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    La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

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    Mensaje  lauriita29 el Mar Mayo 01, 2012 1:12 pm

    encontre una webnovela que me pareció muy bonita. La adaptaré para que sea con Lu y Mijares Smile Ay les dejo la sinopsis primero, y luego me dicen si quieren que la siga adaptando o no. ojalá les guste!!!



    Manuel Mijares era un hombre que se había hecho millonario gracias a su propio esfuerzo y que tenía una relación puramente profesional con Lucero Hogaza, su eficiente secretaria. Hasta que una noche olvidaron el trabajo al calor de la pasión...
    No obstante, después de aquello, Lucero seguía oponiendo una fuerte resistencia ante cualquier tipo de compromiso sentimental; así que Manuel decidió que, si quería que ella siguiera a su lado... y en su cama, tendría que recurrir a la responsabilidad que Lucero sentía por su trabajo. Si la única manera que tenía de no perderla era mediante un trato de negocios, eso sería lo que haría... Pero de un modo o otro iba a conseguir que se convirtiera en su esposa

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  Leysdania el Mar Mayo 01, 2012 1:26 pm

    Aquí esperaremos la WN
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  CarmenGabriella el Mar Mayo 01, 2012 2:10 pm

    Ya quiero leerla *-* ¿Se nota que soy adicta a leer? Estem, bueno JAJAJA espero la subas prontito. What a Face
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  isabel_guevara el Mar Mayo 01, 2012 2:48 pm

    Yeeeah, no tardes eh! se ve buenisima!, subela pronto!! cheers
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  MLCarlii el Mar Mayo 01, 2012 2:55 pm

    si seguila que esta buena!!
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  Camilaaa el Mar Mayo 01, 2012 8:11 pm

    Todas queremos leerla ya lkjhgfdfghjk Wink
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  IndiiCH el Mar Mayo 01, 2012 8:30 pm

    Mijaaaaaaaaaaaaaa, yo quiero cap YA! jsdfhdafhhfaf.

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Mar Mayo 01, 2012 8:55 pm

    Bueno chicas aquí les dejo los primeros 3 capítulos, solo por que hoy es el primer día y porque la webnovela tarda un poquitín para desarrollarse...disfruten!


    Capitulo 1

    Lucero levantó la vista del teclado y miró el calendario. ¡Solo faltaban tres semanas para la boda de su hermana! Cada vez que pensaba que tenía que ir sola, le entraba un pánico terrible; lo que, por otra parte, la hacía enfadarse consigo misma. No era para tanto.
    «Hoy en día muchas mujeres van solas a cualquier evento social», se dijo con firmeza. Así que no iba a agobiarse por ello.
    Volvió a fijarse en la última de las cartas que tenía sobre la mesa y después miró la hora. Eran las cuatro y media, casi la hora de irse a casa. Por lo general, un viernes a esa hora de la tarde solía estar contenta, ya que empezaba el fin de semana y con él quedaban a un lado la rutina y el trabajo. Pero eso era cuando salía con Francisco.
    Sin embargo, su relación había terminado. Francisco era cosa del pasado. A sus veintinueve años, se encontraba de nuevo sola. Había desperdiciado dos años enteros con un hombre que, de la noche a la mañana, había dejado de ser su Príncipe Azul para convertirse en Quasimodo. ¿Cómo había sido tan estúpida?, se preguntó una vez más.
    La impresora empezó a sacar las cartas y ella las repasó mientras trataba de dejar de pensar en Francisco Xavier. Pero no era tan fácil, en especial cuando su situación económica era un completo desastre por culpa de él.
    La puerta que conectaba con el despacho de al lado se abrió y se oyó la voz de Manuel Mijares.
    —Lucero, ¿has llamado a Manchester para decirles que iré mañana?
    —Sí, Manuel, he llamado.
    —¿Y qué ha pasado con el señor Steel... arreglaste el problema con el restaurante Waterside?
    —Sí, está todo solucionado.
    Lucero se levantó y se alisó el elegante conjunto oscuro que llevaba puesto, preparándose mentalmente para hablar con Manuel Mijares. Necesitaba pedirle un aumento de sueldo y había estado esperando toda aquella semana el momento adecuado. Pero, por desgracia, aquellos días era imposible hablar con su jefe.
    Llevaba varios meses de negociaciones para quedarse con una cadena de restaurantes y la tensión hacía que estuviera bastante nervioso y refunfuñón. Algo extraño en él. Pero ya no podía esperar más, se dijo con firmeza. No sabía si era el momento adecuado, pero iba a pedírselo esa misma tarde, antes de marcharse.
    Tomó su agenda de la mesa, recogió las cartas que él tenía que firmarle y, con paso decidido, entró en el reino de Mijares.
    Al entrar se quedó muy sorprendida, ya que su jefe, en vez de estar trabajando tras el escritorio, se había situado delante de la ventana, contemplando el perfil que formaban los edificios de Londres.
    —El pronóstico del tiempo dice que va a nevar —comentó ella—. Quizá sería mejor que retrasara su viaje al norte.
    —Sí, gracias, Lucero, pero no creo que un poco de nieve vaya afectar a mi vuelo.
    —Es que han dicho que se prevén ventiscas.
    —¿Sí? La verdad es que, como casi nunca aciertan, no me preocupan las previsiones del tiempo.
    —Como quieras —Lucero dejó las cartas sobre el escritorio—. Tienes que firmarme estas... Oh, John Hunt me dijo que lo llamaras antes de las seis.
    Manuel no apartó la vista de la ventana.
    Ella se dio cuenta de que se había quitado la chaqueta. La había dejado sobre su silla.
    Los ojos de Lucero se clavaron sobre sus hombros anchos y bien formados. Para pasar tanto tiempo sentado, era un hombre con un cuerpo impresionante. Bastante fuerte y muy viril.
    La primera vez que lo había visto, cuando había ido allí dos años antes a hacer la entrevista, se había quedado bastante impresionada con él. Su pelo negro y aquellos ojos oscuros, que parecían llegarle hasta el corazón, también la inquietaron bastante. Además, tenía la seguridad de una persona satisfecha consigo misma y consciente de su poderosa sensualidad. Por otro lado, era muy trabajador. Lo que había hecho que la relación laboral que mantenían fuera bastante buena.
    A Lucero le encantaba el modo directo con el que se enfrentaba a cualquier asunto. Disfrutaba del riesgo que suponía trabajar para él, quizá porque ella era también bastante perfeccionista. Después de la primera semana de estar allí, comenzó a relajarse ante él. Además, estaba en ese momento con Francisco. De todos modos, tampoco había tenido tiempo para ese tipo de cosas. Desde el primer día, había tenido que concentrarse en su trabajo. Pero, en cualquier caso, ella pensaba que formaban un equipo estupendo…

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Mar Mayo 01, 2012 8:55 pm

    Capitulo 2

    Apartó los ojos de Manuel y abrió la agenda.
    —Renaldo llamó para decir que llegará tarde, como a las cinco y media.
    —Estupendo... otro día que saldré de aquí a las tantas —comentó Manuel en un tono seco.
    —Oh. Y también pedí que el miércoles te enviaran a casa un ramo de rosas rojas, como me dijiste.
    —Gracias.
    Ella pensó que él las llevaría después en persona. Luego se preguntó, por un segundo, cómo iría la relación de él con Marcela, su elegante novia. En aquellos dos años que llevaba allí, había pedido ramos de flores para muchas mujeres. Pero según había oído, desde la muerte de su esposa tres años antes, ninguna mujer le había durado tanto como Marcela.

    Lucero comenzó a dar golpecitos con el lápiz sobre la agenda. Después de dos años, conocía bastante bien a su jefe y normalmente sabía lo que iba a hacer o decir en cada ocasión.

    Sabía que en ese momento, por ejemplo, no debía dejarse engañar por su actitud silenciosa y su mirada reflexiva. Cuando Manuel Mijares se quedaba en silencio, era cuando más peligro había. Solía significar que su cabeza, que iba encaneciendo rápidamente, estaba maquinando algo y podía estallar con un comentario totalmente inesperado y tremendo.

