está bien. Parece que estamos atrapados el uno con el otro.

    Manuel no supo cómo ocurría, pero en ese momento ella se movió, él se movió... y su mano se posó en el pecho de ella. Por un momento, se quedó tan atónito que sólo pudo permanecer allí de pie, con la mano en el pecho femenino y el pezón duro contra su palma.
    La atmósfera se hizo más densa. Una descarga sexual palpitaba entre ellos. Por un momento, él habría jurado que ella apretaba el pezón endurecido contra su mano. Lo invadió el deseo y su universo quedó reducido a la sensación del pecho en su mano y a la excitación que lo mantenía rígido. Lucero emitió un sonido inarticulado que él no supo si era un gemido o una protesta, pero que le produjo el efecto de un jarro de agua fría.
    Apartó la mano.
    -Perdona. Ha sido un accidente
    -Claro que sí. Estoy segura de ello. Tú nunca...
    -¿Estamos muy lejos del dormitorio? -preguntó él, con una voz tan tensa como su cuerpo.
    -Manuel...

    ¿Pensaba que sólo tenía que tocarle el pecho y estaba más que dispuesto a tumbarla en la cama y aprovecharse de ella? ¿A acariciarla y besarla hasta que estuviera tan inmersa en su pasión que se olvidara de la oscuridad? Pues si pensaba eso, tenía razón. Y si hubiera sido su chica, habría hecho justamente eso. Pero no lo era.

    -La ventana. ¿No está la ventana allí?
    -Sí.
    Recorrieron el corto pasillo hasta el dormitorio, pasaron a lo largo de la cama y llegaron a la ventana. Lucero descorrió las cortinas y levantó la persiana.

    La ciudad estaba inmersa en la oscuridad... un cielo oscuro con las sombras de los edificios más oscuros contra él. En la distancia se veían edificios iluminados por generadores propios, a modo de centinelas relucientes que guardaran la ciudad. A lo largo de la calle, la gente se alumbraba con velas, linternas o con los faros de los coches.
    A pesar del ruido apagado de la gente y el sonido inevitable del claxon de los coches, la oscuridad los aislaba, encerrándolos en la isla del apartamento de ella, apartados del resto de la civilización.
    Nubes oscuras cruzaban el cielo, tapando la poca luz que podía haber salido de allí.

    -Va a haber tormenta -dijo ella.
    -Eso parece. ¿Tienes velas?
    -No tengo linterna, pero sí muchas velas.

    Le soltó la mano y se volvió. La mesilla estaba a poca distancia de la ventana. Abrió el cajón y palpó dentro. Sacó un encendedor.
    Encendió una vela que había al lado de la cama. Cruzó la estancia y encendió dos más colocadas en candelabros de pared y que flanqueaban un cuadro de una mujer semidesnuda reclinada en un diván. Era muy sensual. Como ella. Como la habitación.
    Una cama enorme dominaba la pared de la ventana. Encima había un edredón de tonos rojo, canela y dorado. Contra el cabecero se amontonaban cojines a juego. Una cómoda con espejo ocupaba el espacio de la pared entre la puerta del dormitorio y el armario. Lucero se acercó a un candelabro de tres brazos que había sobre la cómoda y se volvió a mirarlo sonriente.

    -Ya te he dicho que tenía muchas velas.
    A la luz de las velas resultaba aún más hermosa, pues las llamas temblaban en sus hombros desnudos y lanzaban sobre el valle entre sus pechos sombras misteriosas que él ansiaba explorar. El perfume de las velas los envolvía en aromas exóticos que conjuraban imágenes de sexo ardiente, imágenes que combatían sus reservas y lo dejaban convertido en un hombre que sufría por la mujer a la que deseaba y no podía tener. Ella tenía los labios entreabiertos y Manuel habría jurado que sus ojos mostraban un ardor recíproco.

    -No deberías encenderlas todas. No sabemos el tiempo que puede durar el apagón -nada como un poco de crítica para disipar una atmósfera cargada.
    -Tengo muchas. Me gustan las velas.
    -¿Tienes también una radio con pilas para que podamos enteramos de lo que pasa ahí fuera? - preguntó él. Definitivamente, había llegado el momento de volver al mundo real. Necesitaba estímulos externos para no embarcarse en otra fantasía sobre ellos dos.
    -Mi radio portátil lleva pilas -contestó ella.
    Levantó la radio de la mesilla y la encendió. No sucedió nada.
    -Las pilas deben de estar agotadas -dijo él.
    Lu arrugó el ceño un momento.
    -Ya sé -dijo.

    Buscó en el cajón de la mesilla y sacó... el vibrador más grande que Manuel había visto nunca. Aunque, en realidad, él nunca había visto un vibrador antes. Y era bastante... grande.
    -Manuel, te presento a Tiny.

    Tiny resultaba bastante amenazador desde el punto de vista de un hombre. Ella desenroscó la parte inferior, sacó dos pilas y volvió a colocar la tapa. Guardó el vibrador en el cajón y sacó otro más pequeño, con un tubo más estrecho en la punta.
    -Éstos son Enrico y Bob -agitó el juguete en dirección a él.
    -Hum.

    Manuel tuvo que recordarse que debía respirar... pero no con mucho ruido. Aquello no iba nada bien. Debería haberla abandonado y haber salido de allí cuando tenía ocasión. Si antes pensaba que estaba caliente, ahora ardía de arriba abajo.
    -Supongo que ya tenemos pilas suficientes -musitó.
    Ella sacó dos pilas más y las echó sobre la cama con las otras.
    -Ya está. Cuatro pilas. Y te prometo que funcionan todas. ¿Por qué no se las pones a la radio?
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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  Malu el Jue Mayo 17, 2012 10:39 pm

    :O Me encanta quiero mas Caps esta WN esta muy buena siguela siguela jejejejjee cheers
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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  IndiiCH el Jue Mayo 17, 2012 10:50 pm

    o:
    ¡QUE HOT!
    bounce
    Quiero más
    lol! lol!


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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  diana lucerina el Vie Mayo 18, 2012 2:22 pm

    siiiiiiiiigueelaaaaaaaaaaaaaaaaaa alien affraid lol! [i] sieguela yaaaaa
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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  MLCarlii el Vie Mayo 18, 2012 9:06 pm

    aaai ya me urge que haya algo más entre este par: que oso lo del vibrados JJAJAJAJA

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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  lauriita29 el Dom Mayo 20, 2012 6:36 pm

    Capitulo 4

    Tal vez se hubiera pasado un poco al presentarle a los vibradores por su nombre, pero lo había hecho, en parte por nerviosismo, y en parte por la desaprobación que notaba en el tono cortante de él. Según Pablo, la altanería de Manuel se debía a que era norteamericano de primera generación. Su padre, británico, había sido trasladado a Nueva York como conservador de un museo antes de que naciera Manuel A ella no le importaba a que se debiera, pero estaba harta de su actitud altiva. Y, si había de ser sincera, tampoco le gustaba que la afectara tanto. Cuando estaba con él no podía pensar en nada que no fuera sexo. Había estado a punto de hacer el ridículo cuando él le había puesto las manos en los hombros y después, cuando le tocó el pecho, le faltó poco para suplicarle que la poseyera allí mismo, contra la pared del pasillo. Manuel hacía aflorar en ella una sensualidad que no había conocido nunca y cuya intensidad a veces la asustaba.
    Manuel puso las pilas a la radio en silencio. Sus manos no parecían muy firmes. A lo mejor aquella proximidad también lo afectaba a él.
    La radio cobró vida...
    -... y parece que el apagón se debe al aumento de la demanda debido al uso mayoritario del aire acondicionado con este calor. Por desgracia, ha fallado la electricidad en todo el estado y las autoridades no están seguras de cuándo volverá la luz. Parece que va a ser una noche caliente, así que quédense donde están y no se muevan. Debido al apagón, vamos a abrir las líneas para peticiones y dedicatorias que tengan que ver con el verano y el calor. Y supongo que dentro de nueve meses habrá muchos recién nacidos. Eh, de alguna forma hay que pasar el tiempo. Vamos a empezar con un clásico. Ama a aquel con quien estás.
    Lu extendió la mano y apagó la radio.

    ¿Atrapada toda la noche con Manuel en su apartamento? Intentó reprimir el pánico. Señales de peligro explotaron en su cerebro. Manuel, ella, la luz de las velas... y ya tenía la sensación de que la temperatura en su apartamento había subido varios grados.

    -Bien, podemos olvidarnos de la comida tailandesa -dijo-. ¿Tienes hambre?
    Por supuesto, tenía que ser ella, la gorda, la que sacara el tema de la comida. Pero estaba hambrienta y al menos dejaba de pensar en sexo. Y en Manuel. Y en sexo con Manuel. Bueno, no dejaba de pensar, pero era cierto que tenía hambre.
    Él sonrió y a ella la desarmó el brillo de sus dientes blancos en la penumbra.

