Spaw's por siempre♥


    Besar a un ángel Adaptada

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    diana lucerina
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Sáb Jun 30, 2012 1:19 pm

    siiiiiiiigueñla yaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa xfavor!!! no la dejes aiiii lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol!
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    YesseMH
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Sáb Jun 30, 2012 11:56 pm

    Capitulo 49

    El olor de Lucero lo tentaba. La recorrió con la mirada; su cuerpo quedaba resaltado por el maillot de llameantes lentejuelas rojas y la suave respiración de la Joven le agitaba el vello del pecho.

    —¿Por qué quieres hacerlo con alguien a quien no respetas?

    A Lucero se le cerraron los ojos cuando él inclinó la cabeza y le acarició el cuello con los labios.

    —¿Por qué no dejas que sea yo quien se preocupe de eso?

    —Me consideras una ladrona.

    —Bueno, he estado dándole vueltas a ese asunto.

    Lucero ladeó la cabeza, y otra punzada de culpabilidad golpeó a Manuel cuando vio que los ojos violeta de su esposa brillaban con deleite y su boca suave se curvaba en una sonrisa tonta.

    —¡Me crees! ¡Sabes que no fui yo quien robó el dinero!

    Él no había dicho eso. Pero ya no estaba enfadado. Aunque no podía perdonarle lo que había hecho, entendía lo que era la desesperación y no quería seguir juzgándola.

    —Creo que eres endemoniadamente sexy. —Le rozó el labio inferior con el pulgar y lo encontró húmedo bajo su caricia. —¿Utilizas algún anticonceptivo o quieres que me encargue yo?

    Los ojos de Lucero llamearon.

    —Tomo la píldora, pero...
    —Bien.

    Manuel inclinó aún más la cabeza y cubrió los labios de ella con los suyos. Los dos se estremecieron. ¡Santo Dios, qué dulces eran! Lucero debía de haberse comido una de las ciruelas maduras que había en una bolsa sobre el mostrador, porque él podía saborear la fruta en su boca.

    La joven entreabrió los labios, pero el movimiento fue titubeante, como si aún no hubiera tomado una decisión. A él le resultó muy excitante esa aceptación tímida e insegura. En ese momento decidió que no le daría más tiempo para pensar, y la estrechó contra su cuerpo.

    Fuera del pequeño mundo de la caravana, comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia, que golpearon el techo metálico con un ligero y agradable repiqueteo. El sonido era hipnótico y tranquilizador. El ruido de la lluvia los aislaba, los apañaba del resto del universo y los llevaba a un lugar íntimo y acogedor.

    Lucero suspiró contra los gentiles y pacientes labios de su marido. La medalla esmaltada que colgaba del cuello de Manuel se rozaba contra ella y, cuando él le pasó la punta de la lengua por la sensible superficie interior del labio inferior, una oleada de calor le atravesó las venas. En ese momento todos sus principios morales se evaporaron, y cualquier idea que hubiera tenido de rechazarlo se esfumó. Ella había deseado eso desde el principio y ya no podía reprimir la fuerza que la impulsaba hacia él.

    Se rindió y separó los labios, dejándole entrar.

    Manuel se tomó su tiempo y, cuando le invadió la boca, el beso fue completamente arrebatador. Lucero respondió con fervor y él le permitió indagar todo lo que quiso.

    Ella introdujo la lengua entre los labios de Manuel, besando las comisuras de esa boca dura, explorando el interior una y otra vez. Rodeó los hombros de su marido con los brazos y se puso de puntillas para mordisquearle la oreja. Le dejó la marca de los dientes en la curva de la mandíbula antes de regresar de nuevo a su boca.

    Entraba y salía.

    Se retiraba e indagaba.

    Y dentro otra vez.

    Lucero se sentía cada vez más excitada, una excitación alimentada por la respiración entrecortada de Manuel y por la sensación que le provocaban sus manos, estrechándola con fuerza: una en la cintura, otra magreándole las nalgas. ¿Cómo podía haber tenido miedo de él? La imagen de los látigos guardados bajo la cama apareció en su mente, pero ella la ignoró. Manuel no le haría daño. No podría.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Mar Jul 03, 2012 8:31 pm

    Capitulo 50

    Lucero lamió el dulce camino entre el cuello y el pecho de su marido y hurgó con la punta de la lengua en el vello oscuro que le cubría el torso hasta llegar a la piel de debajo. La respiración de Manuel era ahora más rápida y, cuando habló, su voz sonó ronca.

    —Si es así como besas, ángel, no quiero ni pensar en cómo... —gimió cuando ella encontró la tetilla.

    Lucero le subió los brazos al cuello y uno de los dedos se le quedó atrapado en la cadena de oro que sostenía la medalla esmaltada. Esos besos ardientes y esas caricias tentadoras eran tan deliciosos que no tenía suficiente. El cuerpo de Manuel era ahora suyo para explorarlo a placer, y ella ansiaba conocer cada centímetro de él.

    —Quiero quitarte la toalla —susurró.

    Manuel le hundió los dedos en el pelo. Ella alargó el brazo hacia el nudo, pero él le atrapó la mano.

    —No tan rápido, cariño. Primero enséñame tú algo.

    —¿Qué quieres ver?

    —Lo que tú quieras.

    —Con este maillot no dejo nada a la imaginación

    —Aun así quiero verte más de cerca.

    Lucero sabía que el sexo podía ser excitante, pero no había esperado el sensual tono provocador en la voz de Manuel. De repente pensó que quizá debería decirle que era virgen, pero entonces él creería que era un mari*** raro. Y lo cierto es que Manuel nunca lo sabría si ella no se lo decía. Al contrario de lo que decían los libros románticos, los frágiles hímenes no sobrevivían a veintiséis años de exámenes médicos y ejercicio físico.

    Echando la cabeza hacia atrás, Lucero observó cómo Manuel se la comía con los ojos y, mientras permanecía delante de él, sólo cubierta por el maillot, encontró que la idea de jugar a ser una experimentada mujer fatal era demasiado excitante para ignorarla. Había leído montones de libros al respecto, pero ¿sería capaz de conseguirlo? ¿Qué podía hacer para provocarlo aún más?

    Le dio la espalda, intentando ganar tiempo para pensar, y entonces vio que las cortinas azules que colgaban en la ventana de la cocina no estaban cerradas del todo. Dudaba que alguien se paseara por ahí fuera con ese tiempo, pero por si acaso se apresuró a cerrarlas. Apoyando una mano en el mostrador, se estiró por encima para alcanzar la cortina.

    Oyó un sonido ahogado, casi como un gemido.

    —Una buena elección, cariño.

    No supo de qué estaba hablando Manuel hasta que lo sintió detrás, acariciándole las nalgas. Él le amasó la carne por encima de las mallas de red en forma de diamante.

    A Lucero se le tensaron los pezones y su piel comenzó a arder de una manera extraña. Comenzó a sentirse nerviosa. No importaba lo que había querido que pensara él, ni siquiera sabía hacer el amor de la manera básica, así que mucho menos podía probar a hacerlo de forma exótica.

    Manuel le deslizó un dedo bajo la tira de lentejuelas y le dibujó la hendidura entre las nalgas. Lucero se mordió los labios para no gritar de placer. El dedo se deslizó más abajo.

    Incapaz de resistirlo más, Lucero se enderezó y se giró hacia los brazos de Manuel.

    —Quiero volver a besarte.

    Él gimió.

    —Tus besos son más de lo que puedo manejar ahora mismo. —Manuel se ajustó el nudo de la toalla y Lucero se dio cuenta de que la tenía abultada. De hecho estaba muy abultada.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Miér Jul 04, 2012 8:42 pm

    Capitulo 51

    Ella se quedó mirándolo fijamente y sintió que se le secaba la boca.

    —S-sigo queriendo besarte.

    —Hagamos un trato. Ábrete el corchete del maillot y nos besaremos todo lo que quieras.

    Lucero levantó la vista a regañadientes y llevó los brazos a la espalda para hacer lo que le pedía. Cuando terminó, el corpiño comenzó a caer, pero ella lo sostuvo contra sus pechos.

    Manuel inclinó la cabeza y la besó al tiempo que le agarraba las muñecas y se las apañaba del pecho. Mientras el indagaba con la lengua en su boca, el maillot se le bajó hasta la cintura. Manuel la empujó contra la pared, al lado de la mesa, le levantó las muñecas y se las sujetó a ambos lados de la cabeza.

    —No es justo —susurró ella contra sus labios mientras la apretaba contra la pared. —Eres más fuerte que yo.