    Comenzó a hojear las páginas de la agenda mientras esperaba. Cuando Manuel estaba así, era mejor adoptar una actitud relajada. Tratar de insistirle en que firmara las cartas o hablarle del aumento de sueldo sería un tremendo error.
    —La próxima semana será el cumpleaños de Beth, ¿verdad? —comentó Lucero.
    Tan solo era una observación. Lucero se pasaba el tiempo recordando a Manuel citas y asuntos de trabajo, pero no tenía que recordarle nada sobre su hija de seis años. Beth era para él la única persona que tenía prioridad sobre el trabajo.
    —Así es. Te acuerdas de todo, ¿verdad?
    Él se dio la vuelta y la miró con fijeza. Sus ojos oscuros se posaron en las gafas de Lucero y luego en el modo en que se recogía el cabello hacia atrás. Ella estaba acostumbrada a que la mirara así, como si estuviera pensando en otra cosa.
    —Sí... es que lo anoto todo. Además, es mi trabajo recordarte las cosas.
    —Bien, no podemos quedarnos todo el día hablando, será mejor que firme esas cartas.
    Lucero sonrió para sí misma. Tenía razón. Manuel estaba pensando en otra cosa y, como siempre, era en el trabajo.
    —¿Le preguntaste a John Hunt para qué quería hablar conmigo?
    —Sí, quiere comentar algunos problemas que han surgido en el restaurante Cuisine Mijares—respondió ella—. Quiere decirte que puede que el jefe de cocina sea un genio, pero que él opina que está loco.
    Manuel refunfuñó algo y se sentó en su silla, detrás del escritorio.
    —John es el maldito encargado, así que le pago para que sea él quien se ocupe de esos problemas. Mándale un email y le dices que lo solucione como quiera.
    Manuel Mijares no toleraba que nadie delegara en él sus problemas. Lucero se daba cuenta de que John no tenía posibilidades de quedarse mucho tiempo en la empresa si no comenzaba a demostrar ser una persona con iniciativa. El jefe no tenía fama de ser precisamente compasivo cuando llegaba el momento de echar a alguien. De hecho, ella pensaba a veces que Manuel era bastante cruel. Pero, claro, nadie consigue por sí solo llegar a ser millonario a los treinta y ocho años sin ser duro y ambicioso.
    Cuando Manuel terminó de firmar la última carta, se las entregó a Lucero.
    —¿Está todo preparado para la reunión de la semana que viene?
    —Sí, he pedido algunos refrescos del restaurante Galley. También algunos sándwiches y varios tipos de tarta.
    —¿No las has hecho tú misma? —él alzó la vista con un brillo de humor en los ojos.
    —Si me das el lunes por la mañana libre, veré qué puedo hacer —replicó ella.
    Él soltó una carcajada.
    —Touché. Lo siento, Lucero, no lo he dicho con mala intención. Es solo que nunca dejas de asombrarme. Siempre estás en todo, nunca se te escapa nada.
    Esa era su oportunidad para pedirle un aumento de sueldo y la iba a aprovechar.
    —Me alegro de que estés satisfecho con mi trabajo, Manuel. Y si tienes unos segundos, me gustaría comentarte algo.
    —Adelante —él dejó su pluma y le hizo un gesto para que se sentara en la silla que había frente a él—. ¿Cuál es el problema?
    —No hay ningún problema —dijo ella con una sonrisa, tratando de no acordarse de las facturas que tenía sobre la mesa de su habitación y que tenía que pagar cuanto antes.
    —Bien. Ha sido una época un poco dura, ¿verdad? Ha sido una pena que tengas que estar con los preparativos de la boda —mientras hablaba, Manuel buscaba algo entre los papeles que tenía encima de la mesa—. ¿Cómo va eso? ¿ Queda poco para terminar de pagar la nueva casa?
    —Hemos pagado un depósito...
    Lucero se puso nerviosa. No la sorprendía que Manuel no se hubiera dado cuenta de que ya no llevaba el anillo de prometida. Quizá debería haberle dicho ya que su relación con Francisco había terminado y que no iban a comprarse la casa. Pero solo hablaban de cosas personales de manera muy superficial y en momentos poco adecuados.
    Por otra parte, no podía contarle que su prometido había huido, dejándola con un montón de facturas de una boda que nunca tendría lugar, además de haberla dejado sin un céntavo en el banco. Lo único que a Manuel le importaba de ella era el trabajo que hacía allí y a ella le parecía bien.
    En ese momento, sin ir más lejos, le había hecho una pregunta, pero no parecía interesado en la respuesta de ella. Parecía más interesado en lo que estaba buscando por la mesa.
    —¿Qué buscas?
    —Las notas de la última reunión con Renaldo —respondió él—. ¿Las has visto?
    —Están en la carpeta azul que tienes ahí debajo.
    —Gracias, Lucero—dijo él, esbozando una sonrisa—. ¿Dónde estábamos?
    —Bien, yo...
    Entonces, sonó el teléfono y Manuel contestó después de disculparse con la mirada.
    —Aquí Manuel Mijares.
    Lucero trató de relajarse en su asiento. Allí siempre sucedía lo mismo. No había tiempo ni para respirar, así que mucho menos para hablar.
    Se preguntó por qué estaba tan nerviosa.
    Lo peor que le podía suceder era que él le negara el aumento de sueldo y, si así era, le quedaba otra alternativa. La empresa con la que había trabajado dos años antes la había llamado hacía pocos días y le había pedido que volviera, ofreciéndole un aumento de un diez por ciento sobre el salario que Manuel Mijares le estuviera pagando.
    Pero ella no quería volver allí. Le gustaba trabajar para Mijares. Notaba que estaba aprendiendo mucho y el salario también era bueno. Si no fuera por la situación en la que se encontraba, estaría satisfecha.
    Miró el rostro de Manuel.
    —Necesito un poco más de información para contestar a eso —decía—. De acuerdo, consigue los datos y yo miraré el informe. Vuelve a llamarme.
    —¿Quién era? —preguntó Lucero de forma automática cuando él colgó.
    —Nada... del departamento de contabilidad. Quieren los datos de uno de los restaurantes de Renaldo en París.
    —Querrán la lista que imprimí ayer. Está en mi mesa.
    —Bueno, ya me la darás luego —Manuel se echó hacia atrás en su silla y miró la hora—. De todos modos, Renaldo no vendrá hasta las cinco y media.
    —Sí. Así que, como te iba diciendo, Manuel...
    Sonó de nuevo el teléfono.
    «Quizá debería enviarle una carta», pensó Lucero, «o volver a mi despacho y llamarlo por teléfono». Parecía el único modo de conseguir hablar un minuto entero con él.
    Se quedó mirándolo, pensando en que quizá era de nuevo el departamento de contabilidad y comenzó a ponerse nerviosa. ¿Quizá debería despedirse y aceptar la oferta de la otra compañía? Por lo menos, en Brittas podía hablar de vez en cuando con el jefe.

    Entonces vio que Manuel se ponía totalmente pálido.
    —Gina, tranquilízate —ordenó con tono autoritario—. No entiendo lo que me dices. Es Beth, ¿no?
    Lucero se olvidó por completo de sus problemas y se dio cuenta de que algo grave había sucedido.
    —De acuerdo —dijo él, mirando su reloj—. Voy directo a casa.
    Manuel colgó el teléfono con brusquedad, se levantó y se puso la chaqueta.
    —Lo siento, Lucero, pero sea lo que sea lo que quieras decirme, tendrá que esperar. He de irme a casa. Era Gina, la chica que cuida a Beth.
    —¿Le ha pasado algo a la niña?
    —No... es al padre de Gina. Lo han llevado al hospital y ella tiene que marcharse.
    —Pero tienes la cita con Renaldo —dijo Lucero, asombrada—. Dijo que era muy urgente.
    —Tendrás que disculparme. No sé de nadie que pueda cuidar de Beth. Mi madre está de vacaciones y...
    —Puedo ir yo —sugirió sin pensarlo.

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Mar Mayo 01, 2012 8:56 pm

    Capitulo 3


    Manuel, que estaba sacando de un cajón las llaves de su coche, se detuvo y la miró asombrado.
    —¿Tú?
    —Soy perfectamente capaz de cuidar de una niña de cinco años —replicó enfadada—, y la reunión con Renaldo es importante. Quizá sea la oportunidad que has estado esperando para quedarte con la cadena de restaurantes.
    Manuel entornó los ojos, pensativo. Como siempre, el tono franco y seguro de ella, así como sus gafas de tímida bibliotecaria, hicieron desaparecer cualquier duda que pudiera tener.
    —Me parece la solución más lógica, ¿no te parece? —insistió al ver que él no contestaba de inmediato.
    —Sí, me imagino que sí. ¿Has venido en coche?
    —Sí, lo tengo abajo.
    Manuel volvió a dejar sus llaves en el cajón.
    —Gracias, Lucero, te lo agradezco muchísimo. Intentaré no llegar muy tarde; así podrás disfrutar de parte del viernes.
    —De todas maneras, no iba a hacer nada —aseguró ella, levantándose.
    Manuel la observó recoger sus cosas con rapidez y marcharse. Luego se echó hacia atrás.
    La llamada lo había dejado alterado. En los primeros segundos, cuando no entendía lo que Gina quería decirle, había pensado que a Beth le había sucedido algo. Y, de inmediato, le llegó el recuerdo de otra llamada, en la que lo habían informado de que su mujer había fallecido. Quizá se había puesto tan nervioso porque se acercaba el aniversario de la muerte de Stephanie y había estado pensando en ello aquella misma tarde. Ya habían pasado tres años desde aquel día. ¿Qué había pasado con aquellos años? ¿Qué había hecho durante ese tiempo? Se sentía como si hubiera estado vagando en una espesa niebla desde que su mujer murió.
    De pronto, recordó la voz sensata y tranquila de su madre, diciéndole que tenía que encontrar otra esposa que hiciera de madre para Beth. Él le había contestado, en el mismo tono, que no necesitaba esposa. Pero había momentos, como aquel, en que se preguntaba si su madre tenía razón. Era difícil ser padre soltero y llevar un negocio adelante a la vez. Y él deseaba con toda su alma que Beth se criara sana y alegre.
    Manuel movió la cabeza, impaciente consigo mismo por preocuparse tanto. Al fin y al cabo, su hija se estaba criando en un entorno seguro y sus vidas fluían con suavidad. Gina era estupenda con Beth y también podía contar con la eficaz Lucero que se había ofrecido a ayudarlo ese día.
    Por otra parte, si alguna vez llegaba a decidir volver a casarse, tenía a Marcela.
    La idea le llegó desde lo más profundo de su mente, donde llevaba un tiempo cociéndose. Era consciente de que la relación de ellos había llegado a un cruce de caminos. Ella quería continuar y él vacilaba. No sabía por qué. Marcela era guapa e inteligente y, aunque al principio se ponía nerviosa con Beth, era lo normal... ¿no? Ella no había estado casada ni tenía hijos. Era una mujer con una brillante carrera profesional.
    Pero de todos modos, ya estaba mucho más tranquila con Beth... se dijo en un intento de convencerse... mucho más. Pero mientras se decía aquellas palabras a sí mismo, sabía en lo más profundo de su corazón que la relación con Marcela no era suficiente... para casarse.
    El teléfono sonó de nuevo y lo descolgó de modo brusco. Era de nuevo el departamento de contabilidad. Recordando que Lucero le había asegurado que tenía en su mesa la información que le requerían, les pidió que esperaran y fue al despacho de ella.

    Esbozó una sonrisa al ver lo ordenada y limpia que tenía su mesa. A un lado, había una lista con las citas del día, junto con notas específicas para poder darle la información adecuada antes de cada una de ellas.
    Abrió el cajón de arriba, donde había un taco de folios en blanco. Lo iba a cerrar cuando se fijó en que había una carta. El logotipo era de una empresa que él conocía de oídas. Sin poder evitarlo, la tomó y la abrió.
    Era del director con el que Lucero había trabajado antes de llegar a su empresa. La empezó a leer y, conforme llegaba al final, se iba poniendo cada vez más nervioso. Al parecer, la empresa en cuestión había progresado y querían contratarla de nuevo, ofreciéndole un aumento sobre el salario que él le pagaba. ¡Fuera el que fuera!
    Manuel se sentó y se quedó mirando a la carta. ¿Era eso de lo que ella le había querido hablar aquella tarde? ¿Se iba a marchar? Y al darse cuenta de lo mucho que la echaría de menos si se marchaba, se quedó atónito.
    Lucero no podía irse. ¡Quedarse sin ella era algo impensable!


