Spaw's por siempre♥


    Besar a un ángel Adaptada

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    YesseMH
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Mar Mayo 29, 2012 10:47 pm

    Capitulo 17

    —¿Te has comido mis Twinkies?

    Ella tragó saliva.

    —¿Exactamente de qué Twinkies estamos hablando? —preguntó con los ojos fijos en el látigo.

    —De los Twinkies que estaban en el mueble que está encima del fregadero. De los únicos Twinkies que había en la caravana. —Apretó los dedos en torno al mango del látigo.

    «Oh, Señor —pensó ella. —Azotada hasta morir por culpa de unos pastelitos de crema.»

    —¿Y bien?

    —Esto, eh..., te prometo que no volverá a ocurrir. Pero no estaban marcados ni nada parecido, en ningún sitio decía que fueran tuyos —los ojos de la joven siguieron fijos en el látigo— y normalmente no me los habría comido... Pero esta noche tenía hambre y, mirándolo bien, tendrás que admitir que te hice un favor, porque atascarán mis arterias en vez de las tuyas.

    —Jamás vuelvas a tocar mis Twinkies. Si los quieres, los compras, —La voz de Manuel había sonado suave. Demasiado suave. En su imaginación Lucero oyó el aullido de un cosaco bajo la luna rusa.

    Se mordisqueó el labio inferior.

    —Los Twinkies no son un desayuno muy nutritivo.

    —¡Deja de hacer eso!

    Ella dio un paso atrás, levantando la mirada rápidamente hacia la de él.

    —¿Que deje de hacer qué?

    Él levantó el látigo, y la apuntó con él.

    —De mirarme como si me dispusiera a arrancarte la piel del trasero. Por el amor de Dios, si ésa fuera mi intención te habría quitado las bragas, no te habría obligado a vestirte.

    Ella soltó aire.

    —No sabes cuánto me alegra oír eso.

    —Si decido darte latigazos, no será por un Twinkie.

    De nuevo volvía a amenazarla.

    —Deja ya de amenazarme o lo lamentarás.

    —¿Qué vas a hacer, cara de ángel? ¿Apuñalarme con el lápiz de ojos? —La miró con diversión.

    Luego se dirigió hacia la cama de dónde sacó la caja de madera que había debajo para guardar el látigo dentro.
    Lucero se irguió en su todo su metro sesenta y cinco y lo fulminó con la mirada.

    —Para que lo sepas, Chuck Norris me dio clases de kárate. —Por desgracia, hacía diez años de eso y no se acordaba de nada, pero Manuel no lo sabía.

    —Si tú lo dices.

    —Además, Arnold Schwarzenegger en persona me asesoró sobre un programa de ejercicios físicos. —Ojalá le hubiera hecho caso. —

    —Te he entendido, Lucero. Eres una chica muy fuerte. Ahora muévete.

    Apenas hablaron un minuto durante la primera hora de viaje. Como él no le había dado tiempo suficiente para arreglarse, Lucero tuvo que terminar de maquillarse en la camioneta y peinarse sin secador, por lo que tuvo que sujetarse el pelo con unas horquillas art noveau que, aunque eran bonitas, no le quedaban demasiado bien. En lugar de apreciar la dificultad de la tarea y cooperar un poco, él la ignoró cuando le pidió que disminuyera la velocidad mientras se pintaba los ojos y además protestó cuando la laca le salpicó la cara.

    Manuel compró el desayuno de Lucero en Orangeburg, Carolina del Sur. Detuvo la camioneta en un lugar decorado con un caldero de cobre rodeado por barras de pan brillantes. Después de desayunar, Lucero se metió en el baño y se fumó los tres cigarrillos que le quedaban. Cuando salió se dio cuenta de dos cosas. Una atractiva camarera coqueteaba con Manuel, y él no hacía nada para desalentarla.

    Lucero lo observó ladear la cabeza y sonreír por algo que había dicho la chica. Experimentó una punzada de celos al ver que parecía gustarle la compañía de la camarera más que la suya. Se disponía a ignorar lo que estaba ocurriendo cuando recordó la promesa que había hecho de honrar sus votos matrimoniales. Con resignación, enderezó los hombros y se acercó a la mesa donde dirigió a la empleada su sonrisa más radiante.

    —Muchas gracias por hacerle compañía a mi marido mientras estaba en el baño.

    La camarera, en cuya placa identificativa se leía Kimberly, pareció algo sorprendida por la actitud amistosa de Lucero.

    —Ha sido muy amable por tu parte —Lucero bajó la voz a un fuerte susurro. —Nadie se ha portado bien con él desde que salió de prisión.

    Manuel se atragantó con el café.

    Lucero se inclinó para darle una palmadita en la espalda mientras le dirigía una sonrisa radiante a la estupefacta Kimberly.

    —No me importan todas las pruebas que presentó el fiscal. Nunca he creído que asesinara a aquella camarera.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Miér Mayo 30, 2012 11:20 pm

    Capitulo 18

    Ante aquella declaración Manuel volvió a atragantarse. Kimberly retrocedió con rapidez.

    —Lo siento. Ya ha terminado mi turno.

    —Pues hala, vete —dijo Lucero alegremente. —¡Y que Dios te bendiga!

    Manuel controló finalmente la tos. Se levantó de la mesa con una expresión todavía más enojada de lo que era habitual en él. Antes de que tuviese oportunidad de abrir la boca, Lucero extendió la mano y le puso un dedo en los labios.

    —Por favor, no me estropees este momento, Manuel. Es la primera vez desde nuestra boda que te gano por la mano y quiero disfrutar de cada precioso segundo.

    Él la miró como si fuese a estrangularla, pero se limitó a arrojar varios billetes sobre la mesa y a empujarla fuera del restaurante.

    —¿Vas a ponerte gruñón? —Las sandalias de Lucero resbalaban en la grava mientras él la arrastraba hacia la camioneta y la fea caravana verde. —Ya lo decía yo. Eres el hombre más gruñón que he conocido nunca. Y no te sienta bien, nada bien, Manuel. Tanto si lo aceptas como si no, estás casado y por lo tanto no deberías...

    —Entra antes de que te zurre en público.

    Allí estaba otra vez, otra de sus enloquecedoras amenazas. ¿Quería decir eso que no la zurraría si lo obedecía o simplemente que no pensaba zurrarla en público? Todavía cavilaba sobre esa cuestión tan desagradable cuando él puso en marcha la camioneta. Momentos después estaban de nuevo en la carretera.

    Para alivio de Lucero, el tema de zurrarla no volvió a salir a colación, aunque lo cierto era que casi lo lamentaba. Si él la hubiera amenazado físicamente, podía haberse liberado de sus votos sagrados sin dejar de estar en paz con su conciencia.
    La mañana era soleada. El aire cálido que entraba por la ventanilla entreabierta aún no era asfixiante.

    Lucero no encontraba ninguna razón para que él se pasara enfurruñado una mañana tan perfecta y bonita, así que finalmente rompió el silencio.

    —¿Adónde vamos?

    —Tenemos una cita cerca de Greenwood.

    —Supongo que es demasiado esperar que «con una cita» te refieras a ir a cenar y bailar.

    —Me temo que sí.

    —¿Cuánto tiempo estaremos allí?

    —Sólo una noche.

    —Espero que mañana no tengamos que madrugar tanto.

    —Más aún. Tenemos un largo viaje por delante.

    —No me digas.

    —La vida en los circos es así.

    —¿Y dices que tendremos que hacer esto todas las mañanas?

    —En algunos lugares nos quedaremos un par de días, pero no más.

    —¿Hasta cuándo?

    —El circo tiene programadas funciones hasta octubre.

    —¡Pero si faltan seis meses! —Lucero podía ver cómo el futuro se extendía como un borrón oscuro ante ella. Seis meses. Justo lo que duraría su matrimonio.

    —¿Por qué te preocupas? —preguntó él. —¿De verdad crees que vas a aguantar hasta el final?

    —¿Y por qué no?

    —Van a ser seis meses —dijo él sin ambages. —Recorreremos montones de kilómetros. Tenemos funciones tan al norte como Jersey y tan al oeste como Indiana.

    «En una camioneta sin aire acondicionado.»

    —Ésta será la última temporada del circo de los Hermanos Quest —dijo él. —Así que lo haremos lo mejor posible.

    —¿A qué te refieres con que será la última temporada?

    —El dueño murió en enero.

    —¿Owen Quest? ¿El nombre que está escrito en los camiones?

    —Sí. Su esposa, Bathsheba, ha heredado el circo y lo ha puesto a la venta.

    «¿Había sido su imaginación o Manuel había apretado casi imperceptiblemente los labios?»

    —¿Llevas mucho tiempo en el circo? —preguntó ella, decidida a saber más de él.

    —Voy y vengo.

    —¿Tus padres pertenecían al circo?

    —¿Cuáles? ¿Mis padres cosacos o los que me abandonaron en Siberia? —Él ladeó la cabeza y ella vio que le brillaban los ojos.

    —¡No te criaron los cosacos!

    —¿Pero no lo oíste anoche?

    —Eso es como uno de esos cuentos de P. T. Barnum para el circo —dijo refiriéndose al popular artista circense que se inventaba fantásticas historias para hacer más emocionantes los espectáculos. —Sé que alguien tuvo que enseñarte a cabalgar y usar el látigo, pero no creo que fueran los cosacos.

    —Hizo una pausa. —¿O sí?

    Él se rio entre dientes.

    —¿Algo más, cara de ángel?

    No iba a dejar que se le escapara otra vez.

    —¿Cuánto llevas en el circo?

    —He viajado con el circo de los Hermanos Quest desde la adolescencia hasta que cumplí los veinte. Desde entonces voy y vengo.

    —¿Qué haces el resto del tiempo?

    —Ya sabes la respuesta a eso. Estoy en prisión por asesinar a una camarera.

    Ella entrecerró los ojos, haciéndole saber que lo tenía bien calado.

    —¿No trabajas de gerente en el circo todo el tiempo?

    —No.

    Puede que si dejaba de presionarlo un rato, le sacase más información personal.

    —¿Quiénes eran los Hermanos Quest?

    —Sólo era Owen Quest. Se llama así por seguir la tradición de los Hermanos Ringling. La gente del circo considera que es mejor que todos crean que el circo es de una familia aunque no sea así. Owen fue el propietario del circo durante veinticinco años y, un poco antes de morir, me pidió que terminara la temporada por él.

    —Menudo sacrificio para ti. —Ella lo miró expectante y, en vista de que él no respondía, lo aguijoneó un poco más. —Dejar de lado tu vida normal..., tu trabajo de verdad...

    —Mmm. —Ignorando el interrogatorio de Lucero, Manuel hizo que se fijara en una señal de la carretera. —Avísame si ves más indicaciones como esa, ¿vale?

    Ella vio tres flechas rojas de cartón. Cada una de ellas tenía impresas unas letras azules y señalaban hacia la izquierda.

    —¿Para qué son?

    —Nos guían hasta el recinto donde daremos la próxima función. —Desaceleró al acercarse a un cruce y giró a la izquierda. —Dobs Murria, uno de nuestros hombres, sale una noche antes que nosotros y las va colocando. Es para indicar la ruta.
    Ella bostezó.

    —Tengo muchísimo sueño. En cuanto lleguemos, voy a echar una buena siesta.

    —Vas a tener que conformarte con dormir de noche. El circo no mantiene a inútiles; todos trabajamos, incluso los niños. Vas a tener que hacer cosas.

    —¿Esperas que trabaje?

    —¿Acaso temes romperte una uña?

    —No soy la niña mimada que crees.

    Él le dirigió una mirada de incredulidad, pero Lucero intentaba evitar otra discusión e ignoró el cebo que él le estaba tendiendo.

    —Sólo quería decir que no sé nada del mundo del circo.

    —Aprenderás. Bob Thorpe, el tipo que normalmente se encarga de la taquilla, tiene que ausentarse durante un par de días.

    Ocuparás su lugar hasta que vuelva, suponiendo, claro está, que sepas contar lo suficiente como para devolver bien el cambio.

    —Con las monedas de curso legal, sí —respondió ella con un deje de desafío.

    —Después tendrás que encargarte de algunas tareas domésticas. Puedes comenzar por poner algo de orden en la caravana. Y agradecería una comida caliente esta noche.

    —Y yo. Tendremos que buscar un buen restaurante.

    —Eso no es lo que tenía en mente. Si no sabes cocinar, puedo enseñarte lo básico.

    Ella reprimió su enfado y adoptó un tono razonable.

    —No creo que intentar que me encargue yo sola de todas las tareas domésticas sea la mejor manera de empezar con buen pie este matrimonio. Deberíamos repartirnos el trabajo equitativamente.

    —De acuerdo. Pero si quieres un reparto equitativo, tendrás que hacer también otras cosas. Actuarás en la presentación.

    —¿En la presentación?

    —En el espectáculo. En el desfile con el que se inicia la función, y es obligatorio.

    —¿Quieres que actúe en la función?

    —Todos, menos los obreros y los candy butchers salen en el desfile.

    —¿Qué son los candy butchers?

    —El circo tiene su propio lenguaje, ya lo irás pillando. Los que atienden los puestos del circo recibieron el nombre de butchers porque, en el siglo XIX, un hombre que era carnicero abandonó su trabajo para trabajar en uno de los puestos ambulantes del circo de John Robinson Show. En los puestos de algodón de azúcar se venden perritos calientes además de golosinas, por eso se llaman candy butchers. La carpa principal es lo que se conoce como circo en sí, nunca la llames «carpa» a secas. Sólo se llama así a la de la cocina y a la de la casa de fieras. El recinto se divide en dos: la parte trasera, donde dormimos y aparcamos los remolques, y la parte delantera, o zona pública. Las representaciones tienen también un lenguaje distinto. Ya te irás acostumbrando —hizo una pausa significativa, —si te quedas lo suficiente.

    Ella decidió no picar el cebo.

    —¿Qué es un donnicker? Recuerdo que ayer usaste esa palabra.

    —Es la marca de los retretes de las caravanas, cara de ángel.

    —Ah. —Continuaron viajando varios kilómetros en silencio mientras ella cavilaba sobre lo que él le había dicho. Pero era lo que no había dicho lo que más le preocupaba. —¿No crees que deberías hablarme un poco más de ti? Contarme algo sobre tu vida que sea verdad, claro.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Jue Mayo 31, 2012 7:51 pm

    esta muy buena!!! pero queremos accion fuego entre ellos jajajajajjaaj lol!
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Vie Jun 01, 2012 11:05 pm

    Capitulo 19

    —No veo por qué.

    —Porque estamos casados. A cambio te contaré cualquier cosa que quieras saber de mí.

    —No hay nada que me interese saber de ti.

    Eso hirió los sentimientos de Lucero, pero de nuevo no quiso darle más importancia de la que tenía.

    —Nos guste o no, ayer hicimos unos votos sagrados. Creo que lo primero que deberíamos hacer es preguntarnos qué esperamos de este matrimonio.

