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    La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

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    IndiiCH
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  IndiiCH el Vie Mayo 04, 2012 10:19 pm

    QUIERO MÁAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAS! YA! affraid affraid

    lauriita29
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Sáb Mayo 05, 2012 12:23 pm

    Capitulo 10

    EL LUNES, Lucero fue al despacho antes de lo ha­bitual para asegurarse de que estaba todo listo para la reunión que la directiva iba a tener a las nueve. Estaba en la sala de juntas, colocando una agenda en cada lugar, cuando llegó Manuel.

    —¡Caramba! ¿Has dormido aquí esta noche o qué? —exclamó, mirando la hora.
    Ella sonrió.
    —He llegado solo diez minutos antes que tú. Pensé que era mejor adelantarme y preparar todo bien antes de que lleguen para la reunión.

    Manuel la miró con atención. Como siempre, iba perfectamente arreglada. Llevaba un traje de color vai­nilla y un top de cuello redondo del mismo color. El pelo se lo había recogido, pero con unos cuantos mechones. Le caían provocativamente alrededor de la cara. Su maquillaje era perfecto. Y a pesar de ello, se dio cuenta de que pa­recía cansada y tenía ojeras.

    —¿No has dormido bien esta noche?
    Lu pensó si debía mentirle, pero luego desechó la idea al mirarlo a los ojos.
    —La verdad es que no.

    Un poco más tarde, mientras ella terminaba de dis­tribuir los documentos en la mesa de reuniones, Manuel se dio cuenta de que llevaba zapatos de tacón.
    Eran modernos y elegantes, y resultaban provoca­tivos. Quizá era porque acentuaban la pequeñez de sus tobillos.

    —¿Y tú qué tal? ¿Cómo terminaste el fin de semana?
    Manuel apartó los ojos de sus tobillos.
    —He tenido días mejores —contestó, abriendo su ma­letín para sacar algunas notas—. Traté de decirle con delicadeza a Beth que Gina nos iba a dejar.
    —¿Se lo tomó bien?
    Manuel se quedó serio un momento.
    —Lloró tanto, que estuvo a punto de ponerse mala.
    —Debió ser horrible —respondió ella, preocupada.
    —Sí, lo fue. Y no ayudó nada que Marcela sugiriera que la mandara a un internado —añadió, notando la ex­presión de sorpresa de Lucero.
    —No lo haría delante de Beth, ¿verdad?
    —No... no es tan dura. Me lo sugirió el domingo por la tarde, cuando estábamos solos.
    Una de las recepcionistas llamó a la puerta y asomó la cabeza.
    —Han llegado dos de los directivos, señor Mijares. Están en recepción.
    —De acuerdo. Salgo en un minuto.
    —No estarás pensando en mandar a Beth a un inter­nado, ¿verdad? —preguntó Lu en cuanto la puerta se cerró—. ¡Es tan pequeña!
    —Sí, es muy pequeña. Le dije a Marcela que no iba ni siquiera a pensármelo. Pero ella cree que no lo estoy haciendo bien. Al parecer, ella y su hermano estuvie­ron en internados desde muy pequeños y piensa que es una idea estupenda.
     
    —Quizá para ella fuera bueno, pero para Beth no lo sería después de haber perdido a su madre. Te necesita para sentirse segura y querida, Manuel, Eso es muy im­portante en su situación.
    El la miró a los ojos y notó que tenía una expresión totalmente desconocida. Pensó si sería por su propia experiencia de niña, pero había una pasión en aquella súplica, que nunca había visto en ella.

    —Estoy completamente de acuerdo, Marcela y yo nos separamos un poco enfadados.
    —Porque no aceptaste su sugerencia respecto al in­ternado, ¿no es cierto?
    —Por eso y porque no puedo irme con ella el pró­ximo fin de semana —Manuel cerró su maletín de un golpe—. Pero es que no es el momento adecuado. No puedo irme a disfrutar de un fin de semana con ella, dejando a mi hija sola en casa. Lo más importante para mí es que Beth sea feliz... pero Marcela no lo entiende. Y creo que eso va a hacer que nuestra relación se acabe rompiendo.
    —Lo siento, Manuel, debe ser difícil —contestó Lu en voz baja.
    La recepcionista volvió a llamar a la puerta y se asomó.
    —La señorita Gonzalez está al teléfono, señor Mijares —anunció en tono alegre.
    —De acuerdo, pásame la llamada a mi despacho —miró a Lucero antes de salir—. Será mejor que hable con ella. ¿Te encargas de todo? No tardaré mucho.
    —Claro.

    Ella lo vio salir y se preguntó qué era lo que querría Marcela. Quizá hubiera llamado para disculparse. Desde luego, si tenía algo de sentido común, debía de ser así. Manuel era un buen hombre que solo quería lo mejor para su hija. Era una de las cosas que más le gustaban de él.
    Él volvió un cuarto de hora después y, para enton­ces, la mayoría de los directivos ya habían llegado. Lucero les había enseñado la sala de reuniones y les ha­bía ofrecido un café, que estaban tomando en esos mo­mentos, ya sentados ante la mesa.

    —Siento haberlos hecho esperar, caballeros —dijo Manuel , dándoles la mano.

    Al final, se sentó presidiendo la mesa. Lu se pre­guntó qué habría hablado con Marcela. Esperaba que él no hubiera cedido.
    Pero, en aquel momento, no tenía tiempo de pensar en aquello, ya que la reunión iba a empezar.
    Acabaron ya por la tarde y a ella le dolía la muñeca de tanto escribir. Mientras recogía sus notas, se le acercó uno de los directivos de la sucursal escocesa.

    —Lucero, solo quería felicitarte por lo bien que has organizado todo —dijo, sonriéndole con afecto—. Si te cansas de trabajar en Inglaterra, siempre habrá un tra­bajo para ti en nuestra sucursal.
    Antes de que Lu pudiera decir nada, Manuel los miró con el ceño fruncido.

    —Perdona, Cliff, pero no está permitido robarnos personal entre nosotros —dijo en tono de broma.
    Cliff soltó una carcajada.
     —Lo siento, Manuel, pero es que no he podido evi­tarlo —dijo y luego le dio a Lucero su tarjeta—. Me que­daré unos días en Londres —añadió, guiñándole un ojo.

    Ella le sonrió. Cliff Roberts era un hombre muy agradable, unos diez años mayor que Manuel. Tenía el pelo gris y un aire distinguido.

    —Muy bien —dijo ella en un tono alegre.
    Una vez se hubo marchado todo el mundo, ella se quedó ordenando la sala de juntas y, al rato, volvió Manuel.

    —Bueno, me alegro de que se haya terminado —dijo él, cerrando la puerta.
    —Ha ido bien, ¿no?
    —Sí, pero no creía que fuera a durar tanto. Como ha dicho Cliff, lo has organizado todo a la perfección. Por cierto, no me gusta que te haga ese tipo de ofertas de­lante de mis narices.
    —Bueno, parece un hombre agradable. Me he sen­tido halagada.
    —Pues debes tener cuidado —aseguró él en un tono serio—. Tiene fama de mujeriego.
    —¿De veras? Pero no creo que haya sido esa su in­tención al darme la tarjeta. Seguro que estaba de broma o quizá quiera contratarme en serio.
    —Debes estar bromeando. No te ha quitado el ojo de encima en toda la reunión.
    —¿De veras? —preguntó ella, muy sorprendida—. Creo que son imaginaciones tuyas, Manuel.
    —Y a mí me parece que eres un poco ingenua, Lucero.
    —En cualquier caso, eso es asunto mío —dijo ella—. Además, a lo mejor le pido que me acompañe a la boda de mi hermana en Irlanda —añadió con malicia.

    A pesar de que se trataba de una broma, a Manuel no pareció hacerle ninguna gracia.
    Ya estaba acabando la jornada de trabajo, cuando Manuel trataba de concentrarse en un informe, sin conseguirlo. No podía dejar de mirar a Lucero que, sentada ante su escritorio, estaba trabajando en sus cosas. La luz del sol formaba una especie de halo sobre su cabe­llo rubio. Parecía un ángel.
    Entonces, recordó lo que había pasado con Cliff Roberts después de la reunión y que ella le había dicho que quizá lo invitara a la boda de su hermana. Tenía que ser una broma, se dijo.
    Se levantó y fue al despacho de ella, que se sor­prendió al verlo llegar.

    —¿Necesitas algo?
    —No, solo quería invitarte a tomar algo después del trabajo.

    Ella se lo quedó mirando con los ojos abiertos de par en par. No era extraño. Ya que hasta él mismo se había sorprendido cuando aquellas palabras escaparon de sus labios. En realidad, no sabía muy bien por qué había ido a verla.

    —Como mañana vas a entrevistar a las niñeras, que­ría discutir contigo las condiciones y los horarios —mintió—. Y he pensado que sería más agradable hacerlo mientras tomamos una copa.
    —Bueno... —miró la hora—. Es que iba a salir esta no­che...
    —Si estás ocupada... —dijo él, frunciendo el ceño.
    Se preguntó con quién habría quedado. No podía ser que hubiera telefoneado con tanta premura a Cliff Roberts.
    —Creo que podré estar contigo como una hora —le propuso ella—. ¿Te parece bien?
    —Sí, muy bien.
     
    Lucero se lo quedó mirando mientras salía de su des­pacho, preguntándose qué estaba sucediendo. Manuel nunca la había invitado a tomar una copa en los dos años que llevaba trabajando allí.
    Se preguntó si habría hecho bien al decirle que iba a salir aquella noche. No era cierto, pero había sido la primera excusa que se le había ocurrido.
    Luego trató de concentrarse de nuevo en su trabajo.
    Lu estaba acostumbrada a marcharse la última en la empresa. Acompañaba a Manuel por las oficinas va­cías y este iba apagando las luces y cerrando con llave las puertas. Aquel día, sin embargo, parecía diferente.
    En el ascensor, bajaron sin decir nada. Ella observó el reflejo de su jefe en las paredes de espejo y se de­tuvo en sus ojos y en el pelo negro. 

    Manuel levantó la vista y, al ver que ella lo estaba observando, esbozó una sonrisa. Lu le sonrió a su vez de modo educado y apartó la vista.
    Manuel estaba acostumbrado a que las mujeres lo miraran con admiración. Pero no había sido el caso de Lucero, que había querido tener los pies firmes en la tierra para no perder su trabajo.
    Hasta el fin de semana anterior, aquello no había sido un problema. Manuel la había tratado de manera tan profesional, que ella nunca había pensado en él como un hombre.

    Pero, en ese momento, los límites parecían haberse debilitado. No sabía si era porque había pasado con él parte del fin de semana y había descubierto que era una persona agradable y cariñosa... o si había sido aquel beso... aquella indiscreción que los dos habían desechado como una locura momentánea.
    Fuera o no un error, una locura, Ella no podía ol­vidarse de aquel beso y lo recordaba en los momentos más inoportunos. Como, por ejemplo, en ese.
    Por fortuna, las puertas se abrieron y ella tomó aire, contenta de poder salir de allí.

    El garaje, al igual que el edificio superior, estaba tam­bién vacío y sus pasos resonaron en medio del silencio.
    Manuel dejó el maletín en el asiento de atrás y ella esperó en la puerta por la que tenía que entrar.

    —¿Tienes hambre, Lucero? Podemos comer algo.
    —¿Perdona? —dijo ella, hablándole por encima del techo del coche.
    —Te pregunto si tienes hambre.
    Ella lo había oído la primera vez, pero no entendía bien por qué se lo preguntaba.
    —Pensé que sería agradable ir a casa, pasando por el restaurante Waterside. ¿qué te parece?
    —¿Has quedado allí con alguien? —preguntó ella, que sabía que era el restaurante más lujoso de la ca­dena Mijares. 
    —No, esto no tiene nada que ver con el trabajo. Es solo porque sé que vamos a encontrar mesa sin tener que avisar con antelación. Pero podemos ir a otro lado si lo prefieres.
    —No... —de repente, ella se acordó de que había di­cho que había quedado aquella noche—. Será mejor que tomemos algo en un pub, porque acuérdate de que solo tengo una hora.
     
    —De acuerdo, como quieras —respondió con una sonrisa.

    Entraron en el coche y Manuel condujo a través de las calles de la ciudad. Era la hora punta y Lucero se puso a mirar por la ventanilla. Era un día agradable. El sol primaveral y la lluvia habían derretido la nieve.

    —¿Solucionaste el problema con Marcela esta ma­ñana? —trató de hacer la pregunta como si no le importara.
    —En realidad, no —Manuel la miró—. Hemos decidido terminar nuestra relación.
    —¡Oh! Lo siento.
    —No lo sientas. Creo que ya llevaba un tiempo intu­yéndolo. Quizá si hubiera sido un soltero sin obliga­ciones, la cosa habría funcionado. Pero un viudo con una niña pequeña nunca ha sido la pareja ideal para Marcela. Esta mañana, los dos hablamos con franqueza y decidimos que era lo mejor. Ha sido todo muy edu­cado. Incluso ha admitido que nunca habría sido una buena madrastra y yo, si me caso de nuevo, daré prio­ridad a encontrar una madre para mi hija.

    —Por supuesto —respondió Lucero, impresionada por sus palabras.
    —Pero es bueno que sigamos siendo amigos porque pienso que es una persona muy valiosa.

    Manuel aparcó frente al Rose and Crown, un pub que había al lado de su casa.
    Estaba lleno de gente que acababa de salir de sus trabajos. La música de fondo se veía ahogada por el rumor de las conversaciones y el sonido ocasional de un teléfono móvil.
    Él eligió una mesa que había en un rincón y le pidió a Lucero que se sentara mientras iba a pedir las bebidas.
    Ella lo hizo así y, mientras estaba allí, se le acercó una amiga.

    —Hola, Lu, es curioso verte aquí un lunes.
    Se dio la vuelta y vio que su amiga Gillian se sentaba a su lado. Tenía más o menos la misma edad de Lu, una melena pelirroja muy bonita y un cuerpo precioso.
    —¿Cómo estás? No acostumbras venir aquí entre se­mana.
    —La verdad es que no —dijo Lucero sonriendo—. ¿Dónde está Brian? ¿No ha venido contigo?
    —Está jugando al fútbol. Yo he venido con Samantha... la conoces, ¿verdad? Trabaja conmigo en el banco. Y tú tampoco has venido con Francisco, ¿verdad?
    —No, no hay vuelta atrás, Gilí —aseguró ella—. Eso se acabó.
    —Todavía no me lo puedo creer —contestó Gillian, mirando a su amiga con cariño.
    Lucero se encogió de hombros.
    —Entonces ¿con quién has venido?
    —Con mi jefe. Ha ido a la barra a por las bebidas —respondió ella, señalando a Manuel. 
    —¿Quién es?
    —El moreno.
    —¿Ese Adonis?
     —Sí —contestó Lu sonriendo—. Sí, es muy guapo, ¿verdad?
    —Es una manera de decirlo. Yo no lo echaría de mi cama —Gillian miró hacia la barra con los ojos muy abiertos—. ¡Vaya!
    —Pero hemos venido a hablar de trabajo —añadió Lu.
    —¿De verdad? Bien... solo puedo decir que lo apro­veches. ¿Es soltero?
    —Sí, pero...
    —Nada de «peros». Es muy guapo.
    —Es mi jefe, Gilí. Y de todos modos, no es mi tipo...