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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  IndiiCH el Mar Mayo 01, 2012 9:52 pm

    AWWWWWWWWWWWWWWWWW*-* no lo sabe pero la necesita para todo, continuación! ♥
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  Camilaaa el Mar Mayo 01, 2012 10:42 pm

    Me gustó, me gustó<3

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  Leysdania el Mar Mayo 01, 2012 11:29 pm


    Está super linda ... más caaaap

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Jue Mayo 03, 2012 12:09 am

    Capitulo 4


    LAS NUBES estaban extrañamente bajas y parecía que un velo de color sepia envolvía Londres. Una neblina misteriosa flotaba sobre el Parlamento y el Támesis. En medio de aquel ambiente, se desenvolvía el usual caos de un viernes por la noche en el que las personas luchaban por volver a sus hogares.
    Por lo general, Lucero estaría entre la riada de gente que se dirigía al metro. Su apartamento estaba relativamente céntrico y no se molestaba en llevarse el coche al trabajo. Aquel día, sin embargo, había preferido la soledad de su vehículo, pensó, encendiendo la radio para escuchar las noticias.
    Después de lo que le pareció una eternidad, se dirigió hacia el sur. Se preguntó si Manuel se cansaría alguna vez de aquel viaje que tenía que hacer todos los días dos veces.
    Cuando llegó al pintoresco pueblo de Hemsworth y vio las casitas de tejados de paja y los jardines, recordó por qué él pensaba que merecería la pena el trayecto diario. Divisó la casa de su jefe justo cuando estaba empezando a nevar. La mansión de estilo georgiano estaba cubierta de hiedra. Era una imagen preciosa, con sus ventanas divididas por parteluces. Como ya estaba anocheciendo, una agradable luz se filtraba por dichas ventanas.
    Detuvo el coche y corrió a la puerta, luchando contra el repentino viento que le metía la nieve en la boca y los ojos. Levantó la mano para llamar con la pesada aldaba que había en la puerta, de color rojo, pero esta se abrió antes de que terminara de hacerlo.
    —Gracias a Dios que has llegado —exclamó Gina, ya con el abrigo puesto.
    —He venido lo más rápidamente que he podido —dijo Lucero , entrando en la casa.
    —Lo sé. Manuel me telefoneó y me dijo lo que tardarías en llegar —dijo la muchacha con los ojos llorosos—. Gracias por venir, Lucero. Estoy muy preocupada por papá.
    —Espero que esté bien.
    Gina asintió y salió a la calle.
    —Intenta llamar mañana a Manuel para contarnos lo que ha pasado —le pidió Lucero cuando la chica ya corría hacia su coche.
    Gina le hizo una señal con la mano, pero si dijo algo, se lo llevó el viento.
    Lucero se dio la vuelta y vio a Beth en mitad del vestíbulo. Tenía el cabello revuelto como si hubiera estado haciendo el pino. Llevaba un mono y un jersey rosa, y solo tenía puesto un zapato. El otro lo llevaba en la mano, como si hubiera estado intentando ponérselo. Lucero tuvo la sensación de que había querido irse con Gina.
    —Hola, Beth —dijo ella, con un tono deliberadamente alegre—. Dios, ¡qué frío hace fuera! Me alegro de estar aquí contigo en esta casa tan calentita.
    —¿Va a venir pronto papá? —preguntó la niña, mirándola con sus enormes ojos azules.
    —Sí, papá va a venir muy pronto —aseguró, quitándose el abrigo—. Tiene una reunión y, mientras viene, te voy a cuidar yo.
    Beth se quedó en silencio y Lucero se agachó para ponerse al nivel de la pequeña.
    —¿Has cenado ya?
    La niña negó con la cabeza.
    —Gina iba a hacer salchichas y patatas fritas.
    —Eso suena muy bien. ¿Lo preparo y cenamos las dos?
    —Si quieres...
    —Ven entonces. Llévame a la cocina.
    Beth era una niña tranquila, pensó Lucero mientras iban por el pasillo. También podía ser que fuera tímida, se dijo. Ya que, aunque se habían visto en varias ocasiones en las que ella había tenido que ir a la casa por cuestiones de trabajo, la pequeña no la conocía bien.
     
    Lucero no había estado nunca en la cocina de aquella casa. Era enorme. Con una gran mesa en uno de los extremos y tantos armarios, que se tardaban horas en encontrar una simple taza. Manuel le había contado una vez que la casa había sido en el pasado una parroquia. Un sendero que atravesaba los jardines conducía a la pintoresca iglesia de St Mary. No era difícil imaginarse a la mujer del párroco allí, naciendo pastelillos para la fiesta del pueblo. La casa entera tenía un ambiente muy acogedor.
    —Gina se puso a llorar antes de que llegaras —dijo Beth mientras ella buscaba en los armarios.
    —Porque está preocupada por su papá.
    Beth se sentó en una de las sillas que rodeaban la mesa.
    —¿Va a morirse el papá de Gina? —preguntó de repente la niña.
    Lucero la miró, sorprendida por el tono de voz.
    Y entonces comprendió por qué la pequeña estaba tan silenciosa. No era por timidez, sino porque estaba preocupada.
    —Está muy enfermo, pero cuando la gente se pone enferma, se le da una medicina y se pone otra vez bien.
    —O se van al cielo, como mamá —contestó la pequeña, dando una patada a una de las patas de la mesa—. No quiero que mi papá se ponga malo y lo lleven al hospital.
    Lucero se acercó a ella y se arrodilló.
    —Tu papá está bien, Beth. Está en su despacho, trabajando mucho.
    —¿No está en el hospital?
    —No, tesoro, está bien. Alguna vez es un poco cascarrabias, pero tiene una salud de hierro.
    Beth se echó a reír al oír la palabra cascarrabias.
    Lucero se levantó y siguió preparando la cena.
    —¿Sabes? Me recuerdas a una canción de cuna en la que sale una niña con un zapato puesto y otro quitado. ¿No se llama Humpty Dumpty?
    Beth pensó en ello unos segundos y luego hizo un gesto negativo.
    —¿No era la de los tres ratones ciegos?
    La pequeña volvió a reír alegremente.
    —Los ratones no llevan zapatos, tonta.
     
     
    Era increíble que la risa de una niña fuera tan contagiosa, pensó Lucero, sonriendo.
    Y solo después, cuando hubieron terminado de comer y estaba fregando los platos, se dio cuenta de que por primera vez en varias semanas, había estado varias horas sin pensar en
    Francisco.

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Jue Mayo 03, 2012 12:11 am

    Capitulo 5


    Manuel cerró la puerta de la calle con una agradable sensación de alivio. « ¡Qué noche!», pensó mientras se sacudía la nieve del abrigo, antes de dejarlo en el perchero del vestíbulo.
    —¿Hola?
    Entró en el salón, esperando encontrarse allí a Lucero. Estaba impaciente por hablar del asunto de su partida. Pero todas las luces estaban apagadas y la chimenea se había convertido en un reflejo rojo.
    Así que fue a la planta de arriba.
    La lámpara de la mesilla de noche de la habitación de Beth estaba encendida y arrojaba una luz rosada sobre la colcha y la niña, plácidamente dormida. Manuel se acercó para taparla y darle un beso. En ese momento vio a Lucero, que estaba acurrucada en una silla a su lado. También dormía profundamente.
    Se preguntó si sería porque la había hecho trabajar mucho últimamente. ¿Se estaba sintiendo culpable? Si la convencía para que se quedara, la trataría mejor, pensó.
    Sus ojos se clavaron en ella. Así, dormida, tenía un aspecto frágil. Se había puesto las gafas sobre la cabeza y parecía una persona diferente por completo sin ellas. Observó la delicada forma de su cara. Sus pestañas oscuras eran de una espesura increíble largas y resaltaban contra la palidez de la piel. Su boca sonreía un poco. Estaba excepcionalmente guapa... ¿Por qué no se había dado cuenta antes de lo atractiva que era?
    Sonrió al ver que tenía el libro de cuentos de Beth en la mano, a punto de caerse al suelo. Se acercó y tomó el libro. Entonces reparó en que no llevaba puesto su anillo de compromiso. ¿Desde cuándo no lo llevaría?
    En ese momento se dio cuenta de que en las últimas semanas la había visto comportarse de manera distinta. Su habitual alegría y optimismo, que a él lo hacía muchas veces sonreír, habían desaparecido por completo.
    —¿Lucero? —la llamó en voz baja, tocándole el brazo—. Lucero, despierta —añadió en un tono protector al verla tan joven y vulnerable.
    La mujer abrió los ojos: dos enormes ojos miel que lo miraron muy abiertos. Por un momento, él se sintió tan desorientado como ella. Tenía unos ojos preciosos... ¿Por qué no se habría dado cuenta antes?
    ¿Francisco? —susurró ella, adormilada.
    —No, Manuel. Estás en mi casa, ¿recuerdas?
     
     
    —Oh, sí —si en sus ojos asomó cierta decepción, las pestañas oscuras bajaron para ocultarlo—. Lo siento, no suelo quedarme dormida así. Habrá sido porque últimamente no he descansado muy bien.
    Él observó cómo trataba de desperezarse. Se alisó la falda, se puso los zapatos y luego buscó a tientas las gafas sobre los brazos del sofá.
    —¿Has visto mis gafas? —preguntó mirando a su alrededor.
    Manuel se las bajó desde la cabeza hasta su posición y sonrió al fijarse en el rubor que encendió sus mejillas.
    —Lo siento... todavía no me he despertado bien.
    —Deja de disculparte. Yo soy el que debería disculparme por venir tan tarde —se sentó en el borde de la cama y sus rodillas tocaron las de ella—. Muchas gracias por venir, Lucero.
    —No te preocupes. No ha sido nada.
    Ella pensó que, o eran imaginaciones suyas, o Manuel la miraba de una manera inhabitual en él. Sí, la estaba observando con especial intensidad. Y ella, que pensó que debía estar muy fea, trató de echarse el pelo hacia atrás y recogerse los mechones que le caían por la cara.
    —¿Qué hora es?
    Él echó un vistazo a su reloj de oro.
    —Casi las diez.         
    Manuel volvió a mirarla y ella sintió que se le encogía el estómago.
    Quizá fuera por lo cerca que estaban, pero lo cierto era que Lucero sentía fuertemente la presencia de él.
    Él sonrió.
    —Vamos abajo a tomar algo.
    —No, será mejor que me vaya —dijo, levantándose—. Tengo muchas cosas que hacer en casa y también quiero ducharme.
    —Lucero, no puedes ir a ningún sitio. Hace una noche diabólica y las carreteras están intransitables. He tardado horas en llegar. Te puedes quedar en la habitación de los invitados.
    —No creo que sea para tanto, ¿no?
    Al decirlo, se fue hacia la ventana. La nieve caía tan pesadamente, que casi había borrado la calle bajo un manto blanco.
    —Un desastre, ¿no? Nunca pensarías que estamos en abril —dijo Manuel.
    —Es verdad —Lucero cerró las cortinas y se volvió hacia él, que la miraba de una manera a la que ella no estaba acostumbrada.
    —Lucero, no estás pensando en dejar la empresa, ¿verdad?
    —¿Por qué me preguntas eso? —preguntó, sorprendida.
     