    Él meneó la cabeza lentamente. Ella nunca había visto a un hombre que pareciera más consternado.

    —Esto no es un matrimonio, Lucero.
    —¿Perdón?

    —No es un matrimonio de verdad, así que quítate esa idea de la cabeza.

    —¿De qué estás hablando? Por supuesto que es un matrimonio de verdad.

    —No, no lo es. Es un acuerdo legal.

    —¿Un acuerdo legal?
    —Exacto.

    —Ya entiendo.

    —Bien.

    La obstinación de Manuel la enfureció.

    —Bueno, pues ya que soy la única involucrada en este acuerdo legal por el momento, intentaré que funcione, tanto si quieres como si no.

    —No quiero.

    —Manuel, hicimos unos votos. Unos votos sagrados.

    —Eso no tiene ningún sentido, y tú lo sabes. Te dije desde el principio cómo iban a ser las cosas. No te respeto, ni siquiera me gustas, y te aseguro que no tengo ni la más mínima intención de jugar a las casitas.

    —Estupendo. ¡Tú tampoco me gustas!

    —Veo que nos entendemos.

    —¿Cómo podría gustarme alguien que se ha dejado comprar? Pero eso no quiere decir que vaya a ignorar mis obligaciones.

    —Me alegra oírlo. —Él la recorrió lentamente con la mirada. —Me aseguraré de que tus obligaciones sean agradables.

    Ella sintió que se sonrojaba y que esa inmadura reacción la enfadaba lo suficiente como para desafiarlo.

    —Estás refiriéndote al sexo, ¿por qué no hablas claro?

    —Por supuesto que me refiero al sexo.

    —¿Con o sin tu látigo? —Ella se arrepintió en cuanto las impulsivas palabras salieron de su boca.

    —Tú eliges.

    Lucero fue incapaz de seguir soportando sus bromas. Se dio la vuelta y se puso a mirar por la ventanilla.

    —¿Lucero?

    Tal vez fuera porque deseaba creerlo, pero su voz le pareció más suave esta vez. Ella suspiró.

    —No quiero hablar de eso.

    —¿De sexo?

    Ella asintió con la cabeza.

    —Tenemos que ser realistas —dijo él, —los dos somos personas saludables, y a pesar de tus diversos desórdenes de personalidad, no eres precisamente un adefesio.

    Ella se volvió hacia él para dirigirle su mirada más desdeñosa, pero lo que vio fue cómo una comisura de esa boca masculina se curvaba en lo que en otro hombre hubiera sido una sonrisa.

    —Tú tampoco eres precisamente un adefesio —admitió ella a regañadientes, —pero tienes muchos más desórdenes de personalidad que yo.

    —No, creo que no.

    —Te aseguro que sí.

    —¿Como cuáles?

    —Pues bien, para empezar... ¿Estás seguro de que quieres oírlos?

    —No me lo perdería por nada del mundo.

    —Bueno, pues eres cabezota, terco y dominante.

    —Pensaba que ibas a decir algo malo.

    —No eran cumplidos. Y siempre he creído que un hombre con sentido del humor es más atractivo que uno sexy y machista.

    —Bueno, pues avísame cuando llegues a la parte mala, ¿vale?

    Ella lo fulminó con la mirada y optó por no mencionar los látigos que tenía debajo de la cama.

    —Es imposible hablar contigo.

    Él ajustó la visera solar.

    —Lo que estaba tratando de decirte antes de que me interrumpieras con la lista de mis cualidades es que ninguno de nosotros va a poder mantenerse célibe durante los próximos seis meses.

    Lucero bajó la mirada. Si él supiera que ella llevaba así toda la vida...

    —Vamos a vivir en un lugar pequeño —continuó él, —estamos legalmente casados y es natural que tarde o temprano echemos un polvo.

    «¿Echemos un polvo?» Su rudeza le recordó que eso no significaría nada para él y que, contra toda lógica, ella quería algo de romanticismo.

    —En otras palabras, esperas que haga las tareas domésticas, trabaje en el circo y «eche polvos» contigo —dijo bastante mosqueada.

    Él lo pensó detenidamente.

    —Supongo que es más o menos eso.

    Ella giró la cabeza y miró con aire sombrío por la ventanilla. Hacer que ese matrimonio tuviera éxito iba a ser todavía más difícil de lo que pensaba.

    Capitulo 20

    Cuando Lucero salió de la caravana por la tarde, se tropezó con una ¡oven, espigada y rubia, que llevaba un chimpancé sobre los hombros. La reconoció como Jill, de «Jill y Amigos», un número en el que participaban un perro y el chimpancé. Tenía la cara redonda, la piel perfecta y el pelo con las puntas abiertas, algo en lo que Lucero podría ayudarla si le daba la oportunidad.
    —Bienvenida al circo de los Hermanos Quest —dijo la mujer. —Soy Jill.

    Lucero le devolvió la cordial sonrisa.

    —Yo soy Lucero

    —Lo sé. Heather me lo ha dicho. Éste es Frankie.

    —Hola, Frankie. —Lucero levantó la cabeza hacia el chimpancé encaramado en los hombros de Jill, luego dio un salto atrás cuando él le enseñó los dientes y chilló. Ya estaba bastante nerviosa tras un día sin nicotina y la reacción del chimpancé sólo consiguió exacerbarla aún más.

    —Cállate, Frankie. —Jill le palmeó la pierna peluda. —No sé qué le pasa. Le gustan todas las mujeres.

    —Los animales no suelen ser demasiado cariñosos conmigo.

    —Eso es porque te dan miedo. Ellos siempre lo notan.

    —Supongo que será eso. Me mordió un pastor alemán cuando era pequeña y desde entonces les tengo miedo a todos los animales. —El pastor alemán no había sido el único. Recordó una excursión del colegio a un zoo de Londres cuando tenía seis años. Se había puesto histérica cuando una cabra había comenzado a mordisquearle el uniforme.

    Una mujer con unos pantalones bombachos negros y una camiseta enorme se acercó y se presentó como Madeline. Lucero sabía que era una de las chicas que había entrado a la pista a lomos de uno de los elefantes. Su ropa informal hizo que Lucero se sintiera demasiado arreglada. Había querido tener buen aspecto en su primer día en la taquilla; para ello se había puesto una blusa de seda color marfil con unos pantalones gris perla de Donna Karan en lugar de los vaqueros y la camiseta del outlet que Manuel había insistido en comprarle antes de llegar.

    —Lucero es la novia de Manuel—dijo Jill.

    —Ya lo he oído —contestó Madeline. —Qué suerte la tuya. Manuel está como un tren.

    Lucero abrió la boca para decirles a esas chicas que era la esposa de Manuel, no su novia, pero se echó hacia atrás cuando Frankie comenzó a gritarle.

    —Calla, Frankie. —Jill le dio al chimpancé una manzana, luego miró a Lucero con el evidente placer de quien ama un buen cotilleo. —Manuel y tú debéis ir en serio. Jamás había visto que trajera a una chica a vivir con él.

    —A Sheba le va a dar un ataque cuando regrese. —Parecía que a Madeline le complacía tal posibilidad.

    Frankie miró a Lucero fijamente, poniéndola tan nerviosa que le costó prestar atención a las dos jóvenes. Observó alarmada que Jill bajaba al chimpancé al suelo, donde se le agarró firmemente a la pierna.

    Lucero dio otro paso atrás.

    —No tendrás una correa por ahí, ¿verdad?

    Jill y Madeline se rieron.

    —Está amaestrado —dijo Jill, —no necesita correa.

    —¿Seguro?

    —Sí. ¿Cómo os conocisteis Manuel y tú? Jack Daily, el maestro de ceremonias, nos ha dicho que Manuel no le ha contado nada de su amiguita.

    —Soy algo más que su amiguita. ¿Estás segura sobre la correa?

    —No te preocupes. Frankie no le haría daño ni a una mosca.

    El chimpancé pareció perder interés en ella, y Lucero se relajó.

    —No soy la amiguita de Manuel.

    —¿No estáis viviendo juntos? —preguntó Madeline.

    —Claro que sí. Soy su mujer.

    —¡Su mujer! —Jill soltó un chillido de placer que estremeció a Lucero hasta la punta de los pies.

    —¡Manuel y tú estáis casados! Es genial.

    Madeline miró a Lucero con resentimiento.

    —Voy a fingir que me parece bien, aunque llevo más de un mes intentando ligármelo.

    —Tú y medio circo —rio Jill.

    —¡Lucero-Lucero!

    Vio que Heather la llamaba a voces desde el lado del patio.

    —¡Lucero! —gritó la adolescente. —Manuel dice que te estás retrasando. Está bastante mosqueado contigo.

    Lucero se sintió avergonzada. No quería que aquellas chicas supieran que Manuel y ella no se habían casado por amor.

    —Es un impaciente. Supongo que será mejor que me vaya. Encantada de haberos conocido. —Se dio la vuelta con una sonrisa, pero sólo había dado unos pasos, cuando sintió un golpe en la espalda.

    —¡Ay! —Se volvió con rapidez y vio una manzana mordida en el suelo al lado de ella. Más allá, Frankie gritaba con deleite mientras Jill le dirigía una mirada avergonzada.

    —Lo siento —gritó. —No sé por qué actúa de esta manera. Deberías estar avergonzado, Frankie, Lucero es nuestra amiga.

    Las palabras de Jill mermaron el deseo de Lucero de estrangular a la pequeña bestia, así que se despidió de las dos mujeres con la mano y se dirigió hacia la caravana de la taquilla. Se corrigió mentalmente al recordar que se suponía que tenía que llamarlo El vagón rojo. Poco antes, Manuel le había contado que las taquillas del circo se llamaban siempre así, fueran del color que fuesen.

    Heather se puso a su lado y ajustó su paso al de ella.

    —Quería pedirte perdón por haber sido grosera contigo ayer. Estaba de mal humor.

    Lucero sintió que por fin veía a la persona que se ocultaba tras aquella fachada de hostilidad.

    —No pasa nada.

    —Manuel está muy cabreado. —Lucero se sorprendió al oír un atisbo de simpatía en la voz de Heather. —Sheba dice que es el tipo de hombre que nunca está demasiado tiempo con una mujer, así que estate preparada para... ya sabes.

    —¿Qué?

    —Ya sabes. Para que pase de ti. —Soltó un suspiro de pesar. —Debe de ser una pena ser su novia tan poco tiempo.

    Lucero sonrió.

    —Yo no soy su novia. Soy su mujer.

    Heather se paró en seco y se puso pálida.

    —¡No es cierto!

    Lucero también se detuvo y, cuando vio la reacción de la chica, le tocó el brazo con preocupación.

    —Manuel y yo nos casamos ayer por la mañana, Heather.

    Heather se zafó de ella.

    —No te creo. ¡Mientes! Sólo lo dices porque yo no te gusto.

    —No estoy mintiendo.

    —Manuel no se ha casado contigo. ¡No lo ha hecho! ¡Sheba me dijo que él jamás se casaría!

    —Pues Sheba se ha equivocado. Para asombro de Lucero, a Heather se le llenaron los ojos de lágrimas.

    —¡Puta! ¡Te odio! ¿Por qué no me lo dijiste? ¡Odio que te hayas burlado de mí! —Dio varios pasos hacia atrás antes de volverse y correr hacia las caravanas. Lucero la siguió con la mirada, intentando comprender la razón de la hostilidad de la chica hacia ella. Sólo se le ocurrió una explicación. Heather debía de estar enamorada de Manuel. Lucero experimentó una inesperada punzada de compasión.

    Recordaba demasiado bien lo que se sentía al ser una adolescente sin ningún control sobre las acciones de los adultos que la rodeaban. Con un suspiro, se encaminó al vagón rojo.

    A pesar del nombre que recibía, la taquilla era blanca; estaba salpicada por un puñado de estrellas de colores y un letrero donde se leía: HERMANOS QUEST. En contraste con el alegre exterior, el interior era aburrido y desordenado. Un maltrecho escritorio de acero se asentaba frente a un pequeño sofá repleto de montones de periódicos. Había sillas que no hacían juego, un viejo archivador y un flexo verde con la pantalla abollada. Manuel estaba sentado detrás del escritorio, con un móvil en una mano y un portapapeles en la otra. Una sola mirada a su cara tempestuosa le dijo a Lucero que Heather había tenido razón en una cosa: Manuel estaba realmente enfadado.

    Su marido acabó la conversación bruscamente y se levantó, hablándole con esa calmada y espeluznante voz que ella estaba empezando a temer cada vez más.

    —Cuando digo que estés en un sitio a una hora, quiero que estés allí a esa hora.

    —Pero sí apenas llego media hora tarde.

    Su voz se hizo todavía más áspera.

    —No sabes nada sobre la vida real, ¿verdad, Lucero? Esto es un trabajo, no es como tener cita en la peluquería. De ahora en adelante, te quitaré cinco dólares del sueldo por cada minuto de retraso.

    A Lucero se le iluminó la cara.

    —¿Vas a pagarme?

    Él suspiró.

    —Por supuesto que voy a pagarte. Es decir, si realmente llegas a hacer algo. Pero no creas que vas a poder comprarte diamantes. Los sueldos en el circo son muy bajos.

    A ella no le importó. La idea de recibir un sueldo era emocionante.

    —Enséname qué tengo que hacer. Te prometo que no volveré a retrasarme.

    Manuel la llevó a la ventanilla que había en el lateral de la caravana y le explicó el procedimiento con voz suave. Era muy sencillo y Lucero lo aprendió de inmediato.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Vie Jun 01, 2012 11:27 pm

    me encantaaa esta muy buena!!!
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Dom Jun 03, 2012 12:46 am

    Capitulo 21

    —Comprobaré hasta el último penique —dijo él, —así que no cojas nada, ni siquiera para tabaco.

    —Yo no haría eso.

    Él no pareció convencido.

    —Y asegúrate de no perder de vista el cajón de la recaudación ni un minuto. El circo está al borde de la ruina, no podemos permitirnos el lujo de perder dinero.

    —Por supuesto que no lo haré. No soy estúpida.

    Ella contuvo el aliento presintiendo que él lo negaría, pero Manuel se concentró en destrabar la bisagra de la ventanilla. La acompañó mientras despachaba a los primeros clientes para asegurarse de que lo hacía bien, y cuando vio que no tenía ningún tipo de problema le dijo que se iba.

    —¿Vas a la caravana? —preguntó ella.

    —Iré cuando tenga que vestirme. ¿Por qué?

    —Lo he dejado algo revuelto. —Tenía que volver a la caravana antes de que él viera el desorden que había. Al comenzar con la limpieza, debería haber dejado los armarios para el final, pero había querido fregar a fondo, Así que había vaciado los estantes para limpiarlos primero. Ahora los armarios estaban limpios, pero no le había dado tiempo de volver a colocar las cosas y no había ni una sola superficie en la caravana que no estuviera cubierta por algo: ropa, herramientas o un alarmante montón de látigos.

