Spaw's por siempre♥


    Besar a un ángel Adaptada

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    YesseMH
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Vie Mar 29, 2013 8:26 pm

    Capitulo 80

    —Mantente alejada de ella, ¿me oyes? Puede que Manuel esté ciego contigo, pero los demás no olvidamos lo que has hecho.
    —No me avergüenzo de nada de lo que he hecho, Brady.
    —¿No te avergüenzas de lo que has hecho? ¿Si se hubiera tratado de dos mil dólares en vez de doscientos estarías avergonzada? Lo siento, nena, pero para mí un ladrón es siempre un ladrón.
    —¿Acaso llevas una vida tan recta que nunca has hecho nada de lo que te arrepientas?
    —Nunca he robado nada, de eso puedes estar segura.
    —Le robas seguridad en sí misma a tu hija. ¿Eso no cuenta?
    Brady apretó los labios.
    —No me des lecciones sobre cómo criar a mi hija. No es asunto tuyo ni de Sheba. Ninguna de las dos tenéis hijos, así que ya podéis mantener cerradas vuestras malditas bocazas.
    Y se fue, con los músculos brillando y las plumas de la cola despeinadas.
    Lucero suspiró con pesar. No daba una. Había discutido con Manuel y se había enfrentado a Jack y a Brady. ¿Qué más podía salir mal?
    El agudo murmullo de voces excitadas captó su atención y observó que otro grupo de niños de la escuela vecina llegaba al circo. Durante toda la mañana habían llegado al recinto un grupo de escolares tras otro. Con tantos niños merodeando, Lucero se había asegurado de que la jaula de Tater estuviera bien cerrada, algo que disgustaba al elefantito. Esta vez los niños eran muy pequeños. Debían de ser del jardín de infancia.
    Miró con tristeza a la profesora de mediana edad que los acompañaba. Puede que ese trabajo no le gustara a mucha gente, pero era el que deseaba desempeñar ella.
    Observó la soltura con la que la profesora vigilaba que los niños no se descontrolaran y, por un momento, Lucero se imaginó que era ella. No se entretuvo con esa fantasía demasiado tiempo. Para ser profesora se necesitaba un título universitario, y ella ya era demasiado mayor para ponerse a estudiar.
    No pudo resistirse a acercarse a los niños cuando se aproximaron a la jaula de Sinjun, que tenía una cinta alrededor para que los pequeños visitantes no se acercaran demasiado. Después de sonreír a la profesora, se dirigió a una niña con rostro de querubín que miraba al tigre con temor.
    —Se llama Sinjun y es un tigre siberiano. Los siberianos son los tigres más grandes que existen.
    —¿Come gente? —preguntó la pequeña.
    —No come personas, pero es un carnívoro. Eso quiere decir que come carne.
    La pequeña se mostró más animada.
    —Mi jerbo come comida de jerbo.
    Lucero se rio. La maestra sonrió.
    —Parece que sabe mucho sobre tigres. ¿Le importaría contarle a los niños algo sobre Sinjun?
    Una oleada de excitación atravesó a Lucero.
    —¡Me encantaría! —Rápidamente rebuscó en su mente todo lo que había aprendido sobre los animales en sus recientes visitas a la biblioteca y escogió aquellos detalles que los niños pudieran comprender. —Hace cien años, los tigres vagaban libres por muchas partes del mundo, pero ahora ya no es así. La gente comenzó a vivir en las tierras que habitaban los tigres... —siguió hablándoles sobre aquellos felinos, sobre su lenta extinción, y se sintió gratificada al ver que los niños escuchaban atentamente sus palabras.
    —¿Podemos darle mimitos? —preguntó uno de ellos.
    —No. Ya es mayor y tiene malas pulgas. No entendería que no quieres hacerle daño. No es como los perros o los gatos.
    Siguió contestando a un gran número de preguntas, incluyendo varias sobre las necesidades fisiológicas de Sinjun y que provocó un coro de risitas tontas, escuchó atentamente la historia de uno de los niños sobre un perro que había muerto y el anuncio de que otro que acababa de pasar la varicela. Eran tan ricos que Lucero podría haberse pasado todo el día hablando con ellos.

    Capitulo 81

    Cuando la clase se dispuso a seguir adelante, la profesora le agradeció la explicación y la pequeña de mejillas sonrosadas le dio un abrazo. Lucero se sintió como si flotara en una nube.
    Siguió observándolos mientras se acercaba a la caravana para disfrutar de un almuerzo rápido. Se detuvo de golpe cuando una familiar figura, embutida en unos pantalones marrón oscuro y una pálida camisa amarilla, salió del vagón rojo. Lucero era incapaz de creer lo que veía. En ese momento fue consciente de las ropas sucias y del despeinado cabello que lucía, resultado del último aseo de Glenna.
    —Hola, Theodosia.
    —¿Papá? ¿Qué haces aquí? —Su padre era una figura tan poderosa en la mente de Lucero que la joven rara vez notaba que éste poseía una constitución bastante menuda, apenas un poco más alto que ella. Era la imagen de la opulencia y la elegancia, con aquel cabello canoso cortado por un experto peluquero —que se pasaba por la oficina de su padre una vez a la semana, —el reloj de oro y los mocasines italianos con un discreto adorno dorado en el empeine. Era difícil imaginárselo abandonando la dignidad el tiempo suficiente como para enamorarse de una modelo y concebir una hija ilegítima, pero Lucero era la prueba viviente de que su padre había sido humano una vez.
    —He venido a ver a Manuel.
    —Ah. —Se esforzó por ocultar el dolor que le producía saber que no había ido a verla a ella.
    —También quería saber cómo te iba.
    —¿Y?
    —Quería asegurarme de que aún estabas con él, que no habías hecho ninguna tontería.
    Por un momento Lucero se preguntó si Manuel le habría hablado del dinero robado, pero al instante supo que no lo había hecho. Esa certeza la consoló.
    —Como puedes ver, todavía estoy aquí. Si me acompañas a la caravana te serviré algo de beber. O te prepararé un sándwich si tienes hambre.
    —Una taza de té estaría bien.
    Lo condujo hasta la caravana. Max se detuvo al ver el deteriorado exterior.
    —Dios mío. No me digas que vivís aquí.
    Lucero se sintió impulsada a defender su pequeño hogar.
    —El interior está mucho mejor; lo he arreglado. Abrió la puerta y lo invitó a entrar, pero a pesar de los cambios que ella había hecho, Max no se sintió más impresionado con el interior que con el exterior.
    —Creo que Manuel podría haber conseguido algo mejor.
    Aunque resultara extraño, aquella crítica la hizo ponerse a la defensiva.
    —Es perfecto para nosotros.
    Max se quedó mirando la única cama de la caravana durante un buen rato. Lucero creía que la imagen lo haría sentir incómodo, pero si fue así, ella no lo notó.
    Mientras ponía el agua a hervir en la cocina, él sacudió el sofá antes de sentarse, como si temiera contraer alguna enfermedad. Lucero se sentó frente a él mientras esperaba a que el agua hirviera.
    El incómodo silencio que se extendió entre ellos fue roto finalmente por su padre.
    —¿Cómo os lleváis Manuel y tú?
    —Bien.
    —Es un hombre estupendo. Casi nadie logra sobreponerse a una infancia como la suya. ¿Te ha contado cómo nos conocimos?
    —Me ha dicho que le salvaste la vida.
    —No sé si eso será cierto, pero cuando lo conocí su tío le estaba dando una paliza detrás de unas camionetas. Lo sujetaba contra el suelo con un pie mientras lo azotaba con un látigo.
    Lucero se sorprendió. Manuel le había dicho que había sido maltratado, pero oírlo de labios de su padre lo hacía parecer aún más horrible.
    —La camisa de Manuel estaba hecha jirones. Tenía verdugones rojos por toda la espalda; algunos de ellos sangraban. Su tío le maldecía por alguna tontería mientras lo azotaba con todas sus fuerzas. —Lucero cerró con fuerza los ojos, deseando que su padre dejara de hablar, pero él continuó. —Lo que más me impactó es que Manuel se mantenía en absoluto silencio. No lloraba. No pedía ayuda. Sólo aguantaba. Fue lo más trágico que he visto en mi vida.
    Lucero se sintió enferma. No era de extrañar que Manuel no creyera en el amor.
    Su padre se reclinó en el sofá.
    —Irónicamente yo no tenía ni idea de quién era el niño. Por aquel entonces Sergey Markov viajaba en el viejo Circo Curzon y decidí ir a verlo a donde se habían instalado en Fort Lee. Por supuesto, había oído rumores sobre la relación familiar. Incluso la había investigado para asegurarme de que era auténtica, pero siempre soy escéptico con historias como ésas y, al principio, no me lo creí.
    Aunque Lucero conocía la pasión de su padre por la historia rusa, no sabía que ésta se extendiera hasta el circo. Cuando la tetera comenzó a silbar, se dirigió ni fogón.
    —Pero la relación es autentica. Los Markov son una de las familias más famosas de la historia del circo —dijo Lucero.
    Él la miró con extrañeza mientras ella comenzaba a preparar el té.
    —¿Los Markov?
    —Al parecer la mayoría de las generaciones conservó el apellido de las mujeres. ¿No te parece algo inusual?
    —Más bien irrelevante. Los Markov eran campesinos, Theodosia. Gente del circo. —Apretó los labios con desdén. —Por lo único que me interesaba Sergey Markov era por los rumores que corrían sobre el matrimonio de su hermana, Katya, la madre de Manuel.
    —¿A qué te refieres?
    —Lo que me interesaba era la familia del padre de Manuel. El hombre con el que se casó Katya Markov. Por el amor de Dios, Theodosia, los Markov no son importantes. ¿Acaso no sabes nada de tu marido?
    —Sé muy poco —admitió ella. Llevó las dos tazas al sofá y le tendió una. Sujetó su taza con ambas manos mientras tomaba asiento en el otro extremo del sofá.
    —Pensé que te lo habría contado, pero es tan reservado que es normal que no te haya dicho nada.
    —¿Decirme qué? —Lucero llevaba tiempo esperando eso, pero ahora que llegaba el momento no estaba segura de querer saberlo.
    Un leve temblor de excitación tiñó la voz de Max cuando se lo explicó.
    —Manuel es un Romanov, Theodosia.
    —¿Un Romanov?
    —Por la línea paterna.
    La primera reacción de Lucero fue de diversión, pero ésta se desvaneció al darse cuenta de que su padre estaba tan obsesionado por la historia rusa que había estado investigando en todos los circos.
    —Papá, eso no es cierto. Manuel no es un Romanov. Es un Markov de los pies a la cabeza. La historia de los Romanov es sólo parte de su número; algo que se inventó para hacerlo más apasionante.
    —No insultes mi inteligencia, Theodosia. No me dejaría engañar por un cuento chino. —Cruzó las piernas. —No tienes ni idea de cuánto investigué antes de llegar a esta conclusión. Cuando supe que Manuel era un auténtico Romanov, lo aparté de Sergey Markov, que aún tardó diez años en morir. Me encargué de la educación de Manuel, que había sido abominable hasta ese momento. Lo metí en un internado, pero insistió en pagarse él mismo la universidad, por lo cual fue imposible mantenerlo alejado del mundo del circo. ¿Crees que hubiera hecho todo eso si no hubiera estado absolutamente seguro de quién era?
    Un helado escalofrío recorrió la espalda de Lucero,
    —¿Y quién es exactamente?
    Max volvió a reclinarse en el sofá.
    —Manuel es el bisnieto de zar Nicolás II.

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Dom Mar 31, 2013 2:43 pm

    Capitulo 82

    Lucero miró fijamente a su padre.
    —Eso es imposible. No te creo.
    —Es cierto, Lucero. El abuelo de Manuel fue el único hijo varón del último zar de Rusia, Rafael Romanov.
    Lucero conocía toda la historia sobre Rafael Romanov, el joven hijo de Nicolás II. En 1918, cuando Rafael tenía catorce años, sus padres, sus cuatro hermanas y él fueron encerrados por los bolcheviques en el sótano de una mansión en Ekaterinburgo, donde fueron ejecutados. Se lo recordó a su padre.
    —Todos fueron asesinados. El zar Nicolás, su esposa Alexandra, los niños. Encontraron los restos de la familia en una fosa común de los Montes Urales en 1993. Se hicieron pruebas de ADN.
    Max tomó un sorbo de té de la taza que le había ofrecido.
    —Las pruebas de ADN identificaron al zar, a Alejandra y a tres de las cuatro hijas. Pero faltaba una hija. Muchos creen que era Anastasia, y tampoco fueron encontrados los restos del joven heredero, Rafael.
    Lucero intentó asimilarlo. A lo largo del siglo XX, habían surgido personas que afirmaban ser uno de los hijos asesinados del zar, pero la mayoría habían sido mujeres que creían ser Anastasia. Su padre le había dicho que todas eran unas impostoras. Era un hombre muy meticuloso y no podía imaginarlo dejándose engañar por nadie. ¿Por qué ahora creía que el príncipe heredero había escapado de aquella fría muerte? ¿Acaso su obsesión por la historia rusa lo había hecho perder el juicio?
    Le habló con cautela.
    —No puedo imaginar cómo el príncipe heredero logró escapar de una masacre tan terrible.
    —Fue rescatado por unos monjes que lo escondieron con una familia en el sur de Rusia. Años después, en 1920, un grupo leal al zar lo sacó a escondidas del país. Sabiendo de primera mano lo violentos que podían llegar a ser los bolcheviques, es normal que viviera escondido. Finalmente se casó y tuvo un hijo, el padre de Manuel, Vasily. Vasily conoció a Katya Markov cuando ésta actuaba en Múnich, se enamoró como un tonto y se fugó con ella. Vasily apenas era un adolescente. Su padre acababa de morir y el era rebelde e indisciplinado, de otra manera nunca se hubiera casado con alguien inferior a su rango. Tenía sólo veinte años cuando Manuel nació. Unos dos años después, Katya y él murieron en un accidente ferroviario.
    —Lo siento, papá. Aunque no dudo de tu palabra, simplemente, no puedo creerlo.
    —Créeme, Theodosia. Manuel es un Romanov. Y no un Romanov cualquiera. Ese hombre que se hace llamar Manuel Markov es el heredero de la corona de Rusia.

