Spaw's por siempre♥


    Besar a un ángel Adaptada

    Comparte
    avatar
    AnyeMl
    Team1
    Team1

    Mensajes : 81
    Fecha de inscripción : 20/01/2013
    Edad : 23
    Localización : Venezuela

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  AnyeMl el Jue Abr 18, 2013 11:27 am

    Continuala como la dejas ahi affraid lol!
    avatar
    mirkis
    LMSmall
    LMSmall

    Mensajes : 19
    Fecha de inscripción : 17/09/2012

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  mirkis el Jue Abr 18, 2013 4:25 pm

    Se sabe mas o menos cuantos capitulos tendra? Very Happy
    avatar
    YesseMH
    Team2
    Team2

    Mensajes : 148
    Fecha de inscripción : 14/04/2012

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Jue Abr 18, 2013 10:25 pm

    Capitulo 101

    Brady estaba furioso con Sheba.
    —No quiero que metas las narices en esto.
    —Sólo quiero que te tranquilices un poco. Vamos dentro.
    Él subió las escaleras y abrió de un tirón la puerta metálica. Estaba demasiado alterado para prestar atención a los lujosos muebles que hacían de la RV de Sheba la caravana más ostentosa del circo.
    —¡Es una ladrona! ¡Mi hija es una puta ladrona! Permitió que se culpase a Lucero. —Apartó a un lado un juego de pesas y se dejó caer sobre el sofá, donde se pasó la mano por el pelo.
    Sheba cogió una botella de Jack Daniel's del armario de la cocina y llenó dos vasos. Ninguno de los dos era bebedor y Brady se sorprendió cuando ella vació el contenido de uno de los vasos antes de pasarle el otro. Cuando se acercó a él la bata se le ciñó a las caderas, haciendo que Brady se olvidara de su enfado, aunque sólo fuera por un momento.
    Sheba tenía la habilidad de nublarle la mente. No era algo que le gustara y había luchado contra ello desde el principio. Era engreída, terca y lo volvía loco. Era de esas mujeres que tenían que estar al mando en cualquier situación, un control que él nunca cedería a una mujer por mucho que lo atrajera. Y no había ninguna duda de que Sheba Quest lo atraía. Era la mujer más excitante que había conocido nunca. Y la que más lo irritaba.
    Sheba le dio el vaso de whisky y se sentó a su lado. Al hacerlo se le abrió la bata dejando al descubierto un muslo. Era vigoroso y esbelto y Brady sabía, tras haberla observado trabajar con los trapecistas, lo tonificado que estaba. En la RV se encontraba todo el equipo que ella utilizaba para mantenerse en forma. Había instalado una barra de ejercicios sobre la puerta del dormitorio. En la esquina había un banco de entrenamiento con un surtido de pesas de mano.
    Sheba se reclinó sobre los almohadones del sofá y cerró los ojos. Arrugó la cara, casi como si fuera a echarse a llorar, algo que nunca le había visto hacer.
    —¿Sheba? —Ella abrió los ojos. —¿Qué te pasa?
    La mujer apoyó un tobillo en la rodilla opuesta adoptando una postura típicamente masculina. Era tan descarada que Brady no entendía cómo podía parecer a la vez tan femenina.
    Vislumbró un retazo de seda púrpura entre las piernas de Sheba y encontró un blanco para su furia.
    —¡Por qué no te sientas como una señora en vez de como una vulgar mujerzuela!
    —No soy tu hija, Brady. Me sentaré como me dé la gana.
    Brady nunca le había pegado a una mujer en su vida, pero en ese momento supo que le estallaría la cabeza si no la provocaba. Con un movimiento tan rápido que ella no lo vio llegar, la agarró de la bata y la puso en pie de golpe.
    —Te la estás buscando, nena.
    —Por desgracia, tú no eres lo suficiente hombre para darme lo que quiero.
    Brady no pudo recordar ninguna otra ocasión en la que se sintiera tan furioso y Sheba se convirtió en el blanco de todas las emociones que estaban a punto de explotar en su interior.
    —¿Me estás provocando, Sheba? ¿Es que no tienes a mano a nadie mejor que yo? Soy el hijo de un carnicero de Brooklyn, ¿recuerdas?
    —Lo que eres, es un bastardo deslenguado. Lo insultaba a propósito. Era como si ella misma quisiera que la lastimara, y el estaba dispuesto a complacerla. Le abrió la bata y se la arrancó de un tirón.
    Sheba se quedó desnuda salvo por unas provocativas bragas de seda color púrpura. Tenía los pechos grandes y los pezones oscuros del tamaño de una moneda de medio dólar. Ya no tenía el vientre plano y sus caderas eran más redondeadas de lo que deberían ser. Era voluptuosa y madura en toda la extensión de la palabra, y Brady nunca había deseado tanto a una mujer.
    Ella no hizo ningún intento por cubrirse, sino que le sostuvo la mirada con un descaro tal que le dejó sin aliento. Sheba arqueó la espalda y colocó la pierna izquierda delante de la derecha con un movimiento elegante. Luego plantó la mano sobre la cadera. Sus pechos se balancearon ante Brady y éste perdió el control. —Que te jodan. Ella siguió provocándole.
    —Eso intento, Brady. Eso intento.
    Intentó cogerla, pero olvidó lo veloz que era. Sheba se alejó con rapidez, con el pelo rojo flotando a su espalda y los pechos rebotando. Brady se abalanzó tras ella, pero se le volvió a escurrir entre los dedos. Sheba se rio, pero no fue un sonido agradable.
    —¿Estas mayor para esto, Brady?
    Iba a domesticarla, no importaba lo que tuviera que hacer. Impondría su voluntad sobre esa mujer.
    —No tienes ni la más mínima oportunidad —se burló él.
    —Ya veremos. —Sheba le arrojó una de las pesas, que cayó rodando al suelo como si fuera un bolo.
    A pesar de la sorpresa, él la esquivó con facilidad. Vio un destello de desafío en los ojos de Sheba y cómo le brillaban los pechos por el sudor. El juego había comenzado.
    Brady hizo una finta a la izquierda y luego se volvió a la derecha. Por un momento, la tomó por sorpresa, pero cuando él le rozó el brazo con los dedos, ella dio un salto y se colgó de la barra de ejercicios que había en el dintel de la puerta.
    Con un grito triunfal, Sheba comenzó a balancearse, hacia delante y atrás. Arqueó la espalda y encogió las piernas, usándolas para golpearlo. Sus pechos se movían como una invitación y aquellas diminutas bragas púrpuras se deslizaron a un lado, revelando el vello rojizo que cubrían. Brady nunca había visto nada más hermoso que Sheba Cardoza Quest, la reina de la pista central, actuando para él en esa representación privada.
    Aquello sólo tenía una salida posible. Brady se quitó la camiseta y los zapatos. Ella siguió meciéndose mientras observaba cómo él se quitaba los pantalones cortos. A Brady no le gustaba llevar ropa interior y estaba desnudo debajo de ellos.
    Los ojos de la mujer escrutaron cada centímetro de su cuerpo; Brady sabía que ella apreciaba lo que veía.
    Cuando se acercó, Sheba le dio una patada, pero él la sujetó por los tobillos.
    —Bueno, a ver qué tenemos aquí. Le separó lentamente las piernas formando un arco.
    —Eres un demonio, Brady Pepper.
    —Ya deberías saberlo. —Le recorrió las corvas con los labios y siguió explorando, ascendiendo por el músculo del interior del muslo. Cuando alcanzó el retazo de seda púrpura, se detuvo un momento para mirarla a los ojos, luego inclinó la cabeza y la mordisqueó a través de la delicada tela.
    Ella gimió y apoyó los muslos en sus hombros. Él aferró las nalgas de Sheba con las palmas de las manos y continuó con su húmeda caricia. Sheba cambió de posición y se soltó de la barra. Brady profundizó la presión de su boca mientras ella cabalgaba sobre sus hombros y se apretaba contra él.
    La mujer echó la cabeza hacia atrás mientras la llevaba por el pasillo hacia la enorme cama de la parte trasera. Se dejaron caer sobre ella. Sheba perdió el control cuando Brady le quitó las bragas y hundió los dedos en su interior mientras se recreaba en sus pechos.
    Sheba se retorció para colocarse encima y montarle, pero él se lo impidió.
    —Aquí mando yo.
    —¿De verdad crees eso?
    —Por supuesto que lo creo. —La puso boca abajo, luego la colocó de rodillas para poder penetrarla desde atrás, pero se dio cuenta de que no podía tomarla de ese modo. No quería negarse a sí mismo el placer de observar la arrogante cara de Sheba cuando se hundiera en ella.
    Antes de que pudiera hacer nada, ella emitió un gruñido que se convirtió en un gemido. Con un poderoso movimiento, Sheba se volvió y pasó la pierna por encima de la cabeza de Brady para quedarse boca arriba. Él pudo sentir un deseo tan poderoso como el suyo.
    El pecho de Sheba subía y bajaba agitadamente.
    —No vas a doblegarme.
    —Quizá no quiera.
    Aquellas palabras los tomaron a los dos por sorpresa y, por un momento, no dijeron nada más.
    Sheba se humedeció los labios.
    —Bien. Porque no podrías hacerlo. —Extendió las manos hacia él y agarró los poderosos brazos de Brady para atraerlo hacia ella. Eso lo colocó en la posición dominante pero, como era ella quien lo había dispuesto así, él no se sintió tan dominante como quería y la castigó con un envite profundo y duro.
    Sheba respondió alzando las caderas para recibirlo y su gutural susurro resonó en los oídos de Brady.
    —Ya puedes tomártelo con calma, bastardo, o te mataré.
    Él se rio.
    —Eres desquiciante, Sheba Quest. Realmente desquiciante.
    Ella cerró el puño y lo golpeó en la espalda. Se desató una batalla por el poder y, por un mudo acuerdo, se decidió que el primero que alcanzara el éxtasis sería el perdedor. Una trapecista y un equilibrista; la flexibilidad de sus cuerpos otorgaba infinitas posibilidades a su manera de hacer el amor. Celebraban la necesidad de conquistar, pero cada castigo erótico que se infligían el uno al otro también se lo infligían a sí mismos. Esto los obligó a utilizar sus afiladas lenguas como armas de batalla. Ella dijo:
    —Sólo me acuesto contigo para que no lastimes a Heather. Ha sido lo único que se me ha ocurrido para que te tranquilizaras.
    —Mentirosa. Necesitabas un semental. Todos saben cuánto necesita a sus sementales la pequeña Sheba.
    —No eres un semental. Sólo un caso de caridad.
    —¿Es Manuel el único al que quieres como semental? Lástima que él no te quiera a ti.
    —Te odio.
    Y así siguieron, hiriéndose y castigándose hasta que, de repente, dejaron de decirse aquellas crueles palabras. Se unieron, escalando juntos hasta la cima y, en un momento arrebatador, se olvidaron de todo.
    Después Sheba intentó salir apresuradamente de la cama, pero Brady no la dejó.
    —Quédate aquí, nena. Sólo un momento.
    Por una vez, la dueña del circo contuvo su afilada lengua y se giró en los brazos de Brady. Los mechones de su pelo rojizo se esparcieron como cintas relucientes sobre el pecho masculino.
    —Lucero será ahora una heroína. —Brady sintió cómo se estremecía al decirlo.
    —Se lo merece.
    —La odio. Le odio.
    —No tiene nada que ver contigo.
    —¡No es verdad! No sabes nada. Las cosas iban bien cuando todos pensaban que Lucero era una ladrona. Pero ahora no. Ahora Manuel pensará que ha ganado.
    —Olvídalo, nena. Simplemente olvídalo.
    —No me das miedo —le dijo desafiante.
    —Lo sé. Lo sé.
    —No me da miedo nada.
    Él la besó en la sien pero no la llamó mentirosa. Sabía que Sheba tenía miedo. Por alguna razón, la reina de la pista central ya no se reconocía a sí misma y eso la asustaba muchísimo.

