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    Besar a un ángel Adaptada

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    YesseMH
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Sáb Nov 03, 2012 1:18 am

    Capitulo 68

    —Esta mañana las cosas han salido algo mejor—dijo ella, —pero aún me parece imposible que pueda actuar contigo dentro de dos días. Jack me ha dicho que voy a interpretar a una gitanilla indomable, pero no creo que las gitanas indomables griten como lo hago yo.

    —Ya pensaremos algo. —Para sorpresa de la joven, Manuel le dio un besito en la punta de la nariz antes de girarse para marcharse, pero se detuvo en seco y se volvió de nuevo hacia ella. La miró un buen rato. Luego inclinó la cabeza y posó sus labios sobre los de Lucero.

    La joven le rodeó el cuello con los brazos cuando él se apretó contra ella. Aunque su mente le decía que el sexo debía ser sagrado, su cuerpo deseaba ardientemente las caricias de Manuel, y Lucero supo que nunca tendría suficiente de él.
    Cuando se separaron, Manuel sostuvo la mirada de ella durante un largo y dulce instante.

    —Sabes como un rayo de sol —susurró.

    Ella sonrió.

    —Te daré unos días más, cariño, porque sé que todo esto es nuevo para ti, pero nada más.

    Lucero no tuvo que preguntarle a qué se refería.

    —A lo mejor necesito más tiempo. Tenemos que conocernos mejor. Respetarnos el uno al otro.

    —Cariño, en lo que concierne al sexo, te aseguro que siento mucho respeto por ti.

    —Por favor, no hagas como si no supieras de lo que hablo.

    —Me gusta el sexo. A ti te gusta el sexo. Nos gusta practicarlo juntos. Eso es todo.

    —¡Eso no es todo! El sexo debería ser sagr...

    —No lo digas, Lucero. Si dices esa palabra otra vez, te juro que flirtearé con cada camarera que encuentre de aquí a Cincinnati.

    Ella entrecerró los ojos.

    —Justo lo que intentaba demostrar. Y no creo que sagrado sea una palabrota. Vamos, Tater, tenemos mucho trabajo que hacer.
    Lucero se fue con el elefante trotando tras ella. Si se le hubiera ocurrido volver la mirada, habría visto algo que la habría asombrado. Habría visto a su duro y malhumorado marido sonriendo como un adolescente enamorado.
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    diana lucerina
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Sáb Nov 03, 2012 12:44 pm

    siguela esta buenisima Smile soy tu fans en novelas web
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  AmandaHLucero el Sáb Nov 03, 2012 7:09 pm

    Awnnnnnnnnnnt siguelaaaaa
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Sáb Nov 03, 2012 10:44 pm

    Capitulo 69

    A pesar de las protestas de Manuel, ella había continuado cuidando a los animales, aunque Trey hacía ahora muchas de las rutinarias tareas diarias. Sinjun clavó la mirada en Tater cuando se acercaron. Los elefantes y los tigres eran enemigos confesos. Pero a Sinjun parecía molestarle la presencia de Tater por otra cosa. Manuel decía que estaba celoso, pero ella no era capaz de atribuirle tal emoción a aquel viejo tigre malhumorado.

    Lucero observó a Sinjun con satisfacción. Gracias al nuevo pienso y a las duchas diarias, el pelaje del animal tenía ahora mejor aspecto. Le hizo una burlona reverencia.

    —Buenos días, majestad.

    Sinjun le enseñó los dientes, gesto que ella interpretó como una manera de decirle que no se pusiera demasiado cursi con él.
    No había experimentado más momentos de comunicación mística con él, por lo que había comenzado a pensar que los que había tenido antes habían sido inducidos por la fatiga. Aun así, no podía negar que aún seguía sintiendo miedo cuando estaba cerca de él.

    Había dejado una bolsa con chucherías que había comprado con su propio dinero en una tienda del pueblo cerca de un fardo de heno. La cogió y la llevó a la jaula de Glenna. La gorila ya la había divisado y apretaba su cara contra los barrotes, esperando pacientemente.

    La muda aceptación de Glenna de su destino, junto con el anhelo que mostraba por disfrutar de contacto humano, rompía el corazón de Lucero. Acarició la suave palma que el animal alargaba a través de los barrotes.

    —Hola, cariño. Tengo algo para ti. —Sacó de la bolsa una madura ciruela púrpura. La fruta tenía la misma textura que los dedos de Glenna. Áspera por fuera. Blanda por dentro.

    Glenna tomó la ciruela y se retiró a la parte posterior de la jaula donde se la comió con pequeños y delicados mordisquitos mientras miraba a Lucero con triste gratitud.

    Lucero le dio otra y continuó hablando con ella. Cuando la gorila terminó de comer, se acercó de nuevo a los barrotes, pero esta vez cogió el pelo de Lucero.

    La primera vez que había hecho eso Lucero había sentido miedo, pero ahora sabía lo que quería hacer Glenna y se arrancó la goma elástica de la coleta.

    Durante un buen rato permaneció con paciencia ante la jaula, dejando que la gorila la aseara como si fuera su hija mientras hurgaba en su cabello en busca de pulgas y mosquitos inexistentes.

    Cuando por fin terminó, Lucero notó que se le había puesto un nudo en la garganta por la emoción. No importaba lo que dijeran, no entendía cómo podían tener enjaulada a una criatura tan humana.

    Dos horas más tarde, Lucero regresaba a la caravana acompañada de su enorme mascota cuando vio a Heather practicando con los aros cerca del campo de juego. Ahora que ya no estaba tan cansada, Lucero había podido recordar con claridad lo sucedido la noche en que había desaparecido el dinero y pensó que era el momento apropiado para hablar con la chica.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  AmandaHLucero el Dom Nov 04, 2012 12:44 pm

    ayyyy siguelaaa
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Lun Nov 05, 2012 5:36 pm

    seguila esta buenisima

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Leysdania el Miér Nov 07, 2012 11:02 pm

    Que el capítulo sea más grande... a mí me gusta!!!!
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Miér Dic 26, 2012 9:07 pm

    Capitulo 70

    Heather dejó caer un aro cuando ella se acercó, y mientras se agachaba para recogerlo, miró a Lucero con cautela.

    —Quiero hablar contigo. Heather. Vamos a sentarnos en las gradas.

    —No tengo nada que hablar contigo.

    —Estupendo. Entonces hablaré yo. Muévete. Heather la miró con resentimiento pero respondió a su tono autoritario. Después de recoger los aros, siguió a Lucero, arrastrando las sandalias.

    Lucero se sentó en la tercera fila y Heather lo hizo una fila más abajo. Tater localizó un lugar cerca de la segunda base y comenzó a revolcarse en el lodo, que es lo que hacen los elefantes para enfriarse.

    —Supongo que vas a largarme un rollo por lo de Manuel.

    —Manuel está casado, Heather, y el matrimonio es un vínculo sagrado entre un hombre y una mujer. Nadie tiene derecho a intentar romperlo.

    —¡No es justo! No te lo mereces.

    —No eres quién para juzgar eso.

    —¿De verdad eres tan santurrona?

    —¿Cómo voy a ser santurrona? —dijo Lucero con voz queda. —Soy una ladrona, ¿recuerdas?

    Heather se llevó los dedos a la boca y comenzó a morderse las uñas.