     
    —Estaba buscando la lista que me dijiste del departamento de contabilidad cuando encontré una carta de Brittas en uno de los cajones de tu mesa.
    —Entiendo —sintió que se ponía colorada—. Te iba a hablar de eso esta tarde...
    —Entonces, ¿es verdad? Escucha, sea lo que sea lo que Brittas te ofrezca, yo te pagaré más —le aseguró con firmeza.
    —Bueno, la verdad es que no iba a decirte que me marchaba, te iba a pedir que me subieras el sueldo —contestó ella, muy seria.
    —¿De verdad? —contestó él, pasándose la mano por el pelo—. Gracias a Dios. Me has dado un buen susto.
    —¿Sí? —preguntó, conmovida por la sinceridad con la que lo había dicho él. Luego sonrió—. Un susto lo suficientemente grande como para que me aumentes el sueldo, ¿verdad?
    Él soltó una carcajada.
    —Sí, Lucero... suficiente para eso. El lunes por la mañana lo arreglaré todo.
    —Gracias —dijo ella, esbozando una sonrisa—. Cuando esta tarde intentaba hablarte de ello, no pensé que terminaríamos la conversación en el dormitorio de Beth.
    —No... ha sido un día un poco raro.
    —¿Cómo te fue con Renaldo?
    —Digamos que... Renaldo es un hueso duro de roer.
    —¿Te mencionó la reunión con el banco de la se­mana anterior?
    —Sí, la mencionó...
    Lucero no conseguía recogerse el pelo con las horquillas, así que se lo dejó suelto.
    —Me imagino que no te comentaría nada de las cuentas extras, ¿no?
    Manuel se distrajo por el modo en que su suave cabello le caía sobre los hombros. Notó los diferentes matices de rubio, que le daban un aspecto vibrante.
    —¿MANUEL?
    —¿Qué?
    —¿Te habló de las cuentas extras?
    —Sí...
    Él la miró distraído. Le resultaba increíble lo guapa que estaba con el cabello suelto. Al darse cuenta de que ella estaba esperando su respuesta, movió la cabeza.
     

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Jue Mayo 03, 2012 12:16 am

    Capitulo 6


     
    —Lo siento, Lucero, estoy muy cansado. Creo que mi cerebro está bloqueado.
    —No me extraña. Has estado en el despacho desde las ocho de la mañana.
    —Es verdad. Pero bueno, tengo esperanzas de que en dos semanas todo se haya acabado.
    Lucero asintió. Observó cómo se aflojaba la corbata y luego se pasaba la mano por la nuca.
    —¿Quieres que te prepare un sándwich mientras te das una ducha? —preguntó sin pensar.
    Manuel pareció que iba a declinar su oferta, pero entonces se encogió de hombros.
    —Gracias, Lucero, reconozco que estoy en deuda contigo.
    —Ten cuidado con lo que dices o te pediré otro aumento —replicó ella, con una abierta sonrisa y un brillo travieso en los ojos.
    Él observó cómo se acercaba a Beth. Lucero le apartó el pelo de la cara y finalmente le dio un beso en la frente.
    El gesto fue tan natural y tierno, que sorprendió a Manuel. No habría sabido explicar por qué. Pero hubo algo especial en aquella imagen, la niña dormida y la mujer que se inclinaba sobre ella, que lo conmovió profundamente. Quizá era el cabello largo y rubio de Lucero, que le ocultaba la cara... El pelo de Stephanie también había sido rubio y largo, como el de ella.
    —¿Ha sido buena? —preguntó, casi bruscamente para apartar de sí la emoción.
    Sin duda se debía a que estaba muy cansado, se dijo para convencerse.
    —Sí, ha sido muy buena —afirmó, incorporándose y volviéndose hacia él—. Tienes mucha suerte, es una niña encantadora.
    —Bueno... yo también lo creo. Pero soy su padre —los ojos se le clavaron en el libro infantil—. ¿Cuántas veces te lo ha hecho leer?
    —Solo cuatro —respondió Lucero, echándose a reír.
    —Veo que tienes mucho tacto —dijo él, sonriendo.
    Ella también sonrió.
    Manuel pensó que tenía una sonrisa maravillosa, unos dientes de perfecta blancura y unos labios muy sensuales.
    Lucero se fijó en que él se quedó mirándole los labios un instante... demasiado largo. Su mirada fue tan intensa, que la hizo estremecerse. Luego se miraron a los ojos y ella sintió un escalofrío de sensualidad que le recorrió todo el cuerpo.
    Mientras él apagaba la lámpara de la mesilla, se volvió y se alejó hacia el pasillo. Lo que había sentido estaba en su imaginación, pensó enfadada. Seguro que él solo la había mirado con una superficial atención. De hecho, aunque era muy educado y respetuoso, tenía la sensación de que la veía como un mueble más del despacho, antes que como una mujer
     
     
     
    Manuel salió detrás de ella.
    —Ahora que estamos aquí, te enseñaré tu habitación —comentó con amabilidad, conduciéndola hacia el final del pasillo, donde abrió una puerta.
    Lucero miró a su alrededor, fijándose en el color violeta de las paredes y en la cama doble.
    —Gina la utiliza cuando yo tengo que salir fuera. Hay un cuarto de baño incorporado a ese lado —dijo, señalando una puerta—. Ponte cómoda. Date una ducha si quieres... eso es lo que voy a hacer yo ahora mismo.
    —De acuerdo, gracias.
    Le sonrió y volvió a sentir la misma extraña sensación. ¿Qué demonios le pasaba? Quizá era por la extraña situación, se dijo. Estaba acostumbrada a verlo en el despacho, donde hablaban solo de trabajo. Verlo en un entorno tan diferente la ponía nerviosa, la intimidaba un poco. Quizá fuera lo que había pasado en el dormitorio de Beth.
    —No tardaré mucho.
    Mientras Manuel se dirigía a su habitación, Lucero fue a la planta de abajo. No tenía ningún sentido ducharse cuando no podía cambiarse de ropa, se dijo.
    Preparó una tetera y unos sándwiches de jamón. Luego, mientras esperaba que el té se hiciera, echó un vistazo a la colección de compactos que Manuel tenía en el salón. Tenía un gusto similar al suyo, se dijo; y sin pensarlo, puso uno.
    Arriba, en su habitación, él oyó el sonido distante de una melodía romántica y frunció el ceño. La canción que sonaba había sido la favorita de su mujer. Recordaba que cuando se acababan de casar, él solía gastarle bromas y decirle que siempre ponía lo mismo...
    Vio sus ojos verdes sonrientes...
    Se quitó la chaqueta del traje y la corbata, tratando de ignorar la sensación que le recorría la espalda. Lucero no se parecía en nada a su esposa. Lo que pasaba era que él estaba muy cansado y se acordaba de Stephanie porque iba a ser el aniversario de su muerte... eso era todo.
    Lucero, sin cambiar la canción, pulsó de nuevo el play y la canción volvió a sonar. Llevaba mucho tiempo sin escucharla y era una de sus favoritas. Miró hacia la nieve que caía por la ventana de la cocina. Caían copos tan grandes, que la noche parecía blanca.
     
    Se preguntó dónde estaba Francisco. Por lo menos podía haberla llamado para explicarle lo del dinero, para disculparse. ¿No le debía eso por lo menos?
    La música cesó y, al darse la vuelta, vio que él es­aba allí, al lado del equipo de música.
    —Lo siento, Manuel... ¿he despertado a Beth?
    —No, Beth puede dormir aunque haya un terremoto —contestó—. Pero es que me duele un poco la cabeza —añadió, después de una breve pausa.
    —Será por el trabajo —contestó Lucero, disponiéndose a servirle el té.
    —Creo que me tomaría algo un poco más fuerte que un té —dijo Manuel, abriendo uno de los armarios—. Por aquí tengo una botella de whisky.
    Ella estuvo a punto de decirle que, si tenía dolor de cabeza, el whisky no sería lo mejor para remediárselo. Pero se lo pensó mejor y decidió que Manuel no necesitaba sus consejos.
    Se fijó en que se había puesto unos vaqueros y una camisa azul. Llevaba el pelo todavía mojado por la ducha. Dulce nunca lo había visto así de informal. Le quedaba bien, lo hacía parecer más joven y atractivo.
    —¿Te apetece a ti también uno? —preguntó Manuel, dándose la vuelta, sin soltar la puerta del armario.
    Ella hizo un gesto negativo.
    —No, yo prefiero el té. No me gusta mucho el whisky.
    —¿No tienes ningún vicio?
    —Yo no diría tanto —contestó ella, preguntándose si Manuel Mijares pensaría que era una chica aburrida. La idea la disgustó—. De hecho, tengo demasiados.
    Él arqueó las cejas.
    —Dime uno de ellos —pidió él, esbozando una sonrisa.
    —Podría decirte montones, pero como eres mi jefe, no creo que sea una buena idea.
    Él la miró divertido.
    —O sea, que conmigo muestras lo mejor de ti, ¿no?
    —Eso es.
    Manuel sonrió y se volvió hacia el armario.
    —¿Y una copa de vino? —sugirió, sacando una botella y mostrándosela—. Vamos, dame una pista, ¿me acerco a uno de tus puntos débiles?
    Lucero soltó una carcajada ante la pregunta y luego asintió.
    —De acuerdo, una copa de vino sí.

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Jue Mayo 03, 2012 12:20 am

    Capitulo 7

    —Estupendo, odio beber solo —Lucero colocó las bebidas y los sándwiches en una bandeja—. Vamos al salón y relajémonos.
    El salón estaba a oscuras. Ella encendió una de las lámparas y Manuel puso la bandeja sobre la mesa, antes de ir a la chimenea y atizar el fuego.
    Lucero se sentó en uno de los cómodos sillones y observó a Manuel. A los pocos minutos, las llamas comenzaron a crepitar en medio del silencio de la estancia.
    —No hay nada como un buen fuego —susurró Lucero.
     