    —Ahora es mi turno —respondió él con un susurro.

    Y lo fue.

    Manteniéndole las muñecas inmovilizadas, Manuel usó la boca para excitarla. Le mordisqueó la oreja y el cuello. Le recorrió con rapidez la clavícula y la base de la garganta. Y luego se echó hacia atrás para poder mirarla de arriba abajo.

    Aquella posición hacía que los pechos de Lucero quedaran elevados. Él jugueteó con uno y luego con el otro, haciendo que le ardiesen con tal ferocidad que ella apenas podía soportarlo.

    —Para —le dijo la joven sin aliento. —Suéltame.

    Él le soltó de inmediato las muñecas.

    —¿Te hago daño?

    —No, pero vas muy rápido.

    —¿Muy rápido? —la miró con una sonrisa torcida. —¿Estás criticando mi técnica?

    —Oh, no. Tu técnica es maravillosa —repuso ella con rapidez, en tono serio y ansioso, y él sonrió. Avergonzada, Lucero evitó mirarlo a los ojos y clavó la vista en su boca. Luego se dio cuenta de que si iba a hacer el amor con ese hombre feroz y orgulloso, tenía que ser tan fuerte como él.

    Levantó la cabeza y le sostuvo la mirada.

    —No quiero que seas tú quien lleve la voz cantante. No ahora. Quizá después, pero aún no.

    —¿Me estás diciendo que quieres mandar un rato?

    Ella asintió con la cabeza. Puede que estuviera nerviosa, pero nada iba a impedir que explorara los maravillosos misterios ocultos bajo la toalla.

    —Sólo te pongo una condición, ángel lindis. —Manuel enganchó un dedo en el maillot que se enredaba en la cintura de la joven. —Quítatelo todo excepto las medias.

    Lucero tragó saliva. No llevaba bragas debajo de las medias. Éstas consistían en una red que la cubría desde la cintura a los dedos de los pies, y que no tapaban absolutamente nada.

    Él arqueó una ceja después de retarla, luego la soltó y se sentó a los pies de la cama.

    —Y quiero ver cómo te desnudas.

    Eso era demasiado. Lucero se aclaró la garganta y le habló con toda la despreocupación que pudo fingir.

    —¿Quieres decir aquí mismo? ¿Con luz y todo?

    —Así es. Desnúdate y hazlo despacio.

    La joven se armó de valor decidida a mantenerse a su altura.

    —¿Luego te quitarás la toalla?

    —Cada cosa a su tiempo.

    Lucero se deslizó lentamente el maillot por las caderas, inclinándose hacia delante mientras lo bajaba para cubrir su desnudez ante él. El maillot se le deslizó a los tobillos. Ella lo apartó con el pie, examinó la desgastada alfombra y escuchó el ligero repiqueteo de la lluvia sobre el techo de la caravana.

    —Oh, no, así no. —Él se rio entre dientes. —Yérguete. Y olvídate del maillot.

    La ronca voz de Manuel hizo que se estremeciera. Le temblaron las manos cuando acató su orden.

    —Eres muy hermosa —susurró Manuel cuando se exhibió ante él, desnuda salvo por las negras medias de red que realzaban, más que ocultaban, la parte inferior de su cuerpo.

    Lucero decidió que ya le había dado tiempo más que suficiente para mirarla.

    —Tiéndete en la cama —le dijo ella en voz baja.

    Él vaciló sólo un momento antes de acostarse como le decía, apoyándose en los codos.

    —¿Así?

    —Ah, no. De eso nada; túmbate por completo.

    Para deleite de Lucero, él hizo lo que le pedía. Manuel recostó la cabeza en dos almohadas apiladas para no perderse nada.
    Ella se mordisqueó los labios. No estaba completamente segura de poder conseguirlo, pero sí decidida a intentarlo.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Miér Jul 04, 2012 11:03 pm

    Capitulo 52

    —Ahora levanta las manos hasta tocar la pared. Y no se te ocurra moverlas.

    Él le dirigió una perezosa sonrisa que hizo que se le derritieran los huesos.

    —¿Estás segura?

    —Muy segura.

    Manuel colocó los brazos como ella quería, haciéndola sentir muy orgullosa de sí misma. Se acercó a la cama. Él le recorrió los pechos y el vientre con una mirada ardiente, haciéndola ser consciente de que estaba casi desnuda. Cuando se acercó a él, cada célula del cuerpo de Lucero bullía de excitación y anticipación. Por un momento la imagen de los látigos guardados bajo la cama irrumpió en su mente, pero la ahuyentó.

    Miró los brazos extendidos de Manuel en aquella falsa pose de esclavitud. Era su cautivo. Si se quedaba de esa manera, cada parte de aquel cuerpo sería suyo, para explorarlo a voluntad, incluyendo el imponente montículo que abultaba la toalla. Apartó los ojos de allí y se arrodilló en el borde de la cama.

    —Recuérdalo —susurró ella. —No apartes las manos en la pared. No las muevas.

    —Si separas un poquito las piernas, cariño, seré tan colaborador como quieras.

    Lucero decidió que era un trato justo, y separó los muslos. Manuel se recreó en lo que quedaba ahora a la vista. Tensó el brazo derecho, como si fuera a moverlo, pero luego se relajó.

    Lucero inclinó la cabeza y comenzó a saborearle de nuevo, mordisqueando cada centímetro del torso masculino, y siguió bajando. La piel, firme y tensa, delineaba cada músculo. Le deslizó las manos por el pecho, disfrutando de la textura del vello y de la piel húmeda. No pudo resistirse a las tetillas color café y las capturó con los labios, haciendo que Manuel se contorsionara debajo de ella. Extendiendo una mano, Lucero le agarró el bíceps y se lo apretó. Después deslizó los dedos hacia abajo, buscando el suave vello de su axila. Cuando se demoró allí, a Manuel se le puso la piel de gallina y soltó un profundo gemido entrecortado. Ella levantó la cabeza lentamente y lo miró a los ojos.

    —Voy a quitarte la toalla.

    —¿Ahora?

    El crudo deseo en la mirada de Manuel le recordó que estaba jugando con fuego. Pero no pensaba retroceder; bajó las manos a la toalla. Deshizo el nudo con un movimiento fluido y la abrió.

    —Oh... —Era magnífico. Alargó la mano y lo tocó tímidamente con la punta del dedo. Manuel dio un brinco y ella apartó la mano.
    La mirada de Lucero voló hacia la cara de Manuel; la mueca que esbozaba parecía reflejar dolor.

    —¿Te he hecho daño?

    —Tienes sesenta segundos —graznó él, —después moveré los brazos.

    Un estremecimiento de placer atravesó como un relámpago el cuerpo de Lucero al darse cuenta de lo que pasaba.

    —No lo harás hasta que te dé permiso —le dijo con severidad.

    —Cincuenta segundos —repuso él.

    Lucero se apresuró a acariciarlo otra vez, dejando que las indagadoras puntas de sus dedos vagaran por todas partes, acariciándolo aquí y allá. Deslizó la mano por los muslos separados de Manuel y buscó más sitios donde tocarlo.

    —Veinte segundos —gimió él.

    —No cuentes tan rápido.

    Él se rio entre dientes al tiempo que gemía, haciéndola sonreír. Pero la sonrisa de Lucero se desvaneció con rapidez. Después de tantos años de abstinencia, ¿cómo lograría su pequeño cuerpo alojar algo de ese tamaño? Cuando cerró su mano en torno a él, se le ocurrió que quizá sus partes privadas se habían atrofiado por falta de uso. Lucero lo acarició.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Miér Jul 04, 2012 11:19 pm

    Capitulo 53

    —¡Se acabó el tiempo!

    Sin previo aviso, se encontró de espaldas sobre la cama bajo el cuerpo de Manuel.

    —Es hora de que recibas un poco de tu propia medicina. Ponte en la misma postura que yo.

    —¿Cómo dices?

    —Las manos contra la pared.

    Lucero tragó saliva y pensó en los látigos. Quizás eso de jugar a mujer fatal se le había dado demasiado bien. Él la estaba creyendo mucho más experimentada de lo que era en realidad.

    —¿Manuel?

    —No quiero que hables, sino que obedezcas mis órdenes.

    Lentamente Lucero levantó los brazos por encima de la almohada.

    —Te he dicho que apoyes las manos contra la pared.

    Hizo lo que le ordenaba y se sintió indefensa y excitada. Cuando sus nudillos rozaron el cabecero de la cama, Lucero estaba confundida por la inquietante mezcla de desasosiego y profundo deseo sexual. Quería rogarle que fuera suave con ella pero, a la vez, quería que la poseyera con todas sus fuerzas.