    —Te juro que lo recogeré todo en cuanto acabe aquí —le dijo atropelladamente, —así que no te preocupes si ves las cosas fuera de su sitio.

    Él asintió con la cabeza y la dejó sola. Las siguientes horas pasaron sin incidentes. A Lucero le gustaba conversar con las personas que iban a comprar las entradas, y en varias ocasiones, cuando las familias le parecían pobres, se inventó un sinnúmero de asombrosas razones para decirles que habían ganado entradas gratis.

    Ya se había propagado el rumor de que era la mujer de Manuel, y muchos de los empleados del circo se inventaron excusas para pasar por allí y satisfacer su curiosidad sobre ella. Tanta cordialidad extrañó a Lucero. Reconoció a algunos de los hombres que se ocupaban de los tenderetes, a algunos payasos y a varios miembros de la familia Lipscomb, que realizaba un número ecuestre. Se dio cuenta de que algunas de las chicas tenían que disimular para ocultar los celos que sentían porque ella hubiera logrado pescar a Manuel Markov; Lucero apreció el gesto. Por primera vez, sintió un atisbo de esperanza. Tal vez las cosas resultaran bien después de todo.

    Quizá la persona más interesante que se presentó ante ella fue Brady Pepper, el padre de Heather.

    Apareció con sus ropas de trabajo: un mono blanco ceñido a la cintura por un ancho cinturón de color oro con unas cintas doradas que adornaban el escote y los tobillos.

    Una chica llamada Charlene ya le había dicho que Brady y Manuel eran los hombres más atractivos del circo, y tuvo que darle la razón. Brady Pepper le recordaba a una versión más baja de Sylvester Stallone, lleno de músculos, actitud arrogante y acento neoyorquino. Tenía un atrayente aspecto de tío rudo, aunque por la manera que tuvo de examinarla de arriba abajo Lucero supo que era un redomado mujeriego. Se recostó en la esquina del escritorio con las piernas extendidas; la perfecta imagen de un hombre que se sentía a gusto con su cuerpo.

    —Así que procedes del circo, ¿no?

    Él le hizo la pregunta con el tono agresivo y casi acusatorio que muchos neoyorquinos empleaban para preguntar cualquier cosa y Lucero tardó un momento en darse cuenta de a qué se refería.

    —¿Yo? Oh, no. Mi familia no forma parte del circo.

    —Eso lo hará todo más difícil para ti. En el circo de los Hermanos Quest no eres nadie si no puedes justificar tu ascendencia circense en un mínimo de tres generaciones. Simplemente pregúntale a Sheba.

    —¿A Sheba?

    —Es la dueña del circo. Bathsheba Cardoza Quest. Es una de las voladoras más famosas del mundo. Trapecista —dijo él cuando vio su expresión confusa. —Ahora entrena a los hermanos Tolea, que actúan con nosotros. Son rumanos. También hace la coreografía de otros números, supervisa el vestuario y otras cosas por el estilo.

    —Si el circo es suyo, ¿por qué no lo dirige ella en vez de Manuel?

    —Ése es un trabajo de hombres. El gerente tiene que tratar con borrachos, peleas con cuchillo, discusiones. A Sheba no le gustan esas cosas.

    —Aún no la conozco.

    —Es que se ha ido unos días. Lo hace en ocasiones, cuando las cosas se ponen feas por aquí.

    Debió de resultar evidente que ella no comprendía lo que él había querido decir, así que se lo explicó.

    —A Sheba le gustan los hombres. Sin embargo, no está demasiado tiempo con ninguno. Es un poco esnob. No se enrolla con nadie que no proceda de una antigua familia del circo.

    La imagen que se había formado de la dueña del circo, una viuda entrada en años, se desvaneció de la mente de Lucero. El gesto tirante en la boca de Brady hizo que se preguntara si Sheba Quest no significaría algo para él.

    —En mi caso, mi viejo era carnicero en Brooklyn. Me marché con un circo ambulante el día que me gradué en el instituto y nunca miré atrás. —La miró con algo de rabia, como si esperara que discutiera con él. —Sin embargo mis hijos sí tienen sangre circense en las venas gracias a su madre.

    —No creo haberla conocido.

    —Cassie murió hace dos años, pero nos divorciamos hace doce, por lo que no estoy exactamente de luto. Ella odiaba el circo, aunque había crecido en él, y por esa razón se mudó a Wichita y se licenció en la universidad, pero a mí me gusta este mundo y me quedé aquí.

    Así que Heather también había perdido a su madre. Lucero quiso saber aún más.

    —Entonces tus hijos viven contigo, ¿no?

    —Heather vivía en Wichita con su madre, pero Cassie tenía problemas para manejar a los chicos, así que se vinieron a vivir conmigo cuando eran muy jóvenes. Desde ese día, hice una función con ellos. Matt y Rob tienen ahora veinte y veintiún años. Son unos demonios, ¿pero qué puedes esperar siendo yo su padre?

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  CarolinaDíaz el Dom Jun 03, 2012 1:01 am

    Esta buenisimaaaaa , me encanta ya quiero por lo menos beso entre Manuel y Lu bounce bounce bounce bounce <3
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Dom Jun 03, 2012 1:09 am

    Capitulo 22

    Lucero no estaba interesada en los diabólicos hijos de Brady e ignoró la inconfundible nota de orgullo en su voz.

    —Entonces, ¿Heather acaba de venirse a vivir contigo?

    —Llegó el mes pasado, pero suele pasar conmigo un par de semanas en verano. Aunque claro, no es como vivir aquí todo el año.
    Cuando lo vio fruncir el ceño, se dio cuenta de que la situación no estaba resultando como él había planeado, pero Lucero ya tenía suficientes dificultades con su propio padre como para sentir otra punzada de compasión hacia Heather. No era de extrañar que fumara y se enamorara de hombres mayores que ella. Aunque Brady Pepper era innegablemente atractivo, no parecía ser el más paciente de los padres.

    —Ya he conocido a Heather. Parece una chica muy sensible.

    —Demasiado sensible diría yo. Ésta es una vida dura y Heather es demasiado blanda. —Brady se levantó bruscamente. —Me voy antes de que comience a llegar la gente. Encantado de conocerte, Lucero.

    —Igualmente.

    Cuando llegó a la puerta le dirigió otra de esas miradas de rompecorazones.

    —Manuel es un hombre afortunado.

    Ella sonrió educadamente y deseó que también Manuel pensase de esa manera.

    Sólo después de que comenzara la segunda función pudo Lucero abandonar la taquilla y observar la actuación de Manuel. Esperaba que volver a ver el espectáculo diluyera la impactante sensación que había experimentado la noche anterior, pero la habilidad de su marido le pareció todavía más impresionante. ¿Dónde había aprendido a hacer esas cosas?

    Hasta que no terminó la función no recordó que debía acabar de ordenar la caravana. Regresó rápidamente y estaba abriendo la puerta cuando Jill, con Frankie encaramado de nuevo a sus hombros, la llamó. Al ver a Lucero, el mono comenzó a chillar inmediatamente y a taparse los ojos.

    —Cállate, ******* malo. Ven, Lucero, quiero enseñarte una cosa.

    Lucero cerró la puerta de la caravana con rapidez, antes de que Jill pudiese ver el desorden del interior y se diera cuenta de la terrible ama de casa que era. La joven la tomó del brazo y la condujo por la hilera de caravanas. A la izquierda pudo veraJackDaily.cl maestro de ceremonias, hablando con Manuel mientras los trabajadores comenzaban a apilar las gradas.

    —¡Ay! —Lucero dio un chillido cuando sintió un fuerte tirón del pelo.

    Frankie chilló.

    —Niño malo —canturreó Jill, mientras Lucero se colocaba lejos del alcance del chimpancé. —Ignóralo. En cuanto comprenda que no le haces caso te dejará en paz.

    Lucero decidió no decirle lo mucho que dudaba que eso sucediera.

    Rodearon la última caravana y Lucero soltó un jadeo sorprendida al ver a muchos de los artistas, todavía con ropa de actuación, alrededor de una mesa plegable sobre la que había una tarta rectangular con unos novios de plástico en el centro. Madeline, la chica que había conocido antes, estaba cerca del pastel, junto con Brady Pepper y sus hijos, el más joven de los Lipscomb, varios payasos y otros muchos empleados que había conocido antes. Sólo Heather parecía haberse quedado al margen.

    Sonriendo ampliamente, Jack Daily empujó a Manuel hacia delante mientras Madeline levantaba las manos como un director de orquesta.

    —Atención todos. ¡Felicidades! ¡Felicidades!

    Mientras el grupo cantaba, a Lucero se le empañaron los ojos. Esas personas apenas la conocían, pero le tendían una mano amistosa. Después de la fría ceremonia que había sido su boda, la joven se recreó en la intimidad de ese momento. En esa improvisada reunión de los amigos de Manuel, se sintió como si estuviera asistiendo a una verdadera celebración, a una aceptación de que había ocurrido algo realmente personal, como si aquello no fuera un castigo de su padre sino una ocasión feliz.

    —Gracias —susurró ella cuando terminaron de cantar. —Gracias de todo corazón.

    Miró a Manuel, y la felicidad de la joven se evaporó al ver su expresión rígida y gélida.

    La gente fue guardando silencio poco a poco. Se dieron cuenta de la reacción de Manuel y supieron que algo iba mal. «Por favor, no lo hagas —pensó ella. —Quiero que sean mis amigos. Por favor finge ser feliz.»

    Algunas mujeres se miraron de reojo. La certeza de que Manuel era un novio radiante desapareció con rapidez y Lucero observó cómo varias miradas se posaban en su barriga para intentar averiguar si estaba embarazada.

    Lucero se obligó a hablar:

    —Nunca había tenido una sorpresa tan agradable. ¿Y tú, Manuel?

    Hubo un largo silencio antes de que él asintiera con la cabeza.

    La joven levantó la barbilla y forzó una sonrisa.

    —La tarta parece deliciosa. Apuesto lo que sea a que todos queréis tomar un trozo. —Miró fijamente a Manuel, suplicándole en silencio que colaborara. —Ven, vamos a cortarla los dos juntos.

    El silencio pareció extenderse infinitamente.

    —Tengo las manos sucias. Hazlo tú.

    Con las mejillas ardiendo de vergüenza, Lucero se acercó a la mesa plegable, cogió un cuchillo y comenzó a cortar la tarta en porciones cuadradas. Continuaron en silencio mientras ella intentaba fingir que no pasaba nada.

    —No puedo creer que improvisarais esto con tanta rapidez. ¿Cómo demonios lo habéis hecho?

    Madeline movió los pies con inquietud.

    —Esto... er... no fue tan difícil.

    —Bueno, pues estoy impresionada. —Con las mejillas doliéndole por el esfuerzo de sonreír, Lucero cortó el primer trozo de tarta, lo colocó en un plato de cartón y se lo dio a Manuel

    Él lo tomó sin decir palabra.

    El silencio se hizo más ensordecedor. Finalmente, Jill se acercó con rapidez, mirando a los novios con nerviosismo.

    —Siento que sea de chocolate. Tuvimos poco tiempo, y en la pastelería no había tartas de boda.

    Lucero la miró con gratitud al ver que intentaba aliviar la tensa situación.

    —La tarta de chocolate es mi favorita.

    Manuel colocó el plato sobre la mesa tan bruscamente que el intacto trozo de pastel se tambaleó y cayó de lado
    —Perdonad. Tengo mucho trabajo que hacer. Gracias por todo.

    A Lucero le tembló la mano cuando le pasó un plato a Madeline. Alguien soltó una risita maliciosa. Lucero levantó la cabeza y vio que era Heather.

    La adolescente le dirigió una sonrisa triunfal y corrió detrás de Manuel.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Dom Jun 03, 2012 1:14 am

    Capitulo 23

    .—¿Quieres que te eche una mano?

    —Claro, cariño. —La voz cálida y afectuosa de Manuel respondiéndole a Heather, llegó a través de la brisa nocturna. —Tenemos problemas con uno de los camiones de carga. Puedes ayudarme a comprobarlo.

    Lucero parpadeó con fuerza. Era de lágrima fácil, pero si lloraba ahora nunca podría volver a enfrentarse a esas personas.

    —¿Un trozo de tarta? —Tendió un plato hacia un hombre rubio con barba y aspecto de surfista.

    Recordó que se había presentado como Neeco Martin, el domador de elefantes, cuando había ido a conocerla al vagón rojo.

    Él lo tomó sin mediar palabra y le dio la espalda para decirle algo a uno de los payasos. Madeline dio un paso adelante para ayudar a Lucero, pensando, sin duda, quiera mejor acabar lo antes posible.

    Los demás artistas fueron cogiendo el trozo de tarta que les correspondía y, uno a uno, se fueron marchando.

    Al cabo de un rato, sólo quedaron Jill y ella.

    —Lo siento, Lucero. Pensé que era una buena idea, pero debería haber supuesto que a Manuel no le parecería bien. Es muy reservado.

    Él ni siquiera se había molestado en mencionarle a sus amigos que se había casado.

    Lucero forzó otra sonrisa.

    —Todas las parejas tardan algún tiempo en adaptarse al matrimonio.

    Jill recogió los restos de la tarta y se los ofreció a Lucero.

    —Venga, ¿por qué no te llevas lo que queda?

    Lucero pudo sentir la bilis en la garganta cuando los cogió; su único deseo era perder de vista aquella tarta.

    —¡Santo cielo! Sí que se ha hecho tarde. Y tengo un montón de cosas que hacer antes de acostarme —dijo, y huyó de allí.

    Durante las horas siguientes, mientras desmontaban el circo para llevarlo al siguiente pueblo, ella se dedicó a recolocar todo dentro de los armarios. Se sentía invadida por una sensación de desesperación y un infinito cansancio que hacía que apenas pudiera mantenerse en pie, pero a pesar de ello siguió trabajando.

    Los caros pantalones de marca que llevaba puestos estaban completamente sucios y la blusa se le pegaba a la piel, pero no le importaba. Quería que esas personas fueran amigos suyos, pero ahora que sabían lo poco que le importaba a Manuel y lo que éste pensaba de su matrimonio, ya no lo serían. La pequeña fiesta improvisada y la tarta habían sido una pequeña bendición para ella, pero su marido la había estropeado.

    Manuel entró en la caravana, que todavía parecía tan desordenada como cuando ella llegó, poco después de medianoche. Aunque Lucero había limpiado y organizado los armarios, no había tenido ni tiempo ni energía para hacer nada más. Los platos sucios seguían amontonados en el fregadero y la cacerola llena de costra estaba sobre el fogón.

    Él apoyó las manos en las caderas y examinó los muebles sucios, la polvorienta superficie de la mesa y los restos de la tarta de boda.

    —Pensé que ibas a limpiar esto. Pero ya veo que sigue igual de sucio.

    Ella apretó los dientes.

    —Los armarios están limpios.

    —¿A quién coñ**** le importan los armarios? ¿No sabes hacer nada bien?