     
    —Es romántico, ¿verdad? —contestó él—. Durante el día tenemos que poner la pantalla por Beth, pero por la noche, cuando está en la cama, es bonito sentarse a contemplar las llamas.
    Ella pensó que había usado el plural refiriéndose a Marcela.
    Manuel se sentó en el suelo y abrió la botella de vino. Luego, la puso cerca del fuego para que se calentara un poco.
    —Si sigue nevando así, no podré ir mañana a Manchester.
    —Creí que habías dicho que un poco de nieve no podría afectar a tu vuelo —recordó ella.
    Manuel levantó la vista y sonrió.
    —Pues supongo que estaba equivocado.
    —¡Dios mío, Manuel Mijares admitiendo que se ha equivocado! ¿Te ha pasado algo?
    —No seas tan sarcástica, señorita Hogaza. ¿Tengo que recordarte que conmigo se supone que tienes que mostrar tu lado más amable?
    —Lo siento, no sé qué me ha pasado —al decirlo, se sentó con más comodidad en el sillón—. Debe ser que se acerca la hora de las brujas o algo parecido.
    Manuel sonrió y sirvió el vino.
    —Te voy a decir una cosa. Me alegro de que se acerque la hora de las brujas. He trabajado tanto tiempo en estas últimas semanas, que podría jubilarme ya.
    —Ha habido mucho trabajo, sí —admitió Lucero.
    Se quitó las gafas y las dejó sobre la mesilla baja que tenía al lado.
    —Entonces, bebamos por el viernes —sugirió Manuel, alcanzándole su copa—. Y por mi maravillosa ayudante, por supuesto, sin la cual la empresa se desintegraría en el caos.
    Lucero esbozó una sonrisa y bebió un sorbo de vino. Era cálido y suave.
    Se quedaron un rato en silencio y ella aprovechó para echar un vistazo al salón, admirando la elegancia con la que estaba decorado.
    Todas las habitaciones eran grandes en aquella casa. Quizá, porque habían sido construidas en una época donde el estilo y el espacio eran más importantes que otras consideraciones de tipo práctico, como el precio del terreno donde se iba a edificar. Miró con admiración las bonitas acuarelas que adornaban las paredes, la chimenea Luis XV con la orla de mármol que la rodeaba y el enorme espejo que llegaba hasta el techo.
    —Tienes una casa preciosa —comentó sin mirarlo.
     
    Él sonrió.
    —Lo dices como si nunca hubieras estado aquí.
    —Bueno, siempre han sido visitas muy rápidas, ¿no? Cuando teníamos tanto trabajo, solíamos venir a terminarlo aquí.
    —Sí, creo que tienes razón —la miró pensativo—. A veces delego demasiado en ti. Te hago trabajar mucho, ¿verdad?
    —Me imagino que como todos los jefes con sus ayudantes.
    Manuel decidió que no era del todo cierto. Al descubrir la posibilidad de que Lucero podía irse de la empresa, lo había hecho recapacitar sobre la relación que tenía con ella.
    Observó el modo en que las llamas jugaban en su rostro. Su piel tenía una calidad suave y clara. Parecía muy joven y, cuando levantó los ojos para mirarlo, lo hizo de una manera tan frágil, que lo intrigó. ¿Y qué habría pasado con su anillo de compromiso?
    —Espero no haberte estropeado demasiado el fin de semana. ¿Qué planes tenías para hoy?
    —Nada especial. A propósito, ¿encontraste la lista que te pidieron en el departamento de contabilidad?
    Manuel notó que ella había cambiado enseguida de tema. Era evidente que no quería hablar de cosas personales. Y si lo pensaba, se daba cuenta de que no era la primera vez que lo hacía.
    Era una trabajadora maravillosa. Quizá la mejor ayudante que había tenido. Sabía que podía confiar en ella totalmente, pero, por otra parte, era la mujer más reservada que había conocido jamás.
    Hacía dos años había tenido una ayudante que se había enamorado de él y, cada vez que le hablaba, se ponía colorada. Si alguien le hubiera preguntado en ese momento cuál era su ayudante ideal, habría dicho que alguien como Lucero. Una persona que hacía bien su trabajo sin mostrar ningún interés personal en él. Sin embargo, en esos momentos, cuando había encontrado a la persona perfecta para el puesto, deseaba poder hablar con ella de algo más que del trabajo.
    —Sí, encontré la lista, gracias —dijo. Después dio un sorbo a su copa—. Pero no hablemos hoy de trabajo. Esta semana he acabado harto.
    —Como lo que tenemos en común es el trabajo, si no hablamos de él, creo que vamos a estar mucho rato callados —comentó ella con una sonrisa forzada.
    Porque, en realidad, la ponía nerviosa la sugerencia.
    Manuel notó el repentino color de sus mejillas y sospechó que la había inquietado con el comentario. Él no tenía intención de sobrepasar los límites de la relación que mantenían... Tenía muy claro, además, que no se debía mezclar el placer con el trabajo. Aunque sentía tanta curiosidad, que no le importaría sobrepasar aquellos límites por un breve espacio de tiempo. Sólo para saber lo que se escondía tras aquella fachada de mujer trabajadora y eficaz.
    —Quizá tengamos otras cosas en común que no hemos descubierto.
    —¿Como que a los dos nos gusten las casas antiguas y los buenos vinos?
    —Eso es. ¿Lo ves? Ya tenemos dos cosas más en común.
     
    Ella esbozó una sonrisa ante el tono un tanto irónico de él.
    —Resulta un tanto extraño que estemos así de relajados —replicó ella—. No puedo evitar pensar que en cualquier momento sonará el teléfono o vendrá alguien de cualquier departamento para preguntarme algo.
    Nunca tenemos un minuto de descanso, ¿verdad? Hace cuatro años, cuando decidí que mi empresa cotizara en Bolsa, pensé con ingenuidad que tendría menos trabajo. Pero creo que estoy trabajando muchas más horas que cuando era el único propietario.
    —Quizá sea el precio del éxito —comentó ella con una sonrisa.
    —Quizá.
    Lucero se preguntó lo que estaría pensando él mientras ella miraba cómo las llamas jugaban en su cara. Quizá estaba pensando en las negociaciones que tenía entre manos. Era curioso que, sin saber especialmente de cocina, hubiera tenido tanto éxito con sus restaurantes.
    Desde sus humildes comienzos con un solo restaurante, había desarrollado un estilo especial e imaginativo, colocando al jefe de cocina adecuado y eligiendo el lugar idóneo. Aquel restaurante había sido un éxito desde el primer momento.
    —Me imagino que no debería quejarme. Cuando murió Stephanie, me alegré de poder estar ocupado tantas horas. Eso me ayudaba a no pensar. De hecho, ha habido veces en las que me sentía mejor en el despacho que en mi casa.
    —Debió ser una época muy dura.
    —Mucho, la peor.
    Manuel se quedó mirando al fuego, en silencio, durante un buen rato.
    —Una de las razones por las que compramos esta casa fue porque pensamos que era muy hogareña —añadió luego—. Tiene cinco habitaciones y nosotros planeábamos llenarlas todas. Stephanie procedía de una familia numerosa y yo también. A los dos nos gustaba y queríamos lo mismo...
    —Lo siento, Manuel.
    El tono compasivo y cariñoso de ella lo hizo volver al presente.
    —La vida continúa, Lucero. He aprendido a vivir con ello.
    A pesar del tono pausado, ella sabía que no había superado la muerte de su esposa. Lucero había entrado en la empresa doce meses después de la tragedia y estaba acostumbrada a verlo serio y concentrado en su trabajo, incluso distante. Pero otras personas de la empresa le habían asegurado que la muerte de Stephanie lo había cambiado por completo y lo había vuelto un hombre muy reservado.
    Sentada allí al lado del fuego y de él, se daba cuenta de que estaba conociéndolo más esa noche, que en los dos años en los que llevaban trabajando juntos. Bajo la máscara que solía llevar, era un hombre amable. Un hombre amable que, además, resultaba guapo... pensó, estudiando su aristocrático perfil, las facciones bien delimitadas, la mandíbula cuadrada y la línea sensual de sus labios.
    Manuel se giró y la descubrió mirándolo.
     
    —¿En qué estás pensando? —preguntó él.
    —En... lo horrible que debe ser perder a alguien que quieres.
    —Sí, lo es.
    Manuel la observó unos segundos y pensó en que ella tenía razón. Era bastante extraño estar allí sentados, hablando relajados. Pero lo curioso era lo fácil que le resultaba hablar con ella. Su intención no había sido la de sincerarse de aquel modo. De hecho, no recordaba la última vez que había hablado a alguien de Stephanie.
    Se acercó y le sirvió un poco más de vino.
    —Bueno, no nos pongamos tristes. Es viernes por la noche, así que hay que celebrarlo.
    Lucero entendió que no quería seguir hablando de su esposa y cambió de tema.
    —Y si el tiempo no cambia, quizá no tengas que ir mañana a Manchester —dijo, levantando su copa.
    —Aunque el tiempo mejorara, me costaría marcharme... porque no sé si Gina podrá venir a casa.
    —Bueno, si por un milagro el tiempo mejora, me quedaré mañana a cuidar de Beth.
    —Gracias, Lucero.
    —No te preocupes, Beth y yo nos llevamos muy bien —contestó alegre—. No va a ser una tarea dura.
    Manuel sonrió.
    —Eres muy amable, pero, ¿qué me dices de Francisco? ¿No le va a importar? ¿Dónde está hoy?
    —No lo sé —respondió, nerviosa—. Es probable que esté tomando algo con amigos —se dio cuenta de que él le miraba la mano donde había desaparecido el anillo de prometida—. Nos separamos hace casi cuatro semanas —admitió al final.
    —¿Por qué no me lo dijiste? No me has comentado nada.
    —Me imagino que estoy intentando hacerme a la idea todavía. Además, nunca hablamos de nuestra vida privada, ¿no? Te confieso que me ha costado incluso hablar contigo de trabajo.
    —Lo siento, Lucero, espero que la situación se aclare pronto.
    Ella sonrió.
    —Llevamos meses diciendo eso. La verdad es que no me importa tener que trabajar mucho... por lo menos, así se me pasan los días volando.
    —Entonces tu ruptura con Francisco ha sido repentina, ¿no? Llevabas bastante tiempo juntos, según creo.
     
