Spaw's por siempre♥


    En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

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    CarmenGabriella
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  CarmenGabriella el Miér Abr 25, 2012 8:31 pm

    Capitulo 18


    Manuel inclinó la cabeza para besar la comisura de sus labios y ella contuvo el aliento. Luego mordió su labio inferior, manteniéndolo cautivo con una ternura insoportable.
    Era cierto. ¿Para qué luchar contra lo inevitable? Amaba a su ex marido, seguramente lo amaría siempre.
    Y no había nada más que decir.
    —Yo no quiero hacerte daño, Lu —murmuró, tomándola en brazos—. Nunca he querido hacerte daño.
    Cuando llegaron a la habitación, a oscuras, Manuel la dejó sobre la cama y empezó a desnudarla con manos temblorosas.
    —Lo haré despacio, con mucho cuidado —dijo en voz baja, deslizando la mano entre sus piernas.
    —Pero quiero sentirte dentro —dijo Lucero.
    Y Manuel obedeció. Con cuidado, sujetándose al borde de la cama para no llegar demasiado dentro, mirándola a los ojos.
    Era tan maravilloso sentirlo así. La llenaba tan completamente, su cuerpo recibiéndolo como si volviera a casa después de una larga ausencia.
    Lucero arqueó la espalda para recibirlo mejor, pero aun así no era suficiente. Estaba a punto de suplicarle que se dejara ir, que se perdiera en ella, cuando Manuel metió la mano entre sus cuerpos para acariciar la delicada perla de su deseo. Lucero saltó al notar el contacto, todos los músculos de su cuerpo en tensión, preparándose para llegar al paraíso.
    De repente, estaba allí, al borde del precipicio, a punto de caer en un éxtasis en el que el pensamiento consciente no tenía sitio.
    Pero volvió a la realidad a tiempo para sentir que él explotaba en su interior, sus jadeos la única pista del placer que le había dado.
    Sólo entonces Lucero se dio cuenta de cómo se había traicionado a sí misma. Había vuelto a hacerlo, había dejado que Manuel la usara a placer, cuando quiso, como quiso… Sólo lo había hecho para demostrar que podía hacer con ella lo que quisiera.
    Lucero se levantó de la cama y, con toda la dignidad posible, buscó su ropa en el suelo.
    —¿Dónde vas? ¿Qué pasa?
    —¿Tienes que preguntarlo?
    —¿Te da vergüenza desearme? —preguntó Manuel.
    —¡Claro que me da vergüenza! No estamos casados y… y…
    —Estamos esperando un hijo.
    —¡Y nos odiamos! Es… es…
    —Natural.
    —¡Es completamente antinatural! —insistió Lucero—. Tú no sientes nada por mí. Nada más que el más básico deseo animal y no…
    —¿No qué?
    —No tenías derecho a hacerlo. No tenías derecho a seducirme, prometiste no hacerlo.
    —Espera un momento —dijo Manuel entonces—. ¿Cómo que te he seducido? ¿Quién era la que insistía en tenerme dentro…?
    —¡Cállate! No me hagas sentir peor.
    —¿Se puede saber qué te pasa? ¿No es un poco tarde para hacer el numerito de la virgen indignada?
    —¿Cómo has podido usarme de esa forma? —le espetó Lucero.
    —No te he usado, Lu —suspiró él.
    —Sólo te has acostado conmigo para demostrar que podías hacerlo.
    —Podrías haberme detenido en cualquier momento.
    —¿Cómo? No puedo pensar cuando me tocas.
    —Y eso es lo que no puedes soportar, ¿no? ¿Por qué te asusta tanto desearme? ¿Por qué te da miedo necesitarme?
    —¡Yo no te necesito! Me has pillado en un momento de debilidad… nada más. La próxima vez no seré tan tonta.
    —Yo no he dicho que lo fueras.
    —No tienes que hacerlo.
    Manuel se pasó una mano por el pelo.
    —Parece que tu objetivo en la vida es apartar a todo aquél que se acerca demasiado. ¿Por qué haces eso? ¿Tiene algo que ver con tus padres?
    —No me gusta hablar de ese tema…
    —Ya sé que no te gusta hablar de eso, pero en algún momento tendrás que enfrentarte con los problemas que trajiste a nuestro matrimonio. Siempre dices que rompimos por mi culpa, pero empiezo a preguntarme si eso es verdad.
    —Nuestro matrimonio se rompió porque tú pusiste tu carrera por delante de todo lo demás.
    —O me cuentas qué pasó con tu familia o haré lo que sea necesario para enterarme, Lucero —la amenazó Manuel entonces.
    —Haz lo que te dé la gana —replicó ella.
    —¿Por qué no quieres contármelo?
    —¿Por qué no me dejas en paz?
    —¿Qué escondes?
    —Nada.
    —Mira, Lu, ninguna familia es perfecta.
    —La tuya dice serlo.
    —Mi familia no es perfecta en absoluto, aunque yo he tardado mucho tiempo en darme cuenta —suspiró Manuel—. Y no sabes cuánto lo lamento.
    Había algo en su tono, en su forma de mirarla, que la animó a hablar.
    —Mi padre dejó a mi madre cuando yo tenía diez años. Aparentemente, se había enamorado de su secretaria. Mi madre se quedó destrozada, absolutamente deprimida; una depresión que aumentó con el paso de los años, de la que nunca pudo salir. Un día, cuando yo tenía dieciséis años, volví del colegio y me la encontré en la bañera… se había cortado las venas. Yo pensé que si no me hubiera quedado tomando un helado con mis amigas habría podido impedirlo… Fin de la historia.
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    MilagrosLyM
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  MilagrosLyM el Miér Abr 25, 2012 11:00 pm

    como la dejas asiii? te matare jaja
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  IndiiCH el Jue Abr 26, 2012 9:00 pm

    Ayer leí y no pude comentarssssssssssh!
    Diojjj Carmen sube máaaaajjjjj!
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  Mceleste el Jue Abr 26, 2012 9:09 pm

    que Generosa Carmen que sube 3 cap por dia(?)
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  Yamii PastHogaza el Sáb Abr 28, 2012 11:45 pm

    Quiero más capitulos!! Me encantaa!!! =D
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  isabel_guevara el Dom Abr 29, 2012 2:35 am

    Hasta el lunes sera la espea wey¬¬
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  CarmenGabriella el Mar Mayo 01, 2012 2:22 pm

    Me han de odiar por dejar donde dejé la historia JAJAJA pero las tareas no me dejaban chance libre, y cuando si puede, el foro no me dejaba entrar :S Pondré dos ahorita, si me da chance subo 2 o 3 mas en la noche.