    Capitulo 102
    Manuel se quedó mirando el oscuro escaparate de la tienda de postales de Hallmark. Tres puertas más abajo brillaban las luces de una pequeña pizzería mientras, junto a ellos, parpadeaba el letrero de neón de una tintorería cerrada. Hacía mucho tiempo que había dejado de pensar en el robo de Lucero, pero lo cierto era que nunca había creído que fuera inocente. Tenía que asumir la terrible injusticia que había cometido con ella.
    ¿Por qué no la había creído? Siempre se había enorgullecido de ser imparcial, pero había estado tan seguro de que la desesperación de Lucero la había conducido a robar el dinero que no le había ofrecido el beneficio de la duda. Debería haber sabido que el fuerte código moral de su esposa jamás le permitiría robar.
    Ella se removió inquieta a su lado.
    —¿Podemos irnos ya?
    Lucero no había querido acompañarlo a dar un paseo nocturno por la alameda desierta, cerca de donde se había instalado el recinto del circo, pero Manuel no estaba preparado para volver a los estrechos confines de la caravana y había insistido en ello. Dio la espalda al despliegue de postales y figuras de ángeles y sintió la tensión y la mirada preocupada de Lucero.
    Los rizos negros enmarcaban las mejillas de su esposa y su boca parecía tierna y delicada. Sintió temor ante aquella dulce cabeza hueca que poseía una voluntad tan firme como la suya. Le rozó la mejilla con el pulgar.
    —¿Por qué no me contaste que lo hizo Heather?
    —Podemos hablar de eso más tarde —dijo Lucero mirando impacientemente hacia la carretera y alejándose de él de nuevo.
    —¡Espera! —la cogió suavemente por los hombros y ella se removió como un niño impaciente.
    —¡Suéltame! Nunca deberías haber dejado que Brady se la llevara así. ¿Has visto lo enfadado que estaba? Si le hace daño...
    —Espero que le caliente el trasero.
    —¿Cómo puedes decir eso? Sólo tiene dieciséis años y ha sido un verano horrible para ella.
    —Tampoco ha sido demasiado bueno para ti. ¿Cómo puedes defenderla después de lo que te hizo?
    —Eso no importa. La experiencia me curtió, algo que ciertamente necesitaba. ¿Por qué has dejado que se la llevara estando tan enfadado? Prácticamente le has dado permiso para que le dé una zurra. No esperaba eso de ti, Manuel, de verdad. ¡Ahora!, por favor, te lo ruego. Volvamos y deja que me asegure de que está bien.
    «Te lo ruego.» Lucero repetía eso todo el tiempo. Las mismas palabras que habían envenenado el espíritu de Sheba Quest dos años antes, cuando le había implorado que la amase, salían de la boca de Lucero continuamente. Por la mañana, con el cepillo de dientes en la boca le gritaba: «¡Café! ¡Por favor, te lo ruego!» La noche anterior le había susurrado suave y tímidamente al oído: «Hazme el amor, Manuel. Te lo ruego.» Como si tuviese que rogárselo.
    Pero implorar no amenazaba el orgullo de Lucero. Era sólo su manera de expresarse y, si en algún momento fuera lo suficientemente tonto para sugerirle que suplicar podía ser humillante, Lucero le lanzaría esa mirada compasiva que él había llegado a conocer tan bien y le diría que dejara de ser tan estirado.
    Manuel le acarició el labio inferior con el índice.
    —¿Te haces una idea de lo mucho que lo siento?
    Lucero se removió con impaciencia bajo el roce de su mano.
    —¡Ya te he perdonado! ¡Ahora, vámonos!
    Manuel quiso besarla y sacudirla al mismo tiempo.
    —¿No lo entiendes? Por culpa de Heather todo el circo pensó que eras una ladrona. Ni siquiera yo te creí.
    —Eso es porque eres pesimista por naturaleza. Ahora, basta ya, Manuel. Entiendo que te remuerda la conciencia, pero tendrás que dejarlo para otro momento. Si Brady...
    —No hará nada. Está cabreado, pero no le pondrá un dedo encima.
    —¿Cómo puedes estar seguro?
    —Brady grita mucho, pero no es violento, en especial con su hija.
    —Siempre hay una primera vez.
    —Le oí hablando con Sheba un poco antes de que saliéramos. Ella protegerá a Heather como una leona a sus cachorros.
    —Que Heather vaya a ser protegida por Lizzie Borden no me tranquiliza —dijo Lucero mencionando a una famosa parricida.
    —Sheba no es cruel con todo el mundo.
    —Me odia.
    —Habría odiado a cualquiera que se hubiera casado conmigo.
    —Tal vez. Pero no de la manera que me odia a mí. Al principio no era tan malo, pero ahora...
    —Era más fácil cuando te odiaba todo el mundo. —Le frotó el hombro. —Siento que te hayas visto envuelta en esta batalla que tiene Sheba con su orgullo. Siempre ha poseído talento, incluso de niña, y por ese motivo han sido demasiado indulgentes con ella. Su padre la hacía trabajar duro, pero también alimentó su ego, y Sheba creció pensando que era perfecta. No puede aceptar que tiene debilidades como todo el mundo, así que siempre les echa la culpa de todo a los demás.
    —Supongo que no es fácil enfrentarse a tus propios defectos.
    —Oh, no. No comiences a sentir pena por ella. No bajes la guardia, ¿me oyes?
    —Pero yo no le he hecho nada.
    —Te has casado conmigo.
    Lucero frunció el ceño.
    —¿Qué fue lo que sucedió entre ustedes?
    —Ella creía que estaba enamorada de mí. Pero no lo estaba, sólo amaba mi linaje, aunque todavía no se ha dado cuenta. Tuvimos una escena muy desagradable y perdió los nervios. Cualquier otra mujer lo habría olvidado, pero Sheba no. Es demasiado arrogante para pensar que es culpa suya, por lo tanto la culpa es mía. Nuestro matrimonio fue un enorme golpe para su orgullo, pero mientras estuviste en desgracia, resultó llevadero para ella. No sé cómo reaccionará ahora.
    —Mal, supongo.
    —Sheba y yo nos conocemos bastante bien. Podía vivir con el pasado mientras me veía como un ser desgraciado, pero ahora no. Querrá castigarme por ser feliz y sólo tengo una debilidad. —La miró.
    —¿Yo? ¿Yo soy tu debilidad?
    —Si te hace daño a ti, me lo hace a mí. Por eso quiero que tengas cuidado.
    —Me parece una pérdida de tiempo malgastar toda esa energía intentando convencer a todo el mundo de que uno es mejor que nadie. No puedo comprenderlo.
    —Claro que no puedes. Te encanta señalar tus defectos a todo aquel que quiera escucharte.
    Lucero debió encontrar divertida la exasperación de Manuel porque sonrió.
    —De cualquier manera acabarían descubriéndolos por sí solos en cuanto pasaran el tiempo suficiente conmigo. Sólo les evito el esfuerzo.
    —Lo único que descubrirían es que eres una de las personas más decentes que conozco.
    Una expresión muy parecida a la culpa asomó en el rostro de Lucero, aunque Manuel no podía imaginar de que se sentía culpable. De repente, la joven volvió a mostrar su preocupación.
    —¿Estás seguro de que a Heather no le pasará nada?
    —No he dicho eso. Te aseguro que Brady la castigará.
    —Dado que soy la persona agraviada, debería decidir yo el castigo.
    —Brady no lo verá de ese modo, y Sheba tampoco.
    —¡Sheba! ¡Qué hipócrita! Le encantaba creer que yo era una ladrona. ¿Cómo puede castigar a Heather por concederle su más anhelado deseo?


    avatar
    YesseMH
    Team2
    Team2

    Mensajes : 148
    Fecha de inscripción : 14/04/2012

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Sáb Abr 20, 2013 9:46 pm

    Capitulo 103

    —Sheba estaba encantada porque pensaba que era verdad. Pero tiene un fuerte sentido de la justicia. Las gentes del circo llevan una vida itinerante y no hay nada que odien más que a un ladrón. Cuando Heather cometió el robo y mintió, violó todo en lo que Sheba cree.
    —Aun así, creo que es una hipócrita y no harás que cambie de idea. Si no haces algo con respecto a Brady, lo haré yo.
    —No, tú no harás nada.
    Lucero abrió la boca para discutir con él, pero antes de que pudiera emitir una palabra, Manuel se inclinó y la besó. La joven resistió dos segundos intentando demostrar que no era una chica fácil, pero enseguida se rindió.
    Santo Dios, a Manuel le encantaba besarla, le encantaba sentir cómo se fusionaba con él, la presión suave de sus pechos. ¿Qué había hecho para merecer a esa mujer? Era su ángel personal.
    Lo atravesó una oleada de frustración porque ella no exigía la venganza que merecía. Pero vengarse no formaba parte de la naturaleza de Lucero, por eso era tan vulnerable.
    Se apartó ligeramente para hablar y tuvo que obligarse a decir aquellas palabras tan inusuales en él.
    —Lo siento, cariño. Siento no haberte creído.
    —No importa —repuso ella.
    Manuel supo lo que ella quería decir y sintió como si su corazón explotara.
    Sheba estaba bajo las sombras del toldo, ocultando su sufrimiento, mientras observaba reírse a Manuel y Lucero frente a su caravana. Él quitó una paja del pelo a su esposa y luego le rozó la cara; un gesto tan íntimo que fue como si le hubiera acariciado el pecho.
    La amargura se extendió por su cuerpo como una vid corrupta, despojándola de todo lo demás. Habían pasado cuatro días desde que Heather había confesado la verdad y Sheba no podía soportar lo feliz que parecía la pareja. Sentía como si fuera a su costa, y Manuel no merecía ser feliz.
    —Olvídalo, Sheba.
    Se giró y vio a Brady caminando hacia ella. Él llevaba pavoneándose como un gallito por el recinto del circo desde la noche que habían pasado juntos. Sheba casi esperaba que se pusiera las manos bajo las axilas y cacarease. Era típico de Brady Pepper creer que porque se hubiera metido en su cama una vez tenía derecho de entrometerse en su vida.
    —Déjame en paz.
    —No es eso lo que quieres que haga.
    Sheba odió la mirada de lástima que él le lanzó.
    —No sabes nada.
    —Déjalo, Sheba. Manuel forma parte de tu pasado. Será mejor que lo olvides.
    —Suponía que dirías algo así. Eres todo un experto en olvidar, ¿no es cierto?
    —Si estás hablando de Heather...
    —Ya sabes que sí.
    Digirió la mirada hacia el camión de los elefantes donde Heather empujaba una carretilla cargada de estiércol. Ahora era ella quien se encargaba de esa tarea, la misma que había realizado Lucero. Sheba lo consideraba un castigo apropiado, pero Brady no estaba satisfecho. Lo había arreglado todo para enviar a Heather con su cuñada Terry en cuanto ésta regresara de visitar a su madre en Wichita.
    —Heather es cosa mía. En lugar de preocuparte por ella, por qué no piensas en lo bien que lo pasamos juntos la otra noche.
    —¿Bien? Pero ¡si casi nos matamos el uno al otro!
    —Sí. ¿No estuvo genial?
    Brady sonrió ampliamente ante el recuerdo y Sheba sintió un escalofrío traidor en su interior. Había estado bien: la excitación, la emoción de alcanzar el clímax junto a alguien con tan mal genio y tan exigente como ella. Se moría por acostarse con él otra vez, así que se puso una mano en la cadera y adelantó el labio inferior.
    —Preferiría que me abrieran en canal.
    —Pues nena, yo siempre tengo el taladro listo para el trabajo.
    Ella casi sonrió. Entonces vio que Manuel se inclinaba para besar a Lucero en la punta de la nariz. Cómo lo odiaba. Cómo los odiaba a los dos. A ella nunca la había mirado así.
    —Mantente alejado de mí, Brady. —Lo empujó al pasar por su lado y se alejó con paso airado.
    Tres días después, Lucero se dirigía a la casa de fieras con una bolsa de golosinas que había comprado cuando había pasado con Manuel por la tienda de comestibles. Tater iba detrás y los dos se detuvieron para admirar la voltereta que Peter Tolea, de tres años, estaba haciendo frente a su madre, Elena. La rumana, esposa del acróbata, sólo hablaba un poco de inglés, así que lucero y ella se saludaron en italiano, un idioma que ambas dominaban a la perfección.
    Tras hablar con Elena unos minutos, Lucero siguió caminando hacia la casa de fieras, donde pasó unos pocos minutos con Sinjun.
    «Díselo.»
    «Lo haré.»
    «Díselo ya.»
    «Pronto.»
    Le dio la espalda escapando de la reprimenda que creía haber visto en los ojos de Sinjun. Durante los últimos días Manuel había sido tan feliz como un niño y ella no había sido capaz de aguarle la fiesta. Sabía que a él le costaría acostumbrarse a la idea de un bebé, así que era importante elegir el momento adecuado para darle la noticia.
    Cogió las ciruelas que había comprado para Glenna y entró en la carpa. Pero la jaula de la gorila había desaparecido.
    Salió con rapidez. Tater abandonó el heno y trotó felizmente tras ella mientras se acercaba al camión que transportaba a las fieras. Troy estaba echando una siesta dentro de la cabina y ella se inclinó sobre la ventanilla abierta para sacudirle el brazo.
    —¿Dónde está Glenna?
    Troy se despertó sobresaltado y su desgastado Stetson chocó contra el espejo retrovisor cuando se enderezó.
    —¿Eh?
    —¡Glenna! No está en su jaula.
    Él bostezó.
    —Vinieron esta mañana por ella.
    —¿Quien?
    —Un tío. Sheba estaba con él. Cargó la jaula de Glenna en una camioneta y se piró.
    Aturdida, Lucero soltó al muchacho y dio un paso atrás. ¿Qué había tramado Sheba?
    Lucero encontró a Manuel revisando la lona del circo por si había desgarrones.
    —¡Manuel! ¡Se han llevado a Glenna!
    —¿Qué?
    Le explicó lo que había averiguado, y Manuel la miró con gravedad.
    —Vamos a hablar con Sheba.
    La dueña del circo estaba sentada tras el escritorio del vagón rojo ocupándose del papeleo. Tenía el pelo recogido y estaba vestida con un mono color caqui con el cuello adornado con un bordado de estilo mexicano. Lucero se puso delante de Manuel para enfrentarse a ella.
    —¿Qué has hecho con Glenna?
    Sheba levantó la vista.
    —¿Por qué quieres saberlo?
    —Porque soy yo quien se encarga de la casa de fieras. Es uno de mis animales y está bajo mi cuidado.
    —¿Perdón? ¿Uno de tus animales? Me temo que no.
    —Ya basta, Sheba—la interrumpió Manuel. —¿Dónde está la gorila?
    —La he vendido.
    —¿La has vendido? —la increpó él.
    —Por si no lo sabíais, el circo de los Hermanos Quest está de rebajas. Como todos os quejabais de la casa de fieras, he decidido venderla.
    —¿No crees que deberías habérmelo dicho?
    —Pues la verdad es que ni se me pasó por la cabeza. —Se levantó del escritorio y llevó un fajo de documentos al archivador.
    Lucero dio un paso adelante cuando Sheba abrió uno de los cajones.
    —¿A quién se la has vendido? ¿Dónde está?
    —No sé por qué estás tan disgustada. ¿No era a ti a quien le gustaba decir a todo el mundo lo inhumana que era nuestra exhibición de fieras?
    —Eso no quiere decir que quisiera que vendieras a Glenna. Quiero saber adónde se la han llevado.
    —A un nuevo hogar. —Sheba cerró el cajón.
    —¿Adónde?
    —¿Estás interrogándome?
    Manuel apoyó la mano en el hombro de Lucero.
    —¿Por qué no vuelves con los animales y dejas que yo me encargue de esto?
    —Quiero saber dónde está. Manuel, tengo que decirle un montón de cosas sobre las costumbres de Glenna al nuevo propietario. Odia los ruidos fuertes y le dan miedo las personas que llevan sombreros grandes. —Se le puso un nudo en la garganta al pensar que no vería otra vez a la dulce gorila. Quería que Glenna tuviera un nuevo hogar, pero le habría gustado poder despedirse de ella. Recordó la manera en que a la gorila le gustaba asearla y se preguntó si alguno de sus nuevos cuidado res le dejaría hacerlo. Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. —Le encantan las ciruelas. Tengo que decirles lo de las ciruelas.
    Manuel le dio una palmadita en el brazo.
    —Escribe una lista y me aseguraré de que la lean. Venga, ahora tengo que hablar con Sheba.