     
    —Sí, lo conocí justo antes de empezar a trabajar contigo, hace dos años. Pero quizá no estabamos hechos el uno para el otro. Esas cosas pasan —lo aseguró con una firmeza que no sentía.
    Quería demostrar que ya estaba recuperada e incluso esbozó una sonrisa.
    Manuel no se dejó engañar. Al contrario, notó la palidez de su piel y el brillo húmedo en sus ojos.
    —Es mejor haber descubierto ahora que no se llevaban bien, que después de casados.
    —Sí... eso es lo que yo me digo. Pero llevábamos vi­viendo juntos más de un año... y pensaba que... bueno, que era el hombre de mi vida. Fuimos incluso al registro civil...
    —Entonces, si no es una pregunta demasiado indiscreta... ¿qué pasó? ¿Otra mujer?
    —Bueno, no exactamente... aunque ahora sí parece que hay otra.
    Quizá ya entonces estuviera manteniendo una relación con ella y había utilizado su última pelea como disculpa para marcharse con todo su dinero, pensó con amargura.
    —Bueno, pues es un ******* por dejarte. Un completo *******.
    El cumplido sorprendió a Lucero.
    —Gracias —dijo, apartando la vista de él y sintiéndose de repente muy incómoda.
    No podía creerse que estuviera hablando de aquella manera con su jefe. Era muy extraño.
    —Conocerás a alguien, te enamorarás y agradecerás no haberte casado con Francisco.
    —No sabía que fueras tan romántico.
    —Ni yo tampoco. Pero suena bien, ¿verdad?
    Lucero pensó en ello durante unos momentos y luego negó con la cabeza.
    —No sé mucho sobre...
    —¿Por qué no?
    Se encogió de hombros.
    —Todo eso de que la tierra se mueva y te pase una corriente eléctrica cuando alguien te besa... es solo una manera de distraerse, ¿no te parece?
    —¿Distraerse de qué?
    —De la pregunta de si en verdad la persona con la que estás es la adecuada para pasar con ella el resto de tu vida.
    —Eres muy joven para ser tan cínica.
    —No creo que sea nada cínico. Creo que es sensatez.
    Lucero miró al fuego y pensó en su relación con Francisco. Ella había creído que todo marchaba bien... pensaba que tenían los mismos gustos. Y entonces, cuatro semanas antes, discutieron y ella descubrió que no solo no tenían los mismos gustos, sino que además eran por completo diferentes.
    ¡La había acusado de estar demasiado centrada en el trabajo! Eso había sido una estupidez... ella siempre le había dado importancia a su carrera profesional. Además, él no se había quejado de ello cuando había necesitado ayuda económica porque sus negocios iban mal. Ella fue la que sostuvo la mayor parte del peso de la relación durante casi un año. Y lo más curioso fue que, cuando él se estaba empezando a recuperar, se lo reprochó.
     
    Nunca entendería a los hombres, pensó enfadada. A ella no le había importado ayudarlo, haber estado a su lado tanto en el plano emocional como económico. No le había importado tener ella el sueldo más alto. Pensaba tan solo que los dos trabajaban juntos con la idea de comprarse la nueva casa.
    Y lo había amado. De acuerdo, no había habido fuegos artificiales entre ellos. Eso nunca. Había sido una sensación más relajada, más sólida. Pero a Lucero le gustaba que fuera así, que los dos tuvieran los pies sobre la tierra. Y había creído que Francisco pensaba lo mismo.
    La terrible discusión de hacía cuatro semanas había sido una sorpresa total. Había comenzado de manera inocente porque ella había regresado tarde del trabajo. Él le había reprochado que no le dedicaba tiempo suficiente, que se equivocaba en sus prioridades, que para ella era más importante el trabajo que él. Entonces, ella le había hecho un pequeño comentario sobre que necesitaba desarrollarse a nivel profesional y él se había puesto hecho una furia. Por algunos comentarios despectivos que hizo sobre su trabajo, Lucero se había dado cuenta de que Francisco estaba resentido por haberlo mantenido durante una temporada.
    Cuando ella le había sugerido que se sentaran y hablaran con tranquilidad, él había reaccionado de manera arrogante, desechando la idea y marchándose del apartamento.
    Había sido una discusión tan ridícula, que ella había pensado que él reflexionaría sobre ello y volvería para discutir las cosas de manera razonable. Pero Francisco no había vuelto. O, por lo menos, no mientras ella había estado. Cuando había vuelto del trabajo al día siguiente, se encontró con que él se había llevado todas sus cosas, sin dejar señal alguna de que habían estado compartiendo un año de sus vidas.
    —Pensé que a Francisco le gustaba que fuera independiente —comentó, girándose hacia Manuel—, Pero resultó que no le gustaba.
    Él se fijó en el aspecto frágil que presentaba Lucero. Nunca la había visto en tal estado, así que se sorprendió mucho. Ella era una persona que se controlaba siempre y que parecía muy fuerte.
    La muchacha apartó la vista y Manuel se quedó pensativo.
    —De todos modos, supongo que lo cierto era que estaba quedando con alguien. Una de mis amigas lo vio con ella hace poco —miró fijamente a Manuel—. ¡El amor! Creo que con el próximo hombre que conozca va a ser a lo que le dé menos importancia.
    Manuel entornó los ojos y la miró pensativo.
    —¿Y qué cosas pondrías primero en la lista?
    —El respeto mutuo, lo primero —cerró los ojos como si estuviera pensando en la pregunta—. Y que fuera alguien amable y atento.
    Él no pudo evitar pensar si la pasión figuraría en su lista. Tenía la sensación de que, bajo aquel aspecto profesional y sensato, ella debía esconder una faceta de increíble apasionamiento. Bajó los ojos y observó su cuerpo.
     
     
     
    Lucero, consciente de que él la estaba mirando con bastante atención, se puso colorada y se preguntó por qué demonios le había contado todo aquello.
    —Y ya basta de hablar de mí. ¿Dónde está hoy Marc-ela? —preguntó.
    —Ha estado trabajando en un caso importante toda la semana. Hoy han dado el veredicto y su cliente ha sido absuelto. Así que me imagino que lo está celebrando con todos los compañeros.
    —Debe ser difícil hacer coincidir vuestras apretadas agendas.
    —Sí, a veces es complicado —admitió él.
    En aquel momento, el reloj del pasillo dio las dos.
    —No sabía que era tan tarde —dijo Lucero, sorprendida.
    —Yo tampoco —replicó Manuel, sonriendo—. Para ser dos personas que no suelen hablar de su vida privada, creo que hemos recuperado parte del tiempo perdido.
    —Sí.
    —Y ha sido muy agradable.
    Ella se tomó el vino que le quedaba y pensó que Manuel tenía razón. Era un placer estar sentada a su lado hablando. Era una persona muy amable. La luz de la chimenea y los copos de nieve que caían silenciosos en el patio, daban a la escena un aire un poco romántico. El problema estaba en que ellos dos no eran las personas adecuadas. Él debería estar con Marcela y ella con Francisco, se dijo casi enfadada.
    Se giró hacia él y lo miró relajada, fijándose en que resultaba extremadamente sexy vestido de manera informal. Se preguntó de repente lo que sentiría si enredara las manos en su cabello negro y espeso antes de besarlo. De inmediato, trató de pensar en otra cosa. ¡Era su jefe! El hombre que la ponía nerviosa con su intensa mirada mientras le daba órdenes. ¿Se estaba volviendo loca o qué?
    Él la miró y esbozó una sonrisa. Fue una sonrisa tan cálida, tan atractiva, que la hizo sentirse aún más confusa. Manuel Mijares era un hombre impresionante, pensó, casi mareada. Pero si se enteraba de lo que acababa de pensar, seguro que se horrorizaría. —Es mejor que me vaya a la cama —dijo. —No hemos terminado la botella de vino —protestó él—. Quédate a tomar otra copa.
    —Mejor que no —dijo, levantándose.
    Manuel también se levantó educadamente.
    —Bien, buenas noches —dijo ella con una sonrisa en los labios.
    —Buenas noches —al decirlo, sus ojos encontraron los de ella y luego se posaron en sus labios.
    Lucero no se movió. Parecía como si algo la atara al suelo.
    Manuel extendió una mano y acarició un mechón de pelo que tenía sobre los ojos. Fue un gesto íntimo y el contacto de sus dedos la hizo sentir calor por dentro.
    —Estás preciosa con el pelo suelto. Lo deberías llevar así más a menudo.
    —Me estorba —respondió con el corazón latiéndole a toda velocidad.
    —Eres una mujer muy práctica. En tu modo de vestir y también en la manera en que piensas sobre las relaciones personales —esbozó una sonrisa—. Apuesto a que tienes tu colección de compactos ordenada alfabéticamente, ¿a que sí?
    —No, pero es una buena idea.
     
     
    Su voz se apagó al darse cuenta de que él se estaba acercando y la iba a besar.
    Ella podía haberse ido, pero no lo hizo. Le entró una especie de locura que la hizo inclinarse hacia delante, encontrarse con sus labios y responder a la suave presión de su boca.
    Estar entre sus brazos fue una sensación increíble. Los labios de Manuel la provocaban eróticamente al moverse sobre los de ella. Lucero notó que se apretaba contra ella y sintió cómo una oleada de excitación recorría su cuerpo. Quería estar más cerca de él. Deseaba que le acariciara por todas partes. Cuando sintió sus manos en la espalda, quiso más. Necesitaba sentirlas sobre su piel.
    Entonces, rodeó el cuello de él con sus brazos y el beso se hizo más profundo. Manuel exploraba su boca con una sabiduría que la estaba haciendo enloquecer. De repente, sintió las manos de él en la cintura y se dio cuenta de que le había sacado la blusa de la falda. La sensación de aquellas manos le produjo un hormigueo por todo el cuerpo.
    Deseaba que él le desabrochara la blusa. Quería sentir sus manos sobre los senos, que tenía hinchados por el placer y la excitación.
    Manuel la besó en la cara y luego bajó por el cuello de un modo totalmente desconocido para ella.
    Si continuaban así, sabía que acabarían haciendo el amor. Se acabaría entregando por completo a él y eso no estaría bien.
    Ese pensamiento la hizo volver a la realidad en medio de aquella tormenta de deseo.
     

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Jue Mayo 03, 2012 12:23 am

    Los ultimos capítulos decidí romperlos por que todo eso nada mas era uno solo!!! En esos capítulos se van conociendo un poco mas... Bueno se pone mejor y sigan leyendo si les gusta. Que pasarà después del beso??? Esperen al próximo capitulo!! Wink
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  IndiiCH el Jue Mayo 03, 2012 7:25 pm

    WTF? Como la deja ahíiiiiiiiiii, la améeeeeeeeeeeeeeeeeeee! Shocked Shocked
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  MilagrosLyM el Jue Mayo 03, 2012 8:28 pm

    subee otro caaaaapitulooo urgentemente Crying or Very sad
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  Camilaaa el Jue Mayo 03, 2012 9:08 pm

    weeeeeeey seguila, quiero saber que va a hacer la mushasha albino

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Jue Mayo 03, 2012 9:28 pm

    Capítulo 8

    SE APARTÓ de él completamente desorientada. Nadie la había besado así jamás. Nadie la había excitado tan rápida y salvajemente. Era increíble cómo había perdido el control de sí misma.

    —Me imagino que no debería haber hecho eso —murmuró Manuel con voz ronca.
    —No ha sido muy sensato —admitió ella, que apenas podía respirar—. Tenemos que seguir trabajando juntos...

    Los ojos de él miraron con fijeza la boca de ella, que, de repente, olvidó lo que estaba diciendo, incluso dónde estaba.
    Con un esfuerzo supremo, trató de apartarse.

    —Lo olvidaremos y le echaremos la culpa al vino y... —no podía pensar con claridad

    Su corazón seguía palpitándole a toda velocidad y sentía un deseo tan fuerte, que casi la asustaba.