    Capitulo 83
    Lucero miró a su padre con tristeza.
    —Manuel trabaja en un circo. Eso es todo.
    —Ya me dijo Amelia que reaccionarías así. —En un gesto inusitado en él, Max le palmeó la rodilla. —Te llevará tiempo acostumbrarte a la idea, pero espero que...le conozcas lo suficiente para comprender que nunca firmaría tal cosa si no estuviera absolutamente seguro.
    —Pero...
    —Te he contado muchas veces la historia de mi familia, pero es evidente que la has olvidado. Los Petroff han estado al servicio de los zares de Rusia desde el siglo XIV, desde el reinado de Alejandro I. Hemos estado vinculados a través del deber y la obligación, pero nunca a través del matrimonio. Hasta ahora.
    Lucero oyó el ruido de un avión, el rugido de un camión. Poco a poco fue comprendiendo lo que su padre le estaba insinuando.
    —Así que lo planeaste todo, ¿no? Has concertado mi matrimonio con Manuel por culpa de esa absurda idea que tienes sobre su origen.
    —No es una absurda idea. Pregúntale a Manuel.
    —Lo haré —dijo poniéndose en pie. —Por fin lo entiendo todo. No soy más que un peón en tu loco sueño dinástico. Querías unir las dos familias como hacían los padres en la Edad Media. Es tan increíblemente cruel que no me lo puedo creer.
    —Yo no diría que sea una crueldad estar casada con un Romanov.
    Lucero se presionó las sienes con los dedos.
    —Nuestro matrimonio sólo durará cinco meses más. ¿Cómo puedes estar tan satisfecho? ¡Un matrimonio de cinco meses no es precisamente el inicio de una dinastía!
    Max dejó la taza y se acercó lentamente hacia ella.
    —Manuel y tú no tenéis por qué divorciaros. De hecho, espero que no lo hagáis.
    —Oh, papá...
    —Eres una mujer llamativa, Lucero. Quizá no tan guapa como tu madre pero, no obstante, atractiva. Si fueras menos frívola, quizá podrías retener a Manuel. Ya sabes que una esposa debe adaptarse a determinados roles. Antepone los deseos de tu marido a los tuyos. Sé complaciente. —Miró los sucios vaqueros y la desastrada camiseta de Lucero con el ceño fruncido. —Deberías cuidar más tu apariencia. Nunca te había visto tan descuidada. ¿Sabías que tienes paja en el pelo? Quizás Manuel no estaría tan ansioso por deshacerse de ti si fueras la clase de mujer que un hombre quiere tener esperándolo en casa.
    Lucero lo miró con consternación.
    —¿Quieres que lo espere en la puerta de la caravana con las zapatillas en la mano?
    —Ese es justo el tipo de comentario frívolo que ahuyentaría a alguien como Manuel. Es un hombre serio. Como no reprimas ese inapropiado sentido del humor, no tendrás ninguna posibilidad con él.
    —¿Quién dice que quiero tenerla? —Pero mientras lo decía, Lucero sintió una dolorosa punzada en su interior.
    —Ya veo que no quieres ser razonable. Creo que es hora de irme. —Max se dirigió hacia la puerta. —Sólo espero que no tires piedras contra tu propio tejado, Theodosia. Recuerda que eres una mujer que no se sabe valer por sí sola. Dejando a un lado el asunto del linaje familiar de Manuel, es un hombre sensato y digno de confianza, y no se me ocurre nadie mejor para cuidar de ti.
    —¡No necesito que un hombre cuide de mí!
    —Entonces, ¿por qué aceptaste casarte con él?
    Sin esperar respuesta, Max abrió la puerta de la caravana y salió a la luz del sol. ¿Cómo podía explicarle ella los cambios que habían tenido lugar en su interior? Sabía que ya no era la misma persona que había salido de la casa de su padre un mes antes, pero Max no la creería.
    Fuera, los niños con los que había hablado antes se agrupaban alrededor de su profesora, listos para regresar al jardín de infancia. Durante el mes anterior, Lucero se había acostumbrado a los olores y las imágenes del circo de los Hermanos Quest, pero ahora lo miraba todo con nuevos ojos.
    Manuel y Sheba estaban cerca del circo discutiendo por algo. Los payasos ensayaban un truco de malabarismo mientras Heather practicaba el pino y Brady la miraba con el ceño fruncido. Frankie jugaba en el suelo junto a Jill, que adiestraba a los perros con algunos ejercicios que hacían que Lucero se encogiera de miedo. El olor de las hamburguesas que las showgirls asaban a la parrilla inundó sus fosas nasales mientras oía el omnipresente zumbido del generador y veía cómo los banderines ondeaban con la brisa de junio.
    Y luego se oyó un grito infantil.
    El sonido fue tan ensordecedor que todo el mundo lo escuchó. Manuel giró la cabeza con rapidez. Heather dejó de hacer el pino y los payasos soltaron lo que tenían entre manos. Max se detuvo en seco, impidiendo que Lucero viera lo que pasaba. La joven oyó el grito ahogado que éste emitió y se puso a su lado para ver qué causaba la conmoción. Se le detuvo el corazón.
    Sinjun se había escapado de la jaula.
    El tigre estaba en la franja de hierba que había entre la casa de fieras y la parte trasera del circo. La puerta de su jaula estaba abierta; se había roto una de las bisagras. El animal tenía las orejas levantadas y sus pálidos ojos dorados se habían clavado en algo que estaba a menos de tres metros de él.
    La pequeña de las mejillas sonrosadas. La niña se había separado del resto de la clase y había sido su penetrante grito lo que había captado la atención de Sinjun. La pequeña chillaba despavorida aunque permanecía quieta; la mancha que se le extendía por el babi del jardín de infancia indicaba que se había hecho pis.
    Sinjun respondía a los gritos, revelando sus afilados y letales dientes, curvos como cimitarras, diseñados para mantener inmóvil a su presa mientras la despedazaba con las garras. La niña volvió a soltar aquel chillido penetrante. Los poderosos músculos de Sinjun se tensaron y Lucero palideció. Sintió que el tigre estaba a punto de saltar. Para Sinjun, aquella niña que agitaba los brazos y gritaba sin parar era uno de sus más amenazadores enemigos.
    Neeco apareció de la nada y corrió hasta Sinjun. Lucero vio la picana en su mano y dio un paso adelante. Quería advertirle que no lo hiciera. Sinjun no estaba acostumbrado a las descargas. No se acobardaría de la misma manera que los elefantes, sólo se enfurecería más. Pero Neeco estaba reaccionando de manera impulsiva, con la intención de contener al tigre de la única manera que sabía, como si Sinjun no fuera más que un elefante revoltoso.
    Cuando Sinjun le dio la espalda a la pequeña, girándose hacia Neeco, Manuel se acercó con rapidez por el lado contrario. Se acercó a la niña y la cogió entre sus brazos para llevarla a una zona segura.
    Y luego, todo pasó en un instante. Neeco presionó la picana en el hombro del tigre. El animal se revolvió enloquecido, rugió lleno de furia y lanzó su enorme cuereo contra Neeco, tirando al domador al suelo; Neeco soltó la picana que rodó fuera de su alcance.
    Lucero nunca había sentido tanto terror. Sinjun iba a atacar a Neeco y ella no podía detenerlo de ninguna manera.
    —¡Sinjun! —gritó desesperada.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Danny Centeno el Dom Mar 31, 2013 3:21 pm

    Shocked Shocked Siguelaaaaaaaaaaa! Very Happy
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Dom Mar 31, 2013 10:29 pm

    Capitulo 84

    Para sorpresa de la joven, el tigre alzó la cabeza. Lucero no sabía si había respondido a su voz o a otro tipo de instinto. Se acercó a él, a pesar de que le temblaban tanto las rodillas que apenas podía mantenerse en pie. No sabía qué iba a hacer. Sólo sabía que tenía que actuar.
    El tigre permaneció encorvado sobre el cuerpo inmóvil de Neeco. Por un momento Lucero pensó que el entrenador estaba muerto, pero luego se dio cuenta de que permanecía quieto a la espera de que el tigre se olvidase de él.
    Ella oyó la tranquila pero autoritaria voz de Manuel.
    —Lucero, no des un paso más.
    Y luego la de su padre, más chillona.
    —¿Qué estás haciendo? ¡Regresa aquí!
    Lucero los ignoró a los dos. El tigre se giró ligeramente y se quedaron mirando fijamente el uno al otro. Los dientes afilados y curvos del animal estaban al descubierto, tenía las orejas aplastadas contra la cabeza y la miraba de una manera salvaje. Lucero sintió que estaba aterrorizado.
    —Sinjun —dijo ella con suavidad. Pasaron unos segundos. Lucero vio un destello de pelo rojizo entre Sinjun y la carpa principal; era el pelo llameante de Sheba Quest. La dueña del circo corría hacia Manuel, que ya había dejado a la niña en los brazos de la maestra. Sheba le dio algo a Manuel, pero Lucero estaba demasiado aturdida para deducir lo que era.
    El tigre pasó por encima del cuerpo de Neeco y centró toda su feroz atención en ella. El animal tenía todos los músculos tensos y preparados para saltar.
    —Tengo un arma. —La voz de Manuel sólo fue un susurro. —No te muevas.
    Su marido iba a matar a Sinjun. Comprendía la lógica de lo que estaba a punto de hacer —con gente en el recinto, un tigre salvaje y aterrorizado era, evidentemente, un peligro, —pero ella no podía consentirlo. Esa magnífica bestia no debía ser ejecutada sólo por seguir los instintos de su especie.
    Sinjun no había hecho nada malo, salvo actuar como un tigre. A las personas sólo las encerraban cuando delinquían. A él lo habían arrebatado de su hábitat natural, lo habían encerrado en una jaula diminuta y lo habían obligado a vivir bajo la mirada de sus enemigos. Y ahora, sólo porque Lucero no se había dado cuenta de que la puerta de su jaula estaba rota, iban a matarlo.
    Se movió lo más rápidamente que pudo para interponerse entre su marido y el tigre.
    —Quítate de en medio, Lucero. —El tono tranquilo de su voz no suavizaba la autoridad de su orden.
    —No dejaré que lo mates —susurró ella en respuesta. Y se acercó lentamente al tigre.
    Los ojos dorados del animal se clavaron en ella. La atravesaron. Lucero sintió cómo el terror de Sinjun penetraba en cada célula de su cuerpo hasta unirse al de ella. Sus almas se fundieron y ella lo oyó en su corazón.
    «Los odio.»
    «Lo sé.»
    «Detente.»
    «No puedo.»
    Lucero acortó la distancia entre ellos hasta que apenas los separaron dos metros.
    —Manuel te matará —susurró, mirando fijamente los ojos dorados de la bestia.
    —Lucero, por favor... —Ella oyó una desesperada tensión en la súplica de Manuel y lamentó el desasosiego que le estaba causando, pero no podía detenerse.
    Cuando se acercó al tigre, sintió que Manuel cambiaba de posición para poder disparar desde otra dirección. Lucero sabía que se le acababa el tiempo.
    A pesar del miedo que le oprimía el pecho hasta dejarla sin respiración, se puso de rodillas delante del tigre. Le llegó su olor salvaje mientras lo miraba a los ojos.
    —No puedo dejar que mueras —susurró. —Ven conmigo. —Lentamente estiró el brazo para tocarlo.
    Una parte de ella esperaba que las poderosas mandíbulas de Sinjun se cerraran sobre su mano, pero había otra parte —su alma tal vez, porque sólo el alma podía resistirse con tal terquedad a la lógica— a la que no le importaba que le mordiera si con eso le salvaba la vida. Le acarició con mucha suavidad entre las orejas.
    El pelaje era a la vez suave y áspero. Dejó que se acostumbrara a su contacto, y el calor del animal le traspasó la palma de la mano. Los bigotes del felino le rozaron la suave piel del brazo, y sintió su aliento a través de la delgada tela de algodón de la camiseta. Él cambió de posición y poco a poco se dejó caer en la tierra con las patas delanteras extendidas.
    La calma se extendió por el cuerpo de Lucero, que dejó de sentir miedo. Experimentó una sensación mística de bienvenida, una paz que jamás había conocido antes, como si el tigre se hubiera convertido en ella y ella en el tigre. Por un momento Lucero comprendió todos los misterios de la creación: que cada ser vivo era parte de los demás, que todo era parte de Dios, que estaban unidos por el amor, puestos sobre la tierra para cuidar unos de otros. Sin miedo, enfermedad o muerte. No existía nada salvo el amor.
    Y en esa fracción de segundo, Lucero entendió que también amaba a Manuel de la manera terrenal en que una mujer ama a un hombre.
    Rodeó con los brazos el cuello del tigre como si fuera lo más natural del mundo. Tan natural como apretar la mejilla contra él y cerrar los ojos. Pasó el tiempo. Oyó los latidos del corazón de la fiera y, por encima, un ronroneo ronco y profundo.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Lun Abr 01, 2013 12:54 pm

    ohhhhhhhh! Subi masssssssssssssssssss
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Lun Abr 01, 2013 8:44 pm

    Capitulo 85

    «Te amo.»
    «Te amo.»
    —Tengo que encerrarte de nuevo —susurró ella finalmente, con las lágrimas deslizándosele por los párpados cerrados. —Pero no te abandonaré. Nunca.
    El ronroneo y el latido del corazón se hicieron uno.
    Permaneció arrodillada un rato más, con la mejilla presionada contra el cuello de Sinjun. Lucero nunca había sentido tanta paz, ni siquiera cuando había permanecido cobijada entre las patas de Tater. Había muchas cosas malas en el mundo, pero este lugar... este lugar era sagrado.
    Poco a poco fue consciente de lo que la rodeaba. Los demás se habían quedado paralizados como estatuas.
    Manuel todavía apuntaba con el arma a Sinjun, Qué tonto. Como si ella fuera a permitir que hiriera a ese animal. La piel bronceada de su marido había adquirido el color de la tiza, y supo que tenía miedo por ella. Con el retumbar del corazón del tigre debajo de su mejilla, Lucero supo que había puesto el mundo de Manuel patas arriba de una manera que él no podría perdonar. Cuando todo aquello acabara, ella tendría que afrontar las terribles consecuencias.
    Max —viejo, flaco y con la tez grisácea— permanecía de pie no muy atrás de Manuel, al lado de Sheba. Heather se aferraba al brazo de Brady. Los niños guardaban absoluto silencio.
    El mundo exterior había irrumpido en la mente de Lucero y ya no pudo permanecer más tiempo quieta. Se movió lentamente. Manteniendo la mano sobre el cuello de Sinjun, hundió las puntas de los dedos en su pelaje.
    —Sinjun volverá ahora a su jaula —anunció a todo el mundo. —Por favor, manteneos alejados de él.
    Se puso en movimiento y no se sorprendió cuando el tigre la siguió; sus almas estaban entrelazadas, así que no le quedaba otra elección. El animal le rozaba la pierna con la pata mientras lo guiaba a la jaula. Con cada paso, Lucero era consciente del arma de Manuel apuntándole.
    Cuando más se acercaban a su destino, mayor era la tristeza del tigre. La joven deseaba que Sinjun entendiera que aquél era el único lugar donde podía mantenerlo a salvo. Cuando llegaron a la jaula, el animal se detuvo.
    Lucero se arrodilló ante él y lo miró a los ojos.
    —Me quedaré un rato contigo.
    El felino la miró fijamente. Y luego, para sorpresa de Lucero, restregó la cabeza contra la mejilla de la joven. Le rozó el cuello con los bigotes y de nuevo soltó aquel ronroneo profundo y ronco.
    Luego Sinjun se apartó y, con un poderoso impulso de sus cuartos traseros, entró en la jaula de un salto.
    Lucero oyó que todo el mundo comenzaba a moverse detrás de ella y se volvió. Vio que Neeco y Manuel se acercaban corriendo a la jaula para coger la puerta rota y ponerla en su lugar.
    —¡Alto! —Lucero levantó los brazos para que se detuvieran. —No se acerquen más.
    Los dos hombres se detuvieron en seco.
    —Lucero, quítate de en medio —la voz de Manuel vibraba y la tensión endurecía sus hermosos rasgos.
    —Déjanos solos. —Se volvió hacia la puerta abierta de la jaula dándoles la espalda.
    Sinjun la observó. Ahora que estaba encerrado de nuevo, se mostraba tan altivo como siempre: regio, distante, como si lo hubiera perdido todo salvo la dignidad. Lucero sabía lo que él quería y no podía soportarlo. Quería que ella fuera su carcelera. La había elegido para que lo encerrara en la jaula.
    Lucero no se había dado cuenta de que estaba llorando hasta que sintió que las lágrimas se le deslizaban por las mejillas. Los ojos dorados de Sinjun brillaron tenuemente mientras la miraba con su acostumbrado desdén, haciéndola sentir un ser inferior.
    «Hazlo, debilucha —ordenó con los ojos. —Ya.»
    La joven levantó los brazos con esfuerzo y asió la puerta de la jaula. La bisagra rota hacía que pesara más y fuera difícil de mover, pero consiguió cerrarla con un sollozo.
    Manuel se acercó con rapidez y agarró la puerta para asegurarla pero, en el momento en que la tocó, Sinjun le enseñó los dientes y lanzó un rugido.
    —¡Deja que lo haga yo! —exclamó ella. —Se está enfadando. Por favor. Yo cerraré la puerta.
    —¡Maldita sea! —Manuel dio un paso atrás, lleno de rabia y frustración.
    Pero cerrar la jaula no era una tarea fácil. La plataforma sobre la que descansaba estaba a un metro de altura y Lucero tenía que levantar demasiado los brazos para cerrar la puerta. Neeco cogió un taburete y se lo puso al lado. Luego le dio un trozo de cuerda. Por un momento Lucero no supo para qué era. —Pásala entre los barrotes para que haga de bisagra —dijo Manuel. —Carga tu peso contra la puerta para sujetarla. Y por el amor de Dios, estate preparada para saltar hacia atrás si decide atacar.
    Manuel se colocó detrás de ella y le deslizó las manos alrededor de las caderas para sostenerla. Con su ayuda, intentó hacer lo que él había dicho: sujetar la puerta cerrada con el hombro mientras anudaba la cuerda alrededor de la bisagra rota. Comenzó a temblar debido a la tensión de su postura. Sintió el bulto del arma que Manuel había metido en la cinturilla de los vaqueros. Su marido la sujetó con más fuerza.