    Permaneció cautiva bajo la mirada de Manuel. El hecho de que no la hubiera atado de verdad no hacía que su cautiverio fuera menos real. Él era más fuerte que ella, más poderoso, podía hacerle lo que quisiera, estuviera Lucero de acuerdo o no. El deseo de la joven se incrementó todavía más cuando él le pasó la yema del dedo por el estómago, de un lado a otro de la cinturilla de las medias de red, hasta que Lucero quiso gritar. Manuel siguió bajando hasta rozar los rizos oscuros.

    —Separa las piernas, cariño. -Ella lo hizo, pero al parecer Manuel no quedó satisfecho con su acción porque le agarró los muslos y se los separó todavía más.

    Las medias no suponían ninguna barrera para él, y Lucero se sintió demasiado expuesta, demasiado vulnerable. Apartó las manos de la pared.

    —Ni se te ocurra —susurró Manuel, deslizándole los dedos sobre la parte de su cuerpo que ella había revelado.

    Lucero gimió y permaneció inmóvil mientras él separaba sus húmedos pliegues con los pulgares por debajo de la trama en forma de diamante. Entonces Manuel inclinó la cabeza. La joven gritó y apretó los puños contra la pared cuando él la acarició con la boca, lamiéndola a través de la red. Un ronco murmullo de placer escapó de la garganta de Lucero. Sintió cómo él tensaba la red sobre ella, apretando profundamente las hebras contra su suavidad femenina.

    Manuel le separó más las rodillas con los hombros y le ahuecó los pechos con las palmas de las manos mientras la acariciaba con los labios. La lluvia tamborileaba en el vientre de metal que los cobijaba y el propio vientre de Lucero se estremeció en respuesta a lo que le estaba ocurriendo. Estaba perdida en un torbellino de sensaciones cuando sintió en las manos la vibración de un trueno a través de la pared que retumbó en cada nervio de su cuerpo. Lucero arqueó la espalda y se entregó a un clímax destructivo.

    Él la sostuvo mientras se estremecía. Sólo cuando se recuperó sintió Lucero que Manuel le tiraba con fuerza de las piernas. Lucero no comprendió lo que su marido estaba haciendo hasta que se acomodó sobre ella y experimentó esa penetración tan largamente esperada en la entrada de su cuerpo.

    —Me has roto las medias —murmuró Lucero, deslizándole los brazos alrededor de los hombros y recreándose en la sensación de ese cuerpo masculino apretándola contra el colchón.

    Manuel le rozó la sien con los labios.

    —Te compraré un nuevo par. Te lo juro. —Y embistió con suavidad.

    Y no consiguió nada.

    Ella se puso rígida. Sus peores temores se estaban haciendo realidad. Su cuerpo se había atrofiado por tantos años sin usar.
    Manuel se retiró un poco y le sonrió, pero ella podía sentir la tensión de su cuerpo y notaba lo cercano que estaba de perder el control.

    —Pensé que estabas lista, pero imagino que no es suficiente. —Cambió de posición sobre ella y comenzó a acariciarla.

    La voz de Manuel pareció llegar de muy lejos.

    —Eres muy estrecha, cariño. Ha pasado mucho tiempo para ti, ¿no?

    Ella le hundió las uñas en los hombros.

    —Sí... puede ser... —la joven soltó un jadeo cuando las nuevas sensaciones crecieron vertiginosamente en ni interior —que esté un poco cerrada.

    Él gimió y se volvió a colocar sobre ella.

    —Volvamos a intentarlo. —Dicho eso intentó penetrarla otra vez.

    Lucero gritó y se arqueó sin saber si quería apartarse o acercarse más a él. Su cuerpo se abrió suavemente con un ardiente dolor. Él la sujetó por las nalgas y la penetró profundamente al tiempo que le cubría la boca con la suya, devorándola. Su posesión era rápida e intensa, pero la tensión que ella sentía en él le decía que Manuel seguía controlándose. No supo por qué hasta que escuchó su murmullo.

    —Deja de contenerte, cariño. Deja de contenerte.

    Lucero supo en ese momento que él la estaba esperando y esas palabras suaves la hicieron llegar otra vez al clímax.

    Cuando volvió en sí, la piel de Manuel estaba húmeda y su cuerpo tenso de deseo bajo las manos de Lucero. Pero era un amante fuerte y generoso.

    —Otra vez, cariño. Otra vez.

    —No, yo...

    —¡Sí! —Con firmeza, la condujo de nuevo al éxtasis.

    Fuera de la caravana retumbó un trueno y, dentro, ella hizo lo que le pedía. Y, esta vez, él la siguió.

    El tiempo transcurrió mientras yacían inmóviles, con los cuerpos entrelazados, con el todavía enterrado en su interior.
    Lucero no lo olvidaría jamás. A pesar de todas las cosas horribles que la habían conducido a ese momento, no podía haber tenido una iniciación más maravillosa, y siempre le estaría agradecida a Manuel por ello.

    Apretó los labios contra el pecho de su marido mientras le acariciaba con las palmas de las manos. Después de tanto tiempo, por fin había pasado.

    —Ya no soy virgen.

    Lucero sintió que Manuel se ponía rígido debajo de sus manos. Sólo entonces se percató de que había dicho su secreto en voz alta.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Jue Jul 05, 2012 1:50 pm

    siiiiiiiguela xDª!!!!!!!!!! que le dira manuel!!!!!!!!!!!!!! affraid affraid affraid affraid affraid lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol!
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Jue Jul 05, 2012 11:58 pm

    Capitulo 54

    —¿Qué has dicho? —Manuel se incorporó sobre ella con rapidez.

    Lucero quiso morderse la lengua. ¿Cómo podía habérsele escapado aquello? Había estado tan somnolienta y feliz que había pensado en voz alta.

    —N-nada —tartamudeó, —no he dicho nada.

    —Te he oído claramente.

    —Entonces, ¿para qué preguntas?

    —Has dicho que ya no eres virgen.

    —¿En serio?

    —Lucero... —la voz de Manuel tenía un ominoso tono de advertencia. —¿Lo has dicho literalmente?

    Ella intentó adoptar un tono de superioridad.

    —No es asunto tuyo.

    —Bobadas. —El saltó fuera de la cama, agarró los vaqueros y se los puso como si fuera obligatorio poner algún tipo de barrera entre ellos. Se giró para enfrentarse a ella. —Dime, ¿a qué estás jugando?

    Lucero no pudo evitar fijarse en que él no se había subido la cremallera de los vaqueros y tuvo que obligarse a apartar la vista de la tentadora V de aquel duro y plano vientre.

    —No quiero hablar de eso.

    —¿No esperarás en serio que crea que eras virgen?
    —Claro que no. Tengo veintiséis años.

    Él se pasó la mano por el pelo y se paseó de un lado a otro del estrecho espacio que había a los pies de la cama. Parecía como si no la hubiera oído.

    —He notado que eras muy estrecha. He creído que era porque había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuviste con alguien, pero nunca hubiera imaginado.... ¿Cómo ******* has llegado a los veintiséis años sin echar un polvo?

    Ella se incorporó bruscamente.

    —No es necesario usar esa clase de lenguaje. ¡Quiero que te disculpes ahora mismo!

    Él la miró como si se hubiera vuelto loca.

    Ella le sostuvo la mirada. Si Manuel pensaba que se iba a acobardar, podía esperar sentado. Durante los años que había vivido con Lani había oído suficientes palabras obscenas para toda una vida y no pensaba dejar pasar aquel tema por alto.

    —Estoy esperando.

    —Responde a la pregunta.

    —Después de que te disculpes.

    —¡Lo siento! —gritó él, perdiendo su rígido control. —O me dices la verdad ahora mismo o voy a estrangularte con las medias y a arrojar tu cuerpo en una zanja al lado de la carretera después de pisotearlo.

    Como disculpa no valía mucho, pero Lucero no esperaba conseguir nada mejor.

    —No soy virgen —repuso con suavidad.

    Por un momento, Manuel pareció aliviado, luego la miró con suspicacia.

    —No eres virgen ahora, pero ¿lo eras cuando entraste en la caravana?

    —Puede que lo fuera —masculló ella.

    —¿Puede que lo fueras?

    —Vale, lo era.

    —¡No te creo! Nadie con tu aspecto llega a los veintiséis años sin echar...

    Ella le dirigió una mirada fulminante.

    —... sin hacerlo. ¡Por el amor de Dios! ¿Por qué?