    -Estoy muerto de hambre. Podría comerme las uñas.
    -No tengo mucha comida en casa. Hay una charcutería a menos de dos manzanas. ¿Crees que seguirá abierta?
    -Debería. En el apagón de 2OO3, las tiendas de comida vendían barato porque no sabían cuánto tiempo duraría el apagón. Mejor vender la comida que dejar que se estropeara. Yo llevo algo de dinero encima. Vamos a intentarlo -sonrió de nuevo-. Y no me importaría comprar también unos carretes de fotos.
    Por supuesto que no. Era fotógrafo y era normal que le apeteciera hacer fotos. Y también era increíble cómo cambiaba su actitud cuando hablaba de fotografía.

    -Bien. Comida y carretes. Por mí de acuerdo -dijo ella.
    Apenas acababa de hablar cuando vieron un relámpago, que fue seguido de un trueno. Empezó a llover a cántaros. Al parecer, esa noche no ocurría nada en pequeñas dosis.
    -O no. Me da lo mismo. Pero se acabó. No pienso planear nada más esta noche porque todo lo que planeo sale mal -Lu soltó una risita nerviosa. Tomó una vela gruesa y se dirigió a la puerta-. No tengo una despensa muy surtida, pero no será necesario que comamos uñas.

    No dijo nada al ver que Manuel apagaba las demás velas de la habitación antes de tomar la radio y seguirla. Tenía velas suficientes en el armario para que les duraran una semana, pero no tenía sentido discutir por eso.
    Estaba más que dispuesta a enterrar el hacha de guerra, ya que parecía que iban a estar juntos algún tiempo.
    De camino a la cocina, tomó su vaso de vino.
    -Sería una pena desperdiciar un vino bueno.
    -Ah, algo en lo que estamos de acuerdo
    Manuel cambió la radio por su vaso y la botella. Con el tamaño tan pequeño del apartamento, no tendrías problemas en oír la radio desde la cocina. La siguió y, unos segundos después, varias velas iluminaban su cocina minúscula.
    -¿Qué es eso? -preguntó Manuel.
    Lucero siguió su mirada hasta el frigorífico. En la semioscuridad, Peaches parecía más un felino salvaje que un gato.
    -Es Peaches, mi gato. Le gusta ponerse encima del frigorífico. Es agresivo y sólo oye lo que quiere.
    -¡Pobrecito! Tú también serías agresiva si te llamaras Peaches -Manuel hizo un ruido de simpatía con la boca y levantó la mano para rascar al animal detrás de las orejas. Peaches le gruñó inmediatamente.
    -No es muy amigable.
    -Yo tampoco -Manuel se apoyó en la encimera y se cruzó de brazos.
    -Pues si crees que te voy a adoptar también a ti, olvídalo -sonrió ella-. Seguramente serías tan malhumorado y desagradecido como él.
    -Seguramente -sonrió también él-. ¿Por qué lo adoptaste?
    -Porque lo iban a sacrificar y porque me enamoré de él a primera vista -repuso ella-. Antes o después será mi amigo.
    Manuel enarcó las cejas con sorna.
    -Me parece que eres una optimista.
    -Puede que sí -ella abrió el frigorífico y pensó en sus opciones limitadas de comida-. El microondas y el horno no funcionan. Tengo pizza de ayer y puedo preparar una ensalada de fruta. ¿Qué te parece?
    -Mejor que las uñas.
    Lucero se echó a reír. Sacó la comida y cerró la puerta del frigorífico.
    -¿Siempre eres tan gracioso y entusiasta?
    -Sí, excepto cuando estoy de mal humor -Manuel tomó un sorbo de vino y ella casi pudo verlo retirarse, como si encontrara inaceptable aquella camaradería-. Ha sido muy mala suerte que sea Pablo el que se ha retrasado y no yo.

    Pablo. Claro. Su prometido. Lu hizo girar su anillo con el pulgar. La embargó una oleada de culpabilidad. Desde la llamada de teléfono no había pensado en Pablo. Se encogió de hombros.
    -Es una urgencia y todos hacemos lo que podemos. Seguro que Pablo preferiría no estar encerrado en la galería con el pintor de acrílicos. Y aunque a ti no te encante estar aquí, es mejor que quedarse encerrado en el metro.
    Sacó la tabla de cortar, un cuchillo y un bol grande.
    -¿Y por qué crees que no me encanta estar aquí? -preguntó él.
    La joven empezó a cortar una piña. Estuvo a punto de decir que no era tan tonta como parecía, pero lo pensó mejor.
    -¿Debo creer que te encanta estar atrapado en mi apartamento conmigo?
    -¿Me creerías si te dijera que no hay ningún sitio donde me apeteciera más estar?
    Algo en las profundidades de sus ojos la dejó sin aliento. Se echó a reír para ocultar su confusión.
    -No. Creo que seguramente hay una larga lista de lugares donde preferirías estar, pero eres muy amable al decir eso.
    -Sí, claro. Yo soy un tipo amable.
    -Sé sincero. ¿No preferirías estar con tu chica? O si la sesión de fotos se hubiera prolongado un poco más, ahora podrías estar con Chloe.

    Lu sabía que estaba indagando. Habían salido a veces en una cita doble con Manuel. Y él había ido cada vez con una mujer diferente. Pero después de la sesión de fotos con ella, se había disculpado cada vez que Pablo lo había invitado a salir con ellos.
    Añadió manzana cortada en dados al bol y tomó un plátano. Sentía curiosidad por la vida amorosa de él. Aunque sabía que no tenía nada que ver con ella. Pero si iba a seguir haciendo el amor con él en sueños, al menos podía estar un poco al tanto de su vida sentimental.

    -No tengo chica y Chloe no es mi tipo -Manuel se encogió de hombros.
    ¿Una modelo hermosa y delgada no era su tipo? Lucero lo miró. A lo mejor era...
    -Y no. No soy gay -continuó él-. Chloe es una mujer agradable, pero a mí no me gusta.
    La joven sintió un alivio que a todas luces estaba fuera de lugar. Cortó una naranja. ¿Qué clase de mujer era su tipo? ¿Qué mujer gustaba a un hombre reservado como él? ¿Y por qué no tenía novia si era tan sexy?

    -¿Y qué clase de mujeres te gustan? -preguntó.
    -Nunca lo he pensado.
    -Claro que lo has pensado. Todo el mundo tiene un tipo que le gusta más.
    -Yo no tengo un tipo concreto.
    Aquel hombre necesitaba soltarse un poco la melena. Lucero mezcló la fruta en el bol.
    -Claro que lo tienes. Apuesto a que si te paras a pensarlo, hay un tipo de mujer que te atrae, que te calienta la sangre.
    -¿Esto es un juego, Lucero? ¿Quieres que diga que me atraen las mujeres como tú? -preguntó él en voz baja y peligrosa.

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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  lauriita29 el Dom Mayo 20, 2012 6:37 pm

    perdón nenas por no haber puesto cap desde el viernes....pero por eso las recompenso con 2 hoy!!! Smile

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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  lauriita29 el Dom Mayo 20, 2012 6:37 pm

    Capitulo 5

    ¿No era eso lo que quería? ¿Saber que, después de todas las veces que se había retorcido y gritado su nombre en mitad de un orgasmo, que se había despertado húmeda y saciada, él no era completamente inmune a ella? Sí y no. El único juego era consigo misma, y era un juego peligroso. Apartó la vista de los ojos oscuros de él y sacó dos tazones del armario.

    -No seas ridículo. Has dejado muy claro lo que piensas de mí. Simplemente me sorprende que no sigas con Lenore. Hacían buena pareja.
    Lenore había sido la acompañante de Manuel la noche en que Pablo le pidió matrimonio. Una rubia alta y soñadora cuyo físico se complementaba muy bien con el aspecto moreno y oscuro de Manuel.
    Cortó los trozos de pizza y se sentaron en la pequeña mesa de hierra forjado que había en el rincón.
    Manuel se encogió de hombros.
    -Lenore es simpática. Por eso dejé de verla. Estoy en una situación de amor no correspondido y no me parecía justo salir con ella cuando mi corazón y mi cabeza estaban en otra parte. Eh, la pizza está deliciosa. Gracias.
    -Me alegro de que te guste.

    Lu sentía unos celos insospechados e irracionales al pensar que una mujer había conquistado el corazón altivo de Manuel. Aquella mujer misteriosa debía de ser un parangón de virtudes. Hermosa, sofisticada, delgada, ingeniosa, y seguramente muy inteligente. Lucero la odiaba ya. La odiaba por haber conquistado el corazón de él y por haberlo rechazado.

    -Lo siento -murmuró-. Ésa es una situación difcil. ¿Quieres hablar de ello? ¿De ella? A veces, cuando lo hablas con alguien, las cosas no parecen tan desesperadas. Quizá yo pueda ayudarte a encontrar el modo de conquistarla. Puedo darte una perspectiva de mujer.
    Mordió la pizza para no seguir diciendo tonterías. Chris la miraba por encima del borde de su vaso con expresión indescifrable.