    —Todos te odian por haber robado ese dinero.

    —Ya lo sé. Pero eso no es justo, ¿verdad?

    —Por supuesto que es justo.

    —Pero las dos sabemos que yo no lo hice.

    Heather se puso tensa y permaneció un largo segundo en silencio antes de contestar.

    —Sí que lo hiciste.

    —Tú estuviste en el vagón rojo esa noche después de que Sheba comprobara la recaudación; antes de que yo cerrara el cajón.

    —¿Qué más da? ¡No robé el dinero y no puedes acusarme de nada!

    —Hubo una llamada para Manuel. Cogí el teléfono y mientras estaba distraída, metiste la mano en el cajón de la recaudación y robaste los doscientos dólares.

    —¡No lo hice! ¡No puedes demostrarlo!

    —Luego te colaste en nuestra caravana y escondiste el dinero en mi maleta para que todos pensaran que había sido yo.

    —¡Mientes!

    —Debería haberme dado cuenta de inmediato, pero estaba tan cansada por intentar acostumbrarme a todo esto que se me olvidó que habías estado allí.

    —Mientes —repitió Heather, aunque esta vez con menos vehemencia. —Y como le vayas con el cuento a mi padre, lo lamentarás.

    —No puedes amenazarme con nada peor que lo que ya me has hecho. No tengo amigos, Heather. Nadie quiere hablar conmigo porque piensan que soy una ladrona. Ni siquiera me cree mi marido.

    La cara de Heather era la viva imagen de la culpa y Lucero supo que tenía razón. Miró a la adolescente con tristeza.

    —Lo que has hecho está muy mal.

    Heather bajó la cabeza y su fino cabello cayó hacia delante, cubriéndole el rostro.

    —No puedes probar nada —masculló.

    —¿Es así como quieres vivir? ¿Actuando de manera deshonesta? ¿Siendo cruel con otras personas? Todos cometemos errores, Heather, y si quieres madurar tienes que aprender a asumirlos.

    La adolescente hundió los hombros y Lucero vio en qué momento exacto se dio por vencida.

    —¿Vas a decírselo a mi padre?

    —No lo sé. Pero tengo que decírselo a Manuel.

    —Pero él se lo dirá a mi padre.

    —Es probable. Manuel tiene un profundo sentido de la justicia.

    Una lágrima cayó sobre el muslo de Heather, pero Lucero endureció el corazón para no compadecerla.

    —Mi padre me dijo que si me metía en algún lío me enviaría de vuelta con tía Terry.

    —Pues tal vez deberías haber pensado en eso antes de tenderme una trampa.

    Heather no dijo nada y Lucero no la presionó. Finalmente, la joven se enjugó las lágrimas con el dobladillo de la camiseta.

    —¿Cuándo vas a decírselo?

    —Aún no lo he pensado. Esta noche, quizás. O tal vez mañana.

    Heather asintió bruscamente con la cabeza.

    —Yo sólo... el dinero estaba allí y aunque no lo había planeado...

    Lucero intentó tragarse la lástima que sentía recordándose a sí misma que, por las acciones de esa chica, su marido pensaba que era una ladrona y su matrimonio había fracasado antes de haber tenido siquiera una oportunidad.

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Leysdania el Miér Dic 26, 2012 10:04 pm

    Más vale tarde que nunca... Y esa chiquita me da ganas de ahorcala jajaja...
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  diana lucerina el Miér Dic 26, 2012 10:18 pm

    seguila! me encanta!
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  AmandaHLucero el Jue Dic 27, 2012 1:01 am

    Aii que buena esta esa WN, siguela porfis
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Danny Centeno el Lun Ene 07, 2013 9:29 pm

    Aqui voy otra vez..
    Me leeei la WN en todaaaa una tarde!!!
    y yooo quiero saber que pasaara... por faaaa siguelaaaa Crying or Very sad
    porfaaa bounce bounce bounce btw: Esa Heather aash lo bueno que dio su brazo a torcer! Very Happy siguelaa!
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Miér Ene 09, 2013 1:38 pm

    Capítulo 71


    —Lo que hiciste no estuvo bien. Tienes que enfrentarte a las consecuencias.

    —Sí, supongo. —Heather intentó secarse las lágrimas con los dedos. —Me alegro de que te hayas dado cuenta. Es difícil..., sé que no lo merezco, pero quizá podrías hablar con Sheba en vez de con Manuel. Prefiero que se lo diga ella a mi padre. Se pelean todo el rato, pero por lo menos se respetan y puede que no pierda el juicio si se lo dice ella.

    Lucero se enderezó.

    —¿Tu padre es violento contigo?

    —Bueno, supongo. Quiero decir que grita y todo eso.

    —¿Te pega?

    —¿Papá? No, nunca me ha pegado. Pero a veces se enfada tanto que casi preferiría que lo hiciera.

    —Entiendo.

    —Ya había asumido que volvería con mi tía tarde o temprano. Sé que necesita que le eche una mano con los niños y todo eso. He sido muy egoísta queriendo quedarme aquí, pero los niños son unos auténticos monstruos y, algunas veces, me sacan de quicio.
    _Lucero estaba recibiendo más información de la que quería y se sintió culpable.

    La adolescente se levantó del banco con los ojos llenos de lágrimas.

    —Siento haber sido tan imbécil y haberte causado tantos problemas. —Una lágrima se coló entre sus pestañas. —Si no quería acabar con tía Terry y los niños, debería haberme portado mejor. No debería haberlo hecho, pero estaba celosa por Manuel. —Las palabras le salían entre pequeños hipidos. —Es demasiado mayor... y nunca se enamoraría de alguien como yo. Pero siempre ha sido agradable conmigo y supongo que... supongo que quería eso todo el rato, aunque... —respiró hondo, —aunque siempre supe que no resultaría. Lo siento, Lucero.

    Con un sollozo, se giró y huyó. Lucero se acercó a Tater y el elefantito la rodeó con la trompa. Se apoyó contra él, sin saber muy bien qué hacer. Antes de enfrentarse a Heather, lo había tenido todo muy claro, pero ahora no estaba tan segura. Si no le decía a Manuel la verdad sobre Heather, él continuaría creyendo que era una ladrona. Pero si se lo decía, Heather recibiría un gran castigo y Lucero no creía poder vivir saliéndose responsable de eso.

    Desde la carretera vio cómo Manuel se subía a la camioneta para dirigirse al pueblo. Un rato antes le había dicho que tenía que resolver un problema con la compañía que suministraba los donnickers y que podía tardar varías horas en volver. Lucero había pensado dedicar ese tiempo a desempaquetar las compras que llevaba semanas haciendo en secreto y que transformarían la fea caravana verde en algo parecido a un hogar. Pero su encuentro con Heather le había quitado el entusiasmo. Sin embargo era mejor ocuparse de eso que sentarse sin hacer nada.

    Pero mientras se dirigía a la caravana, recuperó el ánimo. Por fin iba a dedicar su tiempo a algo para lo que sí valía. Estaba deseando ver la cara que pondría Manuel cuando volviera.

    ……..

    —¿Qué coñ* has hecho aquí? —Manuel se quedó paralizado bajo el umbral de la puerta.