    Capitulo 86
    —Ya casi está, cariño.
    El nudo era grande y tosco, pero servía. Lucero se dejó caer los brazos. Manuel la bajó del taburete y la estrecho contra su pecho.
    La joven permaneció inmóvil unos instantes, agradeciendo su consuelo antes de levantar la mirada hacia aquellos ojos tan parecidos a los del tigre. Saber que amaba a ese hombre era aterrador. Eran muy diferentes, pero sentía la llamada de su alma tan claramente como si Manuel hubiese hablado en voz alta.
    —Siento haberte asustado.
    —Ya hablaremos de eso después.
    La arrastraría a la caravana para fustigarla en privado. Puede que eso fuera la gota que colmara el vaso; lo que haría que Manuel se deshiciera de ella. Lucero ahuyentó ese pensamiento y se alejó de él.
    —No puedo irme aún. Le he dicho A Sinjun que me quedaría un rato con él.
    Las líneas de tensión de la cara de Manuel se hicieron más profundas, pero no la cuestionó.
    —Vale.
    Max se acercó a ellos.
    —¡Eres estúpida! ¡Es increíble que aún estés viva! ¿En qué diablos estabas pensando? Jamás vuelvas a hacer una cosa así. De todo lo que...
    Manuel le interrumpió.
    —Cállate, Max. Yo me encargaré de esto.
    —Pero...
    Manuel arqueó una ceja y de inmediato Max Petroff guardó silencio. Ese sencillo gesto de su marido había sido suficiente. Lucero nunca había visto a su dominante padre ceder ante nadie, y ese hecho le recordó la historia que le había contado. Durante siglos los Petroff habían tenido el deber de obedecer los deseos de los Romanov.
    En ese momento, Lucero aceptó que lo que su padre le había contado era cierto, pero ahora lo que le importaba era Sinjun, que parecía inquieto y encrespado.
    —Amelia se preguntará dónde estoy —dijo su padre a sus espaldas. —Será mejor que me vaya. Adiós, Theodosia. —Max rara vez la tocaba y Lucero se sorprendió al sentir el suave roce de su mano en el hombro. Antes de que ella pudiera responder, su padre se despidió de Manuel y se fue.
    La actividad del circo había vuelto a la normalidad. Jack hablaba con la profesora mientras la ayudaba a escoltar a los niños hasta el jardín de infancia. Neeco y los demás habían vuelto a su trabajo. Sheba se acercó a ellos.
    —Buen trabajo, Lucero. —La dueña del circo dijo las palabras de mala gana. Aunque a Lucero le pareció ver algo de respeto en sus ojos, tuvo la extraña sensación de que el odio que Sheba sentía hacia ella se había intensificado. La pelirroja evitó mirar a Manuel y se alejó dejándolos solos con Sinjun.
    El tigre se mantenía en actitud vigilante, pero los miraba con su acostumbrado desprecio. Lucero metió las manos entre los barrotes de la jaula. Sinjun se acercó a ellas. La joven notó que Manuel contenía el aliento cuando el tigre comenzó a restregar aquella enorme cabeza contra sus dedos.
    —¿Podrías dejar de hacer eso?
    Ella alargó más las manos para rascar a Sinjun detrás de las orejas.
    —No me hará daño. No me respeta, pero me quiere. -Manuel se rio entre dientes y luego, para sorpresa de Lucero, la rodeó con los brazos desde atrás mientras ella acariciaba al tigre.
    —Nunca había pasado tanto miedo —dijo él apoyando la mandíbula en su pelo.
    —Lo siento.
    —Soy yo quien lo siente. Me advertiste sobre las jaulas y debería haberte hecho caso. Ha sido culpa mía.
    —La culpa es mía. Soy yo quien se encarga de las fieras.
    —No intentes culparte. No lo permitiré.
    Sinjun acarició la muñeca de Lucero con la lengua. La joven notó que Manuel tensaba los músculos de los brazos cuando el tigre comenzó a lamerla.
    —Por favor, ¿podrías sacar las manos de la jaula? —pidió él en voz baja. —Está a punto de darme un ataque.
    —En un minuto.
    —He envejecido diez años de golpe. No puedo permitirme el lujo de perder más.
    —Me gusta tocarle. Además, Sinjun se parece a ti, no ofrece su afecto con facilidad y no quiero ofenderle marchándome.
    —Es un animal, Lucero. No tiene emociones humanas. —Lucero sentía demasiada paz para discutírselo. —Cariño, tienes que dejar de hacerte amiga de los animales salvajes. Primero Tater, ahora Sinjun. ¿Sabes qué? Es evidente que necesitas una mascota de verdad. Lo primero que haremos mañana por la mañana será comprar un perro.
    Ella lo miró con alarma.
    —Oh, no, no podemos hacerlo.
    —¿Por qué?
    —Porque me dan miedo los perros. Él se quedó inmóvil, luego se echó a reír. Al principio sólo fue un ruido sordo en el fondo del pecho, pero pronto se convirtió en un alegre rugido que rebotó contra las paredes del circo y resonó en el recinto.
    —Claro, era de esperar—murmuró Lucero con una sonrisa. —Para que Manuel Markov se ría, tiene que ser a mi costa.
    Manuel levantó la cara hacia el sol y estrechó a Lucero entre sus brazos riéndose con más fuerza.
    Sinjun los miró con fastidio, luego apretó la cabeza contra los barrotes de la jaula y lamió el pulgar de Lucero.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Danny Centeno el Lun Abr 01, 2013 9:13 pm

    Ame a sinjun y a Lu <3
    JAJAJAJAJAAJA... Manu asustado cuando sinjun lamia a Lu :3 xD
    seguilaa porfa!
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Mar Abr 02, 2013 10:46 pm

    Capitulo 87
    Manuel se abrió paso a empujones entre los periodistas y fotógrafos que rodeaban a Lucero al término de la última función.
    —Mi esposa ha tenido suficiente por hoy. Necesita descansar un poco.
    Ignorándole, un periodista metió una pequeña grabadora bajo las narices de Lucero.
    —¿En qué pensó cuando se dio cuenta de que el tigre andaba suelto?
    Lucero abrió la boca para responder, pero Manuel la interrumpió sabiendo que su esposa era tan condenadamente educada que respondería a todas las preguntas aunque estuviera muerta de cansancio.
    —Lo siento, no tenemos nada más que decir. —Pasó el brazo por los hombros de Lucero y la alejó de allí.
    Los periodistas se habían enterado enseguida de la fuga del tigre y no habían dejado de entrevistarla desde la primera función. Al principio Sheba se había alegrado por la publicidad que eso suponía, pero luego había oído que Lucero comentaba que la casa de fieras era cruel e inhumana, por lo que se había puesto hecha una furia. Cuando Sheba había tratado de interrumpir la entrevista, Lucero le había lanzado una mirada inocente y había dicho sin pizca de malicia:
    —Pero Sheba, los animales odian estar allí. Son infelices en esas jaulas.
    Cuando Manuel y Lucero llegaron a la caravana, él estaba tan contento de tenerla sana y salva que no podía concentrarse en lo que le estaba contando. Lucero trastabilló y Manuel se dio cuenta de que caminaba demasiado rápido. Siempre le estaba haciendo eso. Arrastrándola. Empujándola. Haciendo que se tropezara. ¿Y si hubiera resultado herida? ¿Y si Sinjun la hubiera matado?
    Sintió un pánico aplastante mientras se le cruzaban por la cabeza unas imágenes horripilantes de las garras de Sinjun despedazando aquel delgado cuerpo. Si le hubiera ocurrido algo a Lucero, jamás se lo hubiera perdonado a sí mismo. La necesitaba demasiado.
    Le llegó la dulce y picante fragancia de su esposa mezclada con algo más, quizás el olor de la bondad. ¿Cómo había logrado Lucero metérsele bajo la piel en tan poco tiempo? No era su tipo, pero le hacía sentir emociones que nunca había imaginado. Esa joven cambiaba las leyes de la lógica y hacía que el negro fuera blanco y el orden se convirtiera en caos. Nada era racional cuando ella estaba cerca. Convertía a los tigres en mascotas y retrocedía con espanto ante un perrito. Le había enseñado a reírse y, también, había conseguido algo que nadie más había logrado desde que era un niño, había destruido su rígido autocontrol. Tal vez fuera por eso que él comenzaba a sentir dolor.
    Una imagen le cruzó por la mente, al principio difusa, aunque poco a poco se volvió más nítida. Recordó cuando en los días más fríos de invierno pasaba demasiado tiempo a la intemperie y luego entraba para calentarse. Recordó el dolor en sus manos congeladas cuando empezaban a entrar en calor. El dolor del deslució. ¿Sería eso lo que le ocurría? ¿Estaba sintiendo el deshielo de sus emociones?
    Lucero volvió la mirada a los reporteros.
    —Van a pensar que soy una maleducada, Manuel. No debería haberme ido así.
    —Me importa un bledo lo que piensen.
    —Eso es porque tienes la autoestima alta. Yo, sin embargo, la tengo baja...
    —No empieces...
    Tater, atado cerca de la caravana, soltó un barrito al ver a Lucero.
    —Tengo que darle las buenas noches.
    Manuel sintió los brazos vacíos cuando ella se acercó a Tater y apretó la mejilla contra su cabeza. Tater la rodeó con la trompa y Manuel tuvo que contener el deseo de apañarla antes de que el elefantito la aplastara por un exceso de cariño. Un gato. Quizá podría comprarle un gato. Sin uñas, para que no le arañara.
    La idea no lo tranquilizó. Conociendo a Lucero, probablemente se asustaría también de los gatos domésticos.
    Finalmente Lucero se alejó de Tater y siguió a Manuel a la caravana, donde comenzó a desvestirse, pero se lo pensó mejor y se sentó a los pies de la cama.
    —Venga, échame la bronca. Sé que llevas queriendo hacerlo todo el día.
    Manuel nunca la había visto tan desolada. ¿Por qué siempre tenía que pensar lo peor de él? Aunque su corazón lo impulsaba a tratarla con suavidad, su mente le decía que tenía que dejar las cosas claras y echarle un sermón que jamás olvidaría. El circo estaba lleno de peligros y él haría cualquier cosa para mantenerla a salvo.
    Mientras pensaba en eso, ella lo miró y todos los problemas del mundo se reflejaron en las profundidades violeta de sus ojos.
    —No podía dejar que lo mataras, Manuel. No podía.
    Las buenas intenciones de Manuel se disolvieron.
    —Lo sé. —Se sentó a su lado y comenzó a quitarle las hebras de paja del pelo mientras le hablaba con voz ronca: —Lo que has hecho hoy fue lo más valiente que he visto nunca.
    —Y lo más estúpido. Venga, dilo.
    —Eso, también. —Manuel alargó la mano y le apartó un mechón de la mejilla con el dedo índice. Miró su nariz respingona y no pudo recordar haber visto algo que lo conmoviera más profundamente. —Cuando te conocí, pensé que eras una niña mimada, tonta y consentida; demasiado hermosa para su propio bien.
    Como era de esperar, ella comenzó a negar con la cabeza.
    —No soy hermosa. Mi madre...
    —Lo sé. Tu madre era bellísima y tú eres feísima —sonrió. —Lamento decirte, nena, que no estoy de acuerdo contigo.
    —Eso es porque no la conociste.
    Lucero lo dijo con tal seriedad que él tuvo que reprimir uno de esos ataques de risa que lo asaltaban cada vez que estaban juntos.
    —¿Tu madre habría conseguido meter al tigre en la jaula?
    —Quizá no, pero era muy buena con los hombres. Se desvivían por ella.
    —Pues este hombre se desvivirá por ti. Lucero abrió mucho los ojos, y él lamentó haber dicho esas palabras porque sabía que habían revelado demasiado. Se había prometido a sí mismo que la protegería de sus sueños románticos, pero acababa de insinuar cuánto le importaba. Conociendo a Lucero y su anticuada visión del matrimonio, imaginaría que aquel cariño era amor y empezaría a construir castillos en el aire sobre un futuro juntos; quimeras que la retorcida carga emocional de él no le dejarían cumplir. La única manera de protegerla era hacerle ver con qué hijo de pu** se había casado.
    Pero era difícil. De todas las crueles jugarretas que le había hecho el destino, la peor había sido atarlo a esa frágil y decente mujer, con esos bellos ojos y ese corazón tan generoso. El cariño no era suficiente para ella. Lucero necesitaba a alguien que la quisiera de verdad. Necesitaba hijos y un buen marido, uno de esos tipos con el corazón de oro y trabajo fijo, que fuera a la iglesia los domingos y que la amara hasta el final de sus días.
    Sintió una dolorosa punzada en su interior al pensar que Lucero podría casarse con otra persona, pero la ignoró. Sin importar lo que tuviera que hacer, iba a protegerla.