    Capitulo 19

    Dedicado a Beatrice Very Happy

    Manuel tragó saliva, impresionado.
    —Lu, ¿por qué nunca me lo habías contado?
    —¿Por qué iba a hacerlo?
    —Porque soy… era tu marido. Debería haber sabido eso.
    —No me gusta que la gente sienta compasión por mí. Acabé harta del: «Ahí va la pobre chica cuya madre se suicidó». ¿Sabes lo que es eso? ¿Que te miren, que te señalen con el dedo?
    —¿Se lo has contado a alguien? —preguntó Manuel—. ¿A Eliza?
    —No. Conocí a Eliza en la universidad… Ninguno de mis amigos conoce la historia.
    —Debió ser horrible para ti, una pesadilla.
    —Lo fue, pero ya ha pasado. Ocurrió hace mucho tiempo.
    —¿De verdad ha pasado?
    Lucero apartó la mirada.
    —Sí.
    —¿Y tu padre? ¿Has vuelto a verlo alguna vez?
    —No lo he visto ni quiero verlo. No sólo dejó a mi madre, me dejó a mí también.
    MAnuel apretó los labios, pensativo.
    —Creo que empiezo a entender por qué nuestro matrimonio estaba destinado al fracaso.
    —¿Qué quieres decir?
    —Tu inseguridad deja poco espacio a la confianza. Tu padre abandonó a tu madre y, como resultado, para ti todos los hombres son como él, unos oportunistas dispuestos a hacer lo que sea, a herir a quien haga falta para conseguir lo que quieren.
    —O sea, que es culpa mía que nuestro matrimonio fracasara, ¿no? ¿Y tú qué?
    —No he dicho que fuera culpa tuya, Lucero. Pero si hubiera sabido esto cuando nos casamos, las cosas habrían sido distintas.
    —¿Ah, sí? ¿Cómo?
    —No sé, quizá te habría escuchado más… creo recordar que entonces eso no se me daba muy bien.
    Lucero se quedó sorprendida por la confesión.
    —Supongo que estaba tan cegado por lo que sentía por ti que no vi lo que nos estaba pasando. Y, como tú misma has dicho muchas veces, estaba demasiado centrado en mi carrera. Tenía un objetivo frente a mí e iba directo hacia él. Como tú, hacía lo que había visto en mi familia.
    —Los dos hemos cometido errores —murmuró Lucero.
    —Y supongo que el truco es no volver a cometerlos.
    —Sí —Manuel asintió con la cabeza. Ahora entendía por qué el matrimonio le había parecido tan sofocante, por qué se encontraba tan incómoda con su familia. Su lucha por ser independiente era una lucha vital; no quería depender de nadie como había hecho su madre porque quería sobrevivir.
    —Lu… —la llamó cuando ella abrió la puerta.
    —Necesito estar sola un rato.
    Fue la bofetada que sabía se merecía. Pero le dolió de todas formas.
    —Entiendo.
    La puerta se cerró, pero Manuel sabía que pasarían horas, quizá días, hasta que su perfume desapareciera de la habitación.


    Lucero esperó hasta que Manuel salió de casa al día siguiente para bajar a la cocina. Sabía que estaba siendo una cobarde, pero cada vez que recordaba lo que había pasado la noche anterior se moría de vergüenza.
    ¿Cómo podía haber vuelto a cometer el mismo error? No significaba nada para él, sólo era sexo, pero para ella lo era todo.
    No sólo le había entregado su cuerpo, le había ofrecido su alma. Y Manuel la había pisoteado como hizo su padre con su madre, como Aidan Dangar estaba haciendo con Eliza.


    La visita a su amiga por la tarde no la animó en absoluto.
    —¿Cómo que no has ido al médico? Me prometiste que irías.
    Eliza sacó un cigarrillo.
    —Se me olvidó.
    —¿Que se te olvidó? Te llamé esta mañana para recordártelo.
    —Cambié de opinión.
    —Eliza, eso es ridículo. Tú quieres conservar a tus hijos, ¿no?
    —Claro que sí.
    —Pues es ahora cuando empieza la batalla. ¿Es que no te das cuenta? Tienes que estar sana, fuerte, eso es lo más importante. Ningún juez te dará la custodia de los niños si no puedes demostrar que eres capaz de cuidar de ellos…
    —Sabía que te pondrías de parte de Manuel. ¿Qué ha hecho para convencerte, meterse en tu cama?
    Lucero levantó los ojos al cielo.
    —¿Por qué dices eso? Yo estoy de tu parte, quiero que te quedes con los niños, Eliza. ¿Sabes una cosa? Voy a llamar a la consulta ahora mismo. Y vas a ir conmigo, quieras o no. Aunque tenga que llevarte a rastras.
    Media hora después, salían de la casa. Eliza no iba de buen grado, pero al menos había aceptado consultar con el médico.
    Una hora después, su amiga salía de la consulta con un algodón en el brazo y una sonrisa en los labios.
    —¿Qué?
    —Tenías razón, el médico opina que tengo un desequilibrio hormonal. Los resultados del análisis tardarán unos días, pero cree que podría ser algo llamado la enfermedad de Grave. Por lo visto, es muy normal después de un embarazo.
    —¿Y cómo se trata?
    —Con pastillas. Y, a veces, con una operación para extirpar una parte de la glándula tiroides.
    —Tienes que decírselo a Aidan lo antes posible —insistió Lucero.
    Eliza levantó una ceja.
    —Voy a tomar prestada una frase tuya de hace cinco años: «No quiero volver a ver a mi marido mientras viva».
    Lucero no dijo nada. Algunas frases dejaban de tener sentido mucho antes de lo que uno hubiera esperado.

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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  CarmenGabriella el Mar Mayo 01, 2012 2:37 pm

    Capitulo 20

    Durante el resto de la semana, Lucero se percató de que Manuel hacía un esfuerzo por mantener las distancias. Se trataban con amabilidad, pero él volvía tarde a casa, casi siempre cuando ella ya se había ido a la cama.
    Lucero esperaba despierta para oír sus pasos, deseando tener el valor de enfrentarse con él para decirle cuánto lamentaba los errores del pasado.
    Cada noche, cuando oía el grifo de la ducha en su cuarto de baño, se atormentaba imaginando su cuerpo desnudo bajo el agua y tenía que hacer un esfuerzo para no saltar de la cama y reunirse con él, como había hecho tantas veces cuando estaban casados.
    La realidad era que se sentía sola, más sola que nunca.
    Qué diferente habría sido todo si estuvieran juntos de nuevo, si pudieran hacer planes para el futuro de su hijo. Qué diferente si fuese el amor lo que los uniera y no la responsabilidad de ser padres.
    El viernes por la noche, Lucero decidió ir al cine en lugar de quedarse en casa esperando… nada. Pero no veía las imágenes, no oía las voces de los actores. Sólo podía pensar en Manuel.
    Cuando se encendieron las luces y se levantó del asiento sintió algo en su interior, como las alas de una mariposa atrapada en un tarro de cristal. Era su hijo.
    El hijo de Manuel.