    Corto la frase al ver que le ponían delante una copa de vino. Ella miró para arriba y se encontró con que los ojos de Manuel estaban mirándola fijamente. Sintió que se le paraba el corazón.

    —¿Quién no es tu tipo? —preguntó, arqueando una ceja.
    —Oh... nadie. Manuel, esta es Gillian Dentón, una amiga. Gillian, este es mi jefe, Manuel Mijares.
    —Encantado de conocerte.
    —Para mí sí que es un placer —contestó ella, con una amplia sonrisa.
    Manuel se sentó y Gillian no hizo ademán de mo­verse.
    —Así que eres el jefe de Lucero —preguntó la peli­rroja, acercándose a él.
    —Así es —respondió él, no muy interesado en la amiga de Lu.
    —Es una chica estupenda. No hay muchas como ella —añadió de manera efusiva Gillian.
    Manuel miró a Lucero y sonrió al ver que se ponía colorada.
    —Sí, lo sé.
    —Pero a veces no le conviene ser tan buena... Claro, que Francisco se dará cuenta de su error y volverá —continuó Gillian, sin detenerse a pesar de la incomodidad de Lucero. 
    De repente, Gillian vio a su otra amiga entre la gente.
    —Allí está. Los dejo que sigan con su reunión de negocios. Hasta pronto, Lu... me alegro de ha­berte conocido, Manuel.
    Gillian esbozó una sonrisa, hizo un gesto a Lu y desapareció entre la multitud.

    —Lo siento... Pero lo hace con buena voluntad —dijo ella, al ver la expresión de Manuel. 
    —¿Quién me dijiste que era?
    —Una vecina. Vive en el apartamento que está frente al mío —respondió Lu, dando un sorbo a su vino. Luego lo miró—. ¿Qué tenías que decirme sobre las en­trevistas de mañana?
    —¿A cuántas has reunido?
     —A cinco. Cuatro son inglesas y una es sueca.
    Manuel bebió un trago de cerveza.
    —¿Qué te dijeron en la agencia sobre la sueca?
    —Que tiene buena titulación y que habla bien inglés. ¿Qué te hace tanta gracia? —le preguntó, levantando la vista de los papeles que estaba leyendo.
    Él le sonreía divertido.
    —Nada. Bueno, la verdad es que lo que te pregun­taba es más bien... si era del tipo de sueca rubia, alta y con buen cuerpo.
    —Ah, bien, es lo más importante, claro —contestó Lu sin sonreír—. ¿Es lo que querías que pusiera en la lista de requisitos? ¿Tiene que ser rubia, alta y con buen cuerpo?
    Manuel soltó una carcajada.
    —No, es una broma. No quiero distracciones en ese sentido. La vida ya es suficientemente complicada de por sí. No, solo quiero que sea una chica agradable, en la que se pueda confiar y que demuestre que quiere a los niños de verdad. Con eso me conformo... el aspecto no es ningún requisito.
    Lucero asintió y bebió otro sorbo de vino. En la mesa de enfrente se sentó un grupo de personas algo escandalosas.
    —¿Y de horas? —preguntó ella, tratando de concen­trarse.
    —¿Qué has dicho?
    Lu se acercó y le repitió la pregunta.

    Manuel no contestó enseguida. La miraba como si estuviera contemplando un cuadro. Tenían los rostros muy juntos el uno del otro; ella lo miró fijamente a los ojos y sintió que el corazón le comenzaba a palpitar a toda velocidad.

    —¿Dónde me dijiste que ibas esta noche? —preguntó de repente.
    —No... lo dije.
    —Entonces, ¿es una cita con un hombre?
    —¿Por qué quieres saberlo?
    —Por nada, simple curiosidad.
    —Es solo... que he quedado a cenar con una persona.

    Se sonrojó al ver cómo la miraba él. Fue como si penetrara en su corazón. Y ella, ¿por qué le estaba mintiendo? ¿Qué pasaría si decía que no iba a ir a nin­guna parte? La tentación era poderosa, pero no se atre­vía. Era mejor mantener la distancia con Manuel. Al fin y al cabo, era su jefe.Entonces, ¿por qué estaría tan interesado por lo que iba a hacer esa noche?

    —¿Nos vamos? —preguntó de repente Manuel—. Aquí hay demasiado ruido. ¿A cuánto está tu apartamento de aquí? —añadió ya en la calle.
    —A diez minutos —contestó Lucero—. Escucha, Manuel. ¿Por qué no te vas a casa, te sientas y apuntas los requisitos que quieres para la chica, el horario y todo eso? Yo lo leeré luego, antes de que comiencen las en­trevistas, como lo hicimos la otra vez.
    Él asintió.

    —Sí... de acuerdo.
    Lu, que no sabía qué hacer, miró la hora.
    —La verdad es que hace tan buena noche que creo que me voy a ir andando.
    —Te acompaño —dijo Manuel. 
    —No hace falta.
    —Ya sé que no hace falta —dijo él, sonriendo—. Pero quiero hacerlo. De todos modos, me viene bien hacer un poco de ejercicio y, como has dicho, hace una buena noche.
    —Oh... de acuerdo.

    Ella se colgó el bolso y metió las manos en los bolsillos. La situación se estaba volviendo cada vez más extraña, pensó, tratando de adivinar por qué Manuel  es­taba haciendo todo aquello.
    Ninguno de los dos rompió el silencio mientras ca­minaban. Era como si ambos estuvieran sumidos en sus pensamientos. Lu miró de reojo a Manuel un par de veces, preguntándose qué estaría pensando, pero su rostro era totalmente hermético.
    Cuando llegaron a la calle donde vivía Lucero, esta, muy nerviosa, buscó algo que decir. Algo que relajara la tensión que sentía por dentro.

    —¿Está Gina con Beth? —preguntó al final.
    —Sí, se quedará cuatro semanas más. ¿Crees que tu amiga tenía razón cuando dijo que Francisco volvería?
    Estaban de pie ante la puerta de su casa.
    —No, definitivamente no.
     —Entonces, no es con Francisco con quien has quedado, ¿verdad?
    —No.
    Ella bajó la vista y comenzó a buscar las llaves en el bolso.
    —Bien —Manuel la miró con preocupación—. No me gustaría que le dieras una segunda oportunidad y que volviera a hacerte daño... eres demasiado buena, Lucero.
    —¿Sí? —preguntó ella, no muy complacida—. Gracias por el voto de confianza. Pero en realidad no me cono­ces. Por ejemplo, creo que no voy a firmar lo de la casa hasta que Francisco no me pague algunas de las facturas que me dejó.
    —No sabía que había dejado facturas sin pagar.
    Lu se puso colorada.
    —Pues... sí —admitió—. Esa fue la principal razón por la que te pedí un aumento de sueldo.
    —Entiendo —contestó muy serio—. Creí que era por­que te habían ofrecido más dinero en la otra empresa.
    —No... Francisco me dejó en una situación... desastrosa. Pero voy a recuperarme pronto.

    Manuel no tenía duda de que Lu era capaz de cui­darse de sus propios asuntos. Era una mujer com­petente y capacitada. Pero el dolor que veía en sus ojos en ese momento le mostraba también un lado frágil. Era evidente que Francisco se había comportado como un canalla.

    —¿Quieres que te ayude?
    A ella la sorprendió aquello.
    —No... gracias, lo puedo solucionar yo sola.
    Manuel se sintió decepcionado por la respuesta.
    —Bueno, si cambias de opinión, la oferta sigue en pie —contestó, como sin darle mucha importancia—. ¿Tienes tiempo para invitarme a una taza de café? —preguntó en voz baja.

    Al decirlo, le quitó la llave de la puerta y el roce de sus manos provocó en Lucero un escalofrío que recorrió todo su cuerpo.

    —Bueno, un café rápido. No quiero llegar tarde a la cena.
    —No te preocupes.
     

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Sáb Mayo 05, 2012 12:24 pm

    De verdad solo será un café? Enterencen en el proximo capitulo! Wink
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  Camilaaa el Sáb Mayo 05, 2012 3:27 pm

    Weyshhhhhh, Manuel estaba celosito .lkjhgfdfghj :')
    Si, seguuuro, ahora le dicen café albino
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  IndiiCH el Sáb Mayo 05, 2012 11:02 pm

    :B
    ¿Solo café?
    JAJAJA se nota que se tienen unas ganas!.
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  Mceleste el Dom Mayo 06, 2012 1:30 am

    yo creo que en el proximo cap Manuel se va a tomar ese café jajaja Smile

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Dom Mayo 06, 2012 11:01 pm

    Capitulo 11


    MANUEL  no se sentó cuando Lu fue a preparar el café, sino que se puso a pasear por el salón. Se detuvo unos segundos frente a la ventana y miró hacia el pequeño parque que había en el centro de la plaza. El cielo estaba empezando a volverse rojizo y ya habían encendido las farolas.

    Se dio la vuelta y observó la estancia. Estaba todo muy ordenado. Sobre la chimenea había varias velas y fotografías. Se acercó para verlas mejor.

    —¿De quién son estas fotos? —preguntó cuando Lucero volvió con el café.
    —Una es la foto de boda de mi padre . Y la otra es mi madre con veintiún años. Y esa es mi her­mana Mariana.
    —Es muy guapa.
    —Sí, lo es. También es muy inteligente. Ha termi­nado medicina y va a hacer la tesis —contestó, sir­viendo el café.
    —¿Estás unida a tu hermana?
    —Sí, a pesar de la diferencia de edad y de que vivi­mos ahora muy lejos la una de la otra, seguimos muy unidas.
    Manuel dejó la fotografía.
    —Entonces, a pesar de todo, estás deseando ir a su boda, ¿no es así?
    —Sí... —respondió, no muy convencida.
    —¿Con quién se casa?
    —Con Armando. Es un chico muy amable y se llevan muy bien.
    —Entonces, ¿qué pasa? — Manuel se apoyó en la chime­nea y la miró con detenimiento—. Me ha parecido que no estabas muy convencida de querer ir a su boda.
    —Sí, estoy convencida.
    —Entonces hay algo que te impide disfrutar de la boda de tu hermana.
    —No es cierto —dijo Lu, que estaba apoyada en la ventana bebiendo su café.
    —Pero no quieres ir sola, ¿verdad? Hoy, por ejem­plo, has dicho que quizá le pidieras a Cliff Roberts que te acompañara.
    —Era una broma.
    Manuel arqueó una ceja.
    —Pero no quieres ir a la boda sola, ¿verdad?
    —Bueno, a nadie le gusta ir a una boda solo... Es una de las raras ocasiones en las que todo el mundo va con pareja, como en el arca de Noé.
    El sonrió ante la comparación.
    —Pero hay algo más, ¿a que sí?
    Ella lo miró con los ojos entornados.
    —No se te pasa nada, ¿eh?
    Manuel se encogió de hombros.
    —Bueno, si de verdad quieres saberlo... es mi padre. Sé que le haría mucha ilusión verme casada. Y ahora que mi relación con Francisco ha terminado, se habrá puesto a buscar nuevos candidatos para presentármelos en la boda.
    Lucero hizo una pausa y alzó las manos con impo­tencia.
    —Sé que estarás pensando que bastará con no ha­cerle caso a mi padre y concentrarme en disfrutar de la boda. Pero es muy difícil ignorarlo cuando se pone a hacer de casamentero. Las últimas dos veces que me han llamado, ya me han hecho ciertas sugerencias sobre algunos solteros de la zona. Cosas como: « ¿Te he ha­blado alguna vez de Joe McCarthy, Lucero? Tiene una parcela de ciento veinte acres y todos los dientes sa­nos».

    —Bueno, siempre que no quiera que le zurzas los calcetines...
    Ella lo miró y vio que estaba de broma.
    —Da igual —dio un suspiro—. Mi padre es así. Es tan sutil como un ladrillo. Es una estupidez, porque hoy en día muchas mujeres deciden quedarse solteras. Para ser médico y un hombre inteligente, está bastante anti­cuado.
    —Se preocupa por ti. Es el trabajo de los padres.
    —Bueno, pues no tiene por qué —contestó en­fadada—. Quizá esté mejor sola, concentrada en mi ca­rrera y olvidándome de los hombres.
    —Eso sería una pena —respondió Manuel con dul­zura.

    El hombre dejó su taza sobre la mesa y el movi­miento fue tan firme, que Lucero creyó que se iba a marchar. Pero en lugar de ello, se acercó a ella.

    —Tengo una idea.
    —¿Qué tipo de idea?
    Manuel apoyó una mano sobre el alféizar de la ven­tana, al lado de donde estaba ella. El hecho de estar tan cerca de él puso nerviosa a Lucero. Alzó los ojos y luego deseó no haberlo hecho al recordar el viernes an­terior y el beso que se habían dado.
    Los ojos de él se clavaron en sus labios. Nadie la había hecho sentirse así jamás.
    —¿Y si te acompaño a la boda?
    —¿Tú? ¿Por qué ibas a acompañarme?
    —Tú me ayudaste este fin de semana y me gustaría corresponderte.
    —Pero es un viaje, Manuel. Es un fin de semana en Irlanda con mi familia.
    —Será divertido. Nunca he estado en Irlanda.
    —No sé qué decir... Pero todo el mundo creerá que voy con mi novio y tú eres mi jefe.
    —El que sea tu jefe no quiere decir que no pueda ser también tu novio. ¿O crees que no puedo interpretar el papel de manera convincente?
    —No lo sé... ¿por qué querrías interpretar ese papel?
    —Yo también tengo varias cenas de compromiso en los próximos meses y tampoco voy a tener pareja.
    —¿Quieres decir que sería como un acuerdo comer­cial?
    —No hace falta que hagamos un documento escrito, ¿verdad? Además, he decidido dejar de planear mi vida con exactitud.
    Lucero frunció el ceño.
    —¿Qué quieres decir exactamente?
    —Estoy diciendo que quizá podríamos ayudarnos el uno al otro. Tú necesitas una pareja para esta boda y yo voy a tener algunos compromisos en el futuro en los que necesitaré una mujer a mi lado... El mes que viene, por ejemplo, tengo una cena. Todos los altos directivos vienen a casa y a mí me vendría bien tener pareja.