    Capitulo 88

    —¿Qué quieres decir, Manuel? ¿Te desvivirías realmente por mí? —A pesar de todas aquellas buenas intenciones, Manuel asintió como un tonto. —Entonces siéntate y déjame hacerte el amor.
    Manuel se tensó, duro y palpitante; deseaba tanto a Lucero que no podía contenerse. En el último instante, antes de que el deseo de poseerla lo dominase, la boca de Lucero se curvó en una sonrisa tan dulce y suave que él sintió como si le patearan el estómago.
    Ella no se reservaba nada. Nada en absoluto. Se ofrecía a él en cuerpo y alma. ¿Cómo podía alguien ser tan autodestructivo? Manuel se puso a la defensiva. Si ella no era capaz de protegerse a sí misma, él haría el trabajo sucio.
    —El sexo es algo más que dos cuerpos —le dijo con dureza. —Eso fue lo que me dijiste. Que tenía que ser sagrado, pero no hay nada sagrado entre nosotros. Entre nosotros no hay amor, Lucero. Es sólo sexo. No olvides.
    Para absoluta sorpresa de Manuel, ella le brindó una tierna sonrisa, teñida por un poco de piedad.
    —Eres tonto. Por supuesto que hay amor. ¿Acaso no lo sabes? Yo te amo.
    Él sintió como si le hubieran golpeado a traición.
    Ella tuvo el descaro de reírse.
    —Te amo, Manuel, y no hay necesidad de hacer una montaña de un grano de arena. Sé que te dije que no lo haría, pero no he podido evitarlo. He estado negando la verdad, pero hoy Sinjun me hizo comprender lo que siento.
    A pesar de todas las advertencias y amenazas, de todos sus sermones, Lucero había decidido que estaba enamorada de él. Pero era él quien tenía la culpa. Debería haber mantenido más distancia entre ellos. ¿Por qué había paseado por la playa con ella? ¿Por qué le había abierto su corazón? Y lo más reprobable de todo, ¿por qué no la había mantenido alejada de su cama? Ahora tenía que demostrarle que lo que ella pensaba que era amor no era más que una visión romántica de la vida. Y no iba a ser fácil.
    Antes de que pudiera señalarle su error, ella le cubrió la boca con la suya. Manuel dejó de pensar. La deseaba. Tenía que poseerla.
    Lucero le recorrió los labios con la punta de la lengua, luego profundizó el beso con suavidad. Él le cogió la cabeza entre las manos y hundió los dedos en su suave pelo. La joven se acomodó entre sus brazos, ofreciéndose a él por completo.
    Lucero gimió con dulzura. Vulnerable. Excitada. El sonido atravesó la embotada conciencia de Manuel y lo trajo de vuelta a la realidad. Tenía que recordarle a Lucero cómo eran las cosas entre ellos. Por su bien tenía que ser cruel. Mejor que ella sufriera un pequeño dolor en ese momento que uno devastador más adelante.
    Se apartó bruscamente de ella. La hizo tumbarse en la cama con una mano y se ahuecó la protuberancia de los vaqueros con la otra.
    —Lo mires como lo mires, un buen polvo es mejor que el amor.
    Manuel dio un respingo para sus adentros ante la expresión de sorpresa que cruzó por la cara de Lucero antes de que se ruborizara. Conocía a su esposa y se preparó para lo que vendría a continuación: iba a levantarse de la cama de un salto y a hacer que le saliera humo por los oídos con un sermón sobre la vulgaridad.
    Pero no lo hizo. El rubor de la cara de Lucero se desvaneció y fue sustituido por la misma expresión de pesar que había adoptado antes.
    —Sabía que te pondrías difícil con esto. Eres tan previsible.
    «¿Previsible? ¿Así lo veía? ¡Maldita fuera, estaba tratando de salvarla y ella se lo pagaba burlándose de él. Pues bien, se lo demostraría con hechos.»
    Se obligó a esbozar una sonrisa cruel.
    —Quítate la ropa. Me siento un poco violento y no quiero desgarrártela.
    —¿Violento?
    —Eso es lo que he dicho, nena. Ahora desnúdate.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Danny Centeno el Miér Abr 03, 2013 12:07 am

    Shocked como la dejas ashiii?
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Miér Abr 03, 2013 9:11 pm

    Capitulo 89

    Lucero tragó saliva.
    —¿Quieres que me desnude?
    Sabía que parecía *******, pero Manuel la había cogido por sorpresa. ¿Qué quería decir exactamente con que «se sentía violento»? Miró al otro lado de la caravana el látigo que él había dejado enrollado sobre el brazo del sofá. Sabía que le había asustado muchísimo al decirle que lo amaba, pero ella no se había esperado esa reacción. Aun así, sabiendo que aquél era un tema delicado para Manuel, debería haber imaginado que reaccionaría de manera exagerada.
    —Deja de perder el tiempo. —Manuel se quitó la camiseta. Los vaqueros le caían a la altura de las caderas, haciéndole parecer oscuro y peligroso. Estaba medio desnudo y mostraba esa flecha de vello oscuro que le dividía el estómago plano en dos y que indicaba el camino del peligro con la misma sutileza que un letrero de neón.
    —Cuando dices que te sientes violento...
    —Quiero decir que es el momento de mostrarte algo diferente.
    —Para ser sinceros, no creo que aún esté preparada para eso.
    —Pensaba que habías dicho que me amabas, Lucero, demuéstramelo. —Definitivamente Manuel la estaba retando, y Lucero contó mentalmente hasta diez. —No soy de esos hombres románticos que regalan flores. Lo sabes. Me gusta el sexo. Me gusta practicarlo a menudo y no me gusta contenerme.
    «¡Dios! Sí que le había asustado.» Lucero se mordisqueó el labio inferior. A pesar de lo que ella había dicho antes, Manuel no era previsible, así que debía ser cautelosa. Por otra parte, Tater y sus compañeros le habían ensenado una regla básica para tratar con bestias grandes. Si retrocedes, te aplastan.
    —Muy bien —dijo. —¿Qué quieres que haga?
    —Ya te lo he dicho. Desnúdate.
    —Te he dicho que quería hacerte el amor, nada más.
    —Quizá yo no quiera hacer el amor. Quizá sólo quiera fo.llar.
    Era un cebo; uno que, evidentemente, Manuel quería que picara. Lucero tuvo que morderse la lengua para no caer en la trampa. Si perdía la calma le estaría siguiendo el juego, que era justo lo que él quería. Tenía que hacerle frente de alguna manera y tenía que ser ella la que dictara las normas. Lo amaba demasiado para dejar que la intimidara.
    Consideró sus opciones, luego se levantó de la cama y comenzó a desnudarse. Él no dijo nada; se limitó a observarla. Lucero se quitó los zapatos y se deshizo del maillot, pero cuando se quedó en bragas y sujetador, se detuvo indecisa. Manuel estaba muy excitado, un hecho que revelaban los ceñidos vaqueros, y su estado de ánimo era tan volátil que ella no sabía qué esperar. Quizá lo mejor sería distraerlo. Puede que de esa manera lograra ganar un poco de tiempo.
    Desde la charla que había mantenido con su padre, Lucero no había tenido oportunidad de hablar con Manuel sobre su asombroso origen. Si ahora sacaba el tema a colación, puede que le pillara desprevenido. Una conversación sobre sus orígenes familiares podría calmar el imprevisible humor de su marido.
    —Mi padre me ha dicho que tu padre era un Romanov.
    —Quítame los vaqueros.
    —Y no cualquier Romanov. Me ha dicho que eres el nieto del zar Nicolás II.
    —No quiero tener que repetírtelo. Manuel la miró con tal arrogancia que no le resultó difícil imaginarlo sentado en el trono de Catalina la Grande mientras le ordenaba a alguna de las obstinadas mujeres Petroff que se lanzara al Volga.
    —Dice que eres el heredero de la corona rusa.
    —Calla y haz lo que te digo.
    Lucero contuvo un suspiro. «Señor, qué difícil estaba siendo.» Parecía que no había nada como una declaración de amor para que ese ruso se lanzara al ataque. A Lucero le costó trabajo sostenerle la mirada con algo de dignidad cuando sólo llevaba puesta la ropa interior y él parecía tan alarmantemente omnipotente, pero lo hizo lo mejor que pudo. Estaba claro que ése no era el momento adecuado para obtener las respuestas que deseaba de él.
    —Y cuando me quites los vaqueros, hazlo de rodillas —le dijo Manuel con desdén.
    «¡Mamón insufrible!»
    Él apretó los labios.
    —Ahora.
    Lucero respiró hondo tres veces. Nunca hubiera imaginado que él la presionaría de esa manera. Le sorprendía cómo reaccionaba un hombre bajo los efectos del miedo. Y ahora tenía intención de presionarla para que ella retirara aquella declaración de amor. ¿Cuántos tigres tenía que domesticar en un día?
    Al estudiar los arrogantes ojos entornados de Manuel, la llamarada insolente de sus fosas nasales, Lucero sintió una inesperada oleada de ternura. Pobrecito. Se enfrentaba al miedo de la única manera que sabía y castigarlo sólo lo pondría más a la defensiva. «Oh, Manuel, ¿qué te hizo el látigo de tu tío?»
    Lo miró a los ojos y se puso de rodillas. La inundó una oleada de sensaciones al ver lo excitado que estaba. Ni siquiera el miedo podía evitarlo. Manuel cerró los puños.
    —¡Maldita sea! ¿Y tu orgullo?
    Lucero se sentó sobre los talones y miró aquella cara dura e inflexible; esa combinación eslava de pómulos prominentes y profundas sombras, así como las pálidas líneas de tensión que le enmarcaban la boca.
    —¿Mi orgullo? Está en mi corazón, por supuesto.
    —¡Estás permitiendo que te humille!
    Ella sonrió.
    —Tú no puedes humillarme. Sólo yo puedo rebajarme. Y me arrodillo ante ti para desnudarte porque eso me excita.
    Un traidor silencio se extendió entre ellos. Manuel parecía muy torturado y a Lucero le dolió verlo así. Se inclinó hacia él y apretó los labios contra aquel duro abdomen, justo encima de la cinturilla de los vaqueros. Le dio un ligero mordisco, luego tiró del botón hasta que cedió bajo sus dedos y le bajó la cremallera.
    A Manuel se le puso la piel de gallina.
    —No te comprendo en absoluto. —Su voz sonó áspera.
    —Creo que a mí sí. Es a ti mismo a quien no comprendes.
    Manuel la agarró por los hombros y la hizo ponerse en píe. Sus ojos parecían tan oscuros e infelices que ella no podía soportar mirarlos.
    —¿Qué voy a hacer contigo? —dijo él.
    —¿Quizá corresponder a mi amor?
    Manuel respiró hondo antes de cubrirle la boca con la suya. Lucero sintió su desesperación, pero no sabía cómo ayudarle. El beso los capturó a los dos. Los envolvió como un ciclón.
    Lucero no supo cómo se despojaron de la ropa, pero antes de darse cuenta estaban desnudos sobre la cama. Una sensación cálida y ardiente comenzó a extenderse por su vientre. La boca de Manuel estaba en su hombro, en sus pechos, rozándole los pezones. La besó en el vientre. Lucero abrió las piernas para él y permitió que le subiera las rodillas.
    —Voy a tocarte por todas partes —le prometió él contra la suave piel del interior de sus muslos. Y lo hizo. Oh, cómo lo hizo. Puede que no la amara con el corazón, pero la amaba con su cuerpo, y lo hizo con una desenfrenada generosidad que la llenó de deseo. Lucero aceptó todo lo que él quiso darle y se lo devolvió a su vez, usando las manos y los pechos, la calidez de su boca y el roce de su piel.
    Cuando finalmente él se hundió profundamente en su interior, Lucero lo envolvió con las piernas aferrándose a él.
    —Sí —susurró ella. —Oh, sí.
    Las barreras entre ellos desaparecieron y mientras buscaban juntos el éxtasis, ella comenzó a murmurar:
    —Oh, sí. Me gusta eso. Me encanta... Sí. Más profundo. Oh, sí. Justo así...
    Lucero siguió susurrando aquellas palabras, guiada, por el instinto y la pasión. Si dejaba de hablar, él trataría de olvidar quién era ella y la convertiría en un cuerpo anónimo. Y eso no podía consentirlo. Era Lucero. Era su esposa.
    Así que habló, se aferró a él y juntos alcanzaron ti éxtasis.
    Finalmente, la oscuridad dejó paso a la luz.