    Estaba metiendo la llave en la cerradura cuando la puerta se abrió de un tirón. En el pasillo estaba él, furioso.
    —Supongo que no tengo derecho a preguntar dónde has estado las últimas —Manuel miró su reloj—cinco horas.
    —En el cine —contestó Lucero.
    —¿Con quién? —insistió Manuel.
    —Yo podría preguntarte lo mismo cada noche, pero no voy a fingir que estoy interesada —replicó ella.
    —¿Qué significa eso?
    —Que sólo son las diez y media y tú has vuelto a casa toda la semana después de medianoche.
    —Estaba trabajando.
    —¿Ah, sí? ¿En qué, en tu nueva vida amorosa?
    —¿Qué estás diciendo? ¿Cómo voy a tener una vida amorosa si ahora… si ahora tú estás aquí?
    —¿Y qué clase de relación es la nuestra, Manuel? Cuéntamelo otra vez, porque no me he enterado.
    —Tú lo sabes muy bien.
    —A ver si me acuerdo… ah, sí. Estoy embarazada y tú me has chantajeado para que viviera en tu casa. ¿Cómo podría olvidarlo?
    —Estás siendo muy poco razonable.
    —¿Yo estoy siendo poco razonable?
    —Mira, Lucero, yo sólo intento hacer lo que debo…
    —¿Ah, sí? Lo que deberías hacer es dejarme en paz.
    Manuel se cruzó de brazos.
    —Muy bien. Veo que tienes ganas de pelea, así que empieza cuando quieras.
    —¡No puedo creer la cara que tienes! Llevo toda la semana sola en casa y para un día que se me ocurre ir al cine tú estás a punto de llamar al FBI. Tú puedes llegar a la hora que quieras, pero si yo llego tarde tenemos una bronca. Esto me suena…
    —¿Qué película has visto?
    Lucero lo miró, perpleja.
    —Pues… no me acuerdo. La verdad es que no me interesaba nada.
    —Ya, claro.
    —¡Que he estado en el cine!
    —Sí, ya.
    —Lo que pasa es que, cuando estoy estresada, no me acuerdo de los títulos.
    —Te creo —dijo Manuel entonces.
    —Estaba distraída, no me acuerdo de la trama. Estaba pensando en otras cosas.
    —¿Qué cosas?
    —¿Qué es esto, un interrogatorio de los tuyos? ¿Por qué no me cuentas dónde has estado tú todos estos días? —replicó Lucero.
    —¿Por qué no me has dicho que no ibas a la oficina?
    —No sé, a lo mejor porque nunca estás en casa el tiempo suficiente como para oír una frase completa.
    —¿Me has echado de menos? —preguntó Manuel.
    —¡No! No te he echado de menos.
    —Entonces, ¿por qué quieres saber dónde he estado?
    —Pues… no sé por qué tengo yo que decirte dónde voy o dejo de ir si tú no haces lo mismo.
    —Ya te he dicho que estaba trabajando. Si no me crees, puedes llamar a mi secretaria.
    —Ella dirá lo que tú le hayas pedido que diga —replicó Lucero, sarcástica.
    —Te equivocas. Elaine piensa que soy un idiota por haberte tratado como te traté cuando estábamos casados.
    —¿Ah, sí?
    —Y dice que eres muy simpática, que no entiende por qué te casaste conmigo.
    —Qué chica más inteligente.
    —Claro que no le he contado el episodio de los jarrones —dijo Manuel entonces.
    —Muy gracioso. ¿Por qué no clavas los muebles al suelo, por si acaso se me ocurre añadir una librería a mi repertorio?
    —No creo que pudieras tirarme nada más grande que un tiesto.
    —Pues te equivocas, soy muy fuerte.
    Manuel sonrió mientras se acercaba.
    —¿Qué haces?
    —Quiero tocarte, para ver si siento al niño.
    Lucero dejó que pusiera la mano en su abdomen.
    —¿Tú sientes algo?
    —Lo he sentido en el cine. Eran como alas de mariposa.
    —¿En serio?
    —Sí.
    —¿Te has preguntado alguna vez a quién va a parecerse?
    —Sí.
    —Yo también. Me imagino una niña con el pelo castaño… y un carácter de mil demonios.
    —Pues yo me imagino un niño de pelo negro y empaque arrogante.
    Manuel soltó una carcajada.
    —¿Te da miedo el parto? —preguntó después.
    —Un poco. A veces… no sé, me gustaría que viviera mi madre. Me gustaría hablar con ella de todo esto.
    Él asintió, pensativo.
    —Yo estaré a tu lado.
    —Sí, pero ¿durante cuánto tiempo?
    —¿Cómo? Tú sabes que yo quiero a este niño.
    —Al niño, sí.
    —¿Crees que no quiero saber nada de ti?
    Lucero hizo una mueca.
    —No soy precisamente la mujer de tus sueños, ¿no?
    —Lu…
    —No, déjalo. No me insultes fingiendo que te importo tanto como el niño. Sé lo que va a pasar en cuanto nazca.
    —Entonces, a lo mejor te gustaría compartirlo conmigo —dijo Manuel—. Porque no sé de qué estás hablando.
    —¿Cuánto tiempo tardarás en pedir la custodia?
    —¿Crees que yo haría eso?
    —¿No lo harás?
    —Claro que no.
    —Lo has hecho por otros hombres —le recordó Lucero—. ¿Cómo está Aidan Dangar, por cierto? ¿Habéis estado planeando aniquilar a Eliza durante esta semana?
    —Mira, sé cuál es mi reputación… y quizá me la merezco, pero después del divorcio estaba resentido con cualquier mujer que quisiera hacer sufrir a su marido…
    —¿Crees que yo quise hacerte sufrir? —lo interrumpió Lucero.
    —Quizá no lo hiciste a propósito, pero no puedes negar que estabas amargada y me lo pusiste muy difícil.
    —Como tú a mí. Yo puse todo lo que pude en nuestro matrimonio, dejando mi carrera a un lado para que tú pudieras brillar en la tuya. Al final, no me quedó más remedio que marcharme para no acabar como mi madre.
    —La situación de tu madre era completamente diferente —replicó Manuel—. No tenías por qué haber tirado la toalla, podríamos haberlo intentado…
    —¿Cómo? ¿Olvidándome de mi carrera, quedándome en casa como hizo tu madre? Yo me habría vuelto loca yendo todos los días a la peluquería.
    —Mi madre es de otra generación, Lucero.
    —Sí, claro, y por eso insistías en tener hijos.
    —Pensé que… no sé qué pensé, que así serías más feliz. No quería perderte.
    —Pero cuando te dije que quería el divorcio no pusiste ninguna pega.
    —Los hombres tenemos nuestro orgullo, Lucero —suspiró Manuel—. Bueno, voy a ducharme. La señora Fingleton ha dejado algo en el horno para ti.
    Ella dejó escapar un suspiro mientras lo veía subir la escalera, deseando llamarlo…
    La había amado una vez. ¿Podría volver a amarla?

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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  isabel_guevara el Mar Mayo 01, 2012 3:01 pm

    Que beshos y Orgullosos Neutral Pero esta ¡Buenisima!
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  Camilaaa el Mar Mayo 01, 2012 8:11 pm

    WEEEEEEEEEEEY, AMO ESTA WN :')
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  IndiiCH el Mar Mayo 01, 2012 8:28 pm

    Que orgullo del diablo el de estos dos Neutral contiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  Yamii PastHogaza el Miér Mayo 02, 2012 12:08 am

    Esta WN me ENCANTA!
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  CarmenGabriella el Miér Mayo 02, 2012 6:42 pm

    Capitulo 21


    Lucero despertó de un sueño ligero y cargado de pesadillas al oír ruido en el piso de abajo. Sin pensar, se puso la bata y bajó a la cocina.
    —Hola. ¿No podías dormir? —preguntó Manuel.
    —No… creo que extraño la cama.
    —¿Por qué no duermes en la mía?
    —Muy gracioso.
    —Lo digo en serio —murmuró él, mirándola a los ojos.
    —No, gracias.
    —¿Por qué no?
    —Tú sabes por qué no.
    —¿Por qué no quieres admitir que me deseas?
    —No quiere decir no, señor Mijares —replicó ella, irritada—. Y estoy harta de esta conversación. ¿Por qué no hablamos de Aidan?
    —¿Por qué no hablamos de Eliza? Creo que está como una cabra. ¿Has visto su casa últimamente? No pensarás que eso es normal, ¿no? No me extraña que Aidan se haya marchado de allí.
    —Qué típico —dijo Lucero entonces—. No lo entiendes, ¿verdad? Los hombres esperan que las mujeres parezcan modelos y cocinen como un chef, pero cuando la relación pasa por un mal momento lo primero es echar mano de los papeles de divorcio.
    —Si no recuerdo mal, fuiste tú quien echó mano de esos papeles —replicó Mnauel.
    —No estamos hablando de mí, estamos hablando de Aidan y Eliza.
    —No te metas en esto, Lucero. Eliza ha perdido los papeles hace tiempo.
    —Pero nadie se ha molestado en echarle una mano, ¿verdad? Está loca y como está loca hay que quitarle los niños. ¿Pues sabes lo que le pasa? Que está enferma, pero en cuanto se ponga bien…
    —Tú eres abogado, no consejera matrimonial, no te metas en esto —la interrumpió Manuel—. Además, ¿no deberías preocuparte por tu propia vida antes de resolver los problemas de los demás?
    —¿Y tú no deberías escucharme en lugar de interrumpir como si estuviera diciendo una estupidez? —le espetó Lucero.
    —Mira, cariño…
    —Déjate de «cariños» y escucha cuando estoy hablando.
    —Me interesa mucho lo que dices, de verdad.
    —¿Ah, sí? Pues quién lo diría.
    Manuel levantó los ojos al cielo.
    —Me quedaría aquí charlando un rato contigo, pero he quedado esta mañana con Aidan a primera hora para jugar al golf. No lo está pasando bien.
    —Dile que no siga adelante con el divorcio.
    —Yo no puedo decirle lo que debe hacer con su vida.
    —Si sigue adelante, destrozará la vida de Eliza.
    —Muy bien, hablaré con él… pero no creo que sirva de nada.
    —Inténtalo, por favor.
    —De acuerdo. Además, también intentaré volver más temprano a casa.
    Lucero apartó la mirada.
    —No lo hagas por mí.
    Manuel dejó escapar un suspiro.
    —¿Quieres que cenemos juntos esta noche?
    —No lo sé. Llámame por la tarde —contestó ella, saliendo de la cocina.