    Capitulo 104

    Lucero quiso protestar, pero se dio cuenta de que Manuel tendría más posibilidades de conseguir que Sheba colaborara si estaban solos. Se dirigió a la puerta, pero se detuvo en el umbral y volvió la mirada hacia la dueña del circo.
    —Ni se te ocurra hacerlo de nuevo, ¿me has oído? La próxima vez que vendas un animal, quiero saberlo antes. Y también quiero hablar con el nuevo propietario.
    Sheba arqueó las cejas.
    —No puedo creer que te atrevas a darme órdenes.
    —Pues créetelo. Y será mejor que me hagas caso. —Se dio la vuelta y los dejó solos.
    Durante un rato, ni Sheba ni Manuel abrieron la boca. Manuel dudaba que el discurso de Lucero hubiera intimidado a Sheba, pero se sintió orgulloso de que su esposa se hubiera defendido sola. Observó a su antigua amante y sólo sintió asco.
    —¿Qué te pasa, Sheba? Siempre has sido una mujer dura, pero nunca fuiste cruel.
    —No sé de qué te quejas. A ti tampoco te gusta la exposición de fieras.
    —No te hagas la tonta. Querías hacer daño a Lucero y lo has conseguido. La utilizas a ella para hacerme daño a mí y no pienso consentirlo.
    —No seas creído, no eres tan importante.
    —Te conozco, Sheba. Sé cómo piensas. Todo iba bien mientras la gente pensaba que Lucero era una ladrona, pero ahora que saben la verdad, no puedes soportarlo.
    —Hago lo que me da la gana, Manuel. Siempre lo he hecho y siempre lo haré.
    —¿Dónde está la gorila?
    —No es asunto tuyo. —Sheba salió de la caravana tras fulminarle con la mirada.
    Manuel se negó a ir tras ella, no pensaba darle la satisfacción de tener que pedirle nada. Se acercó al teléfono.
    Tardó un día en localizar al distribuidor al que Sheba había vendido la gorila. El distribuidor le pidió el doble de lo que le había pagado a Sheba por el animal, pero Manuel no regateó.
    Buscó un hogar confortable para Glenna y, el miércoles de la semana siguiente, pudo decirle a Lucero que su gorila se acababa de convertir en la nueva residente del zoo Brookfield de Chicago. Lo que no le dijo fue que había sido su dinero el que lo había hecho posible.
    Lucero rompió a llorar y le dijo que era el marido más maravilloso del mundo.
    Brady y Heather se detuvieron en el mostrador de la TWA en el aeropuerto de Indianápolis. La chica embarcaría en un avión de esa compañía rumbo a Wichita. No se habían dirigido la palabra desde que habían salido del recinto esa mañana, y a Brady le corroía la culpa, algo que no le gustaba nada. Sheba lo había insultado de todas las maneras que sabía y, el día anterior, Lucero lo había acorralado contra uno de los tenderetes para ponerlo de vuelta y media. Lo habían hecho sentir un canalla. Pero ninguna de ellas sabía lo que era tener una hija ni quererla tanto que haría cualquier cosa por ella. Miró enfadado a su hija.
    —Haz caso a tu tía Terry, ¿me oyes? Te llamaré todas las semanas. Si necesitas dinero me lo dices, y no se te ocurra empezar a salir con chicos todavía.
    Ella miró hacia delante, con la mochila agarrada firmemente entre las manos. Se la veía tan bonita, delgada y resentida, que a él le dolió el corazón. Quería proteger a su hija, protegerla y hacerla feliz. Daría su vida por ella.
    —Te enviaré un billete de avión para que vengas a Florida a pasar las vacaciones de Navidad con nosotros —dijo bruscamente. —Quizá podríamos ir a Disneylandia. ¿Te gustaría?
    Heather se volvió hacia él con la barbilla temblorosa.
    —No quiero volver a verte en mi vida.
    Brady sintió un dolor desgarrador en las entrañas.
    —No lo dices en serio.
    —Ojalá no fueras mi padre.
    —Heather...
    —No te quiero. Nunca te he querido. —Sin derramar ni una sola lágrima y con la cara inexpresiva, Heather lo miró directamente a los ojos. —Quería a mamá, pero a ti no.
    —No digas eso, cariño.
    —Deberías sentirte feliz. Ya no tienes que sentirte culpable por no quererme.
    —¿Quién te ha dicho que no te quiero? Maldita sea, ¿te lo han dicho los chicos?
    —Eres tú quien me lo ha dicho.
    —Jamás he hecho tal cosa. ¿De qué diablos hablas?
    —Me lo has demostrado de mil maneras. —Se puso la mochila al hombro. —Lamento lo que sucedió con el dinero, pero ya te lo dije. Ahora me piro al avión. No te molestes en llamarme. Siempre estaré demasiado ocupada para ponerme al teléfono.
    Se dio media vuelta y se alejó de él. Le enseñó el billete a la azafata y desapareció por la puerta de embarque.
    Santo Dios, ¿qué había hecho? ¿Qué había querido decir su hija con que le había demostrado de mil maneras que no la quería? Jesús, María y José, lo había jodido todo. Él sólo quería lo mejor para ella. Aquel era un mundo duro y tenía que ser exigente con ella o acabaría convirtiéndose en una vaga. Pero todo había salido mal.
    En ese momento se dio cuenta de que no podía dejar que se fuera. Sheba y Lucero habían tenido razón desde el principio.
    Empujó a la azafata al pasar por su lado y se coló por la puerta de embarque dando voces.
    —¡Heather Pepper, vuelve aquí ahora mismo!
    La alarmada azafata se interpuso en su camino.
    —Señor, ¿puedo ayudarle en algo?
    Los pasajeros que se interponían entre Heather y él se giraron para ver qué pasaba, pero ella siguió caminando.
    —¡Vuelve aquí inmediatamente! ¿Me has oído?
    —Señor, voy a tener que llamar a seguridad. Si tiene algún problema...
    —Venga, llámelos. Esa chica es mi hija y quiero que vuelva.
    Heather casi había llegado a la puerta del avión cuando Brady la alcanzó.
    —No pienso tolerar que ninguna hija mía me hable así. ¡Ni hablar! —La apartó a un lado con intención de decirle lo que se merecía. —Si crees que adoptando esa actitud conseguirás volver con tu tía Terry, estás muy equivocada. Mueve el culo, nos volvemos al circo, jovencita, y espero que te guste limpiar porque es lo que vas a hacer de camino a Florida.
    Ella se lo quedó mirando con los ojos tan abiertos que parecían caramelos azules de menta.
    —¿Me quedo?
    —Por supuesto que te quedas. Y no quiero volverte a oír hablar así. —Se le quebró la voz. —Soy tu padre, y si se te ocurre no quererme de la misma manera que yo te quiero, te arrepentirás.
    A continuación, Brady la abrazó y ella le devolvió el abrazo mientras los pasajeros que intentaban subir al avión los empujaban con sus bolsas y carritos, pero a ninguno de los dos pareció importarle. Brady siguió abrazando con fuerza a esa hija que amaba con locura y de la que no pensaba separarse nunca.
    La noche del lunes sólo hubo una función, así que Manuel invitó a Lucero a cenar fuera. La suave música flotaba en el comedor en penumbra de un lujoso restaurante en el centro de Indianápolis, donde la pareja tomó asiento en un reservado de la esquina.
    Ahora que ya no estaba preocupada por Glenna, Lucero se sentía como si le hubieran quitado un peso de encima. También había contribuido a su bienestar que Brady hubiera regresado del aeropuerto con Heather. El equilibrista no se había mostrado demasiado comunicativo al respecto, más bien se había comportado como un puerco espín cuando Lucero le había preguntado qué había sucedido, pero fue evidente que mantuvo a su hija pegada a él durante casi todo el día. Ésta no había estado tan feliz en todo el verano.
    De todas maneras, Lucero consideraba las últimas dos semanas las mejores de su vida. Manuel había sido tan tierno y cariñoso con ella que apenas parecía el mismo hombre. Estaba decidida a contarle lo del bebé esa noche, aunque aún no sabía cómo.
    Manuel sonrió; estaba tan guapo que el corazón de Lucero hizo una pirueta. A los hombres corpulentos no solía sentarles bien el traje, pero él era, definitivamente, una excepción.
    —Estás preciosa esta noche.
    —Pensé que ya no sabría cómo arreglarme. —Por una vez no se vio impulsada a decirle que su madre habría estado guapísima, tal vez porque a Lucero ya no le importaba su apariencia tanto como antes. Se había pasado tanto tiempo en vaqueros, coleta y con la cara lavada que esa noche se sentía muy sofisticada.
    —Te aseguro que estás estupenda.
    Ella sonrió. Para salir a cenar se había puesto la única ropa de vestir que tenía: un jersey de seda color hueso y una minifalda a juego. Había utilizado como cinturón una larga bufanda dorada y se la había enrollado dos veces a la cintura dejando colgar los flecos de los extremos. Las únicas joyas que llevaba puestas eran la alianza y unos discretos pendientes de oro. Como no había querido malgastar el dinero en ir a la peluquería, tenía el pelo más largo que nunca y, tras tantas semanas de llevarlo recogido, sentía el sensual roce en el cuello y en los hombros.
    El camarero dejó dos ensaladas ante ellos, cada una con corazones de alcachofa, vainas de guisante y pepino, regadas con salsa de frambuesa y sazonadas con queso rallado.
    En cuanto los dejó solos, Lucero susurró:
    —Tal vez deberíamos haber pedido la ensalada de la casa, esto parece demasiado caro.
    Manuel pareció divertirse con su preocupación.
    —Incluso los más humildes tenemos derecho a vivir la vida de vez en cuando.
    —Lo sé, pero...
    —No te preocupes por eso, cariño. Podemos permitírnoslo.
    Lucero decidió para sus adentros que las siguientes semanas haría comidas baratas para compensar el gasto. Aunque Manuel no hablaba jamás de dinero, ella no creía que un profesor universitario ganara demasiado.
    —¿No quieres que te sirva vino?
    avatar
    AnyeMl
    Team1
    Team1

    Mensajes : 81
    Fecha de inscripción : 20/01/2013
    Edad : 23
    Localización : Venezuela

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  AnyeMl el Sáb Abr 20, 2013 10:03 pm

    Aquí viene la parte mas esperada Evil or Very Mad iContinuala prontoo! lol! affraid
    avatar
    mirkis
    LMSmall
    LMSmall

    Mensajes : 19
    Fecha de inscripción : 17/09/2012

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  mirkis el Dom Abr 21, 2013 2:42 am

    Ahhhh ya quiero saber que le dira Manuel cuando se entera Very Happy
    avatar
    Danny Centeno
    Team2
    Team2

    Mensajes : 182
    Fecha de inscripción : 01/01/2013
    Edad : 21
    Localización : Nicaragua

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Danny Centeno el Dom Abr 21, 2013 2:53 am

    Shocked Jesus, maría y Jose(? Seguilaa yess!!

    Leysdania
    TeamLM♥
    TeamLM♥

    Mensajes : 273
    Fecha de inscripción : 30/04/2012
    Edad : 24
    Localización : Lima - Perú

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Leysdania el Dom Abr 21, 2013 3:04 am

    Yo espero todos los cap. con la misma emoción... Ok no!!! Siguele pronto que viene un cap. muuuy jajaja
    avatar
    YesseMH
    Team2
    Team2