    —Un momento de locura al final del día —dijo él, que, al contrario que ella, parecía tranquilo.
    Lucero intentó calmarse.
    —Sí, desde luego ha sido una locura, pero haremos como que no ha pasado nada.

    Era un alivio el haber conseguido que su voz sonara tan fría. No podía permitir que él supiera lo mucho que aquel beso la había afectado... sobre todo porque para él había sido una cosa sin importancia.

    Se dio la vuelta y trató de remeterse la blusa en la falda. Se encogió al recordar que había abrazado a Manuel, animándolo con ello a que siguiera acariciándola. ¿Cómo había sido capaz de comportarse con aquella desvergüenza? Y con su jefe, además.

    —¿Quieres que lleve estos platos a la cocina antes de irme a dormir?
    —No, ya lo haré yo después. Voy a quedarme aquí para terminarme el vino.
    —De acuerdo, buenas noches entonces.

    Hizo ademán de volverse hacia él, pero entonces recordó que todo había empezado cuando ella le había dicho buenas noches. Ojalá se hubiera ido sin decir nada.
    Se daba cuenta de que él la estaba observando con atención, pero no podía soportar mirarlo a la cara. ¿Qué estaría pensando Manuel? ¿Se habría simplemente divertido por lo que había pasado?

    —Buenas noches, Lucero. Que duermas bien.
    —Sí, estoy segura de que dormiré bien... estoy agotada.

    Fue un alivio escaparse a su habitación. Se sentó en la cama un momento, tratando de calmar su respiración y ordenar las ideas.
    ¿Por qué Manuel la había besado así?
    «Un momento de locura», había dicho... Quizá tenía razón. Se levantó y entró en el cuarto de baño para darse una ducha. Luego, como no tenía ningún camisón que ponerse, se deslizó desnuda entre las sábanas de la cama de matrimonio. Estaban frías y le sentaron bien a su piel excitada. Apagó la lamparilla de noche y luego se quedó tumbada, mirando a la oscuridad.

    Recordó la pasión del beso de Manuel. No había duda de que era un hombre muy sensual. No recordaba que Francisco la hubiera excitado así en ningún momento, y menos aún con un simple beso. ¿Qué sentiría si le hiciera el amor?
    El recuerdo de aquellas manos moviéndose sobre su piel hizo que su cuerpo se pusiera tan caliente, que se alarmó.
    Se dio la vuelta y hundió la cabeza en la almohada, ordenándose a sí misma dejar de pensar en ello. Solo estaba superando lo de Francisco; su corazón estaba roto en mil pedazos y quizá por eso había sentido aquello cuando Manuel la había besado. ¿Se estaría vengando de Francisco?
    Y de todos modos, fueran cuales fueran sus sentimientos. Manuel no sentía ningún interés por ella. Era imposible teniendo una novia tan guapa como Marcela. Lo de esa noche había sido un simple escarceo. Estaba cansado, no había comido lo suficiente... incluso quizá se había olvidado momentáneamente de con quién estaba.
    Cuando faltaba poco para el amanecer, se quedó al fin dormida. Pero tuvo sueños agitados en los que mezclaba a Francisco con Manuel. Cuando abrió los ojos, no podía recordar dónde estaba. Acostumbrada al ruido del tráfico que se oía desde su apartamento, notó un extraño silencio.
    Entonces, oyó unos pasos corriendo y las carcajadas de una niña. Recordó todo de golpe. Miró a ver qué hora era. ¡Casi las nueve y media!
    Estaba a punto de apartar la colcha y levantarse de la cama, cuando la puerta se abrió de forma brusca y apareció Beth.

    —Hola, Lucero.
    La niña mostró una sonrisa traviesa, pero se quedó en la puerta como si dudara de si iba a ser bien recibida.
    —Buenos días, Beth. ¿Cómo estás hoy? —preguntó Lucero, incorporándose y cubriéndose a la vez con la colcha.
    Beth entró en la habitación y Lucero vio que estaba vestida y bien peinada.
    —Ha parado de nevar y papá dice que podemos hacer un muñeco de nieve.
    —¡Qué bien! Como en navidad, ¿verdad?
    Beth, encantada con la comparación, asintió y luego se subió a la cama con ella.
    —¿Vas a venir a ayudarnos?

    Antes de que Lucero tuviera tiempo de contestar, Manuel apareció en la puerta. Iba con unos vaqueros y un jersey.
    —Beth, te dije que no despertaras a Lucero.
    La pequeña frunció el ceño y su labio inferior tembló un poco.
    —No pasa nada, Manuel, ya estaba despierta —intercedió enseguida Lucero.


    Trató de no sentirse incómoda cuando Manuel apartó la vista de la niña y la miró a ella. De repente, fue consciente de que tenía el pelo revuelto sobre la almohada y de que estaba desnuda bajo las sábanas.
    Él esbozó una sonrisa que produjo extrañas sensaciones en el corazón de Lucero.

    —Buenos días, Lucero. ¿Qué tal has dormido?
    —Me dormí nada más caer en la cama —mintió.
    —Bien. Voy a preparar el desayuno. Baja cuando estés lista.
    —Gracias. ¿A qué hora te vas a Manchester?
    —Tengo que cancelar el billete. Es imposible que el avión pueda salir —agarró a su hija de la mano—. Vamos, Beth, dejemos que Lucero se vista.
    Pero ella ignoró a su padre y miró a Lucero.
    —¿Después del desayuno construirás un muñeco de nieve conmigo? —preguntó de nuevo con los ojos muy abiertos.
    —No puedo, Beth. No tengo la ropa adecuada para salir a la nieve —explicó con dulzura—. Solo he traído la ropa con la que voy a trabajar.
    —Beth, no te lo voy a decir otra vez —dijo impaciente Manuel, que había salido y volvió a entrar en la habitación.
    —Oh, por favor, Lucero —suplicó la niña. Entonces, se subió corriendo a la cama al ver que su padre avanzaba hacia ella. Este la levantó con sus fuertes brazos y la pequeña echó a reír a carcajadas.
    —Por favor, Lucero —repitió mientras su padre se la ponía en el hombro y la sacaba de la habitación.
    —Le da igual lo que le diga, siempre hace lo que quiere —se quejó Manuel, aunque miró a Lucero con un brillo de humor en los ojos—. ¿Qué vas a hacer? ¿Te vas a quedar para jugar con nosotros?

    El modo en que él lo dijo hizo que el corazón se le detuviera un segundo. En especial, cuando fue consciente de cómo sus ojos estaban mirando su pecho, que al bajársele la colcha, había quedado en parte al descubierto.

    —De todos modos, no creo que puedas irte de momento —añadió Manuel—. Las máquinas quita nieve no han empezado a limpiar las carreteras —llegó a la puerta y se volvió—. Si quieres ropa de más abrigo, puedes echar un vistazo en los armarios del fondo. Mi hermana suele dejar allí ropa que le sobra y estoy seguro de que no le importará que te pongas algo. Debes de tener la misma talla.

    Entonces fue a buscar ropa y luego se oyó un golpe en la puerta.
    Era Manuel y, al verla, pareció sorprendido. La miró de arriba abajo con un descaro que la hizo sonrojar.

    —Muy bonito —comentó con voz ronca—. Francisco está al teléfono —añadió antes de que a ella le diera tiempo a contestar nada.
    —¿Francisco? —de inmediato se olvidó de todo. Su corazón se detuvo y sus mejillas palidecieron.

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Jue Mayo 03, 2012 9:31 pm

    Capitulo 9

    —Que Quiere? —Dijo ella
    —No lo sé —contestó Manuel con ironía—. No creo que sea yo quien tenga que preguntarle nada.
    —No, claro —sacudió la cabeza—. Lo siento. Es solo que me ha sorprendido que me llamara. Y, además, aquí.
    —Bueno, te llamaba muchas veces aquí cuando venías a trabajar.
    —Sí, pero no hemos hablado desde que se fue.
    —Entiendo. Puedes hablar desde mi dormitorio si prefieres estar a solas —Manuel señaló una puerta que había al otro lado del descansillo.
    —Sí... gracias.
    Lucero se sentó en el borde de la cama de Manuel y tomó aire varias veces antes de descolgar. Era una estupidez ponerse nerviosa por hablar con Francisco.

    —Hola, cariño. ¿Cómo estás?
    —¿Cómo crees que puedo estar? Un poco sorprendida por tu repentina partida, sin mencionar otras sorpresas que me esperaban.
    —Lo siento, Lucero —replicó él con voz segura—. Me pasé ayer por tu casa para verte y, como no contestabas, me senté y esperé. Estuve toda la noche y luego me empecé a preocupar por si te había pasado algo.
    Ella sintió una inmensa rabia.
    —Desapareces hace cuatro semanas sin decir nada y ahora te preocupas porque no fui a casa ayer —contestó con frialdad—. No sigas hablándome como si fuera estúpida, Francisco.
    —Estaba muy preocupado, Lucero. Pensé que quizá habías tenido un accidente con la nieve. Llamé a todos tus amigos y estaba empezando a desesperarme cuando llamé a tu jefe. A propósito, ¿qué haces ahí? No te quedarás a trabajar todo el fin de semana, ¿verdad?
    Había un tono en su voz que no le gustó a Lucero.
    —Eso ya no es asunto tuyo.
    —No te enfades, Lucero... Siento cómo ha sucedido todo, de verdad. Sé que debería haberme sentado tranquilamente a discutir las cosas contigo, en vez de salir corriendo.
    —Dime, Francisco, ¿te marchaste por la pelea que tuvimos o por la chica de la que me han hablado?
    —No te dejé por ninguna otra —contestó él con rapidez.
    —Oh, vamos, Francisco. Mis amigas te vieron con ella la semana pasada. Una morena guapa de unos veintitantos años. ¿No te suena?
    Él se quedó un momento en silencio y luego dio un suspiro.
    —De acuerdo, hay otra. Pero no es una relación seria — admitió con cautela—. Simplemente, siento que ahora necesito lo que ella me ofrece. No es tan fuerte como tú... me necesita. Y me gusta lo que me hace sentir.
    —Bien, pues me alegro por ti —contestó ella sin poder evitar sentirse herida.
    —Sacaste el dinero destinado a pagar facturas? —Lucero se pasó la mano distraídamente por el cabello—. En este momento, tengo un montón de reclamaciones por no haberlas pagado.
    —Escucha, saldrás de ello, ¿verdad, Lucero? Tienes un buen trabajo y eres muy fuerte. Además, te lo devolveré en cuanto pueda. Mientras tanto, tenemos que vernos para resolver otras cuentas conjuntas. El depósito que pagamos para la nueva casa...
    —Como no vamos a comprarla ya, lo perderemos —replicó en tono seco.
    —Por eso... Estaba pensando en comprarla yo y necesito tu firma.
    —¿Por eso estabas tan preocupado anoche? ¿Y por eso me llamas a casa de mi jefe?
    —Bueno, es una cosa importante. No tenemos por qué perder el depósito —Francisco comenzó a hablar como un niño que se siente incomprendido.