    Lucero se pasó la mañana en la piscina, obligándose a sí misma a hacer varios largos. Pero mientras lo hacía no dejaba de pensar en Manuel…
    Se detuvo un momento para respirar, sentada al borde de la piscina, pensando en aquella noche, cuando le pidió el divorcio.
    Lo triste era que ni siquiera lo había dicho en serio. Estaba tan furiosa con él…
    Aún podía oír el sonido de sus pasos mientras se acercaba a ella, pisando los restos de los jarrones de porcelana…


    Cuando llegó a su lado la tomó por los brazos, furioso. Y ella no había sido capaz de resistirse. Le había devuelto el beso con toda la pasión de la que era capaz, el deseo escapando a su control como siempre que su marido la tocaba.
    Y le daba igual. Quería que Manuel la amase tanto como lo amaba ella, que sufriera tanto como ella sufría.
    Tiraron la lámpara de la mesa en su prisa por llegar al sofá, sin dejar de besarse, arrancándose la ropa a manotazos.
    No habían hecho el amor en una semana y quizá por eso se sentía tan frágil, tan asustada. Quizá temía que Manuel ya no la amase.
    Hicieron el amor de forma salvaje, Lucero clavándole las uñas en la espalda, su marido clavándose en ella, jadeando. Manuel apenas esperó hasta que ella llegó al paraíso antes de dejarse ir con una fuerza inusitada, su gruñido de ronco placer como música para sus oídos.
    —¿Estás satisfecha? ¿Era esto lo que querías?
    —No…
    —¡Contéstame, Lucero!
    —No quería esto.
    —No te creo.
    —Me da igual.
    —La próxima vez que quieras un revolcón rápido, sólo tienes que decirlo.
    —Quiero el divorcio —dijo Lucero entonces.
    El silencio que los envolvió a partir de aquel momento era ensordecedor.
    Y luego Manuel se levantó y empezó a ponerse los pantalones, con toda tranquilidad. Pero cuando Lucero se levantó para explicar que no lo había dicho en serio y él la miró de arriba abajo, fue incapaz de decir nada. Medio desnuda, se sentía completamente avergonzada…
    —Así que quieres el divorcio, muy bien. No te preocupes, yo no voy a poner ningún obstáculo.
    Lucero quería que lo impidiera, que dijese que no. ¿Por qué no lo hacía?
    Lo miró, atónita, mientras tomaba la camisa del suelo, dándole una patada a la lámpara antes de salir del salón.
    Lo miró, atónita, mientras salía de su casa dando un portazo.

    Lucero miraba el agua de la piscina, sin verla.
    ¿Por qué se había portado como una niña pequeña?, se preguntaba. ¿Por qué no había sido capaz de decirle la verdad? Empezaron el proceso de divorcio e incluso entonces, estaba convencida de que no llegarían al final. Pero así fue. Cuando recibió los papeles firmados por Manuel no podía creerlo, pero allí estaba su firma.
    Lucero se levantó y, después de una ducha rápida, decidió ir de compras. No quería que Manuel pensara que lo estaba esperando.
    El bebé se movió cuando estaba mirando una chaquetita azul de croché y se preguntó si sería un niño. Pero cuando estaba mirando un vestidito rosa, el bebé volvió a moverse dentro de ella.
    De modo que compró las dos cosas.


    Manuel paseaba por el salón, nervioso, mirando el teléfono, como si así fuera a sonar.
    Pero no sonaba.
    Había intentado hablar con Aidan sobre Eliza, pero su amigo se negaba a hablar del tema. Parecía estar deseando que terminase el juego y no quería hablar de una posible reconciliación, sólo le interesaba el divorcio.
    —Quiero que sea lo más rápido posible —le había dicho.
    —¿Por qué no esperas un poco?
    —¿Para qué? No te entiendo, Manuel. Habías dicho que me representarías y ahora resulta que va a hacerlo otra persona. Pensé que eras mi amigo.
    —Ya te he explicado por qué.
    —Ya, claro, esa ex mujer tuya te tiene controlado —replicó Aidan, irónico—. ¿Por qué has vuelto con ella? Te mandó a paseo hace cinco años, ¿qué quieres, que vuelva a hacerlo?
    —Ya sabes cómo son estas cosas —contestó Manuel, buscando su bola en el bunker—. Es difícil librarse de las viejas costumbres.
    —¿Seguro que está embarazada? A lo mejor te está tomando el pelo.
    —Pues no, no me está tomando el pelo —contestó Manuel, cada vez más molesto con el tono de su amigo.
    —Siempre pierdes el control con Lucero, ¿eh? No puedes con ella.
    Manuel no contestó. Una negativa no iba a sonar más convincente que un silencio, pensó. Además, no estaba preparado para admitir lo que sentía por su ex mujer.
    —¿Sigues enamorado de ella? —le preguntó Aidan, sacando un hierro 5 de la bolsa.
    —Pensé que íbamos a hablar de tu situación, no de la mía.
    —Mi situación es completamente diferente. Que yo sepa, Lucero sigue siendo Lucero. Pero Eliza es una persona completamente diferente.
    Manuel arrugó el ceño. ¿Era Lucero la misma persona que cinco años antes o habría cambiado?
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  isabel_guevara el Miér Mayo 02, 2012 7:01 pm

    Otroo shiii carmen? jajaja adictiva.
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  Camilaaa el Miér Mayo 02, 2012 7:06 pm

    Otroooooooo ñlkjhgfd por fiiii albino
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  IndiiCH el Miér Mayo 02, 2012 8:46 pm

    hshsfhsh quiero más Carmen josefa. :B
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  CarmenGabriella el Miér Mayo 02, 2012 11:37 pm