    Ella jugueteó con el borde de la sábana.

    —Mientras crecía vi cómo mi madre se liaba con un tío tras otro.

    —¿Y eso qué tiene que ver contigo?

    —La promiscuidad no es nada agradable, y me rebelé.

    —¿Te rebelaste?

    —Decidí ser todo lo contrario a mi madre.

    Manuel se sentó a los pies de la cama.

    —Lucero, tener un amante de vez en cuando no te hubiera convertido en una mujer promiscua. Eres muy apasionada. Mereces tener una vida sexual.

    —No estaba casada.

    —¿Y qué?

    —Manuel, yo no creo en el sexo fuera del matrimonio.

    Él la miró anonadado.

    —No creo en el sexo fuera del matrimonio —repitió ella. —Ni para las mujeres. Ni para los hombres.

    —¿Estás de coña?

    —No pretendo juzgar a nadie, pero eso es lo que pienso. Si quieres reírte, adelante.

    —¿Cómo puedes pensar algo así en los tiempos que corren?

    —Soy hija ilegítima, Manuel. Eso hace que vea las cosas de otra manera. Probablemente me consideres una puritana, pero no puedo evitarlo.

    —Después de lo que ha pasado entre nosotros esta noche, no me atrevería a llamarte puritana. —Él sonrió por primera vez. —
    ¿Dónde aprendiste todos esos trucos?

    —¿Qué trucos?

    —Lo de poner las manos contra la pared y cosas por el estilo.

    —Ah, eso. —Lucero notó que se sonrojaba. —He leído algunos libros guarros.

    —Bien hecho.

    Ella frunció el ceño, preocupada.

    —¿No te ha gustado? Acepto críticas constructivas. Quiero aprender, puedes decirme la verdad.

    —Me ha gustado.

    —Pero quizá no he sido lo suficientemente imaginativa para ti. —Lucero pensó en los látigos. —Para ser sincera, no creo que pueda ser mucho más atrevida. Y deberías saber que el sadomasoquismo no es lo mío.

    Por un momento Manuel pareció confundido, luego sonrió.

    —¿Te dan miedo los látigos?

    —Es difícil no pensar en ellos cuando los veo por todas partes.

    —Supongo que tan difícil como me resulta a mí pensar que alguien tan interesado en el sexo fuera todavía virgen.

    —No dije que estuviera interesada. Sólo estaba tratando de que nos entendiéramos. Y en lo que se refiere a mis creencias, poco antes de morir mi madre tenía amantes más jóvenes que yo. De verdad que lo odiaba.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Vie Jul 06, 2012 1:51 pm

    siiiiguelaaaa
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Sáb Jul 07, 2012 1:00 am

    Capitulo 55

    Manuel se levantó de la cama.

    —¿Por qué no me has dicho que eras virgen?

    —¿Hubiera cambiado algo?

    —No sé. Tal vez. Sin duda alguna no hubiera sido tan rudo.

    Lucero abrió los ojos con sorpresa.

    —¿Estabas siendo rudo?

    Manuel relajó las duras líneas de su boca. Se sentó al lado de ella y le pasó el pulgar por los labios.

    —¿Qué voy a hacer contigo?

    —Tengo una idea, pero a lo mejor no te gusta.

    —Dime.

    —¿Podríamos... no sé exactamente cuánto tiempo lleva recuperarse, pero... cuando lo hagas...?

    —¿Estás intentando decir que te gustaría repetir?

    —Sí.

    —Está bien, cariño. —Él sonrió, pero parecía preocupado. —Supongo que alguien que ha esperado tanto, tiene que recuperar el tiempo perdido.

    Lucero abrió los labios, ansiosa por besarlo, pero él retiró la sábana y la avergonzó diciéndole que no haría nada hasta asegurarse de que estaba bien. Ignorando las protestas de la joven, Manuel se deshizo de las medias e hizo justo lo que le había dicho. Cuando finalmente comprobó que no le había hecho daño, comenzó a seducirla de nuevo. La lluvia repiqueteaba contra las ventanas y, después de amarse, Lucero se hundió en el primer sueño reparador en meses.

    Apenas había amanecido cuando él comenzó a agredirla verbalmente. Y todo porque él la había distraído antes de que ella hubiera tenido tiempo de explicarle un pequeño detalle.

    —Pensé que sabías lo que decías. ¡Lo pensé! Dios mío, qué asno soy. Merezco estar casado contigo. ¿Cómo pude pensar que estabas bien informada sobre eso cuando no haces nada a derechas?

    Después de la tierna magia de la noche anterior, aquel ataque era doblemente hiriente. Al principio, la cólera de Manuel había sido fría y calmada, pero ahora era como si hubiera estallado una válvula a presión.

    —¿No podías terminar de explicármelo? —despotricó él. —No, claro que no. Hubiera sido demasiado lógico.

    Ella parpadeó ante la dureza de sus ojos y se odió a sí misma con todas sus fuerzas por no ser el tipo de persona capaz de devolverle los gritos.

    —Cuando me dijiste que tomabas la píldora, tenías que habérmelo contado todo, Lucero. ¡Tenías que haberme dicho que acababas de empezar a tomarlas, que no llevabas ni un mes con el tratamiento, que todavía existía alguna jodida posibilidad de que te quedaras embarazada! ¿No podías habérmelo explicado todo?

    Ella se clavó las uñas en las pal mas de las manos para no llorar. Al mismo tiempo se maldecía a sí misma por permitir que le hiciera eso.

    —¡Contéstame de una puta vez!

    El nudo en la garganta de Lucero se había vuelto tan grande que tuvo que obligarse a escupir las palabras.

    —Me... dejé llevar por la p-pasión.

    Parte de la tensión pareció abandonar el cuerpo de Manuel. Él soltó un poco el acelerador y la miró con el ceño fruncido.

    —¿Estás llorando?

    Ella alzó la barbilla y negó con la cabeza pero, al mismo tiempo, le resbaló una lágrima por la mejilla. Lucero no podía soportar la idea de volver a llorar delante de él. La joven siempre había odiado la facilidad con que se le saltaban las lágrimas.

    Él bajó el tono de voz y recobró el control.

    —Lucero, lo siento. —Miró por el espejo retrovisor y dirigió la camioneta al arcén.

    —¡No te atrevas a parar! —le dijo ella con fiereza.

    Las ruedas levantaron la grava cuando Manuel detuvo la camioneta, ignorando como siempre los deseos de Lucero. Intentó abrazarla, pero ella se apartó.

    —¡No soy una debilucha! —le espetó mientras se enjugaba las lágrimas con furia.

    —No he dicho que lo fueras.

    —¡Pero lo piensas! Es cierto que lloro con facilidad, pero eso no quiere decir nada y no estoy tratando de manipularte con lágrimas. Quiero que te disculpes porque estás portándote como un imbécil, no porque esté llorando y te remuerda la conciencia.

    —Definitivamente, estoy portándome como un imbécil.

    —No puedo evitar llorar. Siempre he sido una persona muy emotiva. Bebés, anuncios sensibleros, baladas. Veo u oigo algo y lo siguiente que sé es que...

    —Lucero estoy tratando de disculparme. Si quieres, puedes seguir llorando, pero cállate, ¿vale?

    Ella sorbió por la nariz y buscó un pañuelo de papel en el bolso.

    —Vale.

    —No ha estado bien que te grite. Estaba enfadado conmigo mismo y me he desquitado contigo. Fui yo quien te impidió explicarte anoche. Fue culpa mía. Nunca había sido tan irresponsable antes y, la verdad, no lo entiendo. Supongo que simplemente... —Él vaciló.

    Ella se sonó la nariz.

    —¿Te dejaste arrastrar por la pasión?

    Él sonrió.

    —Supongo que esa es una razón tan buena como cualquier otra. Pero si te quedas embarazada por culpa de mi estupidez...

    El miedo que ella oyó en su voz hizo que quisiera llorar una vez más. Pero sólo sorbió por la nariz con seriedad.

    —Estoy segura de que no ocurrirá. No es el momento apropiado. Tiene que venirme la regla en un par de días.

    El alivio de Manuel fue casi palpable y Lucero se sintió aún más dolida. No es que quisiera quedarse embarazada, porque no quería, pero no le gustaba que la idea lo repeliera.

    Él se pasó las manos por el pelo.

    —Supongo que me vuelvo irracional cuando surge este tema, pero no puedo evitarlo. No quiero tener hijos, Lucero.

    —No tienes de qué preocuparte. Amelia me envió a su ginecólogo hace unas semanas.