    Mensajes : 148
    Fecha de inscripción : 14/04/2012

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Lun Abr 22, 2013 9:46 pm

    Capitulo 105

    —No, así está bien. —Al beber un sorbo de agua con gas, miró el vino que brillaba en la copa de Manuel. Había pedido una de las botellas más caras de la carta y a ella le habría encantado probarlo, pero no pensaba hacer nada peligroso para el bebé.
    No deberían tirar el dinero en una cena tan cara con un bebé en camino. Tan pronto como terminara la gira, buscaría un trabajo y trabajaría hasta que llegara el momento del parto, así podría ayudar con los gastos extra. Cuatro meses antes no se le hubiera pasado por la cabeza tal cosa, pero ahora la idea de trabajar duro no le preocupaba. Pensó que le gustaba mucho la persona en la que se había convertido.
    —Come. Me encanta verte meter el tenedor en la boca. —La voz de Manuel se había vuelto ronca y manifiestamente seductora. —Me recuerda a todas esas otras cosas que haces con ella.
    Lucero se ruborizó y volvió a concentrarse en la ensalada, pero sentía los ojos de Manuel clavados en ella con cada bocado que daba. Un montón de imágenes eróticas comenzó a desfilar por su mente.
    —¡Deja de hacer eso! —Soltó el tenedor con exasperación.
    Él acarició el tallo de la copa con aquellos dedos largos y elegantes, luego deslizó el pulgar por el borde.
    —¿Que deje de que hacer qué?
    —¡Deja de seducirme!
    —Pensaba que te gustaba que te sedujera.
    —No cuando me he arreglado para cenar en un restaurante.
    —Entiendo. Ya veo que no llevas sujetador. ¿Llevas bragas?
    —Por supuesto.
    —¿Algo más?
    —No. Con las sandalias no uso pantis.
    —Bien. Pues vas a hacer lo siguiente: levántate y ve al baño. Quítate las bragas y mételas en el bolso. Luego vuelve aquí.
    El calor se extendió por los lugares más secretos del cuerpo de Lucero.
    —¡No pienso hacer eso!
    —¿Sabes qué pasó la última vez que un Petroff desafió a un Romanov?
    —No, y no sé si quiero saberlo.
    —Perdió la cabeza. Literalmente.
    —Entiendo.
    —Pues te doy diez segundos.
    Aunque mantenía una expresión desaprobadora, a Lucero se le había disparado el pulso ante la idea.
    —¿Es una orden?
    —Apuesta tu dulce trasero a que sí.
    Aquellas palabras fueron como una caricia erótica que casi la hizo disolverse, pero logró apretar los labios y levantarse de la mesa con aparente renuencia.
    —Señor, es usted un tirano y un déspota.
    Salió del comedor con la ronca risa de Manuel resonando en sus oídos.
    Cuando regresó cinco minutos después, se acercó apresuradamente al reservado. Si bien las luces eran tenues, estaba segura de que todos podían darse cuenta de que estaba desnuda bajo la delgada tela de seda. Manuel la estudió con atención mientras se acercaba. Había tal arrogancia en su postura que no cabía duda de que era un Romanov de los pies a la cabeza.
    Cuando Lucero se acomodó a su lado, él le pasó un brazo por los hombros y le deslizó un dedo por la clavícula.
    —Pensaba decirte que abrieras el bolso y me mostraras tu ropa interior para estar seguro de que habías seguido mis órdenes, pero me parece que no será necesario.
    —¿Se nota? —Miró a los lados, alarmada. —Ahora todos saben que estoy desnuda debajo de la ropa y es culpa tuya. Nunca debí dejar que me convencieras de esto.
    Manuel le deslizó la mano bajo el pelo y la cogió por la nuca.
    —Tal y como yo lo recuerdo, no tenías otra opción. Fue una orden real, ¿recuerdas?
    Él había aprovechado todas las oportunidades que se le presentaban para tomarle el pelo desde el domingo, y ella disfrutaba de cada minuto. Le lanzó una mirada reprobatoria.
    —Yo no obedezco órdenes reales.
    Él se acercó más y le rozó la oreja con los labios.
    —Cariño, con un chasquido de dedos puedo hacer que te encierren en una mazmorra. ¿Seguro que no quieres reconsiderar tu postura?
    La llegada del camarero la salvó de responder. Había retirado los restos de la ensalada mientras ella estaba en el baño y ahora les sirvió el plato principal. Manuel había pedido salmón ahumado y ella pasta. Los linguini olían a sabrosas hierbas y a los camarones que se escondían entre las verduras. Mientras probaba el delicado manjar, Lucero intentó olvidarse de que estaba medio desnuda, pero Manuel no la dejó.
    —¿Lucero?
    —¿Mmm?
    —No quiero ponerte nerviosa, pero...
    Él levantó la servilleta que cubría el pan caliente y estudió atentamente la cesta y su contenido. Ya que todos los panecillos eran iguales, ella no entendía por qué tardaba tanto tiempo en elegir uno como no fuera para ponerla nerviosa.
    —¿Qué? —lo azuzó. —¿Qué decías?
    Manuel partió el pan y lo untó lentamente de mantequilla.
    —Si no me satisfaces por completo esta noche... —la miró, y sus ojos estaban llenos de fingido pesar— me temo que tendré que cederte a mis hombres.
    —¡Qué! —Lucero casi se levantó de un salto de los cojines.
    —Es sólo para inspirarte. —Con una sonrisa diabólica, hundió con firmeza los dientes blancos en el trozo de pan.
    ¿Quién podía haber imaginado que ese hombre tan complicado sería un amante tan imaginativo? Pensó que ese pícaro juego podían jugarlo los dos y sonrió con dulzura.
    —Entiendo, Su Alteza Imperial. Le aseguro que estoy demasiado aterrada por su real presencia para osar decepcionarle.
    Manuel arqueó una ceja diabólicamente mientras pinchaba un camarón del plato de Lucero y se lo acercaba a los labios de la joven.
    —Abre la boquita, cariño.
    Lucero se tomó su tiempo para comer el camarón y, mientras, deslizó los dedos por el interior de la pantorrilla de Manuel, agradeciendo la intimidad y la escasa luz del reservado que los resguardaban de miradas curiosas. Tuvo la satisfacción de sentir cómo a su marido se le tensaban los músculos de la pierna y supo que él no estaba tan relajado como parecía.
    —¿Tienes las piernas cruzadas? —preguntó él.
    —Sí.
    —Sepáralas. —Ella casi soltó un grito ahogado. —Y mantenlas así el resto de la velada.
    La comida se volvió insípida de repente y todo en lo que Lucero pudo pensar fue en salir del restaurante y meterse en la cama con él.
    Separó las piernas unos centímetros. Él le tocó la rodilla bajo el mantel, y su voz ya no sonó tan segura como antes.
    —Muy bien. Sabes acatar las órdenes. —Introdujo la mano debajo de la falda y la deslizó hacia arriba por el interior del muslo.
    Tal audacia la dejó sin aliento y, en ese momento, se sintió como una esclava bajo el yugo del zar. La fantasía la hizo sentirse débil de deseo.
    Aunque ninguno de los dos mostró señales de apresuramiento, acabaron de comer en un tiempo récord y rehusaron tomar el café y el postre. Pronto estuvieron de regreso en el circo.
    Manuel no le dirigió la palabra hasta que estuvieron dentro de la caravana, donde lanzó las llaves en el mostrador antes de volverse hacia ella.
    —¿Has tenido suficiente diversión por esta noche, cariño?
    El roce de la seda en su piel desnuda y su flirteo público habían hecho que Lucero abandonara sus inhibiciones, pero aun así se sintió un poco tonta cuando bajó la vista e intentó mostrarse sumisa.
    —Lo que Su Alteza Imperial desee.
    Él sonrió.
    —Entonces desnúdame.
    Ella le quitó la chaqueta y la corbata, y le desabotonó la camisa al mismo tiempo que presionaba la boca contra el torso que dejaba al descubierto. El roce sedoso del vello cosquilleó en sus labios poniéndole la piel de gallina. Lamió una de las oscuras y duras tetillas. Sintió los dedos torpes al forcejear con la hebilla del cinturón y, cuando por fin consiguió abrirlo, comenzó a bajarle la cremallera.
    —Desnúdate tú primero —dijo él, —pero antes dame la bufanda.
    A Lucero le temblaron las manos cuando se desató la bufanda dorada de la cintura y se la dio. Se quitó los pendientes y se deshizo de las sandalias. Con un grácil movimiento se pasó el jersey por la cabeza mostrando los pechos. La cinturilla de la falda cedió bajo los dedos y la frágil seda se le deslizó por las caderas. La apartó con el pie y se quedó desnuda ante él.
    Manuel la acarició con la mano, desde el hombro a la cadera, desde las costillas a los muslos, como si estuviera marcando una propiedad. El gesto licuó la sangre de Lucero en sus venas, enardeciéndola hasta tal punto que apenas era capaz de mantenerse en pie. Satisfecho, él cogió la bufanda y dejó que el extremo se deslizara lentamente entre sus dedos.
    Había una amenaza erótica en el gesto y Lucero no pudo apartar la vista de la tela. ¿Qué iba a hacer Manuel con ella?
    Contuvo el aliento cuando él le pasó la bufanda alrededor del cuello dejando que los extremos colgasen sobre sus pechos. Tomando los flecos en las manos, Manuel levantó primero un extremo y luego el otro, deslizándolos de un lado a otro. Los dorados hilos de seda le rozaron los pezones con suavidad. La sensación, cálida y pesada, se extendió por el vientre de Lucero.
    A Manuel se le oscurecieron los ojos hasta adquirir el color del brandy.
    —¿A quién perteneces?
    —A ti —susurró ella.
    Él asintió con la cabeza.
    —¿Ves qué sencillo es?
    Terminó de desnudarlo. Entonces, Lucero deslizó las palmas de las manos por los muslos de Manuel, sintiendo las duras texturas de la piel y los músculos. Estaba majestuosamente excitado. Ella sintió los pechos pesados y consideró que tenía más que suficiente, pero siguió con la fantasía.
    —¿Qué quieres ahora de mí? —preguntó.
    Él apretó los dientes y emitió un profundo sonido inarticulado mientras la empujaba por los hombros hacia abajo.
    —Esto.
    A Lucero se le paró el corazón. Acató su orden silenciosa y lo amó como quería. El tiempo perdió su significado. A pesar de estar en aquella postura sumisa, nunca se había sentido tan poderosa. Manuel le enredó los dedos en el pelo, mostrándole sin palabras lo que necesitaba. Los ahogados gemidos de placer de Manuel incrementaron la excitación de Lucero.
    La joven sintió la rígida tensión de los músculos bajo las palmas de las manos y la película de sudor que cubría aquella dura piel masculina. En ese momento Manuel la puso bruscamente en pie y la tendió en la cama.
    Retrocedió un paso para mirarla a los ojos.
    —Ábrete para mí y dejaré que me sirvas otra vez.
    Oh, Santo Dios. Manuel debió de sentir el estremecimiento que la recorrió porque sus ojos se entornaron con satisfacción. Lucero separó las piernas.
    —No tan rápido. —Él le atrapó el lóbulo de la oreja entre los dientes y lo mordisqueó con suavidad. —Primero tengo que castigarte.
    —¿Castigarme? —Ella se quedó rígida pensando en los látigos guardados bajo la cama, justo debajo de sus caderas.
    —Me has excitado, pero no has terminado lo que empezaste.
    —Eso fue porque tú...
    —Basta. —Manuel se levantó de nuevo y la miró con toda la noble arrogancia heredada de sus antepasados Romanov.
    Lucero se relajó. Él jamás le haría daño.
    —Cuando quiera tu opinión, mujer, te la pediré. Hasta entonces, será mejor que controles la lengua. Mis cosacos llevan demasiado tiempo sin una mujer.
    Ella le lanzó una mirada afilada.
    A Manuel le tembló la comisura de los labios, pero no sonrió. Se limitó a inclinar la cabeza y rozarle con los labios el interior del muslo.
    —Sólo hay un castigo adecuado para una esclava que no sabe guardar silencio. Una severa y cruel reprimenda.
    El techo dio vueltas mientras él cumplía su amenaza y la llevaba a un reino de ardiente placer, a un éxtasis tan antiguo como el tiempo. El cuerpo de Manuel se volvió resbaladizo por el sudor y tensó los músculos de los hombros bajo las manos de Lucero, pero no se detuvo. Sólo al final, cuando ella le rogó que forzara la dulce penetración que necesitaba con tanta desesperación.
    Manuel la penetró profundamente y toda diversión desapareció de sus ojos.
    —Quiero amarte —susurró.
    A ella le ardieron los ojos por las lágrimas cuando él dijo las palabras que tanto había deseado oír. Manuel se pegó a su cuerpo, y se dejaron llevar por un ritmo tan eterno como el latido de sus corazones. Se movieron como si fueran uno. Lucero sintió cómo su amado la llenaba por completo, llegando al mismo centro de su alma.
    Se perdieron en un torbellino de pasión; hombre y mujer, cielo y tierra. Todos los elementos de la creación convergiendo en una perfecta combinación.
    Cuando todo terminó, Lucero experimentó una dicha que nunca había sentido antes y tuvo la certeza de que todo iría bien entre ellos. «Quiero amarte», había dicho él. No había dicho, «quiero hacer el amor contigo», sino «quiero amarte». Y lo había hecho. No podía haberla amado más intensamente aunque hubiera repetido las palabras cien veces.
    Lo miró por encima de la almohada. Estaba de cara a ella, con los ojos medio cerrados y somnolientos. Extendiendo el brazo, Lucero le acarició la mejilla y él volvió la cabeza para besarle la palma de la mano.
    Ella le recorrió la mandíbula con el pulgar, disfrutando de la suave aspereza de su piel.
    —Gracias.
    —Soy yo quien debería darte las gracias.
    —¿Quiere eso decir que no vas a compartirme con tus cosacos?
    —No te compartiría con nadie.
    El juego erótico que habían estado jugando la había hecho olvidarse de la promesa que se había hecho interiormente de decirle lo del bebé esa noche.
    —Llevas días sin hablar del divorcio.
    Manuel se puso en guardia de inmediato y rodó sobre la espalda.
    —No he pensado en ello.
    Lucero se sintió desanimada por su retirada, pero ya sabía que iba a ser difícil y continuó presionándolo, aunque con toda la suavidad que pudo.
    —Me alegro. No es algo agradable en lo que pensar.
    La observó con una mirada preocupada.
    —Sé lo que quieres que diga, pero aún no puedo. Dame un poco más de tiempo, ¿vale?
    Con un nudo en la garganta, Lucero asintió con la cabeza.
    Parecía tan nervioso como un animal salvaje obligado a vivir bajo el yugo de la civilización.
    —Nos lo tomaremos día a día.
    Lucero comprendió que no debía seguir presionándolo. Pero el hecho de que él no hubiera mencionado que su matrimonio finalizaría en apenas dos meses le daba la suficiente esperanza como para retrasar un poco más la noticia del bebé.
    —Eso haremos.
    Él se incorporó y se reclinó contra las almohadas apoyadas contra el cabecero.
    —Sabes que eres lo mejor que me ha pasado en la vida, ¿verdad?
    —Sin lugar a dudas.
    Él se rio entre dientes y dio la impresión de que lo abandonaba parte de la tensión. Lucero se puso boca abajo, se apoyó en los codos y le acarició el vello del pecho con la yema de los dedos.
    —¿Catalina la Grande fue una Romanov?
    —Sí.
    —He leído que era una mujer muy lujuriosa.
    —Tenía un montón de amantes.
    —Y mucho poder. —Lucero se inclinó hacia delante y le mordisqueó el pectoral. Manuel se estremeció, así que lo mordisqueó otra vez.
    —¡Ay! —la cogió por la barbilla. —¿Qué es lo que está tramando exactamente esa retorcida mente tuya?
    —Sólo pensaba en todos esos hombres tan fuertes bajo el yugo de Catalina la Grande...
    —Aja.
    —... obligados a servirla... a someterse a ella.
    —Aja.
    Ella le acarició con los labios.
    —Te toca ser el esclavo, machote.
    Por un momento él pareció alarmado, luego soltó un profundo suspiro.
    —Creo que he muerto y he ido al cielo.
    avatar
    YesseMH
    Team2
    Team2

    Mensajes : 148
    Fecha de inscripción : 14/04/2012

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Mar Abr 23, 2013 9:56 pm

    Capitulo 106

    Manuel estuvo imposible toda la semana. Desde que fueron a cenar para luego disfrutar de aquellos juegos eróticos, buscó todo tipo de excusas para discutir con ella. Incluso en ese momento la miraba con el ceño fruncido mientras se secaba el sudor de la frente con el brazo.
    —¿No podías haber rellenado la bombona de gas cuando fuiste a hacer la compra al pueblo?
    —Lo siento, pero no sabía que estaba vacía.
    —Nunca te fijas en nada —añadió él con acritud. —¿Qué crees? ¿Que se rellena sola?
    Lucero apretó los dientes. Parecía como si se hubieran acercado demasiado aquella noche y necesitara distanciarse de ella otra vez. Por el momento había logrado esquivar todas las granadas que le había lanzado, pero cada vez le resultaba más difícil mantener a raya su propio temperamento. En ese instante tuvo que contenerse para hablar con calma.
    —No sabía que querías que lo hiciera yo. Siempre te has ocupado tú de esas cosas.
    —Sí, pero por si no te has dado cuenta, he estado muy ocupado últimamente. Han enfermado los caballos, se incendió la carpa de la cocina y ahora tenemos a un inspector de sanidad amenazando con multarnos por saltarnos no sé qué normas de seguridad.
    —Sé que has estado sometido a mucha presión. Si me lo hubieras dicho no me habría importado ocuparme de las bombonas.
    —Sí, claro. ¿Cuántas veces has rellenado una bombona?
    Lucero contó mentalmente hasta cinco.
    —Ninguna. Pero aprendería a hacerlo.
    —No te molestes. —Y se alejó a paso airado.
    Lucero ya no pudo contenerse ni un minuto más. Plantó una mano en la cadera y le gritó:
    —¡Que pases un buen día también!
    Manuel se detuvo, luego se giró para dirigirle una de sus miradas más sombrías.
    —¡No te pases!
    Lucero cruzó los brazos sobre el pecho y dio golpecitos en el suelo con la deportiva sucia. Puede que Manuel estuviera experimentando un montón de sentimientos que no sabía cómo manejar, pero eso no quería decir que tuviera que desahogar su frustración en ella. Lucero llevaba días intentando ser paciente, pero ya no aguantaba más.
    Manuel se acercó a ella apretando los dientes. Lucero se negó a retroceder.
    Manuel se paró delante de ella, intentando intimidarla con su tamaño.
    Lucero tuvo que reconocer que se le daba muy bien.
    —¿Pasa algo? —espetó él.
    Aquella discusión era tan ridícula que a ella no le quedó más remedio que sonreír con picardía.
    —Si alguien te dice que estás muy guapo cuando te enfadas, miente.
    La cara de Manuel adquirió un tono púrpura y Lucero pensó que explotaría. Pero en vez de eso, se limitó a alzarla por los codos y empujarla contra el remolque. Luego la besó hasta que Lucero se quedó sin aliento.
    Cuando finalmente la puso en el suelo, estaba de peor humor que antes de besarla.
    —¡Lo siento! —gritó.
    Como disculpa no era gran cosa, pues cuando se marchó parecía más un tigre malhumorado que un marido arrepentido. Aunque Lucero sabía que él estaba sufriendo, se le había agotado la paciencia. ¿Por qué tenía que hacerlo todo tan difícil? ¿Por qué no podía aceptar que la amaba?
    Recordó la vulnerabilidad que había visto en sus ojos la noche que le había pedido más tiempo. Sospechaba que Manuel sentía miedo de dar nombre a lo que sentía por ella. La dicotomía entre sus sentimientos y lo que creía saber sobre sí mismo estaba desgarrándolo por dentro.
    Eso era lo que se decía a sí misma, porque la alternativa —que no la amara— era algo en lo que no quería pensar. Y más si tenía en cuenta que aún no le había dicho que estaba embarazada.
    Disculpaba aquella cobardía de todas las maneras que se le ocurrían. Cuando las cosas iban bien entre ellos, se decía que no quería arriesgarse a perder la armonía y, cuando todo se desmoronaba, que había perdido el valor.
    Pero lo mirara como lo mirase, sabía que estaba comportándose como una cobarde. Debía enfrentarse al problema y, sin embargo, seguía huyendo de él. Ya había pasado casi un mes desde que se había hecho la prueba del embarazo. Debía de estar ya de dos meses y medio, pero no había ido al médico porque no quería arriesgarse a que Manuel lo descubriese. El que se estuviera cuidando no era excusa para no comenzar un correcto control prenatal, sobre todo si tenía que asegurarse de que el bebé no había resultado dañado por las píldoras anticonceptivas que había seguido tomando antes de descubrir que éstas habían fallado y estaba embarazada.
    Metió la mano en el bolsillo de los vaqueros y tomó una decisión. No había razón para seguir postergándolo más. De todas maneras era imposible seguir viviendo así. ¿Para qué seguir atormentándose? Se lo diría esa tarde. Eran necesarios dos para hacer un bebé y ya iba siendo hora de que ambos aceptaran sus responsabilidades.
    En cuanto acabó la función de la tarde fue a buscarlo, pero la camioneta no estaba. Lucero estaba cada vez más nerviosa. Después de haber estado posponiendo esa conversación tanto tiempo, lo único que deseaba era quitarse ese peso de encima.
    Deberían haberse visto a la hora de la cena, pero el inspector de sanidad retuvo a Manuel hasta que dio comienzo la última función. Cuando se dirigió a la puerta trasera del circo antes de la actuación, Lucero lo vio junto a Misha. Llevaba uno de los látigos enrollado al hombro y el extremo le colgaba sobre el pecho. La brisa le removía el pelo oscuro y la tenue luz arrojaba profundas sombras a sus rasgos.
    No había nadie con él. Era como si hubiera dibujado un círculo invisible a su alrededor, un círculo que mantenía a todo el mundo fuera, incluyéndola a ella. En especial a ella. Las lentejuelas rojas del cinturón de Manuel brillaron cuando pasó la mano sobre el flanco del animal. La frustración de Lucero fue en aumento. ¿Por qué tenía que ser tan testarudo?
    Mientras el público reía por las travesuras de los payasos, Lucero se acercó a él. Misha resopló y echó la cabeza hacia atrás. Lucero miró a la bestia con aprensión. No importaban las veces que representara el número, nunca se acostumbraría a él, incluyendo el aterrador momento en el que Manuel la montaba delante de él en la silla.
    La joven se detuvo delante del caballo.
    —¿Crees que alguien podría sustituirte después de la función? Tengo que hablar contigo.
    Manuel le respondió sin mirarla mientras ajustaba la cincha de la silla de montar.
    —Tendrás que esperar. Tengo mucho que hacer.
    Pero a Lucero se le había agotado la paciencia. Si no resolvían sus problemas ya, no serían capaces de sacar ese matrimonio adelante.
    —No puedo esperar.
    Las holgadas mangas de la camisa blanca de Manuel se hincharon cuando se incorporó.
    —Mira, Lucero, si es por lo de la bombona, ya te he dicho que lo siento. Sé que no ha sido fácil vivir conmigo estos últimos días, pero he tenido una semana muy dura.
    —Has tenido muchas semanas duras, pero nunca lo has pagado conmigo.
    —¿Cuántas veces tengo que disculparme?
    —No quiero tus disculpas. Lo único que quiero es hablar de los motivos por los que te distancias de mí.
    —Déjalo estar, ¿vale?
    —No puedo. —El número de los payasos llegaba a su fin. Lucero sabía que ése no era el mejor momento para hablar, pero ahora que había comenzado, no podía parar. —Nos estamos haciendo daño el uno al otro. Tenemos un futuro juntos y necesitamos hablar de ello. —Le acarició el brazo esperando que se apartara y, como no lo hizo, Lucero se sintió confiada para seguir. —Estos meses han sido los mejores de mi vida. Me has ayudado a encontrarme a mí misma, y espero haberte ayudado a hacer lo mismo. —Le puso las manos en el pecho y sintió el latido del corazón de Manuel a través de la tela de seda. La flor de papel que llevaba entre los pechos crujió y el extremo del látigo rozó la mano de Lucero. —¿No sientes cómo nos envuelve el amor? ¿No estamos mejor juntos que separados? Somos perfectos el uno para el otro —sin haberlo planeado siquiera, las palabras que había estado conteniendo tanto tiempo surgieron de su boca, —y también lo seremos para el bebé que estamos esperando.