    —¿A que queda genial? —Lucero contempló con satisfacción la transformación de la caravana en lo que ella consideraba un acogedor y encantador nidito de amor.

    Unas fundas en tono crema salpicadas de pensamientos en colores púrpuras, azules y caramelo ocultaban el horroroso estampado a cuadros del sofá; los colines a juego hacían que los viejos muebles parecieran cálidos y confortables. Había instalado también unas pequeñas barras de latón encima de las ventanas, sustituyendo aquellas horribles cortinas amarillentas por otras de muselina blanca adornadas con cintas azules y lavanda de diversas texturas y anchuras.

    Un lazo de seda azul y violeta camuflaba la pantalla rota de la lámpara en la esquina, y varias cestas de mimbre contenían ahora las revistas y los periódicos que antes estaban esparcidos por todas partes. Un surtido de envases desaparejados, desde floreros y tazones de alfarería a jarras azules Wedgwood, llenaban el estante de encima de la cocina donde había clavado con chínchelas una cuerda de colores para que no se cayeran los utensilios cuando la caravana estuviera en movimiento. La mesa estaba dispuesta con mantelitos individuales en la misma gama de colores púrpura y violeta, así como la porcelana china, que aunque no hacía juego entre sí, poseía las mismas tonalidades. Había dos tazas blancas, dos copas de cristal, una de las cuales tenía una fisura, y unos platos de color añil. En el centro de la mesa, un recipiente de barro albergaba un ramillete de flores silvestres que Lucero había cogido en el borde del recinto.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Miér Ene 09, 2013 2:21 pm

    Capitulo 72

    —No he podido hacer más con la alfombra —le explicó aún jadeante por haber tenido que prepararlo con prisa. —Pero he quitado las peores manchas y no ha quedado tan mal. Cuando tenga algo de dinero, me ocupare de la cama. Quizá le ponga una de esas colchas indias y más almohadones. No soy buena costurera, pero creo que puedo...

    —¿De dónde has sacado el dinero para hacer esto?

    —De mi sueldo.

    —¿Te has gastado tu dinero en esto?

    —He buscado en tiendas de segunda mano y en los mercadillos de los pueblos que hemos visitado. ¿Sabías que nunca había entrado en un WalMart hasta hace dos semanas? Es asombroso lo que puede dar de sí un dólar si te lo propones... —En ese momento Lucero vio la expresión en la cara de Manuel y su sonrisa se desvaneció. —No te gusta.

    —No he dicho eso.

    —No hace falta que lo digas. Se te ve en la cara.

    —No es que no me guste. Es que no tiene sentido que desperdicies tu dinero en este lugar.

    —No creo que sea un desperdicio.

    —Es una caravana, por el amor de Dios. No vamos vivir aquí tanto tiempo.

    Ésa no era la verdadera razón de la reticencia de Manuel. Lucero lo observó y llegó a la conclusión de que tenía dos opciones: podía marcharse enfadada o podía obligarle a ser sincero con ella.

    —Dime exactamente qué es lo que no te gusta.

    —Nada.

    —Sí, algo no te gusta. Sheba me dijo que habías rechazado una caravana mejor que ésta. —Él se encogió de hombros. —¿Acaso sólo querías hacerme las cosas más difíciles?

    Manuel fue a la nevera y cogió una botella de vino que había comprado el día anterior; una botella que ella había considerado demasiado cara para su presupuesto.

    Lucero se negó a dejar pasar el tema.

    —¿Querías seguir viviendo en este lugar tal y como estaba?

    —Estaba bien —repuso él sacando un sacacorchos del cajón.

    —No te creo. Te gustan las cosas bonitas. He observado cómo miras el paisaje cuando viajamos y siempre me señalas los escaparates cuando ves algo bonito. Ayer, cuando paramos en aquel quiosco al lado de la carretera, dijiste que la cesta con frutas te recordaba a un Cézanne.

    —¿Quieres una copa de vino?

    Ella negó con la cabeza y lo estudió. Finalmente se dio cuenta de lo que pasaba.

    —He traspasado la línea otra vez, ¿verdad?

    —No sé a qué te refieres.

    —Me refiero a esa línea invisible que has trazado en tu mente entre un matrimonio de verdad y otro que no lo es. La he cruzado otra vez, ¿no?

    —Lo que dices no tiene sentido.

    —Claro que lo tiene. Has hecho una lista mental de reglas y preceptos para nuestro matrimonio. Se supone que debo acatar tus órdenes sin rechistar y que debo mantenerme apartada de ti, salvo para acostarnos juntos, claro. Pero lo más importante de todo es que no debemos crear vínculos emocionales. No me está permitido preocuparme por ti, ni por nuestro matrimonio, ni por nuestra vida en común. Ni siquiera puedo ocuparme de que esta fea caravana resulte acogedora.

    Por fin consiguió que Manuel reaccionara. Él posó con un gesto brusco la copa de vino sobre el mostrador.

    —¡No quiero que hagas un «nidito de amor», eso es todo! No es una buena idea.

    —Así que tengo razón —dijo ella en voz baja.

    Manuel se pasó la mano por el pelo.

    —Eres una maldita romántica. Algunas veces, cuando te veo observándome, tengo la sensación de que no me ves cómo soy en realidad, sino como tú quieres que sea. Eso es lo que haces con este acuerdo... este vínculo legal que hay entre nosotros. Vas a moldearlo hasta que se ajuste a tus ideas.

    —Es un matrimonio, Manuel, no un simple vínculo legal. Hemos hecho unos votos sagrados.

    —¡Durante seis meses! ¿No entiendes que estoy preocupado por ti? Intento protegerte para no hacerte daño.

    —¿Protegerme? Ya entiendo. —Lucero respiró hondo. —¿Por eso cuentas mis píldoras anticonceptivas?

    La expresión de Manuel se volvió fría y distante.

    —Eso no significa nada.

    —Al principio no entendía por qué sobresalían del estante del botiquín cuando siempre las dejaba al fondo. Luego me di cuenta de que las contabas.

    —Sólo me aseguraba de que no te olvidabas ninguna, eso es todo.

    —En otras palabras, me has estado espiando.

    —No pienso disculparme. Sabes lo importante que a para mí no tener hijos.

    Ella lo miró con tristeza.

    —No hay nada entre nosotros, ¿verdad? Ni respeto, ni afecto, ni confianza.

    —Existe afecto, Lucero. Por lo menos por mi parte. Vaciló. —Y también te has ganado mi respeto. Nunca pensé que te tomarías el trabajo tan en serio. Eres muy valiente, Lucero.

    La joven se negó a sentirse agradecida por aquellas palabras.

    —Pero no confías en mí.

    —Creo que tienes buenas intenciones.

    —Aun así crees que soy una ladrona. Eso no habla bien de mis buenas intenciones.

    —Estabas desesperada cuando cogiste ese dinero. Estabas cansada y asustada o no lo habrías hecho. Ahora lo sé.

    —Yo no cogí el dinero.

    —No importa, Lucero. No te culpo.

    El hecho de que él aún no la creyera no debería dolerle tanto. La única manera de convencerlo sería implicar a Heather y, como ahora sabía, no podía hacerlo.

    ¿Qué ganaría con ello? No quería ser la responsable del destierro de Heather. Y aquella relación no funcionaría si tenía que demostrarle a Manuel su inocencia.