    Lucero iba a contestarle que, de todas maneras, había sido ella quien había pagado el depósito de la casa, pero se detuvo. No le gustaba hablar de aquel tipo de cosas. Además, no serviría de nada.

    —He estado en el banco y me van a conceder una hipoteca, por eso es normal que la compre yo solo.
    —¿Y cuándo piensas hacerlo?
    —Ya te he dicho que, en cuanto pueda, te pagaré todo lo que te debo. Pero ahora tenemos que solucionar lo de la casa... y deprisa porque, si no pago el próximo plazo, lo perderé todo. Necesito que tú firmes algunos papeles...
    —Me lo pensaré.
    —¿Qué quieres decir con eso de que te lo pensarás? —contestó, enfadado.
    —Y mientras tanto, quiero que me devuelvas las llaves de casa —añadió ella con calma.
    —Oye, Lu...

    Ella colgó. Luego se quedó un rato sentada en la cama, mirando a su alrededor. Se sentía perdida.
    Francisco Xavier era un canalla. Se había marchado con todo el dinero y la había dejado cargada de deudas.
    Había pensado que era diferente de los otros hombres, había creído que podía confiar en él. Por eso había bajado la guardia y hasta había aceptado casarse con él.

    —Un gran error por tu parte —dijo en voz alta—. Concéntrate en tu trabajo y olvídate de los hombres.
    Pero, ¿y qué pasaba con los hijos? Tenía tantas ganas de formar una familia, que la necesidad la quemaba por dentro.
    —¿Todo bien? —era la voz de Manuel desde la puerta.
    —Sí, bien —trató de sonreír, pero fue un intento fallido.
    Él entró en la habitación y se sentó a su lado. —Si quieres hablar de ello, adelante. —No hay nada que hablar, aparte de que tengo muy mal gusto para los hombres. Manuel esbozó una sonrisa.
    —No lo digo en broma, no. Lo único que le importa a Francisco es que va a perder el depósito que dimos para la casa que íbamos a comprar a medias. Así que ha intentado convencerme de que no va en serio con la chica con la que sale, pero a mí me parece que sí... Puede que quiera irse a vivir allí con ella.
    —Piensa que estás mejor sin él, Lucero. Tú te mereces algo mucho mejor.

    Ella estuvo unos segundos sin poder hablar y luego esbozó una sonrisa temblorosa al encontrarse con los ojos de Manuel.

    —Sí, mi príncipe azul vendrá en cualquier momento a rescatarme.
    Ambos echaron a reír.
    —Y prefiero que llegue antes de la boda de mi hermana.
    —No sabía que tenías una hermana.
    Ella asintió.
    —Se llama Mariana. Tiene veintidós años y es en realidad mi hermanastra. Se va a casar en mayo, por eso te pedí unos días. Iré a la casa donde me crié, en Dublín.
    —Eso parece divertido.
    Lucero no contestó nada.
    —¿Por qué no vienes abajo y desayunas algo? —preguntó Manuel con amabilidad.
    Ella hizo un gesto negativo con la cabeza.
    —Creo que no podría comer nada en este momento. Me siento un poco mal.
    —No te sientas mal. Eres lo suficientemente fuerte para no dejarte afectar por alguien así.
    —¿Cómo lo sabes? —preguntó.
    Manuel sonrió,
    —Te he visto trabajar en la empresa y sé que eres una persona muy fuerte.
    —Francsisco opina lo mismo, pero...
    Estuvo a punto de decirle que no era cierto, que era todo una farsa y, entonces, sonrió y cambió de opinión. Lucero Hogaza nunca admitiría algo así y no iba a dejar que los gustos de Francisco Xavier la deprimieran.
    —Sí —admitió al final—, quizá tengas razón.
    Levantó la barbilla, decidida.
    —Por supuesto que tengo razón. Hace semanas que Francisco te ha dejado y nunca te has derrumbado. Ni siquiera has faltado al trabajo diciendo que estabas enferma.
    —Claro, olvidaba que eres mi jefe. ¡Lo más importante para ti es que no he faltado nunca al trabajo!

    Hizo un gesto con la cabeza y sus ojos brillaron un momento.

    —Bueno, por lo menos he conseguido que recuperes tu sentido del humor —dijo él, acariciándole con suavidad la mejilla y mirándola fijamente a los ojos.

    En ese momento, Lucero se dio cuenta de lo cerca que estaban el uno del otro... y del roce de sus manos en su piel. Lo miró a los ojos y sintió que algo se despertaba en su interior.

    —¿Papá?
    La voz de Beth desde el piso de abajo rompió la intimidad del momento. Manuel se apartó de ella.
    —Voy a ver qué quiere. Ven cuando estés lista.

    Lucero se quedó un momento más en la cama y después fue a su cuarto
    Iba con la intención de pintarse un poco los labios, pero al ver lo provocativo que era el jersey, se lo quitó y buscó en el armario algo con el cuello más alto.

    —Siéntate —le pidió Manuel, señalándole un lugar al lado de Beth—. ¿Te apetece té o café?
    —Lo que tú estés tomando.
    —He hecho las dos cosas —puso las dos tazas sobre la mesa y la miró—. ¿Estás mejor?
    —Sí, estoy bien —contestó, sonriendo.
    Él abrió el homo, sacó una bandeja y se la puso delante.
    —Aquí tienes. Come, que te sentará bien.
    —¿Crees que estás alimentando a un regimiento? —preguntó Lucero, mirando su plato con ojos desorbitados—. Si me comiera todo esto tendría el tamaño de esta casa. Suelo desayunar solo cereales.
    —Nosotros también. Pero como es el fin de semana, hay que relajarse un poco —Manuel se sentó a su lado—. Además, necesitamos recobrar fuerzas para construir el muñeco de nieve.

    El se dio cuenta de que se había quitado el jersey ceñido y se había puesto otro como el que su hermana podría utilizar para lavar el coche.
    Ella lo miró y, al ver que la estaba observando, sonrió.

    —¿Vas a ayudarme a construir el muñeco de nieve? —preguntó Beth, entusiasmada.
    Lucero dejó de mirar a Manuel.
    —Claro, Beth.
    —Mi amiga Rachael hizo uno en Navidad y le puso el abrigo y el sombrero de su padre.

    Mientras se servía una taza de té y escuchaba la cháchara de Beth, Lucero pensó en lo que animaba tener un niño al lado. Aunque además de esa sensación, notaba otra muy diferente, y que la hacía sentirse consciente de sí misma cada vez que miraba a Chris.

    —¿Va Rachael a tu colegio?
    —Sí, se sienta a mi lado. Tiene dos hermanos y un perro... y dos mamas. Una madrastra y una madre de verdad —Beth dio un suspiro—. Tiene mucha suerte. Y su madre tiene un novio que se llama Pete. Es rubio y sabe hacer helados.
    Lucero vio por el rabillo del ojo que Manuel estaba sonriendo.
    —Si has terminado de desayunar, Beth, puedes ir a por tus botas para salir al jardín.
    La niña se levantó de la silla y salió de la cocina corriendo.
    —Si se queda más tiempo, te cuenta toda la historia de Rachael —dijo Manuel.
    —¿Le quedaba mucho?
    —Claro, un culebrón resultaría aburrido a su lado.
    Ella soltó una carcajada.
    —Antes de que lo olvide, Lucero, he cambiado mi viaje a Manchester para el viernes que viene. Quizá necesite que vengas conmigo.
    —De acuerdo. Lo escribiré en la agenda el lunes.
    Él miró el plato de ella.
    —¿Has terminado?
    —Está todo muy rico, Manuel, gracias. Pero no me entra nada más.
    —No estarás haciendo dieta, ¿verdad? —preguntó de repente.
    Ella lo miró y arqueó una ceja.
    —No, pero gracias por preguntar.
    Manuel esbozó una sonrisa.
    Manuel se preguntó si ella habría perdido el apetito por la llamada de Francisco. A pesar de la sonrisa valiente con que lo había mirado, parecía triste. Y la había visto muy perdida después de colgar. Le apetecía insistirle en lo mucho que la había perjudicado Francisco y en que tenía suerte de haberse librado de él. Pero se iba a esforzar por no hacerlo. Quizá no era lo que ella necesitaba en aquel momento.

    —¿Por qué no me cuentas más cosas sobre la boda de tu hermana?
    —No hay mucho que contar. Creo que va a ser un gran acontecimiento y yo seré la madrina principal —hizo una mueca—. Espero que no hayan elegido un vestido demasiado feo. Me imagino con un traje rosa, lleno de volantes y me da pánico.
    —Estarías muy atractiva con algo rosa con volantes. Estoy seguro —afirmó Manuel sonriente.
    —No, hazme caso. No estaría bien —dijo Lucero con firmeza—, pero es el día más importante de Mariana y ya le he dicho que me pondré lo que ella quiera. Además, hace mucho tiempo que no voy a casa, así que me dejaré llevar.

    Iba a seguir haciéndole preguntas, pero Beth llegó corriendo con una bufanda de lana al cuello y sus botas de cuero.
    —Necesitas también el abrigo, Beth —dijo, riéndose, Lucero—, pero estás guapísima. Vamos arriba y te termino de preparar, ¿de acuerdo?
    La niña la agarró de la mano con suma alegría.
    —Tengo un abrigo rosa y otro azul.
    — No tardaremos nada, Manuel. —Dijo Lucero
    —Gracias, no hay prisa —respondió él.

    Las vio salir de la cocina. Lucero se llevaba muy bien con su hija... la trataba con naturalidad y cariño. Era evidente que por eso Beth se sentía bien con ella.

    Todo en Lucero era una revelación, pensó, aturdido. Y en cuanto al beso de la noche anterior, lo había descontrolado por completo. Su intención había sido, en principio, solo rozar sus labios; pero, una vez que la hubo besado, fue incapaz de apartarse. Esa mañana la habría besado también. Era como si se sintiera atrapado por un hechizo y, en cualquier caso, en aquel fin de semana la relación entre ellos había cambiado para siempre.

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  lauriita29 el Jue Mayo 03, 2012 9:33 pm

    nenas!!! ay tienen dos capitulos!!! yo digo como que en 3 mas se pone......para que les cuento! Wink disfruten!
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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

    Mensaje  MilagrosLyM el Vie Mayo 04, 2012 12:16 am

    ya quiero leer los demaaaasss

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    Re: La Secretaria Del Millonario (ADAPTADA)

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