    Capítulo 22


    Por impulso, y a última hora, Lucero decidió entrar en una peluquería. O quizá era una forma de intentar evitar lo inevitable.
    Porque sabía que en cuanto volviera a casa, sería suya durante el tiempo que Manuel quisiera. Daba igual que intentara resistirse, que intentara disimular, que se dijera a sí misma que, al final, acabaría con el corazón roto. Sólo podía pensar en él, en cuánto lo amaba, en cuánto lo había amado siempre.
    Manuel la completaba como no podía completarla ningún otro ser humano. Sí, eran tan diferentes como podían serlo dos personas, pero ¿no era eso precisamente lo que creaba una química irresistible?
    Sólo se sentía viva a medias cuando no estaba con él y ya no tenía sentido negárselo a sí misma.
    Después de arreglarse el pelo, Lucero decidió ir a tomar un café, pero tuvo que cruzar las piernas, casi sintiendo a Manuel entre ellas…
    Media hora después llegaba a casa, pero antes de que pudiera sacar la llave del bolso la puerta se abrió.
    —¿Para qué tienes un móvil si no lo llevas nunca?
    Lucero pasó a su lado y dejó las bolsas sobre una mesita.
    —Lo llevo… apagado.
    —Ah, qué bien.
    —¿Le has dicho a Aidan que espere un poco antes de pedir el divorcio?
    —He sacado el tema, pero él no parecía tener ganas de hablar. Supongo que, en su opinión, esto ya no es asunto mío. Como no voy a representarlo…
    —¿De verdad has dejado el caso? —preguntó Lucero.
    —¿No me pediste que lo hiciera?
    —Sí, claro.
    —Pero pensabas que no iba a hacerlo, ¿verdad?
    —No estaba segura…
    —¿Qué tengo que hacer para que confíes en mí?
    —No lo sé —contestó ella.
    —Le he dado el caso a un compañero del bufete. Y a Aidan no le ha hecho ninguna gracia, claro.
    —¿Qué le has dicho, le has dado alguna explicación?
    —No, pero sabe que estoy contigo, así que supongo que ha sumado dos y dos.
    «Sabe que estoy contigo». Eso sonaba tan… informal.
    —¿Qué has comprado? —preguntó Manuel entonces.
    —Un par de cosas para el niño.
    —A ver, enséñamelas.
    Lucero sacó la chaquetita azul.
    —Muy mona. ¿Crees que es un niño?
    Como respuesta, Lucero le mostró el vestidito rosa.
    —Ah, no, ya veo que no.
    —Aún no estoy decidida.
    —Ya. ¿Y sobre la cena? ¿Has decidido si quieres cenar conmigo? —preguntó Manuel.
    La verdad era que quería cenar con él, que quería pasar el resto de su vida con él. Pero, ¿cómo iba a decírselo?
    —¿Dónde has pensado ir?
    —¿Qué tal si te doy una sorpresa?
    Lucero se dirigió hacia la escalera, bolsas en mano.
    —Muy bien. Dame diez minutos.
    —Cinco.
    —Siete.
    —Cuatro.
    —¡Necesito más tiempo!
    —¿Para qué? Estás preciosa. Por cierto, me encanta tu pelo. ¿Qué te has hecho?
    —Me lo he cortado un poco —contestó Lucero.
    Se había dado cuenta, Manuel se había fijado en su corte de pelo. Ojalá eso no la emocionara tanto, pensó.
    —Te quedan tres minutos —murmuró él entonces, tomándola por la cintura.
    Y Lucero supo que esa noche no dormiría sola.