    Capitulo 90

    Ha sido sagrado.
    —No ha sido sagrado. Ha sido sexo.
    —Hagámoslo de nuevo.
    —Vamos a cien por hora, no hemos dormido más de tres horas y llegamos con retraso a Allentown.
    —Estirado.
    —¿A quién llamas estirado?
    —A ti.
    La miró de reojo, con una chispa diabólica en los ojos.
    —A ver si te atreves a repetirlo cuando estés desnuda.
    No volverás a verme desnuda hasta que admitas que ha sido sagrado.
    —¿Y si admito que fue especial? Porque fue muy especial.
    Ella le dirigió una mirada engreída y lo dejó pasar. La noche anterior había sido más que especial y los dos lo sabían. Lucero lo había sentido en la urgencia con la que habían hecho el amor y en la forma en que se habían abrazado después. Cuando se habían mirado a los ojos no se habían ocultado nada, no se habían reservado nada.
    Esa mañana, Lucero esperaba que él volviera a las nidadas y que actuara de la misma manera hosca y distante de siempre. Pero para su sorpresa, él se había mostrado tierno y cariñosamente burlón. Como si se hubiera rendido. Lucero quería creer con cada latido de su romántico corazón que su marido se había enamorado de ella, pero sabía que eso no sería fácil. Por ahora, agradecía que Manuel hubiera bajado la guardia.
    La lluvia comenzó a caer sobre el polvoriento parabrisas de la camioneta. Era un día frío y gris, y según el pronóstico del tiempo sólo iría a peor. Manuel la miró, y Lucero tuvo la sensación de que le había leído la mente.
    —No puedo resistirme a ti —dijo Manuel con suavidad. —¿Lo sabes, no? Y ya me he cansado de fingir lo contrario —adoptó una expresión de profunda preocupación. —Pero no te amo, Lucero, y no puedes hacerte una idea de cuánto lo siento, porque si tuviera que amar a alguien, sería a ti.
    Ella se obligó a tragar saliva.
    —¿Es por lo de la mutación de la que hablaste?
    —No bromees con eso.
    —Lo siento. Pero es que es increíblemente... —«Estúpido». Porque era una estupidez, aunque se calló la palabra. Si él creía que no podía amarla, lo único que conseguiría discutiendo con él sería que se pusiera de nuevo a la defensiva. A menos que fuera cierto. Tan desafortunado pensamiento cruzó como un relámpago por la mente de Lucero. ¿Y si Manuel tenía razón? ¿Y si aquella violenta infancia le había dejado una cicatriz tan profunda que nunca sería capaz de amar? ¿Y si simplemente no podía amarla a ella?
    La lluvia tamborileó con fuerza contra el techo. Lucero bajó la mirada a su anillo de boda.
    —Dime cómo sería. ¿Cómo sería si me amases?
    —¿Si te amase?
    —Sí.
    —Es una pérdida de tiempo hablar de algo que no puede ocurrir.
    —¿Sabes qué pienso? Que no creo que fuera mejor que esto. Ahora es perfecto.
    —Pero no durará. Dentro de seis meses nuestro matrimonio habrá terminado. No podría vivir conmigo mismo viendo cómo languideces por no darte lo que te mereces. No puedo darte amor. Ni hijos. Y eso es lo que necesitas, Lucero. Eres ese tipo de mujer. Te marchitarás como una flor si no lo tienes.
    Lucero sintió una punzada de dolor al oír aquellas palabras, pero no podía reprocharle su sinceridad. Como sabía que él no admitiría nada más por el momento, cambió de tema.
    —¿Sabes qué es lo que quiero de verdad?
    —Supongo que unas semanas en un spa con manicura incluida.
    —No. Quiero trabajar en una guardería.
    —¿En serio?
    —Es una tontería, ¿a que sí? Tendría que ir a la universidad y ya soy demasiado mayor. Para cuando me graduara, habría pasado de los treinta.
    —¿Igual que si no vas a la universidad?
    —¿Perdón?
    —Los años pasarán igual, vayas o no a la universidad.
    —¿Me estás diciendo en serio que debería hacerlo?
    —No veo por qué no.
    —Porque ya he metido la pata demasiadas veces en mi vida y no quiero hacerlo más. Sé que soy inteligente, pero he tenido una educación muy poco convencional y no soy capaz de seguir una rutina. No me imagino compartiendo clase con un puñado de jovencitos de dieciocho años de ojos brillantes recién salidos del instituto.
    —Quizás es hora de que empieces a verte con otros ojos. No olvides que eres la dama que domestica tigres. —Le dirigió una misteriosa sonrisa que hizo que Lucero se preguntase de qué tigre hablaba: de Sinjun o de sí mismo, pero Manuel era demasiado arrogante para pensar que ella lo había domesticado.
    Miró hacia delante y divisó una serie de flechas indicando la dirección.
    —Gira ahí delante.
    Encontrar las flechas que señalaban la ubicación del circo era tan natural para Manuel como respirar. Lucero sospechó que ya las había visto, pero él asintió con la cabeza. La lluvia arreció y él aumentó la velocidad de los limpiaparabrisas.
    —Supongo que no seremos tan afortunados como para instalarnos sobre el asfalto esta vez —dijo ella.
    —Me temo que no. Estaremos en un descampado.
    —Supongo que ahora sabré de primera mano por qué a los circos como el de los Hermanos Quest se les llama circos de barro. Sólo espero que la lluvia no moleste a los animales.
    —Estarán bien. Son los empleados los que sufrirán más.
    —Y tú. Tú estarás allí con ellos. Siempre lo estás.
    —Es mi trabajo.
    —Extraño trabajo para alguien que debería ser zar. —Lo miró de reojo. Si él pensaba que se había olvida do de ese tema, se equivocaba.
    —¿Ya estamos con eso otra vez?
    —Si me dices la verdad no volveré a mencionarlo nunca más.
    —¿Me lo prometes?
    —Te lo prometo.
    —Está bien, pues —respiró hondo. —Es probable que sea verdad.
    —¿¡Qué!? —Lucero volvió la cabeza con tal rapidez que casi se partió el cuello.
    —Las pruebas dicen que tengo ascendencia Romanov y, por lo que Max ha podido averiguar, existen muchas probabilidades de que sea el bisnieto de Nicolás II.
    Ella se hundió en el asiento.
    —No me lo creo.
    —Bueno. Entonces no hay nada más de lo que hablar.
    —¿Lo dices en serio?
    —Max tiene pruebas bastante convincentes. Pero dado que no puedo hacer nada al respecto, será mejor que hablemos de otros temas.
    —¿Eres el heredero del trono ruso?
    —En Rusia no hay trono. Por si se te ha olvidado, allí no existe la monarquía.
    —Pero si la hubiera...
    —Si la hubiera, saldrían Romanov de cada carpintería de Rusia afirmando ser el heredero.
    —Por lo que me dijo mi padre, hay pruebas más que suficientes en tu caso, ¿no?
    —Probablemente, pero ¿qué más da? Los rusos odian más a los Romanov que a los comunistas, así que no creo que se restaure la monarquía.
    —¿Y si lo hicieran?
    —Me cambiaría de nombre y huiría a alguna isla desierta.
    —Mi padre pondría el grito en el cielo.
    —Tu padre está obsesionado.
    —Sabes por qué concertó este matrimonio, ¿no? Yo pensaba que estaba tratando de castigarme buscándome el peor marido del mundo, pero no es así. Quería que los Petroff y los Romanov se unieran y me utilizó para ello. —Lucero se estremeció. —Es como una novela victoriana. Todo esto me pone la piel de gallina. ¿Sabes qué me dijo ayer?
    —Probablemente lo mismo que a mí. Te habrá enumerado todas las razones por las que deberíamos seguir casados.
    —Me dijo que si quería retenerte tendría que reprimir mi carácter. Y estar dispuesta a esperarte en la puerta con las zapatillas en la mano.
    Manuel sonrió.
    —A mí me dijo que ignorara tu carácter y me fijara en tu dulce cuerpo.
    —¿De veras?
    —No con esas palabras, pero ésa era la idea.
    —No lo entiendo. ¿Por qué se molestó en tramar todo esto para un matrimonio de seis meses?
    —¿No es evidente? Espera que cometamos un desliz y te quedes embarazada. —Lucero lo miró fijamente. —Quiere garantizar el futuro de la monarquía. Quiere un bebé con sangre Petroff y Romanov que ocupe un lugar en la historia. Ése es su plan. Que des a luz a un bebé mítico; si luego seguimos casados o no, no importa. De hecho, probablemente preferiría que nos divorciáramos; en cuanto rompiéramos intentaría hacerse cargo del niño.
    —Pero sabe que tomo anticonceptivos. Amelia me acompañó al ginecólogo. Incluso es ella quien se encarga de conseguir las recetas porque no se fía de mí.
    —Es evidente que Amelia no está tan ansiosa como él por tener un pequeño Petroff-Romanov corriendo por la casa. O simplemente aún no quiere ser abuela. Supongo que él no lo sabe, pero dudo que tu madrastra pueda ocultárselo durante mucho más tiempo.
    Ella miró por la ventanilla los cuatro carriles de la autopista. Un letrero de neón de Taco Bell brillaba intermitentemente a un lado. Luego pasaron ante un concesionario de Subaru. Lucero experimentó una sensación de irrealidad por el contraste entre los modernos signos de civilización y la conversación que mantenía con Manuel sobre antiguas monarquías. Al rato le asaltó un pensamiento horrible.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  AnyeMl el Jue Abr 04, 2013 11:03 am

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Jue Abr 04, 2013 10:00 pm

    Capitulo 91

    —El príncipe Alexi tenía hemofilia y es hereditaria. Manuel, no tendrás esa enfermedad, ¿verdad?
    —No. Sólo se transmite a través de las mujeres. Aunque Alexi la tenía, no podía pasarla a sus hijos. —Se pasó al carril izquierdo. —Sigue mi consejo, Lucero, y no pienses en esto. No vamos a seguir casados y no vas a quedarte embarazada, así que mis conexiones familiares no tienen importancia. Sólo te he contado esto para que dejes de darme la lata.
    —Yo no te doy la lata.
    Manuel le recorrió el cuerpo con una mirada lasciva.
    —Eso es como decir que tú no...
    —Calla. Como pronuncies esa palabra con «F», lo lamentarás.
    —¿Qué palabra es ésa? Dímela al oído para que sepa de qué hablas.
    —No te voy a decir nada.
    —Deletréala.
    —Tampoco la deletrearé.
    Manuel siguió bromeando con ella hasta llegar al recinto, pero no consiguió que se la dijera.
    _______________________
    A primera hora de la tarde, la lluvia se había convertido en un diluvio. Gracias al impermeable que le había prestado Manuel, Lucero no se había mojado la cabeza, pero para cuando terminó de comprobar la casa de fieras y visitar a Tater, tenía los vaqueros cubiertos de lodo y sus deportivas estaban tan duras que parecían zapatos de cemento.
    Esa noche, los artistas habían comenzado a hablar con ella antes de la función. Brady se disculpó por la rudeza que había mostrado el día anterior y Jill la invitó a ir de compras esa misma semana. Los Tolea y los Lipscomb la felicitaron por su valentía y los payasos le dieron un ramillete de flores de papel.
    A pesar del mal tiempo, la publicidad que había rodeado la fuga de Sinjun había atraído a mucha gente y lograron vender todas las entradas de la función matinal. Jack había narrado la historia heroica de Lucero, pero ella lo había echado a perder al soltar un grito cuando Manuel le rodeó las muñecas con el látigo.
    Cuando acabó la función, Lucero volvió a ponerse los vaqueros enlodados en la zona provisional de vestuarios que se había dispuesto junto a la puerta trasera del circo para que los artistas no se mojaran los trajes de actuación. Se abrochó el impermeable, inclinó la cabeza y salió rápidamente bajo las ráfagas de lluvia y viento. Aunque no eran ni las cuatro de la tarde, la temperatura había descendido mucho y para cuando llego a la caravana le castañeteaban los dientes. Se quitó los vaqueros, puso el calentador en marcha y encendió todas las luces para iluminar la estancia.
    Cuando la luz llenó el confortable interior y la caravana comenzó a caldearse, Lucero pensó que aquel lugar nunca le había parecido tan acogedor. Se puso un chándal color melocotón y unos calcetines de lana antes de empezar a trajinar en la pequeña cocina. Solían cenar antes de la última función y, durante las últimas semanas, había sido ella quien se había encargado de hacer la comida; le encantaba cocinar cuando no tenía que guiarse por una receta.
    Canturreó mientras cortaba una cebolla y varios brotes de apio antes de empezar a saltearlos con ajo en una pequeña sartén; luego añadió un poco de romero. Encontró un paquete de arroz silvestre y lo añadió junio con más hierbas aromáticas. Sintonizó la radio portátil del mostrador en una emisora de música clásica. Los olores hogareños de la cocina y los exuberantes acordes del Preludio en do menor de Rachmaninov inundaron la caravana. Hizo una ensalada, añadió pechuga de pollo a la sartén y agregó el vino blanco que quedaba en una botella que habían abierto hacía varios días.
    Se empañaron las ventanas y regueros de condensación se deslizaron por los cristales. La lluvia repiqueteaba contra el techo metálico, mientras los olores, la música suave y la acogedora cocina la mantenían en un cálido capullo. Puso la mesa con la descascarillada vajilla de porcelana china, las soperas de barro, las desparejadas copas y un viejo bote de miel que contenía unos tréboles rojos que había recogido en el campo el día anterior, antes de la fuga de Sinjun. Cuando finalmente miró a su alrededor, pensó que ninguna de las lujosas casas en las que había vivido antes le había parecido tan perfecta como aquella caravana destartalada.
    La puerta se abrió y entró Manuel. El agua se le deslizaba por el impermeable amarillo y tenía el pelo pegado a la cabeza. Ella le pasó una toalla mientras él cerraba la puerta. El estallido distante de un trueno sacudió la caravana.
    —Huele bien aquí dentro. —Él echó un vistazo a su alrededor, al interior cálidamente iluminado, y Lucero observó en su expresión algo que parecía anhelo. ¿Había tenido alguna vez un hogar? Por supuesto no cuando era niño, pero, ¿y de adulto?
    —Tengo la cena casi lista —dijo ella. —¿Por qué no te cambias?
    Mientras Manuel se ponía ropa seca, ella llenó las copas de vino y revolvió la ensalada. En la radio sonaba Debussy. Cuando él regresó a la mesa con unos vaqueros y una sudadera gris, ella ya había servido el pollo con arroz.
    Manuel se sentó después de que Lucero tomara asiento. Cogió su copa y la levantó hacia ella en un silencioso brindis.
    —No sé cómo estará la comida. He utilizado los ingredientes que tenía a mano.
    Manuel la probó.
    —Está buenísima.
    Durante un rato comieron en un agradable silencio, disfrutando de la comida, la música y la acogedora caravana bajo la lluvia.
    —Te compraré un molinillo de pimienta con mi próximo sueldo —dijo ella, —así no tendrás que condimentar la comida con lo que contiene esa horrible lata.
    —No quiero que te gastes tu dinero en un molinillo para mí.
    —Pero si te gusta la pimienta.
    —Eso no viene al caso. El hecho es...
    —Si fuese a mí a quien le gustase la pimienta, ¿me comprarías un molinillo?
    —Si quisieras...
    Ella sonrió.
    Manuel pareció quedarse perplejo.
    —¿Es eso lo que quieres? ¿Un molinillo de pimienta?
    —Oh, no. A mí no me gusta la pimienta.
    Él curvó la boca.
    —Me avergüenza admitirlo, Lucero, pero parece que empiezo a entender estas conversaciones tan complejas que tienes.
    —Pues a mí no me sorprende. Eres muy brillante.
    Le dirigió una sonrisita traviesa.
    —Y tú, señora, eres la bomba.
    —Y además sexy.
    —Eso por supuesto.
    —¿Podrías decirlo de todas maneras?
    —Claro. —Manuel la miró con ternura y le cogió la mano por encima de la mesa. —Eres sin duda la mujer más sexy que conozco. Y la más dulce...
    A Lucero se le puso un nudo en la garganta y se perdió en las profundidades ámbar de los ojos de Manuel. ¿Cómo había podido pensar que eran fríos? Bajó la cabeza antes de que él pudiese ver las lágrimas de anhelo.
    Él comenzó a hablarle de la función y pronto se reían del lío que se había formado entre uno de los payasos y una señorita muy bien dotada de la primera fila. Compartieron los pequeños detalles del día: los problemas de Manuel con uno de los empleados o la impaciencia de Tater por estar atado todo el día. Planearon un viaje a la lavandería para el día siguiente y Manuel mencionó que tenía que cambiar el aceite de la camioneta. Podrían haber sido un matrimonio cualquiera, pensó Lucero, hablando del día a día, y no pudo evitar sentir la esperanza de que, después de todo, pudieran resolverse las cosas entre ellos.