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Leysdania el Miér Ene 09, 2013 5:45 pm

    Ashhh... pero que le diga que fue Heather... no se vale que Lu sufra.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Lun Mar 25, 2013 9:22 am

    Capitulo 73

    —Si confías en mí, ¿por qué contabas las píldoras?

    —No puedo correr riesgos. No quiero tener hijos.

    —Eso ya lo has dejado claro. —Quiso preguntarle si lo que encontraba tan repulsivo era tener un hijo o tenerlo con ella, pero le daba miedo la respuesta. —No quiero que vuelvas a contarlas. Te he dicho que las tomaría y lo haré. Pero tendrás que confiar en mí.

    La joven percibió la lucha interna de su marido. A pesar de que su propia madre la había traicionado con Noel Black, Lucero no había perdido la fe en la raza humana. Pero Manuel no confiaba en nadie salvo en sí mismo.

    Para su sorpresa, sintió que la indignación que sentía se desvanecía y la compasión ocupaba su lugar. Qué terrible debía de ser esperar siempre lo peor de la gente.

    Lucero rozó la mano de Manuel con la punta de los dedos.

    —Nunca te haría daño a propósito, Manuel. Me gustaría que al menos creyeras eso.

    —No es fácil.

    —Lo sé. Pero es necesario que lo hagas. Él la miró durante un buen rato antes de asentir brevemente con la cabeza.

    —Vale. No las contaré más.

    Lucero sabía lo que esa pequeña concesión le había costado a su marido y se emocionó.

    Capitulo 74

    —¡Yyyyy ahora, entrará en la pista central del circo de los Hermanos Quest, Theodosia, (Le cambiaron el nombre para la presentación) la hermosa esposa de Manuel el Cosaco!

    A Lucero le temblaban tanto las rodillas que trastabilló, echando a perder su primera entrada. «¿Qué había sido de lo de la gitanilla salvaje?», se preguntó frenéticamente mientras escuchaba el discurso de Jack por primera vez. Esa mañana, durante el ensayo, había comenzado a contar una historia de una gitana, pero se había marchado lleno de frustración cuando ella soltó el primer grito. Lucero se enteró de que el narrador contaría otra historia cuando Sheba le dio el vestido, pero la propietaria del circo se alejó sin dar más explicaciones.

    La música de la balalaica resonaba en el circo, situado esta vez en el aparcamiento de un pueblo de verano en Seaside Height, New Jersey. Manuel entró en la pista central con el látigo en la mano. Bajo el resplandor carmesí de los focos, resaltaban las brillantes botas negras y las lentejuelas rojas del cinturón centelleaban ante cualquier movimiento.

    —¿Parece nerviosa, damas y caballeros? —preguntó Jack, señalándola con la mano. —A mi sí que me lo parece. Pero esta joven ha tenido que armarse de mucho valor para entrar en la pista con su marido.

    El vestido de Lucero susurró mientras se adentraba lentamente en la arena. Era un vestido de noche recatado, con el cuello alto de encaje adornado con pedrería. Manuel le había colocado una rosa roja de papel de seda entre sus pechos antes de salir. Le había dicho que formaba parte del vestuario.

    Lucero sintió los ojos del público en ella. La voz de Jack se mezclaba con la música rusa y con el susurro de la brisa del océano que agitaba los laterales de la carpa.

    —Hija de ricos aristócratas franceses, Theodosia estuvo apartada del mundo moderno por las monjas que la instruían.
    «¿Monjas?» Pero ¿qué estaba diciendo Jack?

    Mientras el director de pista continuaba su monólogo, Manuel comenzó el lento baile del látigo que siempre daba comienzo a su número, mientras ella se mantenía inmóvil bajo los focos frente a él. La luz se volvió más suave; el público escuchaba la historia de Jack hipnotizado por los gráciles movimientos de Manuel.

    —Conoció al cosaco cuando el circo actuó en un pueblo cercano al convento donde vivía, y los dos se enamoraron profundamente. Pero los padres de la joven se opusieron a la idea de que su gentil hija se casara con un hombre al que consideraban un bárbaro y la encerraron bajo llave. Theodosia tuvo que escapar de su familia.

    La música se hizo más dramática y el baile del látigo de Manuel pasó de enérgico a seductor.

    —Ahora, damas y caballeros, entra en la pista con su marido, algo muy difícil para ella. El látigo aterroriza a esta dulce joven. Por eso os rogamos que estéis lo más quietos posible para que ella pueda enfrentarse a sus miedos. Os recuerdo que si está aquí es sólo por una cosa —el baile del látigo de Manuel alcanzó su clímax, —el amor que siente por su feroz marido cosaco.

    La música siguió in crescendo y, sin previo aviso, Manuel agitó el látigo formando un arco sobre su cabeza. El aliento abandonó el cuerpo de Lucero en un grito estrangulado y dejó caer el rollito que acababa de sacar del bolsillo especial que Sheba le había cosido al vestido sólo unas horas antes.

    El público contuvo el aliento y ella se percató de que la increíble historia de Jack había funcionado. En lugar de reírse por la reacción de Lucero, habían simpatizado con la desvalida joven.

    Para su sorpresa, Manuel se acercó a ella, recogió el rollito del suelo y se lo ofreció como si fuera una rosa, luego inclinó la cabeza y le rozó los labios con los suyos.

    El gesto fue tan romántico que Lucero oyó suspirar a una mujer en la primera fila. Ella misma también habría suspirado si no hubiera sabido que él sólo jugaba con las emociones del público. A Lucero le temblaron los dedos cuando sostuvo el rollito de papel tan alejado de su cuerpo como pudo.

    Logró mantener la compostura cuando él se alejó, pero cuando llegó el momento de ponérselo en la boca, comenzaron a temblarle las rodillas de nuevo. Deslizó ligeramente el rollito entre los labios, cerró los ojos y se puso de perfil.

    Sonó el chasquido del látigo y el extremo del rollito cayó al suelo. Lucero cerró los puños a los costados. Si había pensado que tener audiencia haría que aquello resultara más fácil, estaba equivocada.

    Manuel chasqueó el látigo dos veces más hasta que sólo quedó el cabo entre los labios de su esposa. Lucero tenía la boca tan seca que no podía tragar.

    La voz de Jack surgió entonces, susurrante y dramática.

    —Damas y caballeros, necesitamos su colaboración mientras Manuel intenta hacer el último corte al pequeño rollo de papel que su mujer sujeta entre los labios. Necesita silencio absoluto. Les recuerdo que el látigo pasará tan cerca de la cara de la joven que la más mínima equivocación por parte de su marido podría marcarla de por vida.

    Lucero gimió. Se clavó las uñas en las palmas de las manos con tanta fuerza que temió haberse hecho sangre.

    El chasquido resonó en sus oídos cuando el látigo cortó la última sección del rollito que sostenía en la boca.

    El público estalló en vítores. Lucero abrió los ojos, sintiéndose tan mareada que temió desmayarse. Manuel le hizo indicaciones con la mano, señalándole lo que iba a hacer a continuación. Lo único que ella pudo hacer fue alzar la barbilla.

    Cuando levantó la cabeza, la punta del látigo voló hacia ella y la roja flor que llevaba entre los pechos explotó en un despliegue de frágiles pétalos de papel.