    —Manuel, estoy segura de que no te será difícil en­contrar pareja. Así que, ¿por qué quieres que sea yo?
    —¿Y por qué no? Eres inteligente y encantadora. Lo cual es una ventaja para esa clase de reuniones.
    —Pero si te vienes a la boda de mi hermana y yo hago de anfitriona en tu fiesta, la gente va a empezar a creer que hay algo entre nosotros.
    —Que crean lo que quieran. Ninguno de los dos es­tamos casados, así que no vamos a hacer nada malo.
    —Pero es que tú eres mi jefe. Y si mantenemos una relación fuera de la empresa, puede acabar afectando a nuestro trabajo.
    —Estoy dispuesto a arriesgarme —aseguró Manuel con voz grave—. La otra noche nos dimos un beso y no ha pasado nada. De hecho, a juzgar por cómo fue, creo que podremos pasar perfectamente en la boda por amantes.
    —Pero ambos estuvimos de acuerdo en que aquel beso había sido producto de un momento de locura —replicó ella.
    Al recordar el modo en que ella lo había besado el viernes por la noche, Manuel sintió un intenso deseo que se despertaba en su interior. Porque quizá hu­biera sido una locura, pero eso no le había restado pla­cer. De hecho, no había podido dejar de pensar en aquel beso desde entonces. En el calor de sus labios, en su cuerpo sensual...
    —Es cierto que fue una locura —dijo él, acercándose —. Y creo que la locura está vol­viendo a apoderarse de mí.

    Ella, al verlo tan cerca, sintió que el corazón le em­pezaba a latir a toda velocidad.
    Entonces la besó y ella se rindió, agarrándose a los hombros de él. Lucero sintió sus manos, acariciándole la espalda y subiendo luego hasta la horquilla que le sujetaba el cabello. Este, una vez liberado, le cayó so­bre los hombros. Él, después de echarle la cabeza ha­cia atrás, comenzó a besarle el cuello, haciéndola es­tremecer de placer.
    Lucero sintió las manos de él sobre su cintura y, poco después, sobre sus senos. Fueron manos ardientes, manos que despertaron un intenso deseo en ella. Manuel le quitó la chaqueta y empezó a desabrocharle la blusa. Ella sabía que debería detenerlo, pero no lo hizo porque en realidad lo deseaba de un modo tan poderoso, que la razón no podía hacer nada para evi­tarlo. Se quedó muy quieta mientras le abría la blusa y le bajaba el sujetador, dejando sus senos al descu­bierto.
    Al sentir las manos de él sobre ellos, se quedó sin respiración. Los dedos de él contra su piel desnuda la excitaban de tal modo, que su cuerpo se estremecía de la cabeza a los pies.

    Lucero cerró los ojos, dejándose llevar por el intenso placer, mientras él le besaba un pezón.
    Cuando él metió las manos por debajo de la falda, ella volvió a decirse que debería detenerlo. Pero no quería parar.
    La falda cayó al suelo, y ella quedó delante de él con unas medias de encaje y unas braguitas minúscu­las. Manuel le dio la mano y la condujo hasta el sofá. Él se sentó primero y la atrajo para que se sentara a hor­cajadas encima suyo.
    —No deberíamos hacerlo —susurró ella con voz ronca. 
    Es cierto —admitió él, —. Pero no pensemos en eso. Limitémonos a disfrutar.
    El empezó a acariciarle los senos con los pulgares. Ella soltó un gemido de placer y, entonces, él comenzó a lamerle los pezones. Luego, se retiró para contemplarla así, con el pelo suelto y el placer dibujado en su rostro.
    —Esto está mal —susurró ella antes de besarlo en la boca con pasión
    —. Pero tienes razón. Limité­monos a disfrutar.
    El deseo que reflejaba el tono de voz de ella excitó aún más a Manuel, que comenzó a desabrocharse los pantalones mientras ella le quitaba la corbata y comen­zaba a desabotonarle la camisa.
    —Dime que me deseas —le pidió él, acariciándole de nuevo los pezones.
    —Te deseo —susurró ella, incapaz de controlarse.
    Cuando sintió que él le apartaba las braguitas y co­menzaba a acariciarle el sexo húmedo, soltó un ge­mido.
    —Lucero Hogaza, eres todo un enigma —susurró él—. Bajo esa imagen remilgada que llevas, se esconde una mujer apasionada.
    —No digas nada más —le pidió ella—. Hazme el amor.

    Entonces él la penetró y trató de concentrarse en darle placer, pero enseguida se sintió tan excitado por los gemidos de ella, que no pudo controlarse más. Acto seguido se dejó llevar y alcanzó el clímax a la vez que ella.
    Cuando acabaron, Lucero se abrazó a él, que co­menzó a acariciarle el cabello.
    Ella no se atrevía a mirarlo a los ojos. Le asustaba que un hombre tuviera tanto poder sobre ella. Estaba algo enfadada consigo misma por su falta de control.
    Finalmente, se apartó de él y comenzó a vestirse con manos temblorosas. Se alegró de que la habitación estuviera iluminada solo por las luces de la calle.

    —Manuel, ha sido solo sexo —dijo, tratando de encon­trar una salida que la hiciera recuperar su habitual autocontrol.
    —Por supuesto —contestó él, algo extrañado por el tono de ella.
    —Bien. Porque mientras ambos estemos de acuerdo, no habrá ningún malentendido entre nosotros. Al fin y al cabo, trabajamos juntos y no podemos dejar que lo personal afecte a nuestro trabajo.

    Manuel levantó el brazo para encender la lámpara que había a su lado.
    —¡No! ¡No la enciendas! —exclamó ella en un tono que contradecía lo que acababa de decir.
    Él bajó el brazo, dándose cuenta de que a ella no le había afectado aquello tan poco como estaba tratando de fingir.
    —¿Te marchas ya? —le preguntó ella, poniéndose la falda.
    —¿Quieres que me vaya?
    —Sí.
    Él se levantó y se acercó a ella, pero Lucero retrocedió. 
    —No, Manuel.
    —¿Por qué no?
    —Porque... —ella iba a decir que temía que se repi­tiera lo que acababa de ocurrir—. Porque me aseguraste que no te quedarías mucho y quiero que te vayas.
    —Vas a llegar tarde a tu cita, ¿no es eso? —preguntó él en un tono seco.
    —Sí, voy a llegar muy tarde.
    —Pues entonces seguiremos mañana —dijo él, son­riendo.

    Ella no se esperaba que Manuel la agarrara de un brazo mientras se dirigía a la puerta. En un momento, la atrajo hacia sí y la besó. Ella trató de apartarlo, pero sin mucha convicción y enseguida se encontró respon­diendo a su beso.
    Fue el agudo timbre del teléfono lo que hizo que se separaran.

    —Hasta mañana —se despidió Manuel.

    El teléfono siguió sonando después de que él sa­liera, pero ella no contestó.
    Mientras se dirigía a la ventana, saltó el contesta­dor.

    —Lucero, creía que habíamos llegado a un acuerdo.

    Apoyó la frente en el frío cristal y se quedó mi­rando a Manuel, que acababa de salir a la calle.

    —Dijiste que te pensarías lo de cederme el depósito de la casa —siguió diciendo Francisco, que evidentemente estaba enfadado—. ¿Sabes cuánto dinero perderé si no firmas esos documentos?

    Ella vio cómo se alejaba Manuel. Luego cerró los ojos y trató de no hacer caso a las palabras de Francisco. Así era como terminaba el amor, pensó con amargura.
    Así que, si empezaba una relación Manuel, sucede­ría lo mismo. ¿O no?

    —Podemos vernos y hablar esto como personas adultas. Te llamaré mañana al trabajo —añadió Francisco an­tes de colgar.



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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  MilagrosLyM el Dom Mayo 06, 2012 11:46 pm

    OMG se veia venir jaja que bellos los 2 *-*
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  Mceleste el Lun Mayo 07, 2012 10:22 am

    amo esta wn, really, la amo :')
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  Mceleste el Lun Mayo 07, 2012 10:24 am

    amo esta wn, really, la amo :')
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  Mceleste el Lun Mayo 07, 2012 10:24 am

    amo esta wn, really, la amo :')

    lauriita29
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Lun Mayo 07, 2012 9:49 pm

    Capítulo 12

    CUANDO la tercera candidata cerró la puerta del despacho, Lucero tachó su nombre de la lista. Las entrevistas no estaban yendo bien. No había encontrado a nadie que pudiera hacerse cargo de Beth. Y esa era la última de las candidatas que vería ese día.

    Echó un vistazo a las notas que había tomado, tratando de pasar por alto que Manuel la había pedido que fuera a verlo en cuanto acabara las entrevistas. No estaba preparada todavía para encontrarse con él. Por suerte, cuando había llegado al trabajo, él estaba hablando por teléfono. Pero aun así, solo de verlo, se había puesto nerviosa.
    En ese momento llamaron a la puerta. Era David, del departamento de contabilidad.

    —Ah, bien, estás aquí todavía —dijo, sonriendo.
    —Por supuesto que estoy aquí. Es solo las la una y media —respondió ella, sonriendo a su vez—. ¿Desde cuándo salgo a almorzar fuera?
    —Si estás buscando que me compadezca de ti, olvídate —aseguró David, echándose a reír—. Como te digo siempre, no deberías tomarte el trabajo tan en serio —añadió, sentándose en el borde del escritorio—. Bueno, ¿y cómo te va?
    —Bien —respondió reclinándose en su asiento.

    David acostumbraba a charlar un rato con ella cada vez que tenía que ir al despacho de Manuel. Era un buen tipo, de unos treinta y cuatro años, rubio y con cierto atractivo.
    Lu se había enterado de que estaba saliendo con Cathy, una de las recepcionistas.
    —Y tú, ¿qué tal estás?
    —He estado mejor —David hizo una mueca, señalando el despacho—. ¿Y el jefe? ¿Está de buen o de mal humor?
    —No lo sé. Hoy no he hablado todavía con él.
    —Estás muy atareada, ¿no es así? Esperemos que se llegue a un acuerdo con Renaldo antes de que nos volvamos todos locos.
    —A ver si es verdad.
    —Este viernes por la noche vamos a ir a tomar una copa al pub después del trabajo. ¿Por qué no te vienes?
    —Me encantaría acom... —no terminó la frase—. Ah, no puedo. Le prometí a Manuel que el viernes lo acompañaría a Manchester e imagino que volveremos tarde.
    —Manuel Mijares te hace trabajar demasiado —David se inclinó hacia ella sobre el despacho—. Dile que tus amigos también te necesitan.
    —Quizá vuelva a tiempo —Lu frunció el ceño—. Le preguntaré a Manuel a qué hora cree que volveremos. Quizá pueda reunirme con ustedes más tarde.
    —No estarás aquí antes de las diez —los interrumpió la voz de Manuel, al que no habían oído entrar.
    Se los quedó mirando muy serio y Lucero no entendió el motivo.
    David se puso en pie y cruzó una mirada cómplice con ella.
    —Te he traído las cuentas que me pediste —dijo, recogiendo los papeles que había dejado encima del escritorio.
    Una vez se los entregó David, Manuel se quedó examinándolos.
    —Veo que no están las cuentas del restaurante Galley.
    —Es que todavía no nos han llegado.



    Manuel frunció el ceño.
    —¿Y para cuándo las tendremos?
    —Para mañana.
    —A primera hora.
    —De acuerdo —David se fue hacia la puerta y salió después de sonreír a Lu.

    Manuel siguió frente al escritorio de ella, estudiando las cuentas. Ella trató de concentrarse en el ordenador, pero la ponía nerviosa la presencia de él.
    Se preguntó si él estaría arrepentido de lo de la noche anterior.

    —¿Qué tal las entrevistas? —le preguntó Manuel de repente.
    —Me temo que no muy bien.
    —Te pedí que fueras a verme cuando acabaras.
    —Sí, pero es que no me ha dado tiempo.
    Él asintió.
    —¿Y puedes venir ahora, por favor?
    —Por supuesto.
    Manuel le dejó pasar primero y luego cerró la puerta detrás de él.
    —¿Qué quería David? —le preguntó en tono brusco.
    —Solo venía a traerte las cuentas —respondió ella, poniéndose muy seria—. Bueno, y también me ha contado que algunos compañeros de la empresa van a salir el viernes a tomar una copa.
    —¿Fue con él con quien saliste a cenar anoche?
    —¿Con quién? ¿Con David? —Lucero abrió los ojos de par en par—. Por supuesto que no. ¿Estás bromeando?
    —No... era simple curiosidad —Manuel se sentó tras su escritorio.
    Se quedaron un rato en silencio y ella notó que el corazón le empezaba a latir a toda velocidad.

    —Tenemos que hablar de lo que pasó anoche —comentó él por fin.
    —No hay nada que comentar —replicó ella con frialdad—. Fue solo sexo y no debemos permitir que eso arruine nuestra relación laboral.
    —¿Estás tomando la píldora?
    Lu se sonrojó un poco.
    —Ya es un poco tarde para que me lo preguntes, ¿no te parece?
    —¿Qué me respondes? ¿Sí o no?
    Ella se sentó frente a él.
    —Sí.
    —Muy bien. Así tendremos que preocuparnos de una cosa menos.
    —¿Es que estabas preocupado? —preguntó ella con ironía.
    —Soy un hombre responsable y te aseguro que no fui a tu apartamento pensando en hacerte el amor.
    —Nunca he pensado lo contrario.
    —Y entonces, ¿por qué me miras como si me echaras la culpa?
    —No te estoy echando la culpa de nada —aseguró ella.

    Lucero se había pasado la noche recordando lo sucedido y sabía perfectamente que había sido ella quien le había pedido que le hiciera el amor. Y eso era algo que le costaba mucho admitir, ya que había perdido por completo el control y se había entregado a él sin más.

    —Es que... estoy enfadada conmigo misma, eso es todo —admitió—. Me gustaba nuestra relación laboral tal y como era antes.
    —También a mí, pero también me gustó lo que pasó anoche. De hecho, disfruté mucho y, a menos que seas una excelente actriz, me parece que tú también disfrutaste.
    —Sí, pero no creo que debamos mezclar lo laboral con lo personal —replicó ella de manera tajante.
    —Pues me parece que ya es algo tarde para eso.

    Manuel se quedó mirando el cuerpo de Lucero. Como siempre, llevaba un traje discreto. Recordó cómo la había desnudado la noche anterior y la sorpresa de ver que llevaba una ropa interior delicada y femenina. También recordaba la forma dulce y suave de su cuerpo, que se amoldaba perfectamente al de él. De repente, sintió un deseo tremendo de empezar a desabrocharle los botones de la camisa para acariciar y besar la piel que escondía debajo.