    Capitulo 92

    Manuel le dijo que fregaría los platos si se quedaba a hacerle compañía, después se quejó, naturalmente, por el número de utensilios que ella había utilizado. Mientras él bromeaba con ella, a Lucero se le ocurrió una idea.
    Aunque Manuel le había hablado abiertamente de su linaje Romanov, no le había revelado nada sobre su vida actual, algo que para ella era mucho más importante. Hasta que él le dijera a qué se dedicaba cuando no viajaba con el circo no existiría entre ellos una verdadera comunicación. Pero no se le ocurría otra manera de averiguar la verdad más que engañándolo. Decidió que quizá no había nada malo en decir una pequeña mentirijilla cuando era la felicidad de su matrimonio lo que estaba en juego.
    —Manuel, creo que tengo una infección de oído. —Él dejó lo que estaba haciendo y la miró con tal preocupación que a Lucero le remordió la conciencia.
    —¿Te duele el oído?
    —Un poquito. No mucho. Sólo un poquito nada más.
    —Iremos al médico en cuanto termine la función.
    —Para entonces todas las consultas estarán cerradas.
    —Te llevaré a urgencias.
    —No quiero ir a urgencias. Te aseguro que no es nada serio.
    —No voy a dejar que viajes con una infección de oído.
    —Supongo que tienes razón. —Lucero vaciló; sabía que ahora tocaba poner el cebo. —Tengo una idea —dijo lentamente. —¿Te importaría mirármelo tú?
    Él se quedó quieto.
    —¿Quieres que te examine yo el oído? —Lucero se sintió culpable. Ladeó la cabeza y jugueteó con el borde de la arrugada servilleta de papel. Al mismo tiempo, recordó la manera en que él le había preguntado si estaba vacunada del tétanos o cómo había administrado los primeros auxilios a un empleado. Tenía derecho a saber la verdad.
    —Supongo que, sea cual sea tu especialidad, estarás cualificado para tratar una infección de oído. A menos que seas veterinario.
    —No soy veterinario.
    —Vale. Entonces hazlo.
    Él no dijo nada. Lucero contuvo los nervios mientras recolocaba los tréboles y alineaba los botes de sal y la pimienta. Se obligó a recordar que aquello era por el bien de Manuel. No podría conseguir que su matrimonio funcionara si él insistía en mantener tantas cosas en secreto.
    Lo oyó moverse.
    —Vale, Lucero. Te examinaré.
    La joven alzó la cabeza con rapidez. ¡Lo había conseguido! ¡Por fin lo había pillado! Con astucia, había logrado que admitiera la verdad. Su marido era médico y ella había logrado que confesara.
    Sabía que se enfadaría cuando la examinara y descubriera que no tenía nada en el oído, pero ya se las arreglaría después. Sin duda alguna podría hacerle entender que había sido por su bien. No era bueno para él ser tan reservado.
    —Siéntate en la cama —dijo. —Y acércate a la luz para que pueda ver.
    Ella lo hizo.
    Manuel se demoró secándose las manos delante del fregadero antes de dejar a un lado la toalla y acercarse a ella.
    —¿No necesitas el instrumental?
    —Está en el maletero de la camioneta y preferiría no tener que mojarme otra vez. Además, hay más de una manera de diagnosticar una infección de oído. ¿Cuál de ellos te duele?
    Lucero vaciló una fracción de segundo, luego señaló la oreja derecha. Manuel le retiró el pelo a un lado y luego se inclinó para examinarla.
    —No veo bien con esta luz, acuéstate.
    Lucero se recostó en la almohada. El colchón se hundió cuando él se sentó a su lado y le puso la mano en la garganta.
    —Traga.
    Lo hizo.
    Manuel apretó con la punta de los dedos.
    —Otra vez.
    Lucero tragó por segunda vez.
    —Mmm. Ahora abre la boca y di «ah».
    —Ahhh...
    Manuel inclinó la cabeza de Lucero hacia la luz.
    —¿Qué opinas? —preguntó ella finalmente.
    —Pues parece que sí tienes una infección, pero no creo que sea en el oído.
    «¿Tenía una infección?»
    Manuel bajó la mano a su cintura y le presionó el abdomen.
    —¿Te duele aquí?
    —No.
    —Bien. —Le cogió un tobillo y lo separó del otro. —Estate quieta mientras compruebo el pulso alterno.
    Ella se mantuvo en silencio con la frente arrugada de preocupación. «¿Cómo era posible que tuviera una infección?» Se encontraba bien. Luego recordó que había tenido un leve dolor de cabeza hacía un par de días y que a veces se sentía un poco mareada cuando se levantaba demasiado rápido. Tal vez estaba enferma y no lo sabía.
    Lo miró con preocupación.
    —¿Tengo el pulso normal?
    —Shh... —Le desplazó el otro tobillo para que mantuviera las piernas separadas y le apretó las rodillas sobre la tela del chándal. —¿Te ha dolido algo últimamente?
    «¿Le había dolido algo?»
    —Creo que no.
    Manuel le subió la parte superior del chándal y le tocó un pecho.
    —¿Sientes algo aquí?
    —No.
    Le rozó el pezón con los dedos y, aunque su toque pareció impersonal, Lucero entrecerró los ojos con suspicacia. Luego se relajó al notar la intensa concentración en la cara de Manuel. Estaba portándose como todo un profesional; no había indicio de lujuria en lo que estaba haciendo.
    Le tocó el otro pecho.
    —¿Y aquí? —preguntó.
    —No.
    Manuel bajó la parte superior del chándal, cubriéndola con modestia, y ella se sintió avergonzada por haber dudado de él.
    Parecía preocupado.
    —Me temo que...
    —¿Qué?
    Cubrió la mano de Lucero con la suya y le dio una palmadita consoladora.
    —Lucero, yo no soy ginecólogo, y normalmente no haría esto, pero me gustaría examinarte. ¿Te importaría?
    —¿Si me importaría...? —Lucero vaciló. —Bueno, no, supongo que no. Es decir, estamos casados y ya me has visto... pero ¿qué tienes que hacer? ¿Crees que me pasa algo?
    —Estoy prácticamente seguro de que no es nada, pero los problemas glandulares pueden complicarse y sólo quiero asegurarme de que no es así. —Manuel deslizó los pulgares hasta la cinturilla de los pantalones de Lucero. Ella levantó las caderas y dejó que se los quitara junto con las bragas.
    Cuando él tiró la ropa al suelo, las sospechas de Lucero regresaron de nuevo, pero las ignoró cuando se dio cuenta de que él no estaba mirándola. Parecía distraído, como si estuviera ensimismado. ¿Y si en realidad tenía una enfermedad rara y él estaba pensando la mejor manera de decírselo?
    —¿Prefieres que te cubra con la sábana? —preguntó él.
    A la joven le ardieron las mejillas.
    —Er..., esto... No es necesario. Es decir, dadas las circunstancias...
    —Vale. Entonces... —Le apretó con suavidad sus rodillas. —Dime si te duele.
    No le dolió. Ni un poquito. Mientras la examinaba, a Lucero se le cerraron los ojos y comenzó a flotar. Manuel tenía un toque de lo más asombroso. Controlado. Exquisito. Un roce aquí. Otro allá. Era delicioso. Esos dedos dejaron un rastro suave y húmedo. Su boca... ¡Era su boca!

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Leysdania el Sáb Abr 06, 2013 2:15 am

    No pude dejar coment muuucho antes.

    Que bueno que despuésde tanto tiempo la continuastes :-). Sigue subiendo los cap.

    Gracias
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Sáb Abr 06, 2013 9:23 pm

    Capitulo 93
    Lucero levantó de golpe la cabeza de la almohada.
    —¡Eres un pervertido! —chilló ella.
    Él soltó una risotada y la inmovilizó, agarrándola con firmeza.
    —¡No eres médico!
    —¡Ya te lo había dicho! Eres muy ingenua. —Manuel se rio más fuerte. Ella intentó soltarse y él la sujetó con tina mano mientras se bajaba la cremallera con la otra. —Pequeña farsante, has intentado engañarme con una falsa infección de oídos.
    Lucero entornó los ojos cuando él se bajó los vaqueros.
    —¿Qué estás haciendo?
    —Sólo hay una cura para lo que te pasa, cariño. Y yo soy el único hombre que puede proporcionártela.
    Los ojos de Manuel chispearon de risa y pareció tan satisfecho de sí mismo que la irritación de Lucero se aplacó y le resultó difícil mantener el ceño fruncido.
    —¡Me las pagarás!
    —No hasta que me cobre la consulta. —Los vaqueros de Manuel cayeron al suelo en un suave susurro junto con los calzoncillos. Con una amplia y lobuna sonrisa, cubrió el cuerpo de Lucero con el suyo y entró en ella con un suave envite.
    —¡Degenerado! Eres un horrible..., ahh..., un horrible... Mmm...
    Manuel esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
    —¿Decías?
    Lucero luchó contra la creciente excitación que la inundaba, decidida a no ceder a él con demasiada facilidad.
    —¡Creí que me pasaba algo! Y... y durante todo ese tiempo estabas... ahhh... ¡estabas buscando un polvo!
    —Ese lenguaje... -Ella gimió y apresó las caderas de Manuel entre las manos.
    —Y lo dice alguien que ha violado el juramento hipocrático...
    Él soltó una carcajada que envió vibraciones de placer al interior de la joven. Cuando Lucero le miró a los ojos, vio que el desconocido tenso y peligroso con quien se había casado había desaparecido. En su lugar había un hombre que no había visto nunca: joven, alegre y despreocupado. A Lucero le dio un vuelco el corazón.
    Se le empañaron los ojos. Manuel le mordisqueó el labio inferior.
    —Oh, Manuel...
    —Calla, amor. Cállate y deja que te ame. Dijo las palabras con el ritmo que marcaban sus embestidas. Ella le respondió y se unió a él con los ojos llenos de lágrimas. En un par de horas tendrían que enfrentarse en la pista, pero por ahora no había peligro, sólo el placer que atravesaba sus cuerpos, inundaba sus corazones y estallaba en un manto de estrellas.

    Capitulo 94

    Un rato después, cuando Lucero estaba en el cuarto de baño aplicándose el maquillaje para la función, la sensación de bienestar se evaporó. No importaba lo que ella quisiera creer, no habría verdadera intimidad entre ellos si Manuel guardaba tantos secretos.
    —¿Quieres tomar un café antes de que salgamos a mojarnos? —gritó él.
    Lucero guardó el lápiz de labios y salió del cuarto de baño. Manuel estaba apoyado en el mostrador con sólo los vaqueros y una toalla amarilla colgando del cuello. Ella metió las manos en los bolsillos del albornoz.
    —Lo que quiero es que te sientes y me digas a qué te dedicas cuando no viajas con el circo.
    —¿Ya estamos con eso otra vez?
    —Más bien seguimos con ello. Ya basta, Manuel. Quiero saberlo.
    —Si es por lo que acabo de hacer...
    —Eso ha sido una tontería. Pero no quiero más misterios. Si no eres médico ni veterinario, dime, ¿qué tipo de doctor eres?
    —Puede que sea dentista.
    Manuel parecía tan esperanzado que Lucero casi sonrió.
    —No eres dentista. Ni siquiera utilizas la seda dental todos los días.
    —Sí que lo hago.
    —Mentiroso, como mucho cada dos días. Y, definitivamente, no eres psiquiatra, aunque estás neurótico perdido.
    Él cogió la taza de café del mostrador y se quedó mirando el contenido.
    —Soy profesor universitario, Lucero.
    —¿Que eres qué?
    Manuel la miró.
    —Soy profesor de historia del arte en una pequeña universidad privada de Connecticut. Ahora mismo he cogido una excedencia.
    Lucero se había imaginado muchas cosas, pero no ésa. Aunque, si lo pensaba bien, tampoco debería asombrarse tanto. Él había dejado caer pistas sutiles. Recordó que Heather le había dicho que Manuel la había llevado a una exposición y le había comentado los cuadros. Y había muchas revistas de arte en la caravana, aunque ella había pensado que se las habían dejado los anteriores inquilinos. Además, estaban las numerosas referencias que Manuel había hecho a pinturas famosas. Se acercó a él.
    —¿Y por qué tanto misterio?
    Manuel se encogió de hombros y tomó un sorbo de café.
    —A ver si lo adivino. Es por el mismo motivo por el que usamos esta caravana, ¿no? ¿La misma razón por la que escogiste vivir en el circo en vez de otro sitio? Sabías que estaría más cómoda con un profesor universitario que con Manuel el Cosaco, y no querías que estuviese a gusto.
    —Quería que te dieras cuenta de lo diferentes que somos. Trabajo en un circo,Lucero. Manuel el Cosaco es una parte muy importante de mi vida.
    —Pero también eres profesor universitario.
    —En una universidad pequeña.
    Lucero recordó la raída camiseta universitaria que a veces se ponía ella para dormir.
    —¿Estudiaste en la Universidad de Carolina del Norte?
    —Hice prácticas allí, pero me licencié y doctoré en la Universidad de Nueva York.
    —Me cuesta imaginarlo.
    Manuel le rozó la barbilla con el pulgar.
    —Esto no cambia nada. Todavía diluvia, tenemos una función que hacer y estás tan hermosa que lo único que quiero es quitarte el albornoz y volver a jugar a los médicos.
    Lucero se obligó a dejar de lado las preocupaciones y a vivir el presente, al menos de momento.
    Esa noche, a mitad de la función, se levantó viento. Cuando los laterales de la lona de nailon del circo comenzaron a hincharse y deshincharse como un gran fuelle, Manuel ignoró la afirmación de Sheba de que la tormenta amainaría y ordenó a Jack que suspendiera la función.
    El maestro de ceremonias lo anunció de manera discreta, diciéndole al público que necesitaban bajar la cubierta del circo como medida de seguridad, garantizando a todos el reembolso de la entrada. Mientras Sheba echaba humo por el dinero perdido, Manuel dio instrucciones a los músicos de tocar una alegre melodía para acelerar la salida de la gente.
    Parte del público se detuvo bajo el toldo de entrada para no mojarse y tuvieron que animarlo para que continuara saliendo. Mientras ayudaba a la evacuación, Manuel sólo pensaba en Lucero; en si habría seguido sus órdenes de permanecer en la camioneta hasta que amainara el viento.
    ¿Y si no lo había hecho? ¿Y si estaba ahí fuera en ese momento, bajo el viento y la lluvia, por si se había perdido algún niño o para ayudar a un anciano a llegar hasta su coche? ¡Maldición, seguro que era así! Lucero tenía más corazón que sentido común y se olvidaría de su propia seguridad si sabía que alguien estaba en problemas.
    Un sudor frío le cubrió la piel y tuvo que recurrir a todo su control para mirar con gesto tranquilo al público que pasaba por su lado. Se dijo a sí mismo que ella estaría bien, e incluso esbozó una sonrisa cuando recordó la jugarreta que le había hecho antes. Se había reído más en el tiempo que llevaban juntos que en toda su vida. Nunca sabía cuál sería la próxima ocurrencia de su esposa. Lo hacía sentirse como el niño que nunca había sido. ¿Qué haría cuando ella se fuera? Se negaba a pensar en ello. Lo superaría y punto, tal como había hecho con todo lo demás. La vida lo había convertido en un solitario, y era así como le gustaba vivir.
    Cuando el último de los espectadores abandonó el circo, el viento había arreciado y la empapada lona se abombaba por las ráfagas. Manuel tenía miedo de perder la cubierta si no la aseguraban con rapidez, y se movió de un grupo a otro para ordenar y ayudar a aflojar las cuerdas. Uno de los empleados soltó la cuerda antes de tiempo y le dio en la mejilla, pero Manuel ya había sentido latigazos antes e ignoró el dolor. La fría lluvia cayó sobre él cegándole, el viento le revolvió el pelo y, durante todo el tiempo que estuvo trabajando, pensaba en Lucero. «Será mejor que estés en la camioneta, ángel. Por tu propia seguridad y por la mía.»
    Lucero estaba agazapada en el centro de la jaula de Sinjun con el tigre acurrucado a su lado y la lluvia entrando por los barrotes. Manuel no confiaba en la seguridad de la caravana durante la tormenta y le había dicho que se metiera en la camioneta hasta que amainara el viento. Se dirigía allí cuando había oído el rugido aterrorizado de Sinjun. Se dio cuenta de que la tormenta lo había asustado.
    El tigre estaba a la intemperie, expuesto a los elementos mientras todos ayudaban a desmontar el circo. Al principio Lucero se había quedado junto a la jaula, pero el embate de la lluvia y del viento hacía que le resultara difícil mantenerse en pie. Sinjun se puso frenético cuando ella intentó resguardarse debajo de la jaula y, sin que le quedara otra elección, se había metido dentro con él.
    Ahora la rodeaba como si fuera un gato grande. Lucero sentía la vibración de la respiración y del ronroneo del felino en la espalda y gracias al calor del animal no tenía frío. Se acurrucó contra él y se sintió tan segura como unas horas antes, cuando se encontraba entre los brazos de Manuel.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Dom Abr 07, 2013 10:52 am

    Seguila!!! lol! lol! lol! lol!
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Danny Centeno el Dom Abr 07, 2013 1:29 pm

    che Manuel doctor perver! Shocked lol! JAJA
    SEGUILA!!!
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Mar Abr 09, 2013 8:04 pm