    Lucero se quedó sorprendida al ver el restaurante que Manuel había elegido. La decoración había cambiado, pero seguía siendo el mismo sitio al que habían ido a cenar por primera vez como pareja.
    ¿Qué querría decirle? ¿Tendría algún significado o era un mero capricho llevarla allí?
    —¿Por qué estamos aquí?
    —¿Por qué no?
    Había sido su restaurante favorito. Allí celebraron su primer mes juntos, el segundo… allí le había pedido que se casara con él.
    El dueño del restaurante se acercó entonces y saludó a Manuel por su nombre. Luego, cuando la vio a ella, lanzó una exclamación de sorpresa.
    —¡Lucero Mijares! Por fin la tenemos de vuelta.
    —Ahora se llama Lucero Hogaza.
    —¿Hogaza? Bah, para mí siempre serás Lucero Mijares —sonrió Emilio—. ¿Qué os apetece tomar?
    Después de pedir la cena, Manuel apretó su mano.
    —Tranquila, mujer. Pareces temer que salgan todos de la cocina para regañarte por haberme dejado.
    —Ellos no tenían que vivir contigo… yo sí.
    —Pues entonces parecías pasarlo bien.
    Lucero no podía discutir eso. Era verdad. En general, era increíblemente feliz con manuel, compartiendo su vida, su cama…
    —Tenía sus compensaciones —admitió.
    —¿A pesar de mi familia y de la obsesión por mi carrera?
    —Aunque alguna vez he dicho lo contrario, esto no tuvo nada que ver con tu familia —le confesó Lucero—. Estábamos en momentos diferentes de nuestras vidas… sencillamente, no podía funcionar.
    —¿Sabes una cosa, Lu? Si buscas el fracaso, eso es exactamente lo que encuentras. Nuestro matrimonio habría funcionado, pero tú estabas convencida de que no sería así.
    ¿Sería cierto? ¿Habría habido alguna posibilidad para ellos?
    —Siempre estabas discutiendo una cosa u otra —siguió Manuel—. No había terminado nuestra luna de miel cuando me dijiste que no querías tener hijos. ¿Te puedes imaginar lo que sentí?
    —Quizá deberíamos haberlo hablado antes de casarnos. O quizá deberías haber hecho una lista de las cosas que buscabas… si pensaba dejar mi trabajo, cuántos hijos pensaba tener —replicó ella, irónica—. Podrías haberte ahorrado muchos problemas y, sobre todo, habrías tenido tiempo de buscar la mujer florero que te interesaba.
    Manuel dejó escapar un suspiro de impaciencia.
    —¿Cuándo te he tratado yo así? Si te quedases conmigo, serías una de esas pocas mujeres afortunadas que pueden tenerlo todo: un marido, hijos, una carrera.
    —¿Un marido?
    —Hablaba en sentido figurado —dijo él enseguida, apartando la mirada.
    Lucero buscó algo en su expresión, una pista, pero sólo podía ver la rigidez de su mandíbula. No había amor en sus ojos. No quería casarse con ella porque sabía en el fondo que la atracción que había entre ellos pasaría con los años, que no era algo permanente. Quería tener a su hijo, pero no estaba preparado para comprometerse.
    La ironía era dolorosa. Allí estaba ella, una feminista convencida, deseando que Manuel clavara la rodilla en el suelo para decirle que no podía vivir sin ella.
    Pero podía vivir sin ella.
    Lo había hecho durante cinco largos años.
    La había reemplazado con amantes, no sabía cuántas, pero…
    —¿Es que no te das cuenta de que estoy intentando que esto funcione? —exclamó Manuel entonces.
    —Una pena que no nos saliera bien la primera vez.
    —Bueno, pues ya sabes lo que dicen de la práctica. Con práctica se perfecciona todo.
    —¿Tú crees?
    —Piensa en lo que tenemos, Lu. Te derrites entre mis brazos…
    —Sí, eres un buen amante, pero supongo que has practicado mucho durante estos cinco años —lo interrumpió ella—. Mira qué suerte tengo.
    —¿Te molesta que haya tenido amantes?
    —¿Por qué iba a molestarme?
    —Claro, ¿por qué?
    Lucero decidió entonces hacerle una pregunta:
    —Manuel… ¿ha habido alguien durante los últimos meses?
    —¿Después del hotel?
    —Sí. Sé que no es asunto mío, pero…
    —Yo podría preguntarte lo mismo.
    —No tienes que hacerlo, te lo aseguro. Creo que después de esa noche aprendí la lección —bromeó Lucero.
    —No he vuelto a acostarme con nadie —dijo Manuel.
    —¿No? ¿Por qué no?
    —Tenía otras cosas en la cabeza.
    Emilio apareció en ese momento con una bandeja y la oportunidad de seguir haciéndole preguntas se esfumó.
    —¿No te gusta la comida? —preguntó Manuel después.
    —Sí, todo está muy rico.
    —Pero no estás comiendo nada.
    El niño se movió entonces y Lucero se llevó una mano al abdomen.
    —¿Qué ocurre?
    —Parece que tu bebé encuentra su alojamiento un poco estrecho.
    —Pues ya puedes decirle al niño que, a partir de ahora, será más y más estrecho —bromeó Manuel.
    —¿Niño? ¿Qué ha sido de la niña de pelo castaño y mal carácter?
    —Ya tengo una de ésas —contestó él—. Además, los Mijares siempre tienen hijos primero, es una tradición.
    La expresión de Lucero decía a las claras lo que pensaba de esa tradición y Manuel soltó una carcajada.
    —Seguro que tú también crees que es un niño, pero te niegas a estar de acuerdo conmigo por principio.
    —No tengo que estar de acuerdo contigo, ¿no?
    —No, claro, pero tengo una premonición.
    —¿Y esa premonición incluye nombres?
    —Lo he estado pensando esta semana… Deberíamos comprar uno de esos libros de nombres.
    Lucero contuvo un suspiro. Cualquiera que oyera esa conversación pensaría que eran una pareja normal. Pero si no fuera por el embarazo accidental, seguramente estaría en su casa viendo alguna película en televisión, como había hecho durante los últimos cinco años… mientras que Manuel estaría de juerga con alguna amante.
    —¿Pensabas cumplir tu promesa?
    —¿Qué promesa? —preguntó Manuel.
    —La de no volver a verme nunca.
    —Soy un hombre de palabra, ya me conoces.
    Ésa no era la respuesta que Lucero había esperado.
    —La verdad, no sé si te conozco. No sé si te conocía cuando nos casamos.
    —Sí, bueno, nunca suelo revelar todas mis cartas. Eso es algo que me enseñó mi niñera.
    —¿Cómo era?
    —Se parecía a tu vecina, la del ascensor.
    —¿En serio?
    —Sí, de hecho cuando la vi pensé que era ella. Aunque había una diferencia: tu vecina no tiene la nariz roja.
    —¿Eh?
    —Mi niñera bebía. De hecho, se bebió el bar de mis padres poco a poco.
    Lucero se percató entonces de la importancia de aquella revelación. Ella siempre había pensado que estaba satisfecho con su infancia. Cuando le hablaba de ella, no parecía tener ningún problema…
    ¿Le había escuchado alguna vez?
    ¿Le había escuchado de verdad?
    —¿Y se lo contaste a tus padres?
    —Lo intenté una vez.
    —¿Y no te creyeron?
    —No les apetecía tener que buscar otra niñera —contestó Manuel—. Las palabras de mi madre fueron, y esto es literal: «No podría soportar las tediosas entrevistas otra vez. Además, no ha hecho nada malo, ¿no? ¿Qué más da que beba un poco? Si tuviera que estar pendiente de vosotros yo también me daría a la bebida».
    —¿En serio? —exclamó Lucero.
    —Completamente.
    —¿Y qué pasó?
    —Un día, Imogen, mi hermana pequeña, estuvo a punto de ahogarse en la piscina. Afortunadamente, Harriet y yo la sacamos del agua a tiempo.
    —¿Y la niñera?
    —Estaba como una cuba.
    —¿Por qué no me habías contado esto nunca?
    —No sé… creo que la mujer de uno sólo debe saber las cosas importantes.
    —¿Y esto no es importante? Tu hermana estuvo a punto de morir y tú la salvaste. Mi madre murió sola mientras yo estaba tomando un helado con mis amigas…
    Manuel apretó su mano.
    —No digas eso. Habría muerto en cualquier momento, cuando tú estuvieras en clase, en cualquier sitio. No te culpes por la muerte de tu madre, Lucero.
    —Si tu hermana hubiera muerto, ¿no te culparías a ti mismo?
    Él levantó las manos al cielo.
    —Me parece que, a partir de ahora, voy a tener más cuidado con lo que cuente. Parece que empiezas a conocerme demasiado bien.
    Lucero sonrió.
    —¿Crees que seremos buenos padres?
    —Los mejores —contestó Manuel, absolutamente seguro de sí mismo.
    —Pero sería mucho mejor si… si las cosas fueran bien entre nosotros.
    —Las cosas van bien. Nos sentimos atraídos el uno por el otro a pesar de todo. ¿Qué más podríamos desear?
    Ella intentó sonreír, como si estuviera de acuerdo.
    —¿Quieres algo de postre? —preguntó, mirando la carta.
    —No, mejor no —contestó Manuel. Lo que él quería no estaba en esa carta.
    —¿Emilio no se sentirá ofendido?
    —Creo que entenderá que mi apetito… va en otra dirección.
    —¿Quieres que nos vayamos a casa? —preguntó Lucero, nerviosa.
    —Desde luego que sí —contestó él, tomando su mano.
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  Yamii PastHogaza el Jue Mayo 03, 2012 12:14 am

    Me fascina esta WN... Quiero más capítulos!!!
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  IndiiCH el Jue Mayo 03, 2012 6:43 pm

    Dioojjj Carmen josefa, mássss por fa :c
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  Mceleste el Jue Mayo 03, 2012 7:32 pm

    que buena es esta wn, me encanta jksdkelsjyjñekjsñ. :')

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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  CarolinaDíaz el Jue Mayo 03, 2012 10:39 pm

    Si las webnovelas mataran yo ya estaria super muerta
    Me encanta *-----* , otro ca
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  CarmenGabriella el Jue Mayo 03, 2012 10:54 pm