    -¿Me ofreces ayuda con mi patética vida amorosa?
    Tal vez eso fuera la cura que necesitaba ella para superar aquella cosa que sentía por él. Asintió con la cabeza y tragó saliva.
    -Sí. ¿Por qué no?
    Él dejó su vaso vacío sobre la mesa.
    -Es muy generoso por tu parte, pero ella no está libre.
    -¿Está casada?
    -No, pero tiene una relación seria.
    Aquello la irritó. ¿Manuel estaba enamorado de verdad o lo atraía la falta de disponibilidad de ella? La gente, sobre todo los hombres, siempre querían lo que no podían tener. Si una chica era tabú, enloquecían por ella.
    -Hasta que no diga el «sí quiero», sí está libre. Tienes que decidir hasta qué punto te importa. Si estás dispuesto a pasar de otras relaciones, es porque debe de importarte mucho. Despierta, Manuel. ¿Qué vas a hacer? ¿Quedarte quieto en un estadio célibe extraño...?
    -Yo no he dicho nada de celibato -dijo él con tono altanero.
    Lucero levantó los ojos al techo.
    -¡Oh, por favor! Si no sales con una mujer porque no quieres ser injusto con ella, es seguro que no te acuestas con nadie.
    Era sorprendente cuánto le gustaba aquella idea. Por eso, quizá, se esforzó más aún por animarlo.
    -¿Y te vas a mantener en un estado de celibato un par de años o el resto de tu vida porque ella tiene una relación pero no está casada? ¿Cuánto la deseas?
    -Con todas las fibras de mi ser.

    Su intensidad le produjo un escalofrío en la columna y le clavó un cuchillo en el corazón. ¿Por qué era tan tonta? A ella no le importaba nada a quién deseara o dejara de desear.
    -En ese caso, es hora de pescar o tirar el cebo.
    -Gracias por tu consejo. Lo tendré en mente.

    Aquello resultaba muy retorcido. El objeto de su afecto no correspondido, y prometida además de su mejor amigo, estaba sentada enfrente, bañada por la luz de las velas, con un top sexy que le dejaba al descubierto la espalda y los hombros y un pantalón corto, y le aconsejaba que intentara conquistarla. O por lo menos así había interpretado él la frase de la pesca.
    Lu terminó su vaso de vino y volvió a llenarlo.
    -Pues yo creo que deberías lanzarte. ¿Qué tienes que perder?
    ¿Qué tenía que perder si se lanzaba a por ella en ese momento?
    -Nada, aparte de mi orgullo y mi autoestima -repuso.
    -Es muy difícil abrazar esas cosas y acurrucarte con ellas en la cama. O disfrutar de un vaso de vino y un baño espumoso a la luz de las velas con ellas.
    Manuel luchaba por mantener una expresión de sorna mientras las palabras de ella creaban imágenes de ellos dos en su mente. La ironía de estar tomando un vaso de vino con ella casi fue más fuerte que él. Era masoquista continuar con aquella conversación. ¡Qué diablos!, simplemente estar allí era ya masoquista.
    -Pero el vaso de vino se termina, las velas se consumen y el agua se enfría, por lo que quizá sea mejor optar por algo más duradero.
    -Pero la vida es pasajera. El mañana puede no llegar antes de que se acabe el vino o se enfríe el agua.
    -¿Estoy en compañía de una hedonista? - preguntó él, que recordaba bien la presencia de Tiny, Enrico y Bob en el dormitorio.
    Ella se puso un mechón de pelo detrás de la oreja.
    -La vida es corta y es una pena desaprovechar oportunidades. Esa mujer podría ser el amor de tu vida y tú la dejas escapar. ¿Y quién sabe? Tal vez sienta lo mismo por ti. A lo mejor simplemente no se ha dado cuenta. O es tímida y tiene miedo de decírtelo.

    Manuel se echó a reír. Ninguna de esas dos posibilidades podía atribuirse a Lucero. Su aversión a la oscuridad era el único miedo que le había conocido.
    -No creo que el miedo tenga mucho que ver con esa mujer.
    Lucero apoyó el codo en la mesa y apretó los labios. Se llevó un dedo a la comisura de los labios y lo miró pensativa. Tenía una boca encantadora, de labios llenos, pero sin ayuda de colágeno.
    -A lo mejor lo tuyo es una especie de amor cortesano -chasqueó con los dedos-. Eso es. Los caballeros andantes sólo amaban a sus damas a distancia. A lo mejor te da miedo declararte porque en el fondo no te atrae físicamente. Quizá no sabrías qué hacer con ella si correspondiera a tu atracción -dijo.

    Y se cruzó de brazos como si acabara de resolver un rompecabezas.
    Los días de la infancia en los que Manuel se veía a sí mismo como un caballero andante habían pasado hacía mucho. Los sentimientos que ella le producía no tenían nada de caballeroso. Ardía por ella. Y estaba harto de sus especulaciones. Ya era hora de que acabara aquella conversación. Conocía un modo seguro de darla por terminada y demostrarle lo equivocada que andaba con sus nociones románticas.
    Pasó un dedo por el borde del vaso y le sonrió a través de la mesa, para que vislumbrara la pasión oscura que se agitaba debajo de la superficie.

    -Yo no sé nada de amor caballeroso -dijo con deliberación-. Sé que, si tuviera ocasión, la poseería como un loco durante una semana.
    Ella abrió mucho los ojos y tragó saliva, pero no apartó la vista.
    -Oh. Bien... entonces...
    Tal vez se había pasado un poco.
    -Perdona si te he escandalizado.
    Lucero levantó la barbilla.
    -Para nada. Yo creo que toda esa pasión es... sexy No creo que haya una sola mujer en el mundo a la que no le guste saber que su hombre la desea tanto que quiere... -se detuvo un momento- poseerla como un loco durante una semana. Siempre que, en algún momento de la semana, quiera también conversar un poco y aprender a conocerla durante el maratón de sexo.

    En boca de ella, las palabras sonaban excitantes en lugar de ofensivas. Sobre todo porque avía un brillo especial en los ojos.
    Manuel estaba metido en el barro hasta la rodilla, pero al parecer le faltaba sentido común para dejar de hundirse más.
    -Nunca he funcionado sólo a base de lujuria. Su cerebro y su personalidad me atraen también. De no ser así, sólo querría poseerla media semana. Y no lo haría a lo loco.
    La sonrisa pícara de ella lo dejó sin aliento.
    -Eres perverso, Manuel.

    Aquello era peor que hundirse en barro. Era un coqueteo sexual y tenía que terminar cuanto antes. Se echó hacia delante, atraído por el calor de los ojos de ella, embaucado por su sonrisa.

    -Quizá mi amor languidece sin ser correspondido porque soy demasiado perverso para amar.

    Ella se adelantó un poco y su rodilla rozó la de él, que sintió el contacto hasta la punta de los pies. Una sonrisa seductora entreabría los labios de ella.

    -Eso lo dudo mucho. ¿No sabes que esa perversidad vuelve locas a las mujeres?
    Lo único que sabía Manuel era que ella lo volvía loco.
    -¿Hablas por experiencia personal?
    -Soy mujer, así que supongo que sí -había algo en sus ojos. Algo que decía que sabía lo malo que podía ser él y le gustaba a su pesar.
    Lo cual era ridículo, ya que él se había protegido siempre de ella. Levantó las cejas en un gesto interrogante. Y ella parpadeó y su mirada cambió. Se recostó en la silla y pareció poner distancia entre ellos.
    -¿Y qué haces con toda esa energía acumulada? -preguntó.
    Aquella mujer era increíblemente curiosa, lo cual era una de las razones por las que él se había apartado de la esfera de Pablo y ella. Por un momento pensó en decirle que se masturbaba mucho para ver si así conseguía que dejara de hacer preguntas, pero la táctica de intentar escandalizarla ya le había fallado una vez. Y además, no podía decidirse a hablar con tanta crudeza. Optó por la verdad.

    -Corro mucho. En este momento, seguramente esté preparado para un maratón -se rió de sí mismo-.Y no subestimes nunca la eficacia de la ducha fría.
    De hecho, una ducha fría le parecía una idea fantástica en ese momento. El sudor se pegaba a su piel, y la de ella brillaba con una capa fina de humedad. Tenía que estar enfermo para que el sudor de una mujer le pareciera sexy
    -No sabía que corrías. Yo no entreno para maratones ni mucho menos, pero corro cinco días a la semana.
    -¿También estás sexualmente frustrada? - preguntó él.
    -No, tengo un trasero gordo -sonrió ella con una picardía que ocultaba cierta timidez. Chris iba a decirle que su trasero era perfecto, pero se contuvo-. Deberíamos correr juntos algún día.
    -¿Por qué no? -asintió él.
    -¿Qué te parece mañana?
    -Dependiendo del tiempo que tardara en volver la luz, era posible que él sí necesitara correr al día siguiente.
    -Trato hecho.

    En la sala de estar sonó el móvil de ella. Lucero se disculpó y se puso en pie.
    Manuel se quedó en la cocina para dejarle intimidad. Empezó a recoger la mesa. Sin el rumor del frigorífico, no pudo evitar oír su conversación a pesar de que estaba puesta la radio.