    —Creo que nuestra relación tiene que continuar hacia delante en vez de retroceder —afirmó Manuel—. Mi propuesta de acompañarte a la boda de tu hermana sigue en pie —añadió con firmeza y mirándola a los labios.
    —He cambiado de opinión —replicó ella, enfadada por la facilidad con que él conseguía excitarla. Con solo mirarla—. No creo que sea buena idea.
    —Pues yo creo que sería el trato perfecto —protestó él en un tono frío—. Yo tengo esa cena el veintiséis y me vendría muy bien que vinieras... y luego está la fiesta en mi casa a finales de mayo, la de los directivos. Tu ayuda sería muy valiosa.
    El repentino cambio de tono en Manuel la confundió.
    —Escucha, Lucero, me doy cuenta de que Francisco te ha hecho daño y quizá no estés preparada todavía para comenzar otra relación. Eso me viene bien porque yo tampoco quiero mantener una relación demasiado comprometida con nadie.
    —No, estoy segura de que no la quieres. Es otra de las razones por las que lo de anoche fue un error. Hace muy poco que has terminado con Marcela.
    —Estoy totalmente de acuerdo. La noche anterior fue estupenda, pero no creo que debamos estropear nuestra relación laboral ni complicarnos la vida en este momento.
    —Yo pienso lo mismo.
    —Bien, entonces estamos de acuerdo. Vendrás el próximo martes a esa cena y yo iré a la boda de tu hermana. Seremos la pareja perfecta.
    Ella lo miró con expresión de duda.
    —Es un trato muy razonable, Lucero.
    —Bueno... siempre que sea solo cenar, Manuel —trató de mirarlo a los ojos—. No voy a acostarme contigo.
    —No te preocupes, nunca he forzado a una mujer a hacer nada, Lucero. Jamás —aseguró él—. Y ahora, ¿empezamos con el trabajo? Necesito enviar una carta a la sucursal de la isla de Man —continuó en un tono completamente profesional.

    Lu agarró una pluma de su escritorio, asombrada todavía por el repentino cambio de rumbo que había tomado la conversación.

    —Al señor James McCord, contable de publicidad... Veamos —dijo entornando los ojos, pensativo.

    Lu lo observó mientras se hacía miles de preguntas. Y la principal era si había hecho bien aceptando que la acompañara a Irlanda.

    Aunque, ¿por qué no? Lo que había ocurrido la noche anterior no podían borrarlo, pero tampoco quería decir nada. Sinceramente, pensaba que Manuel seguía enamorado de Marcela. Había estado saliendo con ella mucho tiempo. Incluso se habrían casado si ella se hubiera comportado de un modo más maternal con su hija.

    Querer a una mujer y tenerla que dejar porque no era la mujer adecuada para cuidar de su hija debía haber sido muy duro para él.
    Se quedó mirando su atractivo rostro.
    Manuel era una buena persona. Respetaba mucho el hecho de que antepusiera el bienestar de su hija al suyo propio.
    ¿Por qué no llevarlo a Irlanda? Todos se quedarían impresionados y su padre la dejaría tranquila durante un tiempo.
    ¿Por qué no arriesgarse? Se había pasado dos años tratando de amoldarse a una forma de vida convencional con Francisco y no le había servido para nada.
    Manuel continuó con su dictado y ella se esforzó por concentrarse.

    —Tienes que llamar al restaurante Waterside esta tarde —le recordó una vez terminada la carta—. Ah, y el director de Galley quiere que vayas a ver su nueva promoción.
    —Bien —contestó Manuel, mirando la hora—. Lo haré después. ¿Qué ha pasado con las chicas que has entrevistado esta mañana?
    Lu buscó las notas que había tomado.
    —La sueca era una persona dura y seca. Creo que estaría todo el tiempo diciéndole a Beth que no hiciera tal o cual cosa —miró a Manuel—. Aunque era muy guapa.
    —Entonces quítala de la lista —contestó él sin poder evitar un brillo de humor en los ojos.
    —La segunda mujer, la señorita McArthur, está obsesionada con la educación y la limpieza... que está muy bien, pero creo que le da demasiada importancia. Me imagino que si Beth pisara la alfombra con los pies llenos de barro, ¡sería capaz de cualquier cosa.
    —¿Y la tercera?
    —La señorita Readon era una mujer simpática, pero por desgracia tiene seis hijos. Aunque son todos ya adolescentes, no se podría quedar nunca después de las siete —Lucero alzó la vista—. Es buena cocinera, sin embargo, y parece muy cariñosa.
    Hubo un gran silencio mientras Manuel digería todo aquello.
    —Mañana tengo otras dos entrevistas. Quizá haya más suerte.
    —Ojalá.
    Ella recogió la hoja que Manuel le acababa de dictar.
    —¿Quieres que envíe la carta hoy mismo?
    —Sí, lo antes posible.

    En ese momento, sonó el teléfono y él lo descolgó. Lucero se levantó y fue a su despacho. Se sentó detrás del ordenador y trató de ignorar la voz de su conciencia, que le preguntaba por qué había mentido a Manuel al decirle que estaba tomando la píldora.

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  Camilaaa el Lun Mayo 07, 2012 10:17 pm

    Le mintióoooooooooooooooooooooooo? Oh my goshhhhh lkjhgfdsdfg<3
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  IndiiCH el Lun Mayo 07, 2012 10:49 pm

    QUÉ QUEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE?
    Le mintió.D:
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Mar Mayo 08, 2012 10:14 pm

    Capitulo 13


    LUCERO, sentada en un banco en el parque, desenvolvió los sándwiches. El olor del atún era nauseabundo. ¿Por qué no se había dado cuenta de que estaba pasado al abrir la lata aquella mañana? Enfadada, lo envolvió de nuevo y lo tiró a una papelera.

    No tenía tiempo de ir a comprarse ninguna otra cosa. Francisco llegaría en cualquier momento y ella tenía que estar de vuelta en el despacho en media hora. Dio un suspiro y se recostó en el banco.

    Miró la hora y vio que Francisco se retrasaba ya cinco minutos. Se preguntó si debería esperarlo o irse al despacho antes de la hora. Todo era un desastre allí, lo había sido durante las dos últimas semanas porque Renaldo había estado a punto de no seguir adelante con el trato.

    Manuel había estado muy nervioso. Nunca lo había visto así. Lo único bueno de ello era que su... encuentro en el apartamento había sido olvidado, debido a las circunstancias.
    Por otra parte, el fin de semana anterior, ella había hecho de anfitriona en una fiesta que había dado Manuel. Había sido una noche estupenda, un oasis en medio de la tensión de la semana.

    Uno de los restaurantes de Manuel había llevado la comida y habían cenado en su casa. Fueron unas seis personas, todos socios. Al finalizar la cena, él se comportó como un caballero y la llevó a casa.

    El único momento incómodo fue al despedirse. De repente, ella había sentido deseos de que la besara. Y por un instante, había creído que iba a hacerlo. Pero al final la acompañó a la puerta, esbozó una sonrisa y le dio las buenas noches. Luego se dio la vuelta y se marchó.
    Notó una sombra y miró hacia arriba. Era Francisco.

    —Hola, Lucero. Siento haber llegado tarde. Me entretuve en el trabajo.
    —No te preocupes.
    —¿Cómo estás? —preguntó él, sentándose a su lado.
    —Bien, ¿y tú? —lo miró a los ojos, que siempre le habían gustado.
    Eran amables y cariñosos.
    —Oh, a mí también me van las cosas bien —se encogió de hombros y metió la mano dentro del bolsillo de la chaqueta.
    Lu se preguntó de repente si se habría acordado de que aquel era el día de su cumpleaños y le habría llevado algo. Pero cuando Francisco sacó los documentos que quería que firmara, estuvo a punto de soltar una carcajada por ser tan estúpida.
    —Estás siendo muy amable al aceptar la firma de estos documentos, Lucero. De verdad, te lo agradezco.
    Ella tomó los documentos y comenzó a leerlos.
    —No hace falta que los leas —dijo él, sorprendido.
    Ella lo miró.
    —Gracias por el consejo, pero nunca firmo nada sin leerlo.
    —Bueno, es que tengo que volver al trabajo dentro de diez minutos.
    Ella lo ignoró y continuó leyendo.
    Luego, después de un largo silencio, miró a Francisco.
    —¿Tienes un bolígrafo?
    Él buscó en sus bolsillos y sacó al final uno. Luego se la quedó mirando mientras firmaba.
    —Eres muy amable, Lucero. Te lo agradezco mucho, de verdad. Y no te preocupes, te devolveré el dinero que te debo.
    Lu era lo suficientemente realista como para saber que eso no iba a suceder, pero le devolvió los documentos.
    —Que tengas suerte, Francisco.
    —Sí... sí... Tú también —contestó él, levantándose al ver que ella lo hacía, dispuesta a marcharse.

    —¿Dónde has estado? —le preguntó Manuel al verla entrar.
    —Tenía una cosa que hacer —respondió, dejando su abrigo detrás de la puerta.
    —¿Quieres decir que has estado con Francisco Xavier?
    —¿Cómo lo sabes? —preguntó, sorprendida.
    —Llamó aquí para decir que iba a llegar tarde.
    —Y si sabías dónde estaba, ¿por qué me has preguntado?
    —¡Oye, no te enfades conmigo! —la advirtió él—. El que seas una mujer de cierta edad...
    —¿Cierta edad?
    —Un pajarito me ha dicho que hoy cumples treinta años.
    —¿De verdad? Demandaré a ese pajarito por calumnia.
    Él metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una cajita envuelta en papel de regalo.
    —Feliz cumpleaños.
    Ella miró la caja con los ojos muy abiertos.
    —No te va a pasar nada si la abres —dijo Manuel, divertido al ver que ella no hacía ademán de agarrarla.
    —Me emociona que te acuerdes de mi cumpleaños, Manuel —murmuró sin tocar la caja.
    Él se encogió de hombros.
    —Me acordé el año pasado, ¿no?
    Ella recordó el precioso ramo de flores que le había enviado al despacho y sonrió.
    —Es verdad.
    —Y, de todos modos, tu cumpleaños es una semana después del de Beth. No es tan difícil acordarse. Me dijo que te diera las gracias por la muñeca, que por cierto, le encanta.
    —Me alegro —Lu agarró la caja—. No deberías haberme comprado nada.
    —Lo sé, pero me apetecía.
    Manuel se quedó mirando cómo rasgaba el papel y abría la caja. En ella había una cadena de oro con un delicado diamante.
    —Es precioso, Manuel. Muchas gracias.
    —Y hay otra cosa —le dio una tarjeta que había dejado sobre su mesa y que ella no había visto.

    Lu la abrió y contempló la delicada imagen de unas rosas. Solo ponía:

    Feliz cumpleaños.
    Con cariño, Chris y Beth.

    Beth había escrito su nombre y al lado había puesto besos y abrazos. Eso la conmovió. Notó que se le humedecían los ojos y parpadeó varias veces, tratando de recuperarse para darle las gracias a Manuel.
    —No te enfades demasiado, treinta años no son tantos —añadió él—. Es más, dicen que la vida comienza a los treinta.
    —Eso es a los cuarenta —corrigió ella de manera automática.
    —¿Sí? Bueno, en realidad no importa. Piensa entonces en los treinta como en la época en que va a comenzar tu felicidad.
    —A veces eres un poeta, ¿lo sabías?
    —¿Quieres que me lo ponga para que lo veas? —preguntó Manuel, señalando el colgante.
    —¿Para que vea cómo te queda? No creo que te quede bien, Manuelito —respondió ella, riéndose a carcajadas.
    Él la miró con los ojos muy abiertos.
    —Hacía mucho tiempo que no me llamaban Manuelito.
    Lucero notó que se sonrojaba. Ni siquiera se había dado cuenta de que lo había llamado así.
    —Lo siento...
    —No, no importa. Una mujer bastante apasionada solía susurrármelo al oído cuando quería que hiciéramos el amor —Manuel vio que ella se ponía colorada y sonrió—. Eso te enseñará a no gastarme bromas, Lucero Hogaza—dijo con voz ronca.
    Se levantó, tomó la cajita de sus manos y se colocó detrás de ella para ponerle el colgante.
    Al rozarla con los dedos provocó en Lucero un escalofrío.
    —¿Qué vas a hacer esta noche? —le preguntó él sin soltar el colgante.
    —Gillian quería que saliéramos con otras amigas a tomar una pizza, pero he decidido aplazarlo para la semana que viene. Como mañana nos vamos a Irlanda, tengo que hacer la maleta esta noche.
    —¿Preparar el equipaje en el día de tu cumpleaños?
    —Sí, bueno, hemos tenido tanto trabajo aquí, Manuel, que no me ha dado tiempo a pensar en el viaje.
    —Te propongo una cosa. Tómate la mañana libre para hacer la maleta y hoy te vienes a cenar conmigo. De todos modos, ibas a tomarte el viernes de descanso, ¿no?
    —Pero eso era antes de que tuviéramos tanto trabajo.
    —Lucero, ya me las arreglaré sin ti mañana por la mañana. Será solo medio día —inclinó la cabeza para que su aliento rozara la oreja de Lu—. No le cuentes a nadie que te he dicho esto, pero a veces eres demasiado responsable.

    Ella se echó a reír y, al mismo tiempo, quería darse la vuelta y besarlo en los labios. Los tenía muy cerca... y recordaba con todo detalle lo maravilloso que era sentirlo contra los suyos.

    —Me encantará cenar contigo, Manuel —susurró.
    —Estupendo. Entonces te recogeré a las ocho.

    Se puso un vestido azul claro que se ceñía a su cuerpo de maravilla, se dejó el pelo suelto.
    Estaba mirándose por última vez en el espejo del dormitorio cuando se oyó el timbre de la puerta.
    Lu contestó al telefonillo.

    —Soy yo.
    La voz de Manuel le provocó una extraña sensación en el estómago.
    Pulsó el botón y, pocos minutos después, él apareció en la entrada.
    —Has llegado temprano.
    —Sí, no he tardado tanto como pensaba. No hay apenas tráfico —la miró de arriba abajo—. ¡Caramba! Estás preciosa.
    —Gracias.
    Él también estaba muy guapo, pensó ella. Su traje azul oscuro parecía de diseño italiano.
    —¿Estás lista? He dejado el coche en doble fila, justo en la entrada. Está lloviendo y así no te mojarás al salir.
    —Voy a por el bolso y el abrigo.

    Manuel apoyó levemente una mano en la espalda de ella cuando salieron de la casa. La ligereza del gesto elevó la temperatura de Lucero y la hizo más consciente del poder que ese hombre tenía sobre ella.
    Una parte de sí quería decirle que se olvidaran de la cena. «Quedémonos en casa y hagamos el amor». El deseo la devoraba de una manera desconcertante.
    Pero intentó pensar en otra cosa. Se dijo que era mejor mantener con él una simple amistad... por lo menos…durante un tiempo, para ver cómo se desarrollaban las cosas. Después de todo, no hacía mucho que había terminado con Marcela.
    Manuel la miró y, al notar que se había quedado pensativa, arqueó una ceja.