    —Vale. Espero que lo entiendas. Cuando digo que no quiero tener hijos, quiero decir que no quiero tenerlos nunca. Sería un padre terrible y ningún niño se merece eso. Prométeme que jamás te olvidarás de tomar la píldora.

    —No me olvidaré. Y, francamente, Manuel, me estoy cansando de que me trates como si fuera estúpida.
    Él miró el espejo retrovisor y metió la marcha antes de volver a la carretera.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Mar Jul 10, 2012 12:15 am

    Capitulo 56

    —Usaré preservativos hasta el mes próximo, cuando ya no corras peligro de quedarte embarazada.

    A Lucero no le gustó que Manuel diera por hecho que continuaría acostándose con él.

    —Te aseguro que no habrá necesidad.

    Él la miró.

    —¿De qué?

    —Actúas como si lo que sucedió anoche fuera a repetirse.

    —Créeme. Volverá a repetirse.

    Tanta seguridad la irritó.

    —No estés tan seguro.

    —No finjas que no te ha gustado. Estaba allí, ¿recuerdas?

    —No estoy fingiendo. Fue maravilloso. Una de las cosas más maravillosas que me ha ocurrido en la vida. Lo que quiero decir es que tu actitud con respecto a hacer el amor deja mucho que desear.

    —¿Qué le pasa a mi actitud?

    —Es insultante. Sólo hay que fijarse en tu vocabulario: las palabras que usas son, definitivamente, insultantes.

    —No estoy de acuerdo.

    —Se supone que hacer el amor es algo sagrado.

    —Se supone que es tórrido, sudoroso y divertido.

    —Eso también. Pero sigue siendo un acto sacrosanto.

    —¿Sacrosanto? —La miró con incredulidad. —¿Cómo es posible que alguien que creció rodeada de parásitos sociales y estrellas de rock haya salido así de puritana?

    —¡Lo sabía! Sabía que pensabas que soy puritana, pero anoche no fuiste lo suficientemente sincero como para admitirlo.

    —Ya entiendo. Estás intentando sacarme de quicio a propósito. Oiga lo que diga te cabrearás igualmente conmigo, ¿no? —Manuel le dirigió una mirada exasperada.

    —No intentes hacerte el inocente conmigo. Eres demasiado borde para eso.

    Manuel volvió la cabeza y, para sorpresa de Lucero, parecía muy dolido.

    —¿De verdad crees que soy borde?

    —No lo eres todo el rato —admitió ella. —Pero sí la mayor parte del tiempo. Casi siempre, en realidad.

    —Cualquiera del circo te dirá que soy el gerente más imparcial que han conocido.

    —Eres imparcial. —Hizo una pausa. —Con todos menos conmigo.

    —He sido justo contigo. —Vaciló. —Bueno, tal vez no lo fui el día de la fiesta sorpresa, pero aquello me pilló desprevenido y... eso no me excusa, ¿verdad? Lo siento, Lucero. No debería haberte humillado de aquella manera.

    Ella lo observó, luego asintió con la cabeza.

    —Acepto tus disculpas.

    —Y no fui borde anoche.

    —Preferiría no hablar de lo que pasó anoche. Y quiero que me prometas que no intentarás seducirme de nuevo esta noche. Tengo que reflexionar y pienso hacerlo en el sofá.

    —No sé qué tienes que pensar. No crees en el sexo fuera del matrimonio, pero estamos casados, así que, ¿cuál es el problema?

    —Nuestro matrimonio es un «acuerdo legal» —señaló ella con suavidad. —Hay una sutil diferencia.

    Él masculló una obscenidad especialmente desagradable. Antes de que pudiera recriminárselo, Manuel giró a la derecha bruscamente y entró en el aparcamiento de camiones de una estación de servicio.

    Esta vez la camarera era hosca y de mediana edad, así que Lucero no tuvo ningún problema en dejarlo solo para ir al servicio. Debería habérselo pensado mejor, pues cuando salió él había entablado conversación con una atractiva rubia que estaba sentada en la mesa de al lado.

    Lucero sabía que él la había visto salir del baño, pero aun así vio cómo la rubia cogía su taza de café y se sentaba al lado de su marido. Sabía por qué Manuel hacía eso. Quería asegurarse que ella no le daba importancia a lo que había sucedido entre ellos.

    Lucero apretó los dientes. Tanto si Manuel Markov quería admitirlo como si no, era un hombre casado, y ningún flirteo del mundo cambiaría eso.

    Vio un teléfono público en la pared, no lejos de la mesa donde la rubia admiraba los músculos de su marido. En cuanto controló su temperamento, descolgó el teléfono y lo mantuvo apretado contra la oreja mientras contaba hasta veinticinco. Finalmente, se volvió hacia él y exclamó:

    —¡Manuel, querido! ¡¿A que no lo adivinas?!

    Él levantó la cabeza y la miró con cautela.

    —¡Buenas noticias! —canturreó. —¡El médico dice que esta vez serán trillizos!

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Leysdania el Mar Jul 10, 2012 12:22 am

    JAJAJ trillisos ...que mentirosilla ... y que celosa
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Mar Jul 10, 2012 7:03 pm

    jajajajajajajajjaajjajajaaja me encanta siguela yaa xfavor
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Mar Jul 10, 2012 8:18 pm

    Capitulo 57

    Manuel volvió a dirigirle la palabra cuando llegaron al nuevo recinto. Cuando bajó de la camioneta y empezó a desenganchar la caravana, le dijo a Lucero que no volvería a trabajar con los animales. Que debía dedicarse a cosas más ligeras, como ordenar el vestuario y, claro está, aparecer en el desfile todas las noches.

    Ella lo miró con el ceño fruncido.

    —Pensaba que te alegraría no tener que trabajar tan duro —dijo él. —¿Qué es lo que te parece mal ahora?

    —¿Por qué has esperado hasta esta mañana para aligerar mis tareas?

    —Por ninguna razón en particular.

    —¿Seguro?

    —Déjate de rodeos y dime qué estás pensando.

    —Me siento como una prostituta a la que están pagando por los servicios prestados.

    —Vaya ridiculez. Había tomado la decisión antes de que nos acostáramos juntos. Además, quién dice que tendría que pagarte. Creo sin duda alguna que mi actuación fue buenísima.

    Ella no picó el anzuelo.

    —Dije que me ocuparía de las fieras y eso es lo que haré.

    —Y yo te digo que no tienes por qué hacerlo.

    —Y yo digo que quiero hacerlo. —Era cierto. Tras su experiencia con los elefantes, sabía que sería un trabajo duro, pero no podía ser peor de lo que ya había sido.

    Había sobrevivido. Había recogido estiércol hasta que le salieron ampollas en las manos, había transportado pesadas carretillas y había sido golpeada por malhumorados elefantitos. Se había enfrentado al miedo y todavía seguía en pie —magullada, tal vez— pero con la cabeza bien alta.

    El la miró con una mezcla de incredulidad y algo que casi parecía admiración, aunque Lucero sabía que no podía ser eso.

    —¿Por qué no me haces caso y dejas correr el tema?

    Lucero se mordisqueó el labio inferior y frunció el ceño.

    —Mira, no sé qué me deparará el futuro, me limito a vivir el día a día. Ahora mismo lo único que tengo claro es que tengo que hacerlo.

    —Lucero, es demasiado trabajo.

    —Lo sé. —Sonrió. —Por eso tengo que hacerlo.

    Manuel la observó un buen rato y luego, para sorpresa de Lucero, inclinó la cabeza y la besó. Allí mismo, en mitad del recinto, con todos yendo de un lado para otro, con Brady y sus hijos ensayando sus saltos acrobáticos y Heather haciendo equilibrios a su lado. En medio de todo eso le dio un beso largo y profundo.

    Cuando se separaron, ella se sentía débil y jadeante. Él levantó la cabeza y miró a su alrededor. Lucero esperaba que se sintiera avergonzado por aquella exhibición pública, pero no lo parecía. Quizás intentaba compensar el incidente de la fiesta sorpresa, o tal vez sus motivaciones fueran más complicadas pero, sin importar cuál fuera la razón, había dejado claro a todo el que quisiera mirar que ella significaba algo para él.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Miér Jul 11, 2012 3:27 pm

    SIGUELAAAAAAAAAAAAA ESTA MUY TIERNA
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Jue Jul 12, 2012 12:19 am

    Capitulo 58


    Lucero tuvo poco tiempo para pensar en el tema cuando emprendió sus tareas en la casa de fieras. Poco después apareció un joven llamado Trey Skinner que dijo que Manuel le había enviado para ayudarla con el trabajo más pesado. Lucero le mandó poner la jaula de Sinjun a la sombra y meter dentro un poco de heno, después le dijo que podía marcharse.