    -Sí, mamá, estoy bien. No, no está aquí. Lo ha pillado en la galería... No, no estoy sola. A un amigo de Pablo lo ha sorprendido aquí el apagón. Sí. Es fotógrafo... No, no saben cuándo volverá la luz. No, no hay señales de vandalismo, pero sí, nos quedaremos en casa -bajó la voz-. Mamá, aquí las cosas no son tan estrictas como en casa y prefiero no quedarme sola... Sí, te llamaré luego.

    Pablo había ido a conocer a los padres de Lu después del compromiso, y después le había hablado de ellos a Manuel. Muy conservadores, muy sureños, muy estrictos. Miembros de la aristocracia de Savannah, su padre era cirujano y su madre miembro vitalicio del club de jardinería. Habían comido en el club de campo.
    Manuel no tenía que ser muy imaginativo para saber que mamá Hogaza había dicho a su hija que resultaba muy poco apropiado que estuviera a solas en su apartamento con otro hombre durante un apagón. Pero al menos ella llamaba para ver cómo estaba su hija. Manuel dudaba de que a sus padres se les ocurriera esa idea.
    Lucero volvió a la cocina cuando él terminaba de enjuagar y meter los tazones en el lavavajillas.
    -Mi madre ha oído la noticia en la CNN - dijo-. ¿Ya has recogido? Si no estuviera prometida, te guardaría para mí.
    Sus palabras frívolas eran una daga en el corazón de él.

    -Ah, pero está Pablo; ¿verdad? -preguntó con frialdad.
    -Sí, está Pablo -ella dejó el móvil en la encimera y se volvió hacia él-. Pero eso me recuerda... ¿por qué venían Pablo y tú aquí esta noche?
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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  diana lucerina el Dom Mayo 20, 2012 7:47 pm

    siiiiiiiiiiiiiguelaaa xfaaa sigula esta genial!!!!!
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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  OrianaDelgado el Lun Mayo 21, 2012 9:57 pm

    sube maaaaaaaaaaaaaaaaaasss
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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  IndiiCH el Lun Mayo 21, 2012 10:33 pm

    zxcvzhdf conti! lol! lol!


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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  lauriita29 el Lun Mayo 21, 2012 10:36 pm

    Capitulo 6

    Manuel se había criado en Nueva York y nunca había visto a un ciervo atrapado por la luz de unos faros, pero él se sentía así en aquel momento. ¡Maldición! Si hubiera pensado con la cabeza en lugar de ir olfateando en torno a Lucero como un adolescente enloquecido por las hormonas, habría visto acercarse aquello y habría podido anticipar la pregunta. Pero como no había sido así, ella lo había pillado desprevenido y en aquel momento se sentía bastante tonto.
    -Es un misterio para mí -era un embustero terrible.
    -No me digas.
    Estaba claro que ella no lo creía. Y él podía jugar un poco con la verdad para protegerla de lo que percibía como egoísmo por parte de Pablo, pero no quería mentirle conscientemente. Sin embargo, el modo exacto en que Pablo pensaba manejar aquello sí era un misterio para él.

    Lucero tomó su teléfono móvil.
    -Vamos a llamar a Pablo. Si está encerrado en la galería sin luz, no puede estar muy ocupado.
    Manuel se encogió por dentro. A ella podía destrozarla saber lo ocupado que podía estar Pablo en aquel momento.
    Lu marcó el número y tamborileó con los dedos en la mesa.
    -Hola, Pablo. ¿Está todo tranquilo por allí? Bien... Nada. Hemos comido pizza fría y fruta. Le he preguntado a Manuel de qué querías hablar esta noche y parece que él está tan a oscuras como yo... No, eso no pretendía ser una broma... Pues hablemos ahora. Ya sé que querías estar aquí, pero puedes decírmelo por teléfono. Siento mucha curiosidad. No me hagas esperar. Tienes que satisfacerle... Sí, está aquí. De acuerdo.
    Ella respiró con fuerza y pasó el teléfono a Manuel.
    -Quiere hablar contigo.
    Él agarró el aparato de mala gana.
    Lu puso los brazos en jarras y lo miró de hito en hito. Genial. Nada de conversación privada. Aunque no le extrañaba nada. Seguro que empezaba a pensar que le tomaban el pelo.
    El instinto le decía que no le iba a gustar lo que se avecinaba.
    -¿Pablo?
    -Lucero quiere saber de qué quería hablarle esta noche -Pablo sonaba claramente asustado.
    Manuel se apoyó en la encimera y cruzó un pie encima del otro.
    -Sí.
    -No puedo decírselo por teléfono -Pablo hablaba como si él acabara de exigirle que hiciera precisamente eso.
    Manuel miró el rostro firme de Lucero.
    -Me parece que no tienes elección.
    -Sí la tengo. La mejor elección posible. Díselo tú.
    Manuel estuvo a punto de soltar el teléfono.
    -No.
    -Sí. Cuanto más lo pienso, mejor me parece. Tal vez para él, sí. ¿Pero y para los demás?
    -Por supuesto que no.
    -Oh, vamos. Vosotros os caéis mal. ¿Y de qué otra cosa vais a hablar? ¿Qué vais a hacer atrapados juntos en la oscuridad? Este apagón puede durar varias horas.
    -No lo haré.
    -Piénsalo. Sería mejor así.

    ¿Sólo hacía doce horas que pensaba que Pablo no podía hacer nada que pusiera en peligro su amistad? Empezaba a cambiar rápidamente de idea.
    -Tú no la conoces como yo -decía Pablo en ese momento-. No cejará hasta que se lo diga uno de los dos. Puedo intentar despistarla con alguna historia sobre los planes de boda, pero eso lo empeorará todo mucho más cuando se entere de la verdad.
    -No veo por qué no puede esperar vuestra conversación.
    -Te digo que es sexy y encantadora, pero también es implacable cuando quiere algo. Es una magnolia de acero.

    Manuel sabía que eso era cierto. Lo había experimentado en carne propia cuando ella le había hincado los dientes al tema de su vida amorosa. Pensó en golpearse la cabeza contra la encimera o quizá contra el armario. Cualquier cosa dura.
    ¿Acaso podía empeorar aún más aquella noche? Primero se había quedado atrapado con una mujer a la que deseaba más allá de toda lógica. Ahora dicha mujer estaba a punto de atormentarlo para que le contara algo que podía destrozarla él era el afortunado que tenía que cumplir con un deber doble. No sólo estaba en la línea de fuego para que lo dispararan como portador de malas noticias, sino que no había nadie más que pudiera intentar arreglar el desastre subsiguiente. Y para colmo, estaba dispuesto a ir hasta el infierno si pensaba que ella lo necesitaba.

    -Lo haré -dijo.
    -Manuel, eres el mejor amigo que puede tener un hombre.
    -Y hablaremos de eso.
    Aquello no lo hacía por él, lo hacía por Lucero.
    Porque ella merecía algo mejor que oír la verdad por teléfono mientras Pablo estaba encerrado con su nuevo amante. Porque, aunque le costara la vida, él podía ofrecerle un hombro fuerte en el que llorar y estar a su lado.
    -De acuerdo. Te lo agradezco. Te lo agradeceré eternamente. Déjame hablar con ella un momento.
    Manuel le devolvió el teléfono a Lu.
    -¿Sí?... ¿Me lo dirá él?... Bien. Hablaremos luego -ella cerró el móvil, tomó su vaso y bebió el vino que contenía. Lo dejó en el mostrador y miró a Manuel expectante.
    -Tengo entendido que vas a decirme algo.
    Chris sintió un nudo de aprensión en el estómago.
    -Vamos a la otra habitación. Creo que es mejor que te sientes.

    Manuel parecía sombrío. ¿Qué podía causar esa rigidez en su mandíbula? ¿Y era lástima eso que expresaban sus ojos cuando la miraba?
    La verdad fue como un puñetazo en el pecho. Respiró hondo. Pablo se estaba muriendo. Le habían diagnosticado algo espantoso y esa noche le iban a dar la noticia los dos juntos. Y ella era la peor persona del mundo por tener sueños eróticos con Manuel y regodearse en su lujuria mientras el pobre y valiente Pablo se enfrentaba solo al espectro de la muerte.
    Manuel se inclinó hacia delante, con los brazos en las rodillas y los dedos cruzados. La miró.
    -Esto debería decírtelo Pablo. Yo venía sólo para darle apoyo moral... No sé por dónde empezar.