    Lucero no lo pensó. Llevaba horas trabajando, su matrimonio era una farsa y había sido humillada en público por un hombre que había jurado honrarla ante Dios. Con rapidez, recogió la tarta con una mano y se la lanzó.

    —¡Eres un imbécil!

    Manuel extendió las manos automáticamente para impedir que se la arrojara, pero no fue lo suficientemente rápido. La tarta le dio en el hombro y se deshizo en mil pedazos.

    Ella observó el desastre con una curiosa indiferencia. Trocitos de tarta y azúcar glas habían volado por todas partes. Una pegajosa sustancia blanca salpicaba el pelo, las cejas e incluso las pestañas de Manuel. Los pedazos de chocolate que se le habían quedado pegados a la mandíbula cayeron sobre el hombro de su camiseta. La indiferencia de Lucero desapareció cuando vio que se ponía rojo.

    Iba a matarla.

    Él intentó limpiarse los ojos a la vez que se movía hacia ella. Lucero se apartó de su camino y, aprovechando la ceguera temporal de Manuel, salió corriendo por la puerta.

    Miró frenética a su alrededor, buscando un lugar seguro donde esconderse. Habían desmontado el circo. Las carpas más pequeñas estaban cerradas y la mayoría de los camiones se habían marchado.

    Tropezó con un matorral y acabó refugiándose en un estrecho espacio entre dos furgonetas. El corazón le golpeaba con fuerza contra las costillas. ¿Qué había hecho?

    Dio un respingo al oír la voz de un hombre y se deslizó más profundamente en las sombras, chocando contra algo sólido. Sin mirar lo que era, se apoyó allí mientras recobraba el aliento. ¿Cuánto tiempo tardaría en encontrarla? Y... ¿qué haría luego con ella?

    Sintió un gruñido justo detrás de la oreja.

    Tenía el cabello recogido y el cuello expuesto; un helado escalofrío le recorrió la espalda. Se volvió con rapidez y se quedó mirando fijamente un par de ojos color oro pálido.

    Se quedó paralizada. Sabía qué clase de bestia era aquélla. Sabía que tenía ante sí a un tigre, pero era incapaz de asimilarlo.
    El animal estaba tan cerca que ella sintió su aliento en la cara. El tigre dejó al descubierto los dientes, un arma afilada y letal. Lucero olió su esencia y oyó cómo aquel ronco gruñido de intimidación aumentaba de volumen hasta convertirse en un rugido cruel. Salió de su parálisis saltando hacia atrás cuando el animal embistió contra los barrotes de hierro que los separaban.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Dom Jun 03, 2012 1:19 am

    Capitulo 24

    Lucero chocó con violencia contra algo sólido y humano, pero no pudo arrancar la vista del tigre. Una alarma comenzó a sonar en su cabeza. En ese momento, la bestia parecía la rencarnación de toda la maldad del mundo y la joven sintió como si esa malevolencia fuera dirigida hacia ella. Como si de alguna manera, en esa salvaje noche de Carolina del Sur, hubiera encontrado su destino.

    Se dio la vuelta, incapaz de soportar la intensa mirada de esos ojos dorados por más tiempo. Al volverse se topó con una cálida fortaleza detrás de ella y supo que había encontrado un santuario.

    Luego sintió algo áspero bajo la mejilla. Los acontecimientos, el miedo, el cansancio y todos los angustiosos cambios en su vida durante los últimos dos días la abrumaron y se echó a llorar.

    La mano de Manuel fue sorprendentemente suave cuando la tomó por la barbilla para obligarla a mirarle a la cara. Lucero se encontró con otro par de pálidas pupilas, tan parecidas a los dorados ojos del tigre, que sintió como si hubiera escapado de una bestia para caer en las garras de otra.

    —Sinjun no puede lastimarte, Lucero. Está en una jaula.

    —¡Eso no importa! —La histeria se apoderó de ella.

    ¿Acaso no se daba cuenta de que una jaula no podía protegerla de lo que había visto en los ojos de ese enorme felino?
    Pero él no lo entendía y ella nunca podría explicarle la fugaz sensación de haber tenido un encuentro cara a cara con su propio destino. Se apartó de él.

    —Lo siento. Tienes razón. Soy una estúpida.

    —Y no por primera vez —dijo él con seriedad.

    Lucero levantó la mirada hacía él. Aún manchado de pastel y azúcar glas, tenía un aspecto feroz, magnífico y aterrador; igual que el tigre. Se dio cuenta de que a Manuel le temía de otra manera, de una que no comprendía por completo, sólo sabía que era algo que iba más allá de la amenaza física. Era más que eso. De alguna manera sentía que su marido podía dañarle el alma.

    Lucero había llegado a los límites de su resistencia. Habían sido demasiados cambios, demasiados conflictos, y no tenía ganas de luchar más. Estaba cansada hasta lo más profundo de su ser y apenas tenía fuerzas para hablar.

    —Supongo que ahora me amenazarás con algo horrible.

    —¿No crees merecerlo? Sólo los niños tiran las cosas, no los adultos.

    —Tienes razón, por supuesto. —Se apartó el pelo de la cara con una mano temblorosa. —¿De qué va esto, Manuel? ¿Humillación? Ya he tenido bastante por esta noche. ¿Desprecio? También he tenido suficiente. ¿Odio? No, eso no funcionará; estoy demasiado entumecida para sentirlo. —Hizo una pausa, vacilando. —Me temo que tendrás que recurrir a algo distinto.

    Mientras la miraba, le pareció tan infeliz que algo se ablandó en el interior de Manuel. Sabía que Lucero le tenía miedo —se había asegurado de ello— y aun así seguía sin poderse creer que la joven hubiera tenido el valor suficiente como para tirarle la tarta. Pobre cabeza hueca. No se le había ocurrido pensar que había sido como atacarle con las garras de un gatito.

    La sintió temblar bajo sus manos. Lucero había guardado las garras y sus ojos sólo mostraban desesperación. ¿Sabía ella que su rostro reflejaba cada uno de sus sentimientos?

    Se preguntó con cuántos hombres se habría acostado. Probablemente ni ella misma lo sabía. A pesar de su inocente apariencia, estaba claro que le gustaban los placeres de la vida. También era un poco atolondrada y no le costaba imaginársela en la cama de cualquier playboy, sin ni siquiera saber cómo había llegado hasta allí.

    Al menos eso era algo que se le daba bien. Mientras la observaba tuvo que contener el repentino deseo de cogerla en brazos y llevarla de vuelta a la caravana, donde la dejaría en la cama y satisfaría todas las preguntas que comenzaba a hacerse. ¿Cómo se verían cada uno de esos rizos sueltos y extendidos como cintas oscuras sobre la almohada? Quería observarla desnuda sobre las sábanas arrugadas, ver la palidez de su piel contra la de él, más oscura; sopesar sus pechos con las manos.
    Quería olerla y sentir sus caricias.

    El día anterior, tras la boda, se había dicho a sí mismo que no era el tipo de mujer con la que se acostaría, pero eso había sido antes de atisbar aquel redondo trasero bajo la camiseta cuando la despertó esa mañana. Había sido antes de observarla en la camioneta, cruzando y descruzando esas largas piernas, dejando colgada la sandalia del dedo gordo del pie. Tenía los pies bonitos y pequeños, con un empeine alto y delicado y las uñas pintadas del mismo color rojo que el manto de una virgen ortodoxa.

    No le gustaba que otros hombres supieran más de las apetencias sexuales de su esposa que él mismo. Pero también sabía que era cuestión de tiempo. No podía tocarla hasta asegurarse de que ella entendía cómo serían las cosas entre ambos. Y para entonces, había muchas posibilidades de que Lucero cogiera la maleta y se largara.

    La tomó del brazo y la llevó a la caravana. Por un momento, Lucero se resistió, y luego cedió.

    —De verdad, comienzo a odiarte —dijo débilmente. —Lo sabes, ¿no?

    A él le sorprendió que aquellas palabras le dolieran, sobre todo cuando eso era exactamente lo que quería que ella hiciera. Lucero no estaba hecha para una vida tan dura y él no tenía ningún deseo de alargar aquella situación indefinidamente. Era lo mejor que podía hacer.

    —Quizá sea lo mejor.

    —Hasta ahora nunca había odiado a nadie. Ni siquiera a Amelia o a mi padre, y ellos me han dado razones suficientes para hacerlo. Pero a ti no te importa lo que sienta por ti, ¿verdad?

    —No.

    —Creo que nunca he conocido a nadie tan frío.

    —Seguro que no. —«Frío, Manuel. Eres tan frío.» Se lo había oído decir a muchas mujeres antes que a ella. Mujeres de buen corazón. Mujeres competentes e inteligentes que habían merecido algo más que un hombre cuyos sentimientos habían desaparecido mucho tiempo antes de conocerlas.

    Cuando era joven había pensado que una familia podría curar esa parte herida y solitaria de su interior. Pero mientras buscaba una relación duradera había herido a esas mujeres de buen corazón y se había probado a sí mismo que no tenía sentimientos para amar a ninguna, ni aunque hubiera sido su intención hacerlo.

    Llegaron a la caravana. Pasó junto a Lucero al llegar a la puerta y se metió dentro.

    —Voy a darme una ducha. Te ayudaré a limpiar cuando salga.

    Ella lo detuvo antes de que llegase al baño.

    —¿No podrías haber fingido ser feliz esta noche?

    —Soy como soy, Lucero. Yo no finjo. Nunca.

    —Estaban tratando de ser amables. ¿Te costaba tanto disimular un poco?

    «¿Como podía explicárselo para que lo entendiera?»
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Dom Jun 03, 2012 1:21 am

    Capitulo 25

    —Creciste protegida, Lucero, pero yo lo hice de la manera más cruda. Mucho más cruda de lo que puedas imaginar. Cuando creces así, tienes que aprender a protegerte de alguna manera, tienes que aferrarte a algo que impida que te conviertas en una bestia. En mi caso fue el orgullo. Nunca me doblego. Jamás.

    —No puedes condicionar tu vida por eso. El orgullo no es tan importante como otras cosas.

    —¿Como cuáles?

    —Como... —Ella vaciló, como si supiera que a él no le iba a gustar nada lo que estaba a punto de decir. —Como el cariño y la compasión. Como el amor.

    Él se sintió viejo y cansado.

    —El amor no existe para mí.

    —Existe para todo el mundo.

    —No para mí. No te hagas ideas románticas conmigo, Lucero. Sólo sería una pérdida de tiempo. He aprendido a vivir según mis reglas. Intento ser honesto y lo más justo posible. Por este motivo paso por alto que me hayas tirado la tarta. Comprendo que esto es duro para ti y supongo que lo estás haciendo lo mejor posible. Pero no confundas justicia con sentimientos. No soy un sentimental. Puede que eso de las emociones funcione con otras personas, pero no conmigo.

    —Esto no me gusta —susurró ella, —no me gusta nada.

    —Has caído en manos del diablo, cariño. Cuanto antes lo aceptes, mejor será para ti —dijo él cuando por fin habló con una voz que nunca había sonado tan triste.

    Manuel entró en el baño, cerró la puerta y apretó los párpados, intentando apartar de su mente el juego de emociones que había visto cruzar por el rostro de su esposa. Había visto de todo: cautela, inocencia y una esperanza casi aterradora de que quizás él no fuera tan malo como parecía.

    Pobre cabeza hueca.

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Dom Jun 03, 2012 1:28 am

    Capitulo 26

    —Vete.

    —Es mi último aviso, cara de ángel. Dentro de tres minutos nos vamos.

    Lucero abrió los ojos lo justo como para echarle una ojeada al reloj y ver que eran las cinco de la madrugada. No pensaba ir a ninguna parte a esas horas, así que se acurrucó aún más bajo las mantas y volvió a dormirse. Lo siguiente que supo fue que Manuel la cogía en brazos.

    —¡Eh! —gritó. —¿Qué haces?

    Sin decir ni una palabra, Manuel la sacó al gélido aire matutino, la metió dentro de la cabina de la camioneta y dio un portazo. La fría tapicería de vinilo contra sus piernas desnudas espabiló a Lucero de golpe y le hizo recordar que sólo llevaba puesto una camiseta y unas diminutas bragas azules. Él subió por el otro lado y unos instantes más tarde abandonaban el lugar.
    —¿Cómo has podido? ¡Sólo son las cinco de la madrugada! ¡Nadie se levanta tan temprano!

    —Nosotros sí. Tenemos que ir a Carolina del Norte.

    Manuel parecía bien despierto. Se había afeitado y se había puesto unos vaqueros y una camisa roja. Él deslizó los ojos por las piernas desnudas de Lucero.

    —Espero que la próxima vez te levantes cuando te lo diga.

    —¡No estoy vestida! Tienes que dejarme coger la ropa. Y necesito maquillaje. ¡Mi pelo...! ¡Tengo que lavarme los dientes!
    Él metió la mano en el bolsillo y sacó un aplastado paquete de chicles Dentyne.

    Ella se lo arrebató, sacó dos y se los metió en la boca. Volvió a recordar los acontecimientos de la noche anterior. Escudriñó la cara de Manuel buscando algún rastro de resentimiento, pero no lo encontró. Estaba demasiado cansada y deprimida para volver a discutir, pero si no le replicaba, parecería que se había rendido y que hacía lo que él quería.

    —Va a ser duro para mí quedarme aquí después de lo que sucedió anoche.

    —No te iba a resultar fácil de todas maneras.

    —Soy tu esposa —dijo Lucero con voz queda— y también tengo mi orgullo. Anoche me humillaste delante de todo el mundo y no me lo merecía.

    Él no dijo nada y, si no hubiera sido por la manera en que frunció los labios, Lucero habría pensado que no la había oído.

    Se sacó el chicle de la boca y lo guardó en el envoltorio.

    —Por favor, para y déjame coger mis cosas.

    —Deberías haberlo hecho antes.

    —Estaba dormida.

    —Te avisé.

    —Eres un robot. ¿Acaso no tienes sentimientos?

    Ella tiró del bajo de la camiseta para taparse todo lo posible.

    Manuel bajó la mirada a los desnudos muslos de Lucero.

    —Oh, claro que tengo sentimientos. Pero no creo que sean los que tú quieres.

    Ella siguió intentando bajarse la camiseta.

    —Quiero mi ropa.

    —Te desperté con tiempo de sobra para vestirte.

    —Lo digo en serio, Manuel. Esto no es divertido. Estoy casi desnuda.

    —De eso ya me doy cuenta.

    —¿Te excito? —preguntó Lucero bruscamente a causa del sueño que tenía.

    —Sí.

    Eso sí que no se lo esperaba. Había pensado que él le respondería con su habitual desdén. Al recobrarse de la sorpresa, le lanzó una mirada feroz.

    —Vaya... qué pena. Porque yo no siento ningún interés por ti. Por si no lo sabías, el cerebro es el órgano sexual más importante, y mi cerebro no está interesado en hacer nada contigo.

    —¿Tu cerebro?

    —Tengo cerebro, ¿sabes?