    PD: NO ME HAGO RESPONSABLE DE SUS FUTUROS TRAUMAS Rolling Eyes


    Capítulo 23


    Manuel empezó a besarla en cuanto llegaron al garaje, sin salir del coche, algo que empezaba a convertirse en una costumbre. La besaba con urgencia, con un deseo que ni podía ni quería disimular. Y tampoco Lucero quiso disimular esa noche.
    Él apartó la delgada tela de su vestido para acariciar uno de sus pezones, su cálida lengua moviéndose sobre la punta en una caricia tan embriagadora que Lucero dejó escapar un gemido.
    Pero cuando intentó desabrochar su cinturón, Manuel la detuvo.
    —No, aquí no. Vamos arriba.
    Ella lo deseaba allí, en aquel momento, antes de que cambiara de opinión, de modo que desabrochó el cinturón y tiró del pantalón y los calzoncillos a la vez para acariciar su miembro desnudo.
    —Eres una mujer obstinada, ¿eh?
    —Desde luego que sí.
    Manuel le levantó el vestido hasta la cintura, le quitó las braguitas y se colocó encima. Lucero contuvo el aliento cuando sujetó sus caderas para colocarse en la posición adecuada…
    Y cuando lo sintió dentro dejó escapar un grito de placer. Allí era donde lo deseaba.
    Sabía que estaba intentando contenerse, pero no pensaba dejar que bajara el ritmo, clavando las uñas en sus nalgas para empujarlo… y él lo hacía, cada vez más fuerte, aplastándola contra el asiento del coche. Sus embestidas eran salvajes y cuando por fin llegó al final, temblando, se abrazó a ella como si fuera un salvavidas.
    Y Lucero no quería que la soltara nunca.
    Por fin, él se apartó un poco para mirarla.
    —¿Por qué pones esa cara? ¿No lo has pasado bien?
    Qué típico de Manuel abaratar lo que acababa de ocurrir entre ellos.
    —Espero que tú sí lo hayas pasado bien —replicó, enfadada.
    —Yo siempre lo paso bien contigo, Lu.
    —Me alegro mucho de servir para algo.
    —Oye, espera un momento… ¿qué pasa?
    —Nada.
    —¿Cómo que nada? Estás enfadada, pero no sé por qué. Me estás dejando fuera otra vez.
    —¿Ah, sí? A lo mejor es que no me gusta que trivialices cada vez que… que…
    —¿Hacemos el amor?
    —Que tenemos relaciones sexuales, Manuel. No hacemos el amor.
    —¿Ah, no? Bueno, como tú quieras. Me da igual cómo lo llames.
    —Y supongo que también te da igual con quién te acuestas.
    —No, eso no me da igual —suspiró él—. Y en cuanto a trivializar lo nuestro… lo que pasa es que, aún después de todo este tiempo, sigo sin saber qué hacer contigo, Lu. La verdad es que no creo que pueda soportar este… arreglo durante mucho tiempo.
    Quería cortar con ella, pensó Lucero, aterrada. Quería que se separaran. A pesar del niño.
    —Muy bien. Es posible que sea lo mejor. Yo podría quedarme en casa de Eliza —dijo Lucero, abriendo la puerta del coche.
    —Pero…
    Manuel no pudo detenerla. Como tantas otras veces, cuando se enfadaba sencillamente desaparecía… dejando tras de sí el repiqueteo de sus tacones.
    Suspirando, cerró la puerta del coche y apagó la luz del garaje.
    Lucero, su Lucerito… tan complicada. La amaba, pensó entonces. Por fin podía admitirlo.
    La amaba, nunca había dejado de amarla.
    ¿Cuándo no la había querido? Sin ella, sólo estaba vivo a medias. Y en cuanto la vio en la conferencia, su corazón se puso a latir como no había latido en cinco largos años.
    Quizá lo del embarazo no había sido un accidente, quizá sus genes habían decidido que ella era la única compañera posible.
    El único problema era que Lucero no era feliz. Ella no había querido tener hijos. ¿Cómo iba a ser feliz ahora, embarazada sin haberlo planeado?
    ¿Y cómo iba a convencerla de que estaban hechos el uno para el otro? ¿Cómo iba a convencerla de que debían volver a casarse porque, sencillamente, no podía vivir sin ella?


    Lucero estaba guardando sus cosas en la maleta con esa serena determinación que lo asustaba más que su fiero temperamento.
    —¿Puedo ayudarte?
    —No, gracias.
    —¿Cuánto tiempo estarás en casa de Eliza?
    —No lo sé, un par de días.
    —Lu…
    —Mira, déjalo. Los dos necesitamos respirar. Además, a Eliza y a los niños les vendrá bien un poco de compañía en este momento.
    —Pero…
    —No quiero que volvamos a hablar sobre nuestra… relación. No sirve de nada.
    —Como tú quieras.
    Manuel llevó su maleta al coche y, después de guardarla en el maletero, la vio sentarse frente al volante.
    —Te llamaré —murmuró Lucero, colocándose un mechón de pelo detrás de la oreja.
    —Muy bien. Ya sabes dónde encontrarme.


    Lucero apenas podía ver la carretera porque tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no detuvo el coche hasta que estuvo bien lejos de la casa. No quería que Manuel supiera cuánto le dolía marcharse. Aunque sólo fueran unos días.
    Cuando llegó a casa de Eliza, su amiga la recibió con cara de susto.
    —¿Manuel te ha echado de casa?
    —No, es que… quería estar sola unos días. He venido aquí porque alquilé mi apartamento y…
    —Me parece muy bien. Pero pareces cansada.
    —Lo estoy. Agotada. Y me gustaría irme a la cama. ¿Te importa?
    —No, claro que no. Lu…
    —¿Qué?
    —¿Le has dicho a Manuel lo que sientes por él?
    —¿Para qué? No quiero presionarlo más, con el embarazo es suficiente.
    —Pero tú quieres este niño, ¿verdad?
    —¡Claro que sí!
    —Has cambiado, ¿eh? —sonrió Eliza—. ¿Dónde está la Lucerito que no quería saber nada de ataduras?
    —No sé si he cambiado o si esa otra chica existió de verdad alguna vez.
    —Si Manuel te pidiera que te casaras con él, ¿dirías que sí?
    —En realidad, me lo pidió cuando le dije que iba a tener un niño. Pero luego se retractó.
    —¿Qué?
    —Déjalo, te lo explicaré otro día —sonrió Lucero—. Estoy agotada, de verdad. ¿Has visto a Aidan?
    —Sí, lo vi ayer.
    —¿Y?
    —Le conté lo del desequilibrio hormonal.
    —¿Y qué dijo?
    —No dijo nada. Pero al menos no volvió a hablarme del divorcio.
    —Entonces, ¿aún tienes esperanzas de que lo vuestro funcione?
    Eliza se encogió de hombros.
    —El tiempo lo cura todo, o eso dicen. Venga, vamos a la cama, me estás mirando como me mira Amelia cuando está muerta de sueño —sonrió su amiga, tomándola del brazo—. Por la mañana te encontrarás mucho mejor, ya verás.
    Ojalá fuera verdad, pensó Lucero.
    Pero mientras veía levantarse el sol al amanecer, seguía sintiendo que el mundo era de un horrible color gris.
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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  CarmenGabriella el Jue Mayo 03, 2012 11:55 pm

    Este es el último capítulo, nomás queda el epílogo.

    Capítulo 24


    Brody estaba llorando y, por fin, Lucero decidió que sería imposible dormir. De modo que se levantó y fue a la habitación del niño para tomarlo en brazos.
    —Haces mucho ruido para ser tan pequeño, ¿sabes?
    Brody sonrió con su boca sin dientes, enredando las piernecillas en su cuerpo. Y Lucero sintió una ola de emoción maternal, pensando en su propio hijo, que haría lo mismo unos meses después.
    Su hijo. Apenas podía creerlo.
    Cuando se volvió, Amelia estaba en la puerta, muy callada.
    —Hola, princesa Amelia. ¿Cómo estás?
    —Mi papá ya no vive aquí, con nosotros —dijo la niña.
    —Ya… sí, lo sé.
    —Ya no nos quiere.
    —Eso no es verdad, cariño. Es que…
    —¿Tú crees que es culpa mía?
    —¡No, claro que no! Lo que pasa es que mamá y papá necesitan un tiempo para… tomar decisiones, eso es todo. No tiene nada que ver contigo o con Brody. Tienes que recordar eso.
    —¿Mi mamá se va a morir?
    —No, cariño. Tu mamá se va a poner bien enseguida.
    —¿Y mi papá volverá entonces?
    Lucero tragó saliva.
    —No lo sé. ¿Por qué no esperamos, a ver qué pasa?
    —Bueno. ¿Puedo ver la televisión?
    —Ah… pues sí, supongo que sí. Pero ponla bajita para no despertar a tu mamá.
    Media hora después, Eliza apareció en la cocina, con los ojos hinchados.
    —Ah, ya estás despierta… ¿le has dado el desayuno a los niños?
    —Sí, no tenía nada más que hacer.
    —Pues no sabes cómo te lo agradezco. Ay, qué bien que estés aquí —sonrió su amiga.
    —¿Sabes lo que me ha preguntado Amelia? Que si su papá ya no vivía aquí por culpa suya.
    —Ay, mi niña… Pero, ¿qué puedo hacer? No puedo obligarle a volver, Lu.
    —No, claro que no. Lo que necesitas es estar a solas con él, sin los niños. ¿Cuándo fue la última vez que salisteis a cenar, solos?
    —Antes de que naciera Brody —contestó Eliza.
    —Pues eso tiene que remediarse.
    —¿Cómo? ¿Crees que Aidan querría salir conmigo ahora?
    —No… pero no tiene por qué saber que es contigo con quien saldría.
    —¿Qué dices, estás loca?
    —No, dame el número de su móvil.
    Eliza se lo dio.
    —¿Qué vas a hacer?
    —Mira y aprende, jovencita… ¿Aidan? Soy Lucerito. Lucero Hogaza.
    —Ah, hola, Lu. Hace tiempo que no hablaba contigo.
    —Sí… verás, me gustaría hablar contigo.
    —Mira, Lucero, yo ya tengo suficientes problemas como para involucrarme en los tuyos con Manuel…
    —No, no quería hablarte de eso. ¿Podríamos cenar juntos esta noche?
    —¿Cenar juntos? ¿Tú y yo?
    —Tienes que cenar, ¿no?
    —Sí, pero no creo que a Manuel le hiciera gracia…
    —¿Estás libre esta noche o no?
    —Sí, claro.
    Lucero le dio el nombre de un restaurante en el muelle y quedó con él a las diez.
    —Muy bien, nos vemos allí.
    —Gracias, Aidan. Hasta luego.
    Después de colgar, Lucero hizo un gesto de triunfo.
    —Querida, esta noche tienes una cita.
    —Pero… no tengo nada que ponerme —protestó Eliza.
    —Iremos de compras.
    —¿Y mi pelo?
    —¿Para qué están las peluquerías, cariño?