    Lu enderezó los hombros y se sentó más recta en el sofá. Tenía que ser valiente.
    -¿Cuánto tiempo hace que lo sabe?
    Manuel la miró sorprendido.
    -¿Cuánto hace que lo sabes tú?
    -Desde ahora mismo.
    Manuel la miró con aire interrogante.
    -¿Ahora?
    -Lo he supuesto. Y Pablo puede contar con que estaré a su lado aunque la boda no se celebre -tal vez estuviera demasiado enfermo o no viviera lo suficiente para llegar al altar.
    -Lucero, ¿qué es lo que crees que sabes? -Pablo se está muriendo, ¿verdad? ¿Qué tiene?
    ¿Cáncer? ¿Un tumor? ¿Cuánto hace que lo tiene?
    Sabía que últimamente estaba distinto, pero pensaba...
    Manuel movió una mano en el aire para hacerla callar.
    -Vamos a retroceder un poco. ¿Tú crees que Pablo se está muriendo?
    -¿No es así? Tú tienes un aire muy tétrico.
    -Yo siempre tengo un aire tétrico. -suspiró Manuel-. Por lo que yo sé, Pablo está muy sano.
    Lucero se dejó caer contra el sofá, aliviada.
    Mientras Pablo estuviera sano, todo lo demás podía...
    -Ha estado con otra persona.
    -¿Qué? -Lucero volvió a enderezarse-. ¡Bastardo! -lo mataría. Ella se sentía culpable por sus sueños y él le ponía los cuernos-. ¿Es alguien que conozco?
    -Creo que lo has visto.
    Lucero tardó un momento en asimilar lo que acababa de oír.
    -¿Lo? ¿Acabas de decir que Pablo sale con un hombre?
    Manuel asintió con la cabeza.
    -Eso es lo que me ha dicho esta mañana.
    -¿Un hombre? ¡Un hombre! ¿Me deja por un hombre?

    Habría sido bastante malo que la dejara por otra mujer, ¿pero un hombre? Nunca en su vida se había sentido tan furiosa y humillada. Por no hablar de traicionada.
    Sintió el picor de las lágrimas en los ojos. ¡Maldición! No se enfurecía a menudo, pero, cuando lo hacía, en lugar de gritar y amenazar lloraba. ¡Vaya porquería!
    Manuel negó con la cabeza.
    -No creo que quiera romper necesariamente. Sólo quería contártelo. Dice que sólo ha pasado una vez y cree que es bisexual -Manuel parecía más sombrío que nunca.

    ¿Pablo no quería necesariamente romper? ¡Qué valor! Aquello alimentó aún más su furia. Ella no tenía nada en contra de los homosexuales, pero no se casaría con uno. Tiró del anillo de compromiso, que se atascó en el nudillo. Aquello fue la última gota. Lucero, la oveja negra de la familia, había vuelto a meter la pata. Su furia salió en forma de lágrimas calientes que rodaban por sus mejillas. Tiró de nuevo y al fin consiguió sacarse el anillo. Se lo puso a Manuel en la mano.
    -Ya no lo necesito -la última palabra terminó en un sollozo.
    Estaba tan furiosa que temblaba. Y sollozaba.
    Manuel se acercó a ella. Lucero le vio la cara. Parecía angustiado. La abrazó y la apretó contra la pared de su pecho, donde la meció adelante y atrás.
    -Por favor, no llores. Todo irá bien.

    El austero y sarcástico Manuel le ofrecía consuelo. Y saber que aquel hombre, al que no le caía bien, se veía obligado a tener que consolarla, sirvió para enfriar su furia y detener sus lágrimas. Llorar cuando estaba enfadada había sido una maldición suya desde la infancia.
    Y resultaba casi tan humillante como ser tal fracaso como mujer que había empujado a Pablo a buscar compañía masculina. Si le quedara algo de orgullo, se apartaría en el acto, pero en cierto modo resultaba menos embarazoso seguir donde estaba, apretada contra el pecho de Manuel. Además, era un pecho muy agradable.
    -Qué gracioso que yo te diera consejos sobre tu vida amorosa cuando la mía era un desastre y yo ni siquiera me daba cuenta -dijo contra su camisa-. ¡Qué patético!
    -Lucero, no vuelvas a referirte a ti misma con esa palabra -Manuel le tomó el rostro en las manos y le echó la cabeza hacia atrás hasta que lo miró. Le secó las lágrimas con los pulgares con gentileza y ella sintió cosquillas en la piel. La rodilla de él se apretaba contra su pierna desnuda-. En ti no hay nada ni remotamente patético. Eres hermosa y sexy.

    Y evidentemente, él era tan mentiroso como el que más. Lucero sabía que tenía los ojos y la nariz hinchados por el llanto. Algunas mujeres lloraban de un modo bonito, pero ella no era de ésas. Estaba bastante segura de que no tenía muy buen aspecto. Y luego estaba el cambio sexual de su novio.
    -Sí, soy tan hermosa y sexy que he empujado a mi prometido a hacerse gay.
    -En este momento estoy muy enfadado con Pablo. Y aunque es amigo mío, es un beep -él le dio una palmadita en el hombro.
    ¡Pobre Manuel! No era de extrañar que le costara tanto abordar el tema.
    -Ya es bastante malo que él te haya colocado en medio -dijo-. No tienes por qué decir todo esto. Y no te preocupes, he terminado de llorar. Cuando me enfado, lloro. Es uno de mis, encantos -se secó las últimas lágrimas.
    -Pablo es un imbécil.
    Ella suspiró. Aquél era el hombre que había visto el día que la había fotografiado, el hombre al que había entrevisto detrás de su muro de reserva. Podía ser muy agradable.
    -Es muy caballeroso por tu parte decir eso.
    -Yo no tengo nada de caballeroso, sólo digo algo que es evidente. Tú eres hermosa y sexy y Pablo es un beep.
    Lucero abrió la boca, pero Manuel la interrumpió.
    -Puede que esto te convenza. Bajó la cabeza y la besó en la boca.

    Lucero sabía exactamente a lo que era... fruta prohibida. Dulce, cálida, adictiva. Manuel sintió su vacilación y sorpresa y saboreó la sal de sus lágrimas.
    Se apartó de su boca y reprimió la tentación de seguir explorando. Se pasó las manos por el pelo.
    -Esto no venía a cuento. Te pido disculpas.
    Ella negó con la cabeza.
    -No -le echó los brazos al cuello y bajó su boca hasta la de ella-. Por favor, no te disculpes.
    Lo besó en los labios y la fantasía de él se hizo realidad. Lucero lo besaba con pasión.
    Sabía que estaba enfadada con Pablo, que aquello era una venganza. Sabía que lo más prudente sería alejarse. Pero aunque su cabeza le decía todo eso, su corazón le indicaba otra cosa. Le devolvió el beso, con toda la pasión reprimida de seis meses. Había vivido de fantasías y ahora tenía en sus brazos el objeto de aquellas fantasías.

    La lengua de ella le lamió los labios y eliminó el último rastro de resistencia que quedaba en él. Deslizo las manos en el pelo de ella y la estrechó contra sí. Ella se apretó con fuerza, su rabia y frustración casi palpables. Y de pronto aquello desapareció, reemplazado por algo menos volátil... y mucho más peligroso. Ella se suavizó y su boca empezó a dar en lugar de tomar. A ofrecer. Manuel tomaba y daba también.

    Le acarició la piel desnuda de los hombros y ella gimió en su boca y se estremeció contra él.
    La razón lo abandonó por completo. Se hundió en el sofá y ella lo siguió y se tumbó contra él, entre sus muslos, con las caderas apretadas contra la erección que él no podía negar. Los dedos de ella acariciaban su pelo y él seguía explorando la dulzura cálida de su boca. Colocó las manos en la curva sexy de la espalda de ella.

    La intensidad del beso lo sorprendía. Ella se apretaba contra su erección con un gesto de súplica y él gemía en su boca. Llenaba sus manos con la redondez de sus nalgas y la estrechaba contra sí. Lucero pasó una pierna por encima de la de él y quedó a horcajadas, sobre su muslo, abierta a él.
    Manuel le pasó los dedos por los muslos sedosos y rozó con los nudillos el borde de las bragas, que estaban mojadas.
    -¡Oh, Manuel! -gimió ella en su boca-. Tú siempre me haces...

    Aquello sirvió para que él pudiera pensar. Se apartó de ella y se incorporó sobre un codo, aunque ella seguía entre sus piernas. ¿Qué rayos hacía? Le había faltado un segundo para deslizar el dedo debajo del elástico de las bragas y tocarla íntimamente. Respiró con fuerza e intentó recuperar parte de su control.
    Lucero seguía encima de él, con el cuero apretado contra el suyo. Su excitación, mezclada con su perfume, producía un aroma embriagador.
    -Lo siento -dijo él. Apartó la otra mano de su trasero y se frotó la frente.
    La joven se colocó en el otro extremo del sofá. Manuel le incorporó sentado, echando ya de menos la presión de ella entre sus muslos, como si le hubieran amputado una parte importante de él.
    Las lágrimas cubrían las pestañas de ella. La pasión volvía pesados sus párpados. Los besos le habían dejado los labios hinchados.
    -Lo siento mucho -repitió él-. No era mi intención... No he debido... Se me ha ido de las manos:
    -Por favor, no te disculpes, Manuel. No se puede decir que me hayas forzado precisamente. Yo me he echado en tus brazos -apartó la vista de él-. Debes de pensar que soy una fulana.
    Él se frotó el cuello contrito. Sentía un gran respeto por ella. La había besado para demostrarle que era deseable porque ella no lo había creído cuando se lo había dicho. Y sólo había conseguido bajarle aún más la autoestima.
    -Jamás. Tú estabas enfadada. Me he propasado yo y no volverá a ocurrir. No era mi intención aprovecharme de ti.