    Capitulo 95

    Lucero no estaba en la camioneta.
    Lucero no estaba en la caravana.
    Manuel atravesó el recinto buscándola frenéticamente. ¿Que habría hecho esta vez? ¿Dónde se habría metido? ¡Maldita sea, todo eso era culpa suya! Sabía de sobra lo loca que estaba; debería haberla acompañado a la camioneta y, atarla al volante.
    Manuel siempre se había sentido orgulloso de mantener la cabeza fría ante una crisis, pero ahora no podía pensar. La tormenta amainó después de que aseguraran la carpa y pasaron unos cuantos minutos revisando los daños superficiales; el cristal delantero de uno de los camiones estaba salpicado de escombros y uno de los puestos había volcado por el viento. La lona del circo tenía algún desgarrón, pero no parecía haber sufrido daños serios. Tras asegurarse de que todo estaba en orden decidió ir a buscar a Lucero. Sin embargo, cuando llegó a la camioneta, y vio que no estaba allí, sintió cómo el pánico le atenazaba las entrañas.
    ¿Por qué no la había vigilado de cerca? Era demasiado frágil, demasiado confiada. «Dios mío, que no le haya ocurrido nada.»
    Vio un destello de luz al otro lado del recinto, pero uno de los remolques le bloqueaba la vista. Mientras corría hacia allí, oyó la voz de Lucero y se le aflojaron los músculos de puro alivio. Rodeó el vehículo con rapidez y pensó que nunca había visto nada más hermoso que Lucero sosteniendo una linterna y dirigiendo a dos de los empleados para que cargaran la jaula de Sinjun en la parte trasera del camión que transportaba a las fieras.
    Quiso sacudirla por haberle hecho pasar tanto miedo, pero se contuvo. No era culpa suya que él se hubiera convertido en un debilucho y un cobarde.
    Cuando lo vio, Lucero esbozó una sonrisa tan llena de felicidad que hizo que el calor alcanzara los dedos de los pies de Manuel.
    —¡Estás bien! Estaba tan preocupada por ti.
    Él se aclaró la garganta y tomó aliento para tranquilizarse.
    —¿Necesitas que te eche una mano?
    —Creo que ya estamos acabando —dijo Lucero, subiéndose al camión.
    Aunque Manuel quería llevarla a la caravana y amarla hasta la mañana siguiente, la conocía lo suficiente como para saber que ninguna baladronada por su parte la apartaría del camión hasta que estuviera totalmente segura de que los animales a su cargo estaban bien resguardados. Si se lo permitía, incluso les habría leído un cuento antes de arroparlos.
    Lucero salió por fin y, sin ninguna vacilación, estiró los brazos y se dejó caer desde la parte superior de la rampa hacia él. Cuando Manuel la estrechó contra su pecho, decidió que eso era lo que más le gustaba de ella: nunca dudaba de él. Lucero había sabido que la atraparía entre sus brazos costara lo que costase.
    —¿Te quedaste en la camioneta durante la tormenta como te dije? —le preguntó plantándole un beso duro y desesperado sobre el pelo mojado.
    —Mmm... estuve a salvo, te lo aseguro.
    —Bien. Volvamos a la caravana. Los dos necesitamos una ducha caliente.
    —Antes necesito...Saber cómo está Tater.
    —Iré contigo.
    —Pero no vuelvas a mirarlo con cara de pocos amigos.
    —Nunca lo miro con cara de pocos amigos.
    —La última vez que lo miraste así heriste sus sentimientos.
    —No tiene...
    —Por supuesto que tiene sentimientos.
    —Lo mimas demasiado.
    —Es cariñoso, no mimado. Hay una gran diferencia.
    Manuel le dirigió una mirada significativa.
    —Créeme, conozco la diferencia entre cariñoso y mimado.
    —¿Estás insinuando...?
    —Ha sido un cumplido.
    —No ha sonado así.
    Discutió con ella hasta que llegaron al remolque donde se encontraba el elefante, pero Manuel no le soltó la mano en ningún momento. Ni se le borró la sonrisa de la cara

    Capitulo 96

    Durante los meses de junio y julio, el circo de los Hermanos Quest pasó el ecuador de la gira mientras se dirigía hacia el oeste a través de pueblos de Pensilvania y Ohio. Algunas veces seguían el curso de un río: Allegheny, Monongahela, Hocking, Scioto y Maumee. Actuaron en pueblos pequeños que habían sido olvidados por los circos grandes, pueblos mineros con las minas cerradas, pueblos con molinos abandonados, pueblos con fábricas clausuradas. Los circos más famosos podían haber olvidado a la gente común de Pensilvania y Ohio, pero el de los Hermanos Quest la recordaba y la función continuaba.
    La primera semana de agosto, el circo llegó a Indiana y Lucero nunca había sido más feliz en su vida. Cada día era una aventura. Se sentía como si fuera una persona diferente: fuerte, confiada y capaz de defenderse por sí misma. Desde la fuga de Sinjun se había ganado el respeto de los demás y ya no la trataban como a una paria. Las showgirls intercambiaban chismes con ella y los payasos le pedían opinión sobre los trucos nuevos.
    Brady la buscaba para hablar de política y la ayudaba 4 mejorar el tono muscular con las pesas. Y Heather pasaba un rato con ella todos los días salvo que estuviera Manuel cerca.
    —¿Has estudiado psicología? —le preguntó Heather una tarde a principios de agosto cuando estaban almorzando en el McDonald's de un pueblo donde estaban actuando, al este de Indiana.
    —Durante unos meses. Tuve que abandonar el colegio antes de terminar el curso. —Lucero cogió una patata frita, la mordisqueó y luego la dejó donde estaba. La comida frita no le sentaba bien últimamente. Se puso la mano sobre el vientre y se obligó a concentrarse en lo que Heather decía.
    —Creo que estudiaré psicología. Lo digo porque, después de todo lo que he pasado, creo que podría ayudar a bastantes niños.
    —Seguro que sí.
    Heather parecía preocupada, algo raro en ella. Sin embargo, la menuda adolescente se mostraba animada cuando estaba con ella. Aunque Lucero sabía que el tema del dinero robado le pesaba en la conciencia, la joven jamás lo había mencionado.
    —¿Te ha dicho Manuel algo de...? ¿Se ha reído de lo tonta que fui y todo eso?
    —No, Heather. Te aseguro que ni siquiera ha vuelto a pensar en ello.
    —Cada vez que me acuerdo de lo que hice me muero de vergüenza.
    —Manuel está acostumbrado a que las mujeres se le echen encima. Si te digo la verdad, no creo que se acuerde siquiera.
    —¿De veras? Creo que sólo lo dices para que me sienta mejor.
    —Le caes genial, Heather. Y te aseguro que no cree que seas tonta.
    —Parecías muy cabreada cuando nos encontraste juntos.
    Lucero contuvo una sonrisa.
    —No es muy agradable para una mujer mayor ver como una chica va detrás de su hombre.
    Heather asintió con aire de entendida.
    —Sí. Pero, Lucero, no creo que Manuel le echara un polvo a nadie que no fueras tú. Te lo juro. Les he oído comentar a Jill y a Madeline que ni siquiera las mira cuando toman el sol en biquini. Creo que les jode mucho.
    —Heather...
    —Lo siento, les fastidia mucho. —Desmigó distraídamente la corteza del pan. —¿Puedo preguntarte una cosa? Es sobre... bueno..., sobre cuando se mantienen relaciones sexuales y todo eso. Lo que quiero decir es, ¿no se siente vergüenza?
    Lucero se dio cuenta de que Heather se había estado mordiendo las uñas y supo que no era porque le preocupara el tema del sexo, sino porque sentía remordimientos de conciencia.
    —Cuando es correcto, no da vergüenza.
    —Pero ¿cómo sabes cuándo es correcto?
    —Hay que dar tiempo al tiempo y conocer bien a la otra persona. Heather, deberías esperar hasta estar casada.
    Heather puso los ojos en blanco.
    —Ahora nadie espera hasta estar casado.
    —Yo lo hice.
    —Sí, pero tú estás algo...
    —¿Algo zumbada?
    —Sí, pero eres muy maja. —Heather abrió los ojos como platos y mostró el primer signo de animación en semanas. Dejó su refresco sobre la mesa. —¡Oh, Dios! ¡No mires!
    —¿Mirar qué?
    —La puerta. Acaba de entrar aquel chico que estuvo hablando conmigo ayer. Oh, Dios... qué bueno está...
    —¿Quién es?
    —El que está en la caja. ¡No mires! Lleva un chaleco negro y pantalones cortos. Vale, mira deprisa, pero que no te pille haciéndolo.
    Lucero observó el área de las cajas con el mayor disimulo que pudo. Vio a un adolescente estudiando el menú. Era de la edad de Heather, con un espeso cabello castaño y una expresión adorablemente bobalicona en la cara. Lucero estaba contenta de que, por fin, Heather actuara como una adolescente normal y no como si cargara el peso del mundo sobre sus hombros.
    —¡Ay, Dios! ¡Me va a ver! —gimió Heather. —¡Oh, joder! Mi pelo...
    —No digas palabrotas. Y estás estupenda.
    Heather hundió la cabeza y Lucero supo que el chico se estaba acercando.
    —Hola...
    Heather ganó tiempo revolviendo el hielo de la Coca-Cola antes de levantar la vista.
    —Hola...
    Los dos se ruborizaron a la vez y Lucero supo que ambos estaban pensando algo brillante que decir. Fue el chico quien habló primero.
    —¿Qué hay de nuevo?
    —Nada.
    —¿Estarás hoy por aquí? Digo..., me refiero, en el circo.
    —Sí.
    —Vale, entonces iré a verte.
    Otra larga pausa, esta vez rota por Heather.
    —Ésta es Lucero. Puede que la recuerdes de la función. Es mi mejor amiga. Lucero, éste es Kevin.
    —Hola, Kevin.
    —Hola. Me..., esto..., me gustaste en la función.
    —Gracias.
    Habiendo agotado ese tema de conversación, Kevin se volvió hacia Heather.
    —Jeff y yo, no lo conoces, pero es un buen tipo..., pensábamos pasarnos por allí.
    —Vale.
    —Quizá nos veamos.
    —Sí. Estaría genial.
    Silencio
    —Vale, hasta luego.
    —Hasta luego.
    Cuando el chico se fue, una expresión soñadora apareció en la cara de Heather, seguida casi de inmediato por una de incertidumbre.
    —¿Crees que le gusto?
    —Es evidente.
    —¿Qué hago si me invita a salir esta noche entre las funciones o algo por el estilo? Sabes que papá no me dejará ir.
    —Tendrás que decirle la verdad a Kevin. Que tu padre es muy estricto y no te va a dar permiso para salir con nadie hasta que cumplas los treinta.
    —De nuevo, Heather puso los ojos en blanco, pero Lucero lo dejó pasar.
    Consideró el dilema de Heather. Era bueno que la chica tuviera un ligue, incluso uno de doce horas. Necesitaba comportarse como una adolescente normal en lugar de parecer que hacía penitencia. Lucero era consciente de que Heather tenía razón: Brady se negaría.
    —¿Y si le enseñas el circo? Eso le gustaría. Y luego puedes sentarte junto a las camionetas donde tu padre pueda verte sin que por ello pierdas tu intimidad.
    —Eso no funcionará. —Heather arrugó la frente con preocupación. —¿Por qué no hablas con mi padre y le dices que no me humille delante de Kevin?
    —Hablaré con él.
    —Que no diga ninguna estupidez delante de Kevin, Por favor, Lucero.
    —Haré lo que pueda.
    Heather ladeó la cabeza y pasó el dedo índice por el envase vacío. Hundió los hombros de nuevo, y Lucero notó que volvía a caer la sombra de la culpabilidad sobre ella.
    —¡Cuando pienso en lo que te hice me siento... una *******! Quiero decir fatal. —Levantó la vista. —Sabes que siento muchísimo lo que hice, ¿verdad?
    —Sí. —Lucero no sabía cómo ayudarla. Heather había intentado compensarlo de todas las maneras posibles. Lo único que no había hecho era decirle la verdad a su padre, y Lucero no quería que lo hiciera. La relación de Heather con Brady ya era muy difícil y eso sólo empeoraría las cosas.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Jue Abr 11, 2013 9:51 pm

    Capitulo 97


    —Lucero, jamás hubiera... Me refiero a lo que pasó con Manuel, fue algo muy inmaduro. Él había sido muy amable conmigo, pero nunca había intentado ligármelo ni nada parecido, si es eso lo que te preocupa...
    —Gracias por decírmelo. —Lucero se dedicó a recoger los restos de comida para que Heather no la viera sonreír.
    La adolescente arrugó la nariz.
    —Sin intención de ofender, Lucero, puede que sea muy sexy, pero es viejo.
    Lucero casi se atragantó.
    Heather miró a las cajas, donde Kevin estaba recociendo su pedido.
    —Está buenísimo.
    —¿Manuel?
    Heather pareció horrorizada.
    —¡No, no! ¡Kevin!
    —Ah, bueno. Manuel no es Kevin, eso seguro.
    Heather asintió con gravedad.
    —Eso seguro.
    Esta vez Lucero no pudo evitarlo. Se echó a reír y, para su deleite, Heather la imitó.
    Cuando regresaron al recinto, Heather salió disparada para ensayar con Sheba. Lucero desempaquetó las compras que había hecho y apartó la comida de los animales, agradeciendo para sus adentros que Manuel nunca protestara por los extras en la factura del supermercado. Ahora que sabía que sólo era un pobre profesor universitario había intentado controlar los gastos, pero antes ahorraría en su propia comida que en la de los animales.
    Siguiendo la rutina diaria, se acercó a los elefantes y saludó a Tater. Él la siguió hasta las jaulas de las fieras.
    Sinjun solía ignorar al elefantito, pero esta vez alzó la cabeza con orgullo y miró a su rival con arrogante condescendencia.
    «Lucero me ama, molesto infante, no lo olvides.» Lollipop y Chester estaban atados fuera de la carpa y Tater se acomodó en el lugar de costumbre, donde le esperaba un fardo de heno limpio. Lucero se acercó a Sinjun y metió la mano entre los barrotes para rascarle detrás de las orejas. Como no era un cachorro, Lucero no lo arrullaba como hacía con los demás.
    A Lucero le encantaba el tiempo que pasaba con los animales. Sinjun había mejorado bajo sus cuidados; su pelaje naranja oscuro tenía ahora un brillo saludable. Algunas veces, casi de madrugada, cuando todo estaba silencioso y desierto, Lucero abandonaba su confortable lugar junto a Manuel y se acercaba a la jaula de Sinjun, le abría la puerta y dejaba que el enorme felino vagara libre un rato.
    Mientras retozaban juntos en la hierba húmeda de rocío, Sinjun mantenía sus garras cuidadosamente enfundadas. Lucero se mantenía ojo avizor por si aparecía algún otro madrugador. En ese momento, mientras acariciaba al animal, sintió que la envolvía una sensación de letargo.
    Sinjun la miró profundamente a los ojos.
    «Díselo.»
    «Lo haré.»
    «Díselo.»
    «Pronto, muy pronto.»
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  AnyeMl el Vie Abr 12, 2013 1:42 pm

    Conste que subiste cap corto, pero subele pronto, esta mas abkjan *------*
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  mirkis el Vie Abr 12, 2013 1:47 pm

    Soy nueva aqui...oye me encanta esta web novela, ya quiero saber que pasa en siguiente capitulo jejeje
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Lun Abr 15, 2013 7:55 pm