    —¿Todo bien?
    —Sí, todo bien.
    —Estás muy callada.
    —Estaba pensando en lo que tengo que meter en la maleta mañana —mintió.
    —Beth hizo su maleta hace ya unos cuantos días. ¿Te lo había contado?
    —No.
    —Pues sí, metió la muñeca que tú le regalaste y un par de ositos de peluche. También su cuento favorito, además de cuatro pares de zapatos y su vestido favorito.
    —¿Cuatro pares de zapatos? Es una niña encantadora.
    Manuel soltó una carcajada.
    —Gina ha tenido que luchar mucho para que la dejara rehacer la maleta.
    —Parece que está muy contenta con el viaje.
    —Es normal. Le ha contado a todo el mundo que va a ir a tu casa de Irlanda. Se lo ha dicho incluso al gato del vecino.
    Ella se echó a reír.
    —Me alegro de que le apetezca tanto.
    —Fuiste muy amable al sugerir que se viniera con nosotros, Lucero —añadió Manuel con dulzura.
    —La casa es muy grande y los hijos de mi prima estarán allí. Ellie tiene dos niñas de la edad de Beth, más o menos. Sará es un poco mayor y Jane un año más pequeña.
    —De todas formas, has sido muy amable al invitarla —insistió él.
    —A propósito, ¿quién se ha quedado con ella hoy?
    —Gina, aunque tuve que pedírselo por favor. He de encontrar enseguida a alguien.
    —Es difícil.
    —Sí, lo es. Pero tú me ayudas mucho, Lucero —cuando la miró de reojo, ella sintió que el estómago se le encogía—. Gracias —añadió en voz baja.
    —Sabes que me gusta ayudarte en todo lo que tenga que ver con Beth. Es una niña estupenda.
    Aunque la escuchó en silencio, Manuel parecía estar pensando en otra cosa.
    —¿Sabes? Tú y yo deberíamos salir a cenar con más regularidad —dijo después de un momento—. Después de todo, nuestro negocio es la hostelería. Deberíamos ir cada semana a un sitio diferente como trabajo de investigación.
    —Mejor que no lo hagamos.
    —¿Por qué?
    —Porque engordaría.
    —No creo que tengas que preocuparte por eso. Entre nosotros, creo que tienes un cuerpo estupendo... A propósito, he reservado una mesa en el restaurante Waterside. Espero que te apetezca ir allí —añadió, cambiando precipitadamente de tema.
    —Es quizá el mejor restaurante de Londres, así que sí me apetece. Pero si quieres investigar, ¿no deberíamos ir a algún restaurante de la competencia?
    —Quizá tengas razón —la miró con gesto seductor—. Pero hoy quiero hacer una investigación de otro tipo.
    —¿Un control de calidad? —bromeó ella, confiando en no haberse puesto colorada.
    —Algo parecido.

    Lu se alegraba de haberse puesto su vestido azul. Era elegante y moderno, por lo que resultaba adecuado para ir allí.
    El director del establecimiento, Jamie, los saludó cordialmente en la entrada. Después de que una persona se hiciera cargo del abrigo de Lucero, fueron conducidos a la barra.

    Ella había estado allí varias veces en comidas de negocios, pero nunca había ido con Manuel. Se sentó en uno de los altos taburetes y bebió un trago del Chardonnay que les habían servido mientras observaba a los camareros ir y venir. Manuel estaba hablando con Jamie.
    En una situación normal, ella se habría interesado por la conversación, pero esa noche no. En lugar de ello, pensaba en cómo sería convertirse en la novia de Manuel Mijares. Estudió su perfil y recordó lo bien que sabía besar.
    Si Francisco le había hecho daño, ese hombre podía destrozarla, pensó de repente.
    Manuel la miró en ese momento y sonrió.
    —Jamie, si no te importa, querríamos comer ya.

    El hombre hizo un gesto con las manos, disculpándose por haberlos entretenido. Luego los condujo a una de las plantas superiores, a una mesa que había en un rincón apartado. Después de darles un menú a cada uno, los dejó a solas.
    —Quizá no ha sido una buena idea venir aquí —comentó Manuel—. Parece que no podemos escapar del trabajo, ¿verdad?
    —No te preocupes —contestó ella.
    Pero, en realidad, sí le hubiera gustado desaparecer del mundo por una hora como mínimo, y tener para ella sola a Manuel.
    —Debes de estar muriéndote de hambre —dijo él, abriendo la carta.
    —La verdad es que no —contestó ella, esforzándose por concentrarse en el menú.

    Se quedaron en silencio, envueltos por los sonidos del restaurante, al que comenzaban a llegar clientes. Lu era consciente de que Manuel la estaba mirando con atención. Se preguntaba qué estaría pensando.

    —¿Qué te ha dicho Francisco? —le preguntó de pronto.
    —Nada. Como he firmado los documentos, estaba bastante contento.
    —¿Te ha pagado el dinero que te debe?
    —Preferiría no hablar de Francisco.
    Él sacudió la cabeza.
    —Deberías haberme dejado hablar con él. Tú eres demasiado blanda.
    —Solo quería olvidarme de todo este asunto, Manuel. Así que no me arrepiento de haber firmado esos documentos.
    —¿Sigues enamorada de él?
    —No —respondió ella, algo sorprendida por la pregunta.
    —Bueno, ya me imaginaba que dirías eso. No te gusta mostrarte débil ante los demás, ¿verdad?
    Sus ojos se encontraron y a Lucero le comenzó a palpitarle el corazón.
    —No sé de qué estás hablando. Me has hecho una pregunta y yo te he contestado.

    En ese momento, se acercó el camarero para tomarles nota. Ella pidió lo primero que vio en el menú.
    Manuel tenía razón: no le gustaba mostrarse débil ante los demás. Y no veía nada malo en ello.

    —He dado en el clavo, ¿verdad? —le preguntó él una vez se retiró el camarero.
    —No, te aseguro que no estoy enamorada de Francisco —dijo en un tono duro.
    Otro camarero se acercó a la mesa con una botella de champán y les sirvió dos copas. Luego metió la botella en un cubo de hielo y se marchó.

    —Feliz cumpleaños —dijo Manuel, levantando su copa.
    —Gracias.
    Chocaron las copas y bebieron un poco.
    —Lo siento —se excusó él—. No quería entrometerme.
    —Y yo siento haberme puesto tan nerviosa. Quizá fuera mejor no hablar de Francisco.
    —Te ha hecho daño, ¿verdad? ¿O quizá ha sido otra persona?
    —No. Pero puede que sí me haya afectado lo de Francisco.
    Sin embargo, Manuel no la creía. Tenía la sospecha de que otra persona le había hecho daño. Y por eso le costaba tanto confiar en los demás. Se daba cuenta de que le iba a resultar duro ganarse su confianza.
    —Si no quieres hablar de ello, no pasa nada. Yo tampoco quería hablar demasiado después de perder a Stephanie.
    El le sonrió de un modo que hizo que a Lu se le encogiera el corazón.
    —Y ahora, cuéntame algo acerca de tu familia —añadió él, cambiando de tema—. Infórmame de todo lo que tenga que saber para el fin de semana.
    Lucero pareció relajarse al ver que no iban a seguir hablando de ella.
    —Papá es médico de familia y mi madrastra, trabaja con él como recepcionista.
    —¿Se conocieron en el trabajo?
    Lucero asintió.
    —¿Y tu familia? —preguntó ella.
    —Mi padre murió hace cinco años y mi madre lo ha pasado muy mal. Estuvieron felizmente casados durante cuarenta años.
    —Eso es todo un éxito. Muy pocos son tan afortunados.
    —Es cierto.
    —¿Cuántos hermanos tienes?
    —Tengo cinco hermanas. Soy el único varón.
    Lucero soltó una carcajada.
    —No es extraño que te sientas tan cómodo entre mujeres.
    —Así es. Soy todo un experto —bromeó él.
    —¿Y dónde viven tus hermanas?
    —Dos de ellas en América, una en Francia, otra en Holanda y Nicole vive en Cornwall. Como vive más cerca, es a la que más veo.
    —¿Eran de ella los pantalones que me puse?
    —Sí.
    —Te los tengo que devolver. Ya los he lavado y planchado, pero siempre me olvido de llevártelos al trabajo.
    —No hay prisa.
    Manuel rellenó las copas de champán y siguieron charlando amistosamente mientras cenaban. Lucero pensó que hacía mucho tiempo que no se relajaba tanto estando con un hombre.
    —Gracias, ha sido una cena estupenda —le dijo a Manuel una vez les sirvieron el café.
    —Sí, lo hemos pasado muy bien —dijo él, mirándola con aquellos ojos intensos que hacían que se derritiera por dentro—. Ahora será mejor que te lleve a casa.

    En el camino de regreso, ambos fueron en silencio. Ella no dejaba de preguntarse si debería invitarlo a entrar. Desde luego, lo deseaba. Deseaba sentir de nuevo las manos de él sobre su piel. Deseaba saborear sus besos.

    —¿Te gustaría tomar un café en casa? —le preguntó por fin cuando él detuvo el coche frente a su edificio.
    Él apagó el motor y se la quedó mirando en silencio mientras afuera seguía lloviendo.
    —No —respondió—, pero gracias por ofrecérmelo.
    —De acuerdo —dijo ella, decepcionada.
    —Mañana pasaré a recogerte sobre la una y media.
    Ella asintió.
    —Gracias por la cena.

    Como él no hizo ningún ademán de darle un beso de buenas noches, fue ella quien lo besó en la mejilla. Pero cuando se disponía a apartarse, él la agarró y la besó en los labios. Fue un beso apasionado que despertó tal deseo en ella, que creyó que se iba a marear.
    Luego la apartó con delicadeza y se metió en el coche.

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Mar Mayo 08, 2012 10:16 pm

    ay tienen el cap!!! que creen que pasará en el viaje a irlanda?? Wink
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  IndiiCH el Mar Mayo 08, 2012 11:10 pm

    gdfjdffsdf *-* Osheeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee, quiero másssssssssssssssssssss.


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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  Camilaaa el Miér Mayo 09, 2012 3:25 pm

    Que ñlkjhgfdfghjklkjhgf divino<3

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Jue Mayo 10, 2012 10:36 pm

    Capitulo 14
     
     
    DESPUÉS de meter los platos y vasos sucios del almuerzo en el lavavajillas, Lucero echó un vistazo al apartamento para comprobar que todo estuviera en orden.
     
    Tenía el equipaje junto a la puerta y Manuel llegaría en cualquier momento. Fue a la ventana y miró fuera, recordando el beso que él le había dado la noche anterior. Sus labios la habían excitado de un modo increíble. Si no fuera porque se conocían bien, podría llegar a creer que se había enamorado de él.
     
    Pero ella sabía que el amor no funcionaba nunca. Lo único que hacía era nublarle a uno el cerebro y siempre acababa mal.
    Pero entonces, ¿qué era lo que sentía cada vez que estaba cerca de él? ¿Y por qué cada vez que él la tocaba ella se encendía de deseo?
    En ese momento, el BMW de Manuel dobló la esquina. Se apartó rápidamente de la ventana y se miró al espejo más cercano.
    Después de mucho pensárselo, se había puesto unos vaqueros, un top y una chaqueta a juego. Se había recogido el pelo.
    El timbre de la puerta interrumpió sus pensamientos y fue a abrir. Él tenía un aspecto impresionante en ropa informal.
     
    —Hola, ¿estás lista? —le preguntó, sonriéndole.
    —Sí —respondió Lu, tratando de no hacer caso de los síntomas que una vez más Manuel estaba despertando en ella.
    —¿Es ese todo tu equipaje? —preguntó él, señalando la maleta de ella.
    —Es suficiente. ¿No te parece? —preguntó Lucero, sonriendo.
    Él la levantó y comprobó lo mucho que pesaba.
    —No hay nada como llevar un equipaje ligero, ¿verdad?
    Salieron y Manuel metió la maleta en el BMW. Lucero vio que Beth la saludaba con efusividad desde el asiento de atrás.
    —Hola, cariño —le dijo ella, subiéndose al coche—. ¿Te hace ilusión montar en avión?
     
    Durante el camino al aeropuerto de Heathrow, la pequeña no dejó de charlar. Lo cual fue una suerte, ya que a Manuel y a ella parecía envolverlos un tenso silencio.
    En un momento dado, él la rozó con el brazo al ir a poner el aire acondicionado y Lucero sintió que una corriente eléctrica la sacudía.
    Quizá solo fuera atracción física, se dijo. No podía ser amor. Porque ella no quería enamorarse de alguien que nunca correspondería a su amor. No quería sufrir.
    Manuel dejó el coche en el parking del aeropuerto y fueron a recoger sus billetes. Después fueron a la sala de embarque.
     
    —¿Quieres tomar un café? —le preguntó él a Lu—. Queda una hora para que salga el avión.
    —Sí, gracias —respondió ella, sentándose con Beth junto a un ventanal mientras Manuel iba a por las bebidas.
     
    A pesar de que llevaba bastante tiempo trabajando para él, todavía no lo conocía bien, pensó. Desconocían muchas cosas el uno del otro. Así que no podía estar enamorada, se repitió una vez más.
    Se volvió hacia la barra del café, donde Manuel estaba esperando a que lo despacharan. Una mujer muy guapa, que estaba esperando a su lado, le sonrió provocativamente y él le sonrió a su vez. Lucero sintió un ataque de celos totalmente desproporcionado.
     
    Poco después, él regresó con las bebidas.
    —Apuesto a que estás emocionada de volver a casa —comentó él, mirándola a los ojos.
    —Sí, mucho.
     
    ¿Quizá debería tratar de seducirlo esa noche?, pensó Lucero.
    La idea la sorprendió. Ella jamás había intentado algo así; pero, ¿por qué no? Sabía que Manuel no se negaría y quizá le serviría a ella para demostrarse a sí misma que no estaba enamorada de él. Sería sexo nada más.
     