    Lu negó con la cabeza.
    -No te has aprovechado. He sido yo la que se ha precipitado -le tocó una mano, pero la retiró enseguida al darse cuenta de lo que había hecho-. No quiero que te sientas incómodo. No volveré a echarme en tus brazos.
    Se acurrucó en su lado del sofá con un pie debajo de su cuerpo.
    -¿Sabías lo de Pablo? -preguntó.
    -No. Nunca me había dado la menor indicación de que pudiera ser gay ni de que le interesara otra persona aparte de ti.

    Aunque quizá sí había habido señales y él había sido demasiado obtuso para verlas. Pablo era un bastardo por engañarla a ella y por arrastrarlo a él a aquella historia, pero Manuel creía que quería sinceramente a Lu. En ese momento ella se sentía herida y traicionada, pero seguramente también quería todavía a su prometido. Y el deber de Manuel como amigo era procurar que ninguno de los dos hiciera nada precipitado que pudiera poner aún más en peligro su relación y de los que después pudieran arrepentirse. Así era como debía comportarse un hombre de honor.

    Ella respiró con fuerza.
    -Si tú tampoco tenías ni idea, ya no me siento tan estúpida.
    -Cuando me lo dijo esta mañana, pensé que me tomaba el pelo.
    -Bueno, sé que él no puede haber organizado un apagón, pero hay que reconocer que le ha venido de perlas. Así te ha podido pasar a ti la pelota y que me lo dijeras tú. Es un beep lame escoria.
    Manuel reprimió una carcajada. Desde luego, el lenguaje de ella era colorido.
    -Sé que estás dolida y yo también lo estaría. Pero por la mañana verás todo esto de otro modo. Pablo y tú podrán arreglarlo.
    Lu se cruzó de brazos y le lanzó una mirada altiva.
    -¿Por qué no lo llamas? -sugirió Manuel.

    Conocía lo bastante a las mujeres para saber que hablar las cosas podía ayudar mucho. Y sabía que Pablo, que siempre evitaba las confrontaciones, no sería el que iniciara una conversación.
    -Habla con él. Yo me voy a la otra habitación y les dejo intimidad.
    Ella levantó una mano en el aire.
    -No pienso hacerlo. No tengo nada que decirle. Bueno, sí, un par de cosas, pero no mientras él está allí con su nuevo amante -movió la cabeza. No, gracias. Y tampoco quiero pensar en lo que seguramente estén haciendo en este momento.
    -Pues ya somos dos -contestó Manuel sin pensar.
    -¿Y qué podría decir aparte de que es un mentiroso y un tramposo y que espero que no me haya pasado alguna enfermedad que haya pillado practicando el sexo por ahí?
    -Dice que tomaron precauciones.
    -Espero que en eso no mienta.
    -No. Se lo pregunté sin ambages.
    -Es un alivio. Y aparte de la satisfacción de mandarlo al infierno, no necesito hablar con él. No vamos a volver y no vamos a seguir adelante. Ahora los dos jugamos en campos distintos. Yo ya llevaba un par de semanas con dudas y esto lo resuelve todo.

    ¿De verdad había tenido ella dudas? A Manuel debió de notársele el escepticismo en la cara.
    -Sé que estás pensando que sólo digo eso para sentirme menos humillada, pero es la verdad -dijo ella-. Desde que empecé a tener... -se detuvo con brusquedad, como si hubiera dicho algo que no debiera-, bueno, a tener dudas. Y también tenía la impresión de que Pablo intentaba convertirme en lo que él quería que yo fuera.
    En una de sus citas dobles, Pablo había dicho riendo que él tenía más sentido de la moda que Lucero. Manuel recordaba también haberla oído decir que tenía que llevarla de compras. Él no había entendido aquellos comentarios. A Manuel le gustaba cómo vestía Lucero.
    -Pablo tiene ideas muy específicas sobre algunas cosas -comentó.
    -Ajá. Mis padres han intentado moldearme mucho tiempo y reconozco las señales cuando las veo. Pero eso ya no importa. Lo mío con Pablo es historia.
    Lo cual la dejaba a ella libre y a él constreñido todavía por los lazos de la amistad.

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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  lauriita29 el Lun Mayo 21, 2012 10:37 pm

    el cap 6 esta largo... y ahora que pasara que esta libre??? Smile
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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  YesseMH el Mar Mayo 22, 2012 10:50 pm

    Me encanta!!
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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  Mceleste el Jue Mayo 24, 2012 3:08 pm

    Me encanta está wn :')
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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  IndiiCH el Jue Mayo 24, 2012 9:23 pm

    Yo quería que ... : B
    UKnow?!


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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  lauriita29 el Jue Mayo 24, 2012 9:47 pm

    Indii* escribió:Yo quería que ... : B
    UKnow?!
    Calma...calma... Ya viene! Wink Jaja
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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  MLCarlii el Vie Mayo 25, 2012 2:00 pm

    ya esta que se dejen de tanto bla bla y que se confiesen los dos, que se aman y que tengas toda la noche jajaj
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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  AmandaHLucero el Sáb Mayo 26, 2012 11:54 am

    PorFaa Sub Cap !! Esta Buenisima la WN !! y muy HOT ( ME Gusta ) Si porfa sub cap !! ♥ lol!
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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  diana lucerina el Sáb Mayo 26, 2012 3:02 pm

    siiiiiiiiiiiiiigggggggggggggguuuueeeelllaaaa no la puedes deja asiiiiii!!!!! siguela xfa que te quita lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol!

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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  lauriita29 el Miér Mayo 30, 2012 2:26 am

    Capitulo 7

    ¿Era posible que él no captara que aquello era una invitación clara a que volviera a besarla y siguiera donde lo habían dejado, con sus dedos rozando las bragas mojadas de ella?
    Era evidente que los dos se deseaban. Él había sentido su humedad y ella había sentido la erección de él, dura como una piedra. Y acababa de decirle, en términos claros, que ya no tenía un futuro con Pablo.

    -La gente dice muchas cosas cuando está enfadada -repuso él en tono conciliador.
    ¿Quería insinuar que ella era irracional y debía perdonar que Pablo le pusiera los cuernos? Ja. Ella no tenía nada de irracional.
    -No estoy enfadada.
    Manuel la miró sin decir nada.
    -De acuerdo. Puede que esté un poco enfadada porque me ha engañado y lo ha hecho con un hombre -se encogió por dentro; se sentía gorda, fea y poco deseable-. ¿Cómo voy a competir con eso si no estamos equipados igual?
    Manuel movió la cabeza con cierta irritación.
    -Tú no tienes que competir. Por mucho que te cueste creerlo, tú no tienes nada que ver en eso.
    Para él era muy fácil decirlo.
    -¿Alguna vez has tenido una novia que te dijera que había descubierto su lesbianismo interior contigo?
    -Ah... no.
    -Lo suponía. ¿No crees que eso puede hacer que te sientas un poco deficiente?
    Manuel parecía un hombre que tuviera que enfrentarse a un pelotón de fusilamiento.
    -Sé que puedes sentir eso, pero esto no sucede porque haya un problema contigo. El que tiene el problema es Pablo. Y me gustaría que hubiera hablado conmigo antes de hacer una estupidez que puede poner en peligro su relación contigo.

    Su vehemencia y su crítica al comportamiento de Pablo la sorprendían. Normalmente los hombres se apoyaban entre sí, tuvieran o no razón. Y su reacción la sorprendía todavía más porque siempre había creído que no le caía bien a Manuel.

    Tomó una revista del arcón de bambú y se abanicó con ella.
    -Me sorprende que no pienses que ha sido una suerte que haya podido librarse de mí.
    Manuel se sentó más recto en el sofá.
    -Siento que hayas interpretado mal mis acciones en ese sentido.

    ¿Qué? ¿Ahora implicaba que era una neurótica que había malinterpretado su comportamiento amistoso? Lucero estaba enfadada, sudorosa y tenía mucho calor. Él había elegido el día erróneo para salir con aquellas tonterías. Se incorporó con una rodilla en el sofá y los brazos en jarras.
    -Alto ahí. Espera un momento. ¿Sientes que haya interpretado mal tus acciones? Si te vas a disculpar, hazlo bien. Si no, ahórrate la saliva. Pero no se te ocurra insultarme con la disculpa.
    Él tuvo el buen sentido de parecer algo avergonzado, pero todavía arrogante. Y muy sexy a la luz de las velas.
    -Tienes razón. Me he portado como un imbécil y sigo portándome como un imbécil.

    Aquello la sorprendió. Aunque, por otra parte, nunca sabía lo que podía esperar de Manuel.
    -Yo no te he llamado imbécil. Bueno, a lo mejor sí que era eso lo que insinuaba -ya estaba harta de todo aquello. ¿Qué sentido tenía?-. Vamos al grano. Yo nunca te he caído bien. Tú apenas has podido mostrarte educado conmigo y nunca he sabido por qué. El día que me fotografiaste pensé que era diferente... pensé... bueno, no importa. Ya soy mayorcita y, después de enterarme de que mi prometido prefiere a los hombres, supongo que esto ya no puede ser peor, así que ¿por qué no me lo cuentas? Dime por qué nunca te he caído bien. Dicen que la confesión es buena para el alma.
    -No creo que...
    -Oh, vamos, Manuel. Sé sincero. Hay algo en la oscuridad de la noche que hace aflorar los puntos oscuros. Ya sabes cómo es eso. Cosas que jamás pensarías a la luz del día. Cosas que nunca harías o dirías en otro momento se pueden decir en la oscuridad.
    Su beso apasionado... su lengua en la boca de él y las manos de él en sus nalgas... todo eso estaba aún entre ellos. Ella lo veía en su rostro.
    -Los dos sabemos que nunca he tenido agallas para preguntártelo y seguramente nunca vuelva a tenerlas. De hecho, es probable que nuestros caminos no vuelvan a cruzarse después de esta noche, así que vamos a dejar que la oscuridad nos dé valor y tener una conversación de verdad -dijo.