    Ella dio un respingo y dejó escapar un siseo que el público acalló con sus aplausos. Manuel hizo otro gesto, indicándole que levantara las manos y cruzara las muñecas. Temblando, ella siguió sus indicaciones.

    El látigo restalló de nuevo y la multitud soltó un grito ahogado cuando el látigo se enroscó alrededor de las muñecas de Lucero. Él esperó un momento, luego la liberó. Un murmullo indescifrable surgió de las gradas. Manuel la miró con el ceño fruncido y ella recordó que debía sonreír. Consiguió curvar los labios y mostrar las muñecas para que vieran que estaba ilesa. Mientras hacía eso, él volvió a chasquear el látigo.

    Lucero dio un respingo. Miró hacia abajo y vio que el látigo le rodeaba los tobillos. Manuel no había hecho eso antes y ella le dirigió una mirada preocupada. La liberó y arqueó una ceja indicándole que saludara. Ella le dirigió al público otra sonrisa falsa. A continuación Manuel le indicó que levantase los brazos. Con una sensación de fatalidad, Lucero hizo lo que le ordenaba.

    «¡Zas!»

    A Lucero se le escapó un gritito cuando el látigo se curvó en torno a su cintura. Ella esperaba que él aliviara la presión de la cuerda, pero Manuel se limitó a tirar con fuerza del látigo, obligándola a acercarse a él. Sólo cuando la falda del vestido rozó los muslos de Manuel, él sustituyó el látigo por sus brazos para darle un beso arrebatador que habría hecho justicia a la portada de un libro romántico.

    La multitud soltó una ovación.

    Lucero se sentía mareada, y aunque estaba enfadada con Manuel, no pudo evitar sentirse feliz. Su marido silbó y Misha resolló con furia al volver a la arena. Manuel la soltó sólo un momento y montó a lomos del caballo de un salto mientras el equino trotaba por la pista. Un escalofrío de inquietud se deslizó por la espalda de Lucero. Sin duda alguna él no iba a...
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Danny Centeno el Lun Mar 25, 2013 1:34 pm

    Ayyyyy tan lindo Manu :3
    pense que no la seguirias Shocked
    graciaaaas! Very Happy subeee otroo~

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Leysdania el Lun Mar 25, 2013 6:15 pm

    Debe subir más cap.... en forma de recompensa por la larga espera :-)
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Mar Mar 26, 2013 10:27 pm

    Capitulo 75

    Lucero sintió que sus pies dejaban de tocar el suelo cuando Manuel se inclinó sobre el lateral del caballo para subirla en sus brazos. Antes de saber qué sucedía, estaba sentada en su regazo.

    Se apagaron las luces, dejando la pista sumida en la oscuridad. Los aplausos fueron ensordecedores. Manuel aflojó uno de los brazos mientras ella se agarraba frenéticamente a su cintura. Un momento después, sonó una explosión y el gran látigo de fuego danzó por encima de sus cabezas.

    __________________

    Lucero cruzó la estrecha carretera asfaltada que separaba el aparcamiento donde estaba instalado el circo de la playa vacía. A la izquierda las luces multicolores de la feria, en el paseo marítimo de Jersey Shore, destellaban en el caos de la noche: la noria, los coches de choque, los tiovivos y los puestos de chucherías.

    El debut de Lucero había tenido lugar en la primera representación del circo en ese pequeño pueblo costero y ahora estaba demasiado excitada para dormir. El público de la segunda función había reaccionado con más entusiasmo aún y una maravillosa sensación de realización le impedía sentirse cansada. Incluso Brady Pepper había abandonado su acostumbrado silencio para brindarle una gélida inclinación de cabeza.

    Inhaló el olor del mar y comenzó a pasear por la arena, que había perdido el calor del día y le enfriaba los pies al metérsele en las sandalias. Le encantaba estar junto al océano y se alegraba de que el circo fuera a permanecer allí más de una noche.

    —¿Lucero? —Se volvió y vio a Manuel en lo alto de las escaleras, una alta y delgada silueta recortada contra el tenue resplandor de la noche. La brisa le revolvía el pelo y le pegaba la camisa al cuerpo. —¿Te importa si paseo contigo o prefieres estar sola?

    —¿Vas armado?

    —Ya he guardado los látigos por esta noche.

    —Entonces ven. —Lucero sonrió y le tendió la mano.

    Manuel vaciló un momento y ella se preguntó si el gesto habría sido demasiado personal para él. Decía mucho de su relación el hecho de que cogerse de la mano fuera más íntimo que mantener relaciones sexuales. Aun así, no bajó el brazo. Aquello sólo era un reto más que ella debía vencer.

    Las botas de Manuel resonaron en los escalones de madera cuando se acercó. Le cogió la mano y las callosidades de su palma le recordaron a Lucero que era un hombre acostumbrado al trabajo duro. Aquella cálida y firme mano envolvió la suya.

    La playa estaba desierta, pero aún quedaban restos que había dejado la gente que había acudido al lugar adelantándose a la temporada veraniega: latas vacías, plásticos, la tapa rota de un vaso térmico. Se dirigieron hacia el mar.

    —Al público le ha gustado el número.

    —Estaba tan asustada que me temblaban las rodillas. Si no hubiera sido por el giro que Jack le dio a la historia, mi actuación hubiera resultado un desastre. Cuando intenté agradecérselo me dijo que había sido idea tuya. —Lo miró y sonrió. —¿No crees que te has pasado un poco con lo de las monjas francesas?

    —Conozco de primera mano tus creencias morales, cariño. A menos que me equivoque, estoy seguro de que las monjas formaron parte de esa extraña educación que recibiste.

    Lucero no lo negó.

    Pasearon durante un rato en un cómodo silencio. La brisa agitaba el cabello de Lucero y el vaivén de las olas acallaba los lejanos ruidos de la feria, al otro lado de la carretera, dándoles la sensación de que estaban solos en el mundo. Lucero esperaba que él le soltara la mano en cualquier momento, pero seguía manteniéndola agarrada.

    Has hecho un buen trabajo esta noche, Lucero. Trabajas duro.

    —¿De veras? ¿De verdad crees que trabajo duro?

    —Claro.

    —Gracias. Nunca me habían dicho eso. —Soltó una risita irónica. —Y si lo hubiesen hecho, seguramente no me lo habría creído.

    —Pero a mí me crees.

    —No eres un hombre que diga las cosas a la ligera.

    —¿Estoy oyendo un cumplido?

    —No estoy segura.

    —No es justo.

    —¿Qué?

    —Te he dicho algo agradable. Al menos podrías decir una cosa buena de mí.

    —Por supuesto que puedo. Haces un chile de muerte. Para sorpresa de Lucero, él frunció el ceño.

    —Estupendo. Olvídalo.

    Atónita, Lucero se dio cuenta de que, sin querer, había herido los sentimientos de su marido. Pensaba que él estaba bromeando, pero tratándose de Manuel debería saber que eso no era posible. Aun así era toda una sorpresa que a él le importara su opinión.
    —Sólo me estaba reservando lo mejor —dijo ella.

    —No es importante. De verdad, déjalo.

    Pero tenía importancia y a ella le encantaba.

    —Mmm, déjame pensar...

    —Olvídalo.

    Lucero le apretó la mano.