    Leysdania
    TeamLM♥
    TeamLM♥

    Mensajes : 273
    Fecha de inscripción : 30/04/2012
    Edad : 24
    Localización : Lima - Perú

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Leysdania el Mar Abr 23, 2013 11:30 pm

    No te pases... como lo dejas ahí. Ya sabes lo que quiero jajajaj!!! Continuación :-)
    avatar
    ultra lucerina
    Team2
    Team2

    Mensajes : 174
    Fecha de inscripción : 09/05/2012
    Edad : 17
    Localización : Venezuela <3

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  ultra lucerina el Mar Abr 23, 2013 11:46 pm

    No Manches Shocked se lo Dijo Hay Weyyyy!!! affraid Siguelaaaa Porfis!!! Very Happy
    avatar
    mirkis
    LMSmall
    LMSmall

    Mensajes : 19
    Fecha de inscripción : 17/09/2012

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  mirkis el Miér Abr 24, 2013 3:02 am

    Ahhh siguelaaa!
    avatar
    YesseMH
    Team2
    Team2

    Mensajes : 148
    Fecha de inscripción : 14/04/2012

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Miér Abr 24, 2013 9:27 pm

    Capitulo 107

    Durante un segundo no pasó nada. Y luego todo cambió. Los tendones del cuello de Manuel se tensaron y los ojos se le oscurecieron mientras la miraba con algo que parecía terror. Después retorció la cara en una máscara de furia.
    Lucero apartó las manos de su pecho. El instinto la impulsó a escapar, pero ya había hecho lo más difícil y estaba dispuesta a mantenerse firme.
    —Manuel, no he buscado este bebé. Ni siquiera sé cómo ocurrió. Pero no voy a mentirte y a decir que lo siento.
    —Confié en ti —dijo el sin apenas mover los labios.
    —En ningún momento he traicionado tu confianza.
    Manuel cerró los puños y tragó compulsivamente. Por un momento, Lucero pensó que iba a golpearla.
    —¿De cuánto estás?
    —De unos dos meses y medio.
    —¿Cuánto hace que lo sabes?
    —Más o menos un mes.
    —¿Lo sabes desde hace un mes y no me has dicho nada?
    —Me daba miedo decírtelo.
    La alegre música de los payasos fue en aumento señalando el final del número. Manuel y ella eran los siguientes. Digger, que era el encargado de enviar a Misha a la pista en el punto álgido de la actuación, se acercó para hacerse cargo del caballo.
    Manuel agarró a Lucero del brazo y la alejó de los demás.
    —No vas a tener ningún bebé. ¿Entiendes lo que te digo?
    —No, no lo entiendo.
    —Mañana por la mañana, en cuanto nos levantemos, tú y yo nos iremos. Y cuando volvamos, no existirá ningún bebé.
    Ella lo miró conmocionada. Se le revolvió el estómago y tuvo que llevarse el puño a la boca. El público guardó silencio como siempre que Jack Daily comenzaba la dramática introducción de Alexi el Cosaco.
    —Yyyy... ahora, el circo de los Hermanos Quest se enorgullece en presentar...
    —¿Quieres que aborte? —susurró Lucero.
    —¡No me mires como si fuera un monstruo! ¡No te atrevas a mirarme así! Te dije desde el principio lo que pensaba de ese tema. Te abrí mi corazón para que lo entendieras. Pero, como siempre, has decidido que sabes más que nadie. Aunque no tienes ni una pizca de cordura en tu maldito cuerpo, ¡decidiste que eres más lista que nadie!
    —No me hables así.
    —¡Confié en ti! —Manuel hizo una mueca cuando las primeras notas de la balalaica rompieron el silencio de la noche. Era la señal para entrar en la pista. —Creía que tomabas las pastillas, pero me has engañado.
    Ella negó con la cabeza y se tragó la bilis que le subía por la garganta.
    —No voy a deshacerme del bebé.
    —¡Por supuesto que sí! Harás lo que yo diga.
    —Tú tampoco quieres. Sería algo horrible.
    —No tan horrible como lo que tú has hecho.
    —¡Manuel! —gritó uno de los payasos. —Es tu turno.
    Cogió el látigo de su hombro.
    —Nunca te lo perdonaré, Lucero. ¿Me oyes? Nunca. —Apartándose de ella, desapareció en dirección a la pista.
    Lucero se quedó paralizada, embargada por una desesperación tan profunda y amarga que no podía respirar. Oh, Santo Dios, ¡qué tonta había sido! Había pensado que él la amaba, pero Manuel había tenido razón todo el tiempo.
    No sabía amar. Le había dicho que no podía hacerlo y ella se negó a creerle. Ahora tendría que pagar por ello.
    Demasiado tarde recordó algo que había leído sobre los tigres: «Los machos de esta especie se desvinculan por completo de la vida familiar. No participan en la cría de los cachorros, ni siquiera los reconocen.»
    Manuel iba incluso más lejos. Quería aplastar esa brizna de vida que se había vuelto tan preciosa para ella. Quería destruirla antes de que pudiera llegar al mundo.
    —¡Espabila, Lucero! Te toca. —Madeline la agarró y la empujó hacia la puerta trasera del circo.
    El foco la iluminó. Desorientada, levantó el brazo, intentando protegerse los ojos.
    —... y ninguno de nosotros sabe cuánto le ha costado a esta joven entrar en la pista con su marido.
    Lucero se movió automáticamente al compás de la música de la balalaica, mientras Jack contaba la historia de la novia criada en un convento que había sido secuestrada por un poderoso cosaco. Apenas lo escuchó. No veía nada salvo a Manuel, el traidor, en el centro de la pista.
    Las luces arrancaban brillos carmesí del látigo que caía hasta sus brillantes botas negras, titilaban en el pelo oscuro de Manuel y en sus pálidos ojos dorados, que brillaban como los de un animal acorralado. Lucero seguía bajo la luz del foco cuando Manuel comenzó a mover el látigo. Pero esa noche el baile del látigo no hablaba de seducción, sino de locura salvaje, de furia.
    El público ovacionó con aprobación al principio, pero según transcurría el número, percibió la tensión de Lucero. La comunicación fluida que siempre había existido entre ellos había desaparecido. La joven ni siquiera se sobresaltó cuando Manuel cortó el rollo de papel en su boca, de hecho actuaba como una autómata. La embargaba una desesperación tan profunda que no sentía absolutamente nada.
    El ritmo del acto decaía en picado. Manuel destruyó uno de los rollos en dos cortes, otro en cuatro. Olvidó una variante en la que había añadido una serpentina al extremo del rollito, y cuando envolvió las muñecas de Lucero con el látigo, los espectadores se removieron inquietos. En el aire se palpaba la tensión de la pareja y lo que antes había sido un acto de seducción ahora parecía una violenta parodia. En lugar de un marido intentando ganarse el amor de su esposa, el público veía a un hombre peligroso amenazando a una pequeña mujer frágil e indefensa.
    Manuel notó lo que ocurría y se dejó llevar por su amor propio. Se dio cuenta de que no podía permitirse el lujo de rodearla con el látigo sin que el público se pusiera en su contra, pero por otro lado necesitaba un gesto final que diera por concluida la actuación antes de indicar a Digger que soltara a Misha.
    Deslizó la mirada por el cuerpo de Lucero y sus ojos cayeron sobre la flor de papel que emergía entre sus pechos, y se dio cuenta de que la había olvidado antes. Con un gesto de cabeza le indicó a Lucero lo que iba a hacer. La joven lo observó sin moverse; lo único que quería era acabar de una vez para poder marcharse y ocultarse del mundo.
    La música de la balalaica creció en intensidad mientras ella clavaba los ojos en su marido. Si no hubiera estado tan petrificada, se habría dado cuenta del sufrimiento de Manuel, de que lo embargaba una pena tan profunda como la suya.
    Él movió los brazos y dio un latigazo con un rápido movimiento de muñeca. La punta del látigo voló hacia ella como docenas de veces antes, pero esta vez Lucero lo vio todo a cámara lenta. Con una extraña sensación de desapego, ella esperó que volaran los pétalos de la flor, pero en su lugar sintió un dolor abrasador.
    avatar
    Danny Centeno
    Team2
    Team2

    Mensajes : 182
    Fecha de inscripción : 01/01/2013
    Edad : 21
    Localización : Nicaragua

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Danny Centeno el Miér Abr 24, 2013 10:16 pm

    Shocked Shocked Shocked No inventeees!!! :C *llora*
    avatar
    mirkis
    LMSmall
    LMSmall

    Mensajes : 19
    Fecha de inscripción : 17/09/2012

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  mirkis el Jue Abr 25, 2013 2:25 pm

    Cada vez se pone mejor esta novela...siguela porfa!
    avatar
    YesseMH
    Team2
    Team2