    La idea de no volver a verlo nunca le resultaba más inquietante que el pensamiento de no ver más a Pablo. Sabía que lo estaba pinchando, pero era mejor que arrojarse en sus brazos, sentir los latidos de su corazón bajo el suyo, probar el calor de su pasión, regodearse en aquel deseo que la dejaba anhelante y húmeda. Ansiaba descubrir de primera mano si la pasión entre ellos era tan potente e increíble como en sus sueños.
    -Si nuestros caminos no vuelven a cruzarse nunca, ¿qué puede importarte la respuesta? - preguntó él.
    -Será algo que me preocupe hasta que tenga la respuesta. Soy una chica muy testaruda y seguiré pensando por qué no te he caído bien hasta que dentro de años me vea obligada a buscarte y exigir una respuesta para poder dejar de tomar Prozac.
    Manuel frunció el ceño confuso.
    -¿Tomas antidepresivos?
    Lucero le sonrió. Resultaba muy raro intentar convencer a un hombre para que le dijera lo que no le gustaba de ella. Pero ninguno de los sentimientos que Manuel producía en ella eran normales ni cómodos.
    -No. Pero si no me das una respuesta, me volveré loca y tendré que empezar a tomarlos, así que contéstame de una vez.

    Él movió la cabeza, pero parecía más relajado y extendió el brazo a lo largo del respaldo del sofá. Tenía unos brazos bonitos. Con la cantidad justa de músculo y vello oscuro. ¿A quién pretendía engañar? Todo en él resultaba muy sexy. Y ella ya no tenía que sentirse culpable porque le gustara. Era libre.
    -¿En tu familia todos se comunican así? - preguntó él.
    -No -rió ella. Y le devolvió la pelota-. ¿Y en tu familia todos intentan evitar preguntas cambiando de tema?
    Manuel sonrió y ella sintió una buena dosis de lujuria libre de culpa.
    -No. Simplemente no hablamos.

    Era la primera vez que comentaba algo sobre su familia y Lu sintió curiosidad.
    -¿La altivez?
    -Algo así. Y tienen la cabeza llena de objetos y civilizaciones antiguas.
    Lucero sabía por Pablo que su padre era conservador de un museo y su madre profesora de arqueología... o quizá de antropología.
    -El mundo moderno les parece una inconveniencia -terminó él.
    Lu tardó sólo un segundo en sentir la soledad de un niño al que sus padres nunca habían hecho mucho caso. Supo que Manuel había resultado también una inconveniencia. Y se sintió identificada.
    -Yo no era una inconveniencia, pero siempre he sido una decepción -comentó.
    -No he dicho que yo fuera una inconveniencia.
    -No hacía falta.
    Él inclinó la cabeza a un lado.
    -¿Cómo es posible que tus padres te consideren una decepción?
    -Muy fácil. Porque yo no soy tan buena como mi hermana Sylvia, que se licenció con honores en Yale y es abogada en Savannah. Betsy, mi hermana pequeña, se casó con el hijo de uno de los compañeros de papá. Tad y ella tienen una casa preciosa en Wilmington Island en una urbanización muy exclusiva. Y yo no soy tan lista como Sylvia ni tan fina como Betsy. Hablo mucho. Soy demasiado asertiva. Estudié empresariales pero me gano la vida planeando fiestas.
    Cometió el pecado de abandonar Savannah y Georgia. Cuando fui a casa con Pablo, se sintieron complacidos, aunque él no fuera sureño. Y ahora resulta que es gay.
    Suspiró. Tardó un momento en continuar.
    -Ah, sí, y Sylvia y Betsy son altas y delgadas como mis padres. Y yo tengo los genes de la abuela Burdette y soy bajita y con un trasero grande.
    Manuel se cruzó de brazos y la miró a los ojos.
    -¿Seguro que quieres oír la verdad aquí en la oscuridad?

    Oh, oh. Algo en su tono sonaba a advertencia. Ella se lo había pedido, pero ya no estaba segura de quererlo. Por otra parte, ella nunca había huido de las cosas ni enterrado la cabeza en la arena y no iba a empezar en ese momento.
    -Por supuesto.
    -Si eso es lo que de verdad sienten tus padres, lo único que tienes que hacer es superarlo. Olvidar la parte de la compasión y mirar las cosas tal y como son. Dices que planeas fiestas como si eso fuera algo malo, cuando tú planificas los eventos de un bufete que consta de ciento cincuenta abogados. Según Pablo haces un trabajo excelente y eso requiere mucha habilidad organizativa y negociadora.
    Lucero abrió la boca para señalar que tenía una ayudante, pero él levantó una mano para hacerla callar.
    -Déjame terminar y luego puedes hablar tú. Yo creo que viniste a Nueva York para huir de la censura de tus padres, pero si vas a seguir viéndote a través de sus ojos, más vale que hagas las maletas y vuelvas a casa -su tono se suavizó-. Hasta que no te aceptes como eres y te gustes, no serás libre. No sé cómo son tus hermanas y no me importa. Tu cuerpo haría caer de rodillas a la mayoría de los hombres. Cualquier hombre con una dosis normal de testosterona te diría que tienes un trasero perfecto. Me gustaría pensar que los hombres no somos tan vanos como para enamorarnos de tu trasero e ignorar tus demás atributos y cualidades, pero te aseguro que a cualquier hombre le gustaría tu trasero. Lo llevaría a la locura.

    Bien, le tocaba a ella preguntar y no sabía qué decir. Desde luego, él le había tomado la palabra y había dicho mucho. Y quizá tenía razón. Ella se había ido a la Gran Manzana para huir de las restricciones de la aristocracia de Savannah, ¿pero no seguía midiéndose según el rasero de ellos? ¿Y hasta qué punto su atracción por Pablo y subsiguiente compromiso no se había debido a la necesidad de contar con su aprobación? Pero ya pensaría en todo eso más tarde. De momento, prefería centrarse en la parte de que su trasero podía llevar a un hombre a la locura.
    -¿De verdad? ¿A la locura?
    Él enarcó las cejas y a continuación le sonrió. Era la primera sonrisa auténtica que recibía de él, la primera que llegaba hasta sus ojos. Lucero contuvo el aliento. Aún entonces, seguía habiendo una parte cerrada en él, como si guardara celosamente un secreto.
    -Por lo menos al deseo.

    La percepción que ella tenía de sí misma empezaba a cambiar. Quizá había empezado ya antes, con sus sueños con Manuel y su reacción a él esa noche, con el modo en que se veía desde que había descubierto la infidelidad de Pablo y el modo en que la había retratado Manuel en relación con sus padres. En muy poco tiempo, su mundo había empezado a cambiar. Quizá el último año en Nueva York había sido una especie de calentamiento y en los últimos minutos era cuando más cerca había estado de descubrir su auténtico ser.

    Y Manuel y ella empezaban a conocerse y no quería que se retirara de nuevo. No quería volver a soñar con él esa noche. Esa noche quería al hombre de carne y hueso en su cama.

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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  lauriita29 el Miér Mayo 30, 2012 2:26 am

    Capitulo 8

    Una idea empezaba a cobrar forma en su mente. Él era mucho más asequible cuando estaba detrás de una cámara. Si podía convencerlo de que la fotografiara, tendría más probabilidades de llevárselo a cama.

    -Manuel, ¿harías algo por mí?
    -Depende de lo que sea.
    -Estoy dispuesta a pagarte.
    Él sonrió con picardía.
    -Ahora ya tienes toda mi atención.
    Su tono perezoso y sensual hizo que la invadiera el deseo de nuevo. Tener su atención no estaba mal, pero ella deseaba algo más.
    -¿Quieres fotografiarme mientras esperamos que vuelva la luz? Esta vez no para Pablo sino para mí.
    -Yo no me alquilo -dijo él.
    Acceder a fotografiarla sería una mezcla de lo cura y desesperación.
    -¡Oh! -la decepción de ella no era fingida.