    —Jamás lo he dudado.

    —¿Cómo que no? No soy estúpida, Manuel. Puede que mi educación no fuera demasiado convencional, pero te aseguro que fue muy completa.

    —Tu padre no está de acuerdo.

    —Lo sé. Le gusta decir a todo el mundo que soy una inculta porque mi madre me sacaba del colegio cada dos por tres. Pero cada vez que Lani hacía un viaje interesante, me llevaba con ella si creía que podría ser beneficioso para mí. Algunas veces pasaban meses antes de que regresara al colegio. A veces, ni siquiera volvía, pero ella se aseguraba de que siguiera estudiando.

    —¿De qué manera?

    —Siempre le pedía a quienquiera que fuera a visitarla o pasara algún tiempo con ella, que me enseñara algo de provecho.

    —Pensaba que tu madre sólo trataba con estrellas de rock.

    —Aprendí bastante sobre alucinógenos.

    —Me lo imagino.

    —Pero también estábamos con otro tipo de gente. Fue la princesa Margarita la que me enseñó todo lo que sé sobre la historia de la familia real británica.

    Él clavó los ojos en ella.

    —¿Hablas en serio?

    —Claro. Y no fue la única. Crecí rodeada de gente famosa. —Lucero no quería que Manuel pensara que se estaba jactando, así que omitió mencionar la espectacular puntuación que había obtenido en las pruebas de acceso a la universidad. —Te agradecería que dejaras de poner en duda mi inteligencia. Si en cualquier momento te apetece hablar de Platón, estoy dispuesta.

    —He leído a Platón —dijo él a la defensiva.

    —¿En griego?

    Tras eso, viajaron en absoluto silencio hasta que, finalmente, Lucero se quedó dormida. En sueños buscó una posición más cómoda y acabó apoyándose en el hombro de Manuel.

    Un mechón de su pelo se agitó con la brisa y acarició los labios de Manuel. Él lo dejó jugar allí un rato, rozándole la boca y la mandíbula. Ella olía a un perfume dulce y caro, como a esencia de flores silvestres en una joyería.

    Lucero tenía razón sobre lo que había ocurrido la noche anterior. Se había portado como un tonto. Pero era porque lo habían cogido por sorpresa. No quería que se celebrara algo que no tenía ninguna importancia. Si él no tomaba precauciones, ella se tomaría ese matrimonio muy en serio.

    Pensó que nunca había conocido a una mujer con tantas contradicciones. Ella había dicho que él era como un robot sin sentimientos, pero se equivocaba. Claro que tenía sentimientos. Sólo que no eran los que ella quería; la vida le había enseñado a Manuel que era incapaz de tenerlos.

    Se dijo a sí mismo que tenía que prestar atención a la carretera, pero no pudo resistirse a mirar hacia abajo, al cálido y delgado cuerpo que se acurrucaba contra él. Lucero tenía las piernas recogidas sobre el asiento y, finalmente, había perdido la batalla contra la camiseta que se le había subido y mostraba la suave curva interior del muslo. Los ojos de Manuel cayeron sobre las diminutas bragas.

    Cuando el calor se le concentró en la ingle, apartó la mirada enfadado consigo mismo por someterse a esa tortura. «Dios, era tan hermosa.»

    Y además era tonta y mimada, y más superficial de lo que nadie podía imaginar. Nunca había conocido a una mujer que se pasara tanto tiempo delante del espejo. Pero a pesar de todos esos defectos, Manuel tenía que admitir que Lucero no era la joven egoísta y egocéntrica que él había creído que era.

    Poseía una inesperada y perturbadora dulzura que la hacía parecer más vulnerable de lo que él quería.

    Cuando Lucero salió de los servicios del bar de carretera donde le acababa de pedir un cigarrillo a una señora, vio que Manuel estaba ligando de nuevo con una camarera. Aunque él le había dejado claro que no tenía intención de tomarse en serio su matrimonio, verlo actuar de esa manera la deprimió.

    Cuando lo observó asentir con la cabeza a algo que le había dicho la camarera, Lucero se dio cuenta de que su marido le estaba dando la excusa perfecta para ignorar los votos matrimoniales. La horrible escena de la tarta y lo que él había dicho después deberían haberla liberado de su compromiso. Él no tenía intención de mantener los votos, ¿por qué tendría que hacerlo ella?
    Porque su conciencia no le ofrecía otra opción. Reunió valor y, componiendo una sonrisa, se dirigió hacia el reservado de vinilo naranja. Ni la camarera ni Manuel le prestaron atención cuando se deslizó en el asiento. Una tarjeta identificativa con forma de tetera indicaba que la chica se llamaba Tracy. Estaba muy maquillada, pero no se podía negar su belleza. Y Manuel parecía un hombre encantador que le ofrecía una amplía y perezosa sonrisa y una mirada apreciativa.

    Por fin él pareció darse cuenta de la presencia de Lucero.

    —¿Ya de vuelta, hermanita?

    «¡Hermanita!»

    Él le dirigió una sonrisa desafiante.

    —Tracy y yo estamos conociéndonos.

    —Estoy tratando de convencer a tu hermano de que me espere —dijo Tracy. —Termino el turno en una hora.

    Lucero podía ignorar alegremente sus responsabilidades durante seis meses. Se inclinó hacia delante y le dio a la camarera una palmadita en la mano que tenía apoyada en la mesa.

    —Eres una buena chica, cariño. Se ha mostrado muy tímido con las mujeres desde que le diagnosticaron ese problema médico. Yo no hago más que decirle que los antibióticos hacen milagros y que no debe preocuparse por esas molestas enfermedades de transmisión sexual.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Dom Jun 03, 2012 1:35 am

    Capitulo 27

    La sonrisa de Tracy vaciló. Clavó los ojos en Lucero, luego en Manuel y palideció.

    —El jefe me echará una bronca si hablo demasiado tiempo con los clientes. Tengo que irme. —Se alejó apresuradamente de la mesa.
    La taza de café de Manuel tintineó sobre el platillo.

    Lucero se enfrentó a él.

    —Ni se te ocurra decir nada, Manuel. Hemos hecho unos votos sagrados.

    —Pero yo no creo en ellos.

    —Eres un hombre comprometido. Y los hombres comprometidos no ligan con las camareras. Por favor, procura no olvidarlo.
    Él le gritó de vuelta a la camioneta, insultándola con palabras tales como «inmadura», «egoísta» o «intrigante». Sólo se calló cuando se pusieron en marcha.

    Habían recorrido en silencio casi dos kilómetros cuando ella creyó oír lo que parecía una risita ahogada, pero cuando lo miró, vio la misma cara severa y seria de siempre. Como sabía que el alma rusa del oscuro Manuel Markov no poseía ni la más mínima pizca de sentido del humor, dio por hecho que se había equivocado.

    Al atardecer, Lucero estaba muy cansada. Sólo esforzándose al máximo había sido capaz de terminar de limpiar la caravana, de ducharse, de preparar algo de comer y de llegar al vagón rojo a tiempo de atender la taquilla. Se habría demorado mucho más si Manuel no hubiera limpiado los restos de tarta la noche anterior. Dado que había sido ella la que la había tirado, había sido una sorpresa que la ayudara.

    Era sábado y escuchó sin querer las breves conversaciones que mantenían los trabajadores que se acercaban a recoger los sobres de su paga. Manuel le había contado que algunos de los trabajadores que montaban las carpas y trasladaban el equipo eran alcohólicos y drogadictos, pero que los sueldos bajos y las malas condiciones no atraían a empleados más estables. Algunos llevaban años trabajando en el circo sólo porque no tenían otra parte donde ir. Otros eran aventureros atraídos por el encanto del mundo circense, pero generalmente nadie duraba mucho tiempo allí.

    Manuel alzó la mirada del escritorio cuando Lucero entró en la caravana; en su cara se había dibujado lo que ella comenzaba a pensar que era un ceño perpetuo.

    —Las cuentas de ayer no cuadran.

    Había sido muy cuidadosa al dar el cambio y estaba segura de no haber cometido ningún error. Acercándose por detrás, miró las hojas pulcramente escritas.

    —¿Dónde?

    Manuel señaló el libro de ingresos que había encima del escritorio.

    —He cotejado los números de las entradas con los recibos. Y no coinciden.

    Tardó sólo un momento en darse cuenta de qué era lo que pasaba.

    —No coinciden porque regalé algunas entradas de cortesía. Fueron como una docena.

    —¿Entradas de cortesía?

    —Para las familias pobres, Manuel.

    —¿Decidiste ser caritativa?

    —No podía aceptar ese dinero.

    —Sí podías, Lucero. Y de ahora en adelante lo harás. En casi todos los pueblos, el circo es patrocinado por una organización local. Ellos dan pases especiales, y también los doy yo si se da el caso. Pero tú no, ¿entendido?

    —Pero...

    —¿Entendido?

    Ella asintió con la cabeza.

    —Bien. Si piensas que alguien merece un pase, me lo dices y yo me ocuparé de ello.

    —De acuerdo.

    Manuel se puso en pie y frunció el ceño.

    —Hoy vuelve Sheba. Le diré que te busque un maillot para la función. Cuando ella pueda atenderte, enviaré a alguien para que se ocupe de la taquilla.

    —Pero yo no soy artista.

    —Esto es el circo, cara de ángel. Todo el mundo es artista.

    La curiosidad que sentía por la misteriosa Sheba hizo que ignorase la mueca de Manuel.

    —Brady me dijo que Sheba fue una famosa trapecista.

    —Es la última de los Cardoza. Su familia era al trapecio lo que los Wallenda a la cuerda floja.

    —¿Por qué dejó de actuar?

    —Podría volver a hacerlo. Sheba sólo tiene treinta y nueve años y se mantiene en muy buena forma, pero dejó de ser la mejor y se retiró.

    —Parece que se lo tomó en serio.

    —Muy en serio. Mantente tan apartada de su camino como te sea posible. —Manuel se dirigió a la puerta. —Recuerda lo que te he dicho sobre la caja del dinero. No la pierdas de vista.

    —De acuerdo.

    Con una brusca inclinación de cabeza, Manuel desapareció.

    Lucero se encargó de la venta de entradas sin problemas. El flujo de gente cesó en cuanto empezó la función, y ella se sentó en las escaleras de la caravana para disfrutar de la brisa nocturna.

    Miró la casa de fieras y recordó que Sinjun, el tigre, estaba allí dentro. Ese mismo día, mientras trataba de quitar las peores manchas de la alfombra, había pensado en él, tal vez porque pensar en el tigre era mucho más sencillo que pensaren Manuel. Sentía un inquietante deseo de echar otro vistazo al feroz animal, pero desde una distancia segura.

    Un Cadillac antiguo entró en el recinto acompañado de una estela de polvo. De él se apeó una mujer de aspecto exótico con una brillante melena rojiza. Vestía un top ceñido y una falda tipo sarong con una abertura que revelaba unas largas piernas y unas sandalias de pedrería. Grandes aros dorados brillaban bajo la tenue luz entre el pelo despeinado y un par de brazaletes a juego le adornaban las delgadas muñecas.

    Mientras la mujer se dirigía hacia la entrada del circo, Lucero vislumbró su cara: piel pálida, rasgos bien definidos y boca voluptuosa enfatizada con un lápiz de labios color carmín. Aquella mujer mostraba tal seguridad en sí misma que era imposible que fuera una visita y Lucero supo que sólo podía tratarse de Bathsheba Quest.

    Un cliente se acercó a comprar entradas para la segunda función. Lucero charló con él unos minutos y, cuando se fue, Sheba había desaparecido. Tan pronto como despachó a todos los que acudieron a la taquilla, Lucero comenzó a curiosear el contenido de un sobre lleno de recortes de viejos periódicos locales.

    El número de Manuel con el látigo era mencionado en varios artículos fechados dos años antes y no se volvía a mencionar hasta hacía un mes. Ella sabía que los circos cambiaban las actuaciones y que los artistas iban de un lugar a otro, lo que hizo que se preguntara dónde habría actuado Manuel en la época en que no viajaba con el circo de los Hermanos Quest.

    Cuando acabó la primera función apareció uno de los trabajadores, un hombrecillo viejo y marchito con un lunar en una mejilla.
    —Soy Pete. Manuel me ha enviado para que me encargue de la taquilla. Tienes que volver a la caravana para probarte un maillot.
    Lucero le dio las gracias y se dirigió a la caravana. Cuando entró, se quedó sorprendida al ver a Sheba Quest delante del fregadero lavando los platos del almuerzo rápido que Manuel y Lucero habían tomado unas horas antes.

    —No tienes por qué fregar eso.

    Sheba se volvió y se encogió de hombros.

    —No me gusta esperar sin hacer nada.

    Lucero se sintió doblemente insultada: primero por no tener la cocina limpia y luego por la tardanza. No añadiría a esos pecados ser maleducada.

    —¿Te gustaría tomar una taza de té?¿0 quizás un refresco...?

    —No. —La mujer cogió un trapo y se secó las manos. —Soy Sheba Quest, pero supongo que ya lo sabes.

    Al verla más de cerca, Lucero fue consciente de que la dueña del circo llevaba un maquillaje más llamativo del que ella hubiera elegido. No es que no le quedara bien, pero combinado con aquella ropa colorida y algo provocativa junto con aquellos extravagantes complementos, resultaba evidente que sus patrones de belleza habían sido influenciados por la vida en el circo.
    —Soy Lucero Devreaux. O más bien Lucero Markov. Todavía no me he acostumbrado al cambio.

    Una profunda emoción cruzó por el rostro de Sheba. Una profunda repulsión combinada con una hostilidad casi palpable. Al momento, Lucero supo que Sheba Quest no sería su amiga.

    Se obligó a permanecer inmóvil bajo el frío escrutinio de Sheba.

    —A Manuel le gusta comer bien. Apenas tienes nada en la nevera.

    —Lo sé. Aún no me he organizado. —No tuvo valor de señalarle a Sheba que no estaba bien andar fisgoneando.

    —Le gustan los espaguetis y la lasaña, y le encanta la comida mexicana. Pero no malgastes el tiempo haciéndole postres. No le gustan los dulces, salvo en el desayuno.

    —Gracias por decírmelo. —Lucero notó que se le volvía el estómago. Sheba pasó la mano por el desconchado mostrador. —Este lugar es horrible. Manuel inició la gira en una caravana nueva, pero se deshizo de ella la semana pasada y comenzó a utilizar ésta aunque me ofrecí a conseguirle algo mejor.

    Lucero no pudo ocultar la tristeza que la embargó. ¿Por qué había insistido Manuel en vivir en un sitio así si no tenía por qué hacerlo?

    —Pienso arreglarlo —dijo ella, aunque la idea no se le había pasado por la cabeza hasta ese momento.

    —La mayoría de los hombres quieren que su esposa disfrute de todas las comodidades posibles. Me sorprende que Manuel rechazara mi oferta.

    —Seguro que tenía sus razones.

    Sheba examinó la pequeña figura de Lucero.