    Por suerte, Lollipop no intentó escupirle de nuevo, pero aun así Lucero se mantuvo alejada de la Llama. Además de Lollipop, Sinjun y Chester, en la casa de fieras también había un leopardo llamado Fred, un buitre con las alas cortadas y una gorila. Había también una boa pero, para alivio de Lucero, la serpiente se había convertido en la mascota de Jill y vivía en su caravana cuando no estaba en la exhibición.

    Siguiendo las escuetas instrucciones de Digger, Lucero alimentó a los animales y después comenzó a limpiar las jaulas, empezando por la de Sinjun. El tigre la miraba con aire condescendiente cuando comenzó a remojarlo con la manguera, como si le estuviera otorgando el privilegio de servirlo.

    —No me gustas —murmuró ella empapándolo de agua.

    «Mentirosa.»

    Ella casi dejó caer la manguera.

    —Deja de hacer eso —siseó. —Deja de meterte en mi mente.

    El tigre bostezó y se estiró bajo el chorro de agua, haciéndola sentir increíblemente tonta.

    Cuando terminó de duchar a Sinjun, volvió a la carpa y miró a la gorila que recibía el nombre de Glenna y ocupaba la jaula de la esquina. Sus ojos color chocolate parecían tristes y le sostuvieron la mirada cuando la observó a través de los barrotes oxidados de aquella vieja jaula que parecía demasiado pequeña para ella. Algo en la tranquila resignación del animal enterneció a Lucero, que se acercó a la jaula.

    Glenna se sentó, observándola en silencio, estudiando a uno más de los cientos de humanos que pasaba cada día por su jaula. Lucero se detuvo y esperó. De alguna manera sentía que tenía que obtener el permiso de Glenna para poder acercarse más, como si en este pequeño acto la gorila tuviera voz y voto.

    Glenna se acercó a la parte delantera de la jaula y la observó. Lentamente el animal levantó el brazo y lo metió entre los barrotes. Lucero la miró y se dio cuenta de que la gorila trataba de darle la mano.

    Glenna esperó pacientemente, con la mano tendida hacia ella. A Lucero se le aceleró el corazón. Si apenas se atrevía a acariciar a un gatito, ni hablar de tocar a un animal salvaje. Quiso darse la vuelta, pero el animal parecía tan humano que ignorar su gesto hubiera sido imperdonable, y se acercó vacilante hacía ella.

    Glenna se mantuvo inmóvil con la palma hacia arriba. Con gran renuencia, Lucero extendió la mano y tocó cautelosamente la punta del dedo de Glenna con su dedo índice. Era blanda y suave. Sintiéndose un poco más valiente, deslizó el dedo sobre el de la gorila. Glenna cerró los ojos y suspiró con suavidad.

    Lucero se quedó allí un rato, acariciándole la mano, y sintiendo como si le hubiera encontrado sentido a su vida.

    Según transcurrió la mañana, se multiplicaron las dudas de Lucero sobre el cuidado correcto de los animales. Varias veces acudió a Digger para pedir consejo sobre piensos y rutinas diarias y, cada vez que se acercaba, Tater le daba un golpe con la trompa como si fuera el matón del patio.

    Digger respondió a las preguntas a regañadientes, por lo que Lucero supuso que todavía estaba molesto por lo ocurrido el día anterior. La segunda vez que se acercó a preguntarle ese día, él escupió cerca de la deportiva de ella.

    —No tengo tiempo para más preguntas, señorita. No quiero que nadie piense que no hago mi trabajo.

    —Digger, no dije que no hicieras tu trabajo. Sólo estaba preocupada por las condiciones en las que se encontraban los animales de la casa de fieras. —Lucero se preguntó para sus adentros si Digger conocería realmente la manera correcta de tratar a los animales de la exposición. Digger estaba loco por los elefantes, pero los demás le traían sin cuidado. Lo cierto es que el hombre no sabía que a los tigres les gustaba el agua. Lucero decidió informarse en su tiempo libre.

    Los legañosos ojos del anciano estaban llenos de resentimiento.

    —Llevo cincuenta años cuidando animales. ¿Cuánto llevas tú?

    —Sólo dos semanas. Por eso necesito tu consejo.

    —No tengo tiempo para hablar. Tengo demasiado trabajo que hacer. —El hombre miró por encima del hombro de Lucero y esbozó una amplia sonrisa que dejó al descubierto sus dientes amarillentos y los huecos de los que le faltaban. La joven se dio cuenta demasiado tarde de cuál era la fuente de su diversión. Tater se había acercado a ella a hurtadillas.
    «¡Zas!»

    Lucero sintió como si le hubieran golpeado en el pecho con una alfombra enrollada. Sin nada a lo que aferrarse, patinó por el suelo antes de tropezar con un fardo de heno. Cayó de lado sobre el estiércol golpeándose la cadera y el dolor le atravesó el cuerpo de arriba abajo. La risa cascada de Digger resonó en sus oídos. Lucero levantó la cabeza justo a tiempo de ver en los ojos de Tater una expresión que se parecía muchísimo a una sonrisa de satisfacción.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Vie Jul 13, 2012 12:04 am

    HOOOOOOOOOOOOOOOOO SIGUELA PRONTO XD!!!!!!!! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! affraid affraid affraid
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Mar Jul 17, 2012 9:05 pm

    Capitulo 59


    Lucero comenzó a ver rojo. ¡Ya había tenido suficiente!

    Ignorando el dolor de la pierna y de la cadera, se puso bruscamente en pie y se plantó delante del elefantito meneando el puño ante sus narices.

    —¡No vuelvas a hacerlo! ¡Jamás! ¿Me has oído?

    El elefante retrocedió torpemente mientras ella avanzaba hacia él.

    —Eres bruto, sucio y malo. ¡Y la próxima vez que me tires, lo lamentarás! ¡No dejaré que sigas abusando de mí! ¿Me has entendido?

    Tater soltó un gemido lastimoso y agachó la cabeza, pero ya se había pasado demasiado con ella y Lucero no se ablandó.

    Olvidando su aversión a tocar animales, le clavó el dedo índice en la trompa.

    —¡Si quieres mi atención, compórtate como es debido! ¡Pero no vuelvas a golpearme!

    Él encogió la trompa y plegó una de sus orejas. Lucero se irguió en toda su estatura.

    —¿Nos entendemos o no?

    Tater levantó la cabeza y le dio una cabezadita en el hombro. Ella se cruzó de brazos, rechazando aquella oferta de reconciliación.

    —No puedo olvidar lo que has hecho.

    Él le dio otro empujoncito con la cabeza, con esos melancólicos ojos oscuros. Lucero se hizo la fuerte ante la mirada que él le brindaba tras las rizadas pestañas.

    —Lo siento, pero te va a llevar tu tiempo. Tienes que hacerme olvidar muchas cosas. Ahora si me perdonas, tengo que volver a la casa de fieras. —Se giró para marcharse.

    Tater gimió. Desconsolado. Triste. Como un niño que hubiera perdido a su madre.

    Lucero aminoró el paso y se le rompió el corazón cuando vio al desolado elefantito con las orejas caídas y los oscuros ojos tristes. Arrastraba la pequeña trompa por el suelo manchándola de tierra.

    —Tú te lo has buscado —señaló.

    El animal soltó un gemido plañidero.

    —Yo intenté ser simpática.

    Otro gemido patético. Y luego, para asombro de Lucero, vio que comenzaban a caerle lágrimas de los ojos. Digger le había dicho que los elefantes eran uno de los animales más sentimentales que existían y que además lloraban, pero no le había creído.

    Ahora, mientras observaba resbalar las lágrimas por la arrugada piel de Tater, se evaporó todo su resentimiento.

    Por segunda vez en el día, ignoró la aversión que sentía a acariciar animales. Tendió la mano y acarició la trompa de Tater.

    —Eso no vale. Eres tan llorón como yo.

    Él levantó la cabeza y dio unos pasos vacilantes hacia ella. Cuando estuvo a su lado se paró como si quisiera pedir permiso antes de restregarle la cabeza contra el hombro.

    Una vez más casi la arrojó al suelo, pero esta vez el gesto había sido cariñoso. Lucero le acarició la frente.

    —No pienses que te perdono porque soy una debilucha. Tienes que mejorar tus modales o todo habrá terminado entre nosotros.