    Los dos niños estaban ya dormidos cuando Lucero se preparó un chocolate caliente. Acababa de dejar la taza sobre la mesa cuando sonó el timbre…
    Como era muy tarde, miró por la mirilla antes de abrir.
    Era Manuel.
    —Hola.
    —Hola. ¿Están dormidos los niños?
    —Sí. Eliza no está en casa, pero… ¿quieres un café?
    —Ya sé que Eliza no está en casa.
    —¿Lo sabes?
    Manuel sonrió.
    —Mira que eres lista. Pero eres demasiado guapa y demasiado joven para hacer de hada madrina, ¿no te parece?
    —¿Cómo lo has sabido?
    —Porque Aidan me ha mandado un mensaje.
    —¿Y qué decía? —preguntó ella, emocionada.
    —Me contaba lo que había pasado.
    —¿Estaba enfadado?
    —Pues… si Eliza no ha vuelto a casa todavía, yo creo que muy enfadado no debe estar.
    —Espero no haber metido la pata.
    —No, seguro que no. A veces todos necesitamos un empujón, o un buen consejo.
    —Sí, es verdad. Ojalá me lo hubieran dado a mí —murmuró ella.
    —¿Qué consejo, Lucerito?
    —Me gustaría que alguien me hubiera dicho cómo me sentiría la mañana después de haber firmado el divorcio —contestó Lucero, con toda sinceridad.
    —¿Lo lamentaste?
    —Desde el primer día.
    —Cariño… —murmuró Manuel, tomándola entre sus brazos—. Yo también lo lamenté tanto… Qué error, qué terrible error. Desde entonces, he pensado en ti cada día, he soñado contigo cada noche… incluso he deseado pelearme contigo si eso era lo único que podía hacer.
    —¿No me odias?
    —No.
    —¿Ni siquiera un poquito?
    —Ni siquiera un poquito.
    —Entonces, si no me odias, ¿qué sientes por mí?
    —¿No lo sabes?
    Lucero no quería hacerse ilusiones, pero su corazón latía con una urgencia inusitada.
    —No es tan fácil saber lo que piensas, pero yo esperaba…
    —¿Qué?
    —Esperaba que me quisieras, aunque sólo fuera un poquito.
    —Pues entonces vas a llevarte una desilusión.
    —¿Por qué?
    —Porque no te quiero un poquito, Lucero.
    —¿No?
    Lucero negó con la cabeza.
    —Te quiero con locura. Cuando nos divorciamos pensé que iba a volverme loco. Intenté convencerme a mí mismo de que ya no sentía nada por ti, pero era completamente imposible. Nunca he dejado de amarte, cariño mío.
    —No dices eso sólo por el niño, ¿verdad?
    —El niño es lo mejor que podría habernos pasado en la vida. De no ser por él, no estaríamos juntos, ¿te das cuenta? ¿Te das cuenta de cómo el destino ha querido reunirnos de nuevo? Los dos somos tan orgullosos, tan obstinados… tú querías lo que querías y yo tomaba lo que quería sin tener en consideración nada más.
    —No, no fue culpa tuya —suspiró Lucero—. Entonces yo era demasiado idealista, demasiado ingenua. Ni siquiera sabía lo que quería.
    —¿Y lo sabes ahora?
    Lucero sonrió.
    —Lo sé muy bien. Te quiero a ti. Y también quiero a mi hijo. Y quiero seguir con mi carrera…
    —¿Qué tal si te hago socia del bufete?
    Lucero lo miró a los ojos, incrédula.
    —¿Lo dices en serio?
    —Completamente. Podría llamarse Mijares, Mijares & Hogaza a partir de ahora.
    —A tu padre le daría un ataque si le dices que tu ex mujer va a ser socia del bufete.
    —No, porque ya no serías mi ex mujer.
    —¿Qué?
    —¿Quieres casarte conmigo, Lucerito?
    —Sí. En cuanto podamos arreglar los papeles —contestó ella, casi sin dejarlo terminar.
    —No me lo puedo creer. Que después de tanto tiempo volvamos a estar juntos…
    —Por favor, no me recuerdes el pasado. Hemos sido un desastre, los dos.
    —Sí, es verdad. Yo pensé que te conformarías con tener dinero. Mi madre se conforma con eso, pero tú no tienes nada que ver… qué idiota he sido.
    —No digas eso. Yo debería haberte hablado de mi familia, debería haberte contado lo de mi madre… Es verdad que ha influido mucho en mis relaciones con los demás. Cuando te pedí el divorcio ni siquiera lo decía de verdad. Estaba siendo infantil, intentando provocarte, pero fui demasiado orgullosa como para dar marcha atrás. ¿Podrás perdonarme algún día?
    —Sólo si tú me perdonas por no haber intentado convencerte. Qué estúpido fui. ¿Cómo no me di cuenta de que estabas esperando que te buscase, que te hiciera cambiar de opinión? Es increíble lo ciego que he estado.
    —Los dos, hemos estado ciegos los dos… Debiste quedarte muy sorprendido cuando aparecí en tu despacho.
    —¿Sorprendido? Mi secretaria sigue contándoselo a todo el mundo.
    —Me parece que me va a gustar trabajar en Mijares, Mijares & Hogaza.
    —Cuántas mujeres en mi vida —suspiró él—. ¿Te das cuenta de la que has liado?
    —¿Yo? ¿Y tú qué?
    —¿Qué he hecho?
    Lucero tomó su mano y la puso sobre su abdomen.
    —Esto nada menos.
    —Ah, esto. Espero que no me lo tengas en cuenta.
    —Sólo durante cuatro meses más. Si te parece bien.
    —Me parece perfecto —sonrió Manuel—. Absolutamente perfecto.

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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  Camilaaa el Jue Mayo 03, 2012 11:57 pm

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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

    Mensaje  MilagrosLyM el Vie Mayo 04, 2012 12:14 am

    :'( Sad nooo que no se termineeeee Sad

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    Re: En La Cama de Su Ex Marido [Adaptada] ~ EPÍLOGO [Terminada]

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