    —No tienes ni idea de cómo manejarlo, ¿verdad?
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Dom Jun 03, 2012 1:38 am

    Capitulo 28

    Sheba parecía dispuesta a pelear como el perro y el gato, pero Lucero sabía quién de las dos saldría perdiendo, así que señaló los dos maillots de lentejuelas que había en el respaldo de la silla.

    —¿Son esos maillots los que tengo que probarme?

    Sheba asintió con la cabeza.

    Lucero cogió el de arriba y se dio cuenta de que no era más que un trozo de tela azul marino bordado con lentejuelas.

    —Tengo la sensación de que me cubrirá muy poco.

    —Ésa es la idea. Esto es el circo. El público espera ver una buena porción de piel.

    —¿Y tiene que ser de la mía?

    —No estás gorda. No veo el problema.

    —No tengo precisamente un cuerpo diez. Jamás ha hecho deporte.

    —Es cuestión de tener un poco de disciplina.

    —Sí, bueno, ahora que lo dices, tampoco sé qué es eso.

    Sheba la observó con aire crítico, esperando evidentemente que la esposa de Manuel Markov enderezara la espalda. Pero después de haber vivido con su madre, Lucero sabía cuándo no debía chocar con una experta en discusiones. La sinceridad era la única defensa contra los expertos en malicia.

    Entró en el cuarto de baño y se quitó toda la ropa menos las bragas, pero cuando se puso aquella prenda diminuta se dio cuenta de que el corte de la pierna era tan alto que se veían. Volvió a desnudarse y empezó de nuevo.

    Cuando acabó, se miró en el espejo y se sintió como una prostituta. Dos tiras verticales con lentejuelas de color azul le cubrían los pechos, y otra tira horizontal más ancha las cruzaba. El cuerpo del maillot no era más que un fino velo de red plateada. Sheba ni siquiera había incluido unas mallas.

    —Creo que no puedo salir con esto —exclamó a través de la puerta.

    —A ver...

    Lucero salió.

    —Es demasiado... —sus palabras quedaron interrumpidas cuando vio a Manuel delante del fregadero vestido de cosaco. Quiso volver corriendo al baño y, si Sheba no hubiera estado allí, lo hubiera hecho. ¿Por qué tenía que aparecer cuando estaba vestida de esa manera?

    —Acércate para que podamos verte —dijo él.

    Lucero dio un paso adelante de mala gana. Sheba se puso al lado de Manuel. Los dos se quedaron en silencio y Lucero tuvo la sensación de ser una intrusa.

    Manuel no dijo nada, pero la escrutó de tal manera que ella se sintió desnuda.

    —Date la vuelta —ordenó Sheba.

    Lucero se sentía como una prostituta expuesta ante un cliente por la madame de turno. Aunque el espejo del cuarto de baño era muy pequeño, sabía de sobra como le quedaba el maillot por detrás y se hacía una buen idea de lo que ellos estaban viendo: dos nalgas redondas, desnudas salvo en el lugar donde se unían y que estaba cubierto por un trozo de tela. Ruborizada se dio la vuelta de nuevo.

    —Es un espectáculo para familias —dijo Manuel. —No quiero que salga así.

    Sheba se acercó a ella y comenzó a desatar el corpiño.

    —Tienes razón. No tiene atributos suficientes para llenarlo adecuadamente. Fuera. —Lucero sintió las manos de la mujer en el cuello. —Veamos si el otro te queda mejor.

    Sheba abrió el maillot sin avisar y se lo bajó, dejando a Lucero desnuda hasta la cintura. Con una exclamación ahogada, Lucero agarró el charco de lentejuelas y la red que se le habían deslizado hasta el vientre, pero tenía los dedos torpes y fue como intentar atrapar aire. Miró a Manuel.

    Él estaba apoyado contra el fregadero, con los tobillos cruzados y las manos apoyadas en el mostrador que tenía detrás. Lucero le suplicó en silencio que apartara la vista, pero él no dejó de mirarla fijamente.

    —Por Dios, Lucero, te sonrojas como una virgen. —Los labios de Sheba se curvaron en una sonrisa. —Me sorprende que te acuestes con Manuel y aún recuerdes cómo sonrojarte.

    Las joyas brillaron en el cinturón de cosaco de Manuel cuando éste dio un paso adelante.

    —Ya basta, Sheba. Déjala en paz. -Sheba se dio la vuelta para coger el otro maillot. Manuel se interpuso entre las dos mujeres, casi como si quisiera ocultar la desnudez de Lucero, lo que era ridículo, pues era de él de quien ella quería esconderse.

    —Dámelo. —Las mangas flojas de la camisa blanca ondearon cuando arrancó el maillot de lentejuelas rojas de las manos de Sheba. Lo miró y se lo dio a Lucero. —Éste está mejor. Mira a ver si te sirve.

    Ella cogió el maillot y entró corriendo en el cuarto de baño. Cuando hubo cerrado la puerta, se apoyó contra ella e intentó respirar con normalidad, pero le palpitaba el corazón y le ardía la piel. «Te has criado con una madre que tomaba el sol desnuda. Esto no es para tanto.» Quizá no, pero le molestaba.

    Finalmente se puso el maillot, y vio con alivio que la cubría algo más que el otro. Las lentejuelas rojas, en forma de lengua de fuego, trepaban desde la entrepierna hasta el corpiño, donde se pegaban a sus pechos de manera irregular y dentada. Las aberturas de la pierna llegaban casi hasta la cintura, mostrando una buena porción de piel. Abrió la puerta y salió a regañadientes del baño. Al menos le cubría la cintura.

    Sólo estaba Manuel, apoyado en el borde de la mesa con la cadera. Lucero tragó saliva.

    —¿Dónde está Sheba?

    —Tenía que hablar con Jack. Date la vuelta.

    Ella se mordisqueó el labio inferior y no se movió.

    —Habéis sido amantes, ¿verdad?
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Dom Jun 03, 2012 1:41 am

    Capitulo 29

    —Ahora ya no. De cualquier manera es algo que no te incumbe.

    —Parece que todavía le importa.

    —Sheba me odia.

    A pesar de todo lo que Manuel decía del orgullo, no había lo que era el honor o nunca se habría dejado comprar por su padre. Pero Lucero tenía que saber una cosa.

    —¿Estaba casada con Owen Quest cuando estabas liado con ella?

    —No. Ahora deja de cotillear y deja que te vea por detrás.

    —Querer saber más cosas de ti no es cotillear. Por ejemplo, he estado mirando unos recortes viejos de periódico y he observado que no hiciste la gira con el circo de los Hermanos Quest el año pasado. ¿Por qué?

    —¿Qué más da?

    —Me gustaría saberlo.

    —Eso no es asunto tuyo.

    Manuel era la persona más reservada que Lucero hubiera conocido en su vida y sabía que no le sacaría nada más.

    —No me gusta este maillot. No me gusta ninguno de los dos. Me siento vulgar.

    —Pareces una artista. —Dado que ella no se dio la vuelta como él le había pedido, Manuel se puso a su espalda. La joven odió verse expuesta de esa manera y se apartó al sentir que él le tocaba el hombro.

    —Quédate quieta —Manuel le agarró la cintura con la otra mano. —Éste no podrá ser criticado ni por los más conservadores.
    —Enseña demasiado.


    —No es para tanto. Las demás mujeres llevan puestos maillots más pequeños y no les quedan tan bien como te queda a ti éste.

    Manuel se había acercado tanto que los pechos de Lucero rozaron contra la suave tela de su camisa cuando se volvió hacia él. La joven se estremeció.

    —¿De verdad crees que me queda bien?

    —¿Buscas un cumplido?

    Ella asintió con la cabeza, sintiendo que se le debilitaban las rodillas.

    Él bajó la mano que había colocado en la cintura de la joven, deslizándola por el borde inferior del maillot y ahuecándole las nalgas.

    —Considérate elogiada. —La voz de Manuel contenía una nota áspera.

    Unas llamaradas ardientes recorrieron a Lucero de los pies a la cabeza. Se apartó un poco; no porque quisiera escabullirse, sino porque deseaba demasiado quedarse donde estaba.

    —No nos conocemos.

    Sin apartar la mano de donde estaba, Manuel inclinó la cabeza y le acarició el cuello con la nariz, calentándole la piel con el susurro de su aliento en la oreja.

    —Estamos casados. Con eso basta.

    —Sólo es un acuerdo legal.

    Él se echó hacia atrás y ella pudo ver las motas ambarinas brillando en sus ojos.

    —Creo que es el mejor momento para hacer oficial nuestro acuerdo, ¿no crees?

    A Lucero se le aceleró el corazón y supo que no podía haberse escapado aunque hubiera querido. Levantó la mirada y sintió como si todo se hubiera desvanecido y no existiera nada más que ellos dos.

    La boca de Manuel le pareció extrañamente tierna a pesar de su gesto duro. Él abrió los labios y cubrió los le ella con suavidad. Al mismo tiempo, le apretó las nalgas y la estrechó aún más contra su cuerpo.

    Lo sintió grande y pesado contra ella. Cuando Manuel amoldó la boca a la suya, Lucero experimentó un momento de asombro. Los labios de su marido eran tiernos y suaves en contraste con el resto de su persona.

    Lucero le ofreció la boca dado que no podía hacer otra cosa. Él le acarició el labio inferior y le rozó la punta de la lengua con la suya. La sensación la hizo sentirse ligeramente mareada y rodeó la cintura de Manuel con los brazos, sintiendo la sedosa tela de la camisa bajo los dedos; luego le deslizó las palmas por las nalgas. Él gimió contra la boca femenina.

    —Dios mío, te deseo —dijo, y acto seguido su lengua descendió en picado sobre la de ella.

    El beso se hizo salvaje. Manuel la alzó contra él y la empujó hacia atrás, subiéndola a la encimera.

    Lucero se aferró a su espalda para no perder el equilibrio. Manuel se colocó entre sus piernas y las joyas del cinturón de cosaco se clavaron en el interior de los muslos de Lucero.

    Sus lenguas se acariciaron. El suave gemido femenino resonó como un eco en la cálida boca masculina. Lucero sintió las manos de Manuel en la nuca. Él se apartó para bajarle el maillot hasta la cintura.

    —Eres preciosa —gimió, mirándola. Le ahuecó los pechos con las palmas de las manos y le rozó los pezones con los pulgares, provocando ramalazos de placer en el cuerpo de Lucero. Comenzó a besarla de nuevo mientras jugueteaba con ellos. Ella se agarró a los brazos de Manuel y sintió la poderosa fuerza masculina a través de las mangas ondulantes.

    Manuel abandonó los senos de Lucero y le recorrió la parte trasera de los muslos hasta las nalgas desnudas. Era demasiado para ella. El roce de las joyas del cinturón en los muslos... la suave caricia de sus manos...
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Dom Jun 03, 2012 7:43 pm

    NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO
    COMO LA DEJAS AIIIIIIIIIII!!!! Esta mas interesante que nunca xD!!!!!!!!!! siguela pronto Que no puedo esperar asta el proxicmo cap!!!!!!!! ERES 1 Geni@!!!!
    Shocked Shocked lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! affraid affraid affraid affraid
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  ultra lucerina el Mar Jun 05, 2012 6:01 pm

    Awwwwwww te matare como la dejas hayyy ya ya ya necesitamos cap pero ya es como un visio jajajajajajajaj conti pero yaaa que esta buenisima lol! lol! lol! lol! lol! lol!

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Leysdania el Mar Jun 05, 2012 6:36 pm

    Jaaa ustedes se ponen de acuerdo en los cap jajaj... cuando una sube, todos suben y ahora nadie sube pero nada ... como nos haces sufrir...

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  CarolinaDíaz el Mar Jun 05, 2012 11:56 pm

    Ya por fa sube cap, es una tortura tanta espera y más como la dejaste bounce
    me encantaaaa siguelaaaaaa bounce bounce
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Miér Jun 13, 2012 11:30 pm

    Capitulo 30

    —¡Cinco minutos para la función! —Alguien golpeó con fuerza la puerta de la caravana. —¡Cinco minutos, Manuel!

    Lucero se bajó de un salto del mostrador como una adolescente culpable y, dándole la espalda, se subió el maillot con nerviosismo. Se sentía ardiente, agitada y... terriblemente irritada. ¿Cómo podía estar tan ansiosa por entregarse a un hombre que casi nunca le decía una palabra amable? ¿Un hombre que no respetaba los votos que hacía?

    Salió disparada hacia el cuarto de baño, pero se detuvo al oír la voz suave y ronca de Manuel.

    —No te molestes en preparar el sofá esta noche, cara de ángel. Dormiremos juntos.

    Mientras Sheba comprobaba la recaudación y hojeaba un montón de periódicos en la oficina, Lucero vendió las entradas de la segunda función. Lo hizo de una manera mecánica, sonriéndoles a los clientes automáticamente, pero, aunque habló sin parar, sólo podía pensar en el apasionado beso que había compartido con Manuel y apenas prestó atención a lo que la gente decía. Se derretía ante el recuerdo, pero al mismo tiempo se sentía avergonzada. No debería haberse entregado a Manuelcon tal abandono cuando él no sentía ningún respeto por su matrimonio.

    En cuanto dejó de sonar la música de la presentación del espectáculo, Sheba abandonó el vagón rojo sin decir ni una palabra y Lucero cerró la taquilla. Se encontraba contando el efectivo del cajón de la recaudación cuando apareció Heather. Llevaba puesto un maillot de lentejuelas doradas; el recargado maquillaje hacía que pareciera mayor de lo que era. Cinco aros rojos le colgaban de la muñeca como si fueran pulseras gigantescas y Lucero se preguntó si iría a algún lugar sin ellos.

    —¿Has visto a Sheba?

    —Se fue hace unos minutos.

    Heather miró a ambos lados para cerciorarse de que estaban solas.

    —¿Me das un cigarrillo?

    —Me fumé el último esta mañana. Es un vicio horrible y además caro. Te arrepentirás de engancharte a él, Heather.
    —Aún no lo he hecho. Fumo sólo por distraerme. —Heather se paseó por la oficina, tocando el escritorio, la parte superior del archivador, hojeando el calendario de la pared.

    —¿Sabe tu padre que fumas?

    —¿Acaso vas a decírselo?

    —No he dicho eso.

    —Pues hazlo si quieres —repuso en tono agresivo. —De todos modos volverá a enviarme con la tía Terry.

    —¿Vives con ella?

    —Sí. Pero tiene cuatro niños y la única razón por la que está dispuesta a acogerme es el dinero que le envía papá. Además, así tiene una canguro gratis para el bebé. Mi madre no podía ni verla —su expresión se volvió amarga, —pero mi padre sólo quiere deshacerse de mí.

    —No creo que sea así.

    —Y tú qué sabes. A él sólo le importan mis hermanos. Sheba dice que no es culpa mía, sino que Brady no sabe cómo tratar a las mujeres con las que no se puede acostar, pero sé que lo dice para que me sienta mejor. Creo que sí fuera buena con los malabarismos, él dejaría que me quedara.