    —Siempre haces lo que crees que es correcto, incluso si la gente lo desaprueba. Es algo por lo que te admiro. Admiro tu integridad, pero... —Lucero le rodeó los dedos con los suyos.

    —¿Quieres que sea sincera?
    —Eso he dicho, ¿no?

    Ella ignoró el beligerante gesto de su mandíbula.

    —Tienes una sonrisa maravillosa.

    Manuel pareció algo aturdido y relajó la mano bajo la de ella.

    —¿Te gusta mi sonrisa?

    —Sí, muchísimo.

    —Nadie me lo había dicho nunca.

    —No muchas personas consiguen verla. —Lucero contuvo una sonrisa mientras observaba el gesto serio con el que Manuel consideraba lo que ella había dicho. —Y hay otra cosa más, pero no sé cómo vas a tomártelo.



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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Danny Centeno el Mar Mar 26, 2013 11:35 pm

    Aaay Yesse!! Shocked
    porque ahi ahi ahi en esa parte???
    *Llora* Siguela Pliiiiis!

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Leysdania el Mar Mar 26, 2013 11:51 pm

    Siguele :-)
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Miér Mar 27, 2013 5:43 pm

    Capitulo 76

    —Suéltalo.
    —Tienes un cuerpo de infarto.
    —¿Un cuerpo de infarto? ¿Sí? ¿Ésa es la segunda cosa que más te gusta de mí?
    —No he dicho que fuera la segunda. Te estoy diciendo cosas que me gustan de ti y ésa en concreto me encanta.
    —¿Mi cuerpo?
    —Tienes un cuerpo estupendo, Manuel. En serio.
    —Gracias.
    —De nada.
    El embate de las olas llenó el silencio que se extendió entre ellos.
    —Tú también —dijo él.
    —¿También qué?
    —Tienes un cuerpo estupendo. Me gusta.
    —¿De veras? Pero si no es gran cosa. Tengo los hombros demasiado estrechos en comparación con las caderas y los muslos demasiado gruesos. Y mi estómago...
    Él negó con la cabeza.
    —La próxima vez que oiga a una mujer decir que los hombres somos unos neuróticos, recordaré esto. Tú me dices que te gusta mi cuerpo, ¿y qué hago yo? Te doy las gracias. Luego te digo que me gusta el tuyo, ¿y qué escucho? Una larga lista de quejas.
    —Es culpa de las Barbies. —La mueca de desagrado de Manuel la complació sobremanera.
    —Gracias por el cumplido, pero sé sincero. ¿No crees que tengo los pechos demasiado pequeños?
    —Ésa es una pregunta con trampa.
    —Solo quiero que me digas la verdad.
    —¿Estás segura?
    —Sí.
    —Vale. Veamos. —La tomó por los hombros y la hizo girar de cara al océano, luego se puso detrás de ella. La rodeó con los brazos y le ahuecó los pechos. La piel de Lucero se erizó de deseo cuando Manuel apretó y moldeó los montículos, recorriéndole las suaves pendientes y rozando las endurecidas cimas con los pulgares.
    A Lucero se le entrecortó la respiración. Manuel le acarició la oreja con los labios y le murmuró al oído:
    —Creo que son perfectos, Lucero. Exactamente del tamaño adecuado.
    Ella se volvió y no había nada en el mundo que pudiera haber evitado que lo besase. Le rodeó el cuello con los brazos, se puso de puntillas y apretó su boca contra la de él, con labios suaves y flexibles. La lengua de Manuel jugueteó con la suya y ella respondió a la provocación. Lucero perdió la noción del tiempo y ni se le pasó por la cabeza separarse de él. Los dos cuerpos se habían fundido en uno.