    Mensajes : 148
    Fecha de inscripción : 14/04/2012

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Jue Abr 25, 2013 9:49 pm

    Capitulo 108

    Se quedó sin aliento. Una punzada ardiente atravesó su cuerpo cuando el látigo impactó en ella desde el hombro hasta el muslo. La pista comenzó a girar y ella a caer. Pasaron unos segundos y luego volvió a sonar la música, una enérgica y alegre melodía que parecía un extraño contrapunto a aquel dolor tan intenso que le impedía respirar. Sintió que la alzaban unos brazos fuertes y que los payasos entraban a la pista a toda velocidad.
    Lucero seguía consciente aunque no quería. A sus oídos llegó una oración. La música, el murmullo del público, todo resonaba débilmente detrás del muro de dolor que la envolvía.
    —¡Apartad! ¡Atrás todos!
    La voz de Manuel. Era Manuel quien la llevaba en brazos. Manuel, el enemigo. El traidor.
    Lucero sintió el duro y cortante frío del exterior cuando la tendió al lado de la carpa. Su marido se inclinó sobre ella, utilizando su cuerpo para ocultarla de los demás.
    —Cariño, lo siento. Oh, Dios mío, cuánto lo siento.
    Lucero utilizó las fuerzas que le quedaban para apartar la mirada de él y clavarla en la polvorienta lona de nailon. Jadeó de dolor cuando Manuel rozó con una mano los pedazos desgarrados del maillot.
    Lucero tenía los labios tan secos y pegados que no podía abrirlos.
    —No me toques...
    —Déjame ayudarte. —La respiración de Manuel era rápida y entrecortada. —Te llevaré a la caravana.
    Lucero gimió cuando la alzó en brazos, odiando que la moviera y la hiciera sentir más dolor.
    —Nunca te perdonaré por esto —susurró.
    —Ya, ya lo sé.
    Una abrasadora estela de fuego le bajaba desde el hombro al centro del pecho y desde el vientre hasta la cadera. Sentía tanto dolor que no se dio cuenta de que habían atravesado el recinto y entrado en la caravana hasta que Manuel la dejó sobre la cama.
    Una vez más, Lucero apartó la mirada de él, mordiéndose los labios para no gritar cuando su marido le quitó lentamente el destrozado maillot.
    —Tu pecho... —él contuvo el aliento. —Tienes un verdugón, pero no tienes la piel cortada, sólo amoratada.
    El colchón se movió cuando él se levantó, pero regresó enseguida.
    —Sentirás frío. Voy a ponerte una compresa.
    Lucero dio un respingo cuando él le cubrió la piel ardiente con una toalla húmeda y fría. Apretó los párpados, deseando que pasara todo.
    La toalla se calentó por la piel ardiente y Manuel se la quitó para reemplazarla por otra. El colchón se hundió de nuevo cuando él se sentó a su lado. Comenzó a hablar, con voz suave y ronca.
    —No soy... no soy tan pobre como te he hecho creer. Doy clases en la universidad, pero... pero además me dedico a la compraventa de arte ruso. Y soy asesor en algunos de los mejores museos del país.
    Las lágrimas se deslizaron por los párpados de Lucero y cayeron en la almohada. Cuando las compresas comenzaron a surtir efecto, el dolor disminuyó y se convirtió en un latido sordo y vibrante.
    Manuel continuó hablando con frases entrecortadas y titubeantes.
    —Me consideran una autoridad en iconografía rusa en... en Estados Unidos. Tengo dinero. Prestigio. Pero no quería que lo supieras. Quería que pensaras que era un inculto y pobre trabajador del circo. Quería... ahuyentarte.
    —Ya no me importa —se obligó a decir Lucero.
    Manuel hablaba ahora con rapidez, como si se le acabara el tiempo.
    —Poseo una... una gran casa de ladrillo. En Connecticut, no lejos del campus. —Con un toque ligero como una pluma, reemplazó la compresa por una nueva. —Está repleta de arte y cosas bellas y también... también tengo un granero en la parte de atrás con un establo para Misha.
    —Por favor, déjame en paz.
    —No sé por qué sigo viajando con el circo. Siempre que lo hago me juro que será la última vez, pero después pasan unos años y comienzo a sentirme inquieto. No importa si estoy en Rusia, en Ucrania, o en Nueva York, al final acabo sintiendo una llamada que me impulsa a volver. Supongo que siempre seré más Markov que Romanov.
    Ahora que ya no importaba, Manuel le contaba todo aquello que ella le había rogado que le revelara durante meses.
    —No quiero oír más.
    Manuel le ahuecó la cintura con la mano en un gesto extrañamente protector.
    —Ha sido un accidente. Lo sabes, ¿no? No sabes cuánto lo siento...
    —Sólo quiero dormir.
    —Lucero, soy un hombre rico. Esa noche, cuando fuimos a cenar, sé que estabas preocupada por la cuenta... No tienes... no tienes que preocuparte nunca más por el dinero.
    —No me importa.
    —Sé que te duele. Mañana te encontrarás mejor. Te saldrá un cardenal doloroso, pero no te quedará cicatriz. —Manuel vaciló como si se diera cuenta de la terrible mentira que había dicho.
    —Por favor —dijo ella. —Si te importo algo, déjame en paz.
    Hubo un largo silencio. Luego el colchón se movió de nuevo cuando Manuel se inclinó y le rozó los húmedos párpados con los labios.
    —Si necesitas algo, enciende la luz. Vendré de inmediato.
    Ella esperó que se fuera. Esperó que saliera de la caravana para poder romperse en un millón de pedazos.
    Pero Manuel no se apiadó de ella. Levantó la punta de la compresa y sopló con suavidad, enviando una oleada de aire que le enfrió la piel. Algo caliente y húmedo cayó sobre ella, pero Lucero estaba demasiado aturdida para saber lo que era.
    Finalmente Manuel se levantó de la cama y la caravana se llenó de los familiares sonidos de su marido cambiándose de ropa: el sordo ruido de las botas contra el suelo, el leve susurro de las lentejuelas al quitarse el fajín rojo, el roce de la cremallera de los vaqueros. Lucero sintió que pasaba una eternidad antes de que oyera cerrarse la puerta.
    El gruñido del tigre saludó a Manuel cuando salió de la caravana. Se detuvo en los escalones y tomó aire. Las luces de colores iluminaban los banderines, pero él era incapaz de ver nada más que el obsceno verdugón rojo que cruzaba la frágil piel de Lucero. A Manuel le picaban los ojos por las lágrimas contenidas y le ardían los pulmones. ¿Qué había hecho?
    Se acercó a ciegas a la jaula del tigre. La función aún no había terminado. La zona de las caravanas estaba desierta salvo por un par de payasos con los que evitó cruzarse.
    Todo había salido mal esa noche.; Por qué no había dado por finalizado el número antes? Debería haberle indicado a Digger que enviara a Misha cuando supo que aquello no iba bien. Pero había estado demasiado furioso. Su orgullo le había exigido que hiciera un truco más para intentar salvar la función. Sólo un truco más, como si eso hubiera podido arreglar algo.
    Manuel apretó los párpados. Lucero tenía una piel pálida y delicada. El verdugón le cruzaba el pecho y aquel dulce vientre todavía plano donde crecía su hijo. Su hijo. Ese ser del que le había dicho a Lucero que se deshiciera. Como si Lucero pudiera hacer algo así. Como si él pudiera dejar que lo hiciera. Las feas y horribles palabras que había dicho le resonaron en los oídos. Palabras que ella nunca olvidaría ni perdonaría. Porque ni siquiera Lucero tenía el corazón tan grande como para perdonar algo semejante.
    Cuando llegó a la jaula, Sinjun le sostuvo la mirada sin parpadear, con tanta atención que pareció llegar a los rincones más profundos de su alma. ¿Qué veía el tigre? Manuel traspasó la cuerda de seguridad y agarró los barrotes. Aquel lugar frío y vacío que siempre había tenido en su interior había desaparecido, pero ¿qué había ocupado su lugar?
    La mirada de Manuel se clavó en la del tigre y se le pusieron los pelos de punta. Por un momento todo quedó en suspenso y luego oyó una voz —su propia voz— diciéndole exactamente lo que veía el tigre.
    «Amor.»
    El corazón le golpeó las costillas. «Amor.» Ése era el sentimiento que no había reconocido, el sentimiento que había provocado el deshielo. Estaba aprendiendo a amar. Lucero se había dado cuenta. Había sabido lo que le ocurría aunque él lo había negado.
    La amaba. Total y absolutamente. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Era más preciosa para él que todos esos iconos antiguos y que las obras de arte que llenaron su vida durante tanto tiempo. Al vivir con ella había aprendido a ser feliz. Lucero le había mostrado la alegría, la pasión, todo... Y lo había hecho con una impresionante humildad. ¿Y qué le había dado él a cambio?
    «No te amo, Lucero. Nunca lo haré.»
    Apretó los párpados al recordar cómo había negado una y otra vez el precioso regalo que ella le daba. Pero con un valor que le dejaba sin aliento, Lucero había seguido ofreciéndoselo. No importaba cuántas veces hubiera negado Manuel su amor, ella continuaba brindándoselo.
    Ahora aquel amor estaba encarnado en el niño que crecía en el vientre de su esposa. El niño que había dicho que no quería. El niño que deseaba con cada latido de su corazón.
    ¿Qué había hecho? ¿Cómo iba a recuperar a su esposa? Volvió la cabeza hacia la caravana, deseando que la luz estuviera encendida, pero la ventana permanecía en penumbra.
    Tenía que ganársela de nuevo, tenía que hacer que perdonara todas las desagradables palabras que había dicho. Había sido tan arrogante, había estado tan ciego, tan obsesionado con el pasado, que le había dado la espalda al futuro. La había traicionado de un modo tan absoluto que nadie en su lugar lo perdonaría.
    Pero Lucero no era una mujer común. Para ella amar era tan natural como respirar. No era capaz de contener su amor igual que no era capaz de hacer daño a nadie. Buscaría misericordia en su dulzura y en su generosidad. No tendría más secretos para ella. Le diría todo lo que sentía y, si eso no la ablandaba, le recordaría aquellos votos sagrados que siempre sacaba a relucir. Se aprovecharía de su simpatía, la intimidaría, le haría el amor hasta que no recordara que la había traicionado. Le recordaría que ahora era una Markov, y que las mujeres Markov luchaban por sus hombres, incluso aunque éstos no se lo merecieran.
    La ventana de la caravana seguía a oscuras. Decidió dejarla dormir, darle tiempo para que se recuperara, pero en cuanto amaneciera haría todo lo que estuviera en su mano para ganársela de nuevo.
    El circo comenzaba a vaciarse y él se puso a trabajar. Mientras desmontaban la cubierta, pensó en cómo podría demostrarle su amor, cómo podría hacerle ver que, a partir de ahora, todo sería diferente entre ellos. Volvió la mirada a la ventana oscura de la caravana, luego corrió a la camioneta. Diez minutos más tarde, encontró una tienda que abría toda la noche.
    No había mucho para elegir, pero se llenó los brazos con todo lo que encontró a su paso: galletitas saladas para niños con forma de animales, un sonajero de plástico azul y un patito amarillo; un ejemplar del libro sobre educación infantil del doctor Spock, un babero de plástico con un conejo de grandes orejas y una caja de harina de avena, porque Lucero tendría que alimentarse bien.
    Regresó al circo con los regalos tan rápido como pudo. La bolsa se rompió cuando la cogió del asiento delantero. La cerró con sus grandes manos y corrió hacia la caravana. Cuando Lucero viera todo eso, comprendería lo que ella significaba para él. Lo mucho que quería ese bebé; sabría cuánto la amaba.
    Se le cayó el sonajero mientras giraba la manilla de la puerta. El juguete de plástico rebotó en el escalón superior y luego rodó por la hierba. Manuel entró corriendo sin prestarle atención.
    Lucero se había ido.

    Capitulo 109
    Petroff lo fulminó con la mirada.
    —¿Por qué pierdes el tiempo buscándola aquí? Ya te dije que me pondría en contacto contigo en cuanto supiera algo de ella.
    Manuel miró por la ventana, escrutando Central Park como si pudiera encontrar la respuesta en el parque. No podía recordar cuándo había sido la última vez que había comido algo decente o dormido más de unas cuantas horas sin despertar sobresaltado. Tenía el estómago revuelto, había perdido peso y sabía que estaba hecho un desastre.
    Hacía un mes que Lucero había huido, pero no estaba más cerca de localizarla ahora que la noche que había desaparecido. Había seguido una pista tras otra, faltando a más funciones de las que podía enumerar, pero ni él, ni el detective que había contratado, habían conseguido averiguar nada.
    Max le había dado una lista de las personas con las que podía haber contactado Lucero, y Manuel había ido a visitarlas a todas, pero era como si su esposa hubiera desaparecido de la faz de la tierra. Él rezaba para que sus alas de ángel la mantuvieran a salvo.
    Se volvió lentamente y se enfrentó a Max.
    —He pensado que podías haber pasado algo por alto. Lucero no tenía más de cien dólares cuando se fue.
    Amelia intervino desde el sofá.
    —Manuel, ¿de verdad piensas que Max te ocultaría algo después de todo el trabajo que se tomó para que estuvierais juntos?
    La manera que tenía Amelia de arquear las cejas siempre le había hecho rechinar los dientes y, con los nervios a flor de piel, Manuel no pudo ocultar su desagrado.
    —La cuestión es que mi esposa ha desaparecido y nadie sabe dónde está.
    —Tranquilo, Manuel. Estamos tan preocupados por ella como tú.
    —Te aconsejo —dijo Amelia— que le preguntes a ese empleado que la vio por última vez.
    Manuel había interrogado a Daniel hasta la saciedad, y ya se había convencido de que el anciano no tenía nada más que decirle. Mientras Manuel cometía la estupidez de ir a aquella tienda, Daniel había visto cómo Lucero se subía a un camión de dieciocho ruedas. Llevaba puestos los vaqueros y, en la mano, la pequeña maleta de Manuel.
    —No puedo creer que hiciera autoestop —dijo Max. —Podrían haberla asesinado.
    Aquella angustiosa posibilidad había tenido a Manuel en vilo durante tres días, pero una tarde Jack salió precipitadamente del vagón rojo para decirle que acababa de hablar con Lucero por teléfono. Al parecer había llamado para asegurarse de que los animales estaban bien.
    Colgó sin mencionarlo a él en cuanto Jack intentó sonsacarle dónde se encontraba.
    Manuel maldijo las circunstancias que habían evitado que fuera él quien contestara al teléfono, luego recordó la media docena de llamadas que no habían tenido más respuesta que un chasquido al otro lado de la línea. Lucero había llamado hasta que fue otra persona la que respondió. No quería hablar con él.
    Max se paseó de un lado a otro de la estancia.
    —No puedo comprender por qué la policía no se lo toma más en serio.
    —Porque desapareció voluntariamente.
    —Pero podría haberle ocurrido cualquier cosa desde entonces. No es capaz de valerse por sí misma.
    —Eso no es cierto. Lucero es inteligente y no le asusta el trabajo duro.
    Max ignoró sus palabras. A pesar del incidente que había presenciado con Sinjun, todavía veía a su hija como una persona inútil y frívola.
    —Tengo amigos en el FBI, ya va siendo hora de que hable con alguno de ellos.
    —Centenares de testigos vieron lo que sucedió esa noche en la pista. La policía cree que tenía razones de sobra para desaparecer.
    —Eso fue un accidente y, a pesar de todos sus defectos, Lucero no es vengativa. Nunca te guardaría rencor. No, Manuel. Tiene que haber alguien más implicado, no dejaré que me mantengas al margen más tiempo. Hoy mismo me pondré en contacto con el FBI.
    Manuel no le había explicado a Max toda la verdad, y era eso lo que le había impulsado a ir allí ese día. Al no haberle puesto al corriente de todos los hechos, se estaba reservando una información que podría dar una pista a Max o a Amelia sobre el paradero de Lucero. No le gustaba tener que decir nada desagradable de sí mismo, pero su orgullo no era tan importante como la seguridad y el bienestar de su mujer y su hijo.
    Cuando miró a su suegro se dio cuenta de que había envejecido considerablemente durante el último mes. Había perdido parte de la flema diplomática que le caracterizaba. Sus movimientos eran más lentos y su voz menos firme. A su manera —rígida y prejuiciosa, por lo que Manuel había podido observar, —Max quería a Lucero y sufría por ella.
    Manuel miró por un momento el samovar de plata que había encontrado para Max en una galería de París. Había sido diseñado por Peter Cari Faberge para el zar Alejandro III y llevaba impresa el águila imperial rusa. El distribuidor le había dicho que databa de 1886, pero el detalle de la pieza hacía que Manuel pensara que se acercaba más a 1890.
    Contemplar el talento de Faberge era menos duro que pensar en lo que tenía que contarle a Max. Se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y luego las sacó. Carraspeó.
    —Lucero no sólo estaba molesta conmigo por lo que le hice con el látigo.
    Max lo miró fijamente.
    —¿Qué?
    —Está embarazada.
    —Te lo dije —dijo Amelia desde el sofá. Max y Amelia intercambiaron una mirada que puso a Manuel en guardia.
    —Claro que me lo dijiste, cariño —dijo Max en tono cariñoso.
    —Y supongo que la reacción de Manuel al oír las buenas nuevas no fue demasiado agradable.
    Amelia era irritante pero no estúpida. Aquellas palabras fueron como meter el dedo en la llaga.
    —Me comporté mal con ella —admitió él.
    Amelia miró a su marido con aire satisfecho.
    —También te dije que ocurriría eso.
    Manuel trago saliva antes de obligarse a decir el resto.
    —Le ordené que abortara.
    Max apretó los labios.
    —¿Cómo te atreviste a decirle eso?
    —Cualquier cosa que me digas ya me la he dicho yo mil veces.
    —¿Sigues pensando igual?
    —Por supuesto que no —dijo Amelia. —Sólo hay que mirarle a la cara para darse cuenta. La culpa le pesa sobre los hombros. —Se levantó del sofá. —Voy a llegar tarde al masajista. Ya resolveréis esto vosotros solos. Felicidades, Max.
    Manuel percibió que había algo oculto en las últimas palabras de Amelia y en la sonrisita cómplice que intercambió con Max. Se la quedó mirando mientras abandonaba la estancia y supo que Max y ella le ocultaban algo.
    —¿Tiene razón Amelia? —inquirió Max. —¿Ya no piensas lo mismo?
    —Tampoco lo pensaba cuando se lo dije a ella. Pero me dio la noticia de sopetón y la adrenalina me nubló la razón —estudió a Max. —Amelia no se ha sorprendido al oír que Lucero estaba embarazada a pesar de saber que tomaba la píldora. ¿Por qué?
    Max se acercó a la vitrina de nogal y observó la colección de porcelana a través de las puertas de cristal.
    —Lo esperábamos, eso es todo.
    —¡Estás mintiendo! Lucero me dijo que era Amelia quien compraba las pastillas. ¿Qué me estás ocultando?
    —Nosotros... hicimos lo que creímos más conveniente.
    Manuel se quedó paralizado. Pensó en el pequeño bote de las píldoras de Lucero. Como si lo estuviera viendo en ese momento, recordó que no tenía precinto. En esta época de medicamentos precintados, aquellas píldoras no lo llevaban.
    La presión que sentía desde que Lucero desapareció le oprimió el pecho. Una vez más había dudado de su esposa y, de nuevo, se había equivocado.
    —Lo planeaste tú, ¿no? Igual que planeaste todo lo demás. Reemplazaste sus píldoras.
    —No sé de qué me hablas.
    —No quiero jugar al gato y al ratón. Dime la verdad, Max. Dímela ya.
    El hombre pareció derrumbarse. Se le doblaron las rodillas y se hundió en la silla que tenía más cerca.
    —¿No lo entiendes? Era mi deber.
    —¿Tu deber? Debí suponer que lo verías así. No puedo creer que haya sido tan estúpido. Siempre he sabido lo obsesionado que estás con la historia de mi familia, pero nunca se me ocurrió que pudieras hacer algo así. —La amargura le revolvió el estómago. Desde el principio, Lucero y él no habían sido más que títeres de Max.
    —¿Y qué? Por Dios, deberías agradecérmelo. —Max se levantó de un salto de la silla. Apuntó a Manuel con un dedo tembloroso. —Para ser historiador, no respetas tu linaje. ¡Eres bisnieto del zar!
    —Soy un Markov. Eso es lo único que significa algo para mí.
    —Una panda de vagabundos. Vagabundos, ¿me oyes? Eres un Romanov y tu deber era tener un hijo. Pero no querías ser padre, ¿verdad?
    —¡Ésa era una decisión mía, no tuya!
    —Esto es mucho más importante que un capricho egoísta.
    —Cuando Lucero me dijo que estaba embarazada pensé que lo había hecho a propósito. ¡La acusé de haberme mentido, bastardo!
    Max hizo una mueca y la justa indignación de Manuel perdió fuelle.
    —Manuel, míralo desde mi punto de vista. Sólo disponía de seis meses y tenía que aprovecharlos. No podía esperar que llegaras a enamorarte de ella, es imposible que un hombre con tu inteligencia se interese por alguien tan atolondrado como mi hija, salvo para acostarse con ella.
    Manuel sintió ganas de vomitar. ¿Cómo era posible que su educada e inteligente esposa sintiera cariño por un padre que tenía tan poco respeto por ella?
    avatar
    ultra lucerina
    Team2
    Team2