    —¿Cómo es tu casa, Lucero? —preguntó Beth.
    —Es grande y da al mar. Los alrededores son preciosos. Dicen que se parece a una zona de Italia llamada la bahía de Nápoles.
    —¿Y de verdad hay duendes en el jardín? —quiso saber la niña.
    —¡Cientos de ellos! —contestó ella, sonriente—. Pero tienes que ser muy rápida para verlos. Corren mucho.
    —¿Qué tengo que hacer si veo uno? —preguntó Beth, con los ojos muy abiertos por la excitación.
    —Tienes que agarrarlo del abrigo y pedirle un deseo. Tienes que ser concreta... aunque también educada. A los duendes les gustan los buenos modales.
    —Lo intentaré —afirmó ella, asintiendo muy seria.
    Lu miró a Manuel. Quizá no le gustaba que le llenara a su hija la cabeza de fantasías.
    —Espero que no sea un fin de semana demasiado aburrido para ti, Manuel.
    Este sonrió.
    —No seas tonta. Es más, en cuanto llegue allí, intentaré atrapar unos cuantos duendes. Me vendrían bien para hacer que Renaldo firme esta tarde.
    Ella frunció el ceño.
    —¿La reunión va a ser esta tarde?
    —Sí... a las cuatro y media.
    —¡Pero del próximo viernes, no de este!
    —Así era, pero lo adelantaron de repente. Me llamaron esta mañana para decírmelo.
    —En ese caso, no deberías acompañarme a Irlanda. ¡Deberías quedarte! Es muy importante, Manuel.
    —No más importante que la boda de tu hermana, ¿a que no? —sonrió—. Soy un hombre de palabra, Lucero, y un trato es un trato. Te dije que vendría contigo a Irlanda y aquí estoy.
    —Pero podías haber cancelado el vuelo de hoy y haber salido mañana. De todos modos, la boda no será hasta mañana... Yo voy un poco antes para probarme el vestido de dama de honor...
    —Lucero, no hace falta que esté yo allí para que se firmen los contratos. He hecho todo el trabajo preliminar y ahora es cosa de los abogados.
    En ese momento, anunciaron su vuelo y Manuel esbozó una sonrisa.
    —De todas maneras, es demasiado tarde para cambiar de opinión. Vamos.
     
    El avión aterrizó en Dublín una hora después y no tardaron en recoger el equipaje y alquilar un coche. Un Mercedes blanco.
    Manuel metió todo en el maletero y le pidió a Beth que se sentara en la parte de atrás y se pusiera el cinturón de seguridad.
     
    —¿Sabes ir desde aquí? —le preguntó a Lucero mientras ellos dos se subían también al vehículo—. ¿O tenemos que utilizar el mapa que nos acaban de dar?
    —Conocería el camino incluso con los ojos cerrados, Manuel.
    Ella le fue indicando para no tener que entrar en la ciudad. La carretera iba, durante un tiempo, pegada a la costa.
    —Solía venir a la universidad por aquí —comentó con una cierta nostalgia—. Tomaba el tren que seguía la costa, atravesando un paisaje espectacular.
    —¿Te gusta estar de vuelta? —quiso saber Manuel.
    Ella asintió.
    —Es extraño, pero no me he dado cuenta de lo que lo echaba de menos hasta ahora. Hace dos años que no vengo a casa.
    —Es mucho tiempo. Y el vuelo es corto. Me sorprende que no vengas algún fin de semana que otro.
    —Sí, pero ya sabes cómo es la vida. Estás siempre muy ocupado y el tiempo pasa con rapidez.
    —Espero que no tenga nada que ver con que hayamos tenido tanto trabajo últimamente.
    Lu sonrió, haciendo un gesto negativo...
    —El año pasado vi a mi padre. Vino a Londres y se quedó conmigo una semana.
    —¿Por qué te fuiste a Inglaterra?
    —En la empresa para la que yo trabajaba en Dublín me ofrecieron irme a la sucursal de Londres. Era bueno para mi curriculum y, además, me gustó la idea de independizarme de mi familia.
    —¿Es la empresa que te pidió que volvieras?
    —Sí, pero me alegro de no haberlo hecho.
    —Yo también. Cambiaste mi despacho el mismo día que llegaste.
    —Espero que no para peor.
    —Eres muy buena en tu trabajo, Lucero, ya lo sabes. Y no me gustaría nada que te fueras —la miró de reojo—. Haces bien cualquier cosa.
    ¿Era una manera de decirle que le gustaba el trato que habían hecho para ir juntos a las reuniones de trabajo?
    —¿Qué le has contado a tu padre de mí? —añadió para cambiar de tema.
    —No demasiado. Y por favor, no le hagas caso cuando empiece con su sermón habitual de que tengo que casarme. Tú desconecta. Si le haces caso y le contestas, es peor.
    —¿Qué quieres que piense de nuestra relación? ¿Cómo vamos a dormir?
    La pregunta desconcertó a Lucero, que enseguida miró hacia Beth.
    —Está dormida, así que me lo puedes decir sin miedo.
    —No he sugerido que nuestra relación sea seria. Mi madrastra dijo que pondría a Beth en una habitación con dos camas cerca de mi dormitorio. Mi habitación tiene una cama de matrimonio. Creo que lo ha organizado así para dejar que nosotros hagamos lo que queramos —miró hacia la carretera—. Hay que tomar el próximo desvío a la derecha.
    —¿Y cómo vamos a organizamos?
    — Bueno, tú o yo podemos dormir en la cama de matrimonio —contestó, un poco nerviosa.
    —Los detalles los dejamos para luego, ¿no?
    —Sí, mejor... da igual.
     
    Siguió un silencio prolongado en el que Lucero imaginó muchas cosas. La mayoría de ellas relacionadas con cómo podía conseguir meter a Manuel Mijares en su cama. Podía intentar seducirlo con un camisón transparente. El problema era que no tenía ninguno. Esbozó una sonrisa y se dijo que estaba volviéndose loca.
     
    —Nuestra casa es esa de allí —dijo, señalando una puerta casi cubierta por la hiedra.
    Manuel tomó la calle que rodeaba los bonitos jardines para subir la colina.
    Lucero, en ese momento, comenzó a sentir una gran inquietud. ¿Qué hacer?
    ¡Una cosa era acompañarlo a las cenas de trabajo y otra muy distinta llevarlo a la casa de su familia... con la intención de seducirlo!
     
     
     
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  IndiiCH el Jue Mayo 10, 2012 11:10 pm

    fshsfgdsfhaghf Mi Lau, quiero continuación YA!, me EN-CAN-TA♥


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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Vie Mayo 11, 2012 11:09 pm

    CAPITULO 15

    CUANDO el coche se detuvo en la puerta, Mariana salió a recibirlos. —Ya están aquí al fin —exclamó, abrazando a su hermana—. Pensé que no llegarían nunca.
    Lucero estuvo un buen rato abrazada a su hermana. Y finalmente, le presentó a Manuel.

    —Hola, encantado de conocerte.
    Él iba a darle la mano, pero Mariana le estampó un beso en la mejilla.
    —Me alegro mucho de conocerte —dijo con afecto—. Hemos oído hablar mucho de ti.
    —¿Sí?
    Manuel y Lucero se miraron desconcertados. Lo único que ella le había contado a su hermana era que la relación con Francisco se había acabado y que se sentía atraída por su jefe.
    —Espero que haya sido bien —comentó él, haciendo una mueca.
    —Por supuesto.
    —Estás guapísima, Mariana —comentó Lucero, tratando de cambiar de tema.
    —Tú también. Es evidente que el amor te sienta bien.

    Ella miró de reojo a Manuel y trató de no sonrojarse. Por suerte, en ese momento salieron sus padres.
    Lucero les dio un beso a ambos y luego besó de nuevo a su padre.

    —Estoy muy contenta de verte, papá —afirmó, mirando dentro de sus amables ojos azules—. Estás bien. Quizá con más canas...
    El padre de Lucero tenía el pelo blanco hacía mucho tiempo, pero ella trató de hacer un chiste para disimular su emoción.
    —Has estado tanto tiempo fuera, que te has olvidado de cómo es tu viejo padre; ese es el problema.

    Se quedaron allí unos minutos, disfrutando del sol mientras Lucero hacía las presentaciones. Todos hablaban a la vez y estaban contentos. De repente, ella se acordó de Beth.
    Fue hacia el coche y vio que la pequeña seguía profundamente dormida.

    —Beth, bonita —dijo abriendo la puerta y tocándola suavemente en el hombro—. Hemos llegado.

    La niña abrió los ojos, desorientada por completo. Luego dejó que Lucero la sacara del coche. Permaneció silenciosa y tímida cuando todos la saludaron. Al ver que su madrastra se inclinaba para decirle que si quería entrar en casa y tomar una limonada, se escondió entre las piernas de Lu.

    —Te gustaría tomar un poco de limonada, ¿a que sí, cariño? —Lu la levantó en brazos—. Vamos dentro y veamos qué otra cosa podemos encontrar... a lo mejor un poco de chocolate.
    —Se relajará cuando vea a Sarah y a Jane —dijo Mariana—. Son las hijas de mi prima —informó a Manuel—. Están en el jardín de atrás, jugando. No creo que hayan oído el coche.

    Él se fijó en cómo se abrazaba su hija a Lu. Notaba la ternura natural con la que Lucero la trataba.
    El modo en que le apartaba el pelo de los ojos y le sonreía. Y se sintió conmovido.

    —¡Caramba, cómo pesas! —exclamó Lucero, mirando a Manuel—. Estoy segura de que has crecido algunos centímetros durante el viaje. Si sigue así, no voy a poder sostenerla en brazos.
    —¿Quieres que la tenga yo?
    —No, ya me las arreglo. Prefiero que te encargues del equipaje.
    —No habrás traído kilos de más, ¿no, hermanita? —dijo Mariana, riéndose—. Lu siempre viaja con exceso de equipaje y, cuando llega, tiene que pagar una tarifa extra. Me temo que vas a tener que trabajar un poco, Manuel.
    —No me importa. Merece la pena romperse los ligamentos si es por ella.
    Todos echaron a reír.
    —Te echaré una mano —le ofreció Mariana mientras las todos entraban en la casa.
    Fueron directamente a la enorme cocina, que había sido siempre el centro del hogar y en la que habían hecho grandes cambios.
    —¡Santo Dios, mamá! Parece que esperas a un regimiento —exclamó Lu, tomando una galleta de chocolate de un plato y dándosela a Beth.
    —Tú papá piensa que si vamos esta noche a tomar una copa al pub, luego pueden venirse algunos amigos a casa —le explicó su madrastra mientras ponía la tetera al fuego—. Ya sabes lo que pasa en estos casos.
    —Sí, cualquier excusa es buena para hacer una fiesta, ¿verdad? —contestó, soltando una carcajada.

    Su mamá siguió preparando el té y Lu sentó a Beth en un sillón al lado de la chimenea. El teléfono no dejaba de sonar y se puso a ayudar a su madre.

    —Me alegro mucho de que estés aquí, Lu —comentó Mariana, apoyándose en el brazo del sillón donde estaba Beth—. Llevamos así un montón de días. Apenas tenemos tiempo para nada.
    —Preparar una boda es casi como preparar una guerra —contestó ella, abriendo la nevera para sacar la leche.
    —¡Ni que lo digas! —exclamó Mariana, haciendo un expresivo gesto con los ojos—. Y cada día es peor. Armando y yo estamos empezando a pensar que deberíamos habernos casado en una playa del Caribe.
    —Lucero, ¿quién está en el jardín? —pregunto Beth, arrodillándose en el sillón para mirar por la ventana.
    —Son las hijas de mi prima Ellie. ¿Dónde está Ellie? —añadió, dirigiéndose a Mariana.

    —Se fue de compras a primera hora de la mañana y todavía no ha vuelto.
    Lucero dejó el té reposando y se llevó a la niña al jardín para que conociera a Sarah y Jane.
    —A los niños no les cuesta mucho superar la timidez entre ellos ¿verdad? —comentó Mariana sonriendo al mirar hacia el jardín minutos después y ver que las niñas desaparecían en la casa de Wendy, riendo alegremente.
    Lu sonrió, contagiada por la felicidad de los niños.
    —Chris es realmente atractivo —aseguró Mariana, mirándolo a través de la ventana—. No me extraña que te guste desde hace dos años.
    —No... me gusta desde hace dos años —la corrigió Lucero—. Ha sido una cosa reciente.
    —Creo que no. Cada vez que mencionabas a Manuel, tu voz se volvía misteriosa. Siempre te ha gustado. Da igual. Ahora te dejo sola. Mamá quiere que arregle tu habitación. Hemos puesto allí a Manuel, claro. ¿Y crees que a Beth le gustará dormir con Sarah y Jane? Es que Armando va a venir a dormir aquí porque ha tenido que dejar su habitación a uno de sus primos.
    Lucero abrió la boca para decir algo, pero luego cambió de idea. Quería dormir con Manuel y quizá se le había presentado la disculpa perfecta.
    —¿Todo bien, Lu? —preguntó Mariana frunciendo el ceño—. Parece que se llevan bien —añadió refiriéndose a las niñas.
    Lucero sabía que debería decir que el arreglo para Beth estaba bien, pero que ella y Manuel necesitaban habitaciones separadas.
    —Está bien —fue su respuesta, sin embargo.
    —Gracias a Dios —murmuró Mariana soltando un suspiro de alivio.
    —Gracias a Dios, ¿por qué? —preguntó Manuel, que entraba en ese momento.
    El nerviosismo de Lucero aumentó. ¿Qué demonios iba a decir Manuel cuando supiera que ella había aceptado dormir con él?
    —Que no te importa que Beth duerma en la misma habitación que mis sobrinas.
    —Por supuesto que no.
    —No suele haber problema de espacio, pero con la boda están todas las habitaciones ocupadas.
    —Quizá deberíamos ir a un hotel —murmuró Lu—. Así las cosas serían más fáciles.
    —¿Estás de broma? Queremos que te quedes aquí, Lu —dijo Mariana con cara de horror—. No se lo digas ni a mamá ni a papá... Echarían a cualquiera a la calle antes de que tuvieras que irte.

    —Mariana, te llama Armando —gritó su mamá desde la entrada.
    Ella se disculpó y salió corriendo.
    —¿Va todo bien, Lucero? —preguntó Manuel una vez se quedaron a solas.
    —Bueno... —levantó la vista y lo miró a los ojos—... hay un pequeño problema de espacio —admitió con voz ronca.
    —Sí, eso he creído entender.
    —Nosotros tendremos que compartir habitación —concluyó.
    Los minutos pasaban y él no decía nada. Lucero se estaba poniendo cada vez más nerviosa.
    —Supongo que podría hablar con mi mamá para que lo cambiaran —dijo finalmente, casi desesperada. No quería forzar la situación—. Las niñas pueden dormir en la cama grande de mi habitación y nosotros tendríamos un dormitorio de dos camas.
    —¿Es eso lo que quieres tú? —Manuel se encogió de hombros—. Francamente, me parece que sería armar un lío para conseguir una pequeña diferencia. Será mejor que nos quedemos así.
    —Entonces, ¿te parece bien? —preguntó dubitativa—. ¿O sería mejor si nos vamos a un hotel?
    —Lucero, soy una persona que sé controlarme, lo sabes. El hecho de que vayamos a compartir una cama, no significa que espere automáticamente que hagamos el amor —sonrió y observó cómo ella se sonrojaba—. Oye, —la tomó por la barbilla y la obligó a que lo mirara a los ojos—, nunca te haría daño, Lucero. Lo sabes, ¿verdad?
    De acuerdo... entonces no diremos nada y dejaremos las cosas como están.
    Manuel asintió.
    —Buena idea. Creo que mamá tiene ya suficiente trabajo con la boda como para preocuparse por cómo vamos a dormir.
    En ese momento, llegó Mariana.
    —Lucero, tenemos que ir a la boutique para que te pruebes el vestido. Podríamos ir ahora. Les dije que nos pasaríamos lo antes posible.
    —Claro —Lucero miró a Manuel—. No tardaré mucho, ¿por qué no llamas al despacho y averiguas si ha firmado Renaldo?
    —A veces me parece que ese negocio te preocupa más a ti que a mí —comentó Manuel, sonriendo.
    Ella le sonrió a su vez.
    —Hasta luego.
    —Hasta luego, cariño —se despidió también Manuel, inclinándose sobre ella y besándola en los labios.
    Ella se alejó sorprendida y excitada.