    Capitulo 98
    ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que sintiera la nueva vida que crecía en su vientre? No podía estar embarazada de más de seis semanas, así que aún pasaría un tiempo. No se había saltado ni una sola píldora, por lo que al principio había atribuido los síntomas al cansancio. Pero la semana anterior, tras vomitar en el cuarto de baño, se había comprado un test de embarazo y había descubierto la verdad.
    Jugueteó con una de las orejas de Sinjun. Sabía que tenía que decírselo a Manuel, pero aún no estaba preparada. Sabía que su marido se enfadaría —Lucero no se encañaba al respecto, —pero en cuanto se acostumbrara a la idea, ella misma se aseguraría de que aquello lo hiciera feliz. «Y le haría feliz», se dijo a sí misma firmemente. Manuel la amaba. Aunque todavía no lo hubiera admitido. Y amaría a su bebé.
    Si bien él todavía no había dicho las palabras que ella necesitaba escuchar, Lucero sabía que Manuel albergaba profundos sentimientos hacia ella. ¿Qué otra cosa si no provocaría la ternura que veía reflejada en sus ojos de vez en cuando o la satisfacción que parecía irradiar de él cuando estaban juntos? A veces le resultaba difícil recordar lo raro que solía ser que él se riera cuando lo había conocido.
    Sabía que a Manuel le gustaba estar con ella. Al vivir en una pequeña caravana y gracias a los interminables kilómetros que hacían en la camioneta casi todas las mañanas, pasaban más tiempo juntos que la mayoría de los matrimonios y, a pesar de ello, todavía la buscaba durante el resto del día para compartir con ella cualquier cosa, para comentarle cualquier problema que hubiera surgido en la localidad en la que estaban o simplemente darle una rápida palmadita posesiva en el trasero. La comida diaria entre la matinée y las funciones nocturnas se había convertido en un ritual importante para los dos. Y por la noche, tras el trabajo, hacían el amor con una pasión y una libertad que nunca hubiera creído posible.
    Ya no podía imaginar la vida sin él. Por otro lado Manuel había dejado de mencionar el divorcio, señal de que tampoco él podía imaginárselos separados. Por ese motivo Lucero aún no le había contado lo del bebé. Simplemente quería darle un poco más de tiempo para que se acostumbrase a amarla.
    A la mañana siguiente todo se fue al garete. Manuel se despertó un poco después de que ella hubiera salido de la cama y la descubrió en el descampado detrás de las caravanas jugando con Sinjun. Dos horas más tarde todavía seguía cabreado con ella.
    Esa mañana le tocaba conducir a Lucero. Habían comenzado a turnarse cuando Manuel se dio cuenta de que ella no iba a destrozar la camioneta y de que le encantaba conducir.
    —Debería haber conducido yo esta mañana —dijo él. —Así habría tenido las manos ocupadas y no tendría que pensar en dónde meterlas para no estrangularte.
    —Ya está bien, Manuel, relájate.
    —¿¡Que me relaje!? ¿Estás de coña?
    Lucero lo fulminó con la mirada. Él la miró furioso.
    —Prométeme que no volverás a soltar a Sinjun.
    —No estábamos en un pueblo y no había ni un alma en los alrededores, así que deja de preocuparte.
    —Eso no parece una promesa.
    Lucero contempló los campos de Indiana que se extendían a ambos lados de la carretera.
    —Te has fijado que Jack y Jill pasan mucho tiempo juntos últimamente. ¿No sería gracioso que se casaran? Lo digo por esa serie de televisión que se llama así.
    —No intentes cambiar de tema y prométeme que no volverás a ponerte en peligro. —Tomó un largo sorbo de café de la taza que agarraba firmemente con la mano.
    —¿De verdad crees que Sinjun me haría daño?
    —No es un gato doméstico, por mucho que te empeñes en creer lo contrario. Los animales salvajes son imprevisibles. No vuelvas a dejarlo suelto, ¿me has entendido? De ninguna manera.
    —Te he hecho una pregunta. ¿Crees que me haría daño?
    —No a propósito. Es evidente que está loco por ti, pero la historia del circo está llena de animales dóciles que se volvieron contra sus domadores. Y Sinjun ni siquiera es dócil.
    —Está conmigo y odia la jaula. De verdad. Ya te he dicho que nunca lo dejo salir si estamos cerca de una zona habitada. Y ya viste por ti mismo que no había nadie cerca esta mañana. Si hubiera habido alguien, no le hubiera abierto la puerta.
    —Como no volverás a dejarlo libre, nada de esto tiene importancia. —Manuel se terminó el café y colocó la taza en el suelo de la camioneta. —¿Qué ha sucedido con la mujer con la que me casé? ¿La que creía que la gente civilizada no se levantaba antes de las once?
    —Se casó con un tipo del circo.
    Lucero oyó aquella profunda y entrecortada risa, y devolvió la atención a la carretera. Sabía que a Manuel le preocupaba que hubiera dejado suelto a Sinjun y esperaba que no se diera cuenta de que no le había prometido nada.

    Capitulo 99
    Heather cerró la puerta de la Airstream de su padre y salió al fresco de la noche. Llevaba puesto un camisón amarillo de algodón con un dibujo de Garfield, y los pies desnudos se le hundieron en la hierba húmeda. El circo ya había sido desmontado, pero ella se sentía demasiado mal consigo misma como para prestar atención a la familiar visión. Clavó la mirada en su padre, que estaba sentado junto a la puerta del Airstream en una silla azul y blanca mientras fumaba el único cigarrillo que se permitía a la semana.
    Por una vez no había ninguna mujer rondándolo. Ni las showgirls ni las jóvenes del lugar que siempre le perseguían. La idea de que su padre practicara el sexo le repelía, pero sabía que era irremediable. Por lo menos era discreto, que era más de lo que podía decir de sus hermanos. Su padre siempre les reñía por decir obscenidades cerca de ella.
    Brady todavía no la había visto y la brasa del cigarrillo brilló cuando dio otra calada. Heather apenas había comido nada en la cena, pero sentía como si fuera a vomitar sólo de pensar en lo que tenía que hacer esa noche. Ojalá pudiera taparse las orejas y ahogar por completo la voz de su conciencia, pero cada día era más fuerte. La atormentaba de tal manera que ni siquiera podía dormir por la noche y no lograba retener la comida en el estómago. Guardar silencio se había convertido en un castigo peor que decir la verdad.
    —Er... ¿puedo hablar contigo un momento, papá? —hizo la pregunta como si tuviera una rana enorme en la garganta y croara en vez de hablar.
    —Pensaba que estabas dormida.
    —No puedo dormir.
    —¿Otra vez? ¿Qué te pasa últimamente?
    —Es que... —Heather se retorció las manos. Brady se iba a enfadar cuando se lo dijera, pero no podía seguir así, sabiendo que le había jodido la vida a Lucero y sin hacer nada para remediarlo.
    —¿Qué te pasa, Heather? ¿Todavía te preocupa que se te haya caído el aro esta noche?
    —No.
    —Bien, porque no deberías preocuparte por eso. Aunque deberías concentrarte más. Cuando Matt y Rob tenían tu edad...
    —¡No soy ni Matt ni Rob! —Estalló. —¡Siempre Matt y Rob! ¡Matt y Rob! ¡Ellos son perfectos y a mí todo me sale mal!
    —No he dicho eso.
    —Es lo que piensas. Siempre me comparas con ellos. Si hubiera venido a vivir contigo después de morir mamá en vez de quedarme con tía Terry, ahora lo haría mejor.
    Brady no se enfadó sino que se frotó el brazo y ella supo que le molestaba la tendinitis.
    —Heather, hice lo que era mejor para ti. Ésta no es una vida fácil.
    —Me gusta vivir así. Me gusta el circo.
    —No me entiendes.
    Heather se sentó en una silla a su lado porque era más fácil hablar si estaba a la misma altura que él. Ése había sido el mejor y el peor verano de su vida. El mejor gracias a Lucero y a Sheba. Aunque no se llevaban bien entre sí, las dos se preocupaban por ella. Si bien nunca lo reconocería ante Lucero, le gustaba que le riñera por decir palabrotas, fumar y hablar de sexo. Lucero era graciosa y no tenía ni pizca de arrogancia, siempre te estaba acariciando el brazo y cosas por el estilo.
    Sheba se preocupaba por ella de otra manera. La defendía cuando sus hermanos se comportaban de manera aborrecible, y se aseguraba de que comiera cosas sanas en vez de comida basura. La ayudaba a ensayar y nunca le gritaba, ni siquiera cuando no lo hacía bien. Sheba tenía buen corazón, siempre la peinaba o le corregía la postura, o le daba una palmadita de ánimo cuando terminaba la actuación.
    Conocer a Kevin la semana anterior también había sido genial. Habían prometido escribirse. Aunque no la había llegado a besar, estaba segura de que había querido hacerlo.
    Todo lo demás había sido horrible. Se había humillado ante Manuel y aún se ruborizaba cuando pensaba en ello. Su padre siempre parecía disgustado con ella. Pero lo peor de todo era lo que le había hecho a Lucero, algo tan horrible que su conciencia no le dejaba vivir ni un minuto más sin confesarlo.
    —Papá tengo que contarte algo. —Se agarró las manos con fuerza. —Algo muy malo.
    Él se puso rígido.
    —No estarás embarazada, ¿no?
    —¡No! —Heather se ruborizó. —¡Siempre piensas lo peor de mí!
    Brady se hundió en la silla.
    —Lo siento, cariño. Es que te haces mayor y eres muy guapa. Estoy preocupado por ti.
    Era lo más agradable que le había dicho en todo el verano, pero a ver qué decía cuando confesara lo que había hecho. Quizá debería habérselo dicho a Sheba primero; no era a Sheba a quien temía, sino a su padre. Las lágrimas hicieron que le picaran los ojos, pero parpadeó para ahuyentarlas porque los hombres odian las lágrimas. Matt y Rob decían que sólo lloraban las nenitas.
    —Es que hice algo... y ya no puedo callarlo por más tiempo.
    Él no dijo nada. Sólo la observó y esperó.
    —Es... es como si algo horrible estuviera creciendo en mi interior y no se detuviera.
    —Tal vez sea mejor que me lo cuentes.
    —Yo... —Tragó saliva. —El dinero... el dinero que todos pensaron que había robado Lucero... —Las palabras salieron finalmente: —fui yo quien lo robó.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Mar Abr 16, 2013 2:31 pm

    affraid affraid affraid affraid siguelaaaaaaaaaa!
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Miér Abr 17, 2013 9:31 pm

    Capitulo 100

    Por un momento él no dijo nada, luego se levantó de un salto.
    —¿¿¡¡Qué!!??
    Heather levantó la mirada hacia su padre e incluso en la oscuridad de la noche pudo ver su expresión furiosa. Se le cayó el alma a los pies, pero se obligó a continuar.
    —Fui yo... Yo cogí el dinero y luego me colé en su caravana y lo escondí en su maleta para que todos pensaran que lo había robado ella.
    —¡No me lo puedo creer! —Brady comenzó a dar patadas a diestro y siniestro, golpeando la pata de la silla sobre la que estaba sentada ella y haciendo que se cayera. Antes de que tocase el suelo, él la agarró por el brazo y comenzó a sacudirla. —¿Por qué hiciste algo así? Maldita sea, ¿por qué mentiste?
    Aterrada, Heather intentó zafarse de él, pero su padre no la soltó y la chica ya no pudo contener las lágrimas.
    —Quería... quería que Lucero tuviera problemas. Fue...
    —Eres rastrera.
    Volvió a sacudirla.
    —¿Sabe Manuel algo de esto?
    —No.
    —Has consentido que todos piensen que Lucero es una ladrona cuando fuiste tú. Me pones enfermo.
    Sin ningún miramiento, la arrastró por el recinto. A Heather le goteaba la nariz y estaba tan asustada que comenzaron a castañetearle los dientes. Había sabido que su padre se enfadaría con ella, pero no había imaginado hasta qué punto.
    Rodearon la caravana de Sheba, y se dirigieron hacia la de Manuel y Lucero, que estaba aparcada al lado. Con brusquedad, Brady levantó el puño y golpeó la puerta. Se encendieron las luces del interior y Manuel abrió de inmediato.
    —¿Qué pasa, Brady?
    La cara de Lucero apareció por encima del hombro de Manuel y, cuando vio a Heather, pareció preocupada.
    —¿Qué ha pasado?
    —Díselo —le exigió su padre.
    Heather se explicó entre sollozos.
    —Fui yo... fui yo quien...
    —¡Míralos a la cara mientras hablas! —Le cogió la barbilla y le alzó la cabeza, sin lastimarla pero obligándola a mirar a Manuel a los ojos. Heather quiso morirse.
    —¡Yo cogí el dinero! —sollozó. —No fue Lucero. ¡Fui yo! Luego me colé en la caravana y lo escondí en su maleta.
    Manuel se puso tenso y mostró una expresión tan parecida a la de su padre que Heather dio un paso atrás.
    Lucero soltó un grito ahogado. Aunque era una mujer pequeña logró apartar a Manuel a codazos y bajar un escalón. Intentó abrazar a Heather pero su padre la apartó.
    —No te compadezcas de ella. Heather ha sido una cobarde y será castigada por ello.
    —¡Pero no quiero que la castigues! Hace meses que pasó. Ya no importa.
    —Cuando pienso en todos los desaires que te hice...
    —No importa. —Lucero tenía la misma expresión testaruda que cuando sermoneaba a la chica por su lenguaje. —Esto es cosa mía, Brady. De Heather y mía.
    —Estás equivocada. Heather es carne de mi carne, mi responsabilidad, y nunca pensé que llegaría el día en que me avergonzaría tanto de ella como ahora. —Miró a Manuel. —Sé que es un problema del circo, pero te pido que dejes que me encargue yo mismo de esto.
    Heather se echó hacia atrás al ver la mirada escalofriante en los ojos de Manuel cuando éste asintió con la cabeza.
    —¡No, Manuel! —Lucero intentó acercarse de nuevo a Heather, pero Manuel la atrapó desde atrás.
    Brady la arrastró entre las caravanas sin decir ni una palabra. Heather no había estado tan asustada en toda su vida. Su padre nunca le había pegado, pero claro, ella nunca había hecho nada tan malo.
    Él se detuvo en seco cuando Sheba surgió de las sombras de su gran caravana RV. Llevaba puesta una bata verde de seda con estampados de aves y flores por todos lados. Heather se alegró tanto de verla que a punto estuvo de lanzarse en sus brazos, pero la horrible mirada en los ojos de la dueña del circo le hizo darse cuenta de que Sheba lo había oído todo.
    Heather sacudió la cabeza y comenzó a llorar de nuevo. Ahora Sheba también la odiaba. Debería haberlo esperado, Sheba odiaba el robo más que cualquier cosa.
    Sheba habló con voz trémula:
    —Quiero hablar contigo, Brady.
    —Más tarde. Tengo que ocuparme de unos asuntos...
    —Mejor ahora. —Luego se dirigió a la chica: —Vete a la cama, Heather. Tu padre y yo hablaremos contigo a primera hora de la mañana.
    —¿Y a ti qué más te da? —quiso gritar Heather. —Tú odias a Lucero. Pero sabía que eso no importaba ahora. Sheba era tan dura como su padre a la hora de seguir las reglas del circo.
    Su padre la soltó, y Heather huyó. Mientras corría a la seguridad de su cama, supo que había perdido la última oportunidad de conseguir que su padre la amara.

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Leysdania el Miér Abr 17, 2013 11:33 pm

    pobre cita Heather ... la niña me da pena.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  mirkis el Jue Abr 18, 2013 2:57 am

    Pobre Heather Crying or Very sad a ver que pasa ahora...

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

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