    Mensajes : 174
    Fecha de inscripción : 09/05/2012
    Edad : 17
    Localización : Venezuela <3

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  ultra lucerina el Jue Abr 25, 2013 10:44 pm

    Genial!! Siguelaaa!!
    Estupenda WN Very Happy
    avatar
    mirkis
    LMSmall
    LMSmall

    Mensajes : 19
    Fecha de inscripción : 17/09/2012

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  mirkis el Vie Abr 26, 2013 6:52 am

    Gracias por subir los capitulos cada dia. Esta buenisima WN Wink
    avatar
    YesseMH
    Team2
    Team2

    Mensajes : 148
    Fecha de inscripción : 14/04/2012

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Vie Abr 26, 2013 9:38 pm

    Capitulo 110

    —Lucero es más lista que nosotros dos juntos.
    —No es necesario que enmascares los hechos.
    —No lo hago. No conoces a tu hija en absoluto.
    —No podía aceptar que vuestro matrimonio finalizara sin intentar que hubiera un heredero Romanov.
    —No era asunto tuyo.
    —Eso no es cierto. A lo largo de la historia, los Petroff siempre se han dedicado a hacer lo mejor para los Romanov, incluso aunque los Romanov no estuvieran de acuerdo.
    Mientras miraba a Max, Manuel se dio cuenta de que el padre de Lucero estaba obsesionado con ese tema. Max podía ser un hombre coherente en todo lo demás, pero no en eso.
    —Ibas a dejar que muriera tu estirpe —dijo Max, —y yo no podía consentirlo.
    No había nada más que discutir con él. Para Max el niño que Lucero llevaba en su vientre no era más que un peón, pero ese bebé significaba algo muy diferente para Manuel, y todos sus instintos paternos afloraron para protegerlo.
    —¿Qué ******* ha estado tomando Lucero? ¿Qué le diste?
    —Nada que pudiera dañar al bebé. Pastillas de fluoruro, eso es todo. —Max se derrumbó en la silla. —Tienes que encontrarla antes de que haga algo estúpido. ¿Y si se ha librado del bebé?
    Manuel clavó los ojos en el anciano. Poco a poco la amargura se convirtió en piedad al pensar en todos los años que Max había desaprovechado, todos los años que había pasado sin conocer a su maravillosa hija.
    —Nada conseguiría que Lucero hiciera eso. Tiene agallas, Max. Hará lo que sea para mantener a salvo a ese bebé.
    ----------------------------------------
    Manuel llegó al circo a la mañana siguiente, cuando los primeros camiones entraban en el recinto de Chattanooga. Los días eran más cortos y el verano llegaba a su fin. El circo se dirigía hacia el sur para pasar el invierno cerca de Tampa, donde se instalarían hasta el final de la temporada durante la última semana de octubre. La excedencia de Manuel en la universidad concluía en enero y había pensando hacer una investigación en Ucrania antes de incorporarse, pero ahora sabía que no lo haría. Sin Lucero todo lo demás carecía de importancia.
    Echó un vistazo al recinto. El nuevo asentamiento estaba en una ladera con muy poco espacio llano para montar la carpa principal. Manuel tenía ojeras por la falta de sueño, pero le dio la bienvenida al reto. Sabía que eso no apartaría a Lucero de sus pensamientos —nada lo hacía, —pero le ayudaría a pasar el tiempo.
    Era Trey quien conducía su caravana hasta allí, pero aún no había llegado, así que Manuel se dirigió a la carpa de la cocina para tomarse un café bien cargado que calmara el vacío de su estómago. Antes de llenarse la taza, oyó un chillido agudo y exigente. Maldijo por lo bajo y se dirigió hacia donde estaban los elefantes.
    Cuando llegó, no le sorprendió ver que Neeco parecía resentido.
    —Devuélveme la picana, Manuel. Con un solo pinchazo pondremos fin a esta sandez.
    A pesar de la petición, Manuel sabía que el domador prefería no usar la picana tras su encuentro con Sinjun. Le gustaba pensar que había sido Lucero y su manera de tratar a los animales lo que había abierto los ojos de Neeco, porque ahora era más suave con los elefantes y todo marchaba mucho mejor. Pero tenía que asegurarse de que Neeco lo había entendido y de que no volvería a las andadas.
    —Mientras siga siendo el jefe, no volverás a usar la picana.
    —Entonces, hazlo tú.
    Manuel se acercó a Tater y el elefante lo abrazó. Le metió la punta de la trompa por el cuello de la camisa para olerlo, igual que hacía con Lucero. Manuel lo desató y se dirigió al camión que transportaba la carpa con Tater trotando tras él.
    Tater había dejado de comer al desaparecer Lucero, pero Manuel había estado demasiado sumergido en su infierno privado para notarlo. Neeco le obligó a ser consciente de la situación cuando el estado del elefantito comenzó a deteriorarse.
    No tardó mucho en comprobar que el elefante encontraba sosiego con su presencia; pero no por Manuel, sino porque Tater lo asociaba con Lucero. Comenzó a comer otra vez y poco después seguía a Manuel por el recinto como antes la había seguido a ella.
    Los dos se abrieron paso hasta el camión. Desenrollarían la carpa tan pronto decidieran dónde colocar el circo. Brady había llegado antes que él, pero se apartó cuando Manuel se acercó. Manuel no sabía que hubiera hecho sin Brady; Jack y él se habían encargado de que todo marchara bien durante sus largas ausencias.
    Durante las horas siguientes, Manuel trabajó codo con codo con los empleados en el montaje. Todavía tenía puesta la ropa que llevaba en el avión, pero tampoco se la cambió cuando llegó Trey con la camioneta. El sudor empapaba la camisa azul de algodón y se le había desgarrado el pantalón del traje gris, pero no le importó. El trabajo le entumecía la mente e impedía que pensara.
    Cuando ya no pudo posponerlo más, fue a la caravana con Tater pisándole los talones. Ató el animal cerca de donde Digger había preparado el heno y vaciló al acercarse a la puerta. La caravana olía a Lucero, tenía su toque, lo único que faltaba era su presencia y él odiaba estar allí dentro.
    Entró y se vio torturado por imágenes de ella entrando corriendo por la puerta con las mejillas manchadas, la ropa sucia, la paja enredada en el pelo y un brillo de satisfacción en los ojos. Se acercó a la nevera, pero lo único que encontró fue una lata de cerveza y un yogur que Lucero había comprado. Había caducado dos semanas antes, pero no quería tirarlo.
    Agarró la cerveza y la abrió mientras se acercaba a Tater. El elefantito se estaba echando el heno en el lomo, y tomó un poco de paja fresca para espolvorear a Manuel con ella como gesto de amistad. Manuel entendía ahora por qué su esposa siempre llevaba el pelo lleno de heno.
    —Estoy seguro de que Lucero te echa de menos, amiguito —dijo suavemente, frotando la trompa del elefante.
    Se sentiría todavía más perdida sin Sinjun. Existía una extraña comunión entre Luceroy el tigre, algo que él nunca había entendido por completo. A su esposa le encantaba trabajar con los animales que nadie más quería: un elefantito problemático, una gorila tímida, un viejo tigre con aire regio... Debía de ser difícil para ella no estar con los seres que amaba. En ese momento se quedó paralizado, se le puso la piel de gallina y se olvidó de respirar. ¿Qué le hacía pensar que no estaba con uno de ellos?
    Veinticuatro horas después estaba frente a la verja de la zona tropical del zoo Brookfield de Chicago mirando a Glenna. La gorila estaba sentada sobre la montana rocosa del centro del recinto y comía un tallo de apio. Manuel llevaba horas vagando por las pasarelas que rodeaban el hábitat. Le picaban los ojos por la falta de sueño, le dolía la cabeza y notaba como si le ardiera el estómago.
    ¿Y si se equivocaba? ¿Y si ella no estaba allí después de todo? Había pasado por la oficina de empleo del zoo y sabía que no trabajaba allí. Pero estaba seguro de que Lucero querría estar cerca de Glenna. Además, no tenía más pistas y no perdía nada por intentarlo.
    «Tonto.» La palabra resonaba en su cabeza como el ruido de una taladradora. «Tonto. Tonto. Tonto. Tonto.»
    El pesar que sentía era demasiado privado para ser exhibido y, cuando oyó el murmullo de otro grupo de niños, subió por la senda curva, bordeada por vegetación tropical y una verja de hierro pintada de verde como el bambú y unida por una cuerda. Arriba estaría solo. Glenna se agarró con fuerza a una de las pesadas cuerdas que colgaba de los troncos que coronaban la cima de la montaña de los gorilas y se acercó a él. Parecía sana y feliz en su nuevo hogar. Se bajó, esta vez con una zanahoria.
    De repente, la gorila alzó la cabeza y comenzó a emitir ruiditos. Manuel siguió la dirección de su mirada y vio cómo Lucero se acercaba por el sendero de abajo hacia el animal.
    avatar
    Danny Centeno
    Team2
    Team2

    Mensajes : 182
    Fecha de inscripción : 01/01/2013
    Edad : 21
    Localización : Nicaragua

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Danny Centeno el Vie Abr 26, 2013 10:08 pm

    otroooo porfiiii Sad Shocked
    uno chiquito aunque sea!
    avatar
    mirkis
    LMSmall
    LMSmall

    Mensajes : 19
    Fecha de inscripción : 17/09/2012

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  mirkis el Sáb Abr 27, 2013 2:02 am

    Siguela porfa Very Happy
    avatar
    ultra lucerina
    Team2
    Team2

    Mensajes : 174
    Fecha de inscripción : 09/05/2012
    Edad : 17
    Localización : Venezuela <3

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  ultra lucerina el Sáb Abr 27, 2013 12:22 pm

    Ahahahahahahaha la consiguio ahahahaha la consiguio ejejej bounce cheers
    amoo tu WN no me canso de decirlo la AMOOOOO!! I love you siguelaaa!!! Shocked affraid cyclops lol!
    avatar
    YesseMH
    Team2
    Team2