    Él se frotó contra ella con la misma suavidad que un patito.

    —Nada de golpes. Nada de trucos.

    Tater dejó salir un suave suspiro y Lucero se rindió.

    —Eres un bebé tonto.

    Mientras Lucero perdía el corazón por el elefante, Manuel estaba en la puerta trasera del circo, observando lo sucedido. Vio cómo el elefante curvaba la trompa en torno al brazo de su esposa y sonrió. Lo supiera Lucero o no, acababa de hacer un amigo para toda la vida. Se rio entre dientes y se encaminó hacia el vagón rojo.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Mar Jul 17, 2012 10:26 pm

    hayy siguela me encanta!!!! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol!
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  ultra lucerina el Mar Jul 17, 2012 10:42 pm

    Hay que Ternura!!! Razz Queremos Conti prontito!!!! lol! lol!
    nos Gustaria una escena haci de tierna pero con manuel estaria padrisiomo!!! Rolling Eyes Like a Star @ heaven
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Vie Jul 20, 2012 1:43 am

    Capitulo 60

    Heather nunca se había sentido tan desdichada. Sentada en la mesa de cocina de la Airstream de su padre, clavó la mirada en los deberes de la escuela, pero lo escrito en la página no captaba su atención. Como los demás niños del circo, recibía lecciones por correspondencia a través de la Calvert School de Baltimore, un lugar especializado en enseñar a los niños que no podían ir a la escuela. Cada pocas semanas llegaba un grueso paquete con libros, cuadernos y exámenes.

    Sheba se había acostumbrado a supervisar la tarea escolar de Heather, pero la educación de la mujer no había sido demasiado buena y no había mucho que pudiera hacer excepto comprobar los exámenes. Heather tenía dificultades con la geografía y había suspendido lengua inglesa.

    En ese momento apartó el libro y miró el cuaderno de apuntes que había debajo, donde había garabateado algunos nombres. «Señora de Manuel Markov. Heather Markov. Heather Pepper Markov.»

    «mier***.» ¿Porque él lo había permitido? ¿Por qué Manuel había dejado que Lucero lo besara de esa manera delante de todo el mundo? Heather había querido morirse al presenciar ese beso. Odiaba a Lucero, y lo mejor que le había ocurrido esas dos semanas había sido verla sucia y cubierta de mier****. Era lo que se merecía, estar cubierta de mier**.

    Más de una vez, Heather había intentado aliviar la culpa que sentía por lo que le había hecho a Lucero diciéndose a sí misma que se lo merecía. Que allí no había sitio para ella. Que no encajaba en el circo. Y que nunca debería haberse casado con Manuel. Que Manuel era suyo.

    Se había enamorado de él hacía seis semanas, la primera vez que lo vio. Al contrario que su padre, Manuel siempre tenía tiempo para hablar con ella. No le importaba pasar el rato con ella e incluso, antes de que llegara Lucero, había dejado que lo acompañara a hacer algunos recados. Una vez, en Jacksonville, habían ido juntos a una sala de exposiciones y le había explicado cosas sobre los cuadros. También la había invitado a hablar sobre su madre y en dos ocasiones la había consolado por algo que le había dicho su terco padre.

    Pero a pesar de lo mucho que lo amaba, Heather sabía que aún la veía como una niña. Últimamente había estado pensando en que tal vez, si él se hubiera dado cuenta de que era una mujer, la habría mirado de forma diferente y no se habría casado con Lucero.

    De nuevo sintió que le invadía la culpa. No había planeado coger ese dinero y esconderlo en la maleta de Lucero, pero había entrado en el vagón rojo y Lucero estaba ocupada con aquella llamada telefónica. El cajón de la recaudación estaba abierto y, simplemente, había ocurrido.

    Estaba mal, pero no dejaba de decirse a sí misma que no era tan grave como parecía. Manuel no amaba a Lucero, hasta Sheba lo decía. Lucero cargaría con la culpa del delito y él se desharía de ella ahora en vez de más adelante.

    Pero el beso que había presenciado esa mañana le decía que Lucero no iba a dejarlo escapar con tanta facilidad. Heather todavía no podía creerse la manera en que se había abalanzado sobre él. ¡Manuel no la necesitaba! No necesitaba a Lucero cuando podía tenerla a ella.

    ¿Pero cómo iba a saber él lo que ella sentía si nunca se lo había dicho? Apartó los libros a un lado y se levantó de un salto. No podía soportarlo más. Tenía que hacerle entender que ya no era una niña. Tenía que hacerle entender que no necesitaba a Lucero.

    Sin darse tiempo a pensarlo dos veces, salió rápidamente de la caravana y se encaminó al vagón rojo.

    ---------------------

    Manuel levantó la vista del escritorio cuando entró Heather. La jovencita llevaba metidos los pulgares dentro de los bolsillos de unos pantalones cortos de cuadros, que quedaban casi cubiertos por completo por una enorme camiseta blanca. Se la veía pálida e infeliz, como un hada con las alas cortadas. Sintió pena por ella. La trataban de una manera muy dura, pero a pesar de eso seguía luchando y a él le gustaba que lo hiciera.

    —¿Qué te pasa, cariño?

    Ella no le respondió. En vez de eso deambuló por la caravana, tocando el brazo del sofá o cogiendo un archivador. Manuel vio una imperceptible mancha naranja en la mejilla, donde había intentado tapar una espinilla, y sintió un atisbo de ternura. Algún día, muy pronto, Heather se convertiría en una auténtica belleza.

    —¿Problemas?

    Ella levantó la cabeza de golpe.

    —No.

    —Bien.

    Heather tragó saliva y se aclaró la garganta.

    —Es sólo que pensé que tal vez quisieras saber... —La jovencita inclinó la cabeza y comenzó a mordisquearse una uña ya comida.

    —¿Saber qué?

    —Vi lo que Lucero te ha hecho hoy —dijo Heather con rapidez. —Sólo quiero que sepas que sé que no puedes evitarlo y todo eso.

    —¿Y qué me hizo Lucero?

    —Ya sabes a qué me refiero.

    —Pues me temo que no.

    —Ya sabes —ella clavó la vista en un punto sobre la mesa. —Te ha besado donde todos podían verlo y todo eso. Te ha humillado.

    Tal y como Manuel lo recordaba, había sido él quien la había besado a ella. No le gustaba la manera en la que todos miraban el vientre de su esposa y contaban los meses con los dedos. Tampoco le gustaba la manera en que la ridiculizaban a sus espaldas, en especial cuando sabía que él tenía la culpa.

    —No sé qué tiene que ver eso contigo, Heather.

    Ella se agarró las manos y habló atropelladamente.

    —Todos saben lo que sientes por ella y todo eso. Que no te gusta. Y cuando mi padre me dijo que no estaba embarazada ni nada, no pude entender por qué le casaste con ella. Luego recordé que los tíos os volvéis locos si tenéis una chica cerca y no podéis... ya sabes... mantener relaciones con ella, pero a veces os dicen que no conseguiréis nada a menos que os caséis con ellas. Así que me imaginé que fue por esa razón por la que te casaste con ella. Pero lo que quiero decir es que... si quieres que se vaya y todo eso...

    Por primera vez desde que comenzó su acalorada perorata, lo miró directamente a los ojos y él vio desesperación en ellos. Heather hizo una mueca y soltó a borbotones el resto de las palabras.

    —Sé que piensas que soy una niña, pero no lo soy. Tengo dieciséis años. Puede que no sea tan bonita como Lucero, pero ya soy una mujer y puedo hacer que... te dejaría mantener relaciones sexuales conmigo y todo eso, así no tendrías que hacerlo con ella.

    Manuel se quedó pasmado y no supo qué decir. Heather se había puesto colorada como un tomate —probablemente igual que él— y no hacía otra cosa que mirar el suelo.

    Él se puso en pie lentamente. Se había enfrentado a sucios borrachos y camioneros con navajas, pero nunca a nada semejante. Heather había confundido su amistad con otra cosa y tenía que aclararlo de inmediato.

    —Heather... —Manuel se aclaró la garganta y rodeó el escritorio. Cuando se detuvo, Lucero apareció en la puerta detrás de Heather, pero la adolescente estaba tan absorta en lo que había dicho que no se dio cuenta. Lucero debió de notar que estaba ocurriendo algo importante porque se detuvo y esperó.

    —Heather, cuando una jovencita se encapricha...

    —¡No es un encaprichamiento! —Heather levantó la cabeza con los ojos suplicantes y llorosos. —Me enamoré de ti a primera vista, y creía que quizá tú también me querías, pero que, como era tan joven y todo eso, no te decidías a dar el primer paso. Por eso he venido a decírtelo.