    Capitulo 77

    —¡Mira, Dwayne! Es la pareja del circo.
    Lucero y Manuel se separaron de golpe, como dos adolescentes pillados in fraganti por la policía.
    La dueña de la estridente voz era una mujer de mediana edad, con un vestido de flores verde lima y un enorme bolso negro colgado del hombro. Su marido llevaba puesta una gorra azul que cubría lo que, casi con toda seguridad, sería una calva. El hombre tenía los pantalones enrollados en las pantorrillas y la camiseta de deporte se te ceñía a la prominente barriga.
    La mujer les brindó una alegre sonrisa.
    —Hemos asistido a la función. Éste es Dwayne. No se ha creído que estuvierais enamorados de verdad. Me aseguró que todo era falso, pero le dije que nadie podía fingir algo así. —Dio una palmadita en la barriga de su marido. —Dwayne y yo llevamos casados treinta y dos años, así que sé reconocer el amor verdadero cuando lo veo.
    Al lado de Lucero, Manuel estaba rígido y ponía cara de póquer, dejando que fuera ella quien sonriera al matrimonio.
    —Seguro.
    —Nada me gusta más que un matrimonio con los pies en el suelo.
    Manuel saludó a la pareja con una brusca inclinación de cabeza y agarró el brazo de Lucero para alejarla de allí. Lucero se volvió y les gritó:
    —¡Espero que disfruten de otros treinta y dos años ¡untos!
    —Y vosotros también, tesoro.
    Dejó que Manuel la arrastrara, sabiendo que no conseguiría nada protestando. El tema del amor lo ponía tan nervioso que ella sintió el absurdo impulso de consolarlo. Cuando llegaron a los escalones que conducían l la carretera, se detuvo y se volvió hacia él.
    —Manuel, no pasa nada. No voy a enamorarme de ti.
    En cuanto las palabras salieron de su boca, Lucero notó una pequeña punzada en el corazón. Eso la asustó, porque sabía que sería una catástrofe enamorarse de él. Eran demasiado diferentes. Él era duro, serio y cínico, mientras que ella era justo lo contrario.
    Entonces, ¿por qué él provocaba algo tan elemental en su interior? ¿Y por qué ella parecía comprenderle tan bien cuando Manuel no le había contado nada de su pasado ni sobre su vida fuera del circo? A pesar de todo, Lucero sabía que Manuel la había ayudado a encontrarse a sí misma. Gracias a él era más independiente de lo que nunca lo había sido. Por primera vez en su vida, se sentía bien consigo misma.
    Manuel subió los escalones.
    —Eres una romántica, Lucero. No es que me considere un ser irresistible, bien sabe Dios que no lo soy, pero llevo años observando que cuanto más indiferente se muestra un hombre, más interesada se vuelve la mujer.
    —Bah.
    Cuando llegaron arriba, él apoyó las caderas en la barandilla y la observó.
    —Lo he visto muchas veces. Las mujeres anhelan lo que no pueden tener, incluso aunque no sea bueno para ellas.
    —¿Es así como te consideras? Malo para las personas que te rodean.
    —No quiero hacerte daño. Por eso me molestó el cambio que hiciste en la caravana. Ahora es más acogedora y será más fácil vivir en ella, pero no quiero jugar a las casitas. A pesar de que nuestro matrimonio sea un acuerdo legal, esto no es más que un simple rollo. Una cana al aire. Sólo eso.
    —¿Un rollo?
    —Un lío. Una aventura. Llámalo como quieras. Sólo es algo pasajero.
    —Eres imbécil.
    —¿Ves como tengo razón?
    Ella intentó controlar la cólera.
    —¿Por qué te casaste conmigo? Al principio pensé que mi padre te había pagado, pero ahora sé que no fue así.
    —¿Y qué es lo que te ha hecho cambiar de opinión?
    —Ahora te conozco.
    —¿Y crees que no me dejo comprar?
    —Sé que es imposible que te dejes comprar.
    —Todo el mundo tiene un precio.
    —Pues dime, ¿cuál fue el tuyo?
    —Le debía un favor a tu padre y tenía que pagárselo. Eso es todo.
    —Debía de ser un favor muy grande.
    La expresión de Manuel se volvió fría y Lucero se sorprendió cuando, después de un largo silencio, añadió:
    —Mis padres murieron en un accidente ferroviario en Austria cuando yo tenía dos años. Se hizo cargo de mí el pariente más cercano, el hermano de mi madre, Sergey. Era un sádico hijo de pu** al que le daba placer pegarme.
    —Oh, Manuel...
    —No quiero ganarme tu simpatía. Sólo quiero que comprendas cómo soy. —Él se sentó en un banco y parte de su rabia desapareció. Se inclinó hacia delante y se frotó el puente de la nariz con el pulgar y el índice. —Siéntate, Lucero.
    Ahora que ya no tenía remedio, Lucero se preguntó si no debería haber dejado las cosas tal y como estaban, pero había llegado demasiado lejos como para retroceder ahora, y se sentó a su lado. Él se quedó mirando hacia delante; parecía cansado y vacío.
    —Habrás leído historias sobre niños maltratados, niños a los que mantienen encerrados durante años. —Ella asintió con la cabeza. —Los psicólogos dicen que incluso después de haber sido liberados de esa tortura, estos niños no se desarrollan de la misma manera que los demás. No tienen las mismas actitudes sociales. Y si no los rescatan a tiempo, ni siquiera aprenden a hablar. Supongo que eso es lo que me pasa con el amor. No llegué a experimentarlo en la infancia y ahora no puedo sentirlo.
    —¿A qué te refieres?
    —No soy uno de esos cínicos que cree que el amor no existe, porque lo he visto en otras personas. Pero yo no puedo sentirlo. Ni por una mujer ni por nadie. Nunca he amado.
    —Oh, Manuel.
    —No es que no lo haya intentado. He conocido algunas mujeres maravillosas a lo largo de mi vida pero, al final, sólo he conseguido herirlas. Por eso te he contado las píldoras. Por eso no quiero tener hijos.
    —¿Crees que nunca podrás mantener una relación duradera? ¿Te refieres a eso?
    —Sé que no puedo. Pero es más profundo que todo eso.
    —No entiendo. ¿Qué es lo que te pasa?
    —¿No has oído nada de lo que he dicho?
    —Sí, pero...
    —No puedo sentir las mismas emociones que los demás hombres. Por nadie. Ni siquiera por un niño. Cualquier niño merece que su padre lo ame, pero yo no podría.
    —No te creo.
    —¡Créelo! Me conozco a mí mismo y sé que no podría hacerlo. Mucha gente se toma a la ligera tener hijos, pero yo no. Los niños necesitan amor y, si no lo tienen, algo se muere en su interior. No podría vivir conmigo mismo sabiendo que un niño sufre por mi culpa.
    —Todo el mundo es capaz de amar, y más cuando se trata de su propio hijo. Te ves a ti mismo como una especie de... de monstruo.
    —Más bien como una mutación. No tuve una educación normal y es por eso que soy distinto. No puedo tolerar la idea de tener un hijo y que crezca sabiendo que no le amo. No pienso hacerle a nadie lo que me hicieron a mí.
    Era una noche calurosa, pero Lucero se estremeció al darse cuenta del terrible legado que aquel violento pasado le había dejado a Manuel. Ese legado también la afectaba a ella y se abrazó a sí misma. Nunca se había imaginado teniendo un hijo con Manuel, pero quizá la idea ya había germinado en su subconsciente porque sentía como si acabara de sufrir una profunda pérdida.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  YesseMH el Jue Mar 28, 2013 8:14 pm

    Capitulo 78

    Lucero observó el perfil de su marido recortado contra el tiovivo que giraba a lo lejos. La imagen la llenó de pena. Los caballos de madera, de brillantes colores, parecían representar la inocencia, mientras que Manuel, con aquellos ojos sombríos y el corazón vacío, era como un condenado a muerte. Durante todo el tiempo Lucero había pensado que era ella la que más amor necesitaba, pero él tenía heridas mucho más profundas.
    Guardaron silencio mientras volvían caminando a la caravana; no había nada más que decir. Tater se había escapado otra vez y la estaba esperando. Trotó hacia ella saludándola con un barrito.
    —Lo ataré de nuevo —dijo Manuel.
    —No te preocupes, ya lo hago yo. Necesito estar sola un rato.
    Él asintió con la cabeza y le pasó el pulgar por la mejilla mientras le dirigía una mirada tan desolada que Lucero no pudo soportarlo, así que se volvió y acarició la trompa de Tater.
    —Vamos, cariño.
    Lo llevó con los demás elefantitos y lo ató con la correa; luego cogió una vieja manta de lana y la puso en el suelo a su lado. Se sentó y se rodeó las rodillas con los brazos, Tater se acercó a ella. Por un momento pensó que la pisaría y se puso tensa, pero el animal se limitó a colocar sus patas delanteras a ambos lados y a rodearla con la trompa.
    Lucero se encontró sumergida en una cálida cueva. Presionó la mejilla contra el áspero cuerpo del animal, protegida entre las patas de Tater mientras oía el fuerte latido de su dulce y travieso corazón. Sabía que debería moverse, pero a pesar de estar bajo una tonelada de elefante, nunca se había sentido más segura. Allí sentada, pensó en Manuel y deseó que fuera lo suficientemente pequeño para estar donde ella estaba, justo debajo del corazón de Tater.