    ¿A quién pretendía engañar? Lo menos que podía hacer era ser realista consigo mismo. Fotografiarla sería una dulce tortura. Hacerle el amor con la cámara era un pobre sustituto a tocarla y acariciarla, pero más seguro. Y además, él era incapaz de negarle nada.
    -Pero tiene que ser gratis -dijo.
    Lucero negó con la cabeza y se apartó unos mechones de pelo de la cara.
    -No. Insisto en pagar.
    -Créeme. Lo hago por egoísmo. Si no es gratis, es menos probable que llores delante de la cámara. Te protegerás más.
    -Yo sólo lloro cuando estoy furiosa, así que, si no me enfureces, no tienes nada que temer -sonrió ella-. Empiezo a pensar que no eres nada egoísta, pero que es la imagen que te gusta dar -entrecerró los ojos-. Si no quieres dinero, haremos un intercambio. Te planearé una fiesta a cambio.
    -De acuerdo -él sólo tenía un amigo, Pablo. Y en ese momento no sentía ningún deseo de darle una fiesta.
    -O puedo preparar algo más íntimo para tu dama y para ti, si es que te decides a cortejarla -dijo ella, como si le leyera el pensamiento.
    -Tú ya te ofreciste a ayudarme con mi triste vida amorosa, ¿no?
    -Puedo preparar algo muy bonito y muy romántico. Deberías hablar con ella. Tienes mucho que ofrecer a una mujer.
    -Ya he dicho que te fotografiaré, no necesitas recurrir a las mentiras -dijo Manuel. Se echó a reír para ocultar su sonrojo.
    Lu sonrió y le lanzó un cojín, que rebotó en el pecho de él.
    -Creo que tú también necesitas una pequeña dosis de verdad. Quienquiera que sea esa mujer, tendría mucha suerte de tenerte. Creo que detrás de esa altivez se esconde un tipo muy agradable. Eres listo, a veces muy divertido, tienes talento, eres sexy y yo te doy una puntuación muy alta en el apartado de los besos.
    Manuel no sabía qué decir.
    -Está bien.
    -Por lo menos piénsalo -insistió ella-. Decide qué clase de velada te gustaría tener con tu verdadero amor. Seguro que ella aceptará si se lo pides. Y del resto me ocupo yo.
    Manuel apartó la vista.
    -Te prometo pensarlo -dijo.
    -Avísame cuando lo sepas.
    -Bien -él se levantó del sofá y se acercó a la bolsa con su equipo, que había dejado al lado de la puerta-. Ahora que hemos llegado a un acuerdo, ¿cuál es tu habitación favorita? ¿El lugar predilecto de tu casa? ¿Dónde pasas más tiempo?
    Ella vaciló.
    -Mi lugar predilecto es el sofá.
    Manuel no la creía. Ella había tenido que pensarlo demasiado para resultar creíble.
    Miró la estancia iluminada por velas. Ella estaba sentada encima de las rodillas y lo observaba con los brazos en el respaldo del sofá.
    -Vamos, Lucero. ¿Qué ha sido de eso de la sinceridad en la oscuridad? ¿Cuál es el lugar que más te gusta de tu apartamento?
    Ella levantó la barbilla un poco.
    -La bañera. Es de esas viejas de patas con garras. Ideal para baños de burbujas.

    Manuel tenía ya la foto en la cabeza. Ella, con el pelo recogido encima de la cabeza, el vapor subiendo a su alrededor, la piel brillante. Tragó saliva.
    -¿Y tu segundo lugar favorito? -preguntó con voz ronca.
    -El dormitorio -la cama resultaba sólo un poco más segura que el dormitorio, pero al menos la desnudez no se daba por supuesta-.Y la habitación que menos me gusta es la cocina. No me gusta cocinar y ni la cocina ni esta habitación tienen ventanas. Son claustrofóbicas.
    -Pues te fotografiaremos en el dormitorio -él intentaba hablar con tono profesional. Ella había encontrado la solución perfecta a su problema. Al fotografiarla se convertía en el profesional que hacía un trabajo y dejaba de ser el hombre loco por ella.

    -Quiero cambiarme de ropa. Tengo calor y estoy sudorosa.
    -Muy bien. No tengas prisa. Yo prepararé el equipo.
    -No tardaré mucho -ella tomó una vela y vaciló-. ¿Te importa acompañarme al dormitorio hasta que encienda las velas? No me gusta entrar en una habitación oscura.
    -Está bien. Yo iré delante para que no tengas que entrar en la habitación oscura.
    -Gracias, Manuel.
    Su voz suave le producía cosquillas en la piel. Era ridículo que lo mirara como si hubiera accedido a matar dragones por ella.
    -De nada.
    Tomó una vela y echó a andar delante de ella. Por desgracia, conocía el sabor delicioso de su boca y el modo en que sus curvas se apretaban contra el cuerpo de él. Antes de llegar a la habitación, ella le puso una mano en la espalda.
    -Espera un momento. Vamos antes al baño.
    Necesito lavarme la cara con agua fría. Y seguro que tú también.
    Manuel necesitaba más una ducha de agua fría, pero no lo dijo.
    -De acuerdo.

    Cruzó la puerta que tenía a la izquierda y la vela iluminó una habitación rectangular con una ventana alta y pequeña. A un lado había una bañera de garras con una cortina de ducha circular. El espejo encima del lavabo reflejaba la luz de la vela y añadía brillo al baño.
    Manuel contuvo el aliento cuando la cadera de ella rozó su costado en la estrechez de la estancia.
    -Perdona -murmuró ella.
    -No importa.
    La joven dejó su candelabro en un estante pequeño al lado del lavabo. En un armario abierto había toallas dobladas. Sacó dos toallitas pequeñas y las colocó bajo el grifo de agua fría.
    Manuel esperaba al lado del lavabo. Ella escurrió el agua de las toallitas y le pasó una.
    Él se la pasó por la cara caliente y observó a Lucero hacer lo mismo. Ella se pasó la tela por la cara y el cuello. Un suspiro brotó de sus labios.
    -¿No es maravilloso? -preguntó en voz baja e íntima.
    -Sí -repuso él.
    -Trae. Déjame que te la moje otra vez.
    Lu le quitó la toallita y la puso debajo del grifo. Se la tendió muy mojada.
    Manuel dejó la vela en la parte más ancha del lavabo y tomó la tela mojada. Al hacerlo rozó los dedos de ella y aquel contacto breve le provocó una ola de deseo.
    -¿Alguna vez habías tenido tanto calor? - preguntó ella-. Si empiezo a arder, échame agua fría para apagar las llamas.
    Manuel no sabía qué le producía aquel impulso, pero se dejó llevar por él.
    -¿Así? -preguntó. Se acercó, estrujó la toallita y dejó caer el agua sobre los hombros de ella.
    La joven dio un respingo y a continuación se echó a reír.
    -Eres malo...
    -¿O así? -él le lanzó otra lluvia de gotas por la espalda.
    -No, mucho mejor así -ella estrujó su toalla en la base del cuello de él y le lanzó un chorro de agua fría por la parte delantera de la camiseta.

    Manuel se echó a reír y repitió el gesto de ella. Lucero lanzó un grito y no se molestó y pasó directamente a lanzarle agua del grifo con las manos. Poco después estaban los dos empapados. Uno de ellos había apagado una de las velas y ya sólo quedaba la pequeña de Lu.
    -Ha sido divertido -declaró ella.
    Tenía el pelo mojado y el agua le caía por la piel. El agua fría había endurecido sus pezones, que destacaban bien contra el top mojado. Manuel tragó saliva y la miró a los ojos para no mirar más abajo.
    -Sí, ha sido divertido -corroboró.
    No sabía que podía ser tan juguetón. En su casa no había habido nunca peleas de agua. En su casa había habido pocas cosas divertidas. Sus padres se tomaban la vida y sus trabajos muy en serio.
    Lu sacó una toalla del armario y empezó a secarle el pelo.
    -Puedo hacerlo yo -dijo él.
    -Ya lo sé -ella le pasó la toalla por la barbilla con gentileza y le secó la garganta-. Pero ya lo he hecho yo.
    Retrocedió y se secó la cara con la misma toalla. Manuel tendió una mano y para que ella le pasara la toalla.
    -Puedo hacerlo yo -dijo.
    -Ya lo sé -repuso él.

    Le pasó la toalla por el cuello y por el valle entre los pechos. Procuró que la prenda de algodón fuera lo único que tocara su piel. Se situó detrás de ella y le secó con cuidado los hombros y la piel de la espalda. Se apoyó en una rodilla y bajó la toalla por sus muslos, la parte de atrás de las rodillas y las pantorrillas.
    -Date la vuelta.
    Lu obedeció y él subió la toalla por sus piernas, con la tela susurrando contra su piel.
    Se puso en pie y le devolvió la toalla en silencio.
    -Gracias -dijo ella.
    -De nada.
    Tenía que salir pronto de aquella habitación estrecha donde ella olía tan bien. Tomó la vela que estaba en el estante. Cuanto antes llegaran a su habitación y pudiera esconderse detrás de la cámara, mejor para los dos.

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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  lauriita29 el Miér Mayo 30, 2012 2:28 am

    perdón nenas por no subir cap en casi una semana -_- pero he estado ufffff súper súper ocupada....pero allí tienen dos caps y mañana subo otros dos! va?
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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

    Mensaje  diana lucerina el Miér Mayo 30, 2012 2:40 pm

    lol! lol! lol! esta geniial me encantaa!!!!! kiero otro cap!!!

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    Re: Noche Tentadora [Adaptada] *Capítulo 13 & 14*

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