    Mensajes : 148
    Fecha de inscripción : 14/04/2012

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Lun Abr 29, 2013 9:55 pm

    Capitulo 111

    El corazón le palpitó contra las costillas, pero la alegría que amenazó con hacerlo estallar fue sustituida casi de inmediato por ansiedad. Incluso a quince metros era evidente que Lucero no llevaba maquillaje y que las líneas de fatiga marcaban su rostro. Llevaba el pelo recogido en la nuca y, por primera vez desde que la conocía, parecía marchita. ¿Dónde estaba la Lucero que disfrutaba maquillándose y echándose perfume? ¿La Lucero que disfrutaba untándose loción de albaricoque y pintándose los labios de color frambuesa? ¿Dónde estaba la Lucero que gastaba toda el agua caliente en una ducha dejando una densa capa de vapor en el cuarto de baño? A Manuel se le secó la boca mientras se empapaba con la imagen de su esposa y algo se desgarró en su interior. Ésta era la Lucero que él había creado.
    Ésta era la Lucero con la luz del amor extinguida.
    Se acercó más y vio que se le habían hundido las mejillas; se dio cuenta de que había perdido peso. Deslizó la mirada a su vientre, pero la chaqueta floja y los pantalones oscuros le impidieron ver si su cuerpo había experimentado algún cambio. Manuel se asustó. ¿Y si había perdido al bebé? ¿Sería ése el castigo que le esperaba a él?
    Lucero estaba tan concentrada en la silenciosa comunión con la gorila que no vio cómo él se abría paso entre los niños y se acercaba a ella.
    —Lucero—dijo en voz baja.
    Lucero se puso tensa antes de volverse. La vio palidecer todavía más y cerrar los puños. Lo miró como si se estuviera preparando para escapar y él dio un paso adelante para detenerla, pero la fría expresión de su esposa lo detuvo. Sólo había visto unos ojos tan vacíos como ésos cuando se miraba en el espejo.
    —Tenemos que hablar. —Aquellas palabras imitaron inconscientemente las que ella le había dicho tantas veces, y la expresión fría con que lo miró debía de ser un reflejo de la manera en que él la había mirado con frecuencia.
    ¿Quién era esa mujer? En su cara no asomaba la animación que acostumbraba. Sus enormes ojos violeta estaban tan vacíos que parecía que nunca hubiera llorado. Era como si algo hubiera muerto en su interior y él comenzó a sudar. ¿Habría perdido al bebé? ¿Era ésa la causa de su cambio? «Por favor, que no le haya pasado nada al bebé.»
    —No hay nada de qué hablar. —Se volvió y se alejó atravesando la cortina de cuerda que servía de entrada al hábitat. Él la siguió y la tomó del brazo sin pensar.
    —Suéltame.
    ¿Cuántas veces le había dicho eso Lucero cuando él la arrastraba por el recinto del circo o la sacaba de la cama al amanecer? Pero en ese momento las palabras carecían de la fuerza anterior. Miró la cara pálida e inexpresiva de su esposa. «¿Qué te he hecho, mi amor?»
    —Sólo quiero hablar contigo —dijo él con rapidez, apartándola de la gente.
    Ella miró en silencio la mano con que le rodeaba el brazo.
    —Si lo que quieres es que aborte, es demasiado tarde.
    Manuel quiso echar la cabeza hacia atrás y aullar. Lucero había perdido el bebé y era culpa suya.
    —No sabes cuánto lo siento —dijo a duras penas, dejando caer la mano.
    —Oh, ya lo sé —dijo ella con una extraña calma, —me lo dejaste muy claro.
    —Yo no te dejé claro nada. No te dije que te amaba. Lo único que te dije fue un montón de *******. Cosas que no sentía de verdad. —A Manuel le dolían los brazos por el deseo de abrazarla, pero Lucero había erigido una barrera invisible a su alrededor. —Olvidémonos de todo eso, cariño. Vamos a empezar de cero. Te prometo que todo será distinto esta vez.
    —Tengo que irme. No puedo llegar tarde al trabajo.
    Fue como sí él no hubiera hablado. Le había dicho que la amaba, pero no había servido de nada. Lucero sólo quería irse y no volver a verlo nunca más.
    La determinación de Manuel se hizo más fuerte. No podía dejar que ocurriera eso. Ya se ocuparía más tarde de su pesar. Antes haría lo que fuera necesario para recuperar a su esposa.
    —Te vienes conmigo.
    —Ni hablar. Tengo que ir a trabajar.
    —¿Y qué pasa con nuestro matrimonio?
    —No es un matrimonio de verdad. Nunca fue más que un acuerdo legal.
    —Ahora es de verdad. Hicimos unos votos, Lucero. Unos votos sagrados. Y eso es tan cierto como que estamos aquí.
    A Lucero le tembló el labio inferior.
    —¿Por qué haces esto? Ya te he dicho que es muy tarde para que aborte.
    Sufría por ella. A pesar de lo intenso que era su dolor, sabía que no podía ser tan intenso como el de Lucero.
    —No te preocupes, cariño. Lo intentaremos otra vez. En cuanto el médico nos lo permita.
    —¿De qué estás hablando?
    —Quería a este bebé tanto como tú, pero no me di cuenta de ello hasta que desapareciste. Sé que es culpa mía que lo hayas perdido. Si te hubiera cuidado mejor nunca habría ocurrido.
    Lucero frunció el ceño.
    —No he perdido al bebé. —Lo miró a los ojos. —Aún estoy embarazada.
    —Pero has dicho... cuando te dije que quería hablar contigo, dijiste que era demasiado tarde para que abortaras.
    —Estoy de cuatro meses y medio. El aborto ya no es legal.
    Mientras él se sentía inundado por la alegría, Lucero torció la boca en un gesto de cinismo que nunca hubiera imaginado en ella.
    —Eso cambia las cosas, ¿no, Manuel? Ahora que sabes que el pastel sigue en el horno y que va a quedarse ahí, supongo que ya no estarás tan ansioso por que regrese.
    Manuel se vio embargado por tantas emociones que no sabía cómo asimilarlas. Aún estaba embarazada. Lo odiaba. No quería volver con él. No podía manejar tal caos emocional, así que recurrió a lo práctico.
    —¿Estás yendo al médico?
    —Voy a una consulta no lejos de aquí.
    —¿A una consulta? —Él tenía una fortuna en el banco y su esposa iba a una consulta. Tenía que llevársela a un lugar donde pudiera borrar a besos esa implacable y resuelta mirada de su cara, pero la única manera de hacerlo era intimidándola.
    —No creo que hayas estado cuidándote demasiado. Estás delgada y pálida. Y tan nerviosa que parece que te vaya a dar un ataque.
    —¿Y a ti qué te importa? No quieres al bebé.
    —Oh, claro que quiero al bebé. Puede que actuara como un bastardo cuando me diste la buena nueva, pero te aseguro que he recuperado la cordura. Sé que no quieres volver conmigo ahora, pero no tienes otra opción. Es peligroso para a ti y para el bebé, Lucero, y no voy a permitir que sigas así.
    Manuel supo que había encontrado su punto débil, pero ella se siguió oponiendo a él con terquedad.
    —No es asunto tuyo.
    —Claro que sí. Voy a asegurarme de que tanto tú como el bebé estén bien. —En los ojos de Lucero apareció una mirada recelosa. —No me importa jugar sucio —añadió Manuel en voz baja, —pienso descubrir dónde trabajas y me encargaré de que te despidan.
    —¿Me harías eso?
    —Sin pensarlo dos veces.
    Lucero hundió los hombros y él supo que había ganado, pero no sintió ninguna satisfacción.
    —Ya no te amo —susurró ella. —No te amo en absoluto.
    A él se le puso un nudo en la garganta.
    —No importa, cariño. Yo tengo amor suficiente por los dos.

    Capitulo 112

    Manuel acompañó a Lucero a una casa modesta en una calle de un barrio obrero bastante alejado del zoológico. Había una escultura de escayola de la Virgen María en el diminuto patio delantero, al lado de unos girasoles que rodeaban un parterre de petunias rosadas. Lucero había alquilado una habitación en la parte trasera con vistas a la vía del tren. Mientras ella recogía sus escasas pertenencias, él fue a pagar a la casera sólo para descubrir que Lucero ya había pagado el alquiler por adelantado.
    Gracias a la charlatana mujer se enteró de que Lucero trabajaba como recepcionista en un salón de belleza durante el día y de camarera en una cafetería del barrio por la noche. No era de extrañar que pareciera tan cansada. No tenía coche y tenía que ir andando o en autobús a todas partes; ahorraba todo lo que ganaba para cuando naciera el bebé. El hecho de que su esposa hubiera vivido en la miseria mientras él tenía dos automóviles de lujo y una casa llena de obras de arte de incalculable valor sólo contribuyó a hacerlo sentir más culpable.
    Antes de ponerse en camino, Manuel consideró por un momento llevarla a su casa en Connecticut, pero al instante rechazó la idea. Ella necesitaba más que una curación física, necesitaba una curación emocional y tal vez los anímales que amaba la ayudarían a conseguirla.
    Aquello le resultaba tan familiar que Lucero sintió una momentánea felicidad cuando la camioneta se detuvo. Manuel y ella estaban en la carretera, camino de la siguiente ubicación del circo. Estaba enamorada y embarazada y... Se despertó de golpe cuando la realidad se abatió sobre ella.
    Manuel sacó la llave del contacto y abrió la puerta.
    —Tengo que dormir un poco o acabaremos empotrándonos contra un árbol. Pasaremos aquí la noche. —Bajó de la camioneta y cerró la puerta.
    Lucero se reclinó en el asiento y cerró los ojos ante el brillante crepúsculo; también cerró el corazón a la dulzura que escuchaba en la voz de Manuel. Él se sentía culpable, cualquiera podía verlo, pero no dejaría que eso la ablandara. Seguro que él se sentía mejor después de haberle dicho todas aquellas mentiras, pero si ella las creía acabaría atrapada. Tenía que proteger a su bebé; ya no podía permitirse el lujo de ser optimista.
    Manuel le había dicho que Amelia y su padre habían sustituido las píldoras anticonceptivas y se había disculpado por no haber confiado en ella. Otra cosa que lo hacía sentirse culpable. Ella lo ignoró.
    ¿Por qué Manuel no podía dejarla sola? ¿Por qué la había obligado a regresar con él? Por primera vez en semanas, todas las emociones que mantenía bajo control irrumpieron en su interior. Apretó los nudillos contra los labios y luchó por contener todos aquellos sentimientos hasta que volvió a erigir el muro que la había mantenido en pie el último mes.
    Ella siempre se había dejado llevar por las emociones, pero si quería sobrevivir no podía seguir así. El orgullo lo es todo, le había dicho Manuel, y era cierto. Fue el orgullo lo que la sostuvo. Lo que consiguió que contestara al teléfono en la peluquería un día tras otro y que pasara las noches cargando las pesadas bandejas con aquella comida grasienta que le producía náuseas. El orgullo fue lo que puso un techo sobre su cabeza y lo que le hizo ganar dinero para el futuro. El orgullo la mantuvo en pie cuando el amor la traicionó.
    ¿Y ahora qué? Por primera vez en semanas, experimentaba temor por algo que no tenía nada que ver con poder pagar el alquiler. Le daba miedo Manuel. ¿Qué quería de ella?
    «La peor amenaza para los tigres jóvenes es un tigre adulto. Los tigres no mantienen fuertes vínculos familiares como los leones o los elefantes. No es inusual que un tigre mate a su cachorro.»
    Forcejeó con el tirador de la puerta sólo para ver que su marido se dirigía hacia ella.
    Manuel apartó la silla de la mesa donde el camarero del servicio de habitaciones había puesto la comida que había pedido.
    —Siéntate y come, Lucero.
    Manuel no había escogido un motelucho de carretera, de eso nada; los había instalado en una suite de lujo en un reluciente y novísimo hotel Marriott a orillas del río Ohio, en la frontera entre Indiana y Kentucky. Lucero recordó cómo acostumbraba a contar los peniques cuando iba a hacer la compra y el sermón que le soltaba a Manuel cuando adquiría una botella de vino de buena cosecha. Cómo debía de haberse reído de ella.
    —Te he dicho que no tengo hambre.
    —Entonces siéntate y acompáñame.
    A Lucero le costó menos sentarse en la silla que discutir con él. Manuel se ajustó el nudo del cinturón del albornoz blanco que se había puesto tras la ducha y se sentó frente a ella. Tenía el pelo húmedo y se le rizaba en las sienes. Necesitaba un buen corte.
    Manuel bajó la vista a la ingente cantidad de comida que había pedido para Lucero: una enorme ensalada, pechugas de pollo con salsa de champiñones, patatas al horno, pasta, lasaña, dos panecillos, un gran vaso de leche y una ración de tarta de queso.
    —No puedo comerme todo esto.
    —Estoy hambriento. Comeré parte de lo tuyo.
    Aunque a él le gustaba comer, no comía tanto como para dar cuenta de todo aquello. Lucero sintió el estómago revuelto. Había tenido problemas para retener la comida cuando abandonó a Manuel y durante todo el primer trimestre de embarazo.
    —Prueba esto —Manuel tomó un poco de lasaña de su plato y la acercó a sus labios. Cuando ella abrió la boca para negarse, él se la metió dentro con rapidez, obligándola a tragársela.
    —He dicho que no tengo hambre.
    —Pruébala. Está buena, ¿verdad?
    Para sorpresa de Lucero, en cuanto pasó la impresión inicial, la lasaña sabía bien, aunque no pensaba decírselo. Tomó un sorbo de agua.
    —De verdad, no quiero nada más.
    —No me sorprende —Manuel señaló el pollo. —Tiene pinta de estar seco.
    —Está flotando en salsa. No está seco.
    —Créeme, Lucero, este pollo está tan seco como la suela de un zapato.
    —No sabes lo que dices.
    —Déjame probar.
    Ella pinchó el pollo con el tenedor y cuando comió un trozo, vio que era jugoso.
    —Aquí tienes. —Lucero le acercó el tenedor.
    Él abrió obedientemente la boca, lo masticó e hizo una mueca.
    —Seco.
    Lucero agarró el cuchillo con rapidez, cortó un pedazo para ella y se lo comió. Estaba tan delicioso como parecía.
    —El pollo está riquísimo.
    —Supongo que no me sabe a nada por culpa de la lasaña. Déjame probar la pasta.
    Irritada, Lucero lo observó girar el tenedor en la pasta y metérselo en la boca. Un momento después, él dio su veredicto.
    —Lleva demasiado condimento.
    —Ahora prefiero la comida muy especiada.
    —Luego no me digas que no te lo dije.
    Ella cogió un poco de pasta que goteó en el mantel cuando se la llevó a la boca. Estaba suave y sabrosa.
    —No está demasiado condimentada.
    Se dispuso a coger otro bocado pero detuvo el tenedor en el aire. Se dio cuenta de que la estaba engañando. Lo miró y dejó el tenedor en el plato.
    —Otro juego de poder.
    Los dedos largos y delgados de Manuel se cerraron en torno a su muñeca mientras la miraba con una preocupación que Lucero no se creyó ni por un momento.
    —Por favor, Lucero, me asusta lo delgada que estás. Tienes que comer por el bien del bebé.
    —¡No me digas lo que tengo que hacer! —La atravesó una sensación dolorosa. Contuvo las palabras que había estado a punto de decir y se escudó detrás de la gélida barrera que la mantenía a salvo. Las emociones eran sus enemigas, aunque debía hacer lo más conveniente para su hijo.
    Sin decir nada más, se concentró en la comida y tragó hasta que no pudo más. Ignoró los intentos de Manuel por entablar conversación y que él no comiera casi nada. Lucero se había escapado mentalmente a un bello prado donde su bebé y ella eran libres, donde les protegía un poderoso tigre llamado Sinjun, que los amaba y que no se pasaba el día encerrado en una jaula.
    avatar
    mirkis
    LMSmall
    LMSmall

    Mensajes : 19
    Fecha de inscripción : 17/09/2012

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  mirkis el Mar Abr 30, 2013 3:07 pm

    Ya lo he dicho mil veces...esta buenisima la WN! Very Happy

    Contenido patrocinado

    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Contenido patrocinado


      Fecha y hora actual: Jue Mayo 25, 2017 10:28 am