    Ahora comprendía Lucero por qué Heather siempre llevaba los aros consigo. Estaba tratando de ganarse el afecto de su padre. Lucero lo sabía todo sobre cómo intentar complacer a un padre y lo lamentó por esa jovencita con cara de duende y boca sucia.

    —¿Has hablado con él? Quizá si supiera cómo te sientes no te haría volver con tus tíos.

    Ella puso su cara de chica dura.

    —Como si fuera a importarle. Y mira quién va a darme consejos. Todo el mundo habla de ti. Dicen que Manuel se casó contigo porque estás embarazada.

    —Eso no es cierto. —repuso Lucero, pero antes de que pudiera añadir nada más, sonó el teléfono y se volvió para contestar. —Circo de los Hermanos Quest...

    —Con Manuel Markov, por favor —dijo una voz masculina.

    —Lo siento, en este momento no está aquí.

    —¿Podría decirle que lo llamó Jacob Salomón? Ya tiene mi número. Y dígale también que el doctor Theobald está intentando ponerse en contacto con él.

    —Le daré el recado. —Colgó y se preguntó quiénes serían esas personas mientras anotaba el mensaje para Manuel. Había demasiadas cosas sobre él que no sabía y tío parecía que se las fuera a contar.

    Heather se había ido mientras hablaba por teléfono. Con un suspiro, cerró con llave el cajón de la recaudación, apagó las luces y salió de la caravana.

    Los trabajadores ya habían desmantelado la casa de fieras y y pensó en el tigre. Se encaminó hacia el lugar donde estaba situada la jaula, dejándose llevar hacia allí como si no tuviera ningún control sobre su destino.

    La jaula estaba situada sobre una pequeña plataforma a un metro de altura. La luz de los reflectores iluminaba el interior. A Lucero le latía con fuerza el corazón mientras se acercaba lentamente. Sinjun se levantó y se giró hacia ella.

    La joven se quedó paralizada ante el impacto de esos ojos dorados. La mirada del tigre era hipnótica, directa, sin parpadeos. Sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda y cómo se ahogaba en los ojos dorados del animal.

    «El destino.»

    La palabra atravesó la mente de Lucero como si no fuera ella quien la hubiera puesto allí, sino el tigre. «El destino.»
    No fue consciente de lo mucho que se había acercado a la jaula hasta que percibió el olor almizcleño del animal, un aroma que debería de haber sido desagradable pero que, sin embargo, no lo era. Se detuvo a menos de un metro de los barrotes y se quedó inmóvil. Los segundos dieron paso a los minutos y Lucero perdió la noción del tiempo.

    «El destino.» La palabra volvió a resonar en la mente de la joven.

    El tigre era un macho enorme, tenía las patas gigantescas y una marca blanca en la parte inferior del cuello. Lucero comenzó a temblar cuando el aplastó las orejas dejando a la vista las ovaladas marcas blancas de estas; de alguna manera ella supo que aquel era un gesto de amistad. El tigre desplegó los bigotes y le ensenó los dientes. El sudor se deslizó entre los pechos de Lucero cuando el animal emitió un rugido; el sonido diabólico de una película de terror.

    No pudo apartar la vista del tigre, aunque supo que era eso lo que él quería. El animal le lanzaba una mirada de desafío: ella debía apartar la vista primero. Y Lucero quería hacerlo —no era su intención desafiar al tigre, —pero se había quedado paralizada.

    Los barrotes parecieron desvanecerse entre ellos y ella sintió como si no tuviera ninguna protección ante él.

    El tigre podía abrirle la garganta de un zarpazo, pero aun así, Lucero no podía moverse. Miró directamente a los ojos del animal y sintió como si éste le leyera el alma. Pasó el tiempo. Los minutos. Las horas. Los años.

    Con ojos que no parecían suyos, Lucero vio sus propias debilidades y defectos; los miedos que la mantenían prisionera. Se vio en su privilegiada vida, doblegándose ante voluntades más fuertes que la suya, asustada de enfrentarse a cualquiera, intentando complacer a todo el mundo menos a sí misma. Los ojos del tigre le revelaron todo lo que quería mantener oculto.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Jue Jun 14, 2012 12:40 pm

    esta genial seguiiiila!!prontoo!! xfaaaaaaaaaaaaaa lol! lol! lol! lol!
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Jue Jun 14, 2012 11:56 pm

    Capitulo 31

    Y luego parpadeó. El tigre. No ella.

    Lucero observó con asombro cómo desaparecían las marcas blancas de las orejas. El animal estiró su enorme cuerpo y se dejó caer sobre el suelo de la jaula, desde donde la miró con gravedad y le dio su veredicto:

    «Eres débil y cobarde.»

    Lucero comprendió la verdad que le dictaban los ojos del tigre, y la sensación de victoria por haber sido capaz de sostenerte la mirada se evaporó dejándole las piernas débiles y flojas. La joven se hundió en la hierba, donde se sentó en silencio y se abrazó las rodillas, observando al animal sin miedo, aunque con cierto recelo.

    Oyó la música que anunciaba el fin del espectáculo, las voces de los trabajadores que iban de un lado para otro del recinto y los sonidos habituales mientras recogían los puestos. Casi no había dormido la noche anterior y se fue adormeciendo poco a poco. Se le cayeron los párpados, pero no llegó a cerrarlos por completo. Apoyó la mejilla en las rodillas y continuó observando al tigre con los ojos entrecerrados mientras él le sostenía la mirada.

    Estaban solos en el mundo; dos almas perdidas. Lucero percibió cada latido. El aire le llenaba los pulmones y el miedo se evaporó lentamente. Experimentó un profundo sentimiento de paz. El alma de la joven se unió a la del animal y se convirtieron en uno solo; en ese momento podría haber sido la comida y el sustento del animal, porque no existía ninguna barrera entre ellos.

    Y entonces, más rápidamente de lo que hubiera podido imaginar, la paz se rompió y se sintió golpeada por una explosión de dolor que la hizo gemir. En el fondo de su mente supo que ese dolor provenía del tigre, no de ella, pero eso no hizo que le doliera menos.

    «Santo Dios.» Se agarró el estómago y se dobló sobre sí misma. ¿Qué le estaba ocurriendo? «¡Dios mío, haz que se detenga!» No podía soportarlo.

    Cayó de bruces en el suelo y en ese momento supo que iba a morir.

    Tan bruscamente como había empezado, el dolor desapareció. Respiró hondo y se puso de rodillas temblando.

    Los ojos del tigre ardieron de furia contenida. «Ahora sabes cómo se siente un cautivo.»

    Manuel estaba furioso. Miró a Sheba Quest y, después, el látigo que él tenía enroscado en el puño. La noche del sábado era el día de cobro de los empleados y algunos ya estaban borrachos, así que llevaba el látigo como medida disuasoria. Sin embargo, no eran los trabajadores los que le molestaban.

    —¡A mí no me roba nadie! —declaró Sheba, —y Lucero no va a librarse de ésta porque sea tu esposa. —El tono bajo y firme acentuaba la rabia contenida de la dueña del circo. El pelo rojo lanzaba destellos de fuego sobre su espalda y le chispeaban los ojos.

    La promesa que Manuel le había hecho a Owen en el lecho de muerte hacía que tuviera constantes enfrentamientos con su viuda. Sheba Quest era su patrona y estaba resuelta a presionarlo tanto como le fuera posible. Pero él estaba decidido a respetar los deseos de Owen. Era un compromiso que no satisfacía a ninguno de los dos y era inevitable que entre ellos surgiera una guerra abierta.

    —No tienes ninguna prueba de que Lucero cogiera el dinero.

    Mientras lo decía, Manuel se sintió furioso consigo mismo por intentar defenderla. No había más sospechosos.

    No le sorprendería que su esposa hubiera cogido dinero —ella habría pensado que se lo merecía, —pero no había esperado que robara en el circo. Eso sólo demostraba que su libido había nublado su buen juicio.

    —Es cierto —espetó ella. —Comprobé la recaudación después de que se fuera. Acéptalo, Manuel, tu mujer es una ladrona.

    —No quiero que la acuses antes de que hable con ella —dijo él con terquedad.

    —El dinero ha desaparecido, ¿no es cierto? Y Lucero estaba a cargo de él. Si ella no lo ha robado, ¿por qué se ha esfumado?

    —La buscaré y le preguntaré.

    —Quiero que la detengan, Manuel. Me robó, y en cuanto la encuentres llamaré a la policía.

    Él se detuvo al instante.

    —Nunca llamamos a la policía. Lo sabes tan bien como cualquiera. Si es culpable yo me encargaré de ella igual que me encargaría de cualquier otra persona que hubiera infringido la ley del circo.

    —La última persona de la que te encargaste fue aquel conductor que vendía drogas a los trabajadores. Lo dejaste hecho una piltrafa cuando acabaste con él. ¿Piensas hacer lo mismo con Lucero?

    —¡Ya está bien!

    —Eres un gilipollas, ¿sabes? No vas a poder proteger a tu estúpida mujercita. Quiero recuperar hasta el último centavo y luego quiero que la castigues. Y si no lo haces a mi entera satisfacción, me aseguraré de que todo el peso de la ley caiga sobre ella.

    —Te he dicho que me encargaré de ella.

    —Ya veo cómo lo haces.

    Sheba era la mujer más dura que conocía. La miró directamente a los ojos.

    —Lucero no tiene nada que ver con lo que pasó entre nosotros. No la utilices para vengarte de mí.

    Manuel vio en los ojos de Sheba un destello de vulnerabilidad que rara vez exhibía, pero desapareció con la misma rapidez que apareció.

    —Odio desinflar ese precioso ego tuyo, pero veo que aún no te has dado cuenta de que ya no me interesas en absoluto.

    Se marchó airada y, mientras la observaba alejarse, Manuel supo que mentía.

    Los dos compartían una historia larga y complicada que se remontaba al verano en que él tenía dieciséis años y pasaba las vacaciones viajando con el circo de los Hermanos Quest, y escuchando el punto de vista de Owen sobre los hombres y las mujeres. Los trapecistas Cardoza también estaban en la gira de aquel verano y Manuel se enamoró perdidamente de la reina de la pista central, que por aquel entonces tenía veintiún años.

    Se pasaba las noches soñando con su elegancia, su belleza, sus pechos. Las chicas que había conocido hasta ese momento le parecían niñas comparadas con la deliciosa e inalcanzable Sheba Cardoza. Además de desearla, sentía cierta afinidad con ella porque ambos buscaban la perfección en su trabajo. Percibía en Sheba una voluntad similar a la suya.

    Pero Sheba también poseía una vena egocéntrica que su padre había alimentado y que Manuel nunca había tenido. Sam Cardoza le había hecho creer a Sheba que era mejor que los demás. Sin embargo, la trapecista también tenía un lado más suave y maternal y, aunque en aquel tiempo era muy joven, se comportaba como una gallina clueca con los demás miembros de la compañía, les regañaba cuando se portaban mal, llenaba sus estómagos con espaguetis y les aconsejaba en amores.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Vie Jun 15, 2012 12:22 am

    Capitulo 32

    Incluso a los veintiún años le gustaba jugar a ser la gran matriarca y al poco tiempo también había incluido a Manuel en el clan, apiadándose del huérfano de dieciséis años que la observaba con aquellos ojos tan ardientes. Se había encargado de que Manuel tomara comidas sanas y le decía a Owen que lo mantuviera alejado de los trabajadores más pendencieros, ignorando el hecho de que Manuel llevaba demasiados años de circo en circo para que nadie lo protegiera.

    Pero no era eso lo que Manuel quería de Sheba, que había acabado liándose con un trapecista mexicano que se llamaba Carlos Méndez. Al igual que Sheba, Carlos pertenecía a la última generación de una vieja familia del circo y había sido contratado por el padre de Sheba para que fuera el receptor de ésta en el trapecio.

    Pero Sam Cardoza tenía algo mas en mente. Aunque la ascendencia circense de Carlos Méndez no era tan impresionante como la de ellos, a ojos de Sam era lo suficientemente aceptable para convertirse en el progenitor de la siguiente generación de trapecistas Cardoza, y Sheba había complacido a su padre enamorándose de Carlos.

    Los celos habían carcomido a Manuel. Su linaje circense era más impresionante que el de Méndez, pero Sheba sólo veía a un adolescente flaco y huesudo que sabía de caballos y tenía talento con los látigos. Ella le había contado sus planes para casarse con el elegante mexicano que Sam había contratado. Y que le permitiría poner a sus hijos el apellido Cardoza.

    El verano llegó al final y Manuel estaba a punto de regresar al colegio. Los Cardoza habían sido fichados por los Hermanos Ringling para hacer la gira de la temporada siguiente. Carlos se pavoneaba como un gallo arrogante, aunque por otro lado carecía de materia gris, y el día que Manuel se marchaba, Sheba entró inesperadamente en la caravana de Carlos y se lo encontró desnudando a una de las equilibristas.

    Manuel jamás olvidaría esa noche. Cuando terminó la función se encontró a Sheba esperándolo. No había llorado y parecía muy calmada.

    —Ven conmigo.

    A él ni se le ocurrió desobedecerla. Sheba lo llevó al borde del recinto, donde se introdujeron en un pequeño espacio oscuro entre dos caravanas. El corazón de Manuel comenzó a latir con fuerza ante los sombríos y clandestinos propósitos de Sheba mientras se perdía en el olor almizcleño de su perfume.

    La trapecista lo había mirado profundamente a los ojos. Sin decir ni una sola palabra se abrió la blusa y la dejó caer por los brazos. Aquellos pechos plenos, de redondos pezones oscuros brillaron como nieve bajo la luz de la luna que se colaba entre las caravanas. Sheba le cogió las manos y las puso sobre sus pechos.

    Él se había imaginado algo como eso cientos de veces, pero las fantasías no le habían preparado para tocar realmente aquellos pechos y sentir esos redondos pezones bajo los dedos.

    —Bésalos —dijo ella.

    Los dedos de Sheba bajaron a la cremallera de Manuel. Éste aspiró profundamente sobre la húmeda piel de sus senos. Cuando ella lo tomó entre sus manos, Manuel sintió que perdía el control y explotó con un ronco gemido.

    Él se había estremecido de satisfacción y humillación. Sheba había presionado entonces sus labios contra los de él, ofreciéndole un beso largo y profundo. Luego se apartó y, aún con los pechos desnudos y húmedos por la lengua de Manuel, se giró entre las caravanas.

    Fue entonces cuando él se dio cuenta de que Carlos había estado allí todo el tiempo, observándolos.

    El destello duro y triunfante en los ojos de Sheba le dijo a Manuel que ella lo había sabido en todo momento y la sensación provocada por aquella traición fue tan devastadora que no pudo respirar. Él no le importaba. Sólo lo había utilizado para vengarse.

    Mientras observaba a su antiguo amante, Sheba pareció olvidarse de que Manuel existía.

    —He contratado a un nuevo receptor —dijo ella con frialdad. —Estás despedido.