    —Ese vestido te queda estupendamente —dijo Mariana mientras regresaba a casa varias horas después—. Tenía miedo de que nos hubiéramos equivocado con las medidas, pero estás preciosa con él.
    —A ti también te queda muy bien el vestido de boda, Mariana. Vas a ser la novia más guapa que haya habido nunca.
    —Gracias, Lu —Mariana se volvió hacia su hermana—. No sabes cómo lamento que no funcionara lo tuyo con Francisco. ¿De verdad te has tomado tan bien la ruptura como parece?
    —Sí, lo único que ha salido herido ha sido mi orgullo. Seguramente, no estábamos hechos el uno para el otro y lo mejor haya sido romper. Así que quizá me haya hecho un favor, al fin y al cabo.
    —Sí, porque Manuel es una maravilla.
    —Es cierto, pero no saques conclusiones demasiado deprisa.
    —Es evidente que se entienden muy bien —dijo Mariana, deteniendo el coche a la puerta de la casa—. Y ahora, podríamos ir al pub a tomar algo con los hombres. No te preocupes por Beth. Ellie se ha ofrecido a quedarse con ella.
    —Tendré que consultárselo a Manuel. Quizá no quiera dejarla con ella, ya que, como acabamos de llegar, la niña no está acostumbrada a la casa.
    Lu salió del coche y ayudó a Mariana a sacar los vestidos. Ya era de noche y hacía fresco.
    —Además, ¿no trae mala suerte que veas al novio la noche antes de la boda?
    —No importa. Después de haberme probado el vestido, sé que ya nada puede salir mal.
    Manuel y su padre estaban tomando café en el salón.
    —Hola, ¿qué tal? —los saludó Lu, sonriendo—. Espero que mi padre no te haya estado enseñando fotos mías de cuando era todavía un bebé.
    —La verdad es que sí me las ha enseñado —respondió Manuel—. He visto hasta las que salías desnuda en la bañera.
    —¡Papá, no será verdad!
    Pero al ver que su padre echaba a reír, se dio cuenta de que él le estaba tomando el pelo.
    —Muy gracioso, Manuel —añadió ella.
    —¿Qué tal te queda el vestido? —preguntó él, sonriendo.
    —Le queda perfecto —respondió Mariana—. Está estupenda.
    —Lucero siempre está estupenda —comentó él.
    —No exageres —replicó Lu.
    —Bueno, ¿y qué vamos a hacer esta noche? —preguntó Mariana—. Lu dice que no pueden venir a tomar una copa al pub con nosotros porque tienen que quedarse con Beth.
    —¿De veras? —preguntó Manuel, volviéndose hacia Lu.
    —Ya sé que Ellie se ha ofrecido a quedarse con ella, pero quizá Beth se sienta algo insegura al no conocer la casa.
    —No creo que eso sea ningún problema —dijo él—. Beth se lleva muy bien con Sarán y Jane. De hecho, hacía mucho que no la veía tan contenta. Además, tu prima me ha dicho que, si surge algún problema, me llamará al móvil.
    —Muy bien —dijo Manuel—. Pues entonces voy a llamar a Armando para comentarle que nos encontraremos allí.
    Lucero presentó a Manuel a otro grupo de amigos. La pequeña taberna estaba abarrotada de gente y, a pesar de que era más de medianoche, todavía seguían sirviendo bebidas.
    —En Inglaterra ya habrían tocado la campana hace tiempo —le comentó Manuel al padre de Lu, que estaba sentado a su lado—. Y después de la campana, no se pueden servir más bebidas.
    En el extremo más alejado de la mesa de ellos empezaron a tocar música y mucha gente se puso a cantar en la barra, donde estaba Lu.
    —Lucero tiene una voz muy bonita —comentó su papá—. ¿La has oído cantar alguna vez?
    —No. No sabía que le gustara cantar.

    Manuel se quedó mirando lo guapa que estaba con el vestido rosa que se había puesto. Sus ojos parecían brillar aún más de lo normal.
    Ella se fijó en que la estaba mirando y le sonrió. Al contrario que en otras ocasiones, no apartó la vista, sino que lo miró a los ojos con una expresión que lo excitó mucho. La deseaba tanto... La sola idea de dormir con ella en la cama de matrimonio hacía que le quemara la sangre.
    Recordaba que por la tarde le había dicho que no iba a aprovecharse de la situación. Pero, en esos momentos, se daba cuenta de que le iba a ser imposible dormir con ella sin hacer nada.

    —Te gusta mucho mi hija, ¿verdad? —le preguntó el papá.
    —¿Y a quién no le gustaría? —contestó Manuel, volviéndose hacia él—. Es preciosa.
    —Hacía mucho tiempo que no la veía tan feliz —comentó su padre.
    —Supongo que, en cualquier caso, le costará superar la ruptura con Francisco.
    —Quizá. Sé que le gustaba Franciso, pero desde luego no era una relación muy apasionada.
    —¿Por qué piensas eso?
    —Cuando fui a visitarla a Londres, me di cuenta de que él no estaba muy enamorado de Lucero y creo que ella lo sabía. Pero, al parecer, prefería tener una relación amistosa con él antes que vivir un romance apasionado —Su papá sacudió la cabeza—. ¿Has conocido a Francisco?
    —Sí, lo vi una vez en una fiesta de navidad. Me pareció un tipo muy tranquilo.
    —Es un intelectual —añadió el papá—. Se pasaba todo el tiempo estudiando y no le dedicaba a mi hija demasiada atención.
    —¿Y por qué quería Lucero casarse con alguien así? —preguntó Manuel, asombrado.
    —Creo que lo veía como un hombre en el que podía confiar. Ella ha sufrido mucho a lo largo de su vida. Ha vivido cosas muy tristes.
    —¿Cómo cuáles?
    —¿No te ha hablado de su padrastro?
    —No, ni siquiera sabía que tuviera ningún padrastro.
    —Tampoco me extraña. Es algo que Lucero quiere olvidar. Creo que no debería haberte dicho nada —se quedó mirando a su hija en silencio durante un rato—. Creo que se siente muy bien contigo y con Beth. Manuel, prométeme que no le harás daño o te las tendrás que ver conmigo.
    Él sonrió al oír aquello.
    —No es broma. Me siento muy culpable por haberla abandonado. Le fallé entonces, pero no volverá a suceder.
    —Creo que deberías contarme todo esto más despacio.
    —No quiero entrar en detalles, pero te bastará saber que mi primera mujer me dejó por un conquistador, un donjuán... Bueno, yo pensaba que no era nada más que eso, porque si no, nunca lo habría dejado al cuidado de Lucero.
    Manuel lo miró con los ojos entornados.

    — Jairo era un abogado muy reputado y, en apariencia, un ciudadano honrado, pero resultó que en la intimidad de su hogar era un hombre extremadamente violento.
    El se quedó mirando su bebida en silencio.
    —Te juro que yo no sabía nada. Tengo que reconocer que estaba demasiado ocupado tratando de reconstruir mi vida con mi mujer. Cuando Lucero vino a vernos alguna vez en vacaciones, me daba cuenta de que era muy reservada, pero pensaba que se debía a que estaba afectada por la muerte de su madre.
    Hizo una breve pausa.
    —Más tarde, cuando se vino a vivir conmigo, le pregunté por qué no me había contado nada y ella me respondió que no quería dejar sola a su madre con aquel hombre. Tenía miedo de que le pasara algo —el sacudió la cabeza—. Tenía once años cuando me contó aquello y no puedes imaginarte cómo me afectó.
    Manuel se quedó mirando fijamente a Lucero y comprendió al fin por qué ella a veces era tan reservada.
    —Nunca se lo había contado a nadie que no fuera de la familia —añadió—. Pero creo que puede ayudarte a entenderla. Porque, a pesar de que ella asegura que lo ha superado, a veces pienso que no es así.
    En ese momento, Lucero se acercó a ellos.
    —¿Por qué están tan serios? —les preguntó.
    —Cosas de hombres —dijo su padre, levantándose para ir a la barra.
    Lu se sentó en la silla de él.
    —¿Qué te ha estado contando? —le preguntó en un tono alegre—. Espero que no te haya estado interrogando por tus intenciones.
    Manuel soltó una carcajada.
    —Me estaba diciendo que cantas muy bien.
    —Bueno, papá piensa que lo hago todo bien.
    —Quizá esté en lo cierto —dijo él, sonriendo—. ¿Te apetece que nos vayamos andando a casa?
    —Sí.
    Aunque el camino no estaba iluminado por farolas, podían orientarse gracias a que había luna llena.
    —Parece que mañana va a hacer bueno —comentó Lu.
    —Sí, eso parece.
    Ella se volvió hacia Manuel y se preguntó en qué estaría pensando, porque parecía distraído. Entonces, se dio cuenta de que quizá había llamado al despacho y había recibido malas noticias.
    —¿Has llamado al trabajo?
    —Sí.
    —¿Y qué ha pasado? —preguntó ella, impaciente—. ¿Ha firmado ya Renaldo?
    —Sí, ha firmado.
    Ella no pudo contenerse y se echó en sus brazos.
    —Lo lograste. ¡Manuel!, me alegro tanto por ti!
    —Bueno, tú me has ayudado mucho —comentó él—. Hacemos muy buen equipo, ¿no te parece?
    De pronto, ella se dio cuenta de que seguían abrazados.
    —Sí, me lo parece.
    Él inclinó la cabeza y la besó.
    Lucero le pasó los brazos por detrás del cuello, apretándose contra él mientras respondía al beso apasionadamente.
    Cuando él la soltó, estaba temblorosa y sin aliento.
    —¡Vaya, menudo beso!
    —Teníamos que celebrarlo de algún modo, ¿no?
    Ella asintió.
    —¿Y no vamos a seguir celebrándolo?

    Él volvió a besarla con tanta ternura, que ella se sintió como si le hubiera tocado el alma. Fue una sensación que no había vivido nunca.
    Cuando él se separó de ella, se sentía mareada y tuvo que apoyarse en Manuel un momento.

    —Cuando dije que no deberíamos tener una aventura amorosa, estaba equivocada —susurró en medio de la oscuridad—. Me preocupaba que pudiera afectar a nuestra relación laboral, pero ahora sé que no —cerró los ojos y hundió su cabeza en el pecho de él—. Al fin y al cabo, los dos somos adultos y sabemos que no va en serio...
    —Lucero —la interrumpió él.
    —¿Qué?
    —¿Quieres casarte conmigo?
    Ella pensó que había oído mal. Pero cuando se apartó y lo miró a los ojos, vio que no era así.
    Se sentía muy confusa.
    —Sí, ya te he dicho que formamos buen equipo y además tratas muy bien a Beth.
    —¿Me estás pidiendo que me case contigo solo porque no encuentras una niñera para tu hija? —dijo en tono de broma.
    —Te lo estoy pidiendo porque me he dado cuenta de que significas mucho para mí —dijo, mirándola fijamente a los ojos—. Y no quiero perderte.
    —Pero si apenas me conoces —protestó ella.
    —Claro que te conozco.
    —Te digo que no pienso ser la sustituía de tu niñera.
    —¿De qué estás hablando? —Manuel parecía perplejo—. No necesito que seas la niñera de Beth. Precisamente estamos haciendo las entrevistas para contratar a una. Lo que necesito es a alguien con quien compartir mi vida.
    —¿Y qué hay del amor? —susurró ella.
    Manuel se encogió de hombros.
    —Dijiste que no creías en él y yo también creo que un matrimonio debe basarse en algo más sólido —él le agarró una mano—. Así que, ¿qué respondes?
    —Debes haberte vuelto loco —dijo ella.
    —Soy un hombre rico y puedo cuidar de ti.
    —No necesito que nadie me cuide.
    —Está bien. Quizá te necesite yo a ti más que tu a mí. Pero te aseguro que puedo ofrecerte una forma de vida agradable. Me gustaría que siguieras trabajando conmigo, pero lo dejo a tu elección. Lo único que te pido es que seas una buena madre para Beth.
    —¿Quieres casarte conmigo solo porque tu hija necesita una madre? ¿Y qué hay de ti? ¿No quieres ser feliz?
    —Es que voy a ser feliz.
    Lu sacudió la cabeza.
    —No me respondas todavía —añadió él—. Piénsatelo. Disfrutemos del fin de semana y ya me contestarás cuando volvamos a Inglaterra.
    Ella se quedó en silencio y él se acercó y la agarró de la barbilla, obligándola a que lo mirara a los ojos.
    —¿Trato hecho? No pierdes nada por pensártelo. Si respondes que no, no pasará nada. Seguiremos trabajando juntos como si nunca te lo hubiera propuesto.

    Ella se quedó mirándolo con escepticismo. Quizá él sí fuera capaz de olvidarlo y volver a su relación de antes, pero para ella no iba a ser tan fácil.
    Se separaron al oír que se acercaba un coche, que frenó cuando llegó donde estaban ellos. Eran Mariana y Armando.

    —¿Quieres que los llevemos? —les preguntó Armando, asomándose por la ventanilla.
    —Claro que queremos —contestó Manuel, agarrando la mano de ella y dirigiéndose al coche.

    En el asiento de atrás iba otra pareja y Lu se vio obligada a sentarse muy cerca de Manuel. Cuando él la abrazó, el aroma de su colonia la hizo recordar cómo habían hecho el amor la otra noche en su apartamento. Pero aun así, sabía que casarse con él sería una equivocación.

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  IndiiCH el Vie Mayo 11, 2012 11:35 pm

    reyreyyyetgjm Laurinchissssssssssssssssssss
    continuaciónnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn!
    Dios midoooooooooooooooooo que le diga que si Shocked !