    Capitulo 79

    Manuel estaba dormido cuando Lucero regresó a la caravana. La joven se desvistió tan silenciosamente como pudo y se puso una de las camisetas de su marido. Cuando se acercaba al sofá, oyó un ronco susurro:
    —Esta noche no, Lucero. Te necesito.
    Se giró y lo vio a través de la oscuridad. Tenía los ojos entrecerrados por el deseo. Estaba despeinado y la medalla esmaltada que le colgaba del cuello resplandecía bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Lucero aún podía oír en su mente el fuerte latido del corazón de Tater transmitiéndole un mensaje de amor incondicional. Sabía que no podía darle la espalda a Manuel en ese momento.
    Esta vez no hubo sonrisas. Ni dulzura. La poseyó con ferocidad, casi con desesperación y, cuando todo terminó, Manuel se acurrucó detrás ella, sin soltarla. Se quedaron dormidos con la mano de él sosteniéndole un pecho.
    Lucero no regresó al sofá la noche siguiente. A partir de ese día, compartió la cama con su marido mientras sentía que su corazón se inundaba de una emoción a la que no quería dar nombre.
    Una semana más tarde, llegaron al centro de New Jersey. Instalaron el circo en el patio de una escuela situada en un barrio de las afueras, con casas blancas de dos plantas, columpios en los patios traseros y monovolúmenes en los garajes. De camino a la casa de fieras, donde Tater estaba atado, Lucero se pasó por el vagón rojo para hacer unos cambios en el pedido de pienso y, cuando entró, vio a Jack examinando algunas carpetas.
    La saludó con una inclinación de cabeza. Ella le devolvió el saludo y se dirigió al escritorio para buscar los papeles que necesitaba. Sonó el móvil y lo cogió ella.
    —Circo de los Hermanos Quest.
    —Quería hablar con el doctor Markov —respondió un hombre con acento británico. —¿Podría avisarlo?
    Lucero se dejó caer en la silla.
    —¿Con quién?
    —Con el doctor Manuel Markov.
    A Lucero comenzó a darle vueltas la cabeza.
    —N-no está aquí en este momento. ¿Quiere dejar algún recado?
    La mano le tembló al apuntar el nombre y el número. Cuando colgó sintió que se tambaleaba. ¡Manuel era doctor! Sabía que era un hombre cultivado y que tenía una vida oculta, pero jamás se había imaginado algo así.
    El misterio que rodeaba a su marido era cada vez más profundo, pero no sabía cómo sonsacarle la verdad. Manuel seguía esquivando cualquier pregunta que le hiciera, seguía actuando como si no tuviera una existencia más allá del circo.
    Se humedeció los labios resecos y miró a Jack.
    —Era un hombre que quería hablar con Manuel. Lo llamó doctor Markov.
    Jack metió varias carpetas en el cajón abierto del archivador sin mirarla.
    —Déjale el mensaje en el escritorio. Lo verá cuando entre.
    Jack no había mostrado reacción alguna, así que evidentemente sabía más de la vida de su marido que ella. Tal certeza le dolió.
    —Debe de ser un descuido por su parte, pero Manuel no me ha dicho qué rama de la medicina practica.
    Jack cogió otra carpeta.
    —Tal vez porque no quiere que lo sepas.
    Lucero se sentía carcomida por la frustración.
    —Cuéntame lo que sabes de él, Jack.
    —En el circo aprendemos a no meter las narices en la vida de los demás. Si alguien quiere hablar sobre su pasado, lo hace. Si no, es asunto suyo.
    Ella se dio cuenta de que lo único que había conseguido era avergonzarse a sí misma. Hizo tiempo hojeando algunos periódicos y se escapó de allí lo más rápidamente que pudo.
    Encontró a Manuel acuclillado junto a Misha, examinando la herradura del caballo. Lo observó durante un buen rato.
    —Eres veterinario.
    —¿De qué hablas?
    —Eres veterinario.
    —¿Desde cuándo?
    —¿No lo eres?
    —No sé de dónde sacas esas ideas.
    —Acabas de recibir una llamada. Alguien quería hablar con el doctor Markov.
    —¿Y?
    —Si no eres veterinario, ¿qué tipo de doctor eres?
    Él se puso en pie y palmeó el cuello de Misha.
    —¿No has pensado que podía ser un apodo?
    —¿Un apodo?
    —De mis días de prisión. Ya sabes que los convictos le ponen apodos a todo el mundo.
    —¡No has estado en prisión!
    —Pero si lo dijiste tú misma. Por asesinar a aquella camarera.
    Lucero pateó el suelo con frustración.
    —¡Manuel Markov, dime ahora mismo a qué te dedicas cuando no estás en el circo!
    —¿Por qué quieres saberlo?
    —¡Soy tu esposa! Merezco saber la verdad.
    —Todo lo que necesitas saber es que tienes delante de ti a un antipático artista circense que posee un pésimo sentido del humor. No necesitas saber nada más.
    —Eso es lo más indulgente y condescendiente...
    —No es mi intención ser condescendiente, cariño. Pero no quiero que te hagas ilusiones. Esto es lo que hay. Una gira con el circo de los Hermanos Quest. Caravana y trabajo duro. —La expresión de Manuel se suavizó. —Hago lo que está en mi mano para no hacerte daño. Por favor, acéptalo y deja de hacerme preguntas.
    Si hubiera sido hostil, lo habría desafiado, pero Lucero no pudo luchar contra esa repentina dulzura en su voz. Dio un paso atrás y observó las profundidades de sus ojos. Eran tan dorados como los de Sinjun, e igual de misteriosos.
    —Esto no me gusta, Manuel —dijo ella con suavidad, —no me gusta nada. —Y se dirigió hacia la casa de fieras.
    Un rato más tarde, Heather entró en la carpa. En ese momento, Lucero acababa de terminar de limpiar la jaula de Glenna con una manguera.
    —¿Puedo hablar contigo?
    —Sí. —Al cerrar la manguera, Lucero vio que la chica estaba tensa y que tenía ojeras.
    —¿Por qué no le has contado a Sheba lo del dinero?
    Lucero enrolló la larga manguera y la sostuvo entre las manos.
    —He decidido no hacerlo.
    —¿No vas a decírselo?
    Lucero negó con la cabeza.
    Los ojos de Heather se llenaron de lágrimas.
    —¿¡Por qué no vas a hacerlo después de todo lo que le he hecho!?
    —Puedes devolverme el favor prometiéndome no fumar más.
    —¡Vale! Haré lo que sea. Nunca olvidaré lo que has hecho por mí, Lucero. Nunca. —Heather agarró la manguera que Lucero acababa de enrollar. —Déjame ayudarte. Dime qué quieres que haga. Haré cualquier cosa.
    Gracias por la oferta, pero no es necesario. —Comenzó a enrollar la manguera de nuevo, pero esta vez la llevó afuera y la apoyó contra la carpa.
    Heather la siguió.
    —Haré lo que quieras... Sé que sólo soy una niña y todo eso, pero como no tienes amigos aquí, quizá podríamos hacer cosas juntas. —Se detuvo a pensar qué podrían hacer para superar lo ocurrido, algo en lo que no importara la diferencia de edad. —Podríamos ir a tomar pizza o algo por el estilo. O podríamos peinarnos la una a la otra.
    Lucero no pudo evitar sonreír ante el tono esperanzado de la chica.
    —Suena bien.
    —Voy a recompensarte por esto, te lo prometo.
    Algunas cosas no se podían arreglar, pero Lucero no se lo dijo a Heather. Había tomado una decisión: no pensaba dejar que la culpa pendiera sobre la cabeza de la adolescente.
    Brady Pepper se acercó a ellas, con una expresión que no presagiaba nada bueno.
    —¿Qué haces aquí, Heather? Te he dicho que te alejes de ella.
    Heather se sonrojó.
    —Lucero ha sido muy amable conmigo y quería ayudarla.
    —Vete con Sheba. Quiere practicar contigo la posición del pino.
    Heather parecía cada vez más infeliz.
    —Papá, Lucero es genial. No me gusta que pienses mal de ella. Es buenísima con los animales y me trata...
    —Vete, Heather—dijo Lucero agradeciéndole el esfuerzo con un gesto de cabeza. —Gracias por ofrecerte a ayudar.
    Heather se fue a regañadientes.
    Brady parecía tan enfadado como un Silvestre Stallone con ración doble de testosterona.
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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Danny Centeno el Jue Mar 28, 2013 9:23 pm

    Yesse sube maaaas :3

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

    Mensaje  Leysdania el Jue Mar 28, 2013 10:04 pm

    Somos LM desesperadas jajaj...' más cap. por eso lo dijo :-)

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    Re: Besar a un ángel Adaptada

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