    Manuel deseó que Lucero le echara una mano, pero ella seguía inmóvil y en silencio, asimilando lo que acababa de oír. Por el bien de Heather, él tenía que hacerle ver la realidad de la situación.

    —No me amas, Heather.

    —¡Sí te amo!

    —Sólo crees que me amas. Pero eres una niña, es sólo un encaprichamiento absurdo. Lo superarás. Créeme, dentro de un par de meses los dos nos reiremos de esto.

    Heather lo miró como si la hubiera abofeteado y Manuel se dio cuenta de que había metido la pata. La chica respiró hondo y se le llenaron los ojos de lágrimas. Pensó con consternación en cómo podría reparar el daño.

    —Me gustas, Heather, en serio. Pero sólo tienes dieciséis años. Yo soy adulto y tú eres todavía una niña. —Se dio cuenta por su expresión de que sólo estaba empeorando las cosas. Nunca se había sentido tan indefenso y le lanzó a Lucero una mirada suplicante.

    Para irritación de Manuel, su esposa puso los ojos en blanco, como si él fuera la persona más estúpida de la tierra. Luego se plantó delante de Heather como un vaquero en un duelo.

    —¡Sabía que te encontraría aquí, lagarta! ¡Piensas que porque eres joven y muy guapa puedes robarme al marido sin que yo te lo impida!

    Heather la miró boquiabierta y dio un paso atrás. Manuel clavó los ojos en Lucero con incredulidad. De todas las idioteces que la había visto hacer, y eran unas cuantas, ésta se llevaba la palma. Incluso un retrasado mental se habría dado cuenta de lo histriónico de sus palabras.

    —¡No me importa lo joven y guapa que seas! —exclamó Lucero. —¡No dejaré que arruines mi matrimonio! —y con aire dramático alargó el brazo y señaló la puerta con un dedo. —Ahora te sugiero que te largues de aquí antes de que haga algo de lo que pueda arrepentirme.

    Heather cerró la boca de golpe. Corrió a ciegas hacia la puerta y huyó de allí.

    Pasaron varios segundos antes de que Manuel se hundiera bruscamente en el sofá y preguntara:

    —¿La he ofendido?

    Lucero lo miró con algo parecido a la piedad.

    —Para ser un hombre listo no pareces tener demasiado sentido común.

    Manuel clavó los ojos en la puerta por donde acababa de desaparecer Heather, luego miró a su esposa.

    —La tuya ha sido la peor actuación que he visto en mi vida. ¿De verdad has dicho que le vas a impedir que te robe el marido o me lo he imaginado?

    —Heather se lo ha creído y eso es lo único que cuenta. Después de lo que le has dicho era necesario que alguien la tratara como a una mujer adulta.

    —No pretendía herir sus sentimientos, pero ¿qué querías que hiciera? No es una adulta. Es una niña.

    —Te ha ofrecido su corazón, Manuel, y tú lo has rechazado como si no valiera nada.

    —No sólo me ha ofrecido su corazón. Un poco antes de que llegaras me dejó bien claro que su cuerpo también iba incluido en el lote.

    —Está desesperada. Si hubieras aceptado, se hubiera desmayado del susto.

    Él se estremeció.

    —Una quinceañera no está en mi lista de perversiones favoritas.

    —¿Qué clase de perversiones...? —Lucero se mordió la lengua. ¿Cuándo iba a comenzar a pensar antes de hablar?

    Manuel le brindó una sonrisa enloquecedora que le puso la piel de gallina.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Vie Jul 20, 2012 3:38 pm

    siguelaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Dom Jul 29, 2012 3:05 am

    Capitulo 61

    —Será más divertido que lo vayas averiguando poco a poco.

    —¿Por qué no me lo dices ahora?

    —Espera y verás.

    Lucero lo observó.

    —¿Incluye algo con...? No, claro que no.

    —Estás pensando en los látigos otra vez.

    —No, por supuesto que no —mintió.

    —Bien. Porque no tienes por qué preocuparte de eso. —Manuel hizo una pausa significativa. —Si lo hago bien no duele en absoluto.

    Lucero abrió los ojos de par en par.

    —¡Deja de hacer eso!

    —¿El qué?

    La expresión inocente de Manuel no la engañó ni por un instante.

    —Deja de plantar todas esas dudas en mi cabeza.

    —No soy yo quien planta dudas en tu cabeza. Lo haces tú sólita.

    —Sólo porque tú sigues diciendo esas cosas. No me gusta que me tomes el pelo. Sólo tienes que responderme sí o no. ¿Alguna vez le has dado latigazos a una mujer?

    —¿Sólo sí o no?

    —Eso he dicho, ¿no?

    —¿Sin ninguna aclaración?

    —Sin ninguna aclaración.

    —Bueno, entonces sí. Sí, definitivamente le he dado latigazos a una mujer.

    —Vale, será mejor que me lo aclares —dijo ella débilmente tragando saliva.

    —Lo siento, cariño, pero ya te he respondido. —Con una amplia sonrisa, él se sentó detrás del escritorio. —Tengo mucho trabajo que hacer, quizá sea mejor que me digas para qué querías verme.

    Pasaron varios segundos antes de que Lucero lograra recordar lo que la había llevado hasta allí.

    —Se trata de Glenna.

    —¿Qué pasa con ella?

    —Es un animal grande y su jaula es muy pequeña. Necesita una nueva.

    —¿Nada más? ¿Sólo quieres que compremos una jaula nueva? —replicó él con ironía.

    —Es inhumano que la pobre viva en un lugar tan estrecho. Se la ve muy deprimida, Manuel. Tiene esos deditos tan suaves, y los saca por los barrotes como si necesitara el contacto de otro ser vivo. Y ése no es el único problema que tenemos. Las jaulas son tan viejas que no son de fiar. La del leopardo se cierra sólo con un alambre.

    Manuel cogió un lápiz y tamborileó con él la gastada superficie del escritorio.

    —Estoy de acuerdo contigo. Odio esa condenada exposición de fieras, me parece inhumana, pero las jaulas son caras y Sheba aún se está pensando si deshacerse de esos anímales o no. Por ahora tendrás que arreglártelas como puedas. —Manuel desplazó la mirada a la ventana y la silla rechinó cuando se reclinó para ver mejor. —Vaya, mira ahí fuera. Parece que tienes visita.

    Ella siguió la dirección de la mirada y vio a un elefantito con la correa colgando delante del vagón rojo,

    —Es Tater. —Cuando ella lo miró, el elefante levantó su trompa y bramó como un trágico héroe que vagara por el mundo en busca de su amor perdido. —¿Qué hace ahí?

    —Supongo que estará buscándote. —Manuel sonrió. —Los elefantes crean fuertes vínculos familiares, y Tater parece haberlo establecido contigo.

    —Es un poco grande para ser mi mascota.

    —Me alegra oír eso, porque por mucho que me lo pidas jamás dormirá en nuestra cama.

    Lucero se rio. Pero se abstuvo de recordarle que aún no estaba segura de si ella dormiría o no con él. Había demasiadas cosas por resolver entre ellos.

    --------------------------

    Sheba estaba de un humor de perros cuando se acercó a Manuel. Esa mañana Brady le había dicho que Lucero no estaba embarazada. La idea de que esa mujer llevara a un Markov en su vientre era tan aborrecible que debería haberse sentido aliviada, pero por el contrario se le había puesto un nudo de angustia en la boca del estómago. Si Manuel no se había casado con Lucero porque estaba embarazada, entonces lo había hecho porque quería. Lo había hecho porque la amaba.

    La bilis la corroía por dentro. ¿Cómo podía Manuel amar a esa pobre e inútil niña rica cuando no la había amado a ella?
    ¿No veía lo indigna que era Lucero? ¿Habría perdido Manuel todo su orgullo?

    En ese momento la intención de Sheba era poner en práctica el plan que hacía días que le rondaba la mente. Tenía cabeza para los negocios —siempre pensaba en lo mejor para el circo, por encima de sus sentimientos perenales, —pero lo que se le había ocurrido haría que Manuel viera con otros ojos a su esposa.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Dom Jul 29, 2012 7:49 pm

    sssssssssiguelaaaaa!!!!

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Leysdania el Lun Jul 30, 2012 2:29 am

    Puedes creerlo que esta WN ... ya me lo leí completa como 2 veces pero ahora lo leo como si nunca lo hubiese leído... igual de emocionada e intrigada jajaa.

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

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