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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  CarolinaDíaz el Sáb Mayo 12, 2012 2:12 am

    Santo Dios *------*

    Me Encanta, Me Encanta, Me encanta, Me Encanta
    Por favor continuación lo mas pronto
    posibleeeee bounce bounce bounce
    jajajajajaj me vi muy adicta a leer wn Embarassed
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  Mceleste el Dom Mayo 13, 2012 11:38 am

    Laaaau continualaaaaaaaa ._.

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Dom Mayo 13, 2012 11:43 pm

    Capítulo 16

    Armando aparcó frente a la casa y también lo hicieron varios coches que lo seguían. Al parecer, medio pub había ido con ellos.
    Lu se separó de Manuel y fue a la cocina con el resto de la gente.

    —Tómate una copa antes de irte a la cama —le ofreció Mariana.
    Pero ella no había bebido alcohol en toda la noche y no le apetecía empezar en ese momento.
    —No, gracias —se volvió buscando a Manuel, pero no lo vio por ninguna parte.
    —Oh, venga, tómate algo. Es mi despedida de soltera, Lu —insistió Mariana, sirviéndole una copa de vino—. Todavía no me creo que vaya a casarme mañana.

    Lucero vio entonces a Manuel, que estaba charlando con su mamá. Parecía completamente relajado. Como si no acabara de pedirle que se casara con él. En ese momento, una morena muy atractiva se acercó a él. Poco después, los dos estaban riéndose.
    Si se casaba con él, debería acostumbrarse a ese tipo de cosas, pensó ella, enfadada. No, él no la quería. Solo deseaba una madre para su hija.
    Lucero agarró su copa de vino con el ceño fruncido.
    Se fijó en cómo se reía Manuel. Tenía una risa encantadora. De hecho, todo en él era perfecto... y por eso se había enamorado de él. Sí, tenía que admitirlo.

    —Estoy enamorada de Manuel Mijares —dijo en voz alta.
    —Perdona. ¿Qué has dicho? —le preguntó Mariana, que estaba charlando con una amiga.
    —Nada —respondió Lu, dando un trago de vino—. Me voy a la cama. Estoy muy cansada.
    —Sí, y tú también deberías acostarte, Mariana —le dijo su mamá, que se había unido a ellas—. Debes descansar para mañana. No te olvides de que tu hermana y tú quedaron en pasar a las nueve por la peluquería.
    Mariana hizo una mueca.
    —No te preocupes, mamá, mañana estaré bien.
    Manuel echó un vistazo a su alrededor. Llevaba un rato tratando de deshacerse de aquella mujer, pero ella no se separaba de él.
    —¿Con quién me has dicho que has venido? —le preguntó la mujer, sonriéndole.
    —Con Lucero, la hermana de Mariana.
    —Muy bien. Yo soy hermana de Armando y, por cierto, me llamo Anita.
    —Encantado de conocerte —dijo él, fijándose en que Lucero ya no estaba allí.
    —Se ha acostado ya —le dijo Mariana que, al pasar por su lado, se había dado cuenta de que la estaba buscando con la vista.
    —Gracias, Mariana. Yo también me voy a acostar —dijo, sonriendo a Anita—. Hasta mañana.
    —Hasta mañana.

    Anita se quedó evidentemente decepcionada.
    Manuel, al salir al pasillo, decidió ir a echar un vistazo a Beth antes de acostarse.
    La habitación de las niñas se encontraba a oscuras, pero la puerta estaba entreabierta. Cuando la abrió del todo, vio que Lucero estaba sentada en el borde de la cama de Beth.
    —Hola —susurró él, entrando.

    Se podía oír la plácida respiración de las niñas. Sarah y Jane estaban acostadas en una cama y Beth en la otra.
    Manuel se fijó en que su hija se había acostado junto a la muñeca que le había regalado Lucero por su cumpleaños. En la mesilla estaba su libro de cuentos favorito.

    —Me pregunto cuántas veces le habrá hecho leer a Ellie el de Los duendes y el zapatero —susurró Manuel, mirando a Beth con una sonrisa en los labios.
    —A mí también me gustaba cuando era como ella —comentó Lu—. Debe tener relación con lo de irte a la cama y que a la mañana siguiente todos tus problemas se hayan solucionado como por arte de magia.
    —¿Fue cuando tu madre se volvió a casar?
    —¿Cómo te has enterado de eso?
    —Me lo contó tu padre y también me dijo que no te llevabas bien con tu padrastro.
    —No debió contarte nada —dijo, enfadada.
    Se levantó de la cama e hizo ademán de irse, pero él la sujetó por un brazo.
    —No trates de escapar de mí, Lucero.
    Ella se quedó mirando la mano con la que la tenía agarrada y él la soltó.
    —¿Qué más te dijo?
    —Nada más. Lo que me extraña es que no me lo hubieras contado tú antes.
    —No hay nada que contar —replicó ella, saliendo de la habitación.

    Lucero entró a su dormitorio muy enfadada. No comprendía por qué su padre le había hablado de Jairo a Manuel, ya que sabía que ella no quería acor­arse de aquella época de su vida.
    Se puso a pasear de un lado para otro y, cuando se abrió la puerta, se volvió hacia él, furiosa.

    —Déjame sola.
    —No quiero —dijo él con suavidad—. Lamento haberte disgustado al mencionar a tu padrastro.
    Ella sacudió la cabeza.
    —Lo pasé muy mal en esa época, Manuel, y prefiero no hablar de ello.
    —A veces, para poder olvidar el pasado hay que enfrentarse a él.
    —Lo he intentado.
    Cuando él se acercó unos pasos, ella retrocedió.
    —No tendrás miedo de mí, ¿verdad?
    —No... por supuesto que no.
    —Pero estás enfadada.
    —No estoy enfadada contigo —lo miró fijamente a los ojos—. Solo estoy asustada —añadió, admitiendo al fin la verdad.
    Estaba asustada por cómo la hacía sentirse Manuel y por no saber dónde la podía llevar aquello.
    —¿Asustada de qué?
    —Del matrimonio y todo lo que conlleva.
    —Pero tú ibas a casarte con Francisco.

    Ella lo miró y estuvo a punto de decirle que Francisco nunca la había hecho sentirse como cuando estaba con él. Nunca la había hecho perder el control del modo en que lo hacía con él.
    —No sé si me habría acabado casando con él —susurró—. Si te soy sincera, tenía ya bastantes dudas antes de romper con él.
    —¿Por qué?
    —Tenía miedo de estar equivocándome. Mi madre sufrió tanto con mi padrastro... ¿Sabes lo que es vivir en una casa donde siempre había gritos? —a Lucero le tembló la voz—. Ellos decían que se querían, pero al final ese amor acabó destruyéndolos.
    —Todas las relaciones no son así.
    —Quizá no, pero de todos modos me gustaría que no me lo hubieras propuesto.
    Él arqueó una ceja.
    —No me mires así, Manuel. Las cosas nos iban bien tal como estábamos.
    —No es cierto —dijo él, sonriendo.
    A Lucero la estaba irritando lo calmado que parecía él.
    —Sí que lo es. Podríamos haber vivido un romance sin más complicaciones. Pero tú lo has estropeado todo.
    —No estoy de acuerdo —dijo él, agarrándola y atrayéndola hacia sí—. No he estropeado nada —la agarró por la barbilla y la besó con dulzura.
    Aquel beso fue tan tierno, que la excitó de un modo increíble. Pero no era solo una atracción sexual. Estaba enamorada de él. Lo quería con toda el alma.
    —Quiero hacer el amor contigo, Lucero —susurró él—. Te deseo enormemente y no quiero tener un romance contigo. Quiero que formemos una familia juntos.

    Ella sintió las manos calientes de él a través de su ropa y, finalmente, le pasó los brazos por detrás del cuello y lo besó con pasión. De pronto, todos sus miedos desaparecieron.
    —Yo también te deseo —admitió ella sin aliento.

    Él le bajó diestramente la cremallera del vestido y ella no trató de impedírselo, sino que, al contrario, siguió besándolo con ardor.
    Entonces, él la levantó en brazos y la llevó a la cama, donde se desnudaron el uno al otro con frenesí.
    Enseguida, el vestido de Lucero fue a reunirse en el suelo con la camisa de él. Ella llevaba un sujetador de raso y braguita a juego. Él se la quedó mirando provocativamente antes de besarla de nuevo en los labios. Luego, comenzó a acariciarle los pechos y ella sintió un enorme placer.
    Lu le acarició el fuerte torso y fue bajando hasta llegar a la cintura de él, que se apartó y se terminó de desnudar.
    Ella se quedó mirando su magnífico cuerpo y, al darse cuenta de que él se había fijado en que lo estaba observando, se sonrojó.
    La miró intensamente con sus ojos oscuros y luego se montó a horcajadas sobre ella, quitándole el sujetador. Luego comenzó a besarle en los senos con delicadeza y fue subiendo hasta el cuello y los hombros.
    Lucero se moría de deseo, pero él seguía moviéndose despacio. Así, le quitó las braguitas y comenzó a acariciarle el sexo, primero con las manos y luego con la lengua. Lentamente la llevó hasta el éxtasis.
    —Qué guapa eres —susurró él mientras la penetraba—. Y cómo te deseo.
    Cuando Lucero se despertó, la luz del sol ya estaba bañando la habitación. Sonrió y se estiró con pereza. Luego, abrió los ojos y vio a Manuel tumbado a su lado. Estaba apoyado sobre un codo y la estaba observando.

    —Buenos días, preciosa.
    Ella le sonrió adormilada.
    —¿Cuánto llevas ahí, mirándome?
    —No lo suficiente.
    Ella se dio cuenta entonces de que estaba completamente desnuda sobre las sábanas. Instintivamente, hizo ademán de taparse, pero él la detuvo.
    —Me lo pasé muy bien anoche —dijo antes de besarla con pasión.
    —Yo también —admitió ella.
    —Sí, ya me di cuenta —comentó él, sonrojándola—. Me encanta lo fácil que es hacerte sonrojar —añadió con voz ronca.
    —No seas tonto —dijo ella, sonriendo.
    Ella intentó escapar mientras Manuel trataba de besarla otra vez, pero él no la dejó y volvió a besarla.
    —¿Sabes qué me gustaría hacer cuando volvamos a casa?
    —No.
    —Me gustaría hacerte el amor en el despacho, sobre mi escritorio —afirmó él—. Pero antes de nada, quiero que me digas que vas a casarte conmigo —le susurró al oído.
    Ella se puso tensa.
    —No quiero que hablemos de eso, Manuel.
    En ese momento, comenzaron a oírse risas infantiles en el pasillo. Él se apartó de inmediato de ella.

    —Será mejor que vaya a ver qué tal está Beth.
    —Sí —dijo ella, respirando aliviada.
    —Pero luego continuaremos esta conversación —dijo él, inclinándose para volver a besarla.
    —Tengo cita en la peluquería a las nueve y luego tenemos que ir a la boda, así que será mejor que dejemos esta conversación para cuando volvamos a casa.
    Manuel no dijo nada.

    Lu nunca había visto tan guapa a su hermana. Estaba radiante. Cuando Armando le puso el anillo y el sacerdote los declaró marido y mujer, Mariana miró a los ojos a su marido y le sonrió. Fue una mirada llena de amor, que a Lu casi le partió el corazón.
    Se volvió hacia Manuel y él le sonrió de un modo que la conmovió, haciéndola apartar la mirada.
    —Que sean muy felices —terminó entonces de decir el sacerdote.
    El confeti cubrió de repente el cielo, para luego caer sobre el grupo de amigos y familiares.
    Manuel se fijó en que Lucero comenzó a sacudirse el vestido de seda azul. Estaba impresionante con aquel traje, que le dejaba los hombros al descubierto. Llevaba el pelo recogido en un moño. Cuando se volvió hacia él y lo descubrió mirándolo, le sonrió al tiempo que se acercaba.
    —Creo que los fotógrafos ya casi han terminado.
    —Estás preciosa, Lucero —Manuel se inclinó hacia ella—. Te quiero toda para mí. ¿Cuándo escaparemos de toda esta gente?
    —Bueno, sumando la comida y la fiesta que habrá después, supongo que dentro de unas once o doce horas.
    —No creo que pueda aguantar tanto.
    Beth se acercó corriendo a ellos. Estaba muy guapa con su vestido blanco con pequeñas rosas dibujadas.
    —Papá, ¿puedo ir al hotel en el mismo coche que Jane y Sarah?
    —No, Beth —respondió él—. Sarah y Jane irán en la limusina con Lucero y su mamá porque han sido damas de honor en la boda.
    Beth se quedó decepcionada.
    —Di que sí puedes ir con ellas. Yo iré con tu padre.
    —¿No crees que quizá no le guste a tu mamá?
    —Seguro que no —Lu le dio la mano a la pequeña—. Vamos a ver qué dice.
    El se las quedó mirando con una sonrisa en los labios mientras se alejaban.
    —¿Estás segura de que vamos bien? —preguntó Manuel mientras se adentraban por un estrecho camino rodeado de árboles.
    —Confía en mí. Te llevo a un sitio muy bonito.
    Poco más adelante llegaron a una pequeña cala de arena muy blanca.
    —¡Qué bonito! —exclamó él.
    —Solía venir aquí con mis padres antes de que naciera Mariana.
    —Es una playa preciosa. Igual que tú —Manuel la besó—. Dime que te casarás conmigo.
    —Me prometiste que no sacarías el tema —susurró ella.
    —¿De veras? Pues entonces me limitaré a besarte apasionadamente.
    —Me estropearás el maquillaje.
    —Hagamos un trato. Di que te casarás conmigo y no te estropearé el maquillaje... demasiado —dijo él con ojos ardientes.
    —Me dijiste que me lo pensara con tranquilidad y que te respondiera cuando regresáramos a casa.
    —Pero he cambiado de opinión. Además, si no me respondes, te estropearé el maquillaje y todo el mundo sabrá qué hemos estado haciendo de camino al hotel.
    —Tendrás que atraparme primero —gritó ella, saliendo del coche y echándose a reír.

    Dulce se puso a correr hacia la playa y él la siguió. Cuando al final la alcanzó, la abrazó por la cintura y la besó.
    —Está bien, me rindo —dijo pasándole los brazos por detrás del cuello—. Tendré que aceptar que me estropees el maquillaje.
    —Pero eso no será todo —replicó él, levantándola en brazos y yendo hacia el agua.
    —¡MANUEL! —exclamó ella con expresión horrorizada—. ¡No te atreverás!
    —Imagínate cuando todo el mundo te vea llegar empapada.
    —Manuel, no es justo.
    Él volvió a besarla. Con tanta pasión, que la dejó sin aliento.
    —Pues entonces respóndeme. ¿Me harás el honor de convertirte en la señora Mijares?
    Ella sonrió y volvió a besarlo.
    -Si-susurró Lucero.


    Última edición por lauriita29 el Lun Mayo 14, 2012 12:38 am, editado 1 vez

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