    —No puedes despedirme —estalló Carlos. —Soy un Méndez.

    —No eres nada. Incluso este chico es más hombre que tú.

    Sheba volvió a darse la vuelta y selló los labios de Nick con un beso. A pesar de su lujuria, a pesar de la neblina de la traición, él sintió una chispa de fría admiración que lo asustó más de lo que lo había hecho nunca el látigo de su tío.

    Comprendía aquella cruel demostración de amor propio. Como Sheba, él jamás dejaría que alguien o algo amenazara lo que era, sin importar el precio que tuviera que pagar. A pesar de odiarla por haberlo utilizado como un peón, no pudo dejar de respetarla por ello.

    Sheba pasó los siguientes dieciséis años como artista destacada en los grandes circos del mundo y no hizo otra gira con el circo de los Hermanos Quest hasta que su carrera comenzó a declinar. Para entonces, su padre ya había muerto y Sheba, soltera y sin hijos, se había convertido en la última Cardoza.

    Owen le dio la bienvenida al circo de los Hermanos Quest y montó el espectáculo en torno a ella. Además, en sus infrecuentes conversaciones telefónicas con Manuel, le reveló lo suficiente como para que éste dedujera que Owen estaba colado por ella.

    Manuel y Sheba se habían reencontrado hacía dos veranos y, de inmediato, se hizo evidente que había habido un cambio en el equilibrio de poderes entre ellos. A los treinta y dos años él estaba en la plenitud de su virilidad y no le quedaba nada por probar, mientras que los mejores años de Sheba como artista ya habían pasado. Manuel conocía su propia valía y hacía mucho tiempo que había quedado atrás la baja autoestima que sentía en la adolescencia. Ella era hermosa, inquieta y, por razones que él no comprendió de inmediato, estaba soltera y sin hijos.

    El fuego de la pasión crepitó con fuerza entre ellos, pero esta vez era ella la que lo buscaba a él. Manuel no quería hacer daño a Owen y, al principio, ignoró las insinuaciones sexuales de Sheba. Sin embargo, pronto se hizo evidente que el dueño del circo estaba resignado a que los dos se liaran y, con su peculiar idiosincrasia, se sintió ofendido cuando Manuel continuó desairando a la mujer que él valoraba por encima de todas las cosas.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Vie Jun 15, 2012 12:32 am

    Capitulo 33

    Finalmente, Manuel la dejó entrar en su cama. Ella era ágil y suave, carnal y apasionada, y él jamás había disfrutado tanto del sexo. Le gustaba que ella fuera dura y, también, no poder hacerle daño. Porque aunque la apreciaba, no la amaba.

    —¿Por qué no te has casado? —le preguntó Manuel una noche sentado a la mesa en la lujosa caravana de Sheba, donde ella se disponía a servirle la comida por segunda vez en el día. Los dos llevaban puestas las batas, la de ella tenía un exótico estampado que hacía que los brillos rojizos de su pelo parecieran todavía más intensos. —Siempre he pensado que querías tener hijos. Tu padre no esperaba otra cosa.

    Ella le puso un plato de lasaña delante y se volvió a la cocina para coger el suyo. Pero no volvió a la mesa. Se quedó inmóvil mirando fijamente la comida que había preparado.

    —Supongo que ambicioné demasiado. Ya sabes que hay cosas que no se pueden tener. Los mejores trapecistas nacemos con una habilidad especial y el hombre con el que me case tiene que provenir de una buena familia. No me casaré con cualquiera, y mucho menos sin amor. Amor y linaje. Es una buena combinación. —Llevó el plato a la mesa. —Mi padre solía decir que era mejor que los Cardoza se extinguieran antes que tener nietos sin sangre circense. —Se sentó y cogió el tenedor. —Bueno, hice mía esa máxima. Es preferible que los Cardoza se extingan a casarme con un perdedor hijo de puta al que no pueda respetar.

    —Bien por ti.

    Ella tomó un bocado de comida y volvió a dejar el tenedor en el plato. Después observó detenidamente a Manuel, con un brillo provocador en los ojos.

    —Los Markov son todavía más importantes que los Cardoza. Sam me dijo hace años que no debería haberte dejado escapar. Me reí de él porque por aquel entonces tú eras sólo un niño, pero ahora los cinco años que te llevo no significan nada. Somos los últimos de dos grandes dinastías circenses.

    Divertido, él negó con la cabeza.

    —Yo no tengo ninguna intención de perpetuar la dinastía Markov. Lo siento, cariño, pero tendrás que buscar esperma circense en otro lado.

    Ella se rio, pinchó un rollito de lasaña y se lo llevó a la boca.

    —Menos mal que no te quiero. Si lo hiciera estarías perdido.

    Su ardiente relación siguió adelante, tan lujuriosa y apacible que él no prestó atención a la manera, cada vez más posesiva, con la que ella lo trataba o cómo, poco a poco, comenzó a considerarlo su igual.

    —Somos almas gemelas —le dijo ella una noche, con la voz ronca por la emoción, —si fueras mujer, serías yo.

    Sheba tenía razón, pero algo en el interior de Manuel se rebeló ante la comparación. Admiraba a Sheba, pero había algo en ella que le repelía. Puede que porque se veía reflejado a sí mismo. Para impedir que dijera nada más, se acomodó entre las piernas femeninas y entró en ella con un duro envite.

    A pesar de los sutiles cambios en el comportamiento de Sheba, él no estaba preparado para lo que sucedió tina tarde de aquel verano en el recinto a las afueras de Waycross, Georgia. Ese día ella le dijo que le amaba. Y cuando lo hizo, él se dio cuenta de que hablaba totalmente en serio.

    —Lo siento —dijo él tan suavemente como pudo cuando ella terminó su declaración, —pero eso no va conmigo.

    —Por supuesto que sí. Es el destino. Sheba se negó a escuchar cuando Manuel le dijo que él nunca podría amar a nadie —que había perdido la capacidad de amar cuando era un niño maltratado— y el brillo en los ojos de la joven le dijo que para ella el rechazo no era más que un juego. Se empeñó en hacerle cambiar de opinión con la misma determinación que empleó antaño para conseguir el triple salto y, sólo cuando él estaba haciendo la maleta para marcharse después de su última actuación en el circo, comprendió que él no bromeaba. Manuel jamás la había engañado. No la amaba. Y no iba a casarse con ella.

    Cuando por fin asimiló aquel tajante rechazo, todo lo que Sheba creía sobre sí misma se hizo trizas y se volvió loca. Fue en ese momento cuando hizo lo inconcebible, lo que nunca le perdonaría. Fue cuando le rogó que no la dejara.

    Manuel era, sin duda, la única persona en el mundo que podía comprender la enormidad de lo que ella estaba destruyendo cuando lloró de rodillas ante él. Había doblegado su orgullo, lo que hacía que fuera quien era.

    —Sheba, basta. Tienes que parar. —Intentó levantarla, pero ella se aferró a él y gritó con una desesperación tan desgarradora que él se llevaría ese sonido consigo a la tumba. En ese momento Manuel pudo ver cómo el amor que Sheba sentía por él se convertía en odio.

    Owen Quest, alertado por el ruido, había irrumpido, de repente, en la caravana y se había dado cuenta de lo que pasaba. Luego había mirado a Manuel y le había señalado la puerta con la cabeza.

    —Vete, yo me encargaré de todo.

    Una semana después, Sheba se casó con Owen; un hombre que casi le doblaba la edad y que no le dio hijos, y Manuel era el único que sabía por qué. Su rechazo la había herido en lo más profundo de su ser y sólo podía resurgir de sus cenizas uniéndose a alguien poderoso que la pusiera en un pedestal. Desde que su padre había muerto, ella había recurrido a Owen.

    —¡Manuel! —La voz asustada de Heather interrumpió sus perturbadores recuerdos. —¡He visto a Lucero! Está delante de la jaula de Sinjun.

    Sheba oyó lo que Heather decía y alejándose de Jack Daily se dirigió a Manuel:

    —Yo me ocuparé de esto.

    —No, lo haré yo. Es mi trabajo.

    Mientras sus ojos se enfrentaban en una firme batalla de voluntades, él maldijo para sus adentros a Owen Quest por hacerlos pasar por eso. Sólo tras la muerte de Owen se había dado cuenta de cómo éste lo había manipulado con su habitual astucia. Había pensado que obligándolos a estar juntos, Manuel y Sheba resolverían sus diferencias, se casarían y conservarían el circo de los Hermanos Quest. Owen nunca había conocido realmente la naturaleza de ellos dos. Y, por supuesto, Owen no había contado con que una raterilla llamada Lucero Devreaux echara a perder sus planes
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Vie Jun 15, 2012 12:51 am

    Capitulo 34

    Heather caminó al lado de Manuel, frunciendo el ceño ton ansiedad.

    —No ha sido mucho dinero. Sólo doscientos dólares. Él deslizó el brazo alrededor de los hombros de la joven y le dio un apretón.

    —Quiero que te mantengas apartada de esto, Heather. ¿Me has comprendido?

    Ella levantó la vista y lo miró con preocupación.

    —No vas a darle latigazos, ¿verdad, Manuel? Es lo que dijo mi hermano. Dijo que le ibas a dar latigazos.

    Las voces espabilaron a Lucero. Levantó la cabeza d las rodillas y se dio cuenta de que se había quedado dormida sentada en el suelo delante de la jaula de Sinjun. Mientras se desperezaba, recordó el dolor que había experimentado y la extraña sensación de afinidad con el tigre. Qué extraño. Debía haberlo soñado, aunque todo aquello le había parecido muy real.

    Miró a la jaula. Sinjun había levantado la cabeza, había bajado las orejas y tenía las marcas blancas a la vista. Siguió la dirección de su mirada y vio que Manuel se acercaba a ella, con Sheba y Heather a la zaga. Se puso de pie lentamente.

    —¿Dónde está? —exigió Sheba.

    —Yo me encargaré de esto —dijo Manuel.

    Lucero sintió un atisbo de temor al ver la expresión fría y resuelta en la cara de su marido. Sinjun comenzó a pasearse intranquilo por la jaula.

    —¿Encargarte de qué? ¿Qué ha pasado?

    Sheba la miró con desprecio.

    —No te molestes en hacerte la inocente. Sabemos que tú robaste el dinero, así que devuélvelo. ¿O ya lo has escondido en alguna parte?

    Sinjun gruñó por lo bajo.

    —No he escondido nada. ¿De qué estás hablando?

    Manuel se pasó el látigo enroscado de una mano a otra.

    —Faltan doscientos dólares del cajón de la recaudación, Lucero.

    —Eso es imposible.

    —Es cierto.

    —Yo no los he cogido.

    —Eso está por verse.

    Lucero no podía creer lo que estaba ocurriendo.

    —No soy la única que estuve allí. Tal vez Pete vio algo. Fue quien me sustituyó cuando fui a probarme los maillots.

    Sheba se acercó más.

    —Te estás olvidando de que conté el dinero justo después de que volvieras a tu puesto. Estaba todo. Los doscientos dólares desaparecieron después de marcharme.

    —Eso es imposible. Estuve allí todo el tiempo. No pudo haber desaparecido.

    —Voy a registrarla, Manuel. Quizás aún lo lleve encima.

    —Ni se te ocurra tocarla—dijo Manuel sin levantar la voz, pero la orden implícita en su respuesta era inconfundible.

    —¿Pero qué pasa contigo? —exclamó Sheba. —¿Desde cuándo piensas con la po.lla?

    —Ni una palabra más. —Él se volvió hacia Heather, que había estado observando el intercambio de voluntades. —Vete, cariño. Todo se habrá aclarado por la mañana.

    Heather se fue a regañadientes, pero Lucero vio que se acercaban otras personas: Neeco Martin, el domador de elefantes, con Jack Daily, y Brady, al que acompañaba una de las animadoras.

    Manuel también notó que estaban atrayendo a una multitud y se volvió hacia Lucero.

    —Si me das el dinero ahora evitaremos montar una escena.

    —¡Yo no lo tengo!

    —Entonces tendré que buscarlo, y comenzaré por registrarte.

    —¡No!

    La agarró del brazo y Sinjun emitió un rugido ensordecedor cuando Manuel comenzó a arrastrarla hacia la caravana. Sheba se puso de inmediato a la izquierda de Manuel, dejando claro que no pensaba dejarlos solos.

    Por el rabillo del ojo, Lucero vio las expresiones severas y serias de todos los que se habían reunido alrededor de la tarta de bodas la noche anterior. Jill estaba allí, pero ahora se negaba a mirar a Lucero a los ojos. Madeline se dio la vuelta y Brady Pepper la fulminó con la mirada.

    Cuando Manuel le apretó el brazo, Lucero sintió que una sensación de traición se extendía hasta lo más profundo de su alma.
    —No sigas con esto. Sabes que jamás robaría nada.

    —Pues no, en realidad no lo sé. —Habían llegado a la caravana y Manuel se adelantó para abrir la puerta con la misma mano que sujetaba el látigo. —Entra.

    —¿Cómo puedes hacerme esto?

    —Es mi trabajo. —Con un empujón la hizo subir el último escalón.

    Sheba los siguió a la caravana.

    —Si eres inocente, no tienes nada que temer, ¿verdad?

    —¡Soy inocente!

    Él dejó el látigo en una silla.

    —Entonces no te importará que te registre. —Lucero desplazó la mirada del uno a otro y la fría intención que vio en los ojos de ambos hizo que se sintiera enferma. A pesar de que no se soportaban, los dos se habían aliado ahora en su contra.

    Manuel se acercó y Lucero se echó hacia atrás y chocó contra el mostrador de la cocina, el mismo lugar donde sólo unas horas antes le había dado aquel apasionado beso.

    —No puedo dejar que me hagas esto —dijo ella con desesperación. —Hicimos unos votos, Manuel. No les des la espalda. —Ella sabía que eso la hacía parecer más culpable ante aquellos ojos acusadores, pero el matrimonio se basaba en la confianza y si él destruía eso, no tendrían ni la más mínima oportunidad.

    —Esto no tiene nada que ver con eso.

    Ella se deslizó junto al mostrador.

    —No puedo dejar que me toques. ¡Por el amor de Dios, créeme! ¡No robé el dinero! ¡Nunca he robado nada en mi vida!
    —Cállate, Lucero. Sólo estás empeorando las cosas.

    Se dio cuenta de que él no iba a ceder. Con el único propósito de asustarla, la atrapó contra la despensa. Ella lo miró horrorizada.

    —No lo hagas —susurró. —Por favor. Te lo ruego. -Por un momento él se quedó inmóvil. Luego le cacheó los costados. Mientras Sheba los observaba, le pasó las manos por las caderas, por la cintura, luego las movió hacia el estómago, la espalda, los pechos que él había tomado en sus manos tan sólo unas horas antes... Lucero cerró los ojos cuando él le deslizó la mano entre sus piernas.

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

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      Fecha y hora actual: Lun Ago 21, 